11/12/11

«¿Quién eres tú?»

Meditación con motivo del III Domingo de Adviento
Ciclo /B/

Textos:
Isaías 61,1-2a.10-11
1 Tesalonicenses 5,16-24
San Juan 1,6-8.19-28

El día d hoy la liturgia nos centra en la figura de Juan el Bautista y su identidad. Este hombre que inicia su predicación, bautizando con agua en el río Jordán. Sin embargo su movimiento causa un tanto de revuelo pues las autoridades religiosas no entienden esta predicación, incluso temen que sea el Mesías y eso provocaría un gran problema para la estructura política y religiosa del tiempo y por ello va a averiguar de qué se trata esta predicación.
Al llegar inmediatamente lanzan una pregunta para indagar sobre su identidad: «¿Quién eres tú?» y así tratar de desvelar el misterio sobre su persona. Seguramente estos hombres andarían preparados por si se hacía llamar el Mesías, para tratar de acallarlo. Si nos detenemos un poco en estos enviados podemos ver que su preocupación sobre la identidad del Bautista gira en torno a lo político y su relación con el estadio religioso. Pues si Juan resultaba ser el Mesías eso implicaría en el pensamiento cultural de los judíos un movimiento social, que desencadenaría una ola de violencia, que repercutirían en el imperio en la sociedad misma, y por consiguiente en la estructura religioso que ellos están salvaguardando. En el fondo la pregunta no es la búsqueda de la verdad, sino simplemente la búsqueda de un status, el buscar prevalecer, es la búsqueda de acomodo en la sociedad. Pues estos hombres religiosos no buscan, y a Dios, no buscan a su enviado, se buscan a sí mismos, buscan su posición en la sociedad, sus privilegios que se podrían ver amenazados con este hombre si se declara el Mesías.
Esto sin duda es un gran problema, pues muchas veces los hombres de fe, pierden el horizonte de la auténtica fe, y dejan de buscar a Dios, para encontrándose sólo consigo mismos, pues la fe en lugar de llevarlos al encuentro con Dios, los ha llevado al encuentro consigo mismos, con un privilegio, con un lugar en la sociedad. Dejan a Dios de lado, y ven su lugar, ven lo que han ganado. Estos hombres se supone que son conocedores de Dios, se supone que buscan a Dios, sin embargo, temen encontrase con el Mesías, porque ello los llevaría a perder su lugar en la sociedad. Temen perder poder y autoridad. Ellos son los que en primer lugar deberían sentirse llamados a buscar a Dios y a alegrarse si llega el Mesías, pero ahora, el Mesías que es la gran esperanza del pueblo, la grande intervención de Dios en la historia, se convierte en algo que es ajeno a su vida y sólo buscan su posición en la esfera política y religiosa.
Nosotros muchas veces ¡buscamos a Dios, pero a veces por seguir a Dios podemos poner en riesgo algún privilegio, algún beneficio, algún lugar y entonces preferimos disminuir el papel de Dios y en su lugar tratamos de buscarnos a nosotros mismos. Cuántos en la pastoral prefieren ciertos cargos, o prefieren ciertas cosas, no por el bien que pueden hacer, sino por el bien que se dan a sí mismos. A veces se traiciona la fe y con ello el proyecto de Dios.
Sin embargo, ante el terror que sienten estos hombres, Juan responde: «No soy yo el Mesías.» Él rechaza inmediatamente la suposición de estos hombres. Pero para estos hombres no es suficiente pues para ellos es un peligro, le habla en nombre de Dios y eso amenaza la estructura y por ello deben de frenar su movimiento y para ello dan otra serie de preguntas que demuestran que estos hombres no son nada ignorantes en materia religiosa, al contrario, son gente inteligente, saben de Escrituras y tradiciones y para ello utilizarán sus conocimientos para preguntar y a sí limitar la actividad de Juan.
«¿Eres Elías?» Es la segunda pregunta y al relacionarlo con Elías lo ligan a una de las tradiciones judías que decían que antes de que llegue el Mesías debe regresar Elías, por tanto, si Juan no es el Mesías podría ser Elías y con esto se estaría asegurando que llega el momento en el que llegará el Mesías. Esto implicaría otro peligro a nivel político, sin embargo también contesta de modo negativo.
Y entonces viene la tercer a pregunta: «¿Eres el Profeta?» Aquí el profeta refiere un pasaje del libro del Deuteronomio 18 en donde Dios promete un profeta al pueblo después de Moisés. En ese contexto se habla de un sucesor para Moisés, sin embargo la tradición vio en estas palabras la promesa de la llegada de un gran profeta antes de la ligada del Mesías. Con esto están tratando de descubrir su actividad en relación con una actividad Mesiánica. Pero Juan la rechaza, lo cual llena de perplejidad a estos hombres pues no hallan como acallarlo: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?» Finalmente buscan una respuesta para usarla en su contra, pero ya nos aben que más decirle pues parece que Juan ha roto con toda la tradición de los judíos y ahora no saben qué hacer, buscan sacar algo de sus palabras.
La respuesta de Juan es sencilla: «Yo, una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.» Juan no se identifica con ningún personaje, él simplemente dice que es una voz. Sólo una voz. Y una voz implica dos cosas: un sonido y un mensaje que porta. Si es un sonido quiere decir que debe ser escuchado, su ministerio no es para saber quién es, o para donde va, sino para ser escuchado, no implica acciones, no implica algún movimiento, sino la capacidad de la escucha. Juan debe ser escuchado, pues es sólo la voz, es el sonido que es escuchado, pero si es voz porta un mensaje, y es un mensaje que quiere que se preparen los caminos del Señor.
Y aquel que escucha esta voz lo debe demostrar con un signo: «.» El signo del bautismo de agua es el modo con el cual el creyente demuestra al mundo que ha escuchado la voz Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de míde Dios. El bautismo de agua es algo físico, y por tanto no es una transformación que viene de Dios, sino que se limita a un acto meramente exterior. Bautizarse con agua no es otra cosa que reconocer que soy pecador y que requiero de la gracia de Dios para transformar mi vida. Con este signo se subraya la existencia del pecado en nuestra vida y la ruptura con él, de modo que uno esté dispuesto a iniciar una etapa de penitencia que expresase la sinceridad de su arrepentimiento.
Y esto es justamente el adviento. Por un lado, es la capacidad de escuchar a Dios, escucharlo para iniciar su llegada a mi vida. No es posible vivir el adviento sin la capacidad de la escucha. Por otro la capacidad de querer cambiar, es decir el bautizo de agua. Podemos decir que el adviento es el bautizo de agua, pues es el tiempo en donde reconocemos que hemos fallado y que queremos mejorar para encontrarnos con Dios. Que en este adviento seamos capaces de preparar la venida del Señor, escuchándolo y reconociendo que necesitamos de un cambio, pidiendo le la gracia para iniciarlo. Sólo así se demuestra la fe, pues buscamos cambiar y no sólo permanecer en una actitud de poder como aquellas autoridades.

4/12/11

«Una voz grita en el desierto...»

Meditación con motivo del II Domingo de Adviento
Ciclo /B/

Textos:
Isaías 40,1-5.9-11
San Pedro 3,8-14
San Marcos 1,1-8

El tiempo del adviento es un momento de espera, pero no se refiere a una espera pasiva, sino a una espera que implica ponerse en movimiento, para llegar al encuentro de Dios. Ese caminar, implica esforzarse para dejar atrás aquello que no nos ayuda realmente a transformar nuestra vida, y justo sobre esta realidad nos habla el evangelio.
Hoy comenzamos la lectura del evangelio de san Marcos, este evangelio que es el más primitivo, es el primero que se ha escrito, y nos quiere presentar el misterio de la persona de Jesús. Para ello desde sus primeras palabras nos presenta quién es Jesús y cuál será el hilo conductor del evangelio. El texto dice: «Principio del evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.» Podemos ver dos títulos que se atribuyen a Jesús: Mesías e Hijo de Dios. Son dos títulos que tratan de mostrarnos la identidad de Jesús. Podemos decir que el evangelio nos quiere mostrar a Jesús en estás dos características: Mesías e Hijo de Dios, características que nosotros también estamos llamados a vivir. Por tanto, ya desde sus primeras palabras san Marcos nos quiere poner como preámbulo de que va a tratar su obra, y podemos ver que su obra se compone de dos partes fundamentales. La primera parte de su evangelio nos presentara a Jesús como Mesías, y con ello, el camino para poder vivirlo nosotros. La segunda parte del evangelio nos presentará a Jesús como Hijo de Dios, y de igual modo nos presentará como vivir esta dinámica de la filiación en la vida espiritual de cada uno.
Una vez presentado el contexto general del evangelio, inicia con el episodio de Juan Bautista, y es que antes de presentarnos a Jesús, san Marcos quiere preparar todo para recibirlo. Podemos decir que san Marcos coloca un pequeño pasaje bíblico para presentarnos a Jesús, nos coloca una pequeña preparación para recibir a Jesús. Y si lo vemos con ojos litúrgicos, este pasaje del evangelio es un pequeño adviento que pone las bases para recibir a Jesús, mostrando lo que se debe de hacer.
Centrémonos en una idea: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.» Nos presenta la preparación para recibir a Jesús con una voz que sale del desierto. Esto sin duda es un eco de la primera lectura que hemos escuchado hoy, sin embargo hay una diferencia pues la primera lectura dice: «Preparen en el desierto el camino del Señor», en cambio aquí dice «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor.» Mientras que, para el profeta Isaías marca se debe de preparar el camino en el desierto, porque ciertamente el pueblo está viviendo ahí, y por tanto, es como si el profeta les dijera “nosotros que estamos aquí en el desierto preparemos en esta situación el camino del Señor, aquí en el desierto, en medio de la desolación”. En cambio en el evangelio, san Marcos manifiesta que la voz clama en el desierto y anuncia que se preparen los caminos desde el desierto. Es la invitación a salir hacia el desierto, es la invitación a dejar la ciudad y adentrarse en el desierto, El evangelista llama al pueblo para salir de su situación cotidiana y adentrase en el desierto.
A primera vista podríamos pensar que esto es algo insignificante, pero no es así, pues tiene dos elementos diversos. Mientras que Isaías en la primera lectura es consciente de la precariedad que el pueblo vive, los invita para prepararse en esa situación, desde su desierto para encontrarse con Dios. No importa en donde estén, cualquier lugar y cualquier situación es una oportunidad para encontrase con Dios. Sin embargo, para Marcos en su evangelio el pueblo debe salir de la ciudad y adentrarse en el desierto y así preparar el camino. Y me parece que esta visión de san Marcos da una gran luz para este tiempo de adviento.
El adviento es precisamente escuchar la voz y salir hacia el desierto. Esa es la llamada que se hace hacia el desierto y como dice el texto es una voz que clama en el desierto, es decir una voz que resuena, un grito, no es un susurro, ni sugerencia, sino una resonancia que clama, que convoca hacia este lugar. Si se grita desde el desierto es porque ahora todos deben de ir hacia allá. Es dejar la ciudad e internarse en el desierto.
¿Y por qué en el desierto? Porque el desierto es un lugar de desprotección, pues en el desierto no hay ninguna seguridad, en el desierto no hay ningún lugar donde protegerse. En la ciudad uno puede esconderse en los centros comerciales, los antros, el ruido, la gente, y pensar que todo va bien, pensar que todo no hay problemas. De tal manera que, el hombre tarta de huir de su realidad. Cuántos jóvenes hoy en día se escapan en medio del ruido, la fiesta, los vicios de su realidad para no afrontarlos, para no aceptarlos, para evadirlos por un momento. O cuantas personas buscan las drogas, el alcohol, o ciertos lugares donde le s den algún tipo de satisfacción pasajera que les haga escaparse de su realidad. Y justamente eso los evade de su realidad, es los distancia por momentos de su historia y sus responsabilidades, ¡y no son capaces a veces de afrontar bien los problemas o de conocerse a sí mismos. Por ello, la voz que clama es una invitación para ir al desierto, pues sólo ahí el hombre se topa consigo mismo, sin mascaras, sin disfraz, sin ningún lugar donde esconderse.
Ir al desierto es encontrarse con uno sólo, es empezar a descubrirnos quienes somos. Cuánta falta nos hace a veces encontrarnos con nosotros mismos, sin ningún refugio cercano. Ver quiénes somos y de que estamos hechos. No por lo que aparentamos, no por lo que queremos mostrar a los demás, no por lo que los demás nos digan o piensen de nosotros. Entrar al desierto es encontrarnos con nuestra historia y con las responsabilidades que debemos afrontar.
Sólo cuando el hombre entra al desierto puede cambiar realmente en su vida, pues se da cuenta de que está hecho, ve sus debilidades, lo que debe cambiar. Descubre sus hipocresías. Es capaz de ver sus responsabilidades y las acciones que debe hacer para llevarlas a cabo. Sólo así, el hombre puede empezar a enderezar su vida y empezara a ser nuevo y por supuesto empezar a preparar el camino del Señor.
Hoy más que nunca en un mundo lleno de tecnología, lleno de ruido, lleno de opiniones y de informaciones, hace falta adentrarnos en el desierto y ver quiénes somos, de que estamos hechos, que nos falla y qué misión tenemos en la vida, y que hacemos para enfrentarla. El desierto cierto que da miedo, cierto que es complicado, pero también es necesario. Y a partir de la vida de fe, el desierto es algo que todo creyente necesita en un momento determinado para reencontrarse consigo mismo y dejar atrás todo tipo de ruido que le impide encontrase.
El adviento es un alto en la vida, para alejarse de la ciudad, para alejarse del ruido, para alejarse de esas opiniones y encontrarnos con nosotros y decir que tanto he cambiado, qué tanto demuestro mi fe o bien que tanto me he dejado atrapar por elementos mundanos en la historia. Y si nos adentramos en el desierto quiere decir que efectivamente podemos iniciar un cambio y así esperar realmente al Señor que viene a nuestra historia. Adviento es por tanto adentrarnos en el desierto para dejar que transforme nuestra realidad y así nos encontremos al Señor preparando el camino.

