29/9/11

El Dios respeta la libertad

Meditación con motivo del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Ezequiel 18,25-28
Filipenses 2,1-11
San Mateo 21,28-32

Una de las características principales del ser humano que lo hacen único delante de los demás seres, y que le da la capacidad de orientar su vida hacia ciertas cosas o acciones, que le dan la capacidad de elegir, de acercarse o alejarse es la libertad. El hombre por naturaleza es libre, Dios desde que lo crea le da esta capacidad: Ser libre. Sin embrago esta característica es una realidad efímera en ciertos momentos, pues se puede perder con facilidad, y por un acto de libertad puede alejarse de ella y ser esclavo de alguna cosa. Si bien la libertad nos da la capacidad de elección, también es cierro que la libertad puede orillarnos a perderla, pues una mala elección puede hacernos esclavos y con ello dejar de ser libres.
Cuando se pierde la libertad el hombre se esclaviza a alguna realidad. Puede esclavizarse a algún vicio, a laguna persona, a alguna cosa, a alguna realidad. Hacerse eslavo conlleva por lo tanto, a depender de algo o alguien y no ser capaz de vivir sin ello. Y todo comienza a girar en torno a esto, sin ser capaz de dejarlo, o de vivir sin ello. Y entonces ya no se es libre, pues la vida vive desde un apego, pero no desde nuestras opciones, sino desde una poción, la cual se ha hecho necesaria y fundamental en la vida. Y esto se hace por una mala opción.
Esta manera de perder la libertad sin lugar a dudas se hace cuando no somos capaces de reconocer que es la libertad, muchas veces se mal entiende la libertad, y creemos que la libertad es simplemente hacer lo que queremos. Y la libertad no es simplemente hacer lo que uno quiere, sino saber lo que uno quiere, ser capaz de dirigir la vida y ello conlleva tener la capacidad de pensar y saber lo que se quiere, de lo contrario se puede equivocar el camino y con esto, perder el don de la libertad. En el fondo la libertad es una poción de vida, es la capacidad de saber dirigir la vida, sin ataduras, y dirigirla hacia lo que se busca, para encontrar el sentido de la historia, in limitarla a una realidad, sino encaminarla hacia una realización de la propia vida, siendo siempre capaz de orientase y de caminar, sin detenerse por algo superficial.
De este modo, hablamos del hombre como un ser libre. Un ser que ha sido creado por Dios y ante eso podemos descubrir en la libertad del hombre una característica más de Idos, una característica que desborda nuestros pensamientos y nuestra manera de comprender a Dios. Si bien la semana pasada con la primera de las parábolas de la viña veíamos a Dios como aquel que nos necesita, ahora vemos a Dios como aquel que nos ama y respeta nuestra libertad.
“Dios que respeta la libertad del hombre” Es una afirmación un tanto compleja, pues al escuchar hablar de Dios pensamos inmediatamente en aquel que domina todo y aquel que manda y exige que se hagan ciertas cosas, que está por encima del hombre y es quien manda para que el hombre le sirva, sin embargo el Dios de la biblia es aquel que respeta al hombre, que respeta su libertad, no es que obligue a los hombres a hacer ciertas cosas, o que los incline a realizar ciertas actividades, sino que el Dios de la Biblia es aquel que respeta la libertad del hombre. Y esta libertad es extraordinaria, pues es una libertad que puede hacer al hombre acercarse a Dios o bien alejarse de él, y rechazarlo, anunciar públicamente que no tiene fe. Y Dios lo respeta. Que don tan grande nos da Dios, que incluso se le puede rechazar, y así lo respeta Dios.
Y es justo lo que nos presenta la parábola. En primer lugar nos dice que Dios es padre, y pide que vayan a su viña a sus hijos. Por tanto, el dinamismo de la relación con Dios es una relación entre un hijo y su Padre, Dios no ha creado como hijos, y como hijos que aman al Padre, pide un favor: «Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.» Como hemos dicho la viña es el símbolo del pueblo de Dios, ir a la viña significa sobre todo ir a formar parte del pueblo, ir a formar parte de la construcción de una civilización del amor, ir a construir un mundo más justo, donde seas capaz de iniciar el perdón, donde ayudes y venzas tu egoísmo, donde des un mensaje de esperanza a los demás. Ir a la viña es lo que quiere Dios, y ante eso sólo espera que respondamos y hagamos lo que debemos.
Podemos descubrir como Dios respeta la libertad del hombre, pues no dice que el Padre obligue al hijo, no le dice “ve o te castigo”, sino que solamente les pide ir. Ellos dan su respuesta y toman una acción. Y curiosamente sus respuestas no coinciden con sus obras, pues uno dice que si, sólo lo habla, sólo lo dice, pero al final decide no ir, sólo quiso darle por su parte al padre; en cambio el otro decididamente le dice que no quiere ir, pero finalmente se arrepiente y decide ir, decide cambiar su rumbo. Y el Padre no aparece más en la parábola, él sólo ha hecho la invitación, y será el hombre con su libertad el que decida ir.
Lo importante son dos cosas. En primer lugar Dios hace la invitación, nadie queda excluido de esta realidad, y esperando que el hombre haga un buen uso de su libertad y responda al llamado. Y en segundo lugar no se deja llevar por las apariencias, no se deja guiar por las respuestas, sino que es capaz de esperar, no se queda con la respuesta que se da de inmediato, sino que confía que el hombre puede cambiar y puede decidir ir a la viña, puede cambiar y puede iniciar un cambio en su vida, por ello la parábola concluye diciendo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.» Mostrando que todos pueden cambiar de vida y decidir entrar al dinamismo de Dios, todos pueden entrar a la viña y cambiar su vida. Incluso aquellos que de primera instancia dijeron que no, pueden cambiar su vida, siempre hay tiempo para encaminar la propia historia y enderezar nuestros rumbos.
Él nos ama como somos, nos ama con nuestra libertad, y porque nos sabe libres, sabe esperar y confía que cambiaremos nuestra vida y entremos a la viña. Y al entra nuestra viña mejoremos nuestro carácter, mejoremos nuestros pensamientos, mejoremos nuestra relación con los demás, y así vayamos dando auténticamente frutos en la viña del Señor.Dios nos ha creado libres, lo importante es saber conservar esa libertad y dirigir nuestros pasos, hacia un rumbo donde esa libertad crezca, donde esa libertad sea autentica, donde nuestra vida no quede atada a un resentimiento, a un objeto material, a un odio desmedido, a una hipocresía de la vida, a un vicio que corroe nuestra vida y nuestro corazón. Entrar a la viña es optar por Dios y empezar a ser libres dejando de lado aquello que nos daña y transformando nuestra vida y la de los demás. Puede ser que a veces nos que equivoquemos, y no queramos ir, pero podemos corregir el camino, ver que nos hemos hechos esclavos de tantas cosas, hoy es el momento de ir a la viña e iniciar así una transformación, y ser auténticamente libres. Siempre hay tiempo, y siempre lo hay pues Dios me ama como mi libertad y confía que algún día vaya a la viña.

18/9/11

El Dios que nos necesita

Meditación con motivo del XXV Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/


Textos:
Isaías 55,6-9
Filipenses 1,20-24.27
San Mateo 20,1-16

El hombre busca constantemente encontrarse con Dios, trata de entender quien es Dios. Y ante ello podemos ver cantidad de intentos a lo largo de la humanidad por entender quién es Dios, por entender a la divinidad. De ahí surgen las ideas animistas, las ideas politeístas, las posturas filosóficas. Todo ello es para adentrarse en el conocimiento de Dios. Pues acercarse a Dios es un misterio, Dios es en sí mismo un misterio. Y al decir misterio nos referimos sobre todo a la capacidad de no termina de conocer una realidad. EL misterio no es algo que no se puede conocer, al contrario, el misterio es algo que se puede conocer, pero que no es posible agotarlo, que nunca se acaba de conocer, siempre hay algo nuevo. Por tanto, Dios es un misterio, nunca acabamos de conocerlo, nunca acabamos de entenderlo, siempre hay algo nuevo.
Incluso nosotros mismos recordamos este misterio en la misma celebración Eucarística. Justo antes de la consagración, cuando estamos a punto de tener presente el cuerpo y la sangre de Cristo hacemos reconocimiento del misterio, y lo hacemos cantando el Santo. Decimos juntos “Santo, santo, santo…” Y la palabra ‘santo’ quiere decir “otro”, por tanto decimos tres veces santo, para mostrar que Dios es tres veces otro, totalmente distinto, fuera de nuestros esquemas. Justo lo decimos antes de la consagración, antes de que se haga totalmente cercano, reconocemos que es totalmente otro, que aunque esta cerca se nos escapa, se nos va. Eso es un misterio, que es inabarcable.
Y justo por ello, el día de hoy las lecturas parecen acercarnos al conocimiento de Dios. Encontramos en el evangelio las llamadas parábolas de la viña. La viña en la Biblia nos muestra un símbolo del Pueblo de Dios, por tanto nos hace presenciar el comportamiento del Pueblo de cara a Dios, pero al mismo tiempo nos hace ver al dueño de la viña, y nos muestra características extraordinarias para conocer quién es Dios y con ello acercarnos al misterio.
Pero antes de acercarnos a la Parábola detengámonos en la primera lectura, que nos ofrece una pauta y una clave interpretativa del misterio de Dios. Dice el texto del profeta Isaías: «Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos.» Con esta frase el Profeta les hace entender a los Israelitas que ellos no deben creer que Dios los ha olvidado, simplemente que deben abrirse y ver que el camino que Dios les propone no es el que ellos quieren, sino que es un camino diverso.
Cuántas veces a nosotros nos sucede esto, pues creemos saber quién es Dios, qué debe de hacer, y queremos que él se relacione con nuestros proyectos, y no siempre es así, pues el toma caminos nuevos siempre, proyectos que notros ni siquiera nos imaginamos. Por ello entrar a conocer a Dios implica renunciar a lo que creemos de él y renunciar a nuestros caminos, y dejar que él nos conduzca.
Y precisamente porque sus pensamientos no son lo que uno piensa, debemos de conocer bien a Dios, por ello el texto del evangelio nos presenta una característica fundamental: Dios nos necesita. El texto nos dice que el propietario busca trabajadores para la viña, eso quiere decir que necesita ayuda. Dios nos necesita a nosotros para alcanzar sus proyectos. Para construir el reino, una comunidad, un pueblo (Simbolizado por la viña), necesita de nosotros. Muchas veces creemos que dios no nos necesita, que podemos estar al margen de Dios, pues pensamos que Dios lo puede todo, que él lo hace todo, pero no es así, él nos necesita para la construcción de la comunidad.
Él me necesita así como soy, con mi carácter, con mis límites, con mi modo de ser, él me necesita así, no requiero de otra cosa, él me necesita así como soy, con mi modo de ser para construir el Reino.
Tan me necesita, que como dice la parábola, sale a cada hora en busca de nuevos trabajadores. A veces tenemos miedo, flojera o apatía para ayudarle. Nos escondemos, pero él sale en nuestra búsqueda, siempre sale para seguirnos invitando, pues nos necesita. Si él sale, es precisamente por eso, porque no quiere que nos quedemos afuera, incluso cuando falta una hora para que todo acaba, él de inmediato sale pues no quiere que nadie quede fuera.
Y el fruto de ese trabajo es un denario. El denario en aquellos tiempos representaba el salario mínimo de un día, lo necesario para sobrevivir. Por tanto les da lo necesario para la vida, ni más ni menos. Y por ello a todos les paga lo mismo, pues los que trabajaron al final, si se llevan menos de un denario, no podrán sobrevivir ese da, sus hijos no tendrán que comer ese día, y por ello, les da todos por igual, pues todos deben tener lo básico para vivir.
Y ese denario en el fondo es la salvación, eso es lo que el hombre necesita para vivir. La salvación es el sentido de la vida del hombre, su felicidad, su amor, su entrega, su plenitud. Y eso es lo que se requiere para vivir, para encontrar sentido a todo., trabajamos para encontrar ese sentido de vida, dejándonos transformar por él, y dejando que todo nos renueve en nuestra vida, dándole sentido a toda nuestra historia.
Dios nos necesita, pues así ayudamos al cambio de la sociedad, así cabíamos nosotros y así vamos renovando nuestra historia. Él me ama como soy y no debo poner pretextos que así entro a trabajar en la viña, y así voy cambiando mi propia vida.

