20/4/11

«Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso… endurecí mi rostro…»

Meditación con motivo del Miércoles Santo

Textos:
Isaías 50,4-9
San Mateo 26,14-25

El día de hoy la liturgia nos presenta en la primera lectura el tercer canto del siervo doliente, un cantico que presupone las ideas que se han manifestado en los dos anteriores y por ello se ven las consecuencias del actuar del siervo en medio de la historia. Ya en el primer canto se marca que el siervo es elegido por Dios y le da su misión, en el segundo es el siervo quien anuncia su misión y se da cuenta que finalmente todo está en las manos de Dios, pero ahora en este tercer canto descubrimos una característica más, y es que, cuando se cierra el hombre al plan de Dios el enviado recibe un escarmiento, recibe el total rechazo. Ante esto podríamos preguntarnos, por qué acepta este siervo el rechazo. Pero analicemos la personalidad del siervo y comprendamos que nos quiere decir este cantico.
En este cántico descubrimos en primer lugar que este siervo cumple con su misión, no es alguien que cuando le va mal inmediatamente renuncia, sino que sigue con la misión, el sabe que todo está en las manos de Dios, y por ello no se da por vencido: «El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.» Es Dios quien abre el oído, es Dios quien le habla y le abre el oído y con ello le hace capaz de escuchar, pues finalmente el discipulado surge de la capacidad de escucha, sólo se puede ser discípulo auténtico en la medida que se escucha a Dios, pues lo que se anuncia es la Palabra de Dios. Si no se escucha a Dios, si no se abre el oído, se pueden anunciar cantidad d cosas, pero nos e estaría anunciando a Dios. Y es Dios que le abre el oído, para que no se distraiga y descubra lo que debe de hacer, lo que debe anunciar.
Esto nos lleva a contemplar que el ser discípulo surge de la escucha, y no es posible ser testigo de Dios si no se le escucha. Hoy más que nunca Dios quiere abrirnos los oídos para que lo escuchemos, para que realmente anunciemos su mensaje renovador, para que escuchemos lo que quiere decirnos. Es momento de dejar de escucharnos a nosotros mismos, y dejar que sea Dios quien nos hable, sea su voz la que nos guíe y sobre todo sea su voz la que nos anime a seguir adelante, para que sea su voz lo que vayamos proclamando en el mundo. Porque podemos anunciar muchas cosas, que se nos han dicho, que se han formado como regla establecida, pero que tal vez no tenga nada que ver con el mensaje de Dios, con su palabra consoladora y transformadora.
Dios es quien le abre el oído, pues el siervo puede oír muchas cosas, muchas situaciones, pero Dios lo abre porque quiere transformar a este hombre y con ello quiere que anuncie su palabra y transforme el mundo. Seguramente hoy Dios busca la manera de abrirnos los oídos, para que seamos auténticamente discípulos de él, pero muchas veces escuchamos tantas cosas, escuchamos nuestros beneficios, nuestro placer, neutro interés, pero no dejamos que Dios lo abra y sea su Palabra la que resuene en nuestro interior. Incluso si Judas y los demás discípulos traicionan a Jesús, como lo marca el evangelio el día de hoy, es precisamente porque dejaron de escuchar a Jesús y escucharon sus propios intereses de poder, su propia imagen de Mesías y eso los empujo a traicionarlo.
Por tanto, este siervo seguramente se topa con dificultades, descubre que el hombre no tiene un corazón abierto para Dios, pero sabe que la Palabra que se le dirige es una Palabra que debe ser anunciada, es una Palabra que lo ha transformado a él, y seguramente transformará a los demás si la acogen, por ello la anuncia. Esta palabra es el sentido de su vida y no se concibe sin ella, nos e concibe sin darla a conocer y la sigue anunciado aunque se tope con la total cerrazón, con el ultraje de los hombres, pues a pesar de todo confía que alguno la acogerá: «Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.» El siervo se da totalmente confiando que su Palabra no quedará en el vacío.
Y ahora en medio de esta situación, que no se limita simplemente a la indiferencia de este mensaje, sino al total rechazo y ataque al siervo, podemos que esa Palabra lo es todo para él que no se retira, no teme y hace un acto extraordinario de fe: «Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.» Con esto se demuestra el poder de esta Palabra que sabiendo que lo es todo y por ello “ha endurecido su rostro.”
Endurece el rostro para que falque ante los ultrajes, para que no se deje amedrentar, para que siga firme en medio de su misión. Pues el dolor, la incertidumbre, el rechazo, el señalamiento, pueden ser signos de desaliento, de frustración y por ello dejar de lado la misión. El endurece su rostro no deja que nada le frustre, confía en Dios y por ello sigue caminando, sigue con su misión en pie, ha tomado la decisión y sigue adelante sabiendo que Dios está con él.
Hoy el creyente está llamado endurecer el rostro, endurecerlo ante la vida superficial que se presenta, ante la falta de valores, ante la fala de libertad, endurecer el rostros ante la propaganda del libertinaje, de la falta de responsabilidad. Endurecer el rostro ante un mundo plagado de corrupciones, robos, engaños. Endurecer el rostro en donde la fidelidad se ve fuertemente atacada poniéndolo como algo sin valor. Es necesario endurecer el rostro y no dejar que la mentalidad imperante nos gane, y no dejar que la mentira entre en nuestra vida. Endurecer el rostro e impedir que se corrompa nuestra vida, que nuestros criterios y valores se sostengan. Cierto que no es fácil seguir caminado cuando todo va a contracorriente, cuando nos escupen con cantidad de criterios superficiales, cuando nos jalan par que aceptemos nuevas circunstancias que nos hacen irresponsables, es complicado, pero hay que endurecer el rostro, y eso se logra sólo cuando ponemos nuestra confianza en Dios.
Si lo vemos bien la misión de este siervo se cumple en Jesús, que siempre escuchó la Palabra de Dios y lo obedeció hasta morir en la cruz, y no dejo que las ideologías de los judíos, de los fariseos, e incluso de los mismos discípulos lo convencieran de hacer otras cosas, sino que endureció el rostro y camino siempre en el camino que su Padre le proponía. Más aún lo endureció en su pasión pues no dejo que esos momentos le hicieran temer y claudicara en su misión. Pero esta es también nuestra misión, caminar siempre adelante, sin desfallecer, siendo fieles a la Palabra de Dios. Celebrar la semana santa es recordar nuestro compromiso, viendo la cruz y la resurrección de Jesús somos invitados a descubrir que hay una misión por delante, y que fortalecidos con la gracia del misterio pascual podemos seguir con la misión, que no es otra sino anunciar su Palabra y hacerla visible en medio del mundo a fon de renovar la historia.

19/4/11

Los caminos de Dios

Meditación con motivo del Martes Santo

Textos:
Isaías 49,1-6
San Juan 13,21-33.36-38

Hoy escuchamos en la primera lectura el segundo cántico del siervo, y hoy se nos presenta la respuesta del siervo al llamado de Dios. Hace el anuncio a todos sobre la misión que ha recibido. Mientras que en el primer cántico era Dios quien hablaba y señalaba al siervo, ahora es el siervo quien habla acerca de su misión. Y esta misión es universal, es para todos, y por ello la anuncia a toda le gente. Y nos muestra varios elementos de la vocación que ha recibido.
El primero de ellos es que Dios es quién ha pensado en él desde siempre: «El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre.» Con esta expresión, recuerda que los proyectos de Dios no son cosas que se realicen en el momento, sino que su proyecto es eterno, Dios busca la salvación del hombre y por ello, desde siempre tiene ese proyecto y los diversos caminos a recorrer. Quiere decir que la misión a la cual Dios llama, es una misión que está insertada en su proyecto de salvación. Todo lo que el hombre hace, está dentro de sus proyecto, nada es casual, nada es espontaneo, sino que Dios lleva el proyecto de salvación. Va colocando lo necesario para que este proyecto se lleve a cabo.
Si bien el proyecto de salvación está en la mente de Dios, también es cierto que existe la libertad del hombre que puede frustrar ese proyecto salvífico, y ante eso Dios va colocando diversos senderos para que ese proyecto llegue a su fin. Por ello el mismo profeta exclama: «En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi fuerza. Sin embargo, mi derecho está junto al Señor y mi retribución, junto a mi Dios.» Estas palabras expresan esta dureza del corazón del hombre para abrirse a la salvación, y se ve reflejada el cansancio del profeta por tratar de cumplir su misión, pero finalmente reconoce que todo está en manos de Dios, Dios sabe siempre como sorprender al hombre y llevarlo a la salvación.
Esto es lo impactante de la misión, si bien Dios llama para hacer público el anuncio de salvación, también es cierto que el hombre va colocando estorbos para alcanzar esta salvación, pero Dios que sabe hacia dónde debe ir ese proyecto, va colocando diversos medios para alcanzar la meta. Y esto lo vemos a lo largo de toda la historia de salvación, Dios que va colocando medios nuevos para alcanzar la salvación del hombre.
Ante esta idea parece resonar las palabras del Papa Benedicto XVI que ha escrito en su reciente libro Jesús de Nazaret, donde marca como Dios busca por nuevos caminos mostrar su amor a pesar de la cerrazón del hombre: «El emprender un nuevo camino del amor después de un primer ofrecimiento fallido, es ciertamente posible según toda la estructura de la imagen bíblica de Dios y la historia de la salvación. Precisamente esa “flexibilidad” de Dios, que espera la libre decisión del hombre y que, de cada “no”, hace brotar una nueva vía del amor, forma parte del camino de la historia de Dios con los hombres, como nos lo describe el Antiguo Testamento. Al “no” de Adán responde con una nueva preocupación por los hombres. Ante el “no” de Babel inaugura una nueva perspectiva de la historia con la elección de Abraham.»
Y esto se ve finalmente en la misión de Jesús, que con el fin de alcanzar la salvación coloca siempre una oferta nueva, porque «Jesús, [dice nuevamente el Papa], en un primer momento, hizo la generosa oferta del mensaje del Reino de Dios y del perdón sin condiciones, pero, cuando se dio cuenta del fracaso de este ofrecimiento, identificó su misión con la del siervo de Dios. Reconoció que tras el rechazo de su oferta sólo quedaba el camino de la expiación vicaria: debía tomar sobre sí la desgracia que se cernía sobre Israel para que muchos lograran llegar a la salvación.»
Por tanto, podemos ver dos cosas. Primeramente que este siervo tiene una misión que es divina, y es una misión que tiene de frente la salvación de la humanidad. Y esta misión es siempre un proyecto de Dios, no hay más misión que el anuncio de esto. Si se anuncia otra cosa que no sea la salvación, si se anuncia una ideología política, o un partido, una conveniencia, en el fondo es traicionar la misión que se ha confiado. El hombre debe anunciar este proyecto de salvación, pues es el único proyecto que Dios tiene.
En segundo lugar, nos muestra que ante este proyecto el hombre tiene un corazón duro, no es capaz de abrirse a él tan fácilmente, pero Dios siempre va presentado caminos nuevos para alcanzarlo. Pero Todo está en manos de Dios y por ello el hombre puede acceder a esta salvación. Siempre hay un camino para llegar a esa salvación, lo importante es verlo y darlo a conocer, o bien verlo y ponerse en marcha sobre de él.
Estas dos ideas parecen iluminar el sentido de la semana santa. Por un lado, esta semana nos lleva a meditar que Dios siempre tiene un plan de salvación, y lo que celebraremos en estos días no es otra cosa sino precisamente el cumplimento del plan de salvación que tiene. No es que celebremos sólo acontecimientos aislados, sino que estamos entrando al gran acontecimiento de salvación que Dios nos ha propuesto para alcanzar esta salvación. Y por otro, descubrir que el misterio de la cruz, es el camino que Dios ha escogido para salvarnos, para mostrarnos su amor, ante la cerrazón del hombre ha entregado a su hijo, para reconocer que el camino de la entrega es el camino de salvación.
Debemos meditar si nosotros somos capaces de entrar en esta salvación, o si nos hemos cerrado a este designio del amor de Dios. Y si nos hemos cerrado, es momento para abrir los ojos y descubrir el camino que en este momento me presenta para entrar en esta salvación que Dios tiene para mí.

