12/6/11

Pentecostés: Culmen del camino pascual

Meditación para el domingo de Pentecostés
Ciclo /A/

Textos:
Hch 2,1-11
1Cor 12,3-7.12-13
Jn 20,19-23

El día de hoy concluyen las fiestas del tiempo pascual. Esta fiesta de la pascua que es un fundamento de nuestra fe, y que da sentido a nuestras vidas, pues con la resurrección es el sentido de toda la fe cristiana. Sin embargo a veces es difícil entenderla, no es fácil vivir en esta dinámica de la resurrección, pues a veces parece ambigua y sin sentido, parece algo futurístico, pero es una realidad que se puede vivir desde el hoy, y para ello la liturgia dominical, domingo a domingo nos va presentado diversos elementos para captarla y poder llevarla a la vida, y no sólo elementos aislados, sino que son todo un camino, que llevándonos de la mano coloca pautas para vivir esta pascua. Por ello recordemos algunos elementos de este camino y descubramos como van estrechamente unidos en nuestra vida, para reconocer el sentido de esta fiesta de Pentecostés que hoy celebramos.
El primer domingo ya contemplábamos con el relato de la resurrección, que debemos ser portadores de vida, que debemos dejar que el acontecimiento de la resurrección toque nuestra vida, toque nuestro corazón y así llevarlo hacia los demás. Y si vamos llevando los demás implica que debemos formar una comunidad, como lo indicaba el segundo domingo de pascua, pues si el Señor nos ha tocado con su resurrección, implica que debemos esforzarnos por estar unidos, por ayudarnos, por tendernos la manos unos a otros, a buscar vínculos de unión, y para ellos se nos ponía como ejemplo las primeras comunidades cristianas, y los mismos apóstoles que debían vencer su miedos y así, con la fuerza de la resurrección iniciar esta vida.
Y ello debe conducirnos a tener una esperanza, una esperanza que nos e limita simplemente a creer que las cosas cambia, sino una esperanza que nos renueva, que nos vuelve a modelar y por ello podemos darle un sentido al mundo, pues nuestra vida comienza a renovarse desde ahora con la fuerza de la resurrección, así como a los discípulos que iban camino de Emaus, que se nos presentaban el tercer domingo.
Pero esta esperanza debe ser una fuerza que nos transforma, y por consecuencia debe ser una fuerza que nos compromete, nos es posible tener esperanza sin ese compromiso, pues en algún momento desparece y se pierde el sentido de todo, por ello el hombre debe comprometerse y saber distinguir entre diversas voces, la voz de Cristo el buen pastor, y entrar por él que es la puerta, ello implica entrar a la vida de Dios, ello implica entrar a una vida distinta, pero totalmente comprometida, puyes de ahora en adelante, entramos en él y con él debemos movernos, escuchamos sólo su voz, como lo indicaba el cuarto domingo de pascua.
Pero entrar por al puerta que es Jesús, no es un acto momentáneo, sino que debe de ser un acto de continúo, debe ser un movimiento constante, y por ello en el quinto domingo Jesús decía “Yo soy el Camino”, finalmente el cristiano debe moverse, debe ponerse en marcha sobre el camino que es Jesús, no puede quedarse estático, y la mejor manera de moverse, de estar en movimiento es ponerse al servicio de los demás, así como desde los inicios de la vida de la Iglesia surge este ministerio de servicio o diakonía.
Sin embargo, este camino a veces es árido y uno se topa con dificultades, al punto de sentirse sólo, incluso pensar que vamos sin rumbo en la vida, que Jesús no ha abandonado, pero no es así, el nunca nos deja huérfanos, sino que nos deja su Espíritu Santo, su Paráclito, para ayudarnos, para que esté junto a nosotros, y nos transforme totalmente, como lo indicaba el sexto domingo. De tal manera que sigamos en camino, y seamos capaces de descubrir que efectivamente no estamos solos, que no debemos estar simplemente mirando al cielo y con ello, hacer discípulos con esta fe y esperanza que Jesús nos da por su resurrección, pues esa es nuestra tarea, ser portadores de paz y esperanza al mundo, a pesar de nuestras pequeñeces, como escuchábamos el domingo pasado.
Y así celebramos hoy la coronación de este camino pascual con la fiesta de Pentecostés. Una festividad que nos invita a ver a partir del relato de la primera lectura el sentido de esta fiesta y por otro lado el sentido de este camino pascual. Podemos ver en este relato tres movimientos fundamentas que se dan, y que son tres movimientos que estamos llamados a ser, para vivir en plenitud este camino pascual. Son tres movimientos que se llevan a cabo con la fuerza del Espíritu Santo.
En primer lugar es la fiesta del que entra en sí (podemos decir, una en-stasis), Pentecostés se convierte así en el entra en la vida de Dios, estar en Dios, no es simplemente buscar al otro, y olvidarse de Dios, sino que Pentecostés me debe de llevar a entrar en la vida de Dios, entrar en mí mismo y descubrir que está la presencia de Dios. Esto es expresado de manera plástica por las lenguas de fuego, es el entrar en Dios, el permanecer en Dios, para que entrando en sí mismo sea capaz de ver la experiencia de Dios en él. Si bien han salido hacia los demás, es porque Dios está en ellos mismos.
En segundo lugar se nos coloca que Pentecostés es la fiesta del que sale de sí, podemos decir que es una especie de ek-stasis, una salida de sí mismo, pero para entrar en el otro, para salir al encuentro del otro. Dios los saca de sí mismos, los hace salir hacia afuera, pues no se quedan simplemente encerrados, sino que una vez que reciben el Espíritu Santo son capaces de salir, son capaces de estar en búsqueda de los demás. Pentecostés, por lo tanto, es salir de sí mismo, para buscar al otro.
Y en tercer lugar Pentecostés se convierte en la fiesta que hace que todos sean uno en todos, una syn-stasis, un vínculo de unión, una unión en sí mismo. De tal forma que el creyente sale de Si mismo, y busca al otro para unirlo a la experiencia de Dios. No basta con tener la experiencia de Dios personalmente, no basta con salir en ayuda del otro, eso sería mera filantropía, implica dejar que los más también entren en la vida de Dios, como el mismo texto dice: «…todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios», es decir, son capaces de descubrir la vida de Dios, son capaces de ver algo nuevo, algo que los ha renovado y que también los puede renovar a ellos
Podemos ver de tal manera los tres momentos que nos presenta pentecostés: si los apóstoles reciben la presencia del Espíritu Santo (en-stasis), para buscar a los demás (ek-stasis), implica que buscan a los demás para unirlos con la experiencia que ellos han recibido en su vida (syn-stasis).
Y esto es justamente el culmen de la pascua, y cuando digo culmen no me refiero al final, sino al punto más alto, al punto donde todo adquiere sentido y plenitud. Pues todo el recorrido pascual que hemos vivido en el fondo se resume y adquiere sentido en estos tres elementos, que como podemos ver es fruto del Espíritu Santo en nosotros, que nos renueva y nos transforma totalmente en nuestras vidas. Pues finalmente, el ser portador de la resurrección, el vivir en comunidad, el ser hombre de esperanza, el entrar por la puerta que es Cristo, y permanecer en él como camino, el saber que el espíritu no nos deja y hacer discípulos, finalmente es un fruto del Espíritu, que plenifica todo y que hace posible este itinerario pascual, con estos tres elementos que se nos presentan hoy siendo capaces de permitir que la experiencia de Dios nos transforme, salgamos a los demás, y llevarlos con nuestra vida al encuentro con Dios. En el fondo esto es la identidad de la Iglesia, que con la ayuda del Espíritu Santo la Iglesia nace, y continúa creciendo, y lo seguirá haciendo mientras tenga estos tres elementos y no desvirtúe su camino, pues así va llevando a plenitud el misterio de pascua.
Que este Pentecostés sea para nosotros, no el final de la Pascua, sino el recordatorio del camino pascual que debemos hacer siempre en nuestras vidas.

5/6/11

«Vayan, y hagan discípulos...»

Meditación con motivo de la Solemnidad de la Ascensión del Señor
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 1,1-11
Efesios 1,17-23
San Mateo 28,16-20

El hombre al toparse con la fe, sin lugar a dudas se topa con una disyuntiva, con una paradoja que sin lugar a dudas no sabe cómo enfrentarla. Esta paradoja se ve en la tensión de dos realidades, pues la fe por un lado me lleva a encontrarme con Dios, me lleva a ver hacia Dios, a ver hacia el cielo, la fe me debe ayudar a poner mi confianza y mi vida en Dios. De tal manera que el hombre de fe tiende a buscar a Dios. Sin embargo este mirar al cielo, esta mirada de fe, se topa con que muchas veces esa mirada a Dios es limitada, pues el hombre debe poner bien puestos los pies en la tierra, pues no es sólo de oraciones y devociones con lo que vive el hombre, pues vive con sus problemas, vive con dificultades, con sus compromisos, con su familia en el mundo. De tal manera que a veces llega a percibirse esta tensión un tanto contradictoria, pues por un lado se habla del encuentro con Dios, pero por el otro los compromisos que se deben tener de cara a la vida cotidiana. Pareciera que se lleva a cabo una tensión entre el cielo y la tierra, lo alto y lo bajo, el mundo de Dios y el mundo terreno.
Y justo sobre esta realidad nos habla esta festividad. En primer lugar el texto de los Hechos de los apóstoles nos coloca a los discípulos que están contemplando al cielo, una vez que Jesús ha desparecido entre las nubes. Se quedan viendo hacia allá, como si quisiera descubrir por dónde se fue, para descubrir cómo ir también hacia allá. Pero en el fondo es quedarse viendo solamente lo celeste, quedarse viendo simplemente lo abstracto. Los discípulos se quedan viendo sólo el cielo, sólo ven esto, pero no son capaces de ver lo terreno. Para ellos ahora todo ha finalizado, todo se ha acabado, no hay nada más que hacer, simplemente se termino, por ello ven al cielo, pues sólo ahí encuentran un refugio. Y justo en ese momento se aparecen estos dos hombres vestidos de blanco que les anuncian una realidad fundamental: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir
Estos hombres les invitan a dejar de ver hacia el cielo, dejar de fugarse de su realidad y de aceptar su condición, descubrir el valor de su vida, y sobre todo descubrir que la fe no es algo que se lleve a cabo en la abstracción, sino que debe descender en la realidad. Pues bien, para los discípulos Jesús se va, Jesús se eleva entre las nubes del cielo, y ahí ponen su, sólo viendo y aguardando que regrese. En cambio estos dos hombres de blanco les dicen que no es así, que la fe no es sólo elevar la vista, sino que es empezar a voltear la mirada hacia la realidad.
Con esto se quiere dejar en claro que no debe existir una tensión entre el cielo y la tierra, sino que deben de ser una misma realidad. La fe me debe ciertamente a ver hacia Dios, pero también a descubrir la experiencia de Dios en mi vida, y llevar a los demás a esta experiencia. De este modo la ascensión de Jesús se convierte en el relato que invita a comprometerse a los discípulos con su historia. Y comprometerse implica precisamente vivir su realidad e iluminarla a partir de la experiencia de Dios, no para huir de ella, sino para descubrir precisamente el valor que esa vida tiene a la luz de la fe.
Y por ello el texto del evangelio para complementar mejor esta idea. Nos encontramos al final del texto de Mateo, donde Jesús asegura que él es el sentido de la historia, y que con él está la presencia de Dios siempre: «Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.» Esta frase con la que se cierra el evangelio nos remite precisamente al inicio del evangelio, cuando en el sueño a José se le dice que esté niño será el Emmanuel, es decir, “Dios con nosotros” (Cómo ya lo escuchábamos en el IV domingo de adviento). Por tanto, quiere decir que desde el inicio del evangelio se marcaba que el nacimiento de Jesús significaría la presencia de Dios entre nosotros, la presencia de Dios en la humanidad. Y así, al finalizar el evangelio podemos ver que el mismo Jesús dice que siempre estará con ellos, marcando una presencia perdurable, que permanece de continuo con ellos, el “Emmanuel.”
La pregunta sería ¿Y como descubrir que siempre está en nuestras vidas? Ello implica descubrir que en nuestras vidas cotidianas efectivamente él se manifiesta y nos acompaña. Pero es necesario ser sensible, y ser capaz de abrir los ojos para verlo. Pero esta presencia no se limita a descubrirlo, sino a hacerlo visible a los ojos de los demás, pues Jesús está entre nosotros. Por ello Jesús deja claramente esa misión: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.» Con estas palabras, Jesús pide a los apóstoles que continúen el movimiento iniciado por él, y ello implica que todos se hagan discípulos, que sean portadores del Reino. Quiere decir que la enseñanza que va a dar no es una simple proclamación, no es sólo decir cosas, no es de dar un cuerpo de enseñanzas, sino que implica que al escuchar el mensaje los demás se sientan comprometidos, se sientan enamorados de seguir a Cristo y se vuelvan discípulos, es decir, que los hombres efectivamente encuentren sentido de su vida en el encuentro con Cristo, suscitando un lazo íntimo con Jesús, sin lo cual no hay una verdadera fe cristiana.
Esto nos lleva a recordar que ser discípulo implica ser aquel que está llamado a seguir a Jesús, y habiendo encontrado el Reino de Dios, responde de manera positiva adhiriéndose a Jesús, con un reconocimiento del poder de Jesús de manera continua (no por periodos), y de modo consciente, es decir, reconociendo lo que hago y a lo que me comprometo.
De tal manera que la fiesta de la ascensión nos invita a ver el sentido de la vida de fe, que no es sólo de hacer oraciones y ver al cielo, sino de ver nuestra vida, y de ser capaces de anunciar la presencia de Dios en nuestras vidas, de manera que los demás también encuentre ese sentido de la vida. Si Jesús asciende, no es para quedarse viendo al cielo, y pensando cosas bellas sobre Dios, sino implica ver nuestra vida y cómo me voy a comprometer de cara a la realidad con mis hermanos, para que sean capaces de ver a Dios. Y ello implica la capacidad de amar, de ser honesto, de ser sincero, de ser solidario. Pues así el hombre es capaz de ver un signo de Dios, un signo del evangelio en nuestras vidas, y así iniciar la cercanía y la conversión delante del mundo.