29/8/11

Miedo al fracaso

Meditación con motivo del XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Jeremías 20,7-9
Romanos 12,1-2
San Mateo 16,21-27

Una de las realidades más complejas de todas, pero que es profundamente humana es la situación e fracaso. De algún modo el hombre se topa en algún momento con esta triste situación, se encuentra con una realidad que le hace verse pequeño. EL fracaso nos hace comprender que no somos perfectos, que tenemos limitaciones, que no tenemos en su totalidad el poder y la capacidad de controlar todas las cosas.
Sobre esta realidad nos hablan las lecturas del día de hoy. En la primera lectura podemos apreciar ese sentimiento de fracaso. Contemplamos al profeta Jeremías en medio de su dolor, pues ha sido llamado por Dios, para anunciar la Palabra y denunciar las injusticias con el fin de que se conviertan, pero resulta ser que no hay nada, todos siguen igual, sin cambio alguno, incluso se burlan de él y hasta se confabulan para matarlo. La oración que dirige a Dios es una oración de un hombre doliente, de un hombre profundamente adolorido, un fracaso, pues no ha logrado nada, y reconoce que él se dejó engañar por Dios, y de ahí sale esta frase: «Me sedujiste Señor, y yo me dejé seducir.» Una frase que a veces se interpreta desde un tono un poco romántico, si embrago refleja el dolor del hombre fracasado y dolido.
Esta palabra: “Seducir”, no es propiamente lo que quiere indicar, más bien se refiere a una violencia que recibe el profeta, la podríamos traducir como “Me violentaste Señor y me deje violentar”, se refiere a un acto de violencia, un acto de violación. El profeta se siente ultrajado por la misión que Dios le ha dado. En el fondo el profeta reconoce que la misión que dios le da, es una violación, una violencia en su contra. Un dolor indescriptible. No tiene sentido el seguir adelante.
Y termina diciendo: «Entonces dije: "No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre"» mostrando con esto que el profeta ha pensado que ya no quiere hablar de Idos, ya no quiere seguir con este proyecto. Cuántas veces nosotros pensamos así. Cuando algo no nos sale como queríamos, y decimos “ya ni opino nada, ni hago más proyectos, porque no sirve”; o cuando en la familia todo va mal, y creemos que no vale la pena esforzarse y decimos “ya mejor no digo nada, ni opino porque nadie entiende”; o cuando somos traicionados por alguien y pensamos que ya no vale la pena confiar en nadie.
Y justo en medio de esa lamentación el profeta termina con una frase extraordinaria, una frase que surge en medio de su derrota, y que contiene una luz de esperanza: «Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía.» Con esta frase se puede ver una realidad en medio del fracaso. Habla de un fuego abrazador, un fuego que está dentro de él, que no se paga, y que aunque él quiere apagarlo, no puede. Es decir, aún en medio de su fracaso sabe que hay algo que le dice que no se rinda, hay una luz que le lleva a descubrir que no todo está perdido, y ese fuego nos dice, que no puede contenerlo. Y si lo pensamos bien siempre en medio del fracaso hay una luz en nuestro interior, hay una cierta esperanza. Cuántas veces, después de un fracaso, hay en el fondo un pequeño anhelo de querer intentarlo de nuevo, de darse una oportunidad, de querer salir adelante, de no rendirse, de tener confianza otra vez. Sin embargo, a veces es tan grande la desilusión, el fracaso, que muchas veces ese fracaso apaga esa voz y nos sumimos en una depresión total, creyendo que no vale la pena seguir.
Curiosamente, ante el fracaso siempre está ese fuego, como dice el profeta Jeremías, que anima a seguir adelante aún en el fracaso. Y mientras eso exista el hombre puede adelante. Y esta idea se ve de modo más clara en el texto del evangelio. Jesús se encamina a Jerusalén y da una nueva instrucción a los apóstoles, unas palabras que son de entrada desconcertantes, pues nunca se había hablado de eso: «Comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día
Estas palabras son de desconcierto pues hablan de fracaso. Jesús va a Jerusalén a Morir, es un absurdo. Por eso Pedro trata de disuadirlo, de impedir que eso suceda, sin embargo Jesús va más allá. Después de su crisis que hemos visto hace dos domingo, descubre que la única manera de anunciar el reino es dando su vida, es asemejándose al siervo doliente del profeta Isaías. En el dar la vida está el nuevo modo de anunciar el reino. Ahora todo toma un nuevo rumbo, y ahora se encamina para dar su vida, convirtiéndose en esa entrega en el anuncio del Reino y de la salvación.
Y si lo vemos con ojos meramente humanos parece ser que la cruz se convierte en un signo de fracaso. Vemos a Jesús muriendo, y sin ninguno de sus discípulos, en medio de una total soledad. A simple vista se ve el fracaso. Sin embargo Jesús va más allá de esto, no sólo se ve el fracaso, sino que hay algo más. No sólo es la muerte, sino que ahí comienza un germen de vida y con ello una esperanza par que no todo termine en fracaso. Pues el mismo Jesús habla en su anuncio de la resurrección. Finalmente la cruz, el fracaso, no es el final, sino que se levanta la esperanza de la vida.
Por tanto, podemos ver que el fracaso existe, lo importante es no dejar llevarse sólo por ello, si bien al inicio es complicado asimilarlo también es cierto que el fracaso no tiene la última palabra. No debemos dejar que el fracaso sea tan fuerte que nos destruya, que nos abrume, al contrario saber que podemos salir adelante, y que finalmente siempre hay una oportunidad de vida detrás de esa amenaza de destrucción que se hace cercana con el fracaso. Es complicado, sin embargo, no hay que dejar que esto nos acabe, sino levantarnos y saber que se puede mejorar y transformar nuestra vida.

24/8/11

Identidad de la Iglesia

Meditación con motivo del XXI Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 22,19-23
Romanos 11,33-36
San Mateo 16,13-20

Al escuchar hablar de la Iglesia pueden surgir cantidad de opiniones, ya sea en contra de la Iglesia, o bien a favor de ella. Se le puede acusar de cantidad de situaciones, a veces debido a situaciones que en una determinada comunidad se vive, o bien porque las noticias amarillistas lo hacen publico a nivel nacional o mundial, sin embrago, son solo unas situaciones especificas, no son de toda la generalidad, y algunas veces son meros puntos de vistas. Por otro lado, también se puede hablar extraordinariamente de ella, pero también a veces con elementos que no son llevados a profundidad, y que no se reflexionan más a fondo, a veces sólo se habla de la Iglesia a nivel meramente apologético, de mera defensa, pero no sin ser sinceros de lo que se hace y se vive.
Sin embargo, esto se mueve sólo en el nivel de la opinión. Pero qué es la Iglesia, cuál es su papel en medio del mundo. Primeramente clarifiquemos que la Iglesia es una comunidad e personas, y que no debe confundirse con el templo. La Iglesia somos nosotros, la forman las personas, y no un edificio, ni una jerarquía, sino que la forma todo aquel que ha sido bautizado. Y sabiendo que todos formamos esta Iglesia adentrarnos en la misión e identidad de esta Iglesia.
El texto del evangelio de hoy nos da el acercamiento para comprender cuál es la misión y la identidad de la Iglesia. En primer lugar nos encontramos con Jesús que hace una pregunta fundamental: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Con esto podemos descubrir que Jesús debe cambiar de táctica para anunciar el Reino de Dios. La semana pasada lo veíamos en crisis, y ahora trata de aclarar su misión, y para ello debe ver que visión tiene la gente de él. Y por ello, pregunta sobre la identidad. Y las respuestas reflejan una visión corta y limitante de Jesús: Juan Bautista, Elías, Jeremías. Jesús es visto sólo como un profeta, es una visión, si no errónea, si es incompleta, puyes la gente sólo lo ve como profeta, como un enviado de Dios, no ven más allá de esto.
Y entonces Pedro da una respuesta fundamental: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Encontramos una respuesta asombrosa, que refleja la personalidad de Jesús. En primer lugar lo reconoce como el Mesías, es decir, aquel que lleva a plenitud todas las promesas, el que da sentido a la historia. Y en el evangelio de san mateo, Jesús es el Mesías que lleva a plenitud toda la historia de salvación, quien inicia la nueva generación de la plenitud abriendo a todos la salvación (Cfr. Mt 1,1-17). EN segundo lugar le llama “Hijo de Dios vivo”, por tanto viendo de Dios, y del Dios que da la vida, del Dios que hace fecunda las situaciones difíciles de la historia.
Y esa respuesta de Pedro nos hace céntranos en el primer elemento central de la identidad de la Iglesia. La Iglesia es aquella que tuene como centro a Jesús, aquel que es Mesías, que da sentido a la historia, aquel que puede dar a mi vida el sentido de plenitud, el sentido de trascendencia, aquel que puede plenificar mi historia. Es Jesús, el Hijo de Dios vivo, aquel que me puede llevar al encuentro con Dios y dar vida a todas mis situaciones marchitas en mi corazón, que pude darme vida y darme la oportunidad de ser fecundo con mi vida, mis comentarios, mis opciones de vida. Por tanto la Iglesia, e la que tiene como centro a Cristo, que da sentido a todo y es capaz de vivificarme; y cuando Cristo no es su centro entonces se engaña, y no vive auténticamente su misión.
Inmediatamente después de esta respuesta Jesús lanza una felicitación a Pedro: «Dichoso de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en el cielo.» Jesús reconoce que esto que Pedro ha dicho no es sólo la iniciativa de él, no es una ocurrencia o una ideología que se ha formado, sino que es fruto de Dios, es fruto de la fe en Dios. Por tanto la Iglesia es aquella que vive centrada en Jesús y es capaz de reconocer a Jesús como centro, por su experiencia de fe, una fe que surge como don de Dios. Por ello la Iglesia es una comunidad de fe, una fe que debe crecer y madurar, pero surge de la fe. Y por ello sin una visión de fe, sin descubrir el don de Dios, dentro de esa fe, no es posible estar dentro de la comunidad.
Así es como se conforma la Iglesia: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia.» Le llama Pedro, que si bien hoy en día Pedro nos remite a un nombre, en aquel tiempo no era así, Pedro significa “piedra”, por tanto, Jesús le dice que él es Piedra, y por ello él es la primera piedra, sobre la que se funda la comunidad, él es la piedra, y sobre la roca de la fe en Jesús se funda la Iglesia. Nos e funda sobre una ideología, no se funda sobre una labor social, sino que se funda sobre la fe en Cristo, esa es la roca solida que da cimento a la comunidad. Eso que le dice a Pedro nos lo dice a nosotros, debemos de ser piedras, debemos ser sólidos en nuestras opciones para cimentarnos en la fe que brota de experiencia pascual de Cristo. Por ello la Iglesia tiene como cimento esa roca, y así nos convertimos en piedra que da sentido a la vida en comunidad, somos piedras que construyen comunidad.
Y entonces comienza haciendo una serie de promesas, que siguen dando identidad a la Iglesia: «El poder de los infiernos no prevalecerá contra ella.» Antes de explicar esto debemos hacer una aclaración. No es lo mismo el infierno que los infiernos. A veces se traduce este texto diciendo los podres del infierno no prevalecerán, peno no es así, no dice el infierno, que es el lugar de castigo y condenación. El texto habla de los infiernos, es decir el lugar de los muertos, lo que en griego se le llama “Hades”. Por tanto está hablando de lugar de la muerte. Jesús dice que “los poderes de la muerte no prevalecerán”. Quiere decir que la Iglesia es capaz de vencer los poderes de la muerte, es decir aquello que destruye el corazón del hombre. Es la exhortación a reconocer que la muerte, la destrucción, el desanimo, la depresión, la desilusión, no prevalecerá, esas situaciones que matan la esperanza y el ánimo por vivir no prevalecerán, pues la Iglesia es una comunidad e esperanza, de coraje, de esfuerzo por seguir adelante.
«Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.» Ahora Jesús marca el donde dar las llaves, que es un símbolo del poder, de la soberanía. Las llaves sirven para dar acceso, y en este caso dar acceso, dar entrada al reino de los cielos. La Iglesia es la comunidad que da acceso a Dios, que hace que los hombres entren en contacto con Dios. El problema sería si nosotros con nuestra vida hacemos que otros entren en contacto con Dios, si hacemos que otros puedan entrar en relación con Dios, si soy capaz de dirigir y de inspirar los deseos de los demás para que se encuentren con Dios. Con mi vida, soy signo de Dios, de contagiar a los demás con el ánimo generosos par que entren con Dios. O sólo los alejo. Las llaves las tenemos todos, todos con nuestra vida, con nuestro encuentro con Dios podemos hacer que se encuentren con Dios. La grande pregunta sería si somos capaces de hacer esto o no. Porque es la misión de la Iglesia: Hacer que otros entren en relación con Dios.
Y finalmente Jesús le dice: «Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Esta expresión de atar y desatar es propia de aquellos tiempos entre los rabinos judíos. Es una expresión que se refiere al permitir o prohibir realizar una ley. Con ello exhorta a la comunidad a descubrir que es lo que le conviene y que es lo que le daña. Dejar que entre en la vida de la Iglesia lo que le ayude a ser mejor y al mismo tiempo impedir que se realice aquello que le hace daño y le hace perder su visión como comunidad universal.
De esta manera Jesús marca la identidad de la Iglesia, una comunidad que se reúne en torno a Cristo que es el sentido de la historia y da la vida, como aquella que se funda en la fe, una fe que es sólida, la comunidad que debe ser esperanza para los hombres sin dejarse abatir por situaciones de muerte, que tiene como misión dejar que el hombre entre en contacto con Dios, y capaz de discernir sus acciones viendo lo que conviene y lo que no. Que a la luz de esta página renovemos nuestro sentido como iglesia y recuperemos el sentido de nuestra vocación.