18/4/11

«... para que lleve el derecho a las naciones...»

Meditación con motivo del Lunes Santo

Textos:
Isaías 42,1-7
San Juan 12,1-11

Durante estos días de semana Santa la liturgia nos presenta como primera lectura los llamados cánticos del siervo de Dios. Estos cánticos nos presentan esta figura misteriosa del siervo que a ciencia cierta no se sabe quién es, no se sabe exactamente a quien se refería el autor. Algunos hablan que se trata de alguna figura importante de la época, o bien se refiere al mismo profeta o a algún otro enviado, o incluso podría ser la figura del pueblo judío. Ciertamente no hay una conclusión convincente sobre la identidad de este personaje.
Estos cánticos nos presentan a este siervo que tiene una misión e cara a Dios y de cara al mundo, y esto lo lleva al sufrimiento. De tal manera que la comunidad cristiana ha realizado una relectura de estos escritos a la luz del acontecimiento de Cristo y ha colocado a este siervo como una imagen de Cristo que tiene una misión delate del padre a favor del pueblo. Por esta razón se leen durante estos días. Sin embargo la cuestión sobre la identidad del siervo sigue quedando abierta.
Acerquémonos a algunos elementos de estos canticos para descubrir un poco el mensaje que nos quiere dar a nosotros y así acercarnos a la celebración de la semana santa. El día de hoy se nos presenta este primer canto, donde Dios muestra que ha elegido a este siervo y le da una misión. Pero si nos detenemos un poco podremos descubrir el centro de su misión, pues todas sus actividades giran en torno a una realidad: «Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones»; «expondrá el derecho con fidelidad»; «no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley
Si vemos bien en medio de estas acciones que debe hacer este siervo la palabra que une las ideas es el anuncio del derecho. El siervo debe portar el derecho. Pero, qué es ese derecho que debe anunciar este siervo. La palabra derecho indica la idea de un juicio que se hace del mejor modo, un juicio que lleva a hacer las cosas con justicia. Pero muchas veces al escuchar el término justicia nos remite a la idea de un juez, de un tribunal, de un castigo, de dar a alguien lo que se merece, etc. Sin embrago el término justicia dentro de la Biblia, actuar según la justicia implica sobre todo un tema que refiere a la relación con los demás, entrar en contacto con el otro para darle aquello que es requerido en su vida.
Podemos decir que la justicia es u n tema que va ligado l tema de la alianza. Entrar en la justicia de Dios es entrar en la alianza, entrar en la relación con Dios, entrar en una relación de amistad con él. Ejecutar la justicia de parte de Dios implica entrar en relación con él y ser capaz de descubrir realmente lo que el otro necesita. Dios hace alianza para que el hombre no viva en soledad, no viva en el desamparo, en el sin sentido de la vida, para que reciba la gracia, reciba el perdón, reciba aquello que le da sentido a su vida. Y cuando Dios hace alianza entonces el hombre entra en esta relación de amistad, de solidaridad, de ayuda, de encuentro, de misericordia, en pocas palabras entra en la justicia de Dios, pues recibe el amor, la compañía, la gracia de Dios. Cuando Dios ejerce su justicia el hombre es transformado.
Podemos incluso decir que un sinónimo que nos podría describir esta justicia es la salvación. Si Dios quiere impartir justica es porque quiere dar la salvación al hombre, porque en el fondo el hombre necesita la salvación. La justicia de Dios se manifiesta de ese modo haciendo justicia al hombre. La justicia se manifiesta dando la salvación al hombre.
Por tanto este siervo debe de dar este anuncio, debe dar a conocer la justicia a todas las naciones, pues esto no es sólo para unos cuantos, sino que todos están llamados a recibir la salvación que viene de Dios. Es un anuncio que hasta a las islas debe de llegar. Una Isla en el pensamiento antiguo remite a una idea de la lejanía, de los distanciado, por tanto quiere decir que este mensaje que debe dar el siervo es para todos, aún para los que están distanciados, para los que están totalmente alejados.
En el fondo la semana Santa es precisamente este anuncio de justicia, es este anuncio de salvación para todos los hombres pues Jesús dará su vida a favor de todos, una salvación que será universal. Si realmente queremos aceptar esa salvación estamos llamadas a acoger la justicia de Dios, y la justicia de Dios no se acoge solamente con una buena intención, sino que se hace acogiendo el amor y viviendo desde esa dinámica y por ende trasmitiendo ese amor a los demás. De este modo la semana santa se vuelve vida, pues el anuncio de la justicia se hace presente en medio de nosotros, en medio de nuestras vidas.

17/4/11

El rostro de Jesús

Meditación con motivo del Domingo de Ramos (Pasión del Señor)
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 50,4-7
Filipenses 2,6-11
San Mateo 26,14-75.27,1-66

El día de hoy iniciamos la celebración de la Semana Santa y se abre con esta celebración denominada “de ramos”, haciendo eco del relato de la entrada de Jesús a Jerusalén. Y al mismo tiempo que recuerda ese acontecimiento, este domingo encierra el sentido de la semana santa que estamos a punto de celebrar, por un lado vemos signos de triunfo cuando la multitud lo recibe con euforia y por otro el relato de la pasión que nos demuestra su entrega por nosotros. Son dos momentos calves en este día en donde la liturgia nos invita a celebrar, anticipo el sentido de toda la celebración de estas emana, pues vemos la pasión que propiamente se contempla el viernes santo y vemos una imagen del triunfo, que se llevará a cabo de modo pleno en la resurrección y que se celebrará a partir de la Vigila pascual.
Centrémonos hoy, en esta celebración, en una imagen fundamental: EL rostro de Cristo. Podemos ver en el rostro de Cristo dos realidades fundamentales que nos permiten adentrarnos en las celebraciones que se tendrán en esta Semana Santa.
En primer lugar podemos ver en este día en el rostro de Cristo el rostro de alguien adolorido, de alguien que es ultrajado, que es golpeado. Y es el rostro e Jesús nos refleja la humanidad golpeada por el pecado. En el rostro de Cristo se ve la humanidad adolorida por el pecado, la humanidad que sufre ante el pecado. Y todo el relato de la pasión nos muestra a esa humanidad adolorida, lacerada por el pecado que finalmente alcanza su máxima expresión e Jesús. Podemos ver claramente como en el relato de la pasión la humanidad está fuertemente herida por el pecado, y vemos diversas expresiones de esto. Vemos como el pecado daña a la humanidad. Un primer ejemplo de este daño lo vemos en la traición, el pecado hace que el hombre traicione y volente la experiencia del amor. En Judas podemos ser testigos de esta traición que marca una fuerte división entre la comunidad y sobre todo en la confianza y el amor. El pecado hace que el hombre traicione, que el hombre frustre las expectativas del amor, que los pilares de la confianza vacilen y se caigan. La humanidad es golpeada por esas traiciones en la vida que hacen que el hombre sea débil, endeble, y frustre un proyecto de amor, que frustre la fidelidad de una amistad, de un matrimonio, de una amistad. La traición que en fondo olvida los más grandes valores hace que el hombre cambie su relación con los demás por un mero proyecto personal. Hoy más que nunca resuenan esas palabras de Jesús cuando llega Judas: «Amigo, ¿A esto has venido?» Son palabras que reflejan por un lado la amistad, Jesús no lo insulta, no lo maldice, le llama “amigo”, mostrando la unión que hay entre ellos y al mismo tiempo marca una separación que ahora se establece: “¿A esto has venido?” Este es el drama pues el pecado ha dañado la amistad, ha dañado esta relación, que finalmente se distancia, no porque Jesús lo quiera, sino porque Judas lo ha decidido. Son amigos y ese es el drama, en esa amistad ha entrado la traición.
Otro elemento de esta humanidad dañada por el pecado es la negación de Pedro, que es otro tipo de traición, una traición que engaña al otro. Mientras Judas ah entregado al maestro, Pedro lo niega, y sólo para salvar su vida: Judas por su parte salvaba sus intereses, Pedro quiere salvar su vida. Lo niega y con ello niega la experiencia del amor, niega la experiencia de la amistad, en el fondo es como si no hubiera existido nada con Jesús. En el fondo es una actitud más cobarde que la de Judas, pues él dio la cara y confronto a Jesús en su arresto. En cambio Pedro no lo confronta, no está con Jesús, lo niega a sus espaldas, de frente se dijo ser fiel, y en cuando no está teme y niega. Cuántos a veces son así, niegan la experiencia del amor, niegan que pueda existir la confianza, niegan que se pueda perdonar, que se pueda ser fiel, lo niegan con sus argumentos y con una vida llena de desconfianzas y de intrigas.
También vemos la corrupción que ha golpeado a la humanidad, una corrupción en donde no se busca ninguna verdad, no se busca la honradez, ni encontrar el sentido de las cosas, sino sólo mantenerse en el poder, y así lo veos con los sacerdotes. Ellos sólo se preocupan por el templo y quieren eliminar a Jesús, sólo les interesan sus bienes, sus estructuras, su capacidad de poder dirigir, pero no les importa reconocer quién es Jesús y mucho menos les interesa trasmitirá a Dios: Ellos son los que deben servir de puente entre Dios y el pueblo, pero eso es lo que menos les interesa, sólo buscan el poder sólo buscan querer ser superiores, querer estar en lo más alto y poder chantajear al pueblo. Ahora es necesaria la corrupción, lo demás no importa, si con la corrupción pueden mantenerse, la vida del inocente no importa. Vemos de este modo que el pecado corrompe al hombre y hace que corrompa las verdaderas intenciones, el verdadero sentido de las cosas, alejándose de lo que es valioso y quedándose con el interés de unos cuantos aún a costa de la vida de los demás.
Esta humanidad golpeada por el pecado la vemos así en Pilato, el hombre, que según el evangelio de san Mateo, busca salvar a Jesús, pues piensa que hay algo de fondo que no va bien, pero al final deja que se haga lo que los demás quieran para evitarse problemas, y sólo hace un gesto: «Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes".» Termina descargando la culpa sobre ellos y se evita problemas. El pecado hace que el hombre nos e comprometa en la historia, no se comprometa en la justicia, en el amor hacia los demás. Ese es el rostro de pecado que Jesús termina asimilando.
Si vemos a Jesús desfigurado, sangrado, herido. En el fondo es el rostro de la humanidad, es el rostro que ha sufrido los golpes del pecado, que ha sufrido los golpes de la traición, de la negación, de la corrupción del asesinato, de la indiferencia. En el fondo ese rostro doloroso de Jesús es el rostro de la humanidad golpeada y desfigurada a causa del pecado. Jesús al hacerse hombre a venido tomar nuestra fragilidad y hoy ese rostro refleja esa debilidad en medio de la historia.
Pero ante esto, uno podría preguntarse ¿Por qué lo ha permitido? ¿Por qué no ha respondido Jesús? Y ante eso descubrimos en Jesús su otro rostro, no sólo ah asimilado a la humanidad caída, sino que su rostro es el de Dios, es el rostro de la misericordia. Y este es el sentido de toda la historia de salavción. De tal manera que podemos ver el rostro de la humanidad herida por el pecado, pero también podemos ver el rostro de alguien que ha tomado todas nuestras miserias para salvarnos, y las a tomado por amor. EL pecado le ha desfigurado el rostro, pero su amor ha hecho que lo acepte, su amor ha hecho que lo transforme y llegue la redención. Este es el camino que hoy iniciamos en esta semana santa, el reconocer que estamos heridos por el pecado, pero que finalmente hay alguien que ha tomado todos los pecados, para que seamos capaces de vencerlos y vivir en una dinámica mueva, en la dinámica del amor, sólo así, convencidos de esto podernos entrar en el pórtico de esta semana santa.

