24/7/11

Buscar el auténtico tesoro

Meditación con motivo del XVII Domingo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
1Reyes 3,5.7-12
Romanos 8,28-30
San Mateo 13,44-52

El hombre es un buscador por naturaleza, siempre busca algo nuevo, algo que le satisfaga, que le dé sentido a su vida. Siempre busca algo diferente, que le transforme, que le anime. Y cuando este espíritu de búsqueda se trunca, cuando el hombre se apoltrona en un estado y renuncia a buscar, porque ya no quiere, porque está cansado, o bien porque se ha acomodado lo suficiente como para querer buscar, su vida se destruye, no hay más horizontes que buscar en la vida. Por ello el hombre debe de seguir buscando constantemente en su vida, nunca creer que todo está acabado, nunca creer q todo se ha definido, siempre hay algo nuevo.
Muchas veces las relaciones con la pareja se vuelven monótonas, y dicen que ya nos e puede hacer nada, que el amor se acaba, pero no es así, falta buscadores, falta buscar siempre el amor, con nuevas categorías, con nuevas formas de expresarse. Lo importante es no rendirse, sino ponerse en el camino de la búsqueda. O bien cuando creemos que nuestra vida perdió el sentido, que nuestra vida no tiene nada que decir, que todo lo hemos hecho, que ya no podemos hacer nada; es el momento para levantarse y seguir adelante, y buscar, siempre hay algo nuevo, siempre desde la sencillez de nuestra vida hay una nueva expectativa, un nuevo horizonte que puede dar sentido a nuestras vidas. Siempre debemos levantarnos y seguir adelante en nuestras vidas.
Sobre esta idea de ser buscadores y de cómo serlo nos hablan las lecturas del día de hoy. En primer lugar el texto del evangelio nos pone de relieve esta idea. Nos habla de la búsqueda del tesoro enterado y de la perla, y podemos ver claramente como estos hombres dejan todo, pues han encontrado lo más preciado en su vida. Y vemos como se desgastan por ese tesoro, porque ese es el tesoro, la perla valiosa que le da sentido a su vida.
Esa Peral y ese tesoro son la imagen del Reino, que es lo que da la felicidad en su vida, que da sentido a todo. Son capaces de desprenderse para salir al encuentro de lo que realmente da sentido a su vida, se han topado con Dios y han dejado todo para encontrase con él. Y eso implica seguir buscando, no es que el tesoro lo encontró por casualidad, sino que busco y busco para poder dar con ese tesoro. Cuántas veces nosotros necesitamos encontrar ese tesoro en nuestras vidas, ese tesoro que le dé sentido, ese tesoro que a la base es Dios.
Cuantos deberían de escarbar y buscar el tesoro del amor en su relación, salir y ver como estar bien con su pareja. No basta con decir que siempre es así, o que nada se puede hacer, ni vale decir pues ahora me aguanto o le doy por su lado. Hoy más que nunca se necesitan gentes que busquen la experiencia del amor, que reanime su matrimonio, que renueve su relación. Encontrar ese tesoro que puede ser el dialogo, la convivencia, o de ponerle atención a la pareja que por diversas situaciones se olvidan, pero lo importante es que el hombre se proponga buscarlo. Lo importante es ponerse en movimiento y ver que se necesita para encontrar ese tesoro, un tesoro que une, que anima, un tesoro que finalmente tiene a la base la experiencia del amor que transforma y renueva todo.
O bien cuantas veces deberíamos buscar el tesoro de la felicidad en nuestra vida, cuántas veces por algún problema, alguna traición, alguna dificultad, creemos que nuestra vida no vale nada, que todo está perdido. Cuantas veces al experimentar la traición creemos que ya no vale la pena seguir confiando, o bien que no hay que seguir adelante para no ser nuevamente traicionados. O bien ante un problema, creemos que todo nuestro mundo se nos viene abajo, y así la desilusión, la tristeza, la soledad van haciendo que nuestra vida se vaya debilitando y perdiendo el sentido de todo. Es momento de ser buscadores de no creer que todo está perdido, salir y buscar nuevas oportunidades, salir y buscar nueva situaciones, nuevas amistades, nuevas confianzas, buscar el tesoro que está enterrado. Desde luego que esto no es sencillo, no es de golpe, sino que implica una búsqueda constante. No es fácil tener esa confianza de nuevo, no es fácil encontrar una nueva oportunidad, no es sencillo, pues el tesoro está enterrado, implica búsqueda, implica esfuerzo, implica paciencia, pero finalmente si somos atrevidos podremos encontrarlo, podremos ver ese tesoro que da sentido a nuestra vida. Siempre ser buscadores, nunca rendirse y haciendo lo mejor posible las cosas, con ánimo y generosidad
Sin embargo, al contemplar esta idea de los buscadores, hay que saber distinguir y ver qué hay de buscadores a buscadores. No todas las búsquedas son buenas, no todas nuestras empresas son lo más adecuado. Muchas veces para salir adelante buscamos por caminos equivocados, no buscamos lo que realmente deberíamos. Alguna persona podría decir que como en su matrimonio no le va bien va a buscar una amante, y ciertamente busca, pero no busca el verdadero tesoro, sólo busca falsos tesoros, busca cosas que surgen de la nada y que en realidad no están tan escondidos. Dice el dicho que no todo lo que brilla es oro, y es cierto, a lo mejor buscando algo de felicidad no vemos el verdadero tesoro, y sólo nos dejamos llevar por apariencias.
El evangelio de hoy nos invita a buscar a el tesoro, el autentico tesoro que es valioso, pero muchas veces no somos capaces de ver esto y sólo buscamos tesoros superficiales, que no valen la pena, sólo buscamos poder, lujos, influencias, mentiras, etc. No sabes a veces buscar, y ante eso, si bien el evangelio nos invita a ser buscadores, es también cierto que hay que saber buscar y sobre esa idea nos orienta la primera lectura del día de hoy.
El libro de los reyes nos sitúa en la época de transición del poder, el rey David a ha muerto y el heredero es Salomón, que era un jovencito en ese tiempo. Tendría alrededor de 13 o 14 años, y tiene la empresa de gobernar ese país. Seguramente esto debió causarle un gran temor, pues qué podría hacer un pobre jovencito con todo el imperio. Y justo en ese contexto podemos ver la hermosa oración que dirige hacia Dios: «Concede entonces a tu servidor un corazón que escuche.» Salomón pide un corazón que escuche, que sea capaz de discernir lo que Dios quiere, que escuche su voluntad, y capaz de escuchar al pueblo y sus necesidades; sólo así podrá guíar al Pueblo. Cabe aclarar que este texto generalmente está mal traducido, y se pone “Sabiduría de corazón”, “un corazón que discierna entre el bien y el mal”, “un corazón comprensivo”, pero esas traducciones son equivocadas, lo exacto es “un corazón que escuche”. Esa es la base de todo: escuchar.
En el fondo, el motor que mueve a alguien a buscar el verdadero tesoro es la escucha. Escuchando primero lo que nos dice nuestra propia historia, que puedo ver de mí vida, que puedo ver de mis éxitos, de mis fracasos, por qué suceden estas cosas, para aprender de esas situaciones. Por otro lado escuchar a Dios, descubrir que es lo que Dios nos quiere decir, que me pide, cómo ilumina nuestra vida. Y finalmente se necesita un corazón que escuche a los demás, escuchar que dicen los demás, qué dicen, qué opinan. Muchas veces podemos creer que sólo son quejas y podemos decir que siempre es lo mismo, pero no debe ser así, debemos escuchar y ver que hay en el fondo de eso, y así descubrir tal vez una pista, para ver hacia donde debo de moverme, hacia donde debo de caminar, y finalmente hacia dónde está ese tesoro escondido.
Oremos a Dios para que nunca decaigamos, y siempre tengamos ese espíritu de búsqueda, y sobre todo ese corazón que escucha, para saber guiar nuestros pasos hacia la felicidad, hacia el verdadero tesoro y la auténtica perla valiosa.

17/7/11

«…apareció la cizaña »

Meditación con motivo del XVI del tiempo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Sabiduría 12,13.16-19
Romanos 8,26-27
San Mateo 13,24-43

Una de las realidades más complejas que se vive el hombre es la experiencia del mal, pues de alguna manera constantemente se ve afectado por esta realidad, y ante eso se eleva la súplica pues pareciera que todo pierde su sentido, pues pareciera que el mal contradice la experiencia del amor de Dios. Sin embargo, lo que sucede es que a veces no somos capaces de descubrir que no es el mal algo superior, sino que el mal es una realidad pequeña, pero sumamente llamativa que hace que nos olvidemos del bien. De esta manera si nosotros analizáramos bien nuestra jornada podríamos descubrir una enorme cantidad de cosas buenas que suceden en nuestra jornada diaria, pero basta que suceda alguna calamidad para que todo lo bueno que hemos vivido se arruine y pongamos nuestra mirada sólo en lo negativo.
EL mal es una realidad que existe pero es llamativa, vende, y es capaz de arruinar la vida de una persona. Por ello debemos abrir bien los ojos y descubrir que hay en nuestra vida, ver todo lo bueno que sucede en nuestra vida que a veces pasa desapercibido porque es normal, y nos acostumbramos a ello, pero el bien siempre es mayor.
Sin embargo, como es que aparece el mal en nuestra vida, cómo es q podemos ser capaces de hacer el mal en un momento determinado. EL evangelio del día de hoy parece ofrecer una respuesta a esta situación. Nos presenta el sembradío, pero de repente llega la cizaña. Pero la cizaña no es algo que aparece de la nada, no es que ya esté en el terreno, sino que es un factor externo. Alguien la siembra, pero ¿Por qué? Porque se han dormido todos. Cuando duermen aparece la cizaña.
En el fondo lo que el autor nos quiere mostrar es que el mal parece cuando nos dormimos, cuando no somos capaces de estar en vela. Cuántas veces nos dormimos y dejamos que entre la cizaña. Cuantas veces dejamos que un resentimiento vaya creciendo y se convierta en odio. Nos dormimos y no nos damos cuenta que eso va creciendo y se va haciendo cizaña en nuestra vida. Nos dormimos y dejamos que la envidia vaya creciendo. El mal va creciendo en nosotros porque vamos adormeciendo nuestra vida, dejamos que se adormezca nuestra conciencia.
Con esta parábola se relaciona con la que escuchábamos el domingo pasado. Mientras que el domingo anterior veíamos que el hombre debe ser un buen terreno y recibir la Palabra, venciendo de esa manera a los pájaros, a la superficialidad y las espinas, y así dar fruto, el día de hoy se nos coloca otra realidad, pues en ese terreno que va dando fruto hay otro peligro que puede ir creciendo junto con él: El mal, la cizaña. Que surge cuando nos dormimos, y aún dando fruto podemos dejar q ese fruto se pudra con experiencia de la cizaña.
Y al ver la cizaña inmediatamente nosotros podríamos pensar que Dios lo destruyera, tal y como los trabajadores lo dicen al amo: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero el amo no quiere. Y Dios no quiere destruir la cizaña, porque en el fondo todos tenemos algo de cizaña. Esta parábola nos enseña algo vital, no se trata de ver si soy trigo o soy cizaña, pues ambos crecen juntos, por lo tanto quiere decir que somos las dos cosas, nadie puede decir que sólo es trigo, o que sólo es cizaña. Somos una mezcla de los dos.
Si se eliminara el mal de tajo, seguramente nosotros seríamos eliminados a la par, pues siempre hacemos el mal, siempre dejamos que ese mal crezca en nosotros y lo hacemos en contra de los demás. Pero Dios lo deja, es paciente pues sabe que nosotros tenemos la capacidad de vencer nuestra cizaña, nuestro mal.
De aquí podemos ver entonces que Dios es paciente, pues espera de nosotros una renovación. Y justo sobre esto el Papa Benedicto XVI ha hablado, justo el día en el que iniciaba su pontificado: «No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores
Con esta expresión el Papa habla de la paciencia de Dios, una paciencia que ciertamente nos hace sufrir, pues Dios espera que el mal desparezca del corazón del hombre, pero al mismo tiempo es una paciencia que necesitamos para que cambiemos nuestro frágil corazón. Y sobre todo habla del camino de salvación, del camino que destruye el mal: «El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.» El mundo se salva por el crucificado, es decir, sin hacer violencia. No se trata de arrancar la cizaña, eso es violencia, el mundo se salva con el amor, Cristo murió en la cruz por amor, y es el amor lo que vence la cizaña, lo que acaba con el mal en el corazón del hombre, lo que hace desaparecer la cizaña. Cuando el hombre deje que el amor trasforme su corazón y vea que es más valioso compartir, decir la verdad, ayudar y ser servicial, la cizaña cae, no puede ahogar el trigo. Sólo así la cizaña pierde su fuerza. Pidamos a Dios que nos de la capacidad de vencer nuestra cizaña, dejando que el amor crezca en nuestra vida.