14/8/11

«La mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!”»

Meditación con motivo del XX Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 56,1.6-7
Romanos 11,13-15.29-32
San Mateo 15,21-28

Al escuchar este pasaje del día de hoy puede llenarnos de asombro, pues parece ser totalmente distinto a los demás relatos de milagro, que Jesús realiza, pes podemos ver como Jesús en primera instancia rechaza ayudar a esta mujer. Sin embargo es importante conocer el contexto de este relato para comprender este extraordinario texto.
Este pasaje se encuentra justamente después de una controversia que tiene Jesús con los fariseos, ellos defiendes sus leyes de pureza y por esa razón dicen que Jesús está equivocado. Por otro lado, la gente no ha comprendido la actuación de Jesús, se quedan maravillados con lo que dice y hace, pero finalmente no cambian de vida, incuso los mismos apóstoles, que están cerca de Jesús no han sido capaces de entender lo que Jesús les dice, por ello dice el texto: «Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.» El texto dice que partió, y con ello implica una ruptura, Jesús se parata de su ambiente, rompe con ellos, está en crisis, está frustrado, pues no ha sido capaz de anunciar el Reino como él quisiera. Él esperaba la conversión, esperaba la vivencia del amor, pero no lo han comprendido, siguen iguales y han cerrado su corazón, por ello Jesús no aguanta y se va, se retira. Y Dice que se va a una región de Tiro y Sidón, es decir un lugar extranjero, es la única vez que Jesús deja su tierra y se va a un lugar extranjero.
Y ahí se aparece esta mujer cananea. Es denominada cananea, porque pertenece al grupo étnico que el pueblo de Israel conquisto cuando llegaron a la tierra prometida, por tanto pertenece a un grupo marginal. Sin embrago ella se aventura pues tiene una dificultad: «Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio.» Dos elementos parecen aquí, en primer lugar la hija. Los hijos en aquellos tiempos son símbolo del futuro, los hijos son la única posibilidad de garantizar un futuro, ya que no se ve con mucha claridad una vida después de la muerte. Sólo los hijos permiten que la propia semilla continúe más allá de nuestra propia subsistencia dentro de la historia, sin ellos no hay posibilidad de esa descendencia. Por tanto esta mujer tiene como riesgo perder su futuro, su futuro se ve amenazado.
Y entonces vemos el segundo elemento: un demonio es quien amenaza este futuro. Y al hablar de dominio se refiere a una ideología que amenaza con perder ese futuro. Cuántas veces nuestro futuro se ve amenazado por una ideología, por una realidad externa que amenaza ese proyecto. Por ejemplo un proyecto a que deseamos que se prolongue en el futuro es la unidad de la familia, y aparecen ideologías q impiden ese desarrollo, que impiden que se lleve a cabo ese proyecto. Cuantas veces aparece la envidia, el egoísmo, la avaricia en la familia, una serie de ideologías q impiden precisamente que ese proyecto se lleve a futuro. Pues esas ideas hacen que el hombre no alcance la unidad en su familia. Cuantas veces la familia vive unida, vive contenta, pero súbitamente se mueren los papás y entonces los hermanos que antes se querían, se amaban dejan de hacerlo y entra el odio, el rencor, se comienzan a pelar, y ese proyecto a futuro, ese proyecto de unidad y concordia se pierde totalmente ese proyecto a futuro porque ha entrado una ideología extraña que amenaza la unidad. O bien cuando tengo presente que mi proyecto a futuro sea el trabajo, sea que siga todo bien, pero dejo que entre la idea de la pereza o de la corrupción, es sin duda hace tambalear el proyecto a futuro.
Esta mujer tiene un futuro incierto pues ha permitido que entren ideas que lo amenazan. Incluso en ella misma se ve reflejado el mismo Jesús, pues su proyecto del Reino también se ve amenazado por la cerrazón de los demás por la incomprensión de la gente, la testarudez de los apóstoles y la cerrazón de corazón de los fariseos. Es un futuro en riesgo. El proyecto del Reino se ve amenazado.
Y justo ante esa situación, Jesús calla sólo piensa y por eso aunque aquella mujer grita, no le hace caso, Jesús está en una profunda crisis, no sabe qué hacer. Sin embargo por insistencia de los apóstoles, se detiene y aquella mujer presenta los cuatro pasos elementales para la vida de fe, y una fe auténticamente madura.
En primer lugar dice que esta mujer se «acercó entonces a Jesús», y acercarse a Jesús implica distanciarse de todo otro criterio de salvación, de cualquier otra idea de salvación. Muchas veces nosotros decimos tener fe pero también tenemos amuletos, supersticiones, brujerías, etc. Por tanto, el tener fe nos invita en primer lugar a acercarnos a Jesús y tomar distancia de otras realidades que no son verdaderamente de salvación. Y por tanto es reconocer que yo no tengo la salvación en mis manos, que no puedo garantizar por mi mismo mi futuro. Sólo lo puede hacer aquel que porta la verdadera salvación.
Su segunda acción en que ella una vez delante de Jesús está «postrada ante él.» La postración expresa reconocimiento de la propia pequeñez, se reconoce pequeña delante de los retos que se le presenta, delante de lo que debe de ir viviendo. Su futuro corre riesgos y por tanto no es capaz de salir por si misma adelante, sabe sus límites, sus fragilidades. De esta manera postrase se convierte en el reconocimiento de la insuficiencia de sus propios esfuerzos. Finalmente postrarse es verse pequeño y ver al otro grande, capaz de ayudarlo, capaz de poder sacarme adelante. Postrase es reconocer que Dios lo puede todo, que sólo él me puede dar un futuro, que yo con mis limites, con mi pecado, con mi rencor, mi envidia, mi dureza, no soy capaz de salir adelante.
En su tercera acción, la mujer habla: «¡Señor, ayúdame!» Es la oración. Es el acto de comunicarse con Dios, no es posible la fe, sin está la confianza y la capacidad de hablar y abandonarse en sus manos. Sin la capacidad de levantarnos y reconocer que necesitamos su ayuda. Finalmente orar es saber que debemos abandonarnos en Dios, pues ´le sabe que lo necesitamos.
Y entonces viene el cuarto paso, que es fundamental en la madurez de la fe, pero que es el paso más riesgoso de la vida: El silencio de Dios. Pus muchas veces parece que hablamos con Dios, imploramos su ayuda pero sólo nos topamos con el silencio. Y esta mujer se topa con un muro, con la cerrazón de Jesús: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los perritos.» Esta expresión es un tanto dura en labios de Jesús. Se dirige a ella con expresión “perritos”, pues los judíos llamaban a los extranjeros “perros” y aquí Jesús utiliza la expresión par referirse a los perros domésticos, por eso se traduce como perritos. En el fondo Jesús está tan triste, tan frustrado que no sabe qué hacer y por eso contesta así. En el fondo Jesús le dice a la mujer “no te puedo ayudar, nadie me entiende, nadie tiene fe, para qué quieres que te ayude si no vas a comprender los signos, todo está perdido, si los judíos no entienden menos tú…”
Y ante esa negativa, uno podría decir que la mujer se desapasionaría y se iría, pero no es así ella contesta llena de fe: «Y sin embargo, Señor, los perritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños.» Esta respuesta es asombrosa, pues esta mujer reconoce su condición, no le dice a Jesús que todos tienen los mismo derechos, o cosas por el estilo, ella es cananea y se sabe así, no espera nada más, ella es feliz así, y sabe que aún así, Dios le escucha y le ayudará a salir adelante. Y aunque se topo con la negativa de Dios sabe que la escucha y que le ayudará. Este es el paso decisivo de la fe, es decir, que cuando llega el silencio de Idos, el creyente sabe reconocer que Dios lo la abandona ni la deja, Dios está con ella. Dios tiene sus medios para hacer llegar su gracia a cada uno, representado aquí por las migajas.
Y ante eso Jesús queda impactado: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!» Ha encontrado en esta mujer lo que en el pueblo judío nunca encontró, encontró la verdadera fe, encontró el verdadero sentido de todo. Ahora Jesús se da cuenta que existen hombres y mujeres capaz de abrirse a la fe verdadera, este episodio calma la misma fe de Jesús, la fe es posible, y a partir de ahora cambiará su estrategia para anunciar el Reino y hacer la salvación cercana al hombre como lo escucharemos en los próximos dos domingos.
Esta mujer tiene futuro porque realmente confía en Dios y el mismo Jesús y el proyecto del Reino tendrá un futuro pues hay una luz que esta mujer ha dado. Todos podemos ver nuestro futuro amenazado por ideas contrarias pero si dejamos que Dios entre, podemos vencerla y seguir adelante con nuestro proyecto.