27/11/11

«Tú, Señor, nuestro Padre, nuestro Redentor…»

Meditación con motivo del I Domingo de Adviento
Ciclo /B/

Textos:
Isaías 63,16b-17.19b.64,2b-7
1 Corintios 1,3-9
San Marcos 13,33-37

El día de hoy comienza el tiempo del Adviento, un tiempo de gran profundidad religiosa, porque está lleno de esperanza y de expectativas espirituales, pues es un tiempo que nos hace detener nuestro caminar en la vida y evaluar lo que hemos hecho, con miras a une encuentro con Dios. En el Adviento es el tiempo con el cual se inicia un nuevo año litúrgico, y se hace desde dos dimensiones fundamentales, desde un doble movimiento espiritual: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, es decir, la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, y el contemplarlo ante el pesebre, en la fiesta de la navidad. De tal manera que los primeros tres domingos la Iglesia nos coloca de cara a la preparación definitiva con Jesús en su segunda venida, invitándonos a reconocer el sentido de nuestra vida, y así ver hasta qué punto realmente estamos preparando la venida del Señor; y después a partir del 17 de diciembre elevar la mirada hacia el pesebre de velen y prepararnos para recordar y vivir el acontecimiento de la navidad en nuestra vida.
De esta manera, vemos las dos grandes etapas del adviento. Por un lado, el adviento escatológico, es decir la parte del adviento que nos invita a reflexionar en la segunda venida de Cristo; y después la segunda fase, el adviento histórico, donde nos preparamos para la fiesta de la navidad. Y hoy iniciamos la primera etapa del adviento con estos extraordinarios textos, que nos colocan ante una realidad fundamental en medio de esta espera del Señor, y nos lleva a responder una respuesta vital ¿Por qué esperar al Señor? ¿Qué sentido tiene esperar a Dios? ¿Por qué debemos tener esta preparación? Me parece que para responder esta interrogante fundamental, debemos saber quién este Señor al que esperamos y así descubrir el por qué esperamos la intervención de Dios en medio de la historia.
Finalmente esperar a Jesús, y su segunda venida nos debe llevar a descubrir la razón del porque esperamos a Dios, y por ello debemos conocer quién es Dios y su acción salvadora. Me parece que la primera lectura da pautas para acercarnos al misterio de Dios, y acercarnos un poco a este misterio.
El texto comienza diciendo: «Porque tú eres nuestro padre…» El profeta Isaías plasma en su texto este himno de lamentación de parte del pueblo, y en medio de él, se descubre la identidad de Dios. El profeta nos lleva a reconocer una realidad extraordinaria de Dios: Dios es Padre. Esto ciertamente puede parecernos normal, pues nosotros hablamos hoy en día del misterio de la Trinidad y llamamos a Dios, Padre; rezamos el padre nuestro, en fin no parece nada ajeno a nuestro vocabulario religioso. Sin embargo esta palabra tiene una gran fuerza. Primeramente porque llamara Dios Padre es algo totalmente novedoso en el Antiguo Testamento. A Dios se le llama el Señor, el Todopoderoso, el Señor de los ejércitos; pero, no se le llama Padre. Y curiosamente en esta lectura se le llama así en tres ocasiones. Es algo totalmente inaudito. Por tanto, el profeta Isaías hace una oración a Dios, donde reconoce las culpas de su pueblo y para ello invoca a Dios como el Padre. Pero por qué utiliza este título. El llamarlo padre indica en primer lugar el origen de todo, es quien da sentido a todo, es quien da sentido a la historia. Por otro lado ser padre, implica que es un signo de protección y de confianza, si Dios es padre, es porque en él tenemos nuestra confianza, y él es nutra protección, es quien nos da la fuerza para defendernos, es quien da la gracia para renovar la vida. Y sobre todo el título Padre implica el sentido del conocimiento, pues el padre es aquel conoce a sus hijos, pues los ve nacer, crecer, ir alcanzado logros, va viendo su caminar, por tanto hay un gran conocimiento de parte del padre hacia sus hijos. Los Israelitas siempre se han jactado de ser ‘hijos de Abraham’, pero en realidad eso sólo es un nombre, son hijos de Abraham, porque el pueblo se inicio con él, pero no es que Abraham los conozca. En cambio Dios es Padre, pues nos conoce, sabe quiénes somos, sabe nuestra vida; y en el caso de este bello himno de lamentación, Dios sabe los pecados y la necesidad que tienen de reconciliarse con él.
Entonces ante la pregunta quién es Dios, podemos decir que Dios es padre, porque es el origen de nuestra vida, es quien nos ha creado. Es padre porque nos acompaña en nuestro caminar, nos da fuerza y en él podemos poner nuestra confianza. Es padre porque nos conoce de tal manera que sabe por dónde vamos caminando y qué es lo que necesitamos para ir transformando nuestra vida. Si el adviento es esperar la intervención de Dios, implica que estamos esperando la llegada de aquel que nos conoce y que nos protege. Por tanto no es una segunda venida que nos llene de temor, al contrario de esperanza, pues Jesús viene para hacernos encontrar con el Padre, aquel que es Padre por naturaleza, que nos ha llamado a la vida y sabe nuestro caminar.
Pero demos un paso más. El texto sigue dirigiéndose hacia Dios y le da un segundo título: «¡Tú, Señor, eres nuestro padre, "nuestro Redentor" es tu Nombre desde siempre!» Ahora llama a Dios Redentor. Y al hablar de Redentor, el texto en hebreo utiliza un vocablo muy peculiar: “go’el”. Go’el, es el liberador, es un término que se utilizaba para aquella persona que liberaba de una esclavitud, por ejemplo. Cuando alguien compraba un esclavo pagaba cierto precio, pero si el que compraba al esclavo quería que ese hombre fuera libre debía pagar una suma sumamente grande, pues no estaba adquiriendo simplemente un esclavo, sino que estaba dándole a ese hombre su libertad y con ello una serie de derechos que como esclavo no tenía, por tanto lo que se pegaba era muy considerable. Pero si una persona compraba la libertad del esclavo, a ese hombre se le llamaba go’el.
Si Dios es denominado go’el, quiere decir que se le reconoce como un liberador de la esclavitud, aquel que paga un gran precio por la liberación del hombre. En la lectura encontramos todo este himno de lamentación, en donde se reconocen pecadores, en donde se reconocen frágiles, que se han alejado de Dios. Por tanto, se reconocen esclavos del pecado, y quieren que Dios los libere de esa situación. Sólo Dios es tan grande para poder liberarlos de esa carga. Así como era algo difícil liberarse de la esclavitud, y había que `pagar una gran suma de dinero. Así de grande es liberarse de ese pecado, y sólo Dios es capaz de hacer lo posible para liberar a su pueblo del pecado. Con este título (Go’el) el pueblo se reconoce incapaz de salir de su pecado, sólo Dios puede ayudarlos a liberase y a vivir en la dinámica de salvación, sólo Dios puede hacerles libres, desatarlos de su esclavitud. Por tanto, Dios es aquel que libera del pecado, de la corrupción que daña al hombre. Si esperamos a Dios, es porque queremos ser libres queremos que nos libere del pecado. El adviento nos invita a poner la mirada en aquel que nos libera y puede hacer de nuestra vida algo nuevo, poner la mirada en nuestro Go’el.
Y finalmente encontramos un tercer título, al final de este pasaje bíblico: «Tú, Señor, eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tu, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!» Dios es reconocido como Alfarero. Es una imagen que conlleva dos ideas fundamentales: Si Dios es alfarero es creador y providente.
En primer lugar es creador porque nos recuerda que Dios nos va modelando. Esta imagen nos pone en relación con el relato del Génesis 2,7. Esto indica no una simple creación, sino una creación que se hace con cuidado, que se hace con dedicación. Un alfarero cuando trabaja, no hace las cosas bien a la primera, sino que va viendo como queda bien lo que está modelando, para que quedo lo mejor posible Si Dios es alfarero, implica que nos crea con amor, con dedicación, que pone todo lo necesario para que seamos una escultura perfecta y hermosa. Algunos podríamos decir que nos faltan ciertas cualidades, o que nos faltan ciertas habilidades, pero no es así, Dios es el alfarero y al modelarnos vio que así con lo que somos perfectos, cumplimos con el objetivo al cual fuimos creados.
Por otro lado, el alfarero es esta imagen de la providencia, que va colocando todo lo necesario para que su obra se mantenga y siga adelante, que no se desbarate en medio de las situaciones de la historia. Dios es el alfarero que va poniendo todos los elementos necesarios para que su obra se mantenga y siga adelante.
Por tanto Dios es alfarero, es quien nos modela y va poniendo todo para que sigamos adelante. Adviento es dejarnos moldear por él, es permitir que él nos vaya transformando, pues él puede hacernos efectivamente nuevos.
Por lo tanto, esperamos la irrupción de Dios en nuestras vidas, y lo esperamos porque Dios es padre, es decir es quien da sentido a nuestra vida, quien nos protege, quien nos conoce y sabe que camino debemos seguir. Debemos esperarlo porque es redentor, sólo él pude liberarnos de la esclavitud del pecado. Y sobre todo porque es alfarero, porque quiere modelarnos, quiere hacernos nuevos. Y por ello debemos estar dispuestos para dejar que entre en nuestras vidas, debemos de estar vigilantes como dice el evangelio, para ver cómo llega a nuestra vida y cómo nos pide iniciar esta transformación. Esperemos su llegada, abramos los ojos y vemos la grandeza de Dios que puede transformarnos, pues necesitamos de su acción para renovarnos profundamente. Que este tiempo del adviento sea esa renovación para iniciar así este nuevo año litúrgico que hoy inicia.