10/7/11

La escucha de la Palabra

Meditación con motivo del XV Domingo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 55,10-11
Romanos 8,18-23
San Mateo 13,1-23

Una de las realidades fundamentales del pueblo de Israel, por medio de las cuales entran en contacto y en relación con Dios, es sin lugar a dudas la Palabra. Si bien, el pueblo de Israel no entra en contacto con Dios por medio de imágenes, lo hace por medio de la escucha. El Pueblo vive de la escucha de la Palabra, Dios es quien se comunica con su Pueblo por medio de la Palabra. De ahí que el pueblo debe de escuchar constantemente a Dios. De hecho cuando el Pueblo no escucha esa Palabra incurre en un pecado. Porque en el fondo el pecado es precisamente un problema de escucha, si recordamos el relato del génesis Adán y Eva pecan, precisamente porque no escuchan a Dios, sino que escuchan a la serpiente, escuchan a una creatura y no escuchan a Dios. Y siempre es así, el hombre peca porque no es capaz de escuchar a Dios y comienza a escuchar otras cosas, otras realidades, en vez de escuchar lo que Dios le propone.
Por ello debemos de meditar hasta que punto nosotros somos capaces de escuchar la Palabra de Dios en nuestra vida, pues en medio de tantas situaciones, muchas veces no somos capaces de escuchar esa Palabra. Un medio por el cual nosotros podemos recibir esa Palabra es la celebración Eucarística, domingo a domingo se nos proclama la Palabra de Dios, se nos da a conocer que nos quiere decir Dios, pero muchas veces no somos lo suficientemente atentos para escuchar esa Palabra, pues nos distraemos con facilidad y no escuchamos lo que Dios nos quiere decir.
El evangelio del día de hoy nos presenta esta parábola sobre la importancia de la escucha de la Palabra. Nos habla de esto terrenos donde se siembra la semilla. Pero antes de profundizar en estos elementos fijemos nuestra atención en el sembrador, que comienza a arrojar la semilla de manera indiscriminada, comienza a lanzar a hacia todos lados los granos de la semilla, no se pone a ver si es un terreno bueno o no, sólo lanza la semilla. Con esto nos quiere dar a entender que Dios lanza su Palabra donde sea, no discrimina a nadie, no hace a un lado a ninguno, sabe que todos nosotros somos capaces de recibir esa Palabra. No importa q tipo de terreno sea, Dios sabe que es posible dar fruto, todos son capaces de recibir esa Palabra.
Ahora bien el primer terreno donde cae la semilla nos dice el texto que es el borde del camino. El borde del camino hace referencia a aquello que está en el camino, aquellos que no conocen a Dios, no han hecho camino con él, no conocen su Ley, no conocen su amor, están al borde. Por tanto, este sembrador sabe que aún aquellos que dicen no conocer a Dios, que niegan su existencia son también receptáculo de esta Palabra. Y una vez que la semilla cae, e topa con una dificultad: los pájaros. Los pájaros son el símbolo de las ideas paganas, de la mentalidad pagana que arranca la presencia de Dios. Los pájaros simbolizan la corrupción, la mentira que no concuerdan con la mentalidad de Dios y por ello, roban la semilla, pues esa mentalidad es contraria al proyecto de Dios. Cuantas veces la Palabra nos enseña a ser honestos y nosotros decimos “pues ya ni modo, todos roban ni modo que yo no lo haga”. Son las aves que roban la semilla de la Palabra.
El segundo terreno nos habla de la superficialidad ante la recepción de la Palabra. Nos dice el texto que tenían raíces muy superficiales, muy endebles y por ello el sol en un momento determinado quema a las plantas. Con esto se nos muestra que a veces la Palabra efectivamente crece, pero de una manera muy superficial, sólo crece por un momento, sólo crece por una emoción momentánea. Muchas veces podemos decir que vamos a cambiar, que vamos a ser diferentes, que vamos a cambiar nuestro carácter, que vamos a ser más serviciales, que vamos a cambiar ciertas actitudes. Pero con el paso de los días o de unas semanas descubrimos que no podemos, y nos damos por vencidos. Podemos ver que recibimos de manera superficial esa Palabra, pues nos motivo por un momento, pero luego cae.
En tercer lugar se muestra el terreno con espinas. Las espinas dentro de la Biblia son el símbolo del dolor, por tanto, la parábola nos habla de una situación compleja al escuchar la Palabra. Y es que repentinamente puede suscitarse en nuestra vida el dolor y eso puede hacernos caer en nuestro encuentro con la Palabra. Podemos escuchar la Palabra pero a veces aparecen las espinas del sufrimiento, de la soledad, de la enfermedad y eso nos hace vacilar al escuchar la Palabra. Podemos dejar de escuchar la Palabra y decir que Dios nos abandona, pues este dolor nos destruye, esta enfermedad me acaba, y con ello no escuchar la Palabra y no darnos cuenta como Dios se va manifestando aún en medio de esa situación difícil de la vida, sólo que el dolor no nos deja ver esa fuerza que Dios nos da y los signos que nos rodean, sólo nos limitamos a ver nuestro dolor. De esta manera las espinas pueden hacer que el hombre no reciba la Palabra, que quede truncado su mensaje al verse envuelto en medio de un dolor determinado en la vida.
Finalmente se habla de un cuarto terreno que efectivamente da fruto, es decir, fue capaz de escuchar la Palabra y dar frutos. Al escuchar la parábola muchos podemos caer en la tentación y tratar de localizar en cual terreno estamos. Pero esto no es así, en el fondo estos cuatro terrenos somos nosotros, pues siempre nos toparemos con las aves, siempre seremos superficiales al escucharla, siempre nos toparemos con las espinas, con el dolor en nuestra vida y también en varias ocasiones somos capaces de dar frutos. En el fondo estos cuatro terrenos, son las diversas etapas por las cuales pasamos para dejar que la Palabra de fruto en nosotros, tal vez estemos atorados en algún tipo de terreno, pero debemos caminar y ahuyentar esas aves, debemos esforzarnos y cavar profundo para no ser superficiales, debemos ser fuertes y vencer las espinas que rodean mi vida, y así comenzar a dar fruto.

26/6/11

Llamada a la Hospitalidad

Meditación con motivo del Domingo XIII de tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
2 Reyes: 4, 8-11. 14-16
Romanos: 6, 3-4. 8-11
San Mateo 10, 37-42