16/4/11

«Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera...»

Meditación con motivo del Sábado de la V Semana de Cuaresma

Textos:
Ezequiel 37,21-28
San Juan 11,45-57

El evangelio del día de hoy se sitúa después del episodio de la resurrección de Lázaro, y se nos presenta al Sanedrín en pleno, se reúnen para discernir sobre los actos de Jesús. Después de la resurrección de Lázaro el texto nos dice que muchos creyeron en Jesús, se ha suscitado la fe, se han adherido a Jesús, pero para el Sanedrín esto es una situación un poco compleja, pues si bien son capaces de reconocer que Jesús ha hecho signos, no son capaces de reconocer que esos signos son de Dios. Mientras la gente es capaz de ver los signos de Jesús como signos de Dios, las autoridades religiosas no son capaces de ver esto y lejos de ver por los intereses de Dios, ven solamente por su propios intereses y por ende por los intereses de la institución religiosa, más no por el pueblo y su salvación, por ello ellos mismos dicen: «Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación.» Sólo les interesa el templo, su lugar santo, les interesan sus ritos, pero no son capaces de ver por Dios.
Esto nos demuestra que cuando el hombre se preocupas sólo por sus intereses, puede dejar de lado el mensaje de Dios, no son capaces de ver los signos de Dios, sólo ven sus conveniencias, su poder, su capacidad de dirigir pero no lo que realmente Dios quiere. Muchas veces las personas actúan por lo que los otros dicen de ellos, pero no por lo que realmente son o por lo que vale la pena. Muchas veces con tal de poder mandar son capaces de humillara y marginar a la gente, sin importar lo que los demás sufran, sólo quieren su poder.
Y como culmen de esto encontramos a Caifás: «Ustedes no comprenden nada. ¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?» Caifás no duda absolutamente en que Jesús no les conviene y por ello opta por la muerte. Curiosamente esto es dicho después de la resurrección de Lázaro, una vez que Jesús da un signo de vida, la institución religiosa da muestras de un signo de muerte, pues Jesús no les conviene y por ello debe morir. Se cierra al don de Dios, al don de la vida y optan por sus intereses que en el fondo son signos de muerte.
Sin embargo, estas palabras si bien encierran un deseo de muerte, también encierran una gran verdad, una verdad de Dios y muestra como los mismos intereses de estos hombre en el fondo van en sintonía con los intereses de Dios, pues estas palabras en un primer nivel refieren a los intereses de los sacerdotes, es mejor que uno muera y así todo subsista. Pero en realidad el sentido es más profundo, pues con la muerte de Jesús efectivamente se salvará el pueblo. Se podría decir que ese antiguo y viejo sacerdocio ha dicho las últimas palabras que expresan la voluntad de Dios, aunque sea veladamente.
La cuaresma se convierte así en un tiempo en el cual debemos empezar una renovación de nuestra vida, reconociendo los signos de Dios, reconociendo como Dios actúa en nosotros, como Dios transforma nuestras vidas. Estamos a punto de comenzar la semana santa y con ello entraremos a la Hora de Jesús, entraremos en su pasión-muerte-resurrección, pero es necesario que hayamos visto sus signos, hayamos sido capaces de ver sus obras en nuestra historia. No es posible entrar a la semana santa y no ver lo que Dios ha realizado en nosotros, sin ver los signos que nos proponen que nos dan su salvación. Y no es posible porque su misterio pascual es el gran signo que da la salvación definitiva, pero es imposible celebrar este gran signo, si no hemos sido capaces de descubrir sus otros signos, pues esos signos son camino y cercanía al gran signo de amor que sucede en la cruz y su resurrección.
Caifás y el Sanedrín no son capaces de ver estos signos como de Dios, sólo ven su conveniencia, y por ellos no entenderán el signo de la gran salvación. Si realmente nosotros queremos celebrar la semana santa debemos dejar de ver sólo por mis intereses, abrir los ojos y ver todas las obras que Dios hace en mi, y así lograré ver desde los pequeños signos de amor que Dios hace en mis historia, el gran signo de amor que Jesús me da en su misterio pascual. La decisón es neutra o somos como la gente que al ver los signos de Jesús tiene fe o bien como estos sacerdotes que no son capaces de ver a Dios, o vivimos el signo de amor de semana santa o lo rechazamos.

10/4/11

«Yo soy la Resurrección y la Vida»