20/11/11

«Yo mismo apacentaré a mis ovejas...»

Meditación con motivo de la Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo
Ciclo /A/

Textos:
Ezequiel 34,11-12.15-17
Salmo 22,1-2a.2b-3.5.6
Corintios 15,20-26.28
San Mateo 25,31-46

Cuando se habla de la palabra rey, inmediatamente viene a nuestra mente la idea de gobierno y con ello de corrupción, robo, opresión, etcétera. Porque de alguna manera el rey representa al morca que gobierna, que está encima de todos, y que en más de una ocasión se aprovecha de los demás para el beneficio propio o de los más allegados. Lamentablemente la figura de la realeza, y con ello, la figura del gobierno se ve muchas veces como algo negativo, por ello al hablar de Cristo rey, puede venir a nuestra mente la idea de Jesús como un soberano inalcanzable, la idea de un soberano que rige todo desde las alturas y que no tiene nada que ver con nosotros.
Sin embrago, esta no debería ser la imagen que debe trasmitirnos el reinado de Cristo, al contrario deberíamos ver la otra cara de la moneda y descubrir lo que realmente implica ser Rey, y desde esta perspectiva descubrir cómo es que Jesús es rey. La misma liturgia de la Palabra año tras año nos va colocando diversas imágenes de lo que implica el reinado de Cristo. Y hoy de manera especial nos presenta la figura del Rey unido a otra imagen: el pastor. A primera vista esto podría parecer contradictorio. ¿Cómo es posible que el rey sea semejante a un pastor? Un pastor es una imagen de pobreza, no de realeza; es una imagen de humildad y no de poder; es la imagen del miserable, no del poderoso; es la imagen del que vive a campo abierto, y no en un palacio. Sin embargo aunque parecen chocar las imágenes en cuanto a su concepto, esta imagen permite descubrir el sentido de la auténtica realeza y de su misión de cara al mundo, y sobre todo nos ayuda a acercarnos al misterio de Cristo como rey.
Para entender qué significa ser pastor, contemplemos la primera lectura en donde el profeta Ezequiel lanza una fuerte amenaza en contra de los dirigentes del pueblo judío por no haber sido fieles en su encargo, ellos han abusado del pueblo, y por ello no ha sabido pastorearlos, no han sido auténticamente pastores. Por ello ahora las cosas serán distintas y será Dios mismo el pastor. Y por ello va colocando una serie de acciones que Dios realizará ahora a favor del pueblo, colocando de esa manera los elementos constitutivos del pastoreo: «Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y curaré a la enferma, pero exterminaré a la que está gorda y robusta. Yo las apacentaré con justicia.» Adentrémonos en este texto para comprender los signos del ser pastor.
En primer lugar dice: «Buscaré a la oveja perdida.» Lo primero que hará Dios para apacentar a su pueblo será buscar a aquel que se ha perdido, aquel que no está cerca, que se ha alejado de la vida del rebaño. Por tanto, para Dios es importante buscar al que se ha perdido, al que se ha extraviado. Cuántas veces el hombre se pierde, porque se aleja de la experiencia de Dios, porque su pecado lo lleva a estar lejos de él, porque su envidia es grande y hace que se extravíe, o bien su búsqueda de poder hace que se aleje de una experiencia de servicio y solidaridad. O bien se pierden porque son presas del desánimo, pueden creer que ya o vale la pena luchar, ya no vale la pena esforzarse, que todos los desilusionan, y entonces se van. Las ovejas se pierden y Dios las busca, porque no quiere que viva perdidos en su egoísmo y envidia, porque no quiere que estén extraviados, él quiere dar sentido a su vida desde nuevas categorías y con la experiencia del amor.
«Haré volver a la descarriada.» La descarriada se refiera a aquella que va en diversos caminos, quiere seguir adelante pero se desvía constantemente por otros caminos. La oveja descarriada es aquella que quiere estar con el rebaño pero se deja distraer y se va hacia otros caminos que le presentan alguna situación que les debía del camino que llevan. Muchas veces nos divisamos porque buscamos alguna cosa que nos de cierta seguridad como la fama, el prestigio, y vamos descarriándonos, buscando caminos alternos, creyendo que ahí está la seguridad, sin embargo eso nos va distanciando poco a poco de la experiencia de Dios. Dios la va hacer volver, pues no debe dejarse cegar por esos falsos caminos, al contrario, debe dejarse guiar por lo que realmente vale la pena, y lo hace ser mejor persona.
En tercer lugar dice: «Vendaré a la herida.» Por tanto habla también de ovejas que están heridas, ovejas que ha sido lastimada, que han sido dañadas en su vida. Cuantas ovejas son heridas porque se aprovechan de ellas, porque se burlan de ellas, porque las desilusionan o son traicionadas ye so las debilita, le imposibilita seguir adelante en el camino. Pero Dios nos e queda impávido ante esta situación, al contrario va en su búsqueda y la venda, es decir, las toma con cariño y las venda, trata de que la herida no se haga más grande y se vaya cicatrizando. Es una imagen muy plástica, y al mismo tiempo muy hermosa. Dios que se acerca a la oveja herida y la va vendado para cuidar su herida, y dejar que así inicie el proceso de cicatrización. Dios busca al herido, y quiere vendarle su herida, que esa traición no se haga más grande, que esa burla no sea enorme, que ese abuso no lo sea todo, que no crezca la herida, que no piense que todo es así, que no hay remedio. Dios se acerca y cura con la venda de la esperanza, de la paciencia, de la confianza, para que esas heridas no crezcan y vayan dañando más a la oveja.
Y unido a este vendaje de las heridas: «Curaré a la enferma.» Finalmente hay algunas que también están enfermas, algunas a las cuales su corazón les ha golpeado la enfermedad, les ha golpeado la tristeza, la depresión, o bien las ha enfermado la soberbia. Son enfermedades diversas pero que lastiman fuertemente a las ovejas. Dios no puede permanecer sin hacer nada, debe curarlas, debe darles salvación, y dales así la capacidad de ver que la tristeza no lo es todo, que siempre hay un gozo que las puede levantar y curar. Descubrirles que la soberbia no es lo mejor, que se debe ser humilde. Sólo dando un anuncio de humildad, de gozo, incluso de esperanzas e pueden sanar tantas enfermedades que aquejan a la humanidad, y Dios quiere curarlas.
Inmediatamente viene una frase un poco extraña: «Pero exterminaré a la que está gorda y robusta.» Esto se debe entender desde dos perspectivas. Algunos manuscritos no dicen que las “exterminará”, sino usa la palabra “custodiaré”. Por tanto, hablaría de custodiar las ovejas gordas. Con esto se estaría hablando del Dios que no dejará que se abuse de aquellas que están fuertes, pues al verlas gordas son presa fácil para sacarles provecho. Pero también se puede sacar una interpretación con el verbo “exterminar”, y eso indicaría que si bien en el rebaño hay ovejas gordas es porque se han aprovechado de las débiles y por ello las exterminará, pues sólo han vivido a costillas de las otras, les han quitado lo necesario, y así ahora han engordado, y seguramente se referiría aquí a aquellas que en lugar de pastorear a las ovejas se han pastoreado a sí mismos. Y esto se complementa con lo siguiente: «Yo las apacentaré con justicia.» Finalmente este pastor viene a dar justicia, es decir a colocar lo necesario en la vida del pueblo, darle lo que necesita el pueblo y ello implica sacar fuera a los malos pastores.
Por tanto, si vemos la imagen del pastor equiparada con la del rey descubriremos que ser rey implica precisamente reconocer que es aquel que gobierna para salvar al pueblo, para salvar a las ovejas. Rey es aquel que busca las perdidas, y a las descarriadas les muestra el camino verdadero. Rey es aquel que no puede pasar de largo ante las heridas de los demás, sino que se detiene y las venda, y si alguien se enferma cuidará de ella para que se recupere. Ese es el reinado de Jesús y es precisamente lo que celebramos hoy. Y como respuesta ante este rey deberíamos hacer nuestra la oración del Salmo: «El Señor es mi pastor, nada me faltará
Efectivamente el Salmo nos lleva a reconocer que Dios es el pastor, que él es quien nos conoce y nos guía, que él es quién sabe por donde debemos caminar y no dejará que nada malo suceda, y si llegase a suceder alguna situación él no nos abandonará. Y sobre todo este Salmo comienza dando una bella profesión de fe: «Nada me faltará.» Reconocer de este modo, que con Dios no falta nada, que en él está todo lo que se necesita. Pero es necesario caminar con él, y descubrir como él nos guía y va dando todo lo necesario para que no falte nada. Tal vez sentiremos que nos faltan cosas, pero curiosamente, son cosas secundarias, en medio del camino vemos que efectivamente no nos falta nada.
Reconocer a Jesús como rey es reconocerlo como ese Pastor y que no nos faltará nada, y por tanto como Pastor, hay que verlo como aquel que nos da todo lo necesario, y sobre todo que lo seguimos. Y la grande pregunta sería: ¿Cómo demostramos que efectivamente vamos siguiendo a Jesús? El evangelio de hoy nos lo dice: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.» En otras palabras practicando la misericordia. Pues el reinado de Jesús es un reinado de amor, y por tanto es un reinado de vivencia del amor. No se puede decir que se tiene a Jesús como Rey o que lo seguimos como nuestro Pastor, si realmente no lo demostramos y eso se demuestra viviendo en la dinámica del amor, ayudando y dando lo necesario a nuestros hermanos, sobre todos a los más pequeños, que muchas veces son los de la misma casa, a los cales descuidamos.
Por tanto celebrar a Cristo Rey es celebrar que él es nuestro pastor, y sobre todo que nos esforzamos día a día por vivir en la dinámica del amor. De esta manera comenzamos la última semana del año litúrgico, recordando que hemos acabado un año más, pero que debemos iniciar otro año más reconociendo a Jesús como Pastor y demostrarlo al mundo con nuestro testimonio que se hace visible en las obras de misericordia.

13/11/11

«A uno le dio cinco talentos...»