Una de las realidades más preocupantes que pueden existir en nuestra sociedad actual, es la indiferencia que existe en el mundo, la actitud de apatía que hay en el mundo, esa indiferencia que va caracterizando a nuestras sociedades actuales, que hacen replegarse al hombre en sí mismo. Podemos ver que esta indiferencia como consecuencia de un egoísmo centrado en la sociedad, donde lo único que interesa es el propio beneficio, donde lo único que importa es que uno mismo salga adelante, sin importar lo que el otro piense, lo que al otro le inquieta, lo que el otro necesite, lo importante es alcanzar por sí mismo lo necesario para la subsistencia. Y esto se puede ver en la cantidad de comerciales que se hace hoy en día en donde lo único que se enfatiza es el bien personal, sin importar el bien de los demás, el mismo internet hace que el hombre se crea con la capacidad de conocer todo y no necesitar de nadie. Esta indiferencia hace que cada uno se preocupe por obtener, haciendo a la gente indiferente e insensible ante el sufrimiento de los demás, de ahí que crece la violencia, pues no interesa, ni lo que el otro piense, ni lo que el pase a su vida o la vida de su familia. Por esta razón crecen los vicios, pues en las drogas y demás vicios se encuentra algo que complace, que me hace feliz de momento y evadir mi realidad. Por ello podemos ver que crecen los divorcios, pues lo único que interesa es el propio placer, el propio beneficio, pero no interesa la entrega, el amor, la donación, sino que uno se recluye en sí mismo, sin importar nada, sin importar la pareja, los hijos, lo único que se busca es la propia autosatisfacción, y es lo único que se busca, y cualquier inconveniente es signo para separarse, y no se ve como parte de la vida, un reto para salir adelante y fortalecer la relación. El mundo busca en el fondo una autosatisfacción y por ello, se vuelve indiferente a los demás.
De ahí que el día de hoy la liturgia nos enfatice en la virtud de la hospitalidad. Esta es una práctica muy utilizada en la antigüedad. Se creía que en ese tiempo un caminante errante, no era simplemente un hombre que va vagabundeando por el mundo, sino que se podría tratar de alguna divinidad, por ello, era importante hospedarlos. Con esto hospedar al forastero los llevaba a reconocer a alguien que viene de Dios, o bien se recibía a la misma divinidad.
Y este signo de la hospitalidad no consiste simplemente en un gesto amable de ofrecer un techo y algo de comer al viajero. Es un gesto que significa la comunión de vida, que sella una relación de protección y aceptación indeleble, a tal grado que los enemigos del forastero acogido se tornaban enemigos del dueño de la casa, la suerte de aquel al que se le dispensaba hospitalidad era la suerte del anfitrión.
Y justo la primera lectura nos ofrece elementos para meditar en esta realidad. Nos presenta al profeta Eliseo que es acogido por esta mujer, y podemos ver como esta mujer decide darle el mejor recibimiento posible, pues no solamente lo invita a pasar, sino que prepara todo para recibirlo cordialmente: «Vamos a construirle en los altos una pequeña habitación. Le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que se quede allí.» Este signo sin lugar a dudas presenta este gran signo de hospitalidad, pues no sólo le ofrece su casa, sino que le ofrece un espacio particular para él, y con mesa y silla, que no eran fáciles de adquirir, son un lujo. Esta mujer es hospitalaria, pues no sólo le da un espacio, o le da lo que le sobra, sino que realmente abre las puertas de su casa y le da todo lo necesario, no lo ve como una obligación, sino como una misión que tiene de cara a este hombre que viene frecuentemente.
Con ello nos muestra que la hospitalidad implica precisamente una donación total, una donación de la persona para recibir al otro, no basta con abrir un momento la puerta de la casa, no basta con dar lo que sobra, sino darlo con amor y dar todo lo necesario para la vida. Acoger al otro implica recibirlo con todo lo que soy, como decíamos, recibir al otro es un signo de comunión con el otro, haciendo lo participe de su viuda, y esta mujer lo ha hecho de ese modo.
Sin embargo, el texto revela un problema que esta mujer vive: «Mira, no tiene hijos y su marido ya es un anciano.» resulta ser que en esta familia hay una esterilidad, falta la vida, con esto el autor del libro de reyes nos coloca ante una situación precaria del pueblo, este es un pueblo que no es capaz de dar vida. Quiere decir que la estructura que se vive en la sociedad, es una estructura débil, es una estructura que flaquea, que no es consistente y por ello no es capaz de dar vida. Se suponía que el pueblo de Dios, dirigido por sus autoridades, debía de dar vida, signo de vida, de su pertenencia a Dios, pero al final resulta que es un pueblo estéril, y la solución es el profeta. Si bien la institución no puede ofrecer la vida, será el profetismo quien de esa vida. El profeta hará ver que sólo Dios es la salvación para el pueblo, y que esa salvación de la que está urgido el pueblo Dios la realizará con y desde los desheredados, con los pobres, con aquellos que nada tienen y no son capaces de dar signos de vida.
Por ello Eliseo se pregunta qué se puede hacer con esta mujer que es tan hospitalaria, y la respuesta es sencilla, ella debe ser signo de vida: «El año que viene, por estas mismas fechas, tendrás un hijo en tus brazos.» Pues, si no dan vida no es culpa de ellos sino del sistema imperante, y ante ello, si esta mujer es capaz de ser buena, debe de ser un signo de vida.
Pero si a ella se le promete este hijo, y con ello la fecundidad, la capacidad de dar y anunciar la vida no es solamente porque sea un milagro, algo sorprendente, o algo llamativo, como fruto de una recompensa, sino que esta promesa es un anuncio que proclama la consecuencia de la vida de esta mujer. Si ella tendrá un hijo y por consecuencia puede dar vida, es consecuencia de su vida, de su hospitalidad. Una persona que vive la caridad desde esta dimensión, siendo hospitalaria, no es una persona infecunda, sino que con sus obras da vida, sus obras son portadoras de vida. Su hospitalidad la ha hecho fecunda.
De esta manera se puede ver que si bien, el pueblo sufre una situación de esterilidad, sufre una situación de carencia de vida debida a los sistemas religiosos imperantes. No es culpa del pueblo, sino de las estructuras, pues el pueblo es capaz de producir vida y el profeta lo augura, lo anuncia, el pueblo por sus obras, por su hospitalidad es capaz de dar vida. El profeta se convierte así en vocero de vida, que vine a hacerse presente en la historia y a hacer descubrir que en las más profundas situaciones de la vida existe el amor y con ello la capacidad de dar vida a pesar de los fallo de las estructuras.
Con este texto se nos invita a descubrir que estamos llamados a descubrir que podemos hacer el bien aunque la estructura anuncie el egoísmo nosotros podemos vivir desde la dinámica de la caridad y producir vida en nuestros ambientes. Si bien la sociedad nos anuncia esta cerrazón de vida y ser egotistas e indiferentes, nosotros podemos descubrir que no es así, que podemos ser buenos y hospitalarios y que podemos ser capaces de dar vida.
Por tanto, todos nosotros por nuestra vida de fe estamos llamados a ser hospitalarios, es decir a no ser indiferentes con los demás. El creyente, es aquel que debe de dar vida y debe de dar vida de cara a los demás, de cara a las necesidades del otro, y no ser indiferente ante la necesidad o sufrimiento del otro. Estamos llamados a ser hospitalarios y a coger a aquellos que parecen forasteros en nuestras vidas.
Cuantas veces los hijos parecen forasteros, porque los papás están más ocupados en sus cosas, en su trabajo y no dan tiempo para escuchar y acoger a su hijo en sus vidas, que sean capaces de descubrir lo valioso de la vida de sus hijos. Acogerlo, recibirlo, preocuparse por sus cosas, por sus proyectos, por sus sentimientos, por sus necesidades. Ser hospitalarios ara dar vida a los hijos.
Ser hospitalario con mi pareja, dedicarle un tiempo para escuchar sus problemas, lo que pasa en la relación. Tantas veces se queda todo a un nivel meramente informativo, sacar cualquier cosa para comentar, pero no nos damos el tiempo para ver qué le pasa, como se siente, cómo va la vida de pareja, qué hay que corregir, qué es lo que va bien, que es lo que hay que agradecer. Tiempo para ser hospitalarios con la pareja y se viva una auténtica comunión.
Ser hospitalarios con las personas con las que trabajamos, encontrándonos con ellos y siendo amables, respetando su situación, no viendo como los puedo dañar o aprovecharme de su situación, sino recibiéndolos, ayudándolos haciendo mi trabajo lo mejor posible.
Ser hospitalarios respetando a los demás, no haciéndolos a un lado, sino recibiéndolos, es decir sonreír, tratar de entender sus penas, no faltándoles al respeto, no señalando los defectos, sino tratar de recibirlos como son y comprender su situación. No viendo a los demás como un medio para sacar un provecho, sino como a alguien a quien yo puedo ayudar y servir.
Sólo cuando somos hospitalarios, somos capaces de recibir a los demás, no de señalarlos, sino que los comprendemos, los escuchamos, los ayudamos, los respetamos, entonces se convierte en un signo de vida, nos volvemos fecundos en la historia.
Finalmente el evangelio va en esa línea, pues Jesús habla de dos realidades: Tomar la cruz y la recompensa a aquellos que reciben a los discípulos, a primera visat parecer´ñia n dos temas diversos, pero no es así, sino que va en la línea de la hospitalidad, pues tomar la cruz, es asimilar el misterio de Cristo, es asimilar el amor de Cristo que acogió nuestras debilidades y pecados y nos salvo, de la misma manera nosotros debemos tomar la cruz, acoger a los demás y empezar a amar, empezar a vivir una donación de la vida hacia los demás. Tomar la cruz es esa capacidad de amar a los demás, recibirlo bien, pues el parámetro para ser hospitalarios es la cruz de Cristo, pues desde la cruz se ve el amor más pleno que se dona a los demás, sin esperar recompensas. Y entonces así, recibiremos la recompensa, que no es algo material, sino la vida, pues la recompensa de aquella mujer de la primera lectura es la fecundidad, de igual manera la recompensa por recibir al otro es la vida, es la capacidad de tener un sentido en la historia, que elimina los vacíos, que quita las ambigüedades de la vida y que le da una luz a nuestra realidad, pues somos capaces de vivir auténticamente iluminados por Dios. Si bien en el mundo hay indiferencia y apatía por los demás, nosotros como hombres y mujeres de fe estamos llamados a vencer esto y a ser hospitalarios en la historia con los demás, tendiendo como parámetro la cruz, el amor de Cristo hacia los demás.

19/6/11

Día del Padre

Meditación con motivo del día del Padre

Texto:
San Juan 3,16-18

Hoy en el evangelio se nos muestra el gran amor que Dios tiene que ad a su Hijos y ello, nos muestra el amor que como Padre tiene con sus hijos, con su creación, donde busca la salvación. Y justo al contemplar este amor del padre, el día de hoy celebramos el día del Padre y tomando la imagen de ese amor del Padre podemos meditar en el donde la paternidad que a imitación de él, los papás se esfuerza por vivir su paternidad aquí en este mundo. Por ello, Hablar de la paternidad es hablar de tres cosas, es hablar de vida, responsabilidad y amor. Son estas tres características las que guían precisamente el misterio de la paternidad.
En primer lugar la paternidad es un signo de vida, pues se comienza a ser padre cuando se tiene un hijo, es decir, cuando comienza la vida. Por tanto, la paternidad está estrechamente ligada a la vida. Los hombres están llamados a esta paternidad precisamente porque está el don de la vida, el inicio de una nueva vida es lo que da el inicio a esta vocación de la paternidad. Por tanto, es una vocación que surge cuando la vida de otro comienza. No es una vocación que surge cuando a uno se le ocurre una idea, o cuando le gusta algo, sino cuando surge la vida. Esto es lo hermoso de la paternidad, que es una vocación que inicia cuando surge la vida, y una vida que es pequeña, que empieza a crecer, que empieza a conocer, que empieza a amar, una vida que e inofensiva y débil, y que reclama la ayuda, la protección y el amor. Ahí en ese pequeño cumulo de vida que comienzo, surge esta vocación a la paternidad.
Ahora bien, si bien es cierto que esta vida e el inicio de una vocación, y como su nombre lo dice, es una vocación, una palabra que quiere decir “llamado”. Por lo tanto, la paternidad es una llamada, y por tanto, no todos la aceptan, no todos responden a esta llamada que el inicio de la vida les reclama. Por ello, hablar de paternidad, implica hablar de responsabilidad. Pues el inicio de una vida nueva hace la llamada a ser responsables con esta vida que inicia. Porque esta vida nueva lo une íntimamente a él y lo hace ser su hijo. Ser responsables implica aceptar esta llamada, cuidar de su hijo, alimentarlo, darle lo necesario, protegerlo, educarlo y sobre todo estar cerca de él, escucharlo, comprenderlo, apoyarlo, guiarlo, hacerlo responsable de sus actos, exigirle, en una palabra amarlo.
Y esto nos lleva precisamente a la tercera característica: el amor. La paternidad es un signo de amor, es una vocación a vivir el amor, a experimentar esa donación hacia los demás, a darlo todo por los hijos, estar dispuesto a sacrificar la propia vida para la realización de ellos, a sacrificar tiempo y vida para que ellos crezcan unidos, plenos. Que en este día y siempre sean bendecidos los papás y que este día sea para ellos un signo de agradeciendo por todo lo que han hecho, hacen y seguir haciendo como signo de su paternidad, de su amor y responsabilidad con nosotros que somos sus hijos.

18/6/11

«Tanto amó Dios al mundo...»