24/7/11

Buscar el auténtico tesoro

Meditación con motivo del XVII Domingo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
1Reyes 3,5.7-12
Romanos 8,28-30
San Mateo 13,44-52

El hombre es un buscador por naturaleza, siempre busca algo nuevo, algo que le satisfaga, que le dé sentido a su vida. Siempre busca algo diferente, que le transforme, que le anime. Y cuando este espíritu de búsqueda se trunca, cuando el hombre se apoltrona en un estado y renuncia a buscar, porque ya no quiere, porque está cansado, o bien porque se ha acomodado lo suficiente como para querer buscar, su vida se destruye, no hay más horizontes que buscar en la vida. Por ello el hombre debe de seguir buscando constantemente en su vida, nunca creer que todo está acabado, nunca creer q todo se ha definido, siempre hay algo nuevo.
Muchas veces las relaciones con la pareja se vuelven monótonas, y dicen que ya nos e puede hacer nada, que el amor se acaba, pero no es así, falta buscadores, falta buscar siempre el amor, con nuevas categorías, con nuevas formas de expresarse. Lo importante es no rendirse, sino ponerse en el camino de la búsqueda. O bien cuando creemos que nuestra vida perdió el sentido, que nuestra vida no tiene nada que decir, que todo lo hemos hecho, que ya no podemos hacer nada; es el momento para levantarse y seguir adelante, y buscar, siempre hay algo nuevo, siempre desde la sencillez de nuestra vida hay una nueva expectativa, un nuevo horizonte que puede dar sentido a nuestras vidas. Siempre debemos levantarnos y seguir adelante en nuestras vidas.
Sobre esta idea de ser buscadores y de cómo serlo nos hablan las lecturas del día de hoy. En primer lugar el texto del evangelio nos pone de relieve esta idea. Nos habla de la búsqueda del tesoro enterado y de la perla, y podemos ver claramente como estos hombres dejan todo, pues han encontrado lo más preciado en su vida. Y vemos como se desgastan por ese tesoro, porque ese es el tesoro, la perla valiosa que le da sentido a su vida.
Esa Peral y ese tesoro son la imagen del Reino, que es lo que da la felicidad en su vida, que da sentido a todo. Son capaces de desprenderse para salir al encuentro de lo que realmente da sentido a su vida, se han topado con Dios y han dejado todo para encontrase con él. Y eso implica seguir buscando, no es que el tesoro lo encontró por casualidad, sino que busco y busco para poder dar con ese tesoro. Cuántas veces nosotros necesitamos encontrar ese tesoro en nuestras vidas, ese tesoro que le dé sentido, ese tesoro que a la base es Dios.
Cuantos deberían de escarbar y buscar el tesoro del amor en su relación, salir y ver como estar bien con su pareja. No basta con decir que siempre es así, o que nada se puede hacer, ni vale decir pues ahora me aguanto o le doy por su lado. Hoy más que nunca se necesitan gentes que busquen la experiencia del amor, que reanime su matrimonio, que renueve su relación. Encontrar ese tesoro que puede ser el dialogo, la convivencia, o de ponerle atención a la pareja que por diversas situaciones se olvidan, pero lo importante es que el hombre se proponga buscarlo. Lo importante es ponerse en movimiento y ver que se necesita para encontrar ese tesoro, un tesoro que une, que anima, un tesoro que finalmente tiene a la base la experiencia del amor que transforma y renueva todo.
O bien cuantas veces deberíamos buscar el tesoro de la felicidad en nuestra vida, cuántas veces por algún problema, alguna traición, alguna dificultad, creemos que nuestra vida no vale nada, que todo está perdido. Cuantas veces al experimentar la traición creemos que ya no vale la pena seguir confiando, o bien que no hay que seguir adelante para no ser nuevamente traicionados. O bien ante un problema, creemos que todo nuestro mundo se nos viene abajo, y así la desilusión, la tristeza, la soledad van haciendo que nuestra vida se vaya debilitando y perdiendo el sentido de todo. Es momento de ser buscadores de no creer que todo está perdido, salir y buscar nuevas oportunidades, salir y buscar nueva situaciones, nuevas amistades, nuevas confianzas, buscar el tesoro que está enterrado. Desde luego que esto no es sencillo, no es de golpe, sino que implica una búsqueda constante. No es fácil tener esa confianza de nuevo, no es fácil encontrar una nueva oportunidad, no es sencillo, pues el tesoro está enterrado, implica búsqueda, implica esfuerzo, implica paciencia, pero finalmente si somos atrevidos podremos encontrarlo, podremos ver ese tesoro que da sentido a nuestra vida. Siempre ser buscadores, nunca rendirse y haciendo lo mejor posible las cosas, con ánimo y generosidad
Sin embargo, al contemplar esta idea de los buscadores, hay que saber distinguir y ver qué hay de buscadores a buscadores. No todas las búsquedas son buenas, no todas nuestras empresas son lo más adecuado. Muchas veces para salir adelante buscamos por caminos equivocados, no buscamos lo que realmente deberíamos. Alguna persona podría decir que como en su matrimonio no le va bien va a buscar una amante, y ciertamente busca, pero no busca el verdadero tesoro, sólo busca falsos tesoros, busca cosas que surgen de la nada y que en realidad no están tan escondidos. Dice el dicho que no todo lo que brilla es oro, y es cierto, a lo mejor buscando algo de felicidad no vemos el verdadero tesoro, y sólo nos dejamos llevar por apariencias.
El evangelio de hoy nos invita a buscar a el tesoro, el autentico tesoro que es valioso, pero muchas veces no somos capaces de ver esto y sólo buscamos tesoros superficiales, que no valen la pena, sólo buscamos poder, lujos, influencias, mentiras, etc. No sabes a veces buscar, y ante eso, si bien el evangelio nos invita a ser buscadores, es también cierto que hay que saber buscar y sobre esa idea nos orienta la primera lectura del día de hoy.
El libro de los reyes nos sitúa en la época de transición del poder, el rey David a ha muerto y el heredero es Salomón, que era un jovencito en ese tiempo. Tendría alrededor de 13 o 14 años, y tiene la empresa de gobernar ese país. Seguramente esto debió causarle un gran temor, pues qué podría hacer un pobre jovencito con todo el imperio. Y justo en ese contexto podemos ver la hermosa oración que dirige hacia Dios: «Concede entonces a tu servidor un corazón que escuche.» Salomón pide un corazón que escuche, que sea capaz de discernir lo que Dios quiere, que escuche su voluntad, y capaz de escuchar al pueblo y sus necesidades; sólo así podrá guíar al Pueblo. Cabe aclarar que este texto generalmente está mal traducido, y se pone “Sabiduría de corazón”, “un corazón que discierna entre el bien y el mal”, “un corazón comprensivo”, pero esas traducciones son equivocadas, lo exacto es “un corazón que escuche”. Esa es la base de todo: escuchar.
En el fondo, el motor que mueve a alguien a buscar el verdadero tesoro es la escucha. Escuchando primero lo que nos dice nuestra propia historia, que puedo ver de mí vida, que puedo ver de mis éxitos, de mis fracasos, por qué suceden estas cosas, para aprender de esas situaciones. Por otro lado escuchar a Dios, descubrir que es lo que Dios nos quiere decir, que me pide, cómo ilumina nuestra vida. Y finalmente se necesita un corazón que escuche a los demás, escuchar que dicen los demás, qué dicen, qué opinan. Muchas veces podemos creer que sólo son quejas y podemos decir que siempre es lo mismo, pero no debe ser así, debemos escuchar y ver que hay en el fondo de eso, y así descubrir tal vez una pista, para ver hacia donde debo de moverme, hacia donde debo de caminar, y finalmente hacia dónde está ese tesoro escondido.
Oremos a Dios para que nunca decaigamos, y siempre tengamos ese espíritu de búsqueda, y sobre todo ese corazón que escucha, para saber guiar nuestros pasos hacia la felicidad, hacia el verdadero tesoro y la auténtica perla valiosa.

17/7/11

«…apareció la cizaña »

Meditación con motivo del XVI del tiempo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Sabiduría 12,13.16-19
Romanos 8,26-27
San Mateo 13,24-43