Meditación con motivo del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Proverbios 31,10-13.19-20.30-31
1 Tesalonicenses 5,1-6
San Mateo 25,14-30

El día de hoy el evangelio nos presenta la parábola de los talentos. Hay que entender que quiere decir esta palabra. Un talento es una medida que equivale a seis mil denarios. Un denario era el salario mínimo de un trabajador al día, por tanto podríamos decir que un talento era aproximadamente lo que un hombre ganaría alrededor de 20 años. Por tanto se les está dando una cantidad muy grande.
Pareciera que en el trasfondo de está parábola está el contexto de la historia de salvación, en donde se ve como Dios entrega lo más valioso, su proyecto de salvación a los hombres y como algunos han permitido que ese proyecto vaya dando frutos, en cambio hay otros que no lo han visto así. Pareciera que en el trasfondo está una crítica al pueblo judío, que recibió el proyecto de salvación pero en lugar de comprenderlo y hacerlo fructificar lo enterró. En cambio hay otros que si lo supieron valorar, y se hicieron una idea equivocada de Dios: «Sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido.
Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!
» No vieron en este proyecto del cristianismo un proyecto de verdadera salvación, sino que se encerraron en sí mismos, y vieron esto como un absurdo, algo que no tenía sentido y por ello lo enteraron. San Mateo pareciera que acusa al pueblo judío de enterrar esta propuesta de salvación, y esto también va dirigido a nosotros, que no somos capaces de aceptar este proyecto de salvación en nuestras vidas, escondemos bajo tierra la fe, los sacramentos, la Palabra de Dios y no somos capaces de ver los frutos que se nos dan.
De ahí que está parábola nos invite a contemplar hasta que punto vamos valorando los talentos que Dios nos va dando, y sobre todo esos talentos espirituales que nos regla para tener la salvación en nuestras vidas.
Cada uno de nosotros desde el día de nuestro bautismo recibimos la fe, pero hasta qué punto nosotros vamos permitiendo que esa fe vaya creciendo y fructificando. Cuantos se dicen católicos pero su fe está bajo tierra, porque no le dice nada, porque hay tantas cosas que hacer que su fe queda totalmente de lado. O bien su proyecto de vida, pareciera que no entra la fe, Dios nos ha dado a nosotros el don de la fe, es un talento, es algo valioso, pero nosotros podemos pensar que no va de acuerdo a nuestras expectativas y lo vamos enterrando. La fe debe de dar un fruto, pero en realidad podemos decir que ha crecido nuestra fe, que se demuestra que nuestra fe es distinta, que mi vida es distinta, o simplemente digo que tengo fe porque hago una oración, o porque voy a misa, pero en realidad no repercute en nada en mi vida, ni me ha hecho mejor, ni me ha acercado más a Dios. ¿Hasta qué punto realmente la fe ha dado un fruto en mi vida? ¿Hasta qué punto ha crecido?
O bien hasta qué punto hemos valorado el talento de la Palabra de Dios en nuestras vidas. Cuántas veces se proclama la Palabra de Dios, y cuántas veces la ponemos bajo tierra, porque no la escuchamos, no nos dice nada, no la meditamos, más aún, no nos interesa ni dejamos que vaya iluminando nuestra vida. La Palabra de Dios siempre viene a nuestra historia, pero nosotros muchas veces no valoramos esa Palabra, es algo tan valioso, algo que viene a iluminar mi manera de ser, a guiar mi vida a transforme, pero hasta qué punto yo me he dejado transformar por ella. Si cada domingo escuchamos la Palabra, la pregunta sería si después de un año de escucharla realmente ha dado un fruto, realmente me ha hecho mejor, me ha dado la capacidad de ver con ojos nuevos mi vida, y he cambiado algunas actitudes, si realmente esa Palabra me ha iluminado y llenado de esperanza en los momentos de crisis. O a lo mejor esa Palabra ha venido, pero no me ha afectado en nada, no me ha transformado en nada, en otras palabras, he puesto bajo tierra esas Palabras, no he sabido ver la grandeza que esa Palabra tiene en mi vida.
Esos talentos también se refleja en los sacramentos. ¿Qué hacemos con los sacramentos? ¿Hasta qué punto se ha desarrollado y ha dado fruto mi bautismo? ¿Hasta dónde me ha comprometido mi confirmación y he dado un verdadero testimonio? ¿Hasta dónde el sacerdocio es realmente un signo de santificación para la comunidad? ¿Cómo me ha ayudado a trasformare la confesión? ¿Cómo me ha ayudado a crecer y madurar mi vida de pareja el sacramento del matrimonio? Cuántas veces los sacramento son sólo por la fiesta, y después se quedan bajo tierra, el bautismo no da para más. O bien la confirmación no ayuda a ser verdadero testigo, sino que sólo me tome una foto y después bajo tierra, sin dar testimonio, ni comprometerme delante de los demás. O bien cuántas veces el sacramento del matrimonio fue sólo la fiesta, el regalo, el vestido de blanco, pero en realidad nunca dejamos que la gracia que se recibió en ese día creciera para seguir amando en el desarrollo de la relación a pareja, amarlo desde la dimensión de Dios; o bien dejamos que esa gracia matrimonial creciera para afrontar los problemas y verlo desde Dios.
Muchas veces esos talentos se echan en tierra, sólo se reciben un día, con una fiesta y después de olvidan y olvidamos el gran tesoro de salvación que Dios pone en nuestras manos, puyes no vemos que son un talentos, es decir, una gran cantidad, sino que sólo vemos que es una fiesta, un compromiso, pero no una gracia que salva y me acerca a Dios.
Es un buen día para meditar en estos talentos espirituales que Dios pone en nuestras manos, y ver que hemos hecho con ellos, y a lo mejor ir y desenterrarlos y empezar a dar frutos para decirle al final de nuestra vida: «Señor, me has confiado estos talentos: aquí están los otros talentos que he ganado

6/11/11

«Cinco de las virgenes eran necias, y cinco prudentes...»

Meditación con motivo del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Sabiduría 6,12-16
1 Tesalonicenses 4,13-18
San Mateo 25,1-13

El hombre es un ser que se mueve según sus necesidades, según sus deseos, pues en realidad todo lo que lo mueve es precisamente el buscar continuamente lo que le anima, lo que le satisface y la da sentido a su vida. De tal manera que todo lo que le ayuda siempre lo irá buscando, y buscará la manera de llegar a ello, y se esforzará para alcanzar esas metas en la vida. En cambio aquello que no le interesa lo dejará de lado, o sólo lo irá sacando a flote con el mínimo esfuerzo, pues no le interesa en lo más mínimo.
El Evangelio de hoy coloca una contraposición en dos actitudes contrapuestas en la vida del hombre: El ser necio y el ser prudente. Son dos realidades que reflejan el interior de la persona, mostrando así el interés que presenta ante ciertas realidades.
Detengámonos en estas vírgenes que esperan al novio. Antes que nada este relato puede parecer un poco extraño, pues que hace un grupo de mujeres esperando al novio en la calle, sin embargo refleja la vida de aquellos pueblos. Pues una boda era una ocasión muy especial, pues todo el pueblo salía a acompañar a los novios. Las mujeres salían con la novia y esperaban a que el novio llegara, sin embargo según esta parábola en este momento se tarda, y de ahí se desarrolla toda la temática.
Vemos dos grupos, unas que son prudentes y otras necias, y esta calificación se da a partir de un sencillo acto: Llevar el aceite para las lámparas. La pregunta sería: ¿Por qué unas llevan el aceite? Las otras desde el inicio no lo llevaron. Podríamos pensar que no lo llevaron porque creyeron que sería rápido, que no debían esperar tanto, en fin no lo creyeron importante, pues no se suele ocupar tanto aceite, por lo general el novio llega rápido. Pero las otras curiosamente si lo llevaron, seguramente ellas no sabían si tardaría o no, pero ellas desde el inicio prefirieron llevarlo. ¿Qué es lo que les hizo llevar ese aceite? Para ellas seguramente se les hizo importante, por un lado por medida de prevención por si se les acaba, y por otro, porque ellas querían estar ahí, querían acompañar a la novia, y no querían tener que retirarse por falta de luz en sus lámparas. Por tanto podemos ver dos actitudes ante la boda que se está por celebrar. Las imprudentes llevaron lo básico, pues para ellos era un mero requisito acompañar a la novia y no había necesidad de más pues eso sucedería rápido; en cambio las otras se preocuparon de tener que irse si se les acababa el aceite. Unas estaban ahí por ser parte del rito, otras porque era importante ese acontecimiento y no querían perdérselo.
Podemos decir entonces que se lleva el aceite en atención a lo que se celebra, mientras que para unas era sólo algo pasajero y sin importancia, un mero requisito, para las otras era lago importante. Ellas actúan según la importancia que tiene el acontecimiento. Les mueve estar preparadas según la importancia que eso tiene.
Por tanto, lo que las hace prudentes, es decir sensatas, razonables y por lo tanto capaces de descubrir y de pensar bien las cosas, no se quedan en lo meramente superficial, sino que van más allá. Para ellas la boda es importante, y buscan tener todo lo adecuado para estar en ella y participar bien del acontecimiento. En cambio las otras son necias, es decir no hacen un juicio adecuado, todo o hacen superficialmente, sin ningún sentido en la vida, sólo hacen las cosas a la ligera, sin buscar algo que realmente valga la pena, buscan salir del paso.
Y esto entonces nos lleva a contemplar la realidad humana, que a veces hacemos las cosas por salir del paso, y otras las hacemos siendo sagaces, buscando las cosas para que se llevan de la mejor manera. Esto es parte de la vida, sin embargo la pregunta sería cuales son las cosas que hago esmeradamente y cuido todas las formas para llevarlas a cabo. Porque pudiéramos ser muy diestros y agudos en cosas que a veces ni nos benefician, o no benefician a los demás. Cuántas personas son muy sagaces en hacer el mal, o cuantos son muy previsores para buscar el poder, para dominar y someter a los demás, para humillar a otros, para rebajarlos en su dignidad, para robarles, para sacar provecho de las cosas o de las desgracias que van sucediendo. Y pudiera ser que fuéramos muy sagaces para esas realidades, pero que finalmente no son realidades que enciendan la lámpara, pues esas cosas no dan luz, es decir no da vida, sino muerte a nuestro alrededor.
Ser sagaces, ser prudentes, implica ser capaces con nuestras obras de encender la lámpara, de dar luz a los demás, de iluminar la vida de los otros, de ayudarlos, de estar cerca de ellos, de ser capaz de comprender sus necesidades. Y podemos decir que esas mujeres previsoras transforman su vida en una vida sabia, es decir saben escoger bien las cosas de la vidas aben vivir, y saben vivir porque con su actuar iluminan a los demás, y les dan sentido a todas sus obras. Cuando el hombre es previsor, y descubre que lo importante de su vida es precisamente ser luz, su vida se llena de sabiduría, y como dice la primera lectura dl día de hoy: «La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos.» Por tanto cuando el hombre realmente descubre lo que vale la pena en la vida entonces se deja encontrar por esa Sabiduría, que es Dios mismo y que hace ser capaz de vivir desde una dinámica distinta.
En cabio el necio, es aquel que nunca se preocupara por lo importante hará las cosas porque debe de salir, sin descubrir lo importante que son las demás personas, sin llegar a descubrir que estamos llamados a ser luz en medio del mundo.
Podemos concluir, que en neutras vidas siempre podernos más atención a ciertas cosas, y nos esforzaremos más en la medida en la que nos interesan. Sin embargo, cuando nos empeñamos en una realidad que no sólo nos interesa, sino que descubrimos que da sentido a nuestra vida y con ella ayudamos a los demás, somos capaces de ser luz, somos capaces de alimentar nuestras lámparas y de iluminar a los demás, dejando que en nuestra vida se llenan de una Sabiduría que vaya dando sentido en nuestra historia y en aquellos que nos rodean.

