16/9/09

Vida de Fe: Dejar las indecisiones

Meditación del Miercoles XXIV de tiempo Ordinario
Ciclo Ferial / I /
Año impar

Textos:
1 Timoteo 3,14-16
San Lucas 7,31-35


El texto del evangelio del día de hoy parece ponernos ante dos realidades, por un lado se ve el asombro de Jesús y por otro, la indecisión del hombre ante el misterio de Dios.
El asombro de Jesús se debe al hombre que no se conforma, ni le parece nada. Si Jesús se sorprende es porque no puede concebir que nada le parezca al hombre. Es un asombro que le lleva a no captar al mismo hombre, que no sabe cómo darle gusto «Llegó Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y ustedes dicen: '¡Ha perdido la cabeza!'. Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: '¡Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!». Podemos descubrir a un Jesús que esperaría el cambio del hombre, que fuera distinto al ver una nueva alternativa, pero resulta ser que no le gusta nada; es el Dios que trata de darle de cierta manera gusto al hombre con tal de que cambie, de que se convierta, y sin embargo al final resulta que no le parece nada. Así, vino el bautista y decían que estaba endemoniado, viene Jesús y dicen que es comelón y borracho; marcando que nada le parece al hombre. Ese asombro en realidad es la incomprensión de aquel que buscando poner los medios para salvarnos no la aceptamos, así parece ser que es difícil darnos la salvación.
Pero centrémonos en el segundo punto: la problemática del hombre que nada le parece y en relación con su vida de fe, tema que hemos estado meditando. En el fondo lo que sucede es que la fe del hombre es muy endeble, y no es capaz de descubrir lo que Dios le va mostrando, o sólo se deja guiar por una aspecto meramente externo sin llegar realmente a descubrir lo que Dios le está proponiendo.
Muchas veces la vida de fe se basa simplemente en lo exterior, en una persona, en una situación, en algo que se vio, sin llegar nunca a profundizar. Cuantas veces alguien adquiere la fe por un retiro, un encuentro de jóvenes, pero llegan hasta ahí, y su fe sólo se basa en ese cúmulo de experiencias, sin profundizar en ellos, sin seguir formándose y acrecentar y hacer madurar siempre esa fe. Entonces con cualquier cosa la fe se desploma, y se dice que no se puede seguir así, que la Iglesia miente, que Dios no está ahí presente, e incluso ni hace oración. Esto se debe a que su fe se fue debilitando porque su experiencia fue meramente emocional y pasajera. Dios se lo mostro, pero cuando le ofreció otras cosas no le gusto, no le pareció, y se alejó. Dios busca dar opciones y carismas para seguir adelante, pero muchas veces decimos “eso si que no con lo que fui es suficiente”, cerrando así la puerta tajantemente.
O cuántos permiten que su fe se sostenga en una persona, en un sacerdote, un predicador u otra persona, y el día que se equivoca dice que mejor se aleja, porque no hay fidelidad, porque se escandaliza, porque no quiere seguir adelante. O por un mal ejemplo de alguien terminan por irse. En el fondo es una fe muy débil, una fe indecisa porque en lugar de buscar, indagar, solidificar, dejan todo a la suerte. O bien no les parecen las personas y mejor se van se alejan encontrando el defecto siempre.
Incluso en medio de los grupos de la misma comunidad uno puede encontrar pretextos para no pertenecer a nada y no acercarse a ella, porque hay una persona, que porque no se puede, que me cae mal. Total que no se hace comunidad. O bien que no hay tiempo, que mas tarde, que mejo se haga temprano, que no hay tiempo. Todas esas indecisiones nos llevan a no tener un camino fijo en la vida y con ello nunca madurar la fe. O bien nos escandalizamos con cualquier cosa y nos vamos sin comprometernos realmente con nadie y mejor nos echamos para atrás y eso nos lleva a no tener decisión, a dejarlo todo en una persona, una institución, una postura, un perjuicio, cayendo en la imposibilidad de tener una decisión y con ello una madurez en la vida de fe.
Que nuestra fe no se vea englobada simplemente en una postrura, o en la búsqueda de pretextos para no adentrarnos en ella, porque Dios pone medios, el problema somos nosotros.