Meditación con motivo de la Solemnidad de la Santísima Trinidad
Ciclo /A/

Textos:
Exodo 34,4b-6.8-9
2 Corintios 13,11-13
San Juan 3,16-18

El día de hoy la Iglesia celebra esta festividad de la Santísima trinidad, una fiesta que nos recuerda que el Dios de los cristianos no es un Dios solitario, no es un Dios que vive encerrado en sí mismo, sino que es un Dios en comunión. Un Dios en tres personas. Tres personas que están íntimamente relacionadas en una vida comunitaria. Una realidad, la cual se ha ido desarrollando y meditando en la vida de la Iglesia a través del tiempo, no es precisamente el día para tratar de abarcar el misterio, y mucho menos de descubrir este desarrollo, más bien la Iglesia se detiene en este día para recordarnos el misterio de Dios y para entender nuestra misión delante de Dios.
Me parece el texto del evangelio nos quiere mostrar quien es Dios, como entender este misterio de Dios, y con ello nuestra vocación cristiana, y nuestra propia creación. El evangelio con una frase contundente nos muestra la naturaleza de Dios, la esencia de Dios que la misma Biblia concibe: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna
Este versículo encierra el gran misterio de Dios. De entrada el verbo “amar” ofrece la pauta de todo el versículo. El texto dice que Dios amó. Curiosamente no dice “Dios ama” o “Dios ha amado” o “Dios amaba” o “Dios quiere amar” o “Dios amará”. No dice “Ama” porque no es una acción del presente; no dice tampoco “ha amado”, porque sería una acción que inicio en el pasado y se concluyó en el pasado; ni dice “amaba”, porque sería una acción que se inició en el pasado y sigue desarrollándose en el pasado; tampoco dice “Quiere amar”, pues sería un mero deseo, marcando que antes no había amor; y mucho menos dice “amará” dejando la expectativa de futuro, en la espera de un amor que se deberá realizar algún día.
El texto dice: “amó”, y con este tiempo verbal podría parecer a primera vista algo del pasado, sin embargo, en griego este modo del verbo, tiene una particular acción que no puede traducirse literalmente en nuestra lengua, pero indica una acción contundente que se llevó en el pasado y queda clausurada desde ese momento, y por tanto así como se llevó a cabo esa acción, así será siempre. Se decidió hacer así y así se quedará. Una acción que en el pasado se clausuró, no es que siga, o que se detenga, es una acción meramente puntual.
Quiere decir que Dios en un momento ama, y se queda ahí puntualmente, es un punto en la historia, Dios ama, y no hay más, no hay un cambio de opinión, Dios ama y basta. Esa es su esencia, esa es su acción definitiva, podríamos decir, en nuestras pobres palabras, Dios decidió amor y en ese amor se quedo, no hay más, no hay otra decisión, no hay que decir más. Ha optado por el amor y en el amor se quedó. Todo es amor, todo se vive desde el amor. Se queda clausurado, no hay más que decir, aquel que quiera acercarse a Dios, deberá entender que se capta desde el amor, Dios sólo ama, Dios vive para amar. Y eso mismo lo expresará más adelante el mismo san Juan en su primera carta cuando diga que «Dios es amor» y efectivamente lo es, porque en Dios sólo esta esa experiencia de amor, y un amor definitivo. Por tanto decir que “Dios amó”, equivale a decir que Dios ama desde siempre, y que no hay otro movimiento en él que no sea el amor.
Y es amor, tiene signos, es un amor definitivo es Dios, y que va mostrando signos de ese amor, de es la esencia que posee. En ese amor ha entregado a su único Hijo. Al decir que Dios entrega a su Hijo, muchas veces nos imaginamos algo tierno. Sin embargo pensemos bien en la acción, el texto dice que entrega al Hijo, es decir que la da, es una acción muy particular, se refiere a que lo que se da, lo que se ofrece o se concede e incluso puede tomar el significado de abandonar. Si nos detenemos un poco el verbo dar, se utiliza para dar un objeto, algo que se entrega, y este verbo indica precisamente eso, algo que se entrega, que se da, como un objeto que yo le doy a alguien. O bien algo que se ofrece, algo que se presenta para que se tomado. Incluso se puede referir a abandonar algo, en el sentido que se da algo, y ya no se pide de regreso; lo deja ahí, sin regresar a buscarlo. Por tanto, cuando dice que Dios entrega a su Hijo, se refiere a ese dar, que lo deja, que no lo retiene para sí, sino que lo abandona a su suerte.
Al escuchar esto uno podría de inmediato pensar en un absurdo, pues cómo aquel que es el amor, deja al hijo a su suerte. Y por ello el texto continúa. Lo entrega para que se tenga la vida eterna y no para que se muera. Se ha entregado al Hijo para que se tenga la vida definitiva. Dios quiere la salvación del hombre y por medio de la entrega de su Hijo, da esa salvación, lo da para que todos sean rescatados, y así no estén condenados a la muerte, Dios mismo da su vida en favor de los demás, a favor de la humanidad, puesto que el hombre está imposibilitado para salir de esa situación de muerte, es Dios Mismo quien lo hace dando la vida, mostrando así ese amor, y lo hace de una manera determinante, de una vez para siempre.
De ese modo el hombre puede acceder a una vida nueva. El texto dice una vida eterna, pero no se refiere simplemente a una vida en el más allá, pues muchas veces al escuchar el termino vida eterna, pensamos en una vida que va más allá de la muerte. Sin embargo, la vida que da Dios por medio del acto de salvación de su Hijo, es una vida definitiva, una vida que no es simplemente en el más allá, sino que comienza dese ahora, pues el hombre ahora está capacitado para vivir una vida distinta, una vida diferente, una vida en Dios, que se vive desde ahora, invitándonos a vivir desde esta nueva óptica, tomando un nuevo parámetro en la vida, viendo todo desde Dios, y así vivir desde la vida definitiva que Dios da, entrando a la vida en Dios, la vida del amor, ese amor que transforma, ese amor que es el acto definitivo de Dios.
Dios nos ama, y esa es la realidad que ilumina nuestras vidas, y que da sentido a la fe. Hoy al celebrar la fiesta de la Trinidad estamos invitados a ver esta realidad, a reconocer que Dios es amor, que Dios ha decidido amarnos, y ese amor lo ha llevado a crearnos y con ello, a darnos la salvación entregando a su único Hijo. Eso es lo que estamos llamados a entender, y empezar a vivir para introducirnos en esa vida definitiva que Dios nos da. Ciertamente el misterio de la Trinidad es hondo y profundo, que es complejo querer abordarlo, pero lo que si podemos empezar a penetrar y entender es el cimento básico de nuestra fe: Dios es amor, Dios ha decidido amarnos y en ese amor nos ha salvado, y por esa salvación podemos entrar en una vida definitiva, que inicia la transformación del hombre porque se sabe amado y es capaz de amor, pues ese amor de Dios me debe llevar a amar a los demás, desde nuestras fragilidades, pero con la capacidad de superarnos e iniciar esa transformación nueva en nuestra vida. Si dejamos que ese amor nos renueve e iniciamos ese camino para empezar a amar a los demás, desde esta dinámica de fe, entonces estaremos entendiendo lo más importante del misterio de la Trinidad: la dinámica de amor.

12/6/11

Pentecostés: Culmen del camino pascual

Meditación para el domingo de Pentecostés
Ciclo /A/

Textos:
Hch 2,1-11
1Cor 12,3-7.12-13
Jn 20,19-23

El día de hoy concluyen las fiestas del tiempo pascual. Esta fiesta de la pascua que es un fundamento de nuestra fe, y que da sentido a nuestras vidas, pues con la resurrección es el sentido de toda la fe cristiana. Sin embargo a veces es difícil entenderla, no es fácil vivir en esta dinámica de la resurrección, pues a veces parece ambigua y sin sentido, parece algo futurístico, pero es una realidad que se puede vivir desde el hoy, y para ello la liturgia dominical, domingo a domingo nos va presentado diversos elementos para captarla y poder llevarla a la vida, y no sólo elementos aislados, sino que son todo un camino, que llevándonos de la mano coloca pautas para vivir esta pascua. Por ello recordemos algunos elementos de este camino y descubramos como van estrechamente unidos en nuestra vida, para reconocer el sentido de esta fiesta de Pentecostés que hoy celebramos.
El primer domingo ya contemplábamos con el relato de la resurrección, que debemos ser portadores de vida, que debemos dejar que el acontecimiento de la resurrección toque nuestra vida, toque nuestro corazón y así llevarlo hacia los demás. Y si vamos llevando los demás implica que debemos formar una comunidad, como lo indicaba el segundo domingo de pascua, pues si el Señor nos ha tocado con su resurrección, implica que debemos esforzarnos por estar unidos, por ayudarnos, por tendernos la manos unos a otros, a buscar vínculos de unión, y para ellos se nos ponía como ejemplo las primeras comunidades cristianas, y los mismos apóstoles que debían vencer su miedos y así, con la fuerza de la resurrección iniciar esta vida.
Y ello debe conducirnos a tener una esperanza, una esperanza que nos e limita simplemente a creer que las cosas cambia, sino una esperanza que nos renueva, que nos vuelve a modelar y por ello podemos darle un sentido al mundo, pues nuestra vida comienza a renovarse desde ahora con la fuerza de la resurrección, así como a los discípulos que iban camino de Emaus, que se nos presentaban el tercer domingo.
Pero esta esperanza debe ser una fuerza que nos transforma, y por consecuencia debe ser una fuerza que nos compromete, nos es posible tener esperanza sin ese compromiso, pues en algún momento desparece y se pierde el sentido de todo, por ello el hombre debe comprometerse y saber distinguir entre diversas voces, la voz de Cristo el buen pastor, y entrar por él que es la puerta, ello implica entrar a la vida de Dios, ello implica entrar a una vida distinta, pero totalmente comprometida, puyes de ahora en adelante, entramos en él y con él debemos movernos, escuchamos sólo su voz, como lo indicaba el cuarto domingo de pascua.
Pero entrar por al puerta que es Jesús, no es un acto momentáneo, sino que debe de ser un acto de continúo, debe ser un movimiento constante, y por ello en el quinto domingo Jesús decía “Yo soy el Camino”, finalmente el cristiano debe moverse, debe ponerse en marcha sobre el camino que es Jesús, no puede quedarse estático, y la mejor manera de moverse, de estar en movimiento es ponerse al servicio de los demás, así como desde los inicios de la vida de la Iglesia surge este ministerio de servicio o diakonía.
Sin embargo, este camino a veces es árido y uno se topa con dificultades, al punto de sentirse sólo, incluso pensar que vamos sin rumbo en la vida, que Jesús no ha abandonado, pero no es así, el nunca nos deja huérfanos, sino que nos deja su Espíritu Santo, su Paráclito, para ayudarnos, para que esté junto a nosotros, y nos transforme totalmente, como lo indicaba el sexto domingo. De tal manera que sigamos en camino, y seamos capaces de descubrir que efectivamente no estamos solos, que no debemos estar simplemente mirando al cielo y con ello, hacer discípulos con esta fe y esperanza que Jesús nos da por su resurrección, pues esa es nuestra tarea, ser portadores de paz y esperanza al mundo, a pesar de nuestras pequeñeces, como escuchábamos el domingo pasado.
Y así celebramos hoy la coronación de este camino pascual con la fiesta de Pentecostés. Una festividad que nos invita a ver a partir del relato de la primera lectura el sentido de esta fiesta y por otro lado el sentido de este camino pascual. Podemos ver en este relato tres movimientos fundamentas que se dan, y que son tres movimientos que estamos llamados a ser, para vivir en plenitud este camino pascual. Son tres movimientos que se llevan a cabo con la fuerza del Espíritu Santo.
En primer lugar es la fiesta del que entra en sí (podemos decir, una en-stasis), Pentecostés se convierte así en el entra en la vida de Dios, estar en Dios, no es simplemente buscar al otro, y olvidarse de Dios, sino que Pentecostés me debe de llevar a entrar en la vida de Dios, entrar en mí mismo y descubrir que está la presencia de Dios. Esto es expresado de manera plástica por las lenguas de fuego, es el entrar en Dios, el permanecer en Dios, para que entrando en sí mismo sea capaz de ver la experiencia de Dios en él. Si bien han salido hacia los demás, es porque Dios está en ellos mismos.
En segundo lugar se nos coloca que Pentecostés es la fiesta del que sale de sí, podemos decir que es una especie de ek-stasis, una salida de sí mismo, pero para entrar en el otro, para salir al encuentro del otro. Dios los saca de sí mismos, los hace salir hacia afuera, pues no se quedan simplemente encerrados, sino que una vez que reciben el Espíritu Santo son capaces de salir, son capaces de estar en búsqueda de los demás. Pentecostés, por lo tanto, es salir de sí mismo, para buscar al otro.
Y en tercer lugar Pentecostés se convierte en la fiesta que hace que todos sean uno en todos, una syn-stasis, un vínculo de unión, una unión en sí mismo. De tal forma que el creyente sale de Si mismo, y busca al otro para unirlo a la experiencia de Dios. No basta con tener la experiencia de Dios personalmente, no basta con salir en ayuda del otro, eso sería mera filantropía, implica dejar que los más también entren en la vida de Dios, como el mismo texto dice: «…todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios», es decir, son capaces de descubrir la vida de Dios, son capaces de ver algo nuevo, algo que los ha renovado y que también los puede renovar a ellos
Podemos ver de tal manera los tres momentos que nos presenta pentecostés: si los apóstoles reciben la presencia del Espíritu Santo (en-stasis), para buscar a los demás (ek-stasis), implica que buscan a los demás para unirlos con la experiencia que ellos han recibido en su vida (syn-stasis).
Y esto es justamente el culmen de la pascua, y cuando digo culmen no me refiero al final, sino al punto más alto, al punto donde todo adquiere sentido y plenitud. Pues todo el recorrido pascual que hemos vivido en el fondo se resume y adquiere sentido en estos tres elementos, que como podemos ver es fruto del Espíritu Santo en nosotros, que nos renueva y nos transforma totalmente en nuestras vidas. Pues finalmente, el ser portador de la resurrección, el vivir en comunidad, el ser hombre de esperanza, el entrar por la puerta que es Cristo, y permanecer en él como camino, el saber que el espíritu no nos deja y hacer discípulos, finalmente es un fruto del Espíritu, que plenifica todo y que hace posible este itinerario pascual, con estos tres elementos que se nos presentan hoy siendo capaces de permitir que la experiencia de Dios nos transforme, salgamos a los demás, y llevarlos con nuestra vida al encuentro con Dios. En el fondo esto es la identidad de la Iglesia, que con la ayuda del Espíritu Santo la Iglesia nace, y continúa creciendo, y lo seguirá haciendo mientras tenga estos tres elementos y no desvirtúe su camino, pues así va llevando a plenitud el misterio de pascua.
Que este Pentecostés sea para nosotros, no el final de la Pascua, sino el recordatorio del camino pascual que debemos hacer siempre en nuestras vidas.