Meditación con motivo del V Domingo de Cuaresma
Ciclo /A/


Textos:
Ezequiel 37,12-14
Romanos 8,8-11
San Juan 11,1-45


Una de las realidades más complejas que puede enfrentar el hombre es la situación de muerte, pues ante esto no hay palabra alguna que resuelva la situación que se vive, no hay palabras adecuadas que ayuden a supera esta difícil situación cuando uno se topa con este fenómeno en medio de la vida. Qué hacer o que decir en estos momentos, en realidad muy poco, o incluso, nada. Y sin embargo es una realidad con la cuál tarde o temprano nos debemos de topar en nuestra historia, no sólo porque nosotros habremos de morir, sino porque en algún momento determinado encontraremos que alguien cercano a nosotros muere. Es una realidad muy humana con la cual nos topamos en algún momento de ahí que el mismo filosofo Martin Heidegger dijese que “el hombre es un ser para la muerte”, marcando así que la plenitud de la humanidad se alcanza justo en la muerte, dando así una visión un tanto existencialista y fatalista de la historia.
Ante esta situación qué puede decir el hombre de fe, que puede decir ante la situación de la muerte. El evangelio del día de hoy nos presenta esta realidad, Jesús se topa con la muerte de su amigo Lázaro y con este episodio Jesús cierra su actividad delante del pueblo, y lo cierra con un anuncio de vida. Esta idea de cerrar su actividad delante al pueblo lo hace diciendo: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Con estas palabras Jesús habla del final de su obra pública. Las doce horas del día representan el periodo de su actividad que inició en Caná, ahora el día está por terminar. El día es el símbolo del tiempo de su vida, donde ha realizado su obra, donde está la luz, donde ha iluminado a los hombres. Ahora llega la oscuridad y con ello cesa la actividad de Jesús. Ahora llegará la hora del tropiezo, pues en la noche no es posible ver la salvación y aquellos que no quieren verla tropezarán, pues condenarán al justo. Esta actividad de Jesús termina con el episodio de Lázaro, es momento de ir a su encuentro, es lo último que hará. De esta manera la actividad de Jesús terminará con el anuncio de vida, su actividad terminará anunciado que pese a la oposición y a la institución de la muerte, la vida triunfará y signo de ello será Lázaro.
Así Jesús se pone en marcha, dando el anuncio definitivo de la vida. Y para entender este anuncio centrémonos en el encuentro con Marta y entender este anuncio de vida. Marta al enterarse que Jesús ha llegado va a su encuentro y comienza un diálogo en búsqueda de una esperanza, de un consuelo en medio de su dolor y para ello aborda dos putos que ella conoce, pero que en el fondo no tienen sentido en su vida y no le dan ninguna esperanza, y que en realidad no pertenecen al ámbito del verdadero discípulo. La primera de estas afirmaciones es: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Marta muestra su tristeza pues esperaba que Jesús hiciera algo para que esto no sucediera y entonces afirma la primera idea que ella tiene por entendido. Y es que ella ve a Jesús como un mediador infalible ante Dios, pero se queda con este nivel: Jesús es solamente un mediador, es alguien que puede intervenir porque Dios le da esa capacidad, pero no ve que Jesús y el Padre son uno, no percibe que Jesús es más que un mediador, no es aquel que sólo hace obras esporádicas, sino que todo lo que Jesús hace es obra del Padre, es una acción de salvación de continuo. No se puede ver a Jesús sólo como aquel que puede hacer grandes cosas, sino ver a Jesús, significa ver en todo su obrar, la acción del Padre y la salvación que viene de él.
Ante esta argumentación Jesús se limita a decir: «Tu hermano resucitará.» Con esto Jesús no asiente a lo que ha dicho Marta, sino que, le muestra que se vive en un proyecto de salvación y ello implica que hay un proyecto de vida, no porque se lo pida, sino porque Jesús es un proyecto de vida de continuo, es el proyecto permanente del Padre. Por ello dice “resucitará”, y no dice “yo lo resucitaré”, pues no es una obra personal de Jesús, no es un deseo que Jesús le conceda el Padre, sino que es el proyecto del Padre, el proyecto de la vida.
Ante esta aseveración, Marta se muestra turbada y decepcionada y expresa la segunda idea que ella tiene por bien sabida: «Ya sé que resucitará en la resurrección del último día.» Estas palabras expresan la creencia común de la época, en especial la creencia de los fariseos, que marcaba que al final de los tiempos los justos resucitarían. Pero esto no le da ninguna esperanza, por eso dice “ya sé”, mostrando que lo conoce y que seguramente muchos se lo han dicho. Todo eso sucederá en el último día, y esto quiere decir que es algo distante, para ella la resurrección es algo distante, algo que no tiene que ver con su presente, algo totalmente alejado y por lo tanto lo único que le queda es la muerte, es lo que hay y es lo que debe enfrentar.
Podemos ver de esta manera que Marta a pesar de pertenecer a la comunidad cristiana no es capaz de ver el significado de la vida, no es capaz de comprender el significado de la salvación que Jesús trae. Se queda solamente con las concepciones antiguas, sólo ve en Jesús un hombre milagroso que puede hacer algo, pero no ve en él la capacidad de dar una nueva vida, un nuevo sentido de la historia. Ve en Jesús al hombre que puede obrar un milagro y devolver la vida anterior que tenía Lázaro, sin llegar a descubrir la vida nueva que da Jesús. Está atrapada en la concepción antigua de la vida. Y por otro lado, cree en una resurrección, pero lo ve como algo distante y por lo tanto totalmente distante de su historia y de su realidad. Es algo distante, es sólo un concepto, pero nada que ver con lo histórico. Cuantas veces nosotros fundamos nuestra fe en ideas distantes, en meras cosas que en el fondo no tienen nada que ver con nuestra historia y nuestra fe, nuestra adhesión a Cristo.
Por ello Jesús de inmediato le dice: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Jesús le marca que la vida que él da no es sólo una continuación del pasado, no es algo que sucederá en una realidad totalmente distante a la historia, sino que es una realidad nueva y totalmente cercana. La resurrección no es un mero acontecimiento a futuro, la resurrección es una persona, y una persona en el presente: Jesús. Él es la resurrección. Y al decir resurrección, se refiere a la capacidad de tener vida de nuevo, de una renovación de la vida, Jesús es quien renueva la vida, y marca que no se interrumpe, hay una continuidad en la vida, y Jesús es quien la da. Por tanto, la resurrección es algo presente, pues al ser él la resurrección, él es la vida, pus si él renueva la vida, impide que se interrumpa, es porque él es la vida, da vida al hombre. Y al usar la Palabra vida no se refiere aquí a la mera vida física, no se refiere a la vida biológica, sino habla de la vida en su sentido pleno, habla de la vida en plenitud. Jesús no es la vida física, sino que es la vida en plenitud, la vida en calidad, la vida en su totalidad y por ello es posible la resurrección pues es capaz de dar esa vida al hombre, resucitándolo, no sólo devolviéndole la vida terrena, sino dándole la vida en plenitud.
Por tanto, esto es lo que da sentido a la vida cristiana, y esto es lo que debe de anunciar. La vida no se acaba, la vida no se interrumpe, sino que la vida continúa después de la muerte pues Jesús la ha vencido, y continúa en plenitud, con una calidad plena de vida. Si bien existe la muerte física, no existe la muerte plena. La muerte sólo es el tránsito, para entrar a la vida en plenitud. La muerte acaba con la vida física, con la vida biológica, pues es parte del desarrollo biológico, pero la vida no termina en lo meramente biológico y fisiológico, sino que continúa y está llamada a una vida en plenitud, donde no existen los límites físicos, sino que va más allá de esto. La muerte termina con esa vida física, pero no con el sentido pleno de la vida, y esa vida es Cristo y esa vida la entrega Cristo. Esto es lo que la comunidad debe de anunciar y debe de creer, por ello Jesús, una vez dicho eso le pregunta a Marta si ella cree en esto, pues sólo teniendo fe, solo adhiriéndose a esta veracidad uno puede ser portador esta noticia, y dar un mensaje de vida y esperanza al mundo. Ante esto María debe expresar su fe: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
Finalmente esto es lo que debe de creer la comunidad cristiana y por ello Jesús al final del episodio pide que se abra el sepulcro, que se quite la piedra, pues la muerte no es definitiva. Poner la piedra representa que ahí se clausura la historia, después de la muerte no hay más, se ha quedado atrapado en ella y no hay salida. Jesús pide que se abra el sepulcro como señal de que la muerte no es lo último y que hay salida, pues el hombre está llamado a una vida nueva que lo encamina una plenitud de vida. Y como signo profético sale Lázaro, anunciando que la muerte no tiene ya ningún efecto en la vida terrena, pues el hombre está llamado a una vida en plenitud.
Cierto que la muerte toca la vida del hombre y que es momento lleno de dolor, de duda, de incertidumbre, pero la comunidad cristiana, está llamada a ser portadora de un anuncio de vida, que llene de esperanza a partir del testimonio de la fe, pues esta vida es la que se anunciará en plenitud en el tiempo de Pascua y que dará sentido a la vida de fe, por ello en este tiempo el creyente es invitado a meditar en esto, pues esta vida es ya una realidad desde el bautismo.

3/4/11

Citerios de ceguera

Meditación del IV Domingo de Cuaresma
Ciclo /A/

Textos:
1 Samuel 16,1.6-7.10-13
Salmo 23
Efesios 5,8-14
San Juan 9,1-41

El evangelio del día de hoy nos presenta a este ciego de nacimiento que al toparse con Jesús recibe la vista. Pero quién es este ciego de nacimiento. Ser ciego en la Biblia representa a aquel que no es capaz de descubrir la acción de Dios en su vida. Ciego es aquel que al ver su realidad, no alcanza a atisbar un poco la acción divina que interviene en la historia. Ciego es aquel que en el momento de prosperidad cree que es él quien ha realizado todo, que es merecedor de todos los bienes y no descubre la mano de Dios detrás de todo. Es ciego pues no ve más allá de sus bienes, más allá de su prosperidad, de sus benéficos, y no descubre que Dios está en él. Pero ciego también es aquel que no ve a Dios aún en la pequeñez y fragilidad de la historia. Uno se vuelve ciego cuando el dolor nos inunda y no vemos la acción de Dios, cuando la precariedad es tan grande que uno no ve a Dios e incluso se revela en contra de él. El hombre llega a la ceguera pues no ve más allá de su realidad. Sin embargo en este caso se agrega que es ciego de nacimiento, y quiere decir que su ceguera se debe a que no ve a Dios, pero es alguien que desde que nació es ciego, es decir, nunca ha visto a Dios, y nunca le han hablado de él. Desde siempre es ciego.
Ante esta situación podríamos analizar nuestra vida y descubrir hasta que punto somos ciegos en nuestra vida. Cuántas veces hemos olvidado ver hacia Dios, cuántas veces hemos olvidado descubrir a Dios tanto en lo bueno, como en lo malo. Y ante eso podríamos descubrir cuál es la razón de la ceguera, cuál es el motivo por lo cual no somos capaces de descubrir a Dios, y quedar ciegos en la vida.
Parece ser que el texto de la primera lectura ofrece una clave para descubrir la causa de la ceguera en nuestras vidas y los tipos de ceguera que podemos sufrir.
El texto se nos presenta en un contexto de crisis, puyes Dios ha dejado de la do al rey del pueblo. Saúl es el rey en ese momento pero Dios lo ha desconocido, para Dios este hombre no merece ser más el rey, y por ello se ha apartado de él. Samuel, el profeta, por su parte sufre ante esta situación, pero la historia debe continuar, y por ello Dios intervine y manifiesta a Samuel que no debe sufrir más por lo sucedido, pues ahora habrá la elección de un nuevo rey.
Y justo en esto se centro el episodio de hoy, en la elección del nuevo rey. Para ello, descubrimos que el rey no es simplemente de apariencias: «No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón.» Esto implica que la elección del rey va más allá de la mera apariencia fisca, Dios sólo ve el interior del hombre pues su interior es precisamente el que le hará capaz de ser un buen rey.
Y por esta razón vemos como van desfilando los diversos hijos de Jesé con el fin de descubrir quién es el elegido por Dios. Pasan ante Samuel siete de los hijos de Jesé, y resulta que ninguno de ellos es el elegido. Ante eso Samuel debe preguntar si falta alguien pues no está quien será el elegido, ante eso hay una respuesta: «Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño.» Y entonces todos deben esperarlo. Con esta imagen se representa al pueblo de Israel que espera su nuevo rey. El pueblo tiene necesidad de un rey, y ahora vemos la expectativa, de este rey que ha de venir, que viene de Dios, no de ellos, no de los criterios humanos, sino de Dios. Finalmente parece David y él es el elegido.
Podemos ver por lo tanto, que el rey es elegido desde los parámetros de Dios, no de los hombres. Vemos como desfilan ante Samuel los siete hijos. El número siete en la Biblia representa la totalidad, quiere decir que ante Samuel pasaron todos los criterios del mundo, todos los criterios de apariencia, pero Dos va más allá de cualquier criterio de apariencia, va más allá de cualquier criterio mundano, Dios supera la totalidad de los criterios del mundo. Y por ello, el elegido no está entre los siete, pues Dios no escoge esta totalidad de criterios, sino que, el elige el octavo. El octavo en la biblia tiene varias connotaciones, en este caso el octavo representa lo que va más allá del siete, lo que va más allá de la totalidad de los criterios del mundo, por tanto es lo que supera al siete, lo que supera la totalidad de ideas en el mundo.
Pero si lo vemos bien en el fondo el hombre es ciego por estas razones, porque se deja guiar por los criterios del mundo, porque se deja impresionar por lo primero que aparece, o bien por lo que el mundo le presenta de primera mano.
En el fondo el hombre se vuelve ciego cuando se deja deslumbrar por los criterios que el mundo le presenta, cuando deja que los lujos, las comodidades, la moda sean los elementos que guíen su vida entonces no es capaz de valorar su propia vida más allá de esto, sino que todo lo dirige a partir de estos criterios y cree que sin estas comodidades no hay vida o que sin estas comodidades no se alcanza la verdadera felicidad. Esto en el fondo es una ceguera.
Cuando el hombre deja que sus logros, su metas, su buena posición social, su dinero que ha obtenido con su trabajo, sea el todo en su vida, se vuelve ciego pues no es capaz de ver que la vida es más que esto, no es capaz de ver la experiencia de Dios, ni su providencia, pues cree que él es el propio artífice de su vida, pues le mundo lo presenta como un exitoso en la vida y no hay necesidad de más. O incluso cuando se encierra el enero trabajar, creyendo que así es suficiente, abasteciendo de lo necesario a los demás, pero no se da la oportunidad de estar con los seres que le aman, implica que su trabajo es una ceguera. Cuando el hombre se le presenta la idea de que si no hay comodidad, que si se presenta el dolor es un signo de desgracia, y entonces maldice a Dios, maldice su vida e incluso no es capaz de descubrir lo valioso de las personas que están a su lado, lo valioso de la vida en este momento pese a una penuria, sin embargo esta persona está ciega. Cuando el hombre cree que la respuesta está en la violencia, que todo tiene sentido en el odio, en la venganza y va elaborando su vida sólo en el resentimiento, en el rencor, en la venganza, su vida es la de un ciego, pues no es capaz de ver el perdón, el valor del amor de otras personas, el valor del amor con los que vive, sino que se cierra en su odio, se aleja y se exilia de los demás.
Podemos descubrir que así como Samuel se dejó deslumbrar por el primer hijo de Jesé, también nosotros nos podemos dejar asombrar por lo primero que aparece, por lo primero que nos ofrecen, por lo que todos piensan y dicen , pero no ser capaces de ver más allá de esa totalidad, no ser capaces de ver más allá. Sólo se puede dejar de ser ciego y ver a Dios, ver su obra y sobre todo ver la vida desde una nueva óptica lejos de las meras propagandas mercantilistas, cuando vemos más allá de lo que se nos presente, más allá de la totalidad de las propuestas del mundo. Esto implica hacer un camino.
Este camino se puede ver claramente con el ciego, en el relato del evangelio, no dejó de ser ciego de inmediato, sino que, debió de ir caminando hacia la fuente de Siloé, tuvo que hacer un camino para vencer su ceguera, escuchar la palabra, y llegar a enjuagarse. Pero es implica el esfuerzo, el movimiento, y curiosamente un movimiento que tiene como base la escucha de la Palabra, pues él escuchó a Jesús y se fue a lavar. Es la confianza en esa palabra la que la pone en movimiento. Si nosotros escuchamos realmente esa palabra podemos entrar en el camino, y sobre todo tendremos otro criterio que va más allá de los criterios del mundo, pues empezaremos a fiarnos en otra palabra, que no es la palabra del mundo sino la Palabra de Cristo. De esta manera el tiempo de cuaresma se convierte en un tiempo de revitalización para abrir nuestros oídos y escuchar nuevamente la palabra que nos mueve a la luz y nos aleja de nuestras cegueras.