29/5/11

«No los dejaré huérfanos...»

Domingo de la VI de Pascua
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 8,5-8.14-17
1San Pedro 3,15-18
San Juan 14,15-21

El evangelio del día de hoy nos presenta una frase de Jesús que envuelve el sentido de la vida humana y al mismo tiempo y le da un sentido desde la fe misma: «No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.» Ser huérfano es una experiencia que, de alguna manera, hemos experimentado todos. Hay quien se siente huérfano porque ha perdido a su padres, pero también porque ha perdido un maestro, porque ha abandonado un partido, porque ha dejado su iglesia para abrazar otra o simplemente para seguir solo su camino, quien se ha visto alejado de un amigo por mucho tiempo, quien ha sido abandonado por un ser querido. De alguna manera el hombre se encuentra sólo, se siente desamparado en algún momento de su vida.
También los discípulos de Jesús experimentarán desgarradoramente el desamparo cuando el Maestro les sea arrebatado de su lado. Sentirán esa orfandad cuando se a llevado a la cruz, e incluso después de que sube a los cielos. Por eso él quiere prepararlos, mostrándoles la honda realidad de su presencia y el modo de garantizarla y es que les promete la presencia del Espíritu de la verdad, el Espíritu Santo.
De alguna manera, Jesús quiere dar a conocer a los discípulos que aunque experimentarán esta orfandad, necesitarán su presencia, deben estar seguros que no están solos por la vida, sino que el Espíritu está con ellos. La palabra Paráclito, que usa Jesús quiere decir abogado, aquel que defiende al acusado delante de los jueces, por tanto, quiere decir que el Espíritu Santo dará la fuerza delante de la vida, delante de la desilusión, delante de la soledad, par que siguán adelante, para que no se desanimen, para que no sientan que su vida no tienen sentido.
El Espíritu Santo, es el Paráclito, es el abogado, es quien nos da la fuerza para enfrentar las adversidades que golpean nuestro débil corazón. Es cierto que la orfandad se experimenta de diversas formas en la vida, pero también es cierto que está la presencia del Espíritu que me ayuda a superarla, con su fuerza para descubrir que no estoy solo. Desde luego que el Espíritu no va a dar las cosas como yo quisiera, sino que me da la capacidad de ver las situaciones desde una nueva óptica, desde la mirada del reino, desde la mirada de Dios y así ser capaz de vencer las adversidades.
Es cierto que la orfandad llega, pero también es cierto que llega la presencia del Paráclito, del Espíritu que ilumina y me ayuda a entender la vida desde la fe, y ser capaz de experimentar el apoyo que Dios da y que ad sentido a la historia.
De este modo los textos nos hacen poner la mirada hacia Pentecostés, con la seguridad de que ese Espíritu esta presente y que debemos dejar que entre en nuestras vidas, sólo así dejaremos que nuestra historia se renueve y tenga sentido nuestra experiencia de fe, delante de Dios y de los hombres, ante las situaciones en donde vivimos en la soledad, pero que en realidad la presencia de Dios siempre es cercana.

22/5/11

Pascua: Camino de servicio

Meditación con motivo del Domingo de la V Semana de Pascua
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 6,1-7
1San Pedro 2,4-9
San Juan 14,1-12