Una de las realidades más complejas que se vive el hombre es la experiencia del mal, pues de alguna manera constantemente se ve afectado por esta realidad, y ante eso se eleva la súplica pues pareciera que todo pierde su sentido, pues pareciera que el mal contradice la experiencia del amor de Dios. Sin embargo, lo que sucede es que a veces no somos capaces de descubrir que no es el mal algo superior, sino que el mal es una realidad pequeña, pero sumamente llamativa que hace que nos olvidemos del bien. De esta manera si nosotros analizáramos bien nuestra jornada podríamos descubrir una enorme cantidad de cosas buenas que suceden en nuestra jornada diaria, pero basta que suceda alguna calamidad para que todo lo bueno que hemos vivido se arruine y pongamos nuestra mirada sólo en lo negativo.
EL mal es una realidad que existe pero es llamativa, vende, y es capaz de arruinar la vida de una persona. Por ello debemos abrir bien los ojos y descubrir que hay en nuestra vida, ver todo lo bueno que sucede en nuestra vida que a veces pasa desapercibido porque es normal, y nos acostumbramos a ello, pero el bien siempre es mayor.
Sin embargo, como es que aparece el mal en nuestra vida, cómo es q podemos ser capaces de hacer el mal en un momento determinado. EL evangelio del día de hoy parece ofrecer una respuesta a esta situación. Nos presenta el sembradío, pero de repente llega la cizaña. Pero la cizaña no es algo que aparece de la nada, no es que ya esté en el terreno, sino que es un factor externo. Alguien la siembra, pero ¿Por qué? Porque se han dormido todos. Cuando duermen aparece la cizaña.
En el fondo lo que el autor nos quiere mostrar es que el mal parece cuando nos dormimos, cuando no somos capaces de estar en vela. Cuántas veces nos dormimos y dejamos que entre la cizaña. Cuantas veces dejamos que un resentimiento vaya creciendo y se convierta en odio. Nos dormimos y no nos damos cuenta que eso va creciendo y se va haciendo cizaña en nuestra vida. Nos dormimos y dejamos que la envidia vaya creciendo. El mal va creciendo en nosotros porque vamos adormeciendo nuestra vida, dejamos que se adormezca nuestra conciencia.
Con esta parábola se relaciona con la que escuchábamos el domingo pasado. Mientras que el domingo anterior veíamos que el hombre debe ser un buen terreno y recibir la Palabra, venciendo de esa manera a los pájaros, a la superficialidad y las espinas, y así dar fruto, el día de hoy se nos coloca otra realidad, pues en ese terreno que va dando fruto hay otro peligro que puede ir creciendo junto con él: El mal, la cizaña. Que surge cuando nos dormimos, y aún dando fruto podemos dejar q ese fruto se pudra con experiencia de la cizaña.
Y al ver la cizaña inmediatamente nosotros podríamos pensar que Dios lo destruyera, tal y como los trabajadores lo dicen al amo: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero el amo no quiere. Y Dios no quiere destruir la cizaña, porque en el fondo todos tenemos algo de cizaña. Esta parábola nos enseña algo vital, no se trata de ver si soy trigo o soy cizaña, pues ambos crecen juntos, por lo tanto quiere decir que somos las dos cosas, nadie puede decir que sólo es trigo, o que sólo es cizaña. Somos una mezcla de los dos.
Si se eliminara el mal de tajo, seguramente nosotros seríamos eliminados a la par, pues siempre hacemos el mal, siempre dejamos que ese mal crezca en nosotros y lo hacemos en contra de los demás. Pero Dios lo deja, es paciente pues sabe que nosotros tenemos la capacidad de vencer nuestra cizaña, nuestro mal.
De aquí podemos ver entonces que Dios es paciente, pues espera de nosotros una renovación. Y justo sobre esto el Papa Benedicto XVI ha hablado, justo el día en el que iniciaba su pontificado: «No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores
Con esta expresión el Papa habla de la paciencia de Dios, una paciencia que ciertamente nos hace sufrir, pues Dios espera que el mal desparezca del corazón del hombre, pero al mismo tiempo es una paciencia que necesitamos para que cambiemos nuestro frágil corazón. Y sobre todo habla del camino de salvación, del camino que destruye el mal: «El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.» El mundo se salva por el crucificado, es decir, sin hacer violencia. No se trata de arrancar la cizaña, eso es violencia, el mundo se salva con el amor, Cristo murió en la cruz por amor, y es el amor lo que vence la cizaña, lo que acaba con el mal en el corazón del hombre, lo que hace desaparecer la cizaña. Cuando el hombre deje que el amor trasforme su corazón y vea que es más valioso compartir, decir la verdad, ayudar y ser servicial, la cizaña cae, no puede ahogar el trigo. Sólo así la cizaña pierde su fuerza. Pidamos a Dios que nos de la capacidad de vencer nuestra cizaña, dejando que el amor crezca en nuestra vida.

10/7/11

La escucha de la Palabra

Meditación con motivo del XV Domingo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 55,10-11
Romanos 8,18-23
San Mateo 13,1-23

Una de las realidades fundamentales del pueblo de Israel, por medio de las cuales entran en contacto y en relación con Dios, es sin lugar a dudas la Palabra. Si bien, el pueblo de Israel no entra en contacto con Dios por medio de imágenes, lo hace por medio de la escucha. El Pueblo vive de la escucha de la Palabra, Dios es quien se comunica con su Pueblo por medio de la Palabra. De ahí que el pueblo debe de escuchar constantemente a Dios. De hecho cuando el Pueblo no escucha esa Palabra incurre en un pecado. Porque en el fondo el pecado es precisamente un problema de escucha, si recordamos el relato del génesis Adán y Eva pecan, precisamente porque no escuchan a Dios, sino que escuchan a la serpiente, escuchan a una creatura y no escuchan a Dios. Y siempre es así, el hombre peca porque no es capaz de escuchar a Dios y comienza a escuchar otras cosas, otras realidades, en vez de escuchar lo que Dios le propone.
Por ello debemos de meditar hasta que punto nosotros somos capaces de escuchar la Palabra de Dios en nuestra vida, pues en medio de tantas situaciones, muchas veces no somos capaces de escuchar esa Palabra. Un medio por el cual nosotros podemos recibir esa Palabra es la celebración Eucarística, domingo a domingo se nos proclama la Palabra de Dios, se nos da a conocer que nos quiere decir Dios, pero muchas veces no somos lo suficientemente atentos para escuchar esa Palabra, pues nos distraemos con facilidad y no escuchamos lo que Dios nos quiere decir.
El evangelio del día de hoy nos presenta esta parábola sobre la importancia de la escucha de la Palabra. Nos habla de esto terrenos donde se siembra la semilla. Pero antes de profundizar en estos elementos fijemos nuestra atención en el sembrador, que comienza a arrojar la semilla de manera indiscriminada, comienza a lanzar a hacia todos lados los granos de la semilla, no se pone a ver si es un terreno bueno o no, sólo lanza la semilla. Con esto nos quiere dar a entender que Dios lanza su Palabra donde sea, no discrimina a nadie, no hace a un lado a ninguno, sabe que todos nosotros somos capaces de recibir esa Palabra. No importa q tipo de terreno sea, Dios sabe que es posible dar fruto, todos son capaces de recibir esa Palabra.
Ahora bien el primer terreno donde cae la semilla nos dice el texto que es el borde del camino. El borde del camino hace referencia a aquello que está en el camino, aquellos que no conocen a Dios, no han hecho camino con él, no conocen su Ley, no conocen su amor, están al borde. Por tanto, este sembrador sabe que aún aquellos que dicen no conocer a Dios, que niegan su existencia son también receptáculo de esta Palabra. Y una vez que la semilla cae, e topa con una dificultad: los pájaros. Los pájaros son el símbolo de las ideas paganas, de la mentalidad pagana que arranca la presencia de Dios. Los pájaros simbolizan la corrupción, la mentira que no concuerdan con la mentalidad de Dios y por ello, roban la semilla, pues esa mentalidad es contraria al proyecto de Dios. Cuantas veces la Palabra nos enseña a ser honestos y nosotros decimos “pues ya ni modo, todos roban ni modo que yo no lo haga”. Son las aves que roban la semilla de la Palabra.
El segundo terreno nos habla de la superficialidad ante la recepción de la Palabra. Nos dice el texto que tenían raíces muy superficiales, muy endebles y por ello el sol en un momento determinado quema a las plantas. Con esto se nos muestra que a veces la Palabra efectivamente crece, pero de una manera muy superficial, sólo crece por un momento, sólo crece por una emoción momentánea. Muchas veces podemos decir que vamos a cambiar, que vamos a ser diferentes, que vamos a cambiar nuestro carácter, que vamos a ser más serviciales, que vamos a cambiar ciertas actitudes. Pero con el paso de los días o de unas semanas descubrimos que no podemos, y nos damos por vencidos. Podemos ver que recibimos de manera superficial esa Palabra, pues nos motivo por un momento, pero luego cae.
En tercer lugar se muestra el terreno con espinas. Las espinas dentro de la Biblia son el símbolo del dolor, por tanto, la parábola nos habla de una situación compleja al escuchar la Palabra. Y es que repentinamente puede suscitarse en nuestra vida el dolor y eso puede hacernos caer en nuestro encuentro con la Palabra. Podemos escuchar la Palabra pero a veces aparecen las espinas del sufrimiento, de la soledad, de la enfermedad y eso nos hace vacilar al escuchar la Palabra. Podemos dejar de escuchar la Palabra y decir que Dios nos abandona, pues este dolor nos destruye, esta enfermedad me acaba, y con ello no escuchar la Palabra y no darnos cuenta como Dios se va manifestando aún en medio de esa situación difícil de la vida, sólo que el dolor no nos deja ver esa fuerza que Dios nos da y los signos que nos rodean, sólo nos limitamos a ver nuestro dolor. De esta manera las espinas pueden hacer que el hombre no reciba la Palabra, que quede truncado su mensaje al verse envuelto en medio de un dolor determinado en la vida.
Finalmente se habla de un cuarto terreno que efectivamente da fruto, es decir, fue capaz de escuchar la Palabra y dar frutos. Al escuchar la parábola muchos podemos caer en la tentación y tratar de localizar en cual terreno estamos. Pero esto no es así, en el fondo estos cuatro terrenos somos nosotros, pues siempre nos toparemos con las aves, siempre seremos superficiales al escucharla, siempre nos toparemos con las espinas, con el dolor en nuestra vida y también en varias ocasiones somos capaces de dar frutos. En el fondo estos cuatro terrenos, son las diversas etapas por las cuales pasamos para dejar que la Palabra de fruto en nosotros, tal vez estemos atorados en algún tipo de terreno, pero debemos caminar y ahuyentar esas aves, debemos esforzarnos y cavar profundo para no ser superficiales, debemos ser fuertes y vencer las espinas que rodean mi vida, y así comenzar a dar fruto.

26/6/11

Llamada a la Hospitalidad

Meditación con motivo del Domingo XIII de tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
2 Reyes: 4, 8-11. 14-16
Romanos: 6, 3-4. 8-11
San Mateo 10, 37-42