27/3/11

«… en espíritu y en verdad...»

Meditación con motivo del III Domingo de Cuaresma
Ciclo /A/

Textos:
Éxodo 17,3-7
Salmo 95
Romanos 5,1-2.5-8
San Juan 4,5-42

El hombre en un momento determinado de su vida en medio de su trabajo, de sus relaciones personales, de sus diversiones y obligaciones se topa necesariamente con una dificultad y es la situación de la insatisfacción, pues descubre que a pesar de que trabaja, convive, se divierte, se relaciona, descubre en un momento determinado un hueco en su vida que lo deja insatisfecho, y ante eso no sabe qué hacer, trata y se esfuerza por encontrarle sentido a su vida pero se topa con alguna insatisfacción. Sobre esta realidad nos habla el día de hoy el evangelio. Se nos presenta a esta samaritana que va en búsqueda de agua para saciar su sed, sin embargo, es una actividad que debe de hacer día con día, que debe realizar a cada momento pues el agua se acaba y la sed regresa. Por tanto ella debe de ir al pozo cada día para saciar esa sed. En el fondo esta mujer es un signo de la humanidad que busca saciar el sentido de su vida, busca saciar el sentido de su historia de su caminar, de sus proyectos, el problema es que no logra saciarse con ese pozo, sino que debe de seguir en búsqueda de esa agua. En el fondo se busca saciarse constantemente aunque sea de dese pozo. Saciarse del agua de la fama, del poder, de la riqueza, del trabajo, de las relaciones, etc. Existen cantidad de pozos a los cuales el hombre recurre para saciarse. Y Justamente ahí en el pozo, en donde la mujer va en búsqueda de el agua cotidiana aparece Cristo, que es el agua que sacia, pero que ella no lanza a comprenderlo totalmente. Ante esto uno podría decir de inmediato, la solución para saciarse es Dios, es la religión. Sin embargo n o es así, no basta un sistema religioso para saciarse, pues efectivamente, pude ser sólo un alienante que no sacie al final, pues lo religioso puede dejar al final insatisfecho. Y sobre esta realidad se centra el episodio de la samaritana. Detengámonos en esta característica. Dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.» Al descubrir en Jesús un profeta busca que le dé una respuesta acerca de lo religioso, pues existe una contradicción entre judíos y samaritanos. Pues los judíos tienen su templo, y por su parte los samaritanos tienen el suyo en el monte Garizín. La interrogante es ¿Cuál culto es el valido? Aunque en el fondo ella misma está aferrada a su tradición, pues dice “nuestros padres”, por un lado marca la duda, pero por otro manifiesta que ella tiene bien férrea su tradición y no espera nada nuevo fuera de su tradición. Hay por un lado duda, pero también una aclaración acerca de su convicción. Esto ya nos abre al sentido de lo religioso como una cerrazón, pues el hombre pretende encontrar la saciedad de su vida en el ámbito religioso pero muchas veces no encuentra esa saciedad, ese sentido de plenitud porque están cerrados a sus tradiciones, a sus estructuras, a “sus antepasados” como dice la samaritana. Y entonces deberán ir a beber, día a día para hallar algo de consuelo, para saciarse un poco en ese pozo, en ese sistema religioso pero no en lo que realmente sacia. Cuántas veces el hombre cree que rezando y rezando encuentra sentido de su vida o sólo asistiendo a misa, o practicando una obra piadosa, pero muchas veces a pesar de eso no encuentran la paz, pues sólo es algo momentáneo, una fuga, pero no hay saciedad en la vida. Esto sucede porque lo religioso se convirtió en un pozo más, pero no es el agua viva que sacia. Por ello es importante no encerrarse en el sistema religioso, sino ir más allá, no es de anclarse a “nuestros padres”, ni es de descubrir quién tiene la razón, si los judíos con su templo o los samaritanos con su templo, es algo que debe ir más allá por eso Jesús le responde: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.» Jesús aclara que el verdadero culto en la vida está más allá de las estructuras, no es posible encerrarse en ello, no es para limitarse en un monte, para delimitarlo en un lugar, en una práctica, en un concepto, pues Dios es más que todo esto. Además Jesús introduce una novedad, pues colca a Dios el nombre de “Padre” y con este título, implica que la paternidad de Dios hace desaparecer las paternidades antiguas, la de Jacob, la de los antepasados, ahora Dios es el único Padre, y por tanto, sin intermediarios, de modo que todos puede acceder a Dios, sin encerrase en ritualismos vacíos, o tradiciones que no sirvan. Todos pueden acceder al Padre. Para Jesús no es de lugares, no es de ritos. El hombre es libre para encontrarse con Dios, y eso quiere decir que el hombre debe der capaz de descubrir a Dios en su vida, sin encerrase en conceptos y cosas abstractas. Muchas veces el hombre cree que a Dios se le encuentra solamente siguiendo normas, o ritos, cree que con un número determinado de rezos uno se topa con Dios, cree que por estar cada domingo en misa le va a ir bien porque se ha topado con Dios. Pero no es así, pues al final de estos rezos, o de esas celebraciones resulta que no hay nada, se sigue insatisfecho, pues no se encontraron con Dios realmente. Se toparon con algunos ritos, pero no con Dios. Dios no es de esquemas, sino de un encuentro vivo, de un encuentro que realmente trasforme al hombre, no es que el hombre se encuentre con Dios por repetir costumbres o ritos mecánicamente, sino que debe de ir más allá, se debe buscar el encuentro que renueva y transforma auténticamente. Y como todo encuentro no se da simplemente por seguir unos pasos, pues el encuentro es personal, es con una persona, y eso nos e da con pasos sistematizados. Antes de proseguir con esta reflexión Jesús se detiene y aclara algo fundamental: «Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.» Jesús debe aclarar la dirección de la salvación, y es que bien de los judíos, pues el cisma, la ruptura entre judíos y samaritanos, debido a situaciones políticas, pero se alejaron de la revelación de Dios, pues el Mesías viene de los Judíos, y con ello Jesús da la orientación hacia donde uno debe ir, para encontrase con Dios. Si bien el encuentro con Dios no es de lugares, ni de ritos específicos, hay que saber hacia dónde ir para buscarlo. Así como el encuentro con una persona que se le extraña, no debe limitarse a un lugar, a un sentimiento, ni aun rito, lo cierto es que uno debe saber la dirección hacia la cual debe uno encaminarse para encontrarlo, de lo contario, será muy difícil encontrarlo. Una vez aclarado el rumbo a seguir, continúa con la enseñanza del encuentro con Dios: «Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.» Si bien hay que saber hacia dónde dirigirse, también hay que saber superar esos ritos, pues a Dios se le adorará más allá del sistema judíos, más allá de prácticas y rituales, a Dios se le adorará en espíritu y verdad. Al hablar del Espíritu implica que a Dios sele ama a partir del amor, desde las categorías del amor. No es posible orientarse a Dios, si es por interés, si es por conveniencia, si es para vengarse, el verdadero culto a Dios se hace a partir de la experiencia del amor, y sólo del amor. Acercarse a Dios, implica que el hombre está consciente de iniciar un proyecto de amor. Que busca amar a los demás, que busca ayudar al otro, que busca en el fondo encontrar a Dios en su prójimo, sólo así es posible el culto a Dios y el inicio de esta saciedad, pues no está colocado en ritos, en repeticiones de cosas, sino en una práctica, en una forma de vida que realmente transforme su historia y la de los demás. En segundo lugar dice que hay que adóralo en “verdad”, es decir, en lealtad, en la fidelidad, ello implica que el culto a Dios se hace de modo autentico, transparente, con firmeza, no se hace por conveniencia, o sólo para pasar el rato, o para encontrar paz en nuestra alma, o para que se tenga buena suerte, sino porque hay una mor a Dios que me hace sentirme comprometido con él y me hace caminar hacia él, porque estoy convencido, porque da sentido a mi vida. Esto no quiere decir que esté descalificando o la misa, o la oración, pero lo que Jesús le interesa realmente es el culto en espíritu y verdad, en amor realmente entregado y en fidelidad y convencimiento hacia él, de lo contrario, sólo hacemos ritos que nos dejan vacíos, y que no nos sacian. El hombre que busca saciedad en la vida debe buscar a Dios, pero no refugiándose en una práctica piadosa, sino realmente comprometiéndose con él, desde cualquier ámbito, viviendo el amor y la lealtad. De lo contrario seguiremos en otros pozos, que puede ser del mundo material, o del mundo religioso, pero que no terminarán nunca de saciarnos.