30/10/11

Experiencia y no imagen

Meditación con motivo del XXXI domingo de tiempo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Malaquías 1, 14—2, 2. 8-10
1 Tesalonicenses 2, 7-9. 13
San Mateo 23, 1-12

Vivimos en un mundo que está dominado por la imagen, los productos que se venden siempre buscan anunciarlo a través de una imagen, de algo que sea llamativo, de algo que enamore a la vista, que se haga agradable al conocerlo, que se sienta la necesidad de poseerlo, que parezca la respuesta a las dificultades que se tienen. De esta manera los productos tratan siempre de tener una imagen delante de los demás, que los hagan adelgazar por arte de magia, que los hagan ser más atractivos de inmediato, que les den la felicidad que tanto han buscado. Imágenes, que muchas veces distan de la realidad. De la misma manera los locales comerciales, las presentaciones de la comida, y demás elementos siempre parte de una imagen.
Sin embargo, como su nombre lo indica es una mera imagen, y la palabra imagen bien del latín “imago", es decir retrato; y a su vez viene del verbo "imitari" que significa imitar. Entonces imagen es aquello que uno puede interpretar, una "imitación" de la figura real. Por tanto es sólo imitación, es sólo la apariencia, pero no es la realidad, y en nuestros tiempos se tiende mucho a esto, a presentar una idea con la imagen, a representarla, pero no a no mostrar la realidad, sólo se anuncia algo que es aparente, pero que no es real.
Si bien a nivel de mercadotecnia es lo que mueve a comprar algunos productos o asistir a ciertos lugares, también es cierto que al final, si esa imagen es totalmente apariencia provocará una fuerte desilusión. Sin embargo, la imágenes no sólo se dan en las cosas o en los lugares, sino en las personas. Y es que a veces las personas buscan presentar un estilo concreto de vida delante de los demás, para demostrar, no lo que son, sino lo que quieren aparentar ser, y así conseguir un objetivo. Se puede aparentar ser bueno, cuando en realidad sólo se busca engañar a alguien. Se puede aparentar ser honesto para conseguir un puesto y después robar. Se puede aparentar ser una persona cariñosa y fiel, y después abusar de la otra persona y utilizarla. Se puede aparentar un amor sincero y al final resultar que sólo quería algo de placer. Se pueden aparentar cantidad e cosas, y al final mostrar definitivamente quienes somos.
Estas apariencias hacen que las personas se desilusionen y posteriormente se cuiden de los demás, desconfiando de todo tipo de sinceridad. Las apariencias matan la confianza y la esperanza. Y curiosamente en medio de estas apariencias, el hombre o la mujer de fe no están exentos. Cantidad de hombres y mujeres van por la vida mostrando meras apariencias sobre su fe, pero que no concuerdan con su realidad, y al final llevan a una desilusión de la persona y de la misma experiencia de fe.
Cuántos jóvenes hoy en día dicen no creer en Dios, y muchas veces no es por Dios sino, por la falta de congruencia que hay entre la viuda y la fe. Y la fe se toma como un mero fetiche, como una apariencia, como un rezo, como un robo incluso, como un absurdo que no dice nada, pues la fe parece tan despegada de la realidad que parece un ridículo ante las necesidades del mundo; o bien la fe se ve sólo como un mercad, pero que no influye no transforma, incluso se contradice en las enseñanzas del evangelio, pues e anuncia lo que nos e vive.
El evangelio de hoy denuncia este uso indiscriminado de la imagen delante de los demás, denuncia la cultura de la apariencia y sobre todo de la apariencia de la fe: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover.» La crítica que Jesús dirige es hacia los fariseos que eran los jefes religiosos de aquellos tiempos, que si bien contaban con un gran prestigio entre el pueblo, ahora Jesús los desenmascara pues ellos son conocedores de la Ley, ellos conocen la Palabra de Dios, son personas que guían a la sociedad en materia de fe, sin embargo, su vida es sólo apariencia. Anuncian cantidad de cosas, pero ellos no las hacen. Van elaborando y anunciado cantidad de leyes, sin que esas leyes realmente repercutan en sus propias vidas. Son capaces de exigir cosas, de anunciar las cosas, pero ellos no las viven.
Por ello, Jesús dice: «Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras.» Con esta frase Jesús reconoce sus enseñanzas, no son cosas malas, son cosas que van de acuerdo con la experiencia de fe, por eso invita a realizar lo que los fariseos anuncian, pues lo que ellos dicen efectivamente es de Dios, ellos hablan palabra de Dios, pero la enseñanza de los fariseos termina precisamente en lo que dicen, no se les debe de imitar pues su estilo de vida deja mucho que desear, su estilo de vida no corresponde con lo que anuncia. Y el problema es que muchas veces impacta demasiado lo que el otro hace, sus obras. Jesús por ello advierte que es menester no imitar sus obras, y sólo quedarse con lo que anuncian, marcando que su estilo de vida es totalmente contradictorio con lo que se anuncia.
Cuántas veces la gente imita a las personas en su vida y eso es precisamente lo que hace que todo se vuelva contradictorio. Cuántos ven que las personas de fe buscan puestos, lugares, posiciones, privilegios, y muchos piensan: “si a él se lo dan, también puedo pedirlo yo”, y toda su vida gira en torno a lo que puede ganar, a lo que puede aprovechar, pero no a lo que puede ayudar y cambiar de vida. De tal manera que el mal testimonio puedes ser un corrosivo que destruya la vida de los demás, dejando de lado lo que realmente se necesita, que es la vivencia del evangelio.
Pero ¿Por qué los fariseos no viven este testimonio que deberían mostrar a los demás? El mismo Jesús lo aclara: «Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame ‘maestros.’» Toda su vida se desenvuelve en torno a ocupar puestos, a ser llamativos, pero no a ser realmente testimonio de fe. Su posición en la sociedad no es para mostrarse delante del mundo como aquellos que merecen todo lo necesario porque conocen a Dios, pues por esta actitud cuidan solamente esta zona de privilegios, pero no se preocupan por cuidar su relación con Dios viviendo lo que dice su Palabra. Ese es el problema de los fariseos, que sólo viven de su imagen, pero en realidad, no viven desde las categorías que se supone anuncian, es decir, desde las categorías de la Palabra de Dios. Su interés gira en torno a lo que necesitan, a lo que quieren y se merecen, pero no gira en torno a Dios, y por tanto su fe es totalmente estéril, incapaz de dar frutos.
Por lo tanto lo importante es la vida desde el testimonio, la vida del creyente no puede ser sólo de imagen, no es sólo de apariencias, esas vidas no son importantes, pues en realidad son falsas. De nada sirve una vida donde se aparente que se hace oración, que todo el día están hincados, que todo el día alaban a Dios, eso no ayuda ni edifica, pues la verdadera vida de oración no se demuestra estando de rodillas, sino con las palabras y actitudes que trasmiten precisamente esa vida de oración. No es la posición lo que muestra la oración, sino la vida que se tiene, que refleja e aviad de oración que hay en el interior, no es la imagen, sino la realidad que se vive en el interior.
No es importante aparentar que hago obras buenas, y que todos me vean. Eso es inútil las obras buenas no se planean, sino que van siendo fruto, en primer lugar del amor que se tiene en el interior, las obras buenas son la educación que refleja mi experiencia de bondad, el respeto que doy a otros, el hacer que los demás me sientan agradable, no porque lo busque, sino porque soy capaz de mostrarlo de modo natural porque trasmito bondad.
Por tanto Jesús trata de aclarar que no es suficiente dar una buena explicación, o tener un gran discurso, o saber cosas acerca de Dios y la fe, sino que se debe reflejar en el ejemplo de la persona, pues a Dios, y por ende la fe, se da a conocer, no sólo por una buena catequesis, sino por el ejemplo, pues no pude hablar de Dios y su amor, si nuestra vida contradice esa experiencia del amor. El cristianismo no es de imágenes, no es una apariencia, pues finalmente la gente se desengaña y ve el absurdo de la fe con nuestra manera de ser. EL cristiano no debe forjar imagen, sino que debe de ser un convencido, dejando que día a día la Palabra que conoce, lo vaya transformando totalmente, dejando la imagen, pues no estamos para convencer por apariencias, sino estamos llamados a trasmitir una experiencia que ha tocado fuertemente nuestra vida.
Este testimonio que se va reflejando desde nuestra propia experiencia, no sólo con discursos, ni creyéndonos superiores por saber cosas, sino porque trasmitimos con nuestro ejemplo la experiencia de Dios. Aclarando que en nuestra vida no está exenta de errores, pues somos frágiles y tenemos pecados. Lo importante es que nuestra búsqueda por ser coherentes y dar buen ejemplo, vamos esforzándonos por vencer esos pecados, no por apariencia, sino por un convencimiento y transformación total de nuestra vida. Y en la medida en la que vamos venciendo ese pecado, vamos siendo mejores. En la medida en la que reconocemos nuestros errores vamos transformando nuestra vida.
En conclusión, no hay mejor catequesis para convertir al hermano y conozca a Dios, sino nuestra vida, de ahí que la pregunta que debemos hacernos en este día es ¿Hasta qué punto puedo decir que he acercado a los demás con mi vida?

23/10/11

DOMUND es contagiar...

Meditación con motivo del Domingo Mundial de las Misiones 2011

Textos:
Zacarías 8, 20-23
Salmo 66
Romanos 10, 9-18.
San Marcos 16, 15-20

Celebrar el Domingo Mundial de las Misiones implica recordar una de las notas características de la Iglesia, y es que cada vez que recitamos el credo decimos que la Iglesia es apostólica. La palabra apóstol quiere decir “enviado”, por tanto la Iglesia es apostólica porque es enviada, es llamada a anunciar el mensaje de Cristo. Y esto nos invita a recordar que la Iglesia tiene como parte de su identidad el anunciar, el hacer llegar el mensaje de Cristo, que es precisamente un mensaje que debe iluminar y debe llenar de esperanza a los hombres. No se trata simplemente de anunciar como si fuese una obligación, sino de llevar esperanza, de dar sentido a la vida, de dar un aliento a la humanidad a través del mensaje del evangelio, de modo que el evangelio sea esa luz en medio de las dificultades de la vida y anime a los hombres a seguir adelante.
Y esta misión de anunciar el evangelio es una realidad que nos concierne a todos, no es exclusivamente de unos cuantos, sino que todos debemos de ser misioneros. Pero debemos de meditar que implica ser misionero, y como anunciar esta Palabra. La evangelización no es simplemente dar una serie de temas, una mera instrucción religiosa, sino que debe de llevar al encuentro de la persona de Cristo. Evangelizar no equivale ir a la escuela, no equivale con aprender algunas lecciones, sino tener un encuentro con Dios. Y ese encuentro se nota en la medida en la que la vida se transforma.
Por ello, podemos decir que, evangelizar es el acto de contagiar. Si entendemos contagiar como el acto de trasmitir algo que poseo a otro, en el caso de la salud, un contagio es trasmitir mi enfermedad a otra persona. Esta palabra viene del latín, ‘cum’ que significa ‘con’ y ‘tangere’, es decir ‘tocar’, por tanto es el acto de tocar con lo que tengo a alguien o a algo. Y desde nuestra reflexión evangelizar es eso contagiar, es tocar al otro con la Palabra de Dios que tenemos en nuestra vida. Evangelizar es precisamente tocar al otro con eso que tengo. Muchas veces la evangelización deja mucho que desear, pues no cambia la vida de nadie, y es que nos e contagia al otro, no lo tocamos, ya sea porque no queremos hacerlo, o bien porque la Palabra no nos ha tocado a nosotros, y por ende es muy difícil tocar a alguien con una Palabra que no tenemos.
Evangelizar se convierte entonces en la capacidad de dejarnos tocar por Dios y así tocar a otros con esa Palabra, de “Con-tagiarlos”, de “tocarlos-con” la experiencia de Dios.
En la mediad en la que se contagia esa Palabra entonces la vida se renueva pues todo se ve desde un punto de vista distinto, pues soy capaz de ver las cosas desde un nuevo horizonte, soy capaz de ver las cosas desde una nueva óptica, pues se vive de manera distinta, y hay algo que genera una transformación.
Esta idea es expresada en la primera lectura del día de hoy, del texto de Zacarías: «Vamos a apaciguar el rostro del Señor y a buscar al Señor de los ejércitos; yo también quiero ir.» Nos muestra por medio de su última visión, como llegará un día en que todos los pueblos querrán ir a apaciguar el rostro de Dios, es decir, querrán reconciliarse con el Señor. Apaciguar la ira se refiere precisamente al acto de estar en paz con Dios, al acto de no querer estar distanciándose de él, y por tanto se refleja el anhelo de entrar en contacto con él. Y en segundo lugar dice que lo quieren buscar, es decir quieren estar en movimiento continuo para no separarse de él; es el acto de conseguir, ver o saber dónde está Dios y nunca separase de él, el no querer perderlo de vista. Con estas dos acciones: apaciguar el rostro de Dios y buscarlo, quieren mostrar su total adhesión a Dios. Llegará un día en que los pueblos entrarán el sentido de todo desde Dios.
Y curiosamente esta decisión que toman los pueblos, es algo que quieren extenderlo como invitación, al punto que al final dice: «Yo también quiero ir.» Su motivación, hace que otros los quieran acompañar. Y eso es la evangelización, es motivar a otros, que al ver mi vida, que al ver como cambio, que al ver que me he encontrado con Dios, los contagie y digan «Yo también quiero ir», “Yo también quiero encontrar el sentido de mi vida como tú lo haces”. Por ello el profeta Zacarías muestra que el haber encontrado a Dios lleva a que los demás también se motiven, pues la manera de expresarlo los motiva a seguir adelante.
Y esto se hace más explicito al final del texto cuando dice: «En aquellos días, diez hombres de todas las lenguas que hablan las naciones, tomarán a un judío por el borde de sus vestiduras y le dirán: “Queremos ir con ustedes, porque hemos oído que Dios está con ustedes.”» Se muestra como son los mismos judíos quienes deben de llevar a los hombres al encuentro de Dios. La gente al verlos querrán que los lleven a Dios, dice que los tomaran del borde de su túnica, es decir, que buscan una relación especial con la persona. Si ellos están con Dios, y ahora los pueblos tocan el borde del manto, quiere decir que quieren estar cerca de su persona pues así ellos se encuentran con Dios.
Por tanto podemos ver que evangelizar es precisamente eso, dejar que las personas se contagien de Dios, y se acerquen a él. Evangelizar es dejar que se tomen del borde de nuestro manto, de nuestra persona y que quieran que los llevemos al encuentro de Dios.
El problema está que a veces nosotros no estamos tocados por esa experiencia. A veces solamente vamos a misa porque es costumbre, porque es normal. A veces conocemos cursos porque nos llaman la atención, pero no dejamos que esa Palabra nos toque y nos transforme, de tal manera que a los ojos del mundo no contagiamos nada. Incluso a veces hay gente que evangeliza, pero todo lo ve como escuela, como un concepto, que a puede hacerse interesante, pero que no logra transformar nuestra vida, ni la vida de los demás.
Todos somos misioneros, y no porque salgamos a tierras lejanas sino porque debemos contagiar con nuestra vida a los demás, para que se acerquen a Dios y descubran un nuevo horizonte en la vida.
Pero en este Domingo Mundial de las Misiones, si bien, debemos recordar nuestra identidad misionera, también es cierto que debemos cuestionarnos hasta que punto experimentamos la Palabra transformadora de Dios, hasta que punto nos hemos dejado transformar y hasta qué punto somos capaces de contagiar a los demás de la gracia y presencia de Dios. Y si me falta algo, empezar a buscar y encontrar el verdadero sentido de la fe, que es ser postrador de la Palabra, que llena de esperanza y da sentido a la propia historia.