La pascua es un tiempo que nos invita a celebrar el acontecimiento de la resurrección, pero que no se limita simplemente a celebrarla como un mero recuerdo, sino que, es la invitación a profundizar en la pascua y hacer de nuestras vidas un acontecimiento pascual. Por esta razón, la pascua debe de ser un acontecimiento dinámico en nuestra vida, no sólo algo meramente celebrativo, no es simplemente celebrar, por celebrar, sino dejar que esta celebración toque nuestra vida y nos renueve profundamente, podemos decir incluso que nos convierta en hombre y mujeres de pascua, ser pascuales, ser signos de la resurrección en medio de la historia, sólo así el hombre puede efectivamente celebrar este acontecimiento.
Introducirse en el acontecimiento pascual implica reconocer que la vida cristiana no es algo meramente estático, no es sólo actos puntuales, no es sólo una actividad o una palabra. Porque ¿Qué cosas puede testimoniar ir misa y ya? ¿O simplemente hacer una oración? ¿O decir que somos católicos? Nada, sólo se queda como una mera explicación, o una mera expresión externa, pero no anuncia ni transforma la vida del hombre. Tener fe, y por tanto, celebrar la pascua que es el cimento de la fe significa ponerse en camino. La vida de fe implica un esfuerzo, implica caminar, esforzarse por irse transformando en la vida, la vida de fe no es sólo sentarse o hincarse, es ponerse en marcha, es ponerse en el camino: caminar implica el ir avanzando en medio de la historia, el ir avanzando en medio de las dificultades de la vida, caminar es el ir avanzando en la propuesta de fe, el avanzar en el cambio de vida. Nos e puede ser el mismo y decir que tiene fe, es necesario ponerse en marcha, irse liberando de las ataduras, es ir venciendo ciertos sentimientos, ciertas comportamientos.
Podemos decir que la vida cristiana, y por tanto, la pascua implica hacer camino, pues el camino es la figura central del cristiano, el ponerse en marcha. Precisamente por ello, el mismo Jesús hoy se presenta a sí mismo como el camino, dice el texto del evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida.» Y la primera imagen remite a esa idea del camino, si Jesús se define como camino quiere decir que seguirlo, que tener fe en él, que buscarlo, en el fondo es buscar un camino, es ponerse en marcha. No dice Jesús, “Yo soy la silla, o soy un reclinatorio”, dice que él es “el camino”, y por tanto es una imagen de movimiento, de esfuerzo. La fe por tanto no se limita a estar sentado o rezando, no es algo estático, no es algo paralizado, es una realidad en movimiento.
Y curiosamente dice “Soy el camino”, no dice “Soy un camino”, como si existieran diversos caminos y él fuese un camino más. Dice que él es el camino, por tanto es el único camino, no se aceptan más caminos, no se aceptan más propuestas. El hombre que vive su fe, no puede ir recorriendo diversas vías, no puede estar viendo cuál es la que más le conviene, la única manera de vivir la fe es caminado por el único sendero que es Cristo, y ello implica caminar desde la perspectiva de Cristo, desde los parámetros del evangelio. Pues se puede andar desde la política, desde los intereses, desde una mera religiosidad, pero si no es desde Cristo y su evangelio entonces no es la verdadera fe. Sólo hay un camino, y ese es Cristo, y ello implica caminar, ir avanzado desde la perspectiva de la fe, transformándose.
Si la fe es un caminar, es un estar en continuo movimiento y ante ello podría surgir la pregunta: ¿Cómo ir avanzando en este camino? ¿Qué signo puede ser presencia de la resurrección delante de los hombres? Si bien es cambio de vida ¿Cómo empezar a hacer visible ese cambio de vida? Y me parece que sobre todo la primera lectura y un elemento de la segunda nos dan la respuesta a ello.
La primera lectura nos presenta el episodio de la elección de los diáconos, un acontecimiento importante en la antigua comunidad. Este texto se encuentra en un contexto de polémica la comunidad va creciendo y no es bien atendida, y sobre todo porque dentro de la comunidad se están diferenciando dos grupos bien delineados, por un lado está la comunidad de judíos que se ha convertido al cristianismo, y por otro encontramos al grupo de paganos, lo helenos, que también se han convertido. Son dos grupos bien delineados desde sus características, y con sus propias realidades, y esto provoca una cierta tensión entre ambos grupos y ha hecho que desemboque en una mejor atención hacia los judíos, que hacia los paganos.
Por esta razón las cosas se deben de resolver y por ello deben escogerse a un grupo de diáconos que hagan los servicios necesarios en la comunidad. Y podemos ver ya desde esto un claro simbolismo, pues se escogen siete diáconos. El siete, parece hacer una alusión al número 70 que según las tradiciones antiguas es el número de naciones ajenas al pueblo de Israel. Se creía que fuera de Israel había setenta naciones extrajeras. Por tanto estos diáconos son siete porque son los que debe atender a aquellos que son paganos, a aquellos que son extranjeros. Quiere decir que en la comunidad se han designado un grupo específico que atienda las necesidades de este grupo determinado.
Pero detengámonos en el significado de la palabra diacono. Diacono quiere decir en griego servidor, aquel que hace un servicio determinado en la comunidad. En el fondo se están eligiendo gente que sea servidora dentro de la Iglesia, que presten un servicio. Si bien el texto nos presenta una realidad específica de la primitiva comunidad, también es cierto que nos marca una realidad espiritual de la comunidad, y es que ante las necesidades de la comunidad se necesitan servidores, pues finalmente, sólo se puede llevar a cabo una buena labor en la comunidad en la medida en la que hay un servicio autentico, en la medida en la que se es diácono.
Si bien hemos dicho que el creyente está llamado a caminar y caminar sobre el verdadero camino que es Cristo, este camino se debe hacer desde la diaconía, se debe de hacer a partir del servicio, pues el servicio es precisamente un signo de testimonio en medio del mundo. El servicio es un signo que anuncia la pascua y la verdadera fe en medio de la historia.
Pero ¿Cómo es posible llevar a cabo ese servicio? Me parece que las características que los diáconos deben tener, según el texto de Hechos de los apóstoles, son al mismo tiempo las características que debe tener el verdadero servicio. Detengámonos un momento a analizar estos elementos.
El texto dice que estos hombres deben de ser: «Hombres de buena fama, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría.» En primer lugar, se habla de buena fama. Es importante tener buena fama para poder dar un servicio, y la fama no sólo como hoy la entendemos, sino que en aquel tiempo se refiere al honor, tener buena fama, implica que es una persona con honor, una persona que es digna de respeto, que su palabra es fiable. Por tanto, para hacer un buen servicio implica sobre todo ser capaz de hacerlas cosas con buena fama, es decir, sin doble interés, sin doblez, sin dobles intenciones. Pues un autentico servicio sólo tiene una dirección y es ayudar a los demás. Pero cuando el servicio se hace para ganar un beneficio, para recibir una recompensa, para quedar bien a los ojos de los demás, entonces no es realmente un servicio a la comunidad, es un “autoservicio”, pues solamente se está sirviendo uno a sí mismo, no a los demás, el fin último del servicio soy yo mismo, pero no la comunidad. Servir implica ver a favor del otro, dar un beneficio a favor de los demás, sin buscar la vanagloria o la popularidad, pues cuando uno cree que esto debe venir como consecuencia, entonces todo pierde su sentido, pues ya no está de por medio la comunidad, sino yo mismo.
En segundo lugar se dice que deben estar llenos de espíritu santo. La hablar de la expresión espíritu santo, refiere a la intervención de Dios en la historia, Dios que entra para transformar las cosas y hacerlas distintas y lograr la salvación. Por tanto, si estos hombres debe de estar llenos de espíritu santo, implica que están llenos de la presencia de Dios, y por tanto de su salvación, son aquellos que efectivamente han acogido la salvación de Idos, y todo lo que hagan lo harán en miras a la salvación de la comunidad, pues todo lo ven desde las categorías de salvación.
Por tanto, no basta tener buena fama, hacer las cosas con una intención, sino que esa intención debe de ser la salvación. Servir dentro de la comunidad cristiana implica ser canal de salvación entre los hombres, implica permitir que la acción de Dios fluya entre los hombres, que su servicio sea para salvarlos. Esto nos hace dar un paso más con respecto a la primera característica, pues no es sólo hacerlo con la intención de ayudar a la comunidad, sino con la intención de salvarlos, de acercarlos a Dios. Servir se debe convertir en un signo donde lo que yo haga sirva para que esa persona se salve, es decir sea capaz de encontrase con Dios. La pregunta sería si con mis actitudes, con mis actividades, con mi servicio, soy capaz de que el otro se salve, de que el otro se tope con Dios. Porque a lo mejor puedo ayudar a alguien pero puede ser que, las cosas que yo le digo o hago no sirvan para su salvación. A lo mejor con mi servicio, veo por el bien de la persona, pero tal vez sea un mal consejo, sea una acción deshonesta, y ello implica que no es cercanía con Dios. Servir implica salvar, acercar a Dios.
Finalmente la tercera característica nos dice que deben de ser sabios, deben estar llenos de sabiduría. La sabiduría como característica se refiere dentro de la Escritura a la capacidad de discernir las cosas, a la capacidad de saber tomar bien las decisiones, saber vivir del mejor modo en la vida. Ser diacono implica esta sabiduría, la capacidad de saber vivir y por tanto de saber tomar las decisiones adecuadas. No basta con servir, con hacer las cosas y dar un signo de salvación, sino que hay que saber hacer bien las cosas, de la mejor manera. El servicio por tanto debe llevar un ejercicio de meditación en ciertos casos. Servir implica pensar bien como hacer las cosas, no vale la pena hacer las cosas, nada más porque debemos hacerlas, sino hacerlas lo mejor posible para que ayude en la vida, sólo así se da el sentido del servicio.
Esto nos invita a ver, que el cristiano debe ser un hombre en camino, y ello implica ser servicial, un servicio sin doblez intenciones, un servicio que acerque a Dios, un servicio que se debe hacer lo mejor posible. Sólo así se da un auténtico testimonio en el mundo. Pero también hay otro signo de la vida de servicio, y que parece intuir esa idea el texto de la segunda lectura cuando dice: «Al acercarse a él, la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios…» Nos habla de un servicio que se hace en comunidad a imitación de Cristo, pero un Cristo que ha sido rechazado. Y es que el auténtico servicio en el mundo es rechazado, pues el mundo busca su beneficio, el mundo busca “servir” para sacar alguna conveniencia, un servicio que no tiene por intención salvar, y mucho menos acercar a Dios, incluso un servicio por mero compromiso, pero no para llevarlo a cabo del mejor modo posible. Por ello, ser verdadero diácono, ser verdadero servidor implica ese rechazo en el mundo.
Celebrar la pascua es ponerse en el camino que es Cristo, y ello implica esforzarse por ser mejor y dar testimonio del evangelio en medio del mundo, y uno de esos signos es el servicio que haciéndolo de la mejor manera, con buena fama, espíritu santo y sabiduría dan un verdadero sentido a la vida Cristiana y se vuelve testimonio de la resurrección.

17/5/11

«Era invierno...»

Meditación con motivo del Martes IV de Pascua

Textos:
Hechos 11,19-26
San Juan 10,22-30

El día de hoy escuchamos el final del discurso del Buen Pastor en donde coloca dos elementos fundamentales: Las ovejas que escuchan la voz del pastor, y por otro lado, si el hombre escucha esa voz es capaz de conocer el misterio de Dios, que es un misterio de amor, una amor que lleva a la unidad y el mismo texto dice: «El Padre y yo somos una sola cosa.» Con esto se cierra este discurso, aclarando el misterio de comunión y amor que hay entre el Padre y él, pero aclarando la importancia de escuchar la vez del Pastor.
Sin embargo, en medio de estas palabras encontramos que el evangelista hace un marco referencial, sitúa el pasaje con un elemento temporal: «Era invierno.» Ciertamente la fiesta de la dedicación del templo era a finales de año y por tanto es en invierno, pero si el evangelista se detiene a aclarar esto, implica que no es algo meramente secundario, sino que es algo importante y por tanto, tiene un elemento simbólico.
El invierno es la última estación y por tanto quiere decir en primer lugar que está acabando la misión de Jesús, se está terminado su ministerio y dentro de poco llegará su hora, llegará el momento de su misterio pascual. Pero, el invierno también es la estación donde se acaba la vida, por tanto, quiere decir que es el tiempo donde se ausente la vida. Si el discurso de Jesús se hace en invierno quiere decir que los judíos que lo escuchan no están abiertos a la vida, no están abiertos a la acción de Dios, están totalmente cerrados. Quiere decir que estos personajes están totalmente distanciados de la experiencia de la fe, no están abiertos a la gracia de Dios, ni a lo que Jesús les va a anunciar.
Con esto, Juan coloca un auditorio totalmente hostil a la acción de Jesús, es invierno y no dejan que Dios entre en sus vidas, no son capaces de ser buenas ovejas y escuchar su voz, sólo se escuchan a sí mismos y escuchan sus propias ideologías, pero no escuchan a Dios.
Sin embargo, a nosotros nos puede suceder también esto, puede sucedernos que no veamos la acción de Dios, que llegue el invierno a nuestras vidas y no escuchemos la voz del Pastor, y en lugar de eso, escuchemos otras voces. Escuchamos las voces de las ideologías, de los modos de pensar, de las propuestas del mundo, o incluso nuestras propias voces, nuestras propias conveniencias, o bien cuando escuchamos la voz de nuestras desilusiones, y vemos que las cosas no van bien, o que las cosas no son como parecen, que todo está perdido y no vale la pena seguir adelante, ante eso llega el invierno, llega la carencia de la vida, llega la lejanía de Idos en nuestra historia. Vamos caminando en medio de la vida sin descubrir la voz del Pastor que nos va llamando.
Sin embargo, el invierno no es la última palabra, pues curiosamente san Juan pone este discurso aclarando la hostilidad que ya existe con Jesús. Y a pesar de existir ese ambiente Jesús habla y aclara las cosas, pues la cerrazón no es definitiva, Jesús confía que aún en ese ambiente cerrado y hostil, exista aún alguien que escuche su voz. De igual manera hoy en día puede ser que llegue el invierno a nuestras vidas y nos veamos rodeados de un ambiente sin sentido, de un ambiente sin vida, pero Jesús nos recuerda que no todo es definitivo, el nos sigue llamando, y por tanto si el invierno ha llegado a nuestras vidas, es aún el momento en el cual podemos escuchar su voz y nos renovará totalmente, y hará que seamos fecundos nuevamente.

10/5/11

Día de la Madre: Signo de Dios

Meditación con motivo del martes de la III Semana de Pascua

Textos:
Hechos 7,51-60.8,1
San Juan 6,30-35

En el evangelio del día de hoy se nos presenta un tema con el cual el creyente en un momento determinado se debe confrontar, y es la búsqueda de signos para dar un sustento a la fe. Y Los judíos justamente buscan un signo que de sentido a su fe: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?» En el fondo esta es la pregunta que todos hacen para sustentar su fe, pues ante las diferentes situaciones de la vida el hombre tiende a dudar, tiende a sentirse desprotegido e incluso tiende a rechazar la experiencia de Dios, pues se ve con dificultad su presencia, y por ello se busca un signo. En el caso del evangelio los judíos buscan un signo que acredite a Jesús y crean, pero el problema es que no son capaces de ver los signos de Jesús están solamente buscando un signo externo y maravilloso, un signo llamativo, pero en ningún momento perciben los signos que Jesús hace y que son los que le acreditan, pues quieren algo portentoso sin descubrir los grandes signos de Dios que son sencillos pero fundamentales.
Si nosotros buscamos bien en nuestras vidas podemos ver como Dios da signos de su presencia en medio de nosotros, debemos abrir los ojos y descubrir esos signos que nos da para seguir adelante. Y en este día podemos detenernos y ver un signo especial en donde Dios manifiesta su amor, en donde Dios manifiesta su grandeza, un signo sencillo, pequeño, pero que finalmente muestra su amor. Ese signo son las mamás. Hoy 10 de mayo que celebramos el día de la madre, podría convertirse en un día en el cual se hace fiesta, se hace cantidad de cosas, se llenan los restaurantes, pero finalmente se queda sólo como una festividad, en un día emotivo, pero sería bueno abrir los ojos y ver en este día un signo de la presencia de Dios en medio de nosotros, pues las mamás son un signo de la presencia de Dios en nuestras vidas.
Las mamás son un signo de Dios, en primer lugar porque ellas son portadoras de la vida, ellas son un receptáculo de la vida. El hecho de ser madre, implica ser portadoras de la vida, pues ellas en primer lugar han dicho si al donde la vida y han llevado durante nueve meses a sus hijos. Esto implica un conocimiento del hijo, un amor y un vínculo que se va realizando en ellas, de tal manera que al ver a una mamá efectivamente se ve el signo de la vida, el signo de una donación de vida a los demás, pues ha aceptado el proyecto de la vida y con ello el proyecto del amor. Ser mamá implica aceptar ese proyecto de amor, el cual traerá, preocupaciones, dolor, pero también consuelo y alegría, que en el fondo son diversos sentimientos que encierran el misterio del amor, pues lo que sigue ayudando a seguir adelante en la vida es ese amor y a pesar de la dificultad caminan siempre adelante por amor.
En segundo lugar porque las mamás son signo de Dios, pues Dios se manifiesta por varios signos y uno de ellos es la mamá. Por medio del amor, del cuidado, de la paciencia que una mamá siente, Dios va manifestando su amor, su paciencia, incluso en la misma Biblia hay imágenes maternas para remitir al amor de Dios, pues la maternidad es precisamente ese signo. Y podemos ver como hay mamás que dan todo por sus hijos, que se entregan sin ninguna reserva, que hay un vínculo fuerte que los une a sus hijos, siendo así un claro signo de amor, y con ello un claro signo de la amor de Dios en medio de la historia. Y que a veces no valoramos ese signo de amor, lo rechazamos, pero hoy es la oportunidad para voltear y agradecer a Dios que da signos tan grandes como este que es el don de las mamás, y sobre todo recordar nuestra responsabilidad delante a nuestras madres, que no son sólo para un día, sino para respetarlas y agradecerles siempre.Agradezcamos a Dios por el signo de la vida, agradezcamos a Dios por nuestras mamás y agradezcamos a nuestras mamás porque ha dicho si a este do que viene de Dios, y sobre todo porque con su amor muestran al mundo el amor de Dios.