20/3/11

«Deja tu tierra...»

Meditación con motivo del II Domingo de Cuaresma
Ciclo /A/

Textos:
Génesis 12,1-4
Salmo 32
2Timoteo 1,8-10
San Mateo 17,1-9

Cuando escuchamos hablar de la Cuaresma generalmente vienen a nuestra mente diversas imágenes como viacrucis, oraciones, ayunos, abstinencias, pescado, mariscos, y cosas por el estilo, pues al concepto cuaresma se le unen estas ideas, incluso viene a la mente la idea de un momento de penitencia, de cambio de vida, de dolor. Sin embargo, la cuaresma no es eso, la cuaresma no es simplemente un tiempo para diversas actividades penitenciales, de devoción, o incluso actividades culinarias.
Sin embargo, la cuaresma es mucho más que eso, es un tiempo en donde la Iglesia nos invita a reflexionar y a contemplar nuestra vida cotidiana delante de nuestra vida de fe, y descubrir hasta que punto a lo largo de un año hemos sido congruentes con esa adhesión y hasta qué punto no lo hemos sido. No es en sí un tiempo para hacer meras prácticas penitenciales y ascéticas, sino es un tiempo para encontrarnos con nosotros mismos y nuestra vida de fe. Es un alto y ver hasta qué punto he sido congruente con mi vida de fe, que tantos frutos he dado a partir de mi experiencia de fe. Si bien se recomiendan ciertas prácticas penitenciales, no son, sino la expresión del reconocer que no somos congruentes con la adhesión a Dios y por ello, buscar los medios para dar auténticos frutos. Y por ende, estas prácticas son medios externos, que ejemplifican el camino que se debe hacer para empezar a ser congruente con la vida de fe, pero no por ellos e limita simplemente a hacer prácticas y prácticas, sino que se deben hacer obras que renueven nuestra vida, y esas obras que se recomiendan son meras expresiones, del verdadero cambio que se debe producir en la vida. De tal modo, que el creyente debe de ve confrontar su vida con la fe que a abrazado y de ahí producir un cambio, independientemente de meras practicas exteriores y ritualistas.
De tal manera que hoy deberíamos de confrontarnos y descubrir que tanto hemos sido realmente congruentes con la fe que hemos abrazado y hemos dado frutos dignos de esa fe, frutos llenos de vida y fecundidad. Estos frutos se reflejan en nuestra relación con los demás, cuando somos capaces de construir vehículos de unidad, cuando somos capaces por ser pacientes y construir una vida de comunidad, una comunidad que escucha, dialoga y comprende a los demás. Frutos que dan una vida auténtica, una vida que da sentido al caminar del hombre.
Pero creo que si nos detenemos podemos ver que efectivamente no hemos sido capaces de construir esa unidad en muchas ocasiones porque somos envidiosos, porque somos oportunistas, porque buscamos nuestros propios intereses, buscamos mantener el dominio, pero no somos capaces de comprender y vivir en armonía con los demás.
Y justo al contemplar esta realidad de nuestra historia parece iluminarnos el texto de la primera lectura, en donde nos encontramos con Abraham, este hombre que se ha topado con una dificultad sumamente seria. Este hombre no tiene hijos. El no tener hijos es una realidad sumamente complicada en las culturas de oriente, pues los hijos son el signo de la bendición de Dios, pues al mirar los padres saben que ellos perduran por su hijos, ellos son su imagen, su vida sigue patente por ellos, su raza, su estirpe, su familia continúa adelante porque en sus hijos se ve reflejados y trasmitidos. Si no se tienen hijos implica que Dios los ha maldecido, pues no hay posibilidad de que su familia se perpetúe, ha quedado cancelada su familia, y con ello, su historia terminará cuando muera el esposo.
Esta historia del Abraham estéril, nos refleja al hombre que no tiene un signo de vida, no es portador de la bendición de Dios y por tanto, no tiene promesa de futuro. Y esa puede ser nuestra vida delante de Dios., podemos ser estériles en nuestra vida de fe, pues no reflejamos la bendición de Dios y no mostrarnos una promesa de futuro y plenitud pues nuestra vida contradice todo eso. Ante esta realidad que vive Abraham, es Dios que pronuncia una palabra, que rompe la esterilidad que vive. Hay una Palabra que rompe esa esterilidad y da el anuncio de la vida: «Deja tu tierra y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré.» Pero curiosamente la promesa del hijo no se la da de momento, sino que le dice “deja tu tierra”, y esto es una invitación a caminar, a dejar detrás su vida, su identidad, su razón de ser en el mundo, e iniciar algo nuevo.
Quiere decir que la única manera de empezar a dar frutos, dejar la esterilidad, y empezar a vivir la fecundidad es ponerse en camino, sólo así se puede iniciar la verdadera renovación de la vida. Ponerse en camino a una nueva tierra, una nueva situación donde demos atrás lo que creemos que en nuestra identidad, pero que en el fondo no es lo que nos ayuda. Ponerse en marcha e iniciar una vida distinta. Dejar la patria de la envidia, del rencor, de la soberbia, de la falsedad.
La cuaresma de este modo es el tiempo para escuchar la Palabra de Dios y reiniciar nuestra alianza con él. Y ello implica caminar, ponerse en marcha. Abraham se puso en marcha sin tener un mapa, sin saber a dónde ir, sólo guiado por la experiencia de Dios y con una promesa de bendición. Nosotros estamos llamados a caminar, a dejar nuestras falsas seguridades, a dejar aquellas actitudes que no nos ayudan y dejar que Dios, con la escucha de su Palabra nos guíe.
Finalmente estamos llamados a entrar a la plenitud de la historia, tal y como puede verse en el texto del evangelio, donde se narra el relato de la transfiguración. Este relato sirve para explicarnos la identidad de Jesús y el sentido final de su misión que es llevar todo a la gloria, simbolizado por esta transfiguración. El hombre que se pone en camino es aquel que es capaz de renovar su vida, dejar atrás lo que no le ayuda, y caminara hacia la gloria, hacia la presencia de Dios, hacia una transfiguración que le renovara totalmente.
De este modo, podemos ver que la cuaresma no es de prácticas, ni de devociones, es de camino, de ponerse en marcha de dejarse guiar por al Palabra de Dios y re novar totalmente la vida.

16/3/11

Cambio de mentalidad...

Meditación con motivo del Miércoles I de Cuaresma

Textos:
Jonás 3,1-10
San Lucas 11,29-32

En este día en el evangelio podemos ver que Jesús hace una fuerte aseveración contra el pueblo de Israel, pues sólo pide signos para creer, como si la fe se basar sólo en cosas extraordinarias para suscitarla. Por ello Jesús habla de un signo de credibilidad: «Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás.» El único signo es el de Jonás, que como hemos escuchado en la primera lectura, el signo de Jonás es la conversión de los paganos. Este signo será capaz de mostrar el sustento de la fe, porque si los paganos se convierten implica que ha descubierto la experiencia de Dios en su vida, y los judíos se han cerrado a ella.
Esto implica que la conversión es un elemento que garantiza la fe. Pues la fe implica una adhesión profunda a Dios, no es simplemente creer un conjunto de cosas, o de enunciados, sino que estamos llamados a adherirnos a Cristo y su evangelio, y eso es un signo de fe. Pero para poder vivir esta realidad es necesario la conversión, pues con la conversión se puede hablar realmente de una adhesión a Cristo.
Pero ¿Qué es la conversión? Muchas veces pensamos que la conversión es cambiar de vida, pero no es así. La conversión es algo más profundo. La palabra conversión viene del griego “metánoia”, que está compuesta por dos vocablos. Por la proposición “metá” y el sustantivo “nous”. La proposición “metá” indica algo que está después de algo, lo que sigue una vez que se terminó o se tiene una realidad, se suele traducir como “después de”. Por su parte “nous”, quiere decir mente, modo de pensar, en el sentido de la sede de los pensamientos, incluso se utiliza para hablar del entendimiento en cuanto la capacidad de comprender las cosas. Podemos decir que el “nous” es la mentalidad, el pensamiento que conforma al hombre.
En este caso “metá+nous”, nos indica lo que está después de la mentalidad, es decir, la conversión no es quedarse con la propia mentalidad, con las propias ideas, sino estar después de ellas, es ir más allá de la mentalidad. Convertirse es un cambio de pensamiento.
Este es el concepto de la conversión, el problema es que a veces entendemos conversión como un cambio de vida, y no es así, la conversión es cambiar de mentalidad, es ir más allá de la mentalidad imperante. Sólo así se cambia de vida, puesto que uno puede iniciar a cambiar su vida, iniciar un nuevo comportamiento, pero si piensa igual que siempre, si se deja llevar siempre por la misma mentalidad, sus obras son meramente exteriores, pero no ha realizado un verdadero cambio, puesto que piensa igual. Puede hacer una obra buena, pero si en la mente cree que la injusticia o la mentira es algo normal, con el paso del tiempo volverá a hacer lo de siempre, pues sus criterios mentales son los mismos.
Sólo cuando el hombre es capaz de transformar su pensamiento, de ir más allá de sus ideas, y más allá de lo que el mundo dice, entonces hará cosas distintas, puesto que sus obras serán consecuencia de su nueva forma de pensar. Si mi modo de pensar respecto a la justicia es potro, por consecuencia voy a ser justo, no es sólo apariencia, no es sólo la obra buena del día, sino parte de mi vida porque así pienso.
El tiempo de cuaresma se vuelve así un recordatorio para ver cuál es nuestro modo de pensar delante de los demás, y ver cuáles son los criterios del Reino y cuál de ellos voy a empezar a hacerlo parte de mi pensamiento, cuál de esos criterios empezará a formar parte de mi. Es momento de meditar, asimilarla, empezar a ver como puede ser parte de mi la verdad, o la justicia, o la escucha, o la misericordia, o la paciencia, o la paz, meditar, empezar a pensar desde esa categoría para que se vaya haciendo realidad. Pues esto es el sentido de la cuaresma, recordarnos que debemos convertirnos, que debemos cambiar nuestra mentalidad y empezar a ser distintos, y esto sólo se logra si vamos encarnando un criterio del Reino, y no sólo con prácticas externas, sino tomando una criterio que se vuelva parte de nuestra vida.