5/6/11

«Vayan, y hagan discípulos...»

Meditación con motivo de la Solemnidad de la Ascensión del Señor
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 1,1-11
Efesios 1,17-23
San Mateo 28,16-20

El hombre al toparse con la fe, sin lugar a dudas se topa con una disyuntiva, con una paradoja que sin lugar a dudas no sabe cómo enfrentarla. Esta paradoja se ve en la tensión de dos realidades, pues la fe por un lado me lleva a encontrarme con Dios, me lleva a ver hacia Dios, a ver hacia el cielo, la fe me debe ayudar a poner mi confianza y mi vida en Dios. De tal manera que el hombre de fe tiende a buscar a Dios. Sin embargo este mirar al cielo, esta mirada de fe, se topa con que muchas veces esa mirada a Dios es limitada, pues el hombre debe poner bien puestos los pies en la tierra, pues no es sólo de oraciones y devociones con lo que vive el hombre, pues vive con sus problemas, vive con dificultades, con sus compromisos, con su familia en el mundo. De tal manera que a veces llega a percibirse esta tensión un tanto contradictoria, pues por un lado se habla del encuentro con Dios, pero por el otro los compromisos que se deben tener de cara a la vida cotidiana. Pareciera que se lleva a cabo una tensión entre el cielo y la tierra, lo alto y lo bajo, el mundo de Dios y el mundo terreno.
Y justo sobre esta realidad nos habla esta festividad. En primer lugar el texto de los Hechos de los apóstoles nos coloca a los discípulos que están contemplando al cielo, una vez que Jesús ha desparecido entre las nubes. Se quedan viendo hacia allá, como si quisiera descubrir por dónde se fue, para descubrir cómo ir también hacia allá. Pero en el fondo es quedarse viendo solamente lo celeste, quedarse viendo simplemente lo abstracto. Los discípulos se quedan viendo sólo el cielo, sólo ven esto, pero no son capaces de ver lo terreno. Para ellos ahora todo ha finalizado, todo se ha acabado, no hay nada más que hacer, simplemente se termino, por ello ven al cielo, pues sólo ahí encuentran un refugio. Y justo en ese momento se aparecen estos dos hombres vestidos de blanco que les anuncian una realidad fundamental: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir
Estos hombres les invitan a dejar de ver hacia el cielo, dejar de fugarse de su realidad y de aceptar su condición, descubrir el valor de su vida, y sobre todo descubrir que la fe no es algo que se lleve a cabo en la abstracción, sino que debe descender en la realidad. Pues bien, para los discípulos Jesús se va, Jesús se eleva entre las nubes del cielo, y ahí ponen su, sólo viendo y aguardando que regrese. En cambio estos dos hombres de blanco les dicen que no es así, que la fe no es sólo elevar la vista, sino que es empezar a voltear la mirada hacia la realidad.
Con esto se quiere dejar en claro que no debe existir una tensión entre el cielo y la tierra, sino que deben de ser una misma realidad. La fe me debe ciertamente a ver hacia Dios, pero también a descubrir la experiencia de Dios en mi vida, y llevar a los demás a esta experiencia. De este modo la ascensión de Jesús se convierte en el relato que invita a comprometerse a los discípulos con su historia. Y comprometerse implica precisamente vivir su realidad e iluminarla a partir de la experiencia de Dios, no para huir de ella, sino para descubrir precisamente el valor que esa vida tiene a la luz de la fe.
Y por ello el texto del evangelio para complementar mejor esta idea. Nos encontramos al final del texto de Mateo, donde Jesús asegura que él es el sentido de la historia, y que con él está la presencia de Dios siempre: «Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.» Esta frase con la que se cierra el evangelio nos remite precisamente al inicio del evangelio, cuando en el sueño a José se le dice que esté niño será el Emmanuel, es decir, “Dios con nosotros” (Cómo ya lo escuchábamos en el IV domingo de adviento). Por tanto, quiere decir que desde el inicio del evangelio se marcaba que el nacimiento de Jesús significaría la presencia de Dios entre nosotros, la presencia de Dios en la humanidad. Y así, al finalizar el evangelio podemos ver que el mismo Jesús dice que siempre estará con ellos, marcando una presencia perdurable, que permanece de continuo con ellos, el “Emmanuel.”
La pregunta sería ¿Y como descubrir que siempre está en nuestras vidas? Ello implica descubrir que en nuestras vidas cotidianas efectivamente él se manifiesta y nos acompaña. Pero es necesario ser sensible, y ser capaz de abrir los ojos para verlo. Pero esta presencia no se limita a descubrirlo, sino a hacerlo visible a los ojos de los demás, pues Jesús está entre nosotros. Por ello Jesús deja claramente esa misión: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.» Con estas palabras, Jesús pide a los apóstoles que continúen el movimiento iniciado por él, y ello implica que todos se hagan discípulos, que sean portadores del Reino. Quiere decir que la enseñanza que va a dar no es una simple proclamación, no es sólo decir cosas, no es de dar un cuerpo de enseñanzas, sino que implica que al escuchar el mensaje los demás se sientan comprometidos, se sientan enamorados de seguir a Cristo y se vuelvan discípulos, es decir, que los hombres efectivamente encuentren sentido de su vida en el encuentro con Cristo, suscitando un lazo íntimo con Jesús, sin lo cual no hay una verdadera fe cristiana.
Esto nos lleva a recordar que ser discípulo implica ser aquel que está llamado a seguir a Jesús, y habiendo encontrado el Reino de Dios, responde de manera positiva adhiriéndose a Jesús, con un reconocimiento del poder de Jesús de manera continua (no por periodos), y de modo consciente, es decir, reconociendo lo que hago y a lo que me comprometo.
De tal manera que la fiesta de la ascensión nos invita a ver el sentido de la vida de fe, que no es sólo de hacer oraciones y ver al cielo, sino de ver nuestra vida, y de ser capaces de anunciar la presencia de Dios en nuestras vidas, de manera que los demás también encuentre ese sentido de la vida. Si Jesús asciende, no es para quedarse viendo al cielo, y pensando cosas bellas sobre Dios, sino implica ver nuestra vida y cómo me voy a comprometer de cara a la realidad con mis hermanos, para que sean capaces de ver a Dios. Y ello implica la capacidad de amar, de ser honesto, de ser sincero, de ser solidario. Pues así el hombre es capaz de ver un signo de Dios, un signo del evangelio en nuestras vidas, y así iniciar la cercanía y la conversión delante del mundo.

29/5/11

«No los dejaré huérfanos...»

Domingo de la VI de Pascua
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 8,5-8.14-17
1San Pedro 3,15-18
San Juan 14,15-21

El evangelio del día de hoy nos presenta una frase de Jesús que envuelve el sentido de la vida humana y al mismo tiempo y le da un sentido desde la fe misma: «No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.» Ser huérfano es una experiencia que, de alguna manera, hemos experimentado todos. Hay quien se siente huérfano porque ha perdido a su padres, pero también porque ha perdido un maestro, porque ha abandonado un partido, porque ha dejado su iglesia para abrazar otra o simplemente para seguir solo su camino, quien se ha visto alejado de un amigo por mucho tiempo, quien ha sido abandonado por un ser querido. De alguna manera el hombre se encuentra sólo, se siente desamparado en algún momento de su vida.
También los discípulos de Jesús experimentarán desgarradoramente el desamparo cuando el Maestro les sea arrebatado de su lado. Sentirán esa orfandad cuando se a llevado a la cruz, e incluso después de que sube a los cielos. Por eso él quiere prepararlos, mostrándoles la honda realidad de su presencia y el modo de garantizarla y es que les promete la presencia del Espíritu de la verdad, el Espíritu Santo.
De alguna manera, Jesús quiere dar a conocer a los discípulos que aunque experimentarán esta orfandad, necesitarán su presencia, deben estar seguros que no están solos por la vida, sino que el Espíritu está con ellos. La palabra Paráclito, que usa Jesús quiere decir abogado, aquel que defiende al acusado delante de los jueces, por tanto, quiere decir que el Espíritu Santo dará la fuerza delante de la vida, delante de la desilusión, delante de la soledad, par que siguán adelante, para que no se desanimen, para que no sientan que su vida no tienen sentido.
El Espíritu Santo, es el Paráclito, es el abogado, es quien nos da la fuerza para enfrentar las adversidades que golpean nuestro débil corazón. Es cierto que la orfandad se experimenta de diversas formas en la vida, pero también es cierto que está la presencia del Espíritu que me ayuda a superarla, con su fuerza para descubrir que no estoy solo. Desde luego que el Espíritu no va a dar las cosas como yo quisiera, sino que me da la capacidad de ver las situaciones desde una nueva óptica, desde la mirada del reino, desde la mirada de Dios y así ser capaz de vencer las adversidades.
Es cierto que la orfandad llega, pero también es cierto que llega la presencia del Paráclito, del Espíritu que ilumina y me ayuda a entender la vida desde la fe, y ser capaz de experimentar el apoyo que Dios da y que ad sentido a la historia.
De este modo los textos nos hacen poner la mirada hacia Pentecostés, con la seguridad de que ese Espíritu esta presente y que debemos dejar que entre en nuestras vidas, sólo así dejaremos que nuestra historia se renueve y tenga sentido nuestra experiencia de fe, delante de Dios y de los hombres, ante las situaciones en donde vivimos en la soledad, pero que en realidad la presencia de Dios siempre es cercana.