8/5/11

«Quédate con nosotros...»

Meditación con motivo del III Domingo de Pascua
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 2,14.22-33
1San Pedro 1,17-21
San Lucas 24,13-35

Adentrarse en el tiempo de pascua, implica adentrase en el misterio de la resurrección, y con ello, hay que adentrase en el triunfo de la vida, del amor, el triunfo de Cristo y del proyecto evangélico del Reino. Sin embrago este caminar no es fácil, no es de gran facilidad para asimilarlo, puyes de alguna manera el hombre se topa con dificultades, se topa con situaciones difíciles, y con ello se topa con desperfectos, y con coas que parecen contradecir este triunfo de la vida. Y justo esta realidad se hace presente hoy en el evangelio de san Lucas.
San Lucas nos presenta el episodio de los dos discípulos que caminan hacia Emaus. Estos dos discípulos se alejan de Jerusalén, como un par de fugitivos, `pues ahora no tienen nada que hacer en ese lugar, se escapan, se escapan de su vinculo con Jesús, de su relación con el Maestro, se escapan de sus sueños de liberación, se escapan de sus sueños de un Mesías triunfante. Irse a Emaus no es simplemente ir de paso a algún lugar, es escaparse de la realidad, es escaparse de lo acontecido en Jerusalén, escaparse por un lado, de una posible repercusión, pues si han matado al maestro es posible que hagan lo mismo con ellos; pero sobre todo están escapando de sí mismo, escapan de la desilusión con la cual se han topado. Y es justo este el matiz que san Lucas presenta a lo largo del camino hacia esta aldea.
Podemos ver como estos personajes se van describiendo con una serie de rasgos de tristeza y desesperanza. Y uno de los elementos se ve claramente cuando uno de esos hombres dice: «Nosotros esperábamos…» Marcan claramente dos ideas en estas palabras por un lado una esperanza, algo que se anhelaba, algo que se buscaba, que se soñaba, se utiliza el verbo “esperar” en el sentido de de esperar en alguien, en el sentido de creer en alguien. Por tanto aquí se habla de las expectativas que se tienen en Jesús, ellos han pensado que había algo más en Jesús, sus vidas estaban en él. Pero esta esperanza está truncada pues como el mismo verbo lo indica está en pasado, es algo que ya no pertenece al presente, existe esa esperanza, pero saben que ya no es posible que se realice.
De tal manera que podemos ver en estos personajes la desilusión por la vida, y sobre todo la desilusión ante Jesús. Y esta desilusión es posible, hoy en día, pues finalmente existen cantidad de situaciones que parecen contradecir la resurrección misma. Cuántas veces fracasan los proyectos que uno se propone, cuantas veces se vienen para abajo las diferentes iniciativas que tenemos, cuantas veces es traicionado el amor, es traicionada la confianza que tenemos en los otros, incluso cuando vemos que las estructuras se mantienen por situaciones de meras conveniencias, pero no por auténticos valores, todo se desploma y se viene abajo. O bien cuando la vida es golpeada por un accidente, por un dolor, por una muerte, por una enfermedad, pareciera que Dios nos abandona, que Dios nos deja solos a nuestra suerte, ya no hay nada que esperar, todo pierde sentido en la vida.
Ante esa desilusión descubrimos que Jesús viene al encuentro de estos hombres, no quiete que sean así, no quiere que se amarguen en la vida, que vivan sin esperanza alguna. Jesús viene y se hace compañero en su camino, sin embargo ellos no son capaces de verlo, pues dice el texto: «sus ojos estaban impedidos para reconocerlo.» Pero ¿quién les impedía que lo reconociesen? Lo impedía la sintonía con la muerte. Ellos piensan solamente en una situación de muerte, para ellos la muerte tiene la última palabra y por ello no son capaces de ver más allá de esto. Para ellos no hay algo más después de la muerte, la muerte es el fin de todo, y si la muerte es todo, entonces no es posible ver la vida, no es posible ver la resurrección. Sus ojos sólo ven la muerte, y recordemos que los ojos son el símbolo de la capacidad de conocer la realidad, de hacer un juicio del entorno, pero si para ellos la muerte es todo, entonces su modo de hacer juicio de la realidad es la muerte.
Y ante esto Jesús les explica las Escrituras, es momento de entender que la única manera de entender las cosas es partir de esto, y por ello descubrimos como Dios ha ido colocando las cosas, y no simplemente como ellos quieren hacer el juicio de la realidad, pues en realidad hay un plan de salvación.
Esto quiere decir que sólo siendo capaces de escuchar la Palabra, de escuchar lo que nos dice nuestra propia historia somos capaces de entender el dolor, la tristeza, la falta de esperanza, la falta de confianza en Dios, pero es necesario abrir los oídos, pues sólo así reconoceremos a Jesús y reconoceremos el sentido de la historia misma. Cierto que es difícil entender la resurrección, es difícil entender el sentido del triunfo de la vida, el triunfo del amor, es difícil, pero es necesario escuchar y hacer camino, par que poco a poco se vayan desvelando los ojos de esa visión de muestre que tienen.
Y finalmente este camino de escucha, de ir entendiendo la Palabra desciende en la oración: «Quédate con nosotros porque ya está cayendo la noche.» Por un lado se ve el signo de la hospitalidad, pero sobre todo se ve el signo de una súplica de permanencia, pues al ir escuchando la Palabra desde luego que se empieza a entender ciertas cosas, desde luego que el hombre es capaz de vislumbrar algo de lo que Dios le quiere decir, y por tanto se suplica la presencia para acabar de entender. Finalmente este forastero tiene algo especial, tiene una palabra de esperanza, una palabra que realmente da sentido a sus vidas, ya no es tan oscuro toda su vida, hay algo que parecer iluminar su vida, y por ello quieren retenerlo, quieren que esa esperanza permanezca con ellos, y el texto dice: «Entró para quedarse con ellos.»No es sólo que acepte la invitación, sino que efectivamente entra y se quedará con ellos, la esperanza que Jesús resucitado trae quedará definitivamente en ellos.
Esto es la invitación para reconocer a Jesús que camina unto a nosotros en la ida, es momento para decirle que se quede con nosotros, que se quédate ahora que estamos tristes, ahora que nadie nos entiende, ahora que estamos solos, ahora que todo está perdido. Quédate Señor ahora que vivimos desamparados, ahora que la muerte se hace cercana, Quédate ahora más que los demás se quieren aprovechar de nosotros, que los demás se olvidan de nosotros, que los demás que no nos quieren como antes. Quédate, porque no queremos hundirnos en el pesimismo, ni en la desesperanza, no queremos permanecer en la tristeza y en la angustia. Es difícil reconocerte, es difícil encontrarte, pero queremos verte, queremos reconocer los signos en los cales tú te haces presente. En el fondo esta debe ser la oración de todo aquel que se topa con la tristeza y la desesperanza.
Y entonces, el texto muestra el signo que ellos necesitan para ver a Jesús, y lo ven en medio de la fracción del pan. Se les abre los ojos, finalmente son capaces de ver a Jesús. Ahora entienden el signo de comunión, el signo de donación de vida que se representa con el partir el pan y hace que entiendan que esa donación de vida es el camino de Dios y que sólo así lo pueden reconocer, pues no fue sólo la muerte de Jesús, sino que es la donación de su vida totalmente por amor. Pidamos a Jesús que seamos capaces de abrir los ojos y veamos más allá de la muerte, que seamos capaces de interpretar bien sus signos y descubrir el sentido de la historia, y que él camina junto a nosotros, pues la resurrección hace posible el triunfo de la vida y del amor.

1/5/11

«Todos se reunían...»

Meditación con motivo del II Domingo de Pascua
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 2,42-47
1San Pedro 1,3-9
San Juan 20,19-31