15/9/09

Vida de Fe: Camino hacia la madurez

Meditación con motivo de la memoria de Nuestra Señora de los Dolores

Textos:
1 Timoteo 3, 1-13
San Juan 19,25-27

El día de hoy la Iglesia contempla a Nuestra Madre Santísima al pie de la cruz y eso nos enseña algo más sobre la fe, un tema que hemos venido reflexionando, el domingo y el día de ayer con el Centurión. Hoy damos un paso más y descubriremos acompañados por la mano de María que la fe es algo que debe llevarnos a la madurez. La Virgen María desde luego que sufrió al ver a su Hijo colgado de la cruz, y sin embargo en medio de su dolor no se rindió, ni se tambaleo, al contrario aceptó una misión más: «Mujer, aquí tienes a tu hijo
Aceptar esta misión nueva no es sencillo implica una madurez plena, una madurez para que en medio del dolor seamos capaces de descubrir que estamos llamados a hacer algo más en la vida y que nuestra fe nos lo exige.
La vida de fe debe de ser madura realmente en cada uno de nosotros, desde luego que nos encontraremos con momentos de dolor y de tristezas, y tratar de descubrir que siempre hay un nuevo camino, un nuevo rumbo, de lo contrario no podríamos seguir en nuestra vida de fe. Cuántas personas hoy día dejan de creer porque hay dolor, porque tuvieron una mala puntada, porque no solucionaron un conflicto, y simplemente dicen “yo ya no creo, mejor me alejo de Dios”, o incluso vivir según el slogan de algunos autobuses que ponen en España diciendo “Probablemente Dios no existe deja de preocuparte y disfruta la vida”.
Eso implica que en realidad la fe nunca maduró, pues cuando llega el momento de la prueba, el del dolor no somos capaces de seguir con nuestra fe, al contrario renegamos y no vemos como se puede solucionar todo, y descubrir la enseñanza de nuestra vida.
La Virgen María lo hizo, no la vemos ahí al pie de la cruz gritando y lanzándose en contra de los soldados, al contrario, sólo está ahí e silencio tratando de comprenderlo todo. Desde luego que con tristeza, con dolor, pero con fe, siendo capaz de ir descubriendo cuál es el sentido de todo esto y sobre todo aceptando una nueva misión que viene de Jesús. Ello implica la madurez n la vida de fe.
La fe no es para algunos, momentos, o para cuando me vaya bien y Dios cumpla mis caprichos, la fe es un estado de vida que exige crecimiento y madurez, y curiosamente esto se da en medio del dolor, del sufrimiento, no porque seamos masoquistas y lo busquemos, sino porque de repente van llegando sin querer por las diversas vicisitudes de la vida. Lo importante es afrontarlas y descubrir que puedo sacra de ello, que me pide Dios de esta situación, así como la Virgen María lo descubrió al pie de la cruz. Sin esta noción nuestra fe sería sólo de “contentillo”, creo cuando me va bien, pero cuando me va mal, me alejo y reniego. Lo importantes es que vayamos creciendo en la vida de fe y cuando llegue lo difícil y trabajemos esa situación de fe y la maduremos y descubramos que finalmente algo hay, algo que nos renueva, nos transforma y sobre todo hace madurar la fe.

Vida de Fe: Creer y dejarse transformar por la Palabra

Meditación con motivo del Lunes XXIV Ordinario
Ciclo /I/
Año impar

Textos:
1 Timoteo 2, 1-8
Lucas 7, 1-10

El día de ayer Domingo XXIV veíamos la importancia de la vida de fe en el creyente que debe ir acompañada de sus actos, el día de hoy nos encontramos con este pasaje evangélico que nos muestra con mayor profundidad lo que significa la vida de fe, que no puede limitarse simplemente a creer por creer, sino que implica una verdadera adhesión a Cristo. El caso se ve claramente en este Centurión que inmediatamente confía en la Palabra de Jesús , una Palabra que sana, una Palabra que transforma, que renueva al hombre en sí mismo,, una Palabra que es salvador totalmente.
La fe por tanto no consiste simplemente en dejar que las cosas pasen porque si, o creer que todo se arregla maravillosamente, o que deben suceder grandes portentos en la vida para que todo cambie. La vida de fe consiste en tener una total adhesión a Cristo y con ello confiar en su Palabra salvadora, una Palabra que es capaz de cambiarlo todo, de renovarlo todo, de iniciar una nueva creación.
Pero el problema es que al hombre contemporáneo no le gusta la Palabra, su fe no se basa precisamente en esa realidad, sino que busca afianzarse a otras cosas que no son precisamente la fuerza de la Palabra. El hombre de hoy se afianza en una oración, en el agua bendita, en la imagen de un Santo, que en sí mismas no son malas, en cuanto que pudieran llevar al encuentro con Dios, pero el problema, es que no son conductos de Dios, sino la meta, y no buscan más, y sobre todo no son capaces de ser receptores de la Palabra.
Y es que la fe surge de la escucha asidua de la Palabra. Si Abraham tuvo fe, se debió a que escucho la Palabra, si los profetas aceptaron la misión de anunciar y denunciar, se debió a la fuerza de la Palabra. La Palabra es la fuerza, el motor