22/5/11

Pascua: Camino de servicio

Meditación con motivo del Domingo de la V Semana de Pascua
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 6,1-7
1San Pedro 2,4-9
San Juan 14,1-12

La pascua es un tiempo que nos invita a celebrar el acontecimiento de la resurrección, pero que no se limita simplemente a celebrarla como un mero recuerdo, sino que, es la invitación a profundizar en la pascua y hacer de nuestras vidas un acontecimiento pascual. Por esta razón, la pascua debe de ser un acontecimiento dinámico en nuestra vida, no sólo algo meramente celebrativo, no es simplemente celebrar, por celebrar, sino dejar que esta celebración toque nuestra vida y nos renueve profundamente, podemos decir incluso que nos convierta en hombre y mujeres de pascua, ser pascuales, ser signos de la resurrección en medio de la historia, sólo así el hombre puede efectivamente celebrar este acontecimiento.
Introducirse en el acontecimiento pascual implica reconocer que la vida cristiana no es algo meramente estático, no es sólo actos puntuales, no es sólo una actividad o una palabra. Porque ¿Qué cosas puede testimoniar ir misa y ya? ¿O simplemente hacer una oración? ¿O decir que somos católicos? Nada, sólo se queda como una mera explicación, o una mera expresión externa, pero no anuncia ni transforma la vida del hombre. Tener fe, y por tanto, celebrar la pascua que es el cimento de la fe significa ponerse en camino. La vida de fe implica un esfuerzo, implica caminar, esforzarse por irse transformando en la vida, la vida de fe no es sólo sentarse o hincarse, es ponerse en marcha, es ponerse en el camino: caminar implica el ir avanzando en medio de la historia, el ir avanzando en medio de las dificultades de la vida, caminar es el ir avanzando en la propuesta de fe, el avanzar en el cambio de vida. Nos e puede ser el mismo y decir que tiene fe, es necesario ponerse en marcha, irse liberando de las ataduras, es ir venciendo ciertos sentimientos, ciertas comportamientos.
Podemos decir que la vida cristiana, y por tanto, la pascua implica hacer camino, pues el camino es la figura central del cristiano, el ponerse en marcha. Precisamente por ello, el mismo Jesús hoy se presenta a sí mismo como el camino, dice el texto del evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida.» Y la primera imagen remite a esa idea del camino, si Jesús se define como camino quiere decir que seguirlo, que tener fe en él, que buscarlo, en el fondo es buscar un camino, es ponerse en marcha. No dice Jesús, “Yo soy la silla, o soy un reclinatorio”, dice que él es “el camino”, y por tanto es una imagen de movimiento, de esfuerzo. La fe por tanto no se limita a estar sentado o rezando, no es algo estático, no es algo paralizado, es una realidad en movimiento.
Y curiosamente dice “Soy el camino”, no dice “Soy un camino”, como si existieran diversos caminos y él fuese un camino más. Dice que él es el camino, por tanto es el único camino, no se aceptan más caminos, no se aceptan más propuestas. El hombre que vive su fe, no puede ir recorriendo diversas vías, no puede estar viendo cuál es la que más le conviene, la única manera de vivir la fe es caminado por el único sendero que es Cristo, y ello implica caminar desde la perspectiva de Cristo, desde los parámetros del evangelio. Pues se puede andar desde la política, desde los intereses, desde una mera religiosidad, pero si no es desde Cristo y su evangelio entonces no es la verdadera fe. Sólo hay un camino, y ese es Cristo, y ello implica caminar, ir avanzado desde la perspectiva de la fe, transformándose.
Si la fe es un caminar, es un estar en continuo movimiento y ante ello podría surgir la pregunta: ¿Cómo ir avanzando en este camino? ¿Qué signo puede ser presencia de la resurrección delante de los hombres? Si bien es cambio de vida ¿Cómo empezar a hacer visible ese cambio de vida? Y me parece que sobre todo la primera lectura y un elemento de la segunda nos dan la respuesta a ello.
La primera lectura nos presenta el episodio de la elección de los diáconos, un acontecimiento importante en la antigua comunidad. Este texto se encuentra en un contexto de polémica la comunidad va creciendo y no es bien atendida, y sobre todo porque dentro de la comunidad se están diferenciando dos grupos bien delineados, por un lado está la comunidad de judíos que se ha convertido al cristianismo, y por otro encontramos al grupo de paganos, lo helenos, que también se han convertido. Son dos grupos bien delineados desde sus características, y con sus propias realidades, y esto provoca una cierta tensión entre ambos grupos y ha hecho que desemboque en una mejor atención hacia los judíos, que hacia los paganos.
Por esta razón las cosas se deben de resolver y por ello deben escogerse a un grupo de diáconos que hagan los servicios necesarios en la comunidad. Y podemos ver ya desde esto un claro simbolismo, pues se escogen siete diáconos. El siete, parece hacer una alusión al número 70 que según las tradiciones antiguas es el número de naciones ajenas al pueblo de Israel. Se creía que fuera de Israel había setenta naciones extrajeras. Por tanto estos diáconos son siete porque son los que debe atender a aquellos que son paganos, a aquellos que son extranjeros. Quiere decir que en la comunidad se han designado un grupo específico que atienda las necesidades de este grupo determinado.
Pero detengámonos en el significado de la palabra diacono. Diacono quiere decir en griego servidor, aquel que hace un servicio determinado en la comunidad. En el fondo se están eligiendo gente que sea servidora dentro de la Iglesia, que presten un servicio. Si bien el texto nos presenta una realidad específica de la primitiva comunidad, también es cierto que nos marca una realidad espiritual de la comunidad, y es que ante las necesidades de la comunidad se necesitan servidores, pues finalmente, sólo se puede llevar a cabo una buena labor en la comunidad en la medida en la que hay un servicio autentico, en la medida en la que se es diácono.
Si bien hemos dicho que el creyente está llamado a caminar y caminar sobre el verdadero camino que es Cristo, este camino se debe hacer desde la diaconía, se debe de hacer a partir del servicio, pues el servicio es precisamente un signo de testimonio en medio del mundo. El servicio es un signo que anuncia la pascua y la verdadera fe en medio de la historia.
Pero ¿Cómo es posible llevar a cabo ese servicio? Me parece que las características que los diáconos deben tener, según el texto de Hechos de los apóstoles, son al mismo tiempo las características que debe tener el verdadero servicio. Detengámonos un momento a analizar estos elementos.
El texto dice que estos hombres deben de ser: «Hombres de buena fama, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría.» En primer lugar, se habla de buena fama. Es importante tener buena fama para poder dar un servicio, y la fama no sólo como hoy la entendemos, sino que en aquel tiempo se refiere al honor, tener buena fama, implica que es una persona con honor, una persona que es digna de respeto, que su palabra es fiable. Por tanto, para hacer un buen servicio implica sobre todo ser capaz de hacerlas cosas con buena fama, es decir, sin doble interés, sin doblez, sin dobles intenciones. Pues un autentico servicio sólo tiene una dirección y es ayudar a los demás. Pero cuando el servicio se hace para ganar un beneficio, para recibir una recompensa, para quedar bien a los ojos de los demás, entonces no es realmente un servicio a la comunidad, es un “autoservicio”, pues solamente se está sirviendo uno a sí mismo, no a los demás, el fin último del servicio soy yo mismo, pero no la comunidad. Servir implica ver a favor del otro, dar un beneficio a favor de los demás, sin buscar la vanagloria o la popularidad, pues cuando uno cree que esto debe venir como consecuencia, entonces todo pierde su sentido, pues ya no está de por medio la comunidad, sino yo mismo.
En segundo lugar se dice que deben estar llenos de espíritu santo. La hablar de la expresión espíritu santo, refiere a la intervención de Dios en la historia, Dios que entra para transformar las cosas y hacerlas distintas y lograr la salvación. Por tanto, si estos hombres debe de estar llenos de espíritu santo, implica que están llenos de la presencia de Dios, y por tanto de su salvación, son aquellos que efectivamente han acogido la salvación de Idos, y todo lo que hagan lo harán en miras a la salvación de la comunidad, pues todo lo ven desde las categorías de salvación.
Por tanto, no basta tener buena fama, hacer las cosas con una intención, sino que esa intención debe de ser la salvación. Servir dentro de la comunidad cristiana implica ser canal de salvación entre los hombres, implica permitir que la acción de Dios fluya entre los hombres, que su servicio sea para salvarlos. Esto nos hace dar un paso más con respecto a la primera característica, pues no es sólo hacerlo con la intención de ayudar a la comunidad, sino con la intención de salvarlos, de acercarlos a Dios. Servir se debe convertir en un signo donde lo que yo haga sirva para que esa persona se salve, es decir sea capaz de encontrase con Dios. La pregunta sería si con mis actitudes, con mis actividades, con mi servicio, soy capaz de que el otro se salve, de que el otro se tope con Dios. Porque a lo mejor puedo ayudar a alguien pero puede ser que, las cosas que yo le digo o hago no sirvan para su salvación. A lo mejor con mi servicio, veo por el bien de la persona, pero tal vez sea un mal consejo, sea una acción deshonesta, y ello implica que no es cercanía con Dios. Servir implica salvar, acercar a Dios.
Finalmente la tercera característica nos dice que deben de ser sabios, deben estar llenos de sabiduría. La sabiduría como característica se refiere dentro de la Escritura a la capacidad de discernir las cosas, a la capacidad de saber tomar bien las decisiones, saber vivir del mejor modo en la vida. Ser diacono implica esta sabiduría, la capacidad de saber vivir y por tanto de saber tomar las decisiones adecuadas. No basta con servir, con hacer las cosas y dar un signo de salvación, sino que hay que saber hacer bien las cosas, de la mejor manera. El servicio por tanto debe llevar un ejercicio de meditación en ciertos casos. Servir implica pensar bien como hacer las cosas, no vale la pena hacer las cosas, nada más porque debemos hacerlas, sino hacerlas lo mejor posible para que ayude en la vida, sólo así se da el sentido del servicio.
Esto nos invita a ver, que el cristiano debe ser un hombre en camino, y ello implica ser servicial, un servicio sin doblez intenciones, un servicio que acerque a Dios, un servicio que se debe hacer lo mejor posible. Sólo así se da un auténtico testimonio en el mundo. Pero también hay otro signo de la vida de servicio, y que parece intuir esa idea el texto de la segunda lectura cuando dice: «Al acercarse a él, la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios…» Nos habla de un servicio que se hace en comunidad a imitación de Cristo, pero un Cristo que ha sido rechazado. Y es que el auténtico servicio en el mundo es rechazado, pues el mundo busca su beneficio, el mundo busca “servir” para sacar alguna conveniencia, un servicio que no tiene por intención salvar, y mucho menos acercar a Dios, incluso un servicio por mero compromiso, pero no para llevarlo a cabo del mejor modo posible. Por ello, ser verdadero diácono, ser verdadero servidor implica ese rechazo en el mundo.
Celebrar la pascua es ponerse en el camino que es Cristo, y ello implica esforzarse por ser mejor y dar testimonio del evangelio en medio del mundo, y uno de esos signos es el servicio que haciéndolo de la mejor manera, con buena fama, espíritu santo y sabiduría dan un verdadero sentido a la vida Cristiana y se vuelve testimonio de la resurrección.

17/5/11

«Era invierno...»

Meditación con motivo del Martes IV de Pascua

Textos:
Hechos 11,19-26
San Juan 10,22-30

El día de hoy escuchamos el final del discurso del Buen Pastor en donde coloca dos elementos fundamentales: Las ovejas que escuchan la voz del pastor, y por otro lado, si el hombre escucha esa voz es capaz de conocer el misterio de Dios, que es un misterio de amor, una amor que lleva a la unidad y el mismo texto dice: «El Padre y yo somos una sola cosa.» Con esto se cierra este discurso, aclarando el misterio de comunión y amor que hay entre el Padre y él, pero aclarando la importancia de escuchar la vez del Pastor.
Sin embargo, en medio de estas palabras encontramos que el evangelista hace un marco referencial, sitúa el pasaje con un elemento temporal: «Era invierno.» Ciertamente la fiesta de la dedicación del templo era a finales de año y por tanto es en invierno, pero si el evangelista se detiene a aclarar esto, implica que no es algo meramente secundario, sino que es algo importante y por tanto, tiene un elemento simbólico.
El invierno es la última estación y por tanto quiere decir en primer lugar que está acabando la misión de Jesús, se está terminado su ministerio y dentro de poco llegará su hora, llegará el momento de su misterio pascual. Pero, el invierno también es la estación donde se acaba la vida, por tanto, quiere decir que es el tiempo donde se ausente la vida. Si el discurso de Jesús se hace en invierno quiere decir que los judíos que lo escuchan no están abiertos a la vida, no están abiertos a la acción de Dios, están totalmente cerrados. Quiere decir que estos personajes están totalmente distanciados de la experiencia de la fe, no están abiertos a la gracia de Dios, ni a lo que Jesús les va a anunciar.
Con esto, Juan coloca un auditorio totalmente hostil a la acción de Jesús, es invierno y no dejan que Dios entre en sus vidas, no son capaces de ser buenas ovejas y escuchar su voz, sólo se escuchan a sí mismos y escuchan sus propias ideologías, pero no escuchan a Dios.
Sin embargo, a nosotros nos puede suceder también esto, puede sucedernos que no veamos la acción de Dios, que llegue el invierno a nuestras vidas y no escuchemos la voz del Pastor, y en lugar de eso, escuchemos otras voces. Escuchamos las voces de las ideologías, de los modos de pensar, de las propuestas del mundo, o incluso nuestras propias voces, nuestras propias conveniencias, o bien cuando escuchamos la voz de nuestras desilusiones, y vemos que las cosas no van bien, o que las cosas no son como parecen, que todo está perdido y no vale la pena seguir adelante, ante eso llega el invierno, llega la carencia de la vida, llega la lejanía de Idos en nuestra historia. Vamos caminando en medio de la vida sin descubrir la voz del Pastor que nos va llamando.
Sin embargo, el invierno no es la última palabra, pues curiosamente san Juan pone este discurso aclarando la hostilidad que ya existe con Jesús. Y a pesar de existir ese ambiente Jesús habla y aclara las cosas, pues la cerrazón no es definitiva, Jesús confía que aún en ese ambiente cerrado y hostil, exista aún alguien que escuche su voz. De igual manera hoy en día puede ser que llegue el invierno a nuestras vidas y nos veamos rodeados de un ambiente sin sentido, de un ambiente sin vida, pero Jesús nos recuerda que no todo es definitivo, el nos sigue llamando, y por tanto si el invierno ha llegado a nuestras vidas, es aún el momento en el cual podemos escuchar su voz y nos renovará totalmente, y hará que seamos fecundos nuevamente.