Una de los deseos del hombre que busca constantemente en su vida es la capacidad de vivir en comunión y armonía con los demás, el hombre en general no busca la división, sino que busca estar bien con los que le rodean. Sin embargo en el caminar de su vida se topa con dificultades, se topa con adversidades que las demás personas le presentan a lo largo de su vida, ye so hace que se dividan, que se distancien, y por tanto no vivir en comunión.
Esta falta de comunión comienza con los más cercanos, en la familia, pues muchas veces los hijos no se siente en total armonía con los padres, pues los ven distantes, que no les interesa sus problemas, que se sienten incomprendidos, que no los conocen realmente y eso lleva a una división al interno de la familia, provocando una falta de unidad y comunión en el seno familiar. Por otro lado, los papás que no son capaces de ver a sus hijos y no captan lo que ellos necesitan, incluso los ven como rebeldes, y ello causa otra división. Esto nos lleva a ver que la falta de diálogo, que el estar en contacto con otros y trata de entenderlos puede ser una de las causas de esta falta de comunión.
Y por supuesto esta búsqueda de comunión la podemos buscar también en el lugar donde nos desarrollamos, con los vecinos, con los compañeros de trabajo, pero muchas veces se interponen otros intereses, y en lugar de buscar la armonía se busca el protagonismo, se busca el ser primero en todo, el estar en un buen lugar, sin importar lo que los otros piensen, o necesiten y eso crea rivalidades, crea diferencias y por tanto separaciones. O bien la indiferencia que hace que uno se aísle de algunos y así seguir adelante sin vivir en ese espíritu de comunión.
Y esta falta de comunión con los demás la podemos ver precisamente en la falta de interés por los demás, o bien centrándonos en nuestras propias ocupaciones o intereses, o incluso si entablar un diálogo que primita el encuentro con los demás, encerrándonos en el egoísmo, en la indiferencia a lo que el otro necesita y viéndome sólo a mí. Pero también, quizás una razón más es el no aceptarnos. Y es que muchas veces con nosotros mismos, pues en muchas ocasiones los problemas comienzan porque somos nosotros los que no nos aceptamos. Y precisamente al no aceptarnos en algo empezamos a ver que otros no son así y eso causa envidias, eso causa distanciamientos con los demás, que se provoque una división. O bien por no aceptarnos, olvidamos que los demás sí que nos aceptan como somos y eso provoca que en lugar de ver como los demás nos aceptan y nos quieren, nos separemos.
Esa falta de comunión desintegra y rompe tantas cosas que no permite seguir adelante. Y justo el cristianismo, la vida dinámica desde la fe está llamada a buscar esa comunión, una comunión que no surge sólo por las propias fuerzas, sino que surge por la fuerza del resucitado. Podemos ver esta comunión en los apóstoles que están reunidos y Jesús se le s aparece en el evangelio, y podemos ver como hay esa fuerza de comunión aún en Tomás que si bien no estuvo en el momento de la resurrección y le cuesta trabajo creer, sigue unido a ellos. Es una comunión, una comunidad que se va forjando. Pero el texto que habla de esta comunión de una manera especial es el texto de la primera lectura en la cual debemos centrar nuestra mirada el día de hoy.
Este texto de la primera lectura, que se nos presenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles pertenece a uno de tres sumarios en donde se habla de la vida en comunión, en donde se nos presenta el ideal de la vida en comunión y coloca los elementos para vivir en comunión dentro de la Comunidad, dando las bases para mostrarnos cuales son los elementos que nos vinculan como Iglesia, y al mismo tiempo coloca bases para que esa comunión sea extendida a los demás ámbitos. Las bases de la comunidad son cuatro, detengámonos analizar cada una de ellas.
En primer lugar debemos aclarar que estas actividades están unidas por una expresión que se traduce como asiduamente, es decir, las actividades que la comunidad cristiana realiza, las hace de manera asidua, las hace con perseverancia mostrando la actitud de dedicación constante y ocupada de la comunidad, la comunidad realiza estas actividades de modo constante. Esta expresión manifiesta que estas actividades son centrales para la comunidad y por esa razón las van realizando siempre, pues no es posible vivir en la dimensión cristiana sin tener en cuenta esto. De este modo san Lucas nos muestra que son estas notas que coloca no se puede hablar de vida cristiana de ahí que deban llevarse a cabo con frecuencia, para que la comunidad adquiera su sentido auténtico.
El primer elemento de la vida cristiana es «escuchar la enseñanza de los Apóstoles.» Con esta expresión de “enseñanza” el autor se refiere a la profundización de la doctrina una vez que se ha dado la fe inicial. Esto implica una relectura de los textos bíblicos con el fin de conocer la enseñanza de Jesús. Podría decirse que esta actividad remite a un crecimiento y una maduración en la profundización de la Palabra, una interiorización que los apóstoles hacen a partir del encargo que les dio Jesús.
Esto nos lleva a considerar que la comunidad vive de la escucha y profundización de la Palabra, no es posible hablar de Iglesia sin hablar de la Palabra. La comunidad cristina vive de su adhesión y profundización de la Palabra. Cuando la comunidad deja de escuchare esta Palabra o bien deja de profundizar en ella se pierde todo el sentido de la vida cristiana, pues la fe se sustenta en esta adhesión al mensaje de la Palabra de Dios. No hay fe sin este acoger la Palabra en la vida.
Cuando se acoge la Palabra entones el creyente puede tener un camino por el cual dirigir sus pasos, un camino por el cual puede andar a la luz del evangelio, a la luz de la vida misma de fe, pues la fe se alimenta de esa Palabra. Si Palabra, no hay fe, ni dirección en la vida. De tal manera que la Palabra nos ilumina a cada uno de nosotros para ir cambiando en nuestra vida, para ir dirigiendo nuevamente nuestros pasaos al encuentro de Dios, y para vivir en la dinámica que Dios nos dice. Quiere decir que si escuchamos la Palabra realmente en nuestras vidas entonces podemos iluminar nuestra vida y buscar la unión entre nuestros hermanos, en nuestra familia, iluminados por esa Palabra. Por esta razón, cada domingo la Iglesia se reúne para escuchar esa Palabra y dejar que ilumine su vida, y si deja que esa Palabra la toque es capaz de transformar su vida y empezar a ser vinculo de unión desde la fuerza de la fe.
En segundo lugar dice el texto que ellos «participan en la vida común.» Al hablar aquí de vida en común san Lucas utiliza un término llamado ‘koinonia’. En el griego clásico, koinonia se utiliza para designar una asociación o consorcio, y dentro del Nuevo Testamento está relacionado con la idea básica de "compañerismo". Es la unión profunda entre los creyentes, que comparten su fe y se ayudan mutuamente para seguir adelante, para caminar juntos, que caminan a la par, apoyándose mutuamente, siendo signo de solidaridad, pero sobretodo de amistad entre ellos.
Esto nos muestra que no es posible la vida de Iglesia sin la solidaridad y la amistad entre los diferentes miembros, por esta razón la comunidad participa de esta fraternidad entre ellos. Esto se vuelve una invitación para cada uno de nosotros para empezar a genera lazos de solidaridad y de amistad con los demás. Muchas veces en la familia no existe eso. Existe una figura de autoridad, existen reglas que deben de vivir los diferentes miembros de la familia, pero no hay lazos de amistad que los unan, de tal manera que con el tiempo o con las circunstancias dejando de ayudarse y de ver por el bien de los otros. Y esto se ve a veces entre hermanos que no se ayudan porque no hay esa amistad, o entre los esposos, que se ven como pareja, pero no como amigos que se apoyan mutuamente.
En tercer lugar la comunidad debe de «participar en la fracción del pan.» Esto remite fundamentalmente a la Eucaristía, a la vida sacramental, pues por medio de este acto se realiza una celebrativo de la fe. Así como la comunidad debe vivir de la escucha de la Palabra y así alimentar su fe, la fe también debe celebrarse, debe de actualizarse, y el signo de esto es la fracción del Pan. Con este término se le llamaba a la eucaristía al inicio de la vida de la Iglesia, pues como su nombre lo indica se partía el pan, se fraccionaba, como un signo de compartir las cosas. Incluso se hacía al finalizar la celebración una convivencia en donde ese compartía todo.
Esto implica que la comunidad debe de vivir del momento celebrativo, pues ahí se actualiza la fe. No es sólo una mera asistencia a una misa dominical, sino es el momento en donde la fe se celebra, en donde se hace presente el sentido de la fe cristiana, donde la fe deja de ser algo meramente abstracto y así se convierte en algo celebrativo, en algo que se actualiza. Por ejemplo, cuando se celebra el día de la madre, ese día se hace un momento celebrativo pues se actualiza la realidad de la maternidad y su importancia dentro de la familia. En la eucaristía se debería ver una actualización del misterio de Cristo, reconociendo a través de la Palabra y el sacramento el donde amor en medio de nosotros, pero a veces queda mucho por hacer en este campo.
Pero centremos en una realidad que es vital en este actualizar, que es el en encuentro de la comunidad que parte el pan. Y este actualizar se lleva a cabo en el compartir el pan, en el encuentro con los demás. De eta manera estamos llamados a ser compartidos con los otros. La vida en comunidad se puede vivir cuando se comparte lo que se tiene. Cuando se ayudan entre los mismos miembros de la familia, cuando uno le explica al otro, cuando el otro comparte su tiempo para escuchar al que tiene un problema o se ve un poco distante. Cuando cada quién hace lo que le corresponde ya sí se ayudan y se complementan, así se vive la unidad.
Y finalmente la cuarta característica es el «participar en las oraciones.» Con esta se nos invita a reconocer que la comunidad dialoga con Dios por medio de la oración. La oración se vuelve en un elemento de vida espiritual. La oración se vuelve un cimiento sin el cual no hay comunidad, pues no se es capaz de dialogar con Dios, y ello implicaría un distanciamiento de Dios. Así como es necesario encontrarse con los demás, también lo es encontrarse con Dios por medio de la oración. De este modo es Dios que se relaciona con el hombre y el hombre que se relaciona con Dios. Sería necesario que así, como la comunidad se reúne para orar, también en la familia ore, para que entren juntos en relación con Dios.
De este modo se pueden ver los cuatro fundamentos de vida cristiana, que son fundamentos de unidad en los diversos ambientes y que son necesarios para que a la luz de la fe, son necesarios para una vida de unidad: La escucha de la Palabra, la capacidad de hacer amistad con los demás, el compartir la vida y lo que somos y una vida de oración.

25/4/11

«Avisen a mis hermanos que vayan a Galilea...»

Meditación con motivo del Lunes de la Octava de Pascua

Textos:
Hechos 2,14.22-33
San Mateo 28,8-15

Una vez que se ha comenzado el tiempo de la pascua, hemos comenzad a recordar nuestro compromiso delante de nuestra fe, y para ello estamos llamados a anunciar esta gracia en medio de nuestra vida, pues la resurrección no es simplemente para ser profesada, sino para anunciarla, y este anuncio implica una transformación de las estructuras de muerte. Por ello, parecen adecuadas la palabras que Jesús dice al toparse con las mujeres: «Avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.» Jesús les pide ir a Galilea, cosa que es fundamental para entender la idea de la resurrección.
Al hablar de Galilea podríamos verlo desde diferentes puntos de vista, pues es un lugar importante y con una gran cantidad de elementos teológicos dentro del evangelio de san Mateo, aunque también en san Marcos. Pero detengámonos en uno de sus significados que ilumina muy bien el relato de la pascua y nos da un mensaje al iniciar este tiempo pascual.
El texto nos dice que vayan a Galilea. Galilea es un lugar distante de Jerusalén, por lo tanto, un lugar distante a donde Jesús ha padecido y ha muerto. Ir a Galilea significaría huir de la muerte, escapar del lugar de la muerte, del lugar donde el Mesías ha sido asesinado. Ir a Galilea según esta perspectiva implica salir de lugar de la muerte, y eso es lo que esas mujeres deben anunciar, deben anunciar a los discípulos que deben de ir al encuentro del Resucitado, pero que esto solo se logrará si salen de Jerusalén, pues encontrase con aquel que es la vida implica salir de la estructura de muerte. Incluso el mismo texto nos presenta el fraude de los sacerdotes y los solados poniendo de manifiesto que en Jerusalén sólo hay corrupción y muerte.
Celebrar la pascua y por tanto, encontrase con el resucitado, implica salir de la estructura de muerte, de la estructura de opresión, de la mentira, de la corrupción, no es posible encontrarse con el resucitado en el ambiente de muerte. En otras palabras, no es posible que alguien quiera celebrar la pascua sumergido en un ambiente de muerte y de destrucción. No se pude celebrar la resurrección, si el hombre vive atrapado en su corrupción, en su mentira, si no hace nada por vencer su pecado. Si alguien vive atrapado en su vicio, en su rencor, en su egoísmo, no es posible que celebre la pascua. La pascua se celebra caminando a Galilea, caminado fuera de la estructura de muerte.
Por esa razón en la vigilia pascual se renueva la renuncia al mal y se hace la profesión de fe, pues el fruto de la pascua es un nuevo compromiso delante de la vida y ello implica renunciar al mal, pues ahora para aceptar la resurrección el hombre debe de caminar en un rumbo nuevo.
El día de hoy deberíamos de contemplar hasta que punto nosotros hemos caminado a Galilea, hemos dejado la institución de la muerte, y así podríamos ver hasta qué punto hemos celebrado auténticamente la pascua del Señor en nuestra vida. Y al igual que aquellas mujeres anunciar que el hombre debe de ir hacia Galilea, debe ir al encuentro del Señor dejando detrás la institución de muerte, de lo contrario sólo estaremos celebrando una festividad externamente, pero no habremos dejado que nos transforme totalmente. Que esta Pascua sea realmente un encuentro con Cristo Jesús, el que ha resucitado y quiere que resucitemos para der testimonio de su gracia.