22/10/11

«Amarás al Señor, tu Dios...»

Meditación con motivo del XXX Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Éxodo 22,20-26
1Tesalonicenses 1,5-10
San Mateo 22,34-40


La vida de la fe implica sobre todo saber distinguir los parámetros meramente humanos y los parámetros de Dios, y ello implica tener una vida totalmente receptiva a lo que Dios propone. Por ello, a lo largo de la historia las culturas tratan de descubrir el camino que los lleva a la experiencia de Dios. Sin embargo a veces con el fin de encontrar el camino para llegar a esos criterios se van construyendo caminos que ¡sean de ayuda para encontrar a Dios, pero a veces esos caminos son tan complejos que el hombre no se encuentra con Dios. A veces hay tantas estructuras e instancias que lejos de permitir el acceso a Dios impiden el entrar en contacto con él. Sobre esta realidad parce centrarse el evangelio de hoy.
Vemos como el doctor de la ley se le acerca a Jesús a preguntarle sobre el mandamiento más importante. A primera vista podríamos decir que eso es un absurdo, pues todos los mandamientos son importantes, sin embargo en aquellos tiempos era una cosa compleja pues las reflexiones de los fariseos y doctores de la Ley había hecho sumamente compleja le experiencia d la Ley colocando muchos mandatos. En aquel tiempo eran 613 preceptos, lo que se requiere el israelita piadoso para observar la Ley. A partir de los diez mandatos entregados a Moisés, las autoridades religiosas habían llegado a este complejo grupo de leyes. Y estas a su vez se dividían en dos grupos, había 365 que eran prohibiciones, una para cada día del año; y las restantes (es decir, 248) eran preceptos positivos, uno para cada hueso del cuerpo humano, de acuerdo con la era del conocimiento. Desde luego que esto tenía complicaciones pues el pueblo no era capaz de recordar todos los mandamientos y las sutiles distinciones de la casuística moral que ciertos mandamientos, a fin de que los fariseos y doctores de la ley considera que los pecadores sin esperanza perdida. Podemos decir que estos mandatos se convierten en caminos que a veces hacían hacer al hombre cuidarse más de no romperlos que encontrarse realmente con Dios.
Por esta razón se discutía sobre el precepto principal. Jesús deja de lado toda aquellas reflexiones de los doctores y responde a la pregunta recurriendo a la Escritura: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente», manifestando de ese modo que lo más importante lo dice Dios y está encerrado en la experiencia del amor.
La experiencia del amor es lo fundamental, vivir desde ese dinamismo de amor hacia Dios lleva por tanto a esa experiencia de paz. Con esto Jesús da por descontado todos los preceptos que los fariseos ha ido construyendo, mostrando que la paz y el sentido de la propia historia de fe no se logra a partir de estructuras que se han ido consolidando por estructuras meramente humanas, no son sus 613 mandatos, no son ese listado inútil de preceptos lo que da forma a todo. Lo que da sentido a la vida del hombre, es Dios y su Palabra, y a partir de la experiencia del amor lo que coloca y da sentido a todo lo que se hace.
Por ello, el hombre debe reconocer que la cantidad de elementos que se construyen al rededor no pueden ser realmente sólidas si no están cimentadas en la experiencia del amor, y en un amor que me lleve a reconocer la grandeza de Dios.
El hombre es invitado a mar a Dios, y amarlo con toda su realidad, pues el mismo texto no limita simplemente a decir que se ame a Dios, sino que coloca las diversas dimensiones a partir de las cuales se debe amara Dios. Hay que amarlo con el corazón, el alma y la mente. Eso quiere decir que Jesús deja bien claro que el amor de Dios se da partir de ciertos elementos, no es una amor en lo abstracto, no es un amor en lo sentimental es un amor que conlleva una vida, es un camino de toda la vida. No es para unos momentos, no basta con una plegaria, no es de una misa, es toda una transformación de la propia historia.
Amar a Dios implica diversas dimensiones de la vida, y sólo a partir de ahí se pude demostrar el amor hacia Dios. Hay que demostrar el amor desde el corazón. Y el corazón nos remite al lugar de los grandes pensamientos, por tanto amar a Dios implica reconocer que Dios forma parte de mis pensamientos importantes, pero si Dios está al, margen, sólo me acuerdo de él de momentos, sólo cuando voy a misa, o cuando hay alguna emergencia, implica que no es un gran pensamiento, por tanto Dios es algo meramente marginal y por ende no existe ese amor.
En segundo lugar marca que hay que amarlo con toda el alma, y esto quiere decir que hay que amarlo con toda la vida, con toda nuestra realidad, en toda circunstancia, sea bueno que malo, ser capaz de descubrir que Dios está presente tanto en las buenas como en las malas. Amar a Dios siempre, en toda nuestra vida, pero si lo amo sólo cuando me va bien, sólo cuando me conviene, implica que Dios es un asteroide que flota sin sentido en la vida, y sólo algunas veces logra un pequeño contacto con nosotros.
Finalmente hay que amarlo con y toda la mente, y esta expresión en griego se refiere a estar en medio del entendimiento, a la actividad cognoscitiva, racional, indica la capacidad para entender las cosas. Amar a Dios con la mente es la capacidad de tener presente a Dios en cada momento y saber distinguir su acción en mi vida, se r capaz de entender las cosas como él, entiende las cosas desde el evangelio, desde el amor, desde el perdón, y dejar de lado todo tipo de criterio racional del mundo. Amar a Dios con la mente implica ser capaz de tenerlo como parámetro para entender la realidad, y la historia, para saber como actuar o como responder.
Por tanto Jesús deja en claro cuál es el camino para encontrarse con Dios, un camino que se define a través del amor a Dios y ello conllevará al amor al Prójimo donde se reflejara totalmente esa experiencia de amor que se le tiene a Dios. Pidamos en este domingo que nos de la capacidad de encontrarnos siempre con Dios, a partir de este criterio de amor y lo reflejemos hacia los demás, como signo de ese amor que empezamos a vivir desde la dinámica de Dios.

16/10/11

Una fe en medio de la dificultad...

Meditación con motivo del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 45,1.4-6
1 Tesalonicenses 1,1-5
San Mateo 22,15-21