Una de las realidades más preocupantes que pueden existir en nuestra sociedad actual, es la indiferencia que existe en el mundo, la actitud de apatía que hay en el mundo, esa indiferencia que va caracterizando a nuestras sociedades actuales, que hacen replegarse al hombre en sí mismo. Podemos ver que esta indiferencia como consecuencia de un egoísmo centrado en la sociedad, donde lo único que interesa es el propio beneficio, donde lo único que importa es que uno mismo salga adelante, sin importar lo que el otro piense, lo que al otro le inquieta, lo que el otro necesite, lo importante es alcanzar por sí mismo lo necesario para la subsistencia. Y esto se puede ver en la cantidad de comerciales que se hace hoy en día en donde lo único que se enfatiza es el bien personal, sin importar el bien de los demás, el mismo internet hace que el hombre se crea con la capacidad de conocer todo y no necesitar de nadie. Esta indiferencia hace que cada uno se preocupe por obtener, haciendo a la gente indiferente e insensible ante el sufrimiento de los demás, de ahí que crece la violencia, pues no interesa, ni lo que el otro piense, ni lo que el pase a su vida o la vida de su familia. Por esta razón crecen los vicios, pues en las drogas y demás vicios se encuentra algo que complace, que me hace feliz de momento y evadir mi realidad. Por ello podemos ver que crecen los divorcios, pues lo único que interesa es el propio placer, el propio beneficio, pero no interesa la entrega, el amor, la donación, sino que uno se recluye en sí mismo, sin importar nada, sin importar la pareja, los hijos, lo único que se busca es la propia autosatisfacción, y es lo único que se busca, y cualquier inconveniente es signo para separarse, y no se ve como parte de la vida, un reto para salir adelante y fortalecer la relación. El mundo busca en el fondo una autosatisfacción y por ello, se vuelve indiferente a los demás.
De ahí que el día de hoy la liturgia nos enfatice en la virtud de la hospitalidad. Esta es una práctica muy utilizada en la antigüedad. Se creía que en ese tiempo un caminante errante, no era simplemente un hombre que va vagabundeando por el mundo, sino que se podría tratar de alguna divinidad, por ello, era importante hospedarlos. Con esto hospedar al forastero los llevaba a reconocer a alguien que viene de Dios, o bien se recibía a la misma divinidad.
Y este signo de la hospitalidad no consiste simplemente en un gesto amable de ofrecer un techo y algo de comer al viajero. Es un gesto que significa la comunión de vida, que sella una relación de protección y aceptación indeleble, a tal grado que los enemigos del forastero acogido se tornaban enemigos del dueño de la casa, la suerte de aquel al que se le dispensaba hospitalidad era la suerte del anfitrión.
Y justo la primera lectura nos ofrece elementos para meditar en esta realidad. Nos presenta al profeta Eliseo que es acogido por esta mujer, y podemos ver como esta mujer decide darle el mejor recibimiento posible, pues no solamente lo invita a pasar, sino que prepara todo para recibirlo cordialmente: «Vamos a construirle en los altos una pequeña habitación. Le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que se quede allí.» Este signo sin lugar a dudas presenta este gran signo de hospitalidad, pues no sólo le ofrece su casa, sino que le ofrece un espacio particular para él, y con mesa y silla, que no eran fáciles de adquirir, son un lujo. Esta mujer es hospitalaria, pues no sólo le da un espacio, o le da lo que le sobra, sino que realmente abre las puertas de su casa y le da todo lo necesario, no lo ve como una obligación, sino como una misión que tiene de cara a este hombre que viene frecuentemente.
Con ello nos muestra que la hospitalidad implica precisamente una donación total, una donación de la persona para recibir al otro, no basta con abrir un momento la puerta de la casa, no basta con dar lo que sobra, sino darlo con amor y dar todo lo necesario para la vida. Acoger al otro implica recibirlo con todo lo que soy, como decíamos, recibir al otro es un signo de comunión con el otro, haciendo lo participe de su viuda, y esta mujer lo ha hecho de ese modo.
Sin embargo, el texto revela un problema que esta mujer vive: «Mira, no tiene hijos y su marido ya es un anciano.» resulta ser que en esta familia hay una esterilidad, falta la vida, con esto el autor del libro de reyes nos coloca ante una situación precaria del pueblo, este es un pueblo que no es capaz de dar vida. Quiere decir que la estructura que se vive en la sociedad, es una estructura débil, es una estructura que flaquea, que no es consistente y por ello no es capaz de dar vida. Se suponía que el pueblo de Dios, dirigido por sus autoridades, debía de dar vida, signo de vida, de su pertenencia a Dios, pero al final resulta que es un pueblo estéril, y la solución es el profeta. Si bien la institución no puede ofrecer la vida, será el profetismo quien de esa vida. El profeta hará ver que sólo Dios es la salvación para el pueblo, y que esa salvación de la que está urgido el pueblo Dios la realizará con y desde los desheredados, con los pobres, con aquellos que nada tienen y no son capaces de dar signos de vida.
Por ello Eliseo se pregunta qué se puede hacer con esta mujer que es tan hospitalaria, y la respuesta es sencilla, ella debe ser signo de vida: «El año que viene, por estas mismas fechas, tendrás un hijo en tus brazos.» Pues, si no dan vida no es culpa de ellos sino del sistema imperante, y ante ello, si esta mujer es capaz de ser buena, debe de ser un signo de vida.
Pero si a ella se le promete este hijo, y con ello la fecundidad, la capacidad de dar y anunciar la vida no es solamente porque sea un milagro, algo sorprendente, o algo llamativo, como fruto de una recompensa, sino que esta promesa es un anuncio que proclama la consecuencia de la vida de esta mujer. Si ella tendrá un hijo y por consecuencia puede dar vida, es consecuencia de su vida, de su hospitalidad. Una persona que vive la caridad desde esta dimensión, siendo hospitalaria, no es una persona infecunda, sino que con sus obras da vida, sus obras son portadoras de vida. Su hospitalidad la ha hecho fecunda.
De esta manera se puede ver que si bien, el pueblo sufre una situación de esterilidad, sufre una situación de carencia de vida debida a los sistemas religiosos imperantes. No es culpa del pueblo, sino de las estructuras, pues el pueblo es capaz de producir vida y el profeta lo augura, lo anuncia, el pueblo por sus obras, por su hospitalidad es capaz de dar vida. El profeta se convierte así en vocero de vida, que vine a hacerse presente en la historia y a hacer descubrir que en las más profundas situaciones de la vida existe el amor y con ello la capacidad de dar vida a pesar de los fallo de las estructuras.
Con este texto se nos invita a descubrir que estamos llamados a descubrir que podemos hacer el bien aunque la estructura anuncie el egoísmo nosotros podemos vivir desde la dinámica de la caridad y producir vida en nuestros ambientes. Si bien la sociedad nos anuncia esta cerrazón de vida y ser egotistas e indiferentes, nosotros podemos descubrir que no es así, que podemos ser buenos y hospitalarios y que podemos ser capaces de dar vida.
Por tanto, todos nosotros por nuestra vida de fe estamos llamados a ser hospitalarios, es decir a no ser indiferentes con los demás. El creyente, es aquel que debe de dar vida y debe de dar vida de cara a los demás, de cara a las necesidades del otro, y no ser indiferente ante la necesidad o sufrimiento del otro. Estamos llamados a ser hospitalarios y a coger a aquellos que parecen forasteros en nuestras vidas.
Cuantas veces los hijos parecen forasteros, porque los papás están más ocupados en sus cosas, en su trabajo y no dan tiempo para escuchar y acoger a su hijo en sus vidas, que sean capaces de descubrir lo valioso de la vida de sus hijos. Acogerlo, recibirlo, preocuparse por sus cosas, por sus proyectos, por sus sentimientos, por sus necesidades. Ser hospitalarios ara dar vida a los hijos.
Ser hospitalario con mi pareja, dedicarle un tiempo para escuchar sus problemas, lo que pasa en la relación. Tantas veces se queda todo a un nivel meramente informativo, sacar cualquier cosa para comentar, pero no nos damos el tiempo para ver qué le pasa, como se siente, cómo va la vida de pareja, qué hay que corregir, qué es lo que va bien, que es lo que hay que agradecer. Tiempo para ser hospitalarios con la pareja y se viva una auténtica comunión.
Ser hospitalarios con las personas con las que trabajamos, encontrándonos con ellos y siendo amables, respetando su situación, no viendo como los puedo dañar o aprovecharme de su situación, sino recibiéndolos, ayudándolos haciendo mi trabajo lo mejor posible.
Ser hospitalarios respetando a los demás, no haciéndolos a un lado, sino recibiéndolos, es decir sonreír, tratar de entender sus penas, no faltándoles al respeto, no señalando los defectos, sino tratar de recibirlos como son y comprender su situación. No viendo a los demás como un medio para sacar un provecho, sino como a alguien a quien yo puedo ayudar y servir.
Sólo cuando somos hospitalarios, somos capaces de recibir a los demás, no de señalarlos, sino que los comprendemos, los escuchamos, los ayudamos, los respetamos, entonces se convierte en un signo de vida, nos volvemos fecundos en la historia.
Finalmente el evangelio va en esa línea, pues Jesús habla de dos realidades: Tomar la cruz y la recompensa a aquellos que reciben a los discípulos, a primera visat parecer´ñia n dos temas diversos, pero no es así, sino que va en la línea de la hospitalidad, pues tomar la cruz, es asimilar el misterio de Cristo, es asimilar el amor de Cristo que acogió nuestras debilidades y pecados y nos salvo, de la misma manera nosotros debemos tomar la cruz, acoger a los demás y empezar a amar, empezar a vivir una donación de la vida hacia los demás. Tomar la cruz es esa capacidad de amar a los demás, recibirlo bien, pues el parámetro para ser hospitalarios es la cruz de Cristo, pues desde la cruz se ve el amor más pleno que se dona a los demás, sin esperar recompensas. Y entonces así, recibiremos la recompensa, que no es algo material, sino la vida, pues la recompensa de aquella mujer de la primera lectura es la fecundidad, de igual manera la recompensa por recibir al otro es la vida, es la capacidad de tener un sentido en la historia, que elimina los vacíos, que quita las ambigüedades de la vida y que le da una luz a nuestra realidad, pues somos capaces de vivir auténticamente iluminados por Dios. Si bien en el mundo hay indiferencia y apatía por los demás, nosotros como hombres y mujeres de fe estamos llamados a vencer esto y a ser hospitalarios en la historia con los demás, tendiendo como parámetro la cruz, el amor de Cristo hacia los demás.

19/6/11

Día del Padre

Meditación con motivo del día del Padre

Texto:
San Juan 3,16-18

Hoy en el evangelio se nos muestra el gran amor que Dios tiene que ad a su Hijos y ello, nos muestra el amor que como Padre tiene con sus hijos, con su creación, donde busca la salvación. Y justo al contemplar este amor del padre, el día de hoy celebramos el día del Padre y tomando la imagen de ese amor del Padre podemos meditar en el donde la paternidad que a imitación de él, los papás se esfuerza por vivir su paternidad aquí en este mundo. Por ello, Hablar de la paternidad es hablar de tres cosas, es hablar de vida, responsabilidad y amor. Son estas tres características las que guían precisamente el misterio de la paternidad.
En primer lugar la paternidad es un signo de vida, pues se comienza a ser padre cuando se tiene un hijo, es decir, cuando comienza la vida. Por tanto, la paternidad está estrechamente ligada a la vida. Los hombres están llamados a esta paternidad precisamente porque está el don de la vida, el inicio de una nueva vida es lo que da el inicio a esta vocación de la paternidad. Por tanto, es una vocación que surge cuando la vida de otro comienza. No es una vocación que surge cuando a uno se le ocurre una idea, o cuando le gusta algo, sino cuando surge la vida. Esto es lo hermoso de la paternidad, que es una vocación que inicia cuando surge la vida, y una vida que es pequeña, que empieza a crecer, que empieza a conocer, que empieza a amar, una vida que e inofensiva y débil, y que reclama la ayuda, la protección y el amor. Ahí en ese pequeño cumulo de vida que comienzo, surge esta vocación a la paternidad.
Ahora bien, si bien es cierto que esta vida e el inicio de una vocación, y como su nombre lo dice, es una vocación, una palabra que quiere decir “llamado”. Por lo tanto, la paternidad es una llamada, y por tanto, no todos la aceptan, no todos responden a esta llamada que el inicio de la vida les reclama. Por ello, hablar de paternidad, implica hablar de responsabilidad. Pues el inicio de una vida nueva hace la llamada a ser responsables con esta vida que inicia. Porque esta vida nueva lo une íntimamente a él y lo hace ser su hijo. Ser responsables implica aceptar esta llamada, cuidar de su hijo, alimentarlo, darle lo necesario, protegerlo, educarlo y sobre todo estar cerca de él, escucharlo, comprenderlo, apoyarlo, guiarlo, hacerlo responsable de sus actos, exigirle, en una palabra amarlo.
Y esto nos lleva precisamente a la tercera característica: el amor. La paternidad es un signo de amor, es una vocación a vivir el amor, a experimentar esa donación hacia los demás, a darlo todo por los hijos, estar dispuesto a sacrificar la propia vida para la realización de ellos, a sacrificar tiempo y vida para que ellos crezcan unidos, plenos. Que en este día y siempre sean bendecidos los papás y que este día sea para ellos un signo de agradeciendo por todo lo que han hecho, hacen y seguir haciendo como signo de su paternidad, de su amor y responsabilidad con nosotros que somos sus hijos.