13/3/11

Pecado: Problema de escucha

Meditación con motivo del I Domingo de Cuaresma
Ciclo /A/

Textos:
Génesis 2,7-9.3,1-7
Salmo 50
Romanos 5,12-19
San Mateo 4,1-11

Una de la preguntas fundamentales que se van haciendo a lo largo de la historia de la humanidad de frente a una realidad que es tangible en la vida y que le rebaza en muchos casos, la pregunta gira en torno al mal. Qué es el mal, por qué si el hombre busca la felicidad, busca la paz, la armonía en su vida existe el mal, por qué si Dios lo ha creado como signo de su amor, ahora existe la experiencia del mal que lo destruye y que de entrada parece contradictorio al amor de Dios.
Esta pregunta es vital en la realidad humana, por ello la Escritura profundiza desde sus primeras páginas sobre esta realidad tratando de descubrir el sentido del mal, tratando de ver el origen de esta realidad. Ya en el libro del Génesis que hoy hemos escuchado como primera lectura podemos descubrir la respuesta que la escritura propone a través de este relato lleno de mitología y simbolismo.
La escena que contemplamos hoy se adentra en dos personajes: La mujer y la serpiente. En el diálogo que se lleva a cabo entre los dos, podemos descubrir el problema del pecado, el problema de la entrada del mal en la historia, se da a partir de una sencilla pregunta: «¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?» Esta pregunta encierra todo un misterio, pues por un lado remite a Dios y por otra remite a un engaño. Esta frase remite a Dios, porque al crear Dios el Paraíso efectivamente da la orden de no comer el fruto del árbol del centro, de tal manera que la pregunta de la serpiente es tendenciosa, pues parte de una realidad ya establecida, parte de algo que conoce el hombre, de algo que Dios ha dicho. No es que la serpiente llegue a innovar y a dar nuevas teorías, una nueva propuesta delante de Idos y la creación. No es una cosa nueva, sino que parte de un dato del todo conocido por la mujer.
Pero al mismo tiempo que habla del mandato del árbol, no lo recita textualmente, sino que lo desvirtúa un poco, pues añade una palabra curiosa que desfigura el mandato de Dios y con ello da inicio a la duda en el corazón de la mujer. La palabra que añade es “ninguno”, “es cierto que no pueden comer de ningún árbol”. El mandato de Dios se ve desfigurado totalmente aquí, pues Dios prohibió comer de un árbol, y ahora la serpiente cambia el diálogo diciendo que no se puede comer de ningún árbol. Con esta frase la serpiente deja entrar una duda y una oportunidad para que la mujer hable acerca del suceso.
La mujer de inmediato, en lugar de evitar la pregunta, en lugar de seguir su camino se detiene para aclararle a la serpiente que está mal, que así no es el mandato de Dios. Y le dría que no es así, que sólo no deben comer del árbol del centro. Pero si nos detenemos un poco, ¿para qué le aclara a la serpiente estas cosas? ¿A poco la serpiente necesita saber sobre esto? Qué necesidad tiene una serpiente de conocer esta realidad, pues la serpiente es un animal inferior al hombre, y no le corresponde saber en lo absoluto que debe hacer el hombre y que no debe de hacer, pues ese mandato no le incumbe para su vida.
Pero la mujer empieza un dialogo contesta serpiente, comienza a querer convencerla de lo que ha dicho Dios. El hombre está llamado a dominar a los animales, está llamado a dirigir sus pasos, está llamado a estar encima de ellos. Pero en este relato vemos lo contrario, pues la serpiente se pone sobre la mujer, se coloca en un puesto que no debe pues se cree dominador de ella, es quien le pide cuentas, quién le quiere dirigir sus pasos, quien le quiere dar los criterios de la realidad y de pedirle explicaciones. Pareciera que se cambian los papeles, que se intercambian los roles, pues la mujer está llamada a gobernar sobre las creaturas, y aquí parece que la serpiente quiere gobernar encima de ella.
Una vez que la mujer explica las cosas, la serpiente muestra su soberanía pues ella hace un análisis de la realidad y le muestra lo que debe de hacer. Hace que olvide lo que Dios le ha dicho, lo que Dios le ha demostrado y con ello le muestra una nueva realidad que es la que ahora debe de seguir. Dios da un mandato, pero ahora ella le da una interpretación de ese mandato mostrando en el fondo un nuevo mandato: «No, no morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal
Podemos descubrir precisamente como ha cambiado el sentido de la conversación, comenzó haciendo una pregunta inocente, una duda que tenía una cierta referencia con lo que Dios decía y al final sale la verdadera intención: Tergiversar el sentido del mandato de Dios. Con ello presenta una identidad diferente de Dios, se muestra que Dios es alguien que busca limitarlo, pero no amarlo.
Por tanto, el mal entre por dos razones. La primera es que escucha a alguien inferior que ella. La serpiente es un animal más de la creación, por lo tanto, el pecado inicia cuando ella escucha a una realidad que está debajo de ella, que ella debe dominar y con ello implica que olvida la voz de Dios pues presta más atención a lo que ella le dice que a lo que Dios ha dicho. Ha olvidado ella lo que Dios ha mandado, y lo que ha mandado son dos cosas. Ha mandado que domine la creación y ha mandado que no coma del árbol. Pero cuando ella escucha la voz de la serpiente olvida que ella debe dominar a la creación y comienza a hacerle caso, y en segundo lugar por escuchar esa voz olvida a Dios, y hace que sea más importante lo que ella le dice a la voz de Dios.
Ante esta consideración debemos de detenernos y meditar ¿Qué voz escuchamos en nuestra vida? Porque muchas veces somos muy dados a escuchar la voz de nuestros intereses, de nuestros impulsos, de nuestros escrúpulos, de nuestra vanidad, de nuestro rencor. Ello implica que no escuchamos la voz de Dios que nos manda a vencer esos escrúpulos y esos intereses, esas envidias y rivalidades, esa voz que nos invita a vivir desde la dinámica del amor. El pecado sucede cuando dejamos de escuchar lo que Dios nos dice y empezamos a escuchar cosas que en realidad no vienen de él, sino que son inferiores a nosotros y le damos más importancia, pues es más importante ese orgullo o ese afán de poder, ese querer dominar al otro, en lugar de ayudarlo.
La segunda, es consecuencia de esto, pues por no saber reconocer a Dios y con ello lo que realmente le conviene al hombre, pues se le presentan falsa propuestas que llevan a desconocer lo que realmente le conviene al hombre. El mal entra cuando el hombre desvirtúa la realidad y comienza a ver como bueno lo que no es. Cuando se presentan las cosas buenas, adecuadas, pero a la raíz no son así. La serpiente cambia la imagen de Dios y ella lo cree, no recuerda nada de lo que Dios ha hecho por ella, no recuerda que él la ha creado, no recuerda ninguna acción de Dios, sino que todo lo olvida por lo que este ser le dice. Se hace más importante esta propuesta que lo que ella misma ha vivido y visto.
Cuántas veces dejamos que otras realidades parezcan mejor que lo que Dios nos presenta, pues es más llamativo, es la moda, es una promesa de algo mejor, en fin, se nos presentan realidades tan maravillosas que nos hacen olvidar lo que realmente vale la pena. Por ejemplo, cuántas veces hoy en día se nos anuncia vivir una infidelidad como algo normal o un reto para la vida. O cuantas veces los vicios se presentan como la posibilidad para ser mejor, o para nadar en “onda”, o como el mejor escape de la realidad. O cuando la venganza parece el mejor camino para lograr la felicidad. En el fondo a veces pecamos, dejamos que el mal entre y nos dañe o dañe a otros porque dejamos que entren otras realidades que no son buenas, pero dejamos que se nos presente como buenas, que nos deslumbren. Así es como entra el mal, porque Dios nos ha dado esa libertad y desde esa libertad podemos escuchar otras realidades que no sean lo que realmente da plenitud al hombre y escoger situaciones de la vida que en realidad tergiversan la realidad.
El tiempo de cuaresma es un tiempo para detenernos, para meditar, para descubrir hasta que punto hemos dejado que la Palabra de Dios entre en la vida y la hemos escuchado. Es un tiempo para detenernos y dejar que esa Palabra vuelva a resonar en nuestras vidas, pues sólo así podemos empezar a caminar desde el proyecto de Dios. Así como en el evangelio del día de hoy en donde se nos presenta a Jesús que entra en el desierto y al final vence al tentador, y lo vence no con elocuentes palabras, o con discursos bien estructurados, o a fuerza de penitencias, sino que lo vence con la Palabra de Dios. Todas las respuestas que Jesús le dirige al demonio son tomadas de la Escritura. Jesús vence al demonio con la Palabra de Dios. Quiere decir que cuando se acoge la Palabra entonces el hombre se renueva y es capaz de transformar su vida, pues vence la tentación, vence el mal, pues la voz que escucha es la voz de Dios, y no la de otras realidades. Que el tiempo de cuaresma sea el tiempo para que recordemos que siempre escuchemos la Palabra, pues sólo de esa escucha se puede ser auténticamente discípulo.