La vida de fe, está íntimamente enraizada con la experiencia humana, no es posible hablar de fe, sin referirnos al elemento humano. No es posible la fe, si el hombre no vive desde sus propias categorías y coordenadas humanas. De ahí que desenraizar nuestra fe de la historia, el querer comprender y vivir la dinámica de la fe, sin la experiencia de nuestra historia, no es posible, debemos dejar que nuestra vida ilumine nuestra fe y que nuestra fe al mismo tiempo ilumine nuestra vida, nuestra historia. Sin embargo esta relación se torna un tanto difícil cuando en nuestra vida se encuentran dificultades y pareciera que esa relación con Dios no se ve tan claramente como quisiéramos. Nos topamos con desilusiones, situaciones que parecen acabarnos y que frustra todo un proyecto, sin embargo, estamos llamados a levantarnos y a descubrir que no vamos solos por la vida, sino que Dios está ahí, por ello el reto es precisamente permitir que la fe ilumine esa situación.
El día de hoy en la primera lectura nos encontramos con esta situación. Encontramos al profeta Isaías que dirige unas palabras de ánimo al pueblo, palabras en las cuales quiere manifestar la salvación que viene de Dios. Pero para entender estas palabras es necesario entender la situación del pueblo. Estamos en medio del destierro de Babilonia, el pueblo ha perdido todo, ha perdido su tierra, ha pedido su pueblo y parece que su fe se ve amenazada, pues en medio de esta situación que viven, parece contradecir su fe. ¿Cómo es posible que Dios haya permitido este destierro? ¿Cómo es posible que Dios permitiera la destrucción de su templo? ¿No se supone que Dios es más fuerte que todo, por qué los abandona? Todo parece estar perdido. Y justo ante esa situación parece vislumbrarse la salvación del pueblo, y es justo lo que manifiesta el profeta Isaías.
Esta salvación se muestra con la elección de una persona: «Así habla el Señor a su ungido, a Ciro, a quien tomé de la mano derecha.» EL profeta dirige sus palabras hacia Ciro, que incluso recibe el título de Ungido, es decir el elegido de Dios. Pero ¿Quién es Ciro? Ciro, es el rey de los persas. En el momento en el que el profeta escribe, la potencia que dominaba todo el oriente era el imperio Babilonio, sin embargo debido a los malos manejos y estrategias político-religiosas, el imperio Babilónico parce venirse abajo, y justo en ese momento comienza a tomar fuerza el imperio persa, capitaneado por Ciro. Y el profeta vislumbra que ese imperio que está floreciendo, el imperio del los persas, es precisamente el signo que Dios da para traer la salvación, ese rey, es el elegido de parte de Dios.
Esto al inicio parece un absurdo, pues el elegido de Dios debería ser parte del pueblo judío, o Dios mismo. Pero resulta que el elegido es un rey extranjero, y será él quien llevara al pueblo a la salvación. Y efectivamente será el rey Ciro una vez que conquista Babilonia, quien regresará a los judíos a su tierra y comenzará las obras para construir un nuevo templo. Pero, ante este anuncio que podría sonar absurdo, podemos ver que Dios se vale de muchas maneras para dar la salvación al pueblo. Y muchas veces es el camino más ridículo que puede existir. ¿Quién imaginaria que sería otro rey extranjero quien liberaría al pueblo? Nadie. Por tanto, el texto nos marca que aún en la situación más complicada Dos saca una solución aún en medio de lo más inimaginable posible. Muchas veces creemos que nuestros problemas, que nuestras dificultades se resolverán por ciertos caminos, pero no es así a veces Dios responde por el camino menos pensado e imaginado. Lo importante es tener la disposición y dejarnos sorprender por él.
Inmediatamente después de la declaración de la salvación que se acerca el profeta recuerda la identidad del pueblo: «Yo te llamé por tu nombre, te di un título insigne, sin que tú me conocieras.» Recuerda al Pueblo que él nunca se olvida de ellos, y por ello dice que lo ha llamado por su nombre. El nombre representa la identidad de alguien, por tanto, este pueblo no es anónimo, ni es alguien desconocido para Dios, este pueblo es conocido y tiene una identidad, y por ello nunca ha estado sólo. Si Dios lo va a salvar es porque nunca se ha olvidado de ellos, siempre ha estado junto con ellos.
Por tanto, en medio de las dificultades el pueblo nunca ha estado sólo, Dios lo conoce, Dios le dio su identidad, nunca lo ha dejado solo y a su suerte. Ello implica algo mucho más profundo entonces, quiere decir que ciertamente a veces nuestra fe parece dejarnos, parece desilusionarnos ante ciertas situaciones que vamos viviendo. Sin embargo conviene recordar que Dios nos conoce, sabe lo que sucede en nuestra vida, nos llama por nuestro nombre, y busca como ayudarnos, tal vez no del modo que quisiéramos, pero lo hace del mejor modo para alcanzar el sentido de nuestra vida.
Y finalmente Dios hace una aseveración importante, ya que se anuncia la salvación por un nuevo camino, ya que ha recordado al pueblo que nunca lo olvida y le ha dado identidad entonces Dios les recuerda quién es él: «Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí. Yo hice empuñar las armas, sin que tú me conocieras, para que se conozca, desde el Oriente y el Occidente, que no hay nada fuera de mí.» Les recuerda su propia identidad para que sepan en quien debe confiar. No hay más Dios fuera de él. Con ello les marca que no deben dejarse deslumbrar por los falos dioses de Babilonia, él es el único, no hay más. ¡Ah! Cuántas veces los judíos se dejaron deslumbrar por la extraordinarias liturgias de los babilónicos, al punto de querer estar con ese ‘dios’ que parecía más fuerte que el mismo Yahveh, pero no debe ser así, porque el único, el que da salvación, el que los constituyo como pueblo es Dios y no hay nada fuera de él.
Ante estas palabras debería resonar en nuestro corazón cada vez que quisiéramos buscar alguna solución fuera de él. A veces cuando la enfermedad golpea, creemos que la brujería puede ayudarnos, o cuando nos va mal queremos utilizar un amuleto para tener buenas vibras, o confiar en una vela o ropa de cierto color para que todo vaya bien, o bien leer algún horóscopo para no dar pasos inciertos: «No hay nada fuera de mí
La fe a veces es complicada, pues las situaciones áridas de la vida parecen contradecir todo, sin embargo hoy somos invitados a elevar la vista y descubrir que Dios está con nosotros, nos conoce, nos da identidad y es el único Dios. Y a pesar de esas debilidades, de sus fracasos que se presenta el hombre debe elevar la vista hacia Dios, confiando y sabiendo que su salvación siempre viene en camino. Esto que marca el profeta Isaías es justamente la verdadera fe, que confía y espera, que se desilusiona y sabe que el consuelo viene en camino. Sin embargo a veces las cosas de fe las podemos reducir a cosas muy superficiales, como los fariseos, que limitan el creer en Dios en rendirle cierto culto, y el día de hoy lo presentan preguntado si hay que pagar el impuesto o no. En el fondo ellos y trata de mostrar su fidelidad ha ido haciendo creer que el impuesto es una imposición que en cierta medida traiciona estar con Dios, sin embargo preguntan esto para hacer caer a Jesús. Pero Jesús nos e deja engañar y soluciona todo marcando que es la veredera fe: «Den al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.» Es decir, hay que dejar de ver las cosas secundarias, ver lo que es de Dios, y eso es lo que debemos entregarle, pues la fe se muestra encontrándonos con Dios, sabiendo que él esta presente, sabiendo que el da siempre caminos nuevos de salvación. Debemos darle a Dios nuestra confianza, nuestra capacidad de descubrirlo y ver cuál es el camino de salvación que me propone, y saber que él es el único. El impuesto es algo que es parte de la situación histórica y eso depende al césar, pero no al verdadero sendero de la fe, pues si bien es parte de la historia el tributo al césar, no por ello garantiza o no la autentica fidelidad a Dios.

9/10/11

Aceptar la alianza

Meditación con motivo del domingo XXVIII del tiempo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 25, 6-10
Sal 22
Filipenses 4, 12-14. 19-20
San Mateo 22, 1-14

El hombre por naturaleza es sociable, por un lado porque se desarrolla en medio de una sociedad y por otro porque se necesita del encuentro con el otro. De ahí que en el desarrollo del hombre, se vayan creando vínculos de amistad, vínculos de camaradería, y es que al relacionarse con los demás unos vínculos se van haciendo más especiales, de tal manera que las personas se vuelven más profundas y con ello se establece una relación con elementos superiores. Y en el fondo esas relaciones son las que nos ayudan a seguir adelante, pues esas son las personas que nos sostienen, que nos ayudan, y nos impulsan a seguir adelante, pues con ellos se comparte la vida y propia historia. Pero estas relaciones no se basan sólo en cosas superficiales, sino que hay detalles que van ganando la confianza, y hacen q la misa m vida se comparta y día a día se valore esta relación y descubrir el grande tesoro que se tiene y el nivel de confianza que se tiene.
Y este tipo de relaciones basadas en la confianza y en las que se comparte la misma vida, implica que también la relación con Dios. Por ello deberías de preguntarnos cuál es el nivel de relación que tenemos delante de Dios. Si realmente hemos dejado que nuestra relación con él sea auténtica, y compartamos nuestra vida, nuestra fe, con él.
El día de hoy la liturgia nos muestra cómo Dios busca esta relación duradera en nuestras vidas y para ello utiliza una imagen que aparece frecuentemente en la Biblia, la imagen del banquete. EL banquete representa en la Escritura la relación de Dios con el hombre, es la imagen que indica la relación que se establece entre la humanidad y Dios. El banquete es el símbolo de la alianza que Dios hace con el hombre.
La primera lectura de hoy nos hace un acercamiento de esta alianza, nos muestra de manera plástica en qué consiste esta alianza que Dios hace con nosotros y por tanto la relación n que se establece entre Dios y los hombres. Analicemos algunos elementos de lo que significa vivir la alianza con Dios y descubrir en que consiste relacionarnos con él.
En primer lugar nos indica que Dios «preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera.» Dios es quien ha preparado el banquete, es Dios quien prepara esta alianza que quiere realizar, y algo fundamental es que es preparado para todos los pueblos, es decir, es un banquete universal. La alianza que Dios hace, está abierta a todos, nadie queda excluido de ella, nadie puede vivir al margen de esta invitación. Si Dios quiere iniciar una alianza lo hará abriéndose a todos, no debe quedar nadie excluido de esto. Por tanto si el hombre quiere tener un vínculo sólido con Dios puede acercarse y saber que no está fuera de esta invitación amorosa que Dios hace.
En segundo lugar «Aniquilará la muerte para siempre.» Esta alianza es una alianza de vida. Dios quiere hacer esta alianza para destruir la muerte. Por tanto se vislumbra ya desde este momento que el hombre está llamado a la vida, su destino no es la muerte. EL que vive unido a Dios, el que hace amistad con Dios recibe una promesa de vida, más aún vive desde la dinámica de la vida, todo es vida. La alianza me capacita no simplemente para vencer la muerte futura, sino que me da las herramientas para vencer la estructuras de muerte, para vencer aquello que amenaza con destruirme, que amenaza con acabarme, que puede debilitar la experiencia del amor. La alianza me hace ser portador de la vida, y capaz de vencer las situaciones de muerte.
Y como consecuencia de esa promesa de vida nos marca el texto: «El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros.» Si la experiencia de muerte es vencida por esta alianza que Dios hace, implica que esto va acompañado de una experiencia de consuelo. Por eso enjuga las lagrimas, es señal de consuelo, en señal de la transformación que Dios hace en la vida. Estar en la alianza con Dios, implica que el hombre es capaz de descubrir la esperanza, es decir, es capaz de descubrir que está llamado a no dejarse abatir por las situaciones de dolor y de tristeza, si bien estas situaciones llegan, también es cierto que no es una situación definitiva y por tanto descubre que Dios está en su vida y no se arroja al sin sentido de la vida, al contrario, se arroja a los brazos de la esperanza, de la capacidad de superar esas situaciones, de no perder el ánimo, no dejar que algo lo derrote, sino de levantarse y seguir caminando con alegría para encontrarse con Dios en su historia. Por tanto, tener es amistad con Dios me lleva a descubrir la esperanza que viene de Dios, finalmente es lo mismo que expresa la segunda lectura de hoy: «Todo lo puedo en aquel que me conforta.» Finalmente como san Pablo lo dice, vendrán situaciones de problemas o de carestía, pero ello no implica que todo esté dicho, Dios es mi fortaleza, él es mi compañero, y por tanto el me da la fuerza para levantarme y seguir adelante.
Y entonces esa alianza lleva al hombre a exclamar una verdad profunda: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.» Descubre que Dios no los deja, que Dios los acompaña, que Dios es el compañero que guía a la comunidad y ello conlleva la alegría. La alianza con Dios da un signo de alegría a los hombres. No es posible vivir la alianza con Dios si la alegría. La alianza me debe llevar a tener este aspecto, el don de ser feliz, porque descubrir a Dios cercano, implica la felicidad que da sentido al caminar en la historia.
Por lo tanto tenemos aquí estas dimensiones de la alianza que Dios nos propone, representada por ese banquete: Universalidad, capacidad de vida, ele encuentro con la fortaleza y el consuelo, y la capacidad d ser feliz. Esto es lo que Dios propone para vivir la alianza. Y esto es en el fondo la experiencia de salvación, y es lo que buscamos en lo más profundo de nuestro corazón, sin embargo a veces el hombre no acepta eso, y por eso el evangelio del día de hoy nos presenta dos elementos que llevan al hombre a rechazar esa alianza.
La primera de ellas lo vemos en la primera parte de la parábola, los invitados rechazan la invitación, y esto lo hacen para seguir su actividades. Quiere decir que a veces rechazamos esa alianza porque va en contra de nuestra , va en contra de nuestra vida, de nuestros proyectos y es que lo que Dios ofrece en su alianza muchas veces nosotros lo buscamos de otra manera, muchas veces la propuesta de Dios parece absurda, pues Dios en su alianza nos promete que nadie queda excluido, pero muchas veces somos nosotros los que no queremos esa apertura, vivimos solos en nuestro individualismo, en nuestro autoplacer, pero no somos caces de abrirnos a los demás, a veces ni a nuestra familia, vivimos encerrados en nosotros. O bien queremos vencer la muerte, pero no creemos que sea necesaria la ayuda de Dios creemos que eso se resuelve de otras formas, con la ciencia, con supersticiones y ante eso damos la espalda al proyecto de Dios. O bien creemos que el consuelo nos lo dan ciertas estructuras, o ciertos elementos y ya no necesitamos más, basta con nuestra vida, o bien creemos que esa manera de vivir, es lo que da la felicidad. De esta manera lo que Dios nos propone parece ajeno, pues pareciera que interfiere o es algo secundario con lo que nosotros buscamos o vivimos, por eso el texto dice: «No hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios…» Es decir ellos ignoraron esta llamada y siguieron con su vida cotidiana, no les importo realmente, ellos encuentran lo que buscan desde sus categorías y no creen que Dios sea capaz de ayudarlos, es algo innecesario, pues han reducido su búsqueda de consuelo, de vida, de felicidad a lo que ellos hacen y producen.
Sin embargo, hay otra manera de rechazar, y es peor que la anterior, pues estos hombres simplemente lo rechazan, no aceptan esta propuesta y se van. Pero hay otro que dicen si aceptar este proyecto, pero sólo lo hace superficialmente, y es justo lo que presenta el final de la parábola: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?» Este hombre ha entrado en el banquete, a dicho que si a la alianza, pero sólo con sus palabras, pues su vida lo contradice todo. Los vestidos, las vestiduras en la Biblia representan la personalidad de alguien, si este hombre no trae el traje de boda, quiere decir que su personalidad no refleja su vida dentro del banquete. No parece estar en la fiesta, parecer estar en el banquete, está dentro, pero no lo refleja.
Cuantos podríamos decir que si estamos interesados en Dios y su proyecto, pero sólo lo hacemos exteriormente, sólo lo hablamos, o sólo hacemos un ministerio, sólo vamos a misa, o damos una plática de evangelización, pero al final no portamos el vestido de fiesta, no somos capaces de mostrar al mundo que creemos en Dios, sólo entramos pero no nos dejamos transformar, no dejamos que se impregne de Dios nuestra personalidad, todo es al margen, sin dejar que Dios nos transforme. De este modo rechazamos el proyecto volviendo nuestra vida mera apariencia.
Si bien estamos invitados a dejar que Dios fundar una amistad sólida con Dios, lo debemos hacer no sólo de palabra, o con una buena intención, sino realmente entrar y dejar que su vida, su consuelo, su felicidad nos trasforme y demostremos al mundo que Dios existe y que él vive en nosotros, y nos dejamos transformar por él, mostrando al mundo que estamos viviendo en la dinámica de su alianza no sólo por apariencias, sino porque somos portadores de la vestidura de la alianza.