10/5/11

Día de la Madre: Signo de Dios

Meditación con motivo del martes de la III Semana de Pascua

Textos:
Hechos 7,51-60.8,1
San Juan 6,30-35

En el evangelio del día de hoy se nos presenta un tema con el cual el creyente en un momento determinado se debe confrontar, y es la búsqueda de signos para dar un sustento a la fe. Y Los judíos justamente buscan un signo que de sentido a su fe: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?» En el fondo esta es la pregunta que todos hacen para sustentar su fe, pues ante las diferentes situaciones de la vida el hombre tiende a dudar, tiende a sentirse desprotegido e incluso tiende a rechazar la experiencia de Dios, pues se ve con dificultad su presencia, y por ello se busca un signo. En el caso del evangelio los judíos buscan un signo que acredite a Jesús y crean, pero el problema es que no son capaces de ver los signos de Jesús están solamente buscando un signo externo y maravilloso, un signo llamativo, pero en ningún momento perciben los signos que Jesús hace y que son los que le acreditan, pues quieren algo portentoso sin descubrir los grandes signos de Dios que son sencillos pero fundamentales.
Si nosotros buscamos bien en nuestras vidas podemos ver como Dios da signos de su presencia en medio de nosotros, debemos abrir los ojos y descubrir esos signos que nos da para seguir adelante. Y en este día podemos detenernos y ver un signo especial en donde Dios manifiesta su amor, en donde Dios manifiesta su grandeza, un signo sencillo, pequeño, pero que finalmente muestra su amor. Ese signo son las mamás. Hoy 10 de mayo que celebramos el día de la madre, podría convertirse en un día en el cual se hace fiesta, se hace cantidad de cosas, se llenan los restaurantes, pero finalmente se queda sólo como una festividad, en un día emotivo, pero sería bueno abrir los ojos y ver en este día un signo de la presencia de Dios en medio de nosotros, pues las mamás son un signo de la presencia de Dios en nuestras vidas.
Las mamás son un signo de Dios, en primer lugar porque ellas son portadoras de la vida, ellas son un receptáculo de la vida. El hecho de ser madre, implica ser portadoras de la vida, pues ellas en primer lugar han dicho si al donde la vida y han llevado durante nueve meses a sus hijos. Esto implica un conocimiento del hijo, un amor y un vínculo que se va realizando en ellas, de tal manera que al ver a una mamá efectivamente se ve el signo de la vida, el signo de una donación de vida a los demás, pues ha aceptado el proyecto de la vida y con ello el proyecto del amor. Ser mamá implica aceptar ese proyecto de amor, el cual traerá, preocupaciones, dolor, pero también consuelo y alegría, que en el fondo son diversos sentimientos que encierran el misterio del amor, pues lo que sigue ayudando a seguir adelante en la vida es ese amor y a pesar de la dificultad caminan siempre adelante por amor.
En segundo lugar porque las mamás son signo de Dios, pues Dios se manifiesta por varios signos y uno de ellos es la mamá. Por medio del amor, del cuidado, de la paciencia que una mamá siente, Dios va manifestando su amor, su paciencia, incluso en la misma Biblia hay imágenes maternas para remitir al amor de Dios, pues la maternidad es precisamente ese signo. Y podemos ver como hay mamás que dan todo por sus hijos, que se entregan sin ninguna reserva, que hay un vínculo fuerte que los une a sus hijos, siendo así un claro signo de amor, y con ello un claro signo de la amor de Dios en medio de la historia. Y que a veces no valoramos ese signo de amor, lo rechazamos, pero hoy es la oportunidad para voltear y agradecer a Dios que da signos tan grandes como este que es el don de las mamás, y sobre todo recordar nuestra responsabilidad delante a nuestras madres, que no son sólo para un día, sino para respetarlas y agradecerles siempre.Agradezcamos a Dios por el signo de la vida, agradezcamos a Dios por nuestras mamás y agradezcamos a nuestras mamás porque ha dicho si a este do que viene de Dios, y sobre todo porque con su amor muestran al mundo el amor de Dios.

8/5/11

«Quédate con nosotros...»

Meditación con motivo del III Domingo de Pascua
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 2,14.22-33
1San Pedro 1,17-21
San Lucas 24,13-35

Adentrarse en el tiempo de pascua, implica adentrase en el misterio de la resurrección, y con ello, hay que adentrase en el triunfo de la vida, del amor, el triunfo de Cristo y del proyecto evangélico del Reino. Sin embrago este caminar no es fácil, no es de gran facilidad para asimilarlo, puyes de alguna manera el hombre se topa con dificultades, se topa con situaciones difíciles, y con ello se topa con desperfectos, y con coas que parecen contradecir este triunfo de la vida. Y justo esta realidad se hace presente hoy en el evangelio de san Lucas.
San Lucas nos presenta el episodio de los dos discípulos que caminan hacia Emaus. Estos dos discípulos se alejan de Jerusalén, como un par de fugitivos, `pues ahora no tienen nada que hacer en ese lugar, se escapan, se escapan de su vinculo con Jesús, de su relación con el Maestro, se escapan de sus sueños de liberación, se escapan de sus sueños de un Mesías triunfante. Irse a Emaus no es simplemente ir de paso a algún lugar, es escaparse de la realidad, es escaparse de lo acontecido en Jerusalén, escaparse por un lado, de una posible repercusión, pues si han matado al maestro es posible que hagan lo mismo con ellos; pero sobre todo están escapando de sí mismo, escapan de la desilusión con la cual se han topado. Y es justo este el matiz que san Lucas presenta a lo largo del camino hacia esta aldea.
Podemos ver como estos personajes se van describiendo con una serie de rasgos de tristeza y desesperanza. Y uno de los elementos se ve claramente cuando uno de esos hombres dice: «Nosotros esperábamos…» Marcan claramente dos ideas en estas palabras por un lado una esperanza, algo que se anhelaba, algo que se buscaba, que se soñaba, se utiliza el verbo “esperar” en el sentido de de esperar en alguien, en el sentido de creer en alguien. Por tanto aquí se habla de las expectativas que se tienen en Jesús, ellos han pensado que había algo más en Jesús, sus vidas estaban en él. Pero esta esperanza está truncada pues como el mismo verbo lo indica está en pasado, es algo que ya no pertenece al presente, existe esa esperanza, pero saben que ya no es posible que se realice.
De tal manera que podemos ver en estos personajes la desilusión por la vida, y sobre todo la desilusión ante Jesús. Y esta desilusión es posible, hoy en día, pues finalmente existen cantidad de situaciones que parecen contradecir la resurrección misma. Cuántas veces fracasan los proyectos que uno se propone, cuantas veces se vienen para abajo las diferentes iniciativas que tenemos, cuantas veces es traicionado el amor, es traicionada la confianza que tenemos en los otros, incluso cuando vemos que las estructuras se mantienen por situaciones de meras conveniencias, pero no por auténticos valores, todo se desploma y se viene abajo. O bien cuando la vida es golpeada por un accidente, por un dolor, por una muerte, por una enfermedad, pareciera que Dios nos abandona, que Dios nos deja solos a nuestra suerte, ya no hay nada que esperar, todo pierde sentido en la vida.
Ante esa desilusión descubrimos que Jesús viene al encuentro de estos hombres, no quiete que sean así, no quiere que se amarguen en la vida, que vivan sin esperanza alguna. Jesús viene y se hace compañero en su camino, sin embargo ellos no son capaces de verlo, pues dice el texto: «sus ojos estaban impedidos para reconocerlo.» Pero ¿quién les impedía que lo reconociesen? Lo impedía la sintonía con la muerte. Ellos piensan solamente en una situación de muerte, para ellos la muerte tiene la última palabra y por ello no son capaces de ver más allá de esto. Para ellos no hay algo más después de la muerte, la muerte es el fin de todo, y si la muerte es todo, entonces no es posible ver la vida, no es posible ver la resurrección. Sus ojos sólo ven la muerte, y recordemos que los ojos son el símbolo de la capacidad de conocer la realidad, de hacer un juicio del entorno, pero si para ellos la muerte es todo, entonces su modo de hacer juicio de la realidad es la muerte.
Y ante esto Jesús les explica las Escrituras, es momento de entender que la única manera de entender las cosas es partir de esto, y por ello descubrimos como Dios ha ido colocando las cosas, y no simplemente como ellos quieren hacer el juicio de la realidad, pues en realidad hay un plan de salvación.
Esto quiere decir que sólo siendo capaces de escuchar la Palabra, de escuchar lo que nos dice nuestra propia historia somos capaces de entender el dolor, la tristeza, la falta de esperanza, la falta de confianza en Dios, pero es necesario abrir los oídos, pues sólo así reconoceremos a Jesús y reconoceremos el sentido de la historia misma. Cierto que es difícil entender la resurrección, es difícil entender el sentido del triunfo de la vida, el triunfo del amor, es difícil, pero es necesario escuchar y hacer camino, par que poco a poco se vayan desvelando los ojos de esa visión de muestre que tienen.
Y finalmente este camino de escucha, de ir entendiendo la Palabra desciende en la oración: «Quédate con nosotros porque ya está cayendo la noche.» Por un lado se ve el signo de la hospitalidad, pero sobre todo se ve el signo de una súplica de permanencia, pues al ir escuchando la Palabra desde luego que se empieza a entender ciertas cosas, desde luego que el hombre es capaz de vislumbrar algo de lo que Dios le quiere decir, y por tanto se suplica la presencia para acabar de entender. Finalmente este forastero tiene algo especial, tiene una palabra de esperanza, una palabra que realmente da sentido a sus vidas, ya no es tan oscuro toda su vida, hay algo que parecer iluminar su vida, y por ello quieren retenerlo, quieren que esa esperanza permanezca con ellos, y el texto dice: «Entró para quedarse con ellos.»No es sólo que acepte la invitación, sino que efectivamente entra y se quedará con ellos, la esperanza que Jesús resucitado trae quedará definitivamente en ellos.
Esto es la invitación para reconocer a Jesús que camina unto a nosotros en la ida, es momento para decirle que se quede con nosotros, que se quédate ahora que estamos tristes, ahora que nadie nos entiende, ahora que estamos solos, ahora que todo está perdido. Quédate Señor ahora que vivimos desamparados, ahora que la muerte se hace cercana, Quédate ahora más que los demás se quieren aprovechar de nosotros, que los demás se olvidan de nosotros, que los demás que no nos quieren como antes. Quédate, porque no queremos hundirnos en el pesimismo, ni en la desesperanza, no queremos permanecer en la tristeza y en la angustia. Es difícil reconocerte, es difícil encontrarte, pero queremos verte, queremos reconocer los signos en los cales tú te haces presente. En el fondo esta debe ser la oración de todo aquel que se topa con la tristeza y la desesperanza.
Y entonces, el texto muestra el signo que ellos necesitan para ver a Jesús, y lo ven en medio de la fracción del pan. Se les abre los ojos, finalmente son capaces de ver a Jesús. Ahora entienden el signo de comunión, el signo de donación de vida que se representa con el partir el pan y hace que entiendan que esa donación de vida es el camino de Dios y que sólo así lo pueden reconocer, pues no fue sólo la muerte de Jesús, sino que es la donación de su vida totalmente por amor. Pidamos a Jesús que seamos capaces de abrir los ojos y veamos más allá de la muerte, que seamos capaces de interpretar bien sus signos y descubrir el sentido de la historia, y que él camina junto a nosotros, pues la resurrección hace posible el triunfo de la vida y del amor.