9/3/11

Reconocer nuestro pecado, reconociendo el amor de Dios

Meditación con motivo del Miércoles de ceniza

Textos:
Joel 2,12-18
Salmo 51(50)
2Corintios 5,20-21.6,1-2
San Mateo 6,1-6.16-18

Hoy comienza el tiempo de Cuaresma y para ello se lleva a cabo el signo de la ceniza. Y esto nos debe llevar a preguntarnos ¿qué significa este signo? ¿Cómo es que este signo nos introduce a la cuaresma? ¿Qué sentido tiene tomar ceniza?
Me parece que el salmo del día de hoy puede ofrecernos por lo menos dos pistas para comprender este signo y el inicio de la cuaresma. Comencemos diciendo que este Salmo tiene un tono penitencial, está escrito para demostrar el arrepentimiento del hombre que ha pecado. Y comienza apelando a Dios y su misericordia: «Señor, apiádate de mí por tu inmensa compasión y misericordia, y olvida mis ofensas.» Con esto se muestra que el primer punto para iniciar el perdón es precisamente el reconocer la misericordia de Dios. Si podemos iniciar una oración en donde pidamos perdón a Dios, es sólo porque sabemos de antemano tres cosas que Dios es aquel que tiene piedad, y por ello es compasivo y que tiene misericordia.
La primera característica es la piedad de Dios, el Salmo abre precisamente con esta súplica: “Apiádate de mí”, marcando que Dios es aquel que tiene piedad, que Dios se apiada del hombre. Esta palabra nos remite a la acción que un soberano tiene con su súbdito de abajarse porque le interesa. Por tanto Dios tiene piedad del hombre, porque no hay nada más valioso que el hombre y baja para levantarlo en medio de su miseria. Si el salmista implora la piedad es porque efectivamente, porque sabe que Dios no deja solo al hombre, y al verlo en el pecado lo levanta, lo anima para trasformar su vida.
En segundo lugar nos dice que Dios es compasivo, que en este caso el texto remite a la expresión que habla de la fidelidad amorosa de Dios. Esta compasión en los Salmos generalmente remite a Dios que es fiel en la alianza y no se aleja del hombre, sino que lo llama continuamente para renovar la alianza, para que viva en su amor. La compasión se vuelve así en la actitud que Dios toma ante el hombre que se arrepiente y quiere estar con él. Es la actitud de Dios que responde con bondad y gracia a la fragilidad del hombre para que este vuelva a su lado, para que inicie un camino nuevo y se renueve totalmente en su relación con él. Lo que Dios quiere es precisamente esto, que el hombre no se aparte de él.
Y la tercera característica que el texto litúrgico traduce como misericordia, nos remite al vocablo que se usa para hablar de las viseras, y por tanto de la pasión, del amor instintivo, de la entrega absoluta a favor del otro. Es el amor gratuito, no es una mor de merito, no es que se ame al otro porque se lo merezca, sino que se ama porque existe, se le ama porque es una exigencia del corazón. Esta palabra incluso se llega a comparar con el amor de una madre a sus hijos, un amor que se dona sin medida y acompaña siempre a pesar de lo que pase.
Por tanto, el Salmista reconoce tres cosas fundamentales al pedir perdón: Que Dios tiene piedad, que Dios desea siempre que se esté en unión con él que se viva en alianza. Si pide perdón es porque sabe que Dios no lo quiere lejos de él. En segundo lugar porque Dios es compasivo, es decir sabe que Dios siempre sale al encuentro del que lo busca, pues le ama. Y finalmente porque sabe que Dios lo ama, no por lo que haga, no hay medida de ese amor, Dios lo ama gratuitamente, y ese amor es lo que lo renueva y le ayuda a transformar su vida totalmente.
Y una vez que se reconoce la bondad de Dios e implora su acción redentora, viene una acción fundamental, que es reconocer la culpa. Si bien se implora al amor de Dios, se debe hacer siendo consciente de que uno es el que ha fallado: «Reconozco mis culpas, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti sólo peque…» Con esta frase podemos ver que el hombre vive totalmente arrepentido, pues dice reconocer su culpa. Y cuando habla de reconocer, se habla de dos realidades, por un lado, se da cuenta de su maldad, de su pecado, pero al mismo tiempo este verbo re-conocer, me lleva a ver que está en sintonía del verbo conocer, que en la Biblia nos remite a intimar con una realidad. Si el Salmista dice que reconoce su pecado, quiere decir que experimenta ese mal, que intima con esa maldad, es como si dijese que experimenta la culpa.
Esto nos lleva a contemplar una cosa vital, si uno apela a la misericordia de Dios, implica que debe saberse culpable, y conocer, experimentar su mal, que siente dolor, pues se da cuenta de lo que ha realizado. No es posible pedir a Dios perdón, y pedir experimentar el amor, si uno no se descubre pecador, si piensa que no hace nada malo, o si culpa a otros de sus acciones.
Y hay que ver un detalle más, que al declararse culpable, no simplemente es alguien que pide piedad, sino que también hace una profesión de fe. Pues pide piedad a quien sabe que tiene esa piedad y que le ama. Hace una súplica a aquel que sabe que es amor, y ello implica que con su suplica anuncia que cree en el Dios que le ama y se dona gratuitamente a él. De esta manera esta oración de perdón se convierte en una oración de fe, de fe en el Dios que ama y renueva su alianza con el hombre.
Podemos decir que el signo de la ceniza es justamente esto. Es un signo con el cual reconocemos que somos pecadores, reconocemos nuestras culpas. Sería absurdo que alguien tomara la ceniza y no se supera pecador, sería tan solo una caricatura de rito vacío y sin sentido alguno. De tal modo que la ceniza debe ser esa toma de conciencia que nos lleve a reconocer quienes somos, nuestros errores, y faltas. Pero al mismo tiempo, debe llevarnos a reconocer que Dios nos ama, se nos impone la ceniza porque nos sabemos frágiles, pero nos sabemos amados por Dios. La Ceniza debe de ser el signo por el cual nosotros sabemos que Dios nos ama, y que por ese amor todo es posible. Muchos podrían tener este signo sólo como una señal de su pecado, pero eso es una visión incompleta, pues debemos de ver que estamos llamados a un cambio por el amor, por la gracia de Dios y no por nuestras fuerzas o nuestros actos. Si el mismo Salmo habla primero de ese amor de Dios es porque experimentando eso, se puede iniciar la conversión. Si la cuaresma es un tiempo para meditar en nuestras vidas e iniciar un camino nuevo, sólo posible porque durante este tiempo nos descubrimos amados por Dios, y sin esta realidad, no es posible ni vivir la cuaresma y mucho menos la Pascua a la cual estamos llamados cada uno de nosotros.

6/3/11

Cimientos...

Meditación con motivo del IX Domingo de tiempo ordinario
Ciclo /A/


Textos:
Deuteronomio11,18.26-28.32
Romanos 3,21-25.28
San Mateo 7,21-27

En nuestra vida y en nuestra propia realidad podemos constatar que en muchas ocasiones estamos rodeados o hemos sido causa de situaciones que son efímeras. Podemos constatar como en la realidad no hay coas muy sustentables, presenciamos cantidad de contradicciones y falta de promesas en los ámbitos político-sociales, vemos como hay una falta de sustento en lo que se denomina modas, ya sea en el vestir, la música o en infinidad de cosas, donde todo pasa rápidamente, y no hay algo que las sustente. Donde no hay un valor de las cosas, sino sólo lo inmediato, y lo que antes era algo bueno hoy es un absurdo. Somos espectadores de un mundo que es en muchas posiciones superficiales, donde no hay promesas, donde lo que hoy se dice mañana desparece o se olvida, donde no hay un espacio para generar auténticamente una historia sólida anclada en la experiencia del pasado, que alienta y ayuda al progreso de la historia, sino que simplemente se queda en el olvido, sin formar un verdadero desarrollo histórico.
Ante esta situación debemos de preguntarnos cuales son los cimentos en los cuales se ha fundamentado la cultura, las promesas, los valores, y las propias vivencias de nuestra historia. Porque finalmente, si las cosas pasan de moda, lo que antes era un valor hoy es algo retrograda, lo que se promete nunca se cumple, implica en el fondo que no hay una buena cimentación de la realidad, o es un cimiento sumamente efímero.
Esta es la realidad que el evangelio de san Mateo nos presenta hoy, en esta parábola que Jesús cuenta a su discípulos, a modo de cerrar el sermón de la montaña que desde hace cinco semanas comenzamos a leer y el día de hoy finaliza justamente contesta parábola invitando a los discípulos a descubrir cuáles son los cimentos de su vida. Esta parábola que Jesús cuenta es fundamental pues cierra este largo discurso y les recuerda el sentido de todo este itinerario que les ha ido presentando. Si bien les ha hablado de la bienaventuranzas, les ha propuesto la misión de ser luz y sal en medio del mundo, de llevar a plenitud la ley, incluso al extremo de amar al enemigo, y de confiarse totalmente en el Padre, siendo capaces de disfrutar la vida, el día de hoy Jesús cierra magistralmente este discurso, recordando que todo lo que deben hacer no es sólo para memorizarlo y anunciarlo, sino que deben hacerlo, deben vivirlo, no vale decir “Señor, Señor”, ni anunciarlo en medio de las plazas, sino que deben vivirlo radicalmente. Todo el Sermón, no se reduce a un conjunto de doctrinas para aprenderlas de memoria, sino para hacerlas vida, sólo así esa enseñanza da vida y adquiere un cimiento sólido.
Y ello lleva a reconocer que en la vida debemos de ir construyendo nuestra vida con auténticos cimentos en medio de la historia. El problema es que nosotros muchas veces no hacemos cimientos en la vida, o bien lo hacemos de manera muy superficial, como diría el evangelio, lo hacemos solamente en la arena, y ante cualquier situación codo cae, todo viene para abajo, pues todo es tan frágil y tan endeble que no tiene una subsistencia realmente en la vida.
De ahí que, debemos pensar cuales son los cimientos sobre los cuáles se fundan tantas cosas, que no dan sentido a las cosas. Si lo pensamos bien, muchas veces se hacen promesas que no se cumplen, y es porque el cimento de esas promesas, no están en la realidad, no están en un espíritu de de servicio, de ayuda, sino que simplemente están en la propia conveniencia, están resumidas en un solo interés, y por supuesto que cuando ese interés se logra, la promesa cae, pues es arena, es fugaz el cimiento. O bien, vamos cimentando la vida con cosas de momento, con lo llamativo, con lo que brilla y llama la tención, pero no en algo que realmente sea sólido, así cuando esto pierde su brillo, se derrumba, o cuando hay otra cosa que tiene su brillo más intenso, todo cae. Lo podemos ver en la moda, en la música, que no tienen un fundamento sólido, sino que simplemente, es lo que llama la atención, el cimiento de es lo es que sea llamativo y cuando surge algo más llamativo, eso desparece, pues el cimento es vender, es consumir, pero no es algo sólido.
Finalmente si los valores ya no existen o van en decadencia, o se ven como algo retrograda, es finalmente porque hoy en día no son llamativos, no tienen los fundamentos con los que fundan la realidad que es efímera y pasajera que en un momento ya no son importantes, sino que se generan otros valores o bien, otros estilos de vida, o bien, los tomamos tan a la ligera que o incluso podemos ver que es la moda deshacerse de lo antiguo. Todo debe evolucionar, todo debe cambiar, el problema es cuando esa evolución se da sin tomar en cuenta el bagaje histórico-cultural y se quiere hacer una nueva historia. Ese es el problema, pues no hay algo sólido, no hay experiencia, sólo es momentáneo, se puede destruir y no haber realmente una memoria del suceso, algo que fundamente, que enseñe, que de experiencia.
El problema de los cimentos es que están sobre arena, sobre el interés de alguno, sobre el propio beneficio, sobre una ganancia, sobre cosas momentáneas, pero no sobre algo que realmente de sentido a nuestras vidas, no sobre un valor que enseñe el sentido del caminar en la historia, sino solo sobre algo aparatoso.
Con esta parábola Jesús pone en claro que debemos de revisar cuales son los cimientos de nuestras actividades, y sobre todo ver cuáles son los cimentos de nuestra fe, porque si nuestra fe se cimienta sobre el poder, la mera piedad, la mera superficialidad religiosa, en una mera oración, en un mero devocionalismo, en un mero conocer cosas, en conservar ritos y estructuras, pues no servirá de nada, sólo será un cimento sobre arena que al final terminará por caerse y ser destruido.