24/4/11

Portadores de la resurrección

Meditación con motivo del domingo de resurrección
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 10,34.37-43
Colosenses 3,1-4
San Juan 20,1-9

El misterio de la resurrección es la base de la fe cristina, pues sin este acontecimiento todo sería vano, sería un absurdo, sería una ideología más en el rumbo de la historia. Sin embargo, la resurrección da la certeza de que la doctrina de Cristo es una doctrina de vida, que viene de Dios y que vence la muerte misma. La resurrección es el motor que transforma la vida, es la fuerza que dirige los pasos de la fe, pues hace que este mensaje sea portador de vida, de esperanza, es una fuerza capaz de transformar la misma historia y su sociedad. Sin embargo este acontecimiento tan importante pudiera ser visto sólo superficialmente, sólo ser visto desde afuera, desde una apariencia, pero no en su esencia, no ser capaz de verla desde la verdadera fe. Sobre esta realidad se nos es presentada en el evangelio del día de hoy.
En el evangelio vemos a dos personajes en los cuales se centra el relato: Pedro y el discípulo que Jesús ama. Y estos dos personajes muestran dos reacciones diferentes delante del misterio de la resurrección. Por un lado, vemos a Pedro que al llegar ve el sepulcro vacío y simplemente observa la escena, sólo la contempla sin encontrar una respuesta profunda, queda la duda, queda la meditación, y sólo observa. EN cambio cuando entra el discípulo amado, él también se pone a ver la escena, pero el evangelista dice «Vio y creyó.» Por tanto en el caso del discípulo amado, una vez que observa es capaz de creer.
Este texto nos muestra de este modo que ante la resurrección uno puede limitarse simplemente a ver o bien puede dar el paso y creer efectivamente. Muchas veces nosotros podemos hablar de la resurrección, y lo podemos hacer bien, puesto que sí es el cimento de la fe, por supuesto que podemos decir, podemos hablar que Jesús no murió, que venció a la muerte, que es el hijo de Dios y que nos salvo del pecado, etc. Podemos hablar y decir esto, pero el problema es que la resurrección no es simplemente para aprender de memoria términos e ideas, la resurrección debe de ser una actitud de vida delante del mundo. Y por esa razón cuando simplemente la resurrección queda a nivel de ideas, a nivel de conceptos o enunciaciones parecidas a las que he puesto entonces la resurrección es algo estéril, es una idea más, es sólo un concepto de más. Podríamos decir que somos como Pedro, que entramos al sepulcro, lo vimos vacío y ya. Sólo nos quedamos con la descripción sólo nos quedamos con lo que aparece, sólo nos quedamos con lo meramente visual, pero no profundizar en el sentido de ese sepulcro vacío.
De tal manera que Pedro viene a representar en este relato del evangelio a aquel que se ha quedado solamente contemplando el sepulcro, sólo se ha quedado en el hecho, pero sin llegar a profundizarlo. Al salir de ahí Pedro puede contar sobre lo que vio, sobre el sepulcro, los ropajes, etc., pero no ser capaz de descubrir que hay más allá de esto, si hablar de algún significado de esto, sin hablar de un significado más profundo. Y tal vez muchos hoy podrán salir de la celebración de Pascua y hablar de que Cristo resucito, que es un día de alegría, que es un día de paz, que es una bonita fiesta, pero sólo se queda en lo descriptivo, sin captar el verdadero sentido y la verdadera interpretación del acontecimiento. Solo nos quedamos observando y hablaremos de lo que hemos observado.
En cambio el discípulo amado es aquel que no sólo observa, sino que hace una interpretación, da un paso más y el acontecimiento refleja entonces un momento de fe auténtica. No se quedo solamente con lo que vio, no se queda con lo que se describe sino que trata de ver más allá de lo que ha visto y surge una visión de fe.
De tal manera que celebrar la resurrección implica no quedarse solamente con una visión parcial de las cosas, no es quedarse solamente con algo externo, con una verdad, con una enunciación, sino que la resurrección debe repercutir nuestras vidas, debe iluminar nuestros pasos. Si la resurrección es cimiento de la fe, no sólo es un cimento intelectual, no sólo es la pieza central del engranaje de la fe, no es una pieza, no sólo es un sustento, sino que es una expresión de vida, más allá de una piensa, más allá de una idea, más allá de un concepto. Es una realidad, es algo que nos lleva a la vida, que nos lleva a vivirla realmente. Si es el cimento de la fe, es porque ha transformado nuestra historia, nuestra manera de vivir, ah repercutido en nuestro entorno y eso nos lleva a hablar de Dios, pero hablar no sólo en conceptos, sino a hablar desde nuestra experiencia, desde nuestros cambios, desde una transformación profunda de nuestro actuar. Pues la fe no son enunciaciones dogmaticas, sino un estilo de vida, y la resurrección es precisamente ese signo de vida que es capaz de renovar la vida del hombre.
Esto nos confronta fuertemente, pues la resurrección es la verdad fundante de la fe cristiana, pero es fundante no sólo porque da razón a lo que creemos, sino porque es la fuerza renovadora que nos invita a dar testimonio entre los hombres haciendo que sea creíble, anunciado que la vida es la que tiene la última palabra, somos portadores de una esperanza capaz de trasformar y animar al mundo. La resurrección por tanto funda la fe, pero la funda no sólo porque sea el eje ideológico de la vida cristiana, sino porque efectivamente la funda, le da su sentido, le da su fuerza, su razón de ser en medio de la historia. Es la fuerza creadora de un nuevo estilo de vida, un estilo de vida que es capaz de renovar la humanidad.
Por lo tanto, si hoy nos reunimos para celebrar este acontecimiento, no es para celebrara un mero festejo más en la vida, no sólo es el recordatorio de que Jesús murió y resucitó. Sino para que recordemos nuestro compromiso delante del mundo, para que recordemos que demos anunciar y vivir la fuerza del amor, una fuerza que es posible vivirla por la gracia de la resurrección. Para ello es necesario como dice Pablo en la segunda lectura: Tener nuestros pensamientos puestos «en las cosas celestiales y no en las de la tierra.» Y ¿cuáles son esas cosas celestes? Esas cosas son el amor, la justicia, la misericordia, el perdón, la verdad. Esas son las cosas que se deben buscar, pues cuando esas realidades son halladas, se puede empezar a vivir de un modo nuevo, se puede vencer el pecado y por tanto, se puede vivir la fe en la resurrección, se puede ser verdadero portador de esa fe.
Que en este día seamos capaces de recordar nuestro compromiso delante del Señor, seamos capaces de de vivir la experiencia de la resurrección. Que no nos quedemos de observadores, que no nos limitemos solamnte a contar lo que se ve, lo que nos dicen, sino que realmente creamos, y creyendo venzamos nuestro pecado y anunciemos que Cristo vive y que vive parea renovar nuestra vida y la realidad de toda la historia. Qué hoy anunciemos y digamos “¡felices pascuas!” y que sean felices porque Cristo es quien me da la felicidad pues renueva mi vida y me ayuda a renovar la vida de los demás.

23/4/11

«Ordena a los israelitas que se pongan en marcha...»

Meditación con motivo de la Vigilia Pascual

Textos:
Génesis 1,1-2,2
Génesis 22,1-18
Éxodo 14, 15-15,1
Isaías 54, 5-14
Isaías 55, 1-11
Baruc 3, 9-15. 32—4, 4
Ezequiel 36, 16-28
Romanos 6,3-11
San Mateo 28,1-10