1/5/11

«Todos se reunían...»

Meditación con motivo del II Domingo de Pascua
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 2,42-47
1San Pedro 1,3-9
San Juan 20,19-31

Una de los deseos del hombre que busca constantemente en su vida es la capacidad de vivir en comunión y armonía con los demás, el hombre en general no busca la división, sino que busca estar bien con los que le rodean. Sin embargo en el caminar de su vida se topa con dificultades, se topa con adversidades que las demás personas le presentan a lo largo de su vida, ye so hace que se dividan, que se distancien, y por tanto no vivir en comunión.
Esta falta de comunión comienza con los más cercanos, en la familia, pues muchas veces los hijos no se siente en total armonía con los padres, pues los ven distantes, que no les interesa sus problemas, que se sienten incomprendidos, que no los conocen realmente y eso lleva a una división al interno de la familia, provocando una falta de unidad y comunión en el seno familiar. Por otro lado, los papás que no son capaces de ver a sus hijos y no captan lo que ellos necesitan, incluso los ven como rebeldes, y ello causa otra división. Esto nos lleva a ver que la falta de diálogo, que el estar en contacto con otros y trata de entenderlos puede ser una de las causas de esta falta de comunión.
Y por supuesto esta búsqueda de comunión la podemos buscar también en el lugar donde nos desarrollamos, con los vecinos, con los compañeros de trabajo, pero muchas veces se interponen otros intereses, y en lugar de buscar la armonía se busca el protagonismo, se busca el ser primero en todo, el estar en un buen lugar, sin importar lo que los otros piensen, o necesiten y eso crea rivalidades, crea diferencias y por tanto separaciones. O bien la indiferencia que hace que uno se aísle de algunos y así seguir adelante sin vivir en ese espíritu de comunión.
Y esta falta de comunión con los demás la podemos ver precisamente en la falta de interés por los demás, o bien centrándonos en nuestras propias ocupaciones o intereses, o incluso si entablar un diálogo que primita el encuentro con los demás, encerrándonos en el egoísmo, en la indiferencia a lo que el otro necesita y viéndome sólo a mí. Pero también, quizás una razón más es el no aceptarnos. Y es que muchas veces con nosotros mismos, pues en muchas ocasiones los problemas comienzan porque somos nosotros los que no nos aceptamos. Y precisamente al no aceptarnos en algo empezamos a ver que otros no son así y eso causa envidias, eso causa distanciamientos con los demás, que se provoque una división. O bien por no aceptarnos, olvidamos que los demás sí que nos aceptan como somos y eso provoca que en lugar de ver como los demás nos aceptan y nos quieren, nos separemos.
Esa falta de comunión desintegra y rompe tantas cosas que no permite seguir adelante. Y justo el cristianismo, la vida dinámica desde la fe está llamada a buscar esa comunión, una comunión que no surge sólo por las propias fuerzas, sino que surge por la fuerza del resucitado. Podemos ver esta comunión en los apóstoles que están reunidos y Jesús se le s aparece en el evangelio, y podemos ver como hay esa fuerza de comunión aún en Tomás que si bien no estuvo en el momento de la resurrección y le cuesta trabajo creer, sigue unido a ellos. Es una comunión, una comunidad que se va forjando. Pero el texto que habla de esta comunión de una manera especial es el texto de la primera lectura en la cual debemos centrar nuestra mirada el día de hoy.
Este texto de la primera lectura, que se nos presenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles pertenece a uno de tres sumarios en donde se habla de la vida en comunión, en donde se nos presenta el ideal de la vida en comunión y coloca los elementos para vivir en comunión dentro de la Comunidad, dando las bases para mostrarnos cuales son los elementos que nos vinculan como Iglesia, y al mismo tiempo coloca bases para que esa comunión sea extendida a los demás ámbitos. Las bases de la comunidad son cuatro, detengámonos analizar cada una de ellas.
En primer lugar debemos aclarar que estas actividades están unidas por una expresión que se traduce como asiduamente, es decir, las actividades que la comunidad cristiana realiza, las hace de manera asidua, las hace con perseverancia mostrando la actitud de dedicación constante y ocupada de la comunidad, la comunidad realiza estas actividades de modo constante. Esta expresión manifiesta que estas actividades son centrales para la comunidad y por esa razón las van realizando siempre, pues no es posible vivir en la dimensión cristiana sin tener en cuenta esto. De este modo san Lucas nos muestra que son estas notas que coloca no se puede hablar de vida cristiana de ahí que deban llevarse a cabo con frecuencia, para que la comunidad adquiera su sentido auténtico.
El primer elemento de la vida cristiana es «escuchar la enseñanza de los Apóstoles.» Con esta expresión de “enseñanza” el autor se refiere a la profundización de la doctrina una vez que se ha dado la fe inicial. Esto implica una relectura de los textos bíblicos con el fin de conocer la enseñanza de Jesús. Podría decirse que esta actividad remite a un crecimiento y una maduración en la profundización de la Palabra, una interiorización que los apóstoles hacen a partir del encargo que les dio Jesús.
Esto nos lleva a considerar que la comunidad vive de la escucha y profundización de la Palabra, no es posible hablar de Iglesia sin hablar de la Palabra. La comunidad cristina vive de su adhesión y profundización de la Palabra. Cuando la comunidad deja de escuchare esta Palabra o bien deja de profundizar en ella se pierde todo el sentido de la vida cristiana, pues la fe se sustenta en esta adhesión al mensaje de la Palabra de Dios. No hay fe sin este acoger la Palabra en la vida.
Cuando se acoge la Palabra entones el creyente puede tener un camino por el cual dirigir sus pasos, un camino por el cual puede andar a la luz del evangelio, a la luz de la vida misma de fe, pues la fe se alimenta de esa Palabra. Si Palabra, no hay fe, ni dirección en la vida. De tal manera que la Palabra nos ilumina a cada uno de nosotros para ir cambiando en nuestra vida, para ir dirigiendo nuevamente nuestros pasaos al encuentro de Dios, y para vivir en la dinámica que Dios nos dice. Quiere decir que si escuchamos la Palabra realmente en nuestras vidas entonces podemos iluminar nuestra vida y buscar la unión entre nuestros hermanos, en nuestra familia, iluminados por esa Palabra. Por esta razón, cada domingo la Iglesia se reúne para escuchar esa Palabra y dejar que ilumine su vida, y si deja que esa Palabra la toque es capaz de transformar su vida y empezar a ser vinculo de unión desde la fuerza de la fe.
En segundo lugar dice el texto que ellos «participan en la vida común.» Al hablar aquí de vida en común san Lucas utiliza un término llamado ‘koinonia’. En el griego clásico, koinonia se utiliza para designar una asociación o consorcio, y dentro del Nuevo Testamento está relacionado con la idea básica de "compañerismo". Es la unión profunda entre los creyentes, que comparten su fe y se ayudan mutuamente para seguir adelante, para caminar juntos, que caminan a la par, apoyándose mutuamente, siendo signo de solidaridad, pero sobretodo de amistad entre ellos.
Esto nos muestra que no es posible la vida de Iglesia sin la solidaridad y la amistad entre los diferentes miembros, por esta razón la comunidad participa de esta fraternidad entre ellos. Esto se vuelve una invitación para cada uno de nosotros para empezar a genera lazos de solidaridad y de amistad con los demás. Muchas veces en la familia no existe eso. Existe una figura de autoridad, existen reglas que deben de vivir los diferentes miembros de la familia, pero no hay lazos de amistad que los unan, de tal manera que con el tiempo o con las circunstancias dejando de ayudarse y de ver por el bien de los otros. Y esto se ve a veces entre hermanos que no se ayudan porque no hay esa amistad, o entre los esposos, que se ven como pareja, pero no como amigos que se apoyan mutuamente.
En tercer lugar la comunidad debe de «participar en la fracción del pan.» Esto remite fundamentalmente a la Eucaristía, a la vida sacramental, pues por medio de este acto se realiza una celebrativo de la fe. Así como la comunidad debe vivir de la escucha de la Palabra y así alimentar su fe, la fe también debe celebrarse, debe de actualizarse, y el signo de esto es la fracción del Pan. Con este término se le llamaba a la eucaristía al inicio de la vida de la Iglesia, pues como su nombre lo indica se partía el pan, se fraccionaba, como un signo de compartir las cosas. Incluso se hacía al finalizar la celebración una convivencia en donde ese compartía todo.
Esto implica que la comunidad debe de vivir del momento celebrativo, pues ahí se actualiza la fe. No es sólo una mera asistencia a una misa dominical, sino es el momento en donde la fe se celebra, en donde se hace presente el sentido de la fe cristiana, donde la fe deja de ser algo meramente abstracto y así se convierte en algo celebrativo, en algo que se actualiza. Por ejemplo, cuando se celebra el día de la madre, ese día se hace un momento celebrativo pues se actualiza la realidad de la maternidad y su importancia dentro de la familia. En la eucaristía se debería ver una actualización del misterio de Cristo, reconociendo a través de la Palabra y el sacramento el donde amor en medio de nosotros, pero a veces queda mucho por hacer en este campo.
Pero centremos en una realidad que es vital en este actualizar, que es el en encuentro de la comunidad que parte el pan. Y este actualizar se lleva a cabo en el compartir el pan, en el encuentro con los demás. De eta manera estamos llamados a ser compartidos con los otros. La vida en comunidad se puede vivir cuando se comparte lo que se tiene. Cuando se ayudan entre los mismos miembros de la familia, cuando uno le explica al otro, cuando el otro comparte su tiempo para escuchar al que tiene un problema o se ve un poco distante. Cuando cada quién hace lo que le corresponde ya sí se ayudan y se complementan, así se vive la unidad.
Y finalmente la cuarta característica es el «participar en las oraciones.» Con esta se nos invita a reconocer que la comunidad dialoga con Dios por medio de la oración. La oración se vuelve en un elemento de vida espiritual. La oración se vuelve un cimiento sin el cual no hay comunidad, pues no se es capaz de dialogar con Dios, y ello implicaría un distanciamiento de Dios. Así como es necesario encontrarse con los demás, también lo es encontrarse con Dios por medio de la oración. De este modo es Dios que se relaciona con el hombre y el hombre que se relaciona con Dios. Sería necesario que así, como la comunidad se reúne para orar, también en la familia ore, para que entren juntos en relación con Dios.
De este modo se pueden ver los cuatro fundamentos de vida cristiana, que son fundamentos de unidad en los diversos ambientes y que son necesarios para que a la luz de la fe, son necesarios para una vida de unidad: La escucha de la Palabra, la capacidad de hacer amistad con los demás, el compartir la vida y lo que somos y una vida de oración.