18/6/11

«Tanto amó Dios al mundo...»

Meditación con motivo de la Solemnidad de la Santísima Trinidad
Ciclo /A/

Textos:
Exodo 34,4b-6.8-9
2 Corintios 13,11-13
San Juan 3,16-18

El día de hoy la Iglesia celebra esta festividad de la Santísima trinidad, una fiesta que nos recuerda que el Dios de los cristianos no es un Dios solitario, no es un Dios que vive encerrado en sí mismo, sino que es un Dios en comunión. Un Dios en tres personas. Tres personas que están íntimamente relacionadas en una vida comunitaria. Una realidad, la cual se ha ido desarrollando y meditando en la vida de la Iglesia a través del tiempo, no es precisamente el día para tratar de abarcar el misterio, y mucho menos de descubrir este desarrollo, más bien la Iglesia se detiene en este día para recordarnos el misterio de Dios y para entender nuestra misión delante de Dios.
Me parece el texto del evangelio nos quiere mostrar quien es Dios, como entender este misterio de Dios, y con ello nuestra vocación cristiana, y nuestra propia creación. El evangelio con una frase contundente nos muestra la naturaleza de Dios, la esencia de Dios que la misma Biblia concibe: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna
Este versículo encierra el gran misterio de Dios. De entrada el verbo “amar” ofrece la pauta de todo el versículo. El texto dice que Dios amó. Curiosamente no dice “Dios ama” o “Dios ha amado” o “Dios amaba” o “Dios quiere amar” o “Dios amará”. No dice “Ama” porque no es una acción del presente; no dice tampoco “ha amado”, porque sería una acción que inicio en el pasado y se concluyó en el pasado; ni dice “amaba”, porque sería una acción que se inició en el pasado y sigue desarrollándose en el pasado; tampoco dice “Quiere amar”, pues sería un mero deseo, marcando que antes no había amor; y mucho menos dice “amará” dejando la expectativa de futuro, en la espera de un amor que se deberá realizar algún día.
El texto dice: “amó”, y con este tiempo verbal podría parecer a primera vista algo del pasado, sin embargo, en griego este modo del verbo, tiene una particular acción que no puede traducirse literalmente en nuestra lengua, pero indica una acción contundente que se llevó en el pasado y queda clausurada desde ese momento, y por tanto así como se llevó a cabo esa acción, así será siempre. Se decidió hacer así y así se quedará. Una acción que en el pasado se clausuró, no es que siga, o que se detenga, es una acción meramente puntual.
Quiere decir que Dios en un momento ama, y se queda ahí puntualmente, es un punto en la historia, Dios ama, y no hay más, no hay un cambio de opinión, Dios ama y basta. Esa es su esencia, esa es su acción definitiva, podríamos decir, en nuestras pobres palabras, Dios decidió amor y en ese amor se quedo, no hay más, no hay otra decisión, no hay que decir más. Ha optado por el amor y en el amor se quedó. Todo es amor, todo se vive desde el amor. Se queda clausurado, no hay más que decir, aquel que quiera acercarse a Dios, deberá entender que se capta desde el amor, Dios sólo ama, Dios vive para amar. Y eso mismo lo expresará más adelante el mismo san Juan en su primera carta cuando diga que «Dios es amor» y efectivamente lo es, porque en Dios sólo esta esa experiencia de amor, y un amor definitivo. Por tanto decir que “Dios amó”, equivale a decir que Dios ama desde siempre, y que no hay otro movimiento en él que no sea el amor.
Y es amor, tiene signos, es un amor definitivo es Dios, y que va mostrando signos de ese amor, de es la esencia que posee. En ese amor ha entregado a su único Hijo. Al decir que Dios entrega a su Hijo, muchas veces nos imaginamos algo tierno. Sin embargo pensemos bien en la acción, el texto dice que entrega al Hijo, es decir que la da, es una acción muy particular, se refiere a que lo que se da, lo que se ofrece o se concede e incluso puede tomar el significado de abandonar. Si nos detenemos un poco el verbo dar, se utiliza para dar un objeto, algo que se entrega, y este verbo indica precisamente eso, algo que se entrega, que se da, como un objeto que yo le doy a alguien. O bien algo que se ofrece, algo que se presenta para que se tomado. Incluso se puede referir a abandonar algo, en el sentido que se da algo, y ya no se pide de regreso; lo deja ahí, sin regresar a buscarlo. Por tanto, cuando dice que Dios entrega a su Hijo, se refiere a ese dar, que lo deja, que no lo retiene para sí, sino que lo abandona a su suerte.
Al escuchar esto uno podría de inmediato pensar en un absurdo, pues cómo aquel que es el amor, deja al hijo a su suerte. Y por ello el texto continúa. Lo entrega para que se tenga la vida eterna y no para que se muera. Se ha entregado al Hijo para que se tenga la vida definitiva. Dios quiere la salvación del hombre y por medio de la entrega de su Hijo, da esa salvación, lo da para que todos sean rescatados, y así no estén condenados a la muerte, Dios mismo da su vida en favor de los demás, a favor de la humanidad, puesto que el hombre está imposibilitado para salir de esa situación de muerte, es Dios Mismo quien lo hace dando la vida, mostrando así ese amor, y lo hace de una manera determinante, de una vez para siempre.
De ese modo el hombre puede acceder a una vida nueva. El texto dice una vida eterna, pero no se refiere simplemente a una vida en el más allá, pues muchas veces al escuchar el termino vida eterna, pensamos en una vida que va más allá de la muerte. Sin embargo, la vida que da Dios por medio del acto de salvación de su Hijo, es una vida definitiva, una vida que no es simplemente en el más allá, sino que comienza dese ahora, pues el hombre ahora está capacitado para vivir una vida distinta, una vida diferente, una vida en Dios, que se vive desde ahora, invitándonos a vivir desde esta nueva óptica, tomando un nuevo parámetro en la vida, viendo todo desde Dios, y así vivir desde la vida definitiva que Dios da, entrando a la vida en Dios, la vida del amor, ese amor que transforma, ese amor que es el acto definitivo de Dios.
Dios nos ama, y esa es la realidad que ilumina nuestras vidas, y que da sentido a la fe. Hoy al celebrar la fiesta de la Trinidad estamos invitados a ver esta realidad, a reconocer que Dios es amor, que Dios ha decidido amarnos, y ese amor lo ha llevado a crearnos y con ello, a darnos la salvación entregando a su único Hijo. Eso es lo que estamos llamados a entender, y empezar a vivir para introducirnos en esa vida definitiva que Dios nos da. Ciertamente el misterio de la Trinidad es hondo y profundo, que es complejo querer abordarlo, pero lo que si podemos empezar a penetrar y entender es el cimento básico de nuestra fe: Dios es amor, Dios ha decidido amarnos y en ese amor nos ha salvado, y por esa salvación podemos entrar en una vida definitiva, que inicia la transformación del hombre porque se sabe amado y es capaz de amor, pues ese amor de Dios me debe llevar a amar a los demás, desde nuestras fragilidades, pero con la capacidad de superarnos e iniciar esa transformación nueva en nuestra vida. Si dejamos que ese amor nos renueve e iniciamos ese camino para empezar a amar a los demás, desde esta dinámica de fe, entonces estaremos entendiendo lo más importante del misterio de la Trinidad: la dinámica de amor.