2/10/11

Dios también fracasa

Meditación con motivo del XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 5,1-7
Salmo 79
Filipenses 4,6-9
San Mateo 21,33-43

El tema del amor sin duda es apasionante cuando se aborda, pues tiene diversas vertientes, diversos modos de vivirlo y de irlo comprendiendo y por esta razón, cuando decimos que “Dios es amor”, tal y como lo describe san Juan en su primera carta (cfr. 1Jn 4,8), implica entonces que penetrar en el misterio de lo divino requiere una gran novedad, diversos modos para entender y adentrarse en ese misterio. No basta sólo decir que Dios es amor, sino tratar de entender las diversas vertientes del amor y entonces ver las diversas facetas de Dios. Por lo tanto querer acercarse al misterio de Dios es querer acercarse al misterio del amor, y ello nos desborda.
El día de hoy en el evangelio continúan narrándose estas parábola sobre la viña, que como lo hemos dicho en otra ocasión, nos presenta la historia del pueblo de Israel, y al mismo tiempo nos presenta un rostro de Dios y por lo tanto un rostro del amor, y en consecuencia del amor de Dios. El día de hoy vemos esta parábola en de nuevo encontramos a estos viñadores y al dueño de la viña, que el fondo representa la historia de Israel que ha rechazado a Dios y sus mensajeros y que al final de los tiempos han rechazado al Hijo, a Jesús y lo han matado. Pero detengámonos como los domingos pasados en el dueño de la viña con el fin de descubrir una faceta más de Dios, y al mismo tiempo de lo que significa el amor.
En primer lugar vemos que este dueño de la viña va construyéndola, no es que el adquiera la viña ya conformada, sino que él mismo la va arreglando, él mismo la va conformando: «Poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia.» Este hombre posee una tierra, él tiene un terreno, y descubre que ese terreno no vale la pena tenerlo así, sino que debe tener vida y entonces decide plantar la viña, y la viña es el símbolo del pueblo de Israel. Quiere decir que Dios quiere un pueblo, quiere una comunidad donde manifestar su amor. Con esto ya nos muestra una característica vital del amor, amar no es encerrarse en sí mismo, sino salir al encuentro de los demás, ser capaz de formar comunidad. Si lo pensamos bien, una pareja ama cuando es capaz de salir hacia el otro, pero cuando se encierra en sí mismo y sólo piensa es ser satisfecho, y no ve por el otro, el amor se rompe, el amor se agria, y no sirve para más. Lo mismo sucede en la amistad, cuando sólo se busca al otro por compromiso o para recibir lo que necesita, el amor de esa amistad se acaba, pues no es capaz de salir al otro, sino que simplemente busca su propio beneficio, y ese amor se frustra. Por tanto, el amor es salida, es búsqueda del otro, es constructor de comunidad, de armonía, es capacidad de engendrar vínculos de unión, de salir al encuentro del otro y ayudarlo y no simplemente autosatisfacción.
Y esta constitución del pueblo la hace de un modo totalmente delicado: «… la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia.» Finalmente esta viña le coloca todo lo necesario para que sea completa, no sólo son las viñas, sino que coloca todo lo necesario. Pone el lagar para que las uvas sean procesadas y den el vino, coloca la cerca en señal de protección y construye la torre de vigilancia pues se debe estar atento de los peligros. Por tanto Dios ha constituido un pueblo y ha colocado todo lo necesario para que se desarrolle del mejor modo, está protegido por Dios, simbolizado por la cerca, es un pueblo que debe dar su fruto, representado por el lagar y es un pueblo que no puede quedarse adormilado, sino que debe de estar siempre atento a la llamada de Dios, y así sean capaces de dar frutos. Es un pueblo que es capaz de vivir en plenitud dando frutos, estando atentos y viviendo desde la protección de Dios. Por tanto, es un amor que se da en totalidad, que da lo necesario para que se responda a la llamada del amor.
Sin embargo sucede algo increíble, teniéndolo todo no dan frutos, y comienzan a asesinar a los enviados del dueño. Pero esto parece un absurdo. Porque permite eso el dueño, más aún cómo se le ocurre mandar a su hijo si ve que todos están muriendo, si está viendo que esos viñadores son unos desalmados.
Pero detengámonos en el dueño de la viña, y veamos que piensa y así descubriéremos una característica más de Dios, y una característica totalmente desconcertante. Por qué sigue mandando servidores si ve que a los primeros los han matado. Seguramente porque Dios cree en el hombre, sabe que debe dar su fruto pero a veces su misma testarudez. Es como si el dueño dijera “no me pudieron dar los frutos, a lo mejor no les fue bien, estaban cansados, tuvieron un problema y por eso se desquitaron”, y ante eso vuelve a mandar a otros. Y en el culmen de todo envía a su hijo: «Respetarán a mi hijo.» En el fondo piensa que a lo mejor no han dado frutos porque no ha ido él en persona, y entonces manda al más cercano a él, que es justamente su hijo, y piensa que lo respetaran, piensa que a él i le harán caso, y así darán sus frutos. Pero resulta ser que no es así.
Podríamos decir que este relato refleja un absurdo, pues pareciera que ese hombre no se da cuenta de la calidad de hombres que son esos viñadores, ese hombre es un fracasado. Y efectivamente Dios es un fracasado, ante el hombre, Dios fracasa, y curiosamente le gusta ser así. Esto aparecería algo totalmente absurdo, algo que no cuadra en nuestros esquemas ¿Cómo Dios va a fracasar si Dios lo puede todo? Pero así es: Dios fracasa. Porque si Dios es amor, el amor se topa con el fracaso en algún momento de la vida. El verdadero amor siempre se topará con el fracaso, o no es amor, es una ilusión, un arreglo, una conveniencia, y por ello no fracasa, pero es amor. El amor verdadero experimenta tarde que temprano el fracaso. No porque ese sea su estado permanentemente, pero si es una de las fases del amor. Para que el amor se auténticamente amor fracasa en un momento determinado, pues así se madura, y se acepta ese fracaso con dolor, como seguramente lo sentía el amo de la viña, pero sigue adelante, por amor.
Decir esto, sin lugar a dudas parece absurdo, es contradictorio decir que el amor es fracaso en un momento de sus etapas, pero así es. Pensémoslo bien, una madre que ama a su hijos, los ve crecer, les da todo lo necesario para su desarrollo, incluso muchas veces se quita el alimento para dárselos a ellos, se priva de cosas, y va viendo con felicidad que crecen, que la quieren, pero no siempre es así, de vez en cuando reniegan de su madre, de vez en cuando no valoran los sacrificios que ha hecho por ellos, incluso le reclaman, le exigen, le dicen que ha hecho mal las cosas. No sucede diario, pero en algunos momentos lo hacen o a veces lo hacen constantemente, y sin embargo las mamás siguen ahí, no dicen nada, y esperan que un día sus hijos den fruto agradezcan y valoren lo que tienen, y ellas siguen igual de sacrificadas y abnegadas. De algún modo en esos momentos ellas están tristes, se hace trizas su corazón al escuchar lo que sus hijos dicen, pero siguen adelante. Las mamás muchas veces se topan con el fracaso en su tarea del amor y siguen caminado, dando oportunidades, por la sencilla razón de que aman. El amor de vez en cuando se topa con fracasos. Y no por esos fracasos las mamás dejan de amar.
Igualmente en el matrimonio hay momentos en el que la entrega se topa con el fracaso, cuando el otro no responde como debería, cuando aparece una dificultad, cuando de repente se lastiman los sentimientos del otro, cuando no se valora lo que el otro hace, su sacrificio, que simplemente lo hace por amor, sin importar nada. Y cuando la pareja está cimentad por el verdadero amor siguen adelante, siguen sacrificándose por el otro, siguen mostrándose muestras de amor y cariño, incluso buscan nuevas formas para seguir adelante en la relación, y no por un fracaso momentáneo, no por una dificultad dejan de amarse y de seguir fuertemente unidos. Sólo cuando la unión es con fines egoístas, el fracaso acaba por apagar todo, sin esforzarse y alimentar el amor.
Por tanto, el amor experimenta en ocasiones el fracaso, y no por ello uno deja de amar, al contrario sigue adelante mostrando su vida de amor, sin detenerse porque la otra persona es importante y se le ama.
Dios nos ama, y en su amor se topa con el fracaso, es tan grande y tan puro su amor que experimenta el fracaso. Ese es el Dios de la Biblia, un Dios que fracasa en su amor por el hombre, que sigue cerrado en su pecado, y se niega a dar sus frutos. Y eso es lo extraordinario de Dios, que fracasa ante nosotros y a pesar de ello sigue adelante, con paciencia porque nos ama, porque cree en nosotros y sabe que un día daremos nuestros frutos.
Ante esta parábola podemos tener dos cosas fundamentales a nuestra reflexión. En primer lugar que el mor experimenta el fracaso, pero no es una barrera que impide el flujo del amor, pues el amor verdadero no se deja vencer por ello. Y en segundo lugar que Dios, que es amor, también fracasa y acepta ese fracaso porque nos ama. Ante esto podríamos muy bien pensar nuestra relación con Dios y decirle “Gracias por el amor que me tienes, y perdón por todas las veces que he frustrado ese amor por no dar mi fruto, por no dar respuesta a tu llama”, es momento de reconocer que fallamos y así hacemos que el amor de Dios se tope con el fracaso, pero si reconocemos esto y vemos que no hay frutos en nuestra vida podremos elevar a Dios nuestra oración y con el propósito de responder a su llamada de amor y decirle quiero dar frutos y así como el Salmo canta en este día suplicarle y decirle:«¡Restáuranos, Señor de los ejércitos, que brille tu rostro y seremos salvados!»