Llenos de gozo celebramos la solemne Vigilia Pascual, una celebración en la cual se medita y se espera el momento de la resurrección. Y para lograr esta meditación y esta espera en el acontecimiento pascual, la liturgia propone un largo camino de reflexión por medio de siete lecturas del antiguo testamento, lecturas que nos invita a ver el recorrido de la historia de salvación hasta llegar al la resurrección que es el acontecimiento central, el acontecimiento que da plenitud a la vida, y por tanto, toda la historia de salvación prevé este gran acontecimiento. Podemos así ver como las diferentes lecturas nos llevan de la mano para ver el desarrollo de la historia de salvación que tienden a la plenitud de historia en la resurrección, comenzando desde la creación hasta la lectura del profeta Ezequiel en donde en medio del exilio de Babilonia da un anuncio de una nueva alianza que se cumplirá en Cristo por medio de la resurrección, pues los corazones de los hombres vendrán a ser purificados y con ello se iniciará una nueva alianza en donde el pecado será arrancado y podrá ser vencido y con ello se inaugurará una humanidad nueva.
Y justo dentro de este itinerario de lecturas resalta una, que es fundamental dentro de esta celebración y que siempre ha de leerse y es la tercera lectura, el texto del libro del Éxodo. Penetrando un poco en el sentido de este relato podremos entender un poco más lo que esta noche celebramos, pues podremos ver el sentido profundo de la pascua y su plenitud a la luz del acontecimiento de Cristo.
La lectura del libro del éxodo nos presenta el paso por el mar rojo, este paso que nos habla de un pasar de la esclavitud a la libertad, y eso es precisamente el sentido de la pascua, es el pasar de la esclavitud a la libertad, a una vida nueva, distinta en donde Dios reina en el corazón del hombre. Por tanto, hablar de pascua es hablar de liberación, es hablar de una nueva vida en donde ya no existen más las cadenas, no hay más ataduras del pecado, es totalmente nuevo. Sin embargo este paso para la libertad, este paspo para la vida nueva no es algo sencillo, no es algo que sea totalmente sencillo, sino que da miedo, no es fácil iniciar una vida libre de esclavitud, no es fácil iniciar una vida sin ataduras, y no es fácil por dos cosas, por un lado porque uno ya se ha acostumbrado al pecado, ya está acostumbrado a su esclavitud, a vivir y ver las cosas desde esa perspectiva. Por otro lado es difícil, porque estar libre implica que uno está expuesto a una nueva esclavitud. Finalmente hay miedo al dar este paso.
Estas dos causas que producen el temor, el miedo a vencer la esclavitud y vivir sin ella y el miedo a ser esclavos nuevamente, están claramente expresado en el texto. Podemos ver como los judíos se topan ante el mar, una barrera inexpugnable, una barrera que nos e pude rodear fácilmente. Esto quiere decir que no tan fácil dar el paso a la libertad, hay que romper las barreras, hay que romper con aquello que no es esclaviza, es un mar inmenso que se nos presenta delante de nosotros. Quien puede vencer ese mar de las adicciones, quién puede rodear ese pensamiento de odio que está en nuestros corazones, quién puede abrirse camino en medio de ese inmenso sentimiento de venganza que carcome nuestro ser, como abrirse paso en medio del gran mar de la infidelidad. Efectivamente nos topamos con un mar gigantesco, imposible de ser vencido, imposible de ser destruido. Finalmente es difícil vencer el mal, era más fácil haberse quedado en la esclavitud y por supuesto era más fácil verlo todo desde la perspectiva y evitaba cualquier intento por querer vencer ese mar, y por tanto el querer ver más allá de él, el querer comprender la realidad más allá de la esclavitud. Es un riesgo, es un trabajo, es algo arduo y pesado.
Por otro lado, esta escena se sitúa no solo con un pueblo delante de este enorme mar, sino que también se encuentra perseguido por Egipto. Esto nos indica precisamente que están amenazados con volver a las esclavitudes. Si el pueblo egipcio los alcanza, regresarán a la esclavitud y ahora será más cruel. Podemos ver aquí el peligro del hombre que al querer ser libre, puede volver a ser esclavo y de una esclavitud peor. Esta es la gran lucha del hombre, pues, ser libre es cuidarse de no volver a caer en la esclavitud, pues Egipto nos puede volver a alcanzar. Puede alcanzarnos un nuevo odio, una nueva envidia, una nueva manera de destruir la vida del otro, un nuevo sentimiento que sacuda y acaba con nuestro débil corazón.
Podemos situar al pueblo en medio de estos dos temores, los grandes temores al querer ser libres, sólo queda la súplica, sólo queda gritarle a Dios, pues la humana fragilidad nada puede hacer. Y ante esto Dios habla: «¿Por qué me invocas con esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha.» Dios habla y ordena que se dejen de quejar, que no teman, pues finalmente el proyecto de liberación, no es algo meramente humano, es un proyecto de Dios, si el hombre puede alcázar la libertad es precisamente porque Dios lo ha llamado a la libertad, es porque Dios hace posible este estado de vida del hombre. Lo único que debe hacer el hombre es caminar, es ponerse en marcha. Si el hombre ha iniciado su caminata hacia la libertad, no debe dejarse aspaventar por los temores, no debe temer a una nueva esclavitud, no debe temer a la inmensidad del mar, a la dificultad de vencer la esclavitud, todo es de Dios, lo único que el hombre no debe dejar de hacer es dejar de caminar, si inició el camino de libertad que siga en marcha, que siga caminando hacia adelante Lo único que le puede vencer y evitar su libertad, no es el mar, ni los egipcios; lo único que lo puede vencer es el miedo que paraliza y le impide caminar, pero si el pueblo camina, si el pueblo no detiene la marcha en su camino a la libertad todo es vencido y la libertad será conquistada.
Si el pueblo camina, expresa su fe en Dios y Dios mostrará su poder para que el pueblo sea libre: «Con el bastón en alto, extiende tu mano sobre el mar y divídelo en dos, para que puedan cruzarlo a pie enjuto.» Entonces el mar se abre, es decir, las barreras que impiden que el hombre sea feliz, son abiertas, se dividen, quiere decir que no hay más que hacer, si el hombre puede ser libre es precisamente porque Dios ha destruido las barreras, porque Dios abre el muro, por eso es posible la libertad. Al hombre le corresponde caminar, al hombre le corresponde no detenerse, las barreras, los miedos, las dificultades y tropiezos que pueden impedir la libertad serán destruidos por Dios.
Al contemplar el mar abierto uno puede ver un gran milagro de la naturaleza, pero el texto no le interesa es e milagro, sino que le interesa aún más otro milagro, el milagro de de la libertad, el hombre pude romper sus cadenas, el hombre puede ser libre, lo único que debe hacer es confiar y caminar, estar en marcha en el proyecto que Dios ha trazado.
Si el hombre deja de caminar temiendo que no es posible vencer el mar, que no es posible vencer la inmensidad de la esclavitud, del pecado, entonces frustra el proyecto de Dios. O bien si el hombre deja de caminar, entonces es alcanzado por los egipcios, es alanzado por la esclavitud nuevamente, pero el secreto es estar en camino, no detenerse, no permitir que la esclavitud sea tan grande como para temerle y no seguir caminado en el camino de la libertad.
Esa es la fiesta de la Pascua en el Antiguo Testamento, una fiesta de libertad, un llamado a la humanidad para ser libre, un llamado a la humanidad para vivir sin esclavitudes. Y ahora en medio de la celebración pascual se puede descubrir que Dios finalmente llama a una libertad plena, una libertad sin límites, pues lo único que podría amedrentar al hombre e impedirle que sigua caminando es la muerte. El temor a la muerte puede hacer que el hombre se atemorice, puede hacer que el hombre tenga miedo y se paralice y dejar que sea esclavizado por cantidad de cosas cuya raíz es la muerte, pero ahora en medio e la vigilia pascual descubrimos que la muerte, la razón última de la esclavitud es destruida, Cristo resucita y por ello la muerte es vencida, no tiene la última palabra ahora el hombre puede vivir libremente en medio de su vida, pues nada puede atarlo, ni hacerle temer.
Y este mandato del libro del éxodo es válido para nosotros: Ponernos en camino, no dejar que el miedo nos paralice. Ponernos en camino y no dejar que el odio, la indiferencia, el rencor, el engaño se fermente en el corazón. Es momento de hacer camino, es momento de ponerse en marcha y dejar que estas situaciones sean vencidas, ponerse en camino y no dejar que esto sea más fuerte que nosotros, pues es Dios quien nos da la fuerza para vencer las esclavitudes, es más, es Cristo que con su resurrección nos da la gracia y la capacidad para vencer el pecado y la muerte que tare consigno.
Pongámonos en marcha y dejemos que la pascua del Señor entre en nuestras vidas, que su gracia llene nuestros corazones, y puestos en marcha vayamos vencido las esclavitudes y vayamos siendo libres vayamos transformando el mundo, pues como dice san Pablo en la lectura de hoy: «Considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús», pues con su resurrección vivimos y somos capaces de dar vida al mundo, y sólo así desde esta perspectiva podemos ser distintos y generar un miedo distinto. Pongamos en camino, pues estando en camino podemos decir “¡Felices pascuas de resurrección!

22/4/11

«Muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque su aspecto estaba tan desfigurado »

Meditación con motivo del Viernes Santo (la Pasión del Señor)

Textos:
Isaías 52,13-15.53,1-12
Hebreos 4,14-16.5,7-9
San Juan 18,1-40.19,1-42


El día de hoy la liturgia del viernes santo nos hace centrar la mirada en Jesús crucificado, y ello ser capaces de penetrar en el misterio de su pasión. Finalmente al ver la cruz uno puede quedar sorprendido, puede quedar desconcertado, al tratar de descubrir la razón de ese suceso, de ese sufrimiento, de ese dolor, de esa muerte. Y justo ante este misterio que hoy se nos invita a contemplar podemos ver como las lecturas nos ayudan para adentrarnos en el misterio de la cruz y desde ahí comprender este extraordinario signo.
Centrémonos en la primera lectura, que nos presenta el cuarto cántico del siervo, en donde se nos habla del sentido del sufrimiento del siervo y con ello podremos descubrir el sentido de la muerte de Jesús.
De alguna manera los primeros versículos del texto nos colocan en el contexto que dan sentido a todo el desarrollo del ministerio de Jesús. Analicemos estos versículos y acerquémonos al misterio de la cruz. «Mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande.» El canto del dolor de este siervo comienza ante todo con una aseveración que viene de Dios ante todo. Dios anuncia ante todo el sentido y desenlace de la vida de este siervo: El triunfo. Este siervo, la descripción que después se hará de él, tiene un final que es la exaltación. La misión de este siervo no está para perderse en el sin sentido de la vida, en el absurdo de la fe, sino que está llamado a encontrarse con el triunfo, su misión no quedará estéril, sino que dará un fruto, no quedará en el olvido sino que será glorificado. Con estas palabras, con esta promesa se abre este cantico, y con estas palabras se abre la meditación de la cruz. De tal manera que la cruz no será el fin, no será la última palabra, no será la muerte la que triunfará al final de la historia, pues antes de que esto suceda, se ha pronunciado la sentencia, será el siervo, será Cristo quien será exaltado y con ello, será la vida la que triunfe finalmente. Con estas extraordinarias palabras no sólo se abre el cántico, sino la liturgia de la Palabra del hoy. Esto implica que es necesario leer y contemplar el misterio de la cruz con la llamada a la exaltación, al triunfo de la vida.
Y después descubrimos que si bien hay una llamada al triunfo está no parece tan obvia al inicio, pues no es un triunfo que se gane por simpatías, sino que hay en el fondo un dolor: «Muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano.» Vemos que antes del triunfo está la situación del desprecio, este siervo ha sido fuertemente humillado. Todos están horrorizados la ver su aspecto, pues está desfigurado: no es algo propiamente atrayente, es algo repulsivo. Y si lo vemos bien esto es desagradable, pues el mundo de hoy busca que las personas sean atrayentes, se venden cosméticos, perfumes, ropas, tan sólo para ser atrayentes para no ser rechazados, para no ser ignorados, para ser alguien en la vida. Finalmente el hombre busca no ser despreciado, sino aceptado, y la sociedad lo hace por medio de productos. En el fondo la cruz es algo repulsivo, pues nadie dirá que es agradable a los ojos ver a un crucificado, a uno que está totalmente ensangrentado. A la gente le gusta lo trayente, lo bien parecido, lo que tiene buena fachada, no lo que sufre, no lo que duele, no lo que tiene mal aspecto. La cruz a nadie le gusta, pues a nadie le gusta sufrir realmente a nadie le gusta experimentar el dolor, es generalmente rechazado. Y si la cruz es un signo de amor, de donación, de entrega generosa, implica entonces que darse tiene como consecuencia un dolor, en el fondo el amor pleno nadie le gusta pues eso implica más sufrimiento y a veces es mejor claudicar, abandonar el proyecto y no seguir adelante.
Y esta idea del rechazo del dolor y la búsqueda de lo que da buen aspecto en el fondo es lo que dice el canto y concuerda con el pensamiento bíblico pues dice más adelante el cantico: «El creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos.» Se puede ver como el texto remarca la idea de que en él no hay belleza, y por tanto eso hace que sea rechazado, pues él mismo y con ello su mensaje no es bello, algo que debe ser fundamental pues la belleza dentro de la Biblia es el signo de la bendición de Dios. Y esto se ve claramente en la descripción de varios personajes de la Biblia y se dicen que son bellos, de buena presencia, porque dentro el Antiguo Testamento está esta concepción de que la belleza permite que algo o alguien sea percibido y si ésta no existe entonces no es digno de consideración y por ende la bendición de Dios no está con él. En el fondo el sufriente no es algo bello y por ello no vale la pena poner atención, ciertamente impacta, pero al poco tiempo uno va por la vida desinteresado. Si lo nos detenemos un poco en las noticias al escuchar una catástrofe uno se sorprende trata de ayudar, pero al poco tiempo eso ya no es noticia y se olvida, salvo en el lugar donde se vive, porque uno trata de escapar de esa realidad, pues no es atrayente. Así, por ejemplo en nuestros días tiene poco que sucedió el terremoto en Japón, al inicio todos hablaban de ello, pero con el paso del tiempo es una noticia secundaria, es mejor tratar de olvidarse del dolor, no es atrayente, y se llega a comentar poco, pero en segundo plano. En cambio para la boda del príncipe de Inglaterra todos los medios se centra en ellos (no porque sea malo o esté en contra), incluso se invita a seguir el acontecimiento, la historia, el romance, etc. Y eso se sigue porque es bello, es llamativo y evita pensar en el dolor. EL mundo de hoy ve como en antiguo que lo que no es bello está privado de la gracia de Dios. En el fondo huimos del dolor, del compromiso, y podríamos ver en la cruz ese dolor, que no nos gusta, pues nos compromete con los demás, nos compromete a amar sus miserias, sus pecados, nos compromete a perdonar y ser misericordiosos y eso duele, por ello es mejor alejarse de ellos, pues eso duele, es difícil y no vale la pena comprometerse.
Y el texto del verso 15 continúa diciendo que así como se ha asustado ante ese semblante también se sorprenderán: «También, él asombrará a muchas naciones, y ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán algo que nunca habían oído.» Finalmente todo esto causa un asombro, causa una admiración. Esto da un maravillarse, pues es algo inaudito, como es posible que se cague con ese sufriente, cómo es posible que en la cruz haya tanto dolor, y un dolor basado en el amor. Uno al ver esto queda callada, uno al contemplar el dolor se queda sin palabra alguna, no se puede decir más. Cierto que hay dolor, cierto que se sufre, pero la raíz de todo es el amor, hay un amor que ha aceptado esto y esto causa admiración. Es alguien golpeado, alguien desfigurado, uno que es despreciado por los hombres, alguien que no es bello y por tanto que no tiene la bendición de Dios, es alguien que es abandonado y rechazado por Dio, pero resulta ser que no es así, resulta ser que Dios lo ha acogido, que Dios lo exalta, eso es realmente inaudito, es algo que contradice el sentido común, pero si estos e hace es porque la razón de fondo no es un mero sufrimiento, es un amor, se ha sufrido por amor y por ese amor todo encuentra un sentido.
Y entonces el dolor tiene una respuesta: El amor, el amor por los hombres que quiere conocerlos a fondo salvarlos dese su fragilidad. El dolor es una consecuencia de hacerse hombre. Es una consecuencia que Jesús vive al haber tomado nuestra condición, él se ha hecho hombre, se ha hecho frágil, pequeño, endeble, insignificante y al tomar eso necesariamente ha tomado el dolor. Nadie puede tomar la debilidad sin el dolora, nadie puede decir que ha asumido la fragilidad si no sabe lo que es el dolor. El dolor es parte de la condición humana y Jesús lo ha asumido. Y Jesús lo toma y lo toma totalmente, pues sufre y sufre el dolor no sólo de su humanidad, sino lo que los mismos hombres hacen. No sólo es que Jesús sufra en su humanidad como parte de ella, sino que acepta el dolor que los otros le propinan, pues el dolor no solo es consecuencia de uno solo, sino que el dolor también es consecuencia de lo que los otros hacen buscando el propio beneficio, bastará ver el dolor que provocan secuestradores, ladrones, asesinos, etc. Ellos provocan dolor, así como aquellos que nos difaman, se vengan, señalan, etc. Es dolor que los otros hacen. Y Jesús ha aceptado este dolor, a asumido este dolor, en su condición y ha asumido el dolor de los otros, ha asumido el dolor de la calumnia, de los asesinos, de los destructores de vida, ahí en la cruz no es sólo el dolor del crucificado, sino el dolor de todos aquellos que lo provocan, es receptáculo de el dolor que otros infringen y lo sufre de manera cruel, lo sufre totalmente para conoce plenamente nuestra humanidad, y dese ahí provocar una redención. De tal manera que contemplar la cruz es contemplar a aquel que por amor conoce y ha asumido nuestro dolor.
Por ello la exclamación: «¿Quién habría creído esto que escuchamos?» Quién lo podría creer, nadie, sin embargo así es el plan de Dios. Un plan que tiene como signo el amor a los hombres. No es según los criterios humanos, sino los criterios de Dios, los criterios del amor que logran transformarlo todo en vida y amor. A partir de esto podemos ver ahora el sentido de la cruz, y ciertamente podríamos sorprendernos, verlo como imposible o bien sorprendernos y dejarnos amara por él, y ser más sensibles al dolor de nuestros hermanos y acercarnos a ellos, con el fin de ayudarlos y así ayudar al dolor de Jesús en la cruz.