12/6/11

Pentecostés: Culmen del camino pascual

Meditación para el domingo de Pentecostés
Ciclo /A/

Textos:
Hch 2,1-11
1Cor 12,3-7.12-13
Jn 20,19-23

El día de hoy concluyen las fiestas del tiempo pascual. Esta fiesta de la pascua que es un fundamento de nuestra fe, y que da sentido a nuestras vidas, pues con la resurrección es el sentido de toda la fe cristiana. Sin embargo a veces es difícil entenderla, no es fácil vivir en esta dinámica de la resurrección, pues a veces parece ambigua y sin sentido, parece algo futurístico, pero es una realidad que se puede vivir desde el hoy, y para ello la liturgia dominical, domingo a domingo nos va presentado diversos elementos para captarla y poder llevarla a la vida, y no sólo elementos aislados, sino que son todo un camino, que llevándonos de la mano coloca pautas para vivir esta pascua. Por ello recordemos algunos elementos de este camino y descubramos como van estrechamente unidos en nuestra vida, para reconocer el sentido de esta fiesta de Pentecostés que hoy celebramos.
El primer domingo ya contemplábamos con el relato de la resurrección, que debemos ser portadores de vida, que debemos dejar que el acontecimiento de la resurrección toque nuestra vida, toque nuestro corazón y así llevarlo hacia los demás. Y si vamos llevando los demás implica que debemos formar una comunidad, como lo indicaba el segundo domingo de pascua, pues si el Señor nos ha tocado con su resurrección, implica que debemos esforzarnos por estar unidos, por ayudarnos, por tendernos la manos unos a otros, a buscar vínculos de unión, y para ellos se nos ponía como ejemplo las primeras comunidades cristianas, y los mismos apóstoles que debían vencer su miedos y así, con la fuerza de la resurrección iniciar esta vida.
Y ello debe conducirnos a tener una esperanza, una esperanza que nos e limita simplemente a creer que las cosas cambia, sino una esperanza que nos renueva, que nos vuelve a modelar y por ello podemos darle un sentido al mundo, pues nuestra vida comienza a renovarse desde ahora con la fuerza de la resurrección, así como a los discípulos que iban camino de Emaus, que se nos presentaban el tercer domingo.
Pero esta esperanza debe ser una fuerza que nos transforma, y por consecuencia debe ser una fuerza que nos compromete, nos es posible tener esperanza sin ese compromiso, pues en algún momento desparece y se pierde el sentido de todo, por ello el hombre debe comprometerse y saber distinguir entre diversas voces, la voz de Cristo el buen pastor, y entrar por él que es la puerta, ello implica entrar a la vida de Dios, ello implica entrar a una vida distinta, pero totalmente comprometida, puyes de ahora en adelante, entramos en él y con él debemos movernos, escuchamos sólo su voz, como lo indicaba el cuarto domingo de pascua.
Pero entrar por al puerta que es Jesús, no es un acto momentáneo, sino que debe de ser un acto de continúo, debe ser un movimiento constante, y por ello en el quinto domingo Jesús decía “Yo soy el Camino”, finalmente el cristiano debe moverse, debe ponerse en marcha sobre el camino que es Jesús, no puede quedarse estático, y la mejor manera de moverse, de estar en movimiento es ponerse al servicio de los demás, así como desde los inicios de la vida de la Iglesia surge este ministerio de servicio o diakonía.
Sin embargo, este camino a veces es árido y uno se topa con dificultades, al punto de sentirse sólo, incluso pensar que vamos sin rumbo en la vida, que Jesús no ha abandonado, pero no es así, el nunca nos deja huérfanos, sino que nos deja su Espíritu Santo, su Paráclito, para ayudarnos, para que esté junto a nosotros, y nos transforme totalmente, como lo indicaba el sexto domingo. De tal manera que sigamos en camino, y seamos capaces de descubrir que efectivamente no estamos solos, que no debemos estar simplemente mirando al cielo y con ello, hacer discípulos con esta fe y esperanza que Jesús nos da por su resurrección, pues esa es nuestra tarea, ser portadores de paz y esperanza al mundo, a pesar de nuestras pequeñeces, como escuchábamos el domingo pasado.
Y así celebramos hoy la coronación de este camino pascual con la fiesta de Pentecostés. Una festividad que nos invita a ver a partir del relato de la primera lectura el sentido de esta fiesta y por otro lado el sentido de este camino pascual. Podemos ver en este relato tres movimientos fundamentas que se dan, y que son tres movimientos que estamos llamados a ser, para vivir en plenitud este camino pascual. Son tres movimientos que se llevan a cabo con la fuerza del Espíritu Santo.
En primer lugar es la fiesta del que entra en sí (podemos decir, una en-stasis), Pentecostés se convierte así en el entra en la vida de Dios, estar en Dios, no es simplemente buscar al otro, y olvidarse de Dios, sino que Pentecostés me debe de llevar a entrar en la vida de Dios, entrar en mí mismo y descubrir que está la presencia de Dios. Esto es expresado de manera plástica por las lenguas de fuego, es el entrar en Dios, el permanecer en Dios, para que entrando en sí mismo sea capaz de ver la experiencia de Dios en él. Si bien han salido hacia los demás, es porque Dios está en ellos mismos.
En segundo lugar se nos coloca que Pentecostés es la fiesta del que sale de sí, podemos decir que es una especie de ek-stasis, una salida de sí mismo, pero para entrar en el otro, para salir al encuentro del otro. Dios los saca de sí mismos, los hace salir hacia afuera, pues no se quedan simplemente encerrados, sino que una vez que reciben el Espíritu Santo son capaces de salir, son capaces de estar en búsqueda de los demás. Pentecostés, por lo tanto, es salir de sí mismo, para buscar al otro.
Y en tercer lugar Pentecostés se convierte en la fiesta que hace que todos sean uno en todos, una syn-stasis, un vínculo de unión, una unión en sí mismo. De tal forma que el creyente sale de Si mismo, y busca al otro para unirlo a la experiencia de Dios. No basta con tener la experiencia de Dios personalmente, no basta con salir en ayuda del otro, eso sería mera filantropía, implica dejar que los más también entren en la vida de Dios, como el mismo texto dice: «…todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios», es decir, son capaces de descubrir la vida de Dios, son capaces de ver algo nuevo, algo que los ha renovado y que también los puede renovar a ellos
Podemos ver de tal manera los tres momentos que nos presenta pentecostés: si los apóstoles reciben la presencia del Espíritu Santo (en-stasis), para buscar a los demás (ek-stasis), implica que buscan a los demás para unirlos con la experiencia que ellos han recibido en su vida (syn-stasis).
Y esto es justamente el culmen de la pascua, y cuando digo culmen no me refiero al final, sino al punto más alto, al punto donde todo adquiere sentido y plenitud. Pues todo el recorrido pascual que hemos vivido en el fondo se resume y adquiere sentido en estos tres elementos, que como podemos ver es fruto del Espíritu Santo en nosotros, que nos renueva y nos transforma totalmente en nuestras vidas. Pues finalmente, el ser portador de la resurrección, el vivir en comunidad, el ser hombre de esperanza, el entrar por la puerta que es Cristo, y permanecer en él como camino, el saber que el espíritu no nos deja y hacer discípulos, finalmente es un fruto del Espíritu, que plenifica todo y que hace posible este itinerario pascual, con estos tres elementos que se nos presentan hoy siendo capaces de permitir que la experiencia de Dios nos transforme, salgamos a los demás, y llevarlos con nuestra vida al encuentro con Dios. En el fondo esto es la identidad de la Iglesia, que con la ayuda del Espíritu Santo la Iglesia nace, y continúa creciendo, y lo seguirá haciendo mientras tenga estos tres elementos y no desvirtúe su camino, pues así va llevando a plenitud el misterio de pascua.
Que este Pentecostés sea para nosotros, no el final de la Pascua, sino el recordatorio del camino pascual que debemos hacer siempre en nuestras vidas.

5/6/11

«Vayan, y hagan discípulos...»

Meditación con motivo de la Solemnidad de la Ascensión del Señor
Ciclo /A/

Textos:
Hechos 1,1-11
Efesios 1,17-23
San Mateo 28,16-20

El hombre al toparse con la fe, sin lugar a dudas se topa con una disyuntiva, con una paradoja que sin lugar a dudas no sabe cómo enfrentarla. Esta paradoja se ve en la tensión de dos realidades, pues la fe por un lado me lleva a encontrarme con Dios, me lleva a ver hacia Dios, a ver hacia el cielo, la fe me debe ayudar a poner mi confianza y mi vida en Dios. De tal manera que el hombre de fe tiende a buscar a Dios. Sin embargo este mirar al cielo, esta mirada de fe, se topa con que muchas veces esa mirada a Dios es limitada, pues el hombre debe poner bien puestos los pies en la tierra, pues no es sólo de oraciones y devociones con lo que vive el hombre, pues vive con sus problemas, vive con dificultades, con sus compromisos, con su familia en el mundo. De tal manera que a veces llega a percibirse esta tensión un tanto contradictoria, pues por un lado se habla del encuentro con Dios, pero por el otro los compromisos que se deben tener de cara a la vida cotidiana. Pareciera que se lleva a cabo una tensión entre el cielo y la tierra, lo alto y lo bajo, el mundo de Dios y el mundo terreno.
Y justo sobre esta realidad nos habla esta festividad. En primer lugar el texto de los Hechos de los apóstoles nos coloca a los discípulos que están contemplando al cielo, una vez que Jesús ha desparecido entre las nubes. Se quedan viendo hacia allá, como si quisiera descubrir por dónde se fue, para descubrir cómo ir también hacia allá. Pero en el fondo es quedarse viendo solamente lo celeste, quedarse viendo simplemente lo abstracto. Los discípulos se quedan viendo sólo el cielo, sólo ven esto, pero no son capaces de ver lo terreno. Para ellos ahora todo ha finalizado, todo se ha acabado, no hay nada más que hacer, simplemente se termino, por ello ven al cielo, pues sólo ahí encuentran un refugio. Y justo en ese momento se aparecen estos dos hombres vestidos de blanco que les anuncian una realidad fundamental: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir
Estos hombres les invitan a dejar de ver hacia el cielo, dejar de fugarse de su realidad y de aceptar su condición, descubrir el valor de su vida, y sobre todo descubrir que la fe no es algo que se lleve a cabo en la abstracción, sino que debe descender en la realidad. Pues bien, para los discípulos Jesús se va, Jesús se eleva entre las nubes del cielo, y ahí ponen su, sólo viendo y aguardando que regrese. En cambio estos dos hombres de blanco les dicen que no es así, que la fe no es sólo elevar la vista, sino que es empezar a voltear la mirada hacia la realidad.
Con esto se quiere dejar en claro que no debe existir una tensión entre el cielo y la tierra, sino que deben de ser una misma realidad. La fe me debe ciertamente a ver hacia Dios, pero también a descubrir la experiencia de Dios en mi vida, y llevar a los demás a esta experiencia. De este modo la ascensión de Jesús se convierte en el relato que invita a comprometerse a los discípulos con su historia. Y comprometerse implica precisamente vivir su realidad e iluminarla a partir de la experiencia de Dios, no para huir de ella, sino para descubrir precisamente el valor que esa vida tiene a la luz de la fe.
Y por ello el texto del evangelio para complementar mejor esta idea. Nos encontramos al final del texto de Mateo, donde Jesús asegura que él es el sentido de la historia, y que con él está la presencia de Dios siempre: «Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.» Esta frase con la que se cierra el evangelio nos remite precisamente al inicio del evangelio, cuando en el sueño a José se le dice que esté niño será el Emmanuel, es decir, “Dios con nosotros” (Cómo ya lo escuchábamos en el IV domingo de adviento). Por tanto, quiere decir que desde el inicio del evangelio se marcaba que el nacimiento de Jesús significaría la presencia de Dios entre nosotros, la presencia de Dios en la humanidad. Y así, al finalizar el evangelio podemos ver que el mismo Jesús dice que siempre estará con ellos, marcando una presencia perdurable, que permanece de continuo con ellos, el “Emmanuel.”
La pregunta sería ¿Y como descubrir que siempre está en nuestras vidas? Ello implica descubrir que en nuestras vidas cotidianas efectivamente él se manifiesta y nos acompaña. Pero es necesario ser sensible, y ser capaz de abrir los ojos para verlo. Pero esta presencia no se limita a descubrirlo, sino a hacerlo visible a los ojos de los demás, pues Jesús está entre nosotros. Por ello Jesús deja claramente esa misión: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.» Con estas palabras, Jesús pide a los apóstoles que continúen el movimiento iniciado por él, y ello implica que todos se hagan discípulos, que sean portadores del Reino. Quiere decir que la enseñanza que va a dar no es una simple proclamación, no es sólo decir cosas, no es de dar un cuerpo de enseñanzas, sino que implica que al escuchar el mensaje los demás se sientan comprometidos, se sientan enamorados de seguir a Cristo y se vuelvan discípulos, es decir, que los hombres efectivamente encuentren sentido de su vida en el encuentro con Cristo, suscitando un lazo íntimo con Jesús, sin lo cual no hay una verdadera fe cristiana.
Esto nos lleva a recordar que ser discípulo implica ser aquel que está llamado a seguir a Jesús, y habiendo encontrado el Reino de Dios, responde de manera positiva adhiriéndose a Jesús, con un reconocimiento del poder de Jesús de manera continua (no por periodos), y de modo consciente, es decir, reconociendo lo que hago y a lo que me comprometo.
De tal manera que la fiesta de la ascensión nos invita a ver el sentido de la vida de fe, que no es sólo de hacer oraciones y ver al cielo, sino de ver nuestra vida, y de ser capaces de anunciar la presencia de Dios en nuestras vidas, de manera que los demás también encuentre ese sentido de la vida. Si Jesús asciende, no es para quedarse viendo al cielo, y pensando cosas bellas sobre Dios, sino implica ver nuestra vida y cómo me voy a comprometer de cara a la realidad con mis hermanos, para que sean capaces de ver a Dios. Y ello implica la capacidad de amar, de ser honesto, de ser sincero, de ser solidario. Pues así el hombre es capaz de ver un signo de Dios, un signo del evangelio en nuestras vidas, y así iniciar la cercanía y la conversión delante del mundo.