21/4/11

Pascua de Dios-Nuestra pascua

Meditación con motivo del Jueves Santo (en la Cena del Señor)

Textos:
Exodo 12,1-8.11-14
1 Corintios 11,23-26
San Juan 13,1-15

En estos días hemos visto por medio de los cánticos del siervo que Dios tiene un plan de salvación, y busca los diferentes medios a pesar de la cerrazón del hombre, darle a conocer esta salvación. Y hoy justamente encontramos uno de los parteaguas dentro de la historia de la salvación al descubrir este camino de salvación: La pascua. Podemos ver como Dios que busca dar la salvación, actúa dentro de la historia del pueblo para salvarlo, y entonces pasa, interviene para salvarlo.
El libro del éxodo que hemos escuchado como primera lectura nos muestra este relato de la pascua, nos muestra las instrucciones que Dios da para que se celebre la pascua y con ello, para que se celebre su paso en medio de ellos y vivan la salvación. Podemos ver como Dios va dando una serie de prescripciones acerca de lo que deben ir haciendo el pueblo para que Dios actúe y ante eso podríamos pensar ¿Por qué hacer todo eso? ¿Para qué tanto preparativo si Dios puede intervenir de inmediato? Todo esto se hace por dos motivos, en primer lugar para logar una sensibilización, pues todos estos preparativos sirven al pueblo para que sean capaces de descubrir que Dios va a actuar. Todos los preparativos hacen pesar que va a pasar algo importante, no es algo superficial, es Dios que bien, es Dios quien va a actuar. Así el pueblo se prepara para descubrir y ser conscientes que Dios va a estar con ellos.
Por otro lado, sirve para recordar que este es un momento sagrado, para saber descubrir que en la vida cotidiana hay un tiempo para Dios, hay un tiempo en el cual Dios interviene, y es importante tenerlo presente pues no es como el tiempo en el cuál se hacen las actividades cotidianas, sino que es un tiempo sagrado, es un tiempo en donde Dios irrumpe en la historia y todo lo transforma. En este caso Dios irrumpe con su pascua para renovar la vida del pueblo y darle su liberación. A partir de ahora el pueblo no puede ser el mismo este es un tiempo que marca su vida, Dios pasa, Dios interviene en la historia y lo hace libre, no puede seguir como antes, pues tiene delante de él una vida nueva, una vida diferente, una vida que realmente le hace ser totalmente distinto, que lo hace ser libre.
Esto nos enseña que Dios hace presencia en la historia, es el paso de Dios, el paso que da la libertad al hombre. Y este es una acción continua de parte de Dios para liberar al hombre. Esto quiere decir que Dios pasa para renovar la historia del hombre, para hacerla nueva, para hacer de ella una nueva realidad. Ahí donde el hombre vive en la tristeza, Dios quiere pasar para darle la felicidad, en donde hay envidia está el paso de Dios que transforma en solidaridad, en donde hay destrucción Dios pasa y convierte todo en armonía, si hay desolación está el paso de Dios que puede transformarlo en esperanza, donde el odio ha puesto su morada es posible que pase Dios y renueve el corazón dejando que el amor sea la fuerza transformante, ahí en donde hay muerte Dios pasa y lo convierte en vida.
Y este paso de Dios, es su pascua, pues la palabra pascua quiere decir justamente eso “el paso”, y por esa razón Dios ha dado este paso en medio del pueblo para ayudarlo y para salvarlo, llevándolo a la libertad plena. Y Dios continuamente quiere hacer ese paso para liberarnos, sin embargo a veces no lo vemos, y es que para verlo, para dejar que entre en nuestra vida debemos hacer los preparativos, es decir debemos ser capaces de poner todo lo necesario para que Dios entre en nosotros. Dios quiere dar su pascua en nosotros, quiere liberarnos de ese pecado, de esa tristeza, de esa envidia, de esa soledad, de ese sin sentido de la vida, pero no puede hacerlo mágicamente, no puede hacerlo forzando nuestra vida, sino que debemos poner de nuestra parte, pues Dios no nos violenta. Así como los judíos prepararon todo, del mismo modo debemos tener la capacidad de poner los medios para que Dios pase y nos libere.
Para poner lo necesario requerimos en primer lugar el reconocer que hemos pecado, que hemos fallado. No es posible que el hombre salga de su pecado, de su vicio, si no ve que está sumergido en él. En segundo lugar se debe querer que esto suceda, porque si nosotros no lo deseamos es imposible. En tercer lugar dejar que entre, empezar a dar los pasos que se nos va mostrando a través de lo que vivimos, ver cómo podemos dejar de lado ciertas cosas, o empezar a ser un poco generosos, evitar ciertos pensamientos, que si bien es compleja al inicio no es definitivo, y así, preparamos para que la gracia de Dios nos transforme y renueve totalmente.
Y una vez que coloquemos todo para esta renovación, descubrir a Dios, descubrir que es un momento sagrado, que no es algo más de la rutina, es salirse y darse la oportunidad de ver la experiencia de Dios en medio de nosotros.
Estamos celebrando la semana santa, pero no es sólo una celebración más, sino que debe de ser el momento para que Dios pase en nosotros, que pase y nos libere, nos renueve, haga de nosotros mejores personas. De nada sirve celebrar estos días, y estar en el viacrucis, estar en misa, y al finalizar seguir como siempre, sin dejar que Dios pase, que Dios entre en nosotros y nos transforme, nos renueve totalmente. Sería un absurdo si al finalizar la semana santa descubriéramos que Dios no pasó que seguimos siendo esclavos de lo mismo, que no hemos cambiado. La semana santa sería solamente una semana más, una celebración más, misas especiales pero no sería realmente el paso de Dios que libera. Es el momento de reflexionar y de descubrir liberarnos de la esclavitud y dejar que esté el paso del Señor sea pascua en nosotros. Que quite de nuestros corazones el temor, el rencor, la envidia, todo aquello que nos aqueja y no nos da la felicidad.
Y este paso de Dios se hace todavía más explicito en la segunda lectura, donde san pablo coloca la tradición que él ha recibido, respecto a la institución de la Eucaristía. Esta cena que se hace en recuerdo de la cena pascual, convirtiéndola ahora en un nuevo signo de donación plena, pues según la descripción que hace san Pablo se hace en un ambiente de entrega. Jesús está por ser entregado y Jesús es quien al pronunciar las palabras dice que su cuerpo se entrega. Por tanto, este sacramente se ve desde la dinámica de la entrega. Y esa entrega es la salvación definitiva y por ende la pascua plena.
Hoy, en este día, el jueves santo, la Iglesia conmemora la institución de la eucaristía, pero no es para acordarnos que se instituyó la eucaristía, sino para que Dios nos recuerde que en la Eucaristía el viene y debemos verlo, debemos descubrir. Cada vez que comulgamos él viene y viene a nosotros, hace su paso en nosotros. Cada Eucaristía es un signo de la pascua de Dios, el paso de salvación. Si Jesús se ha quedado en las formas de pan y vino es precisamente porque quiere entrar en nuestras vidas, quiere hacer ese paso, quiere entrar y darnos la liberación de nuestro corazón. El problema es que a veces estamos tan acostumbrados a hacer esto que lo olvidamos, y no ponemos lo necesario para que entre, y se haga pascua en nosotros, entre y nos libere totalmente. Si comulgamos cada domingo es un signo que nos debe recordar precisamente la salvación que nos quiere dar.
Que este jueves santo donde recordamos que Jesús instituyo la Eucaristía se convierta en recordatorio para ver que la Eucaristía es un canal que nos lleva a la salvación, pues por medio de él Dios quiere pasar y hacer pascua en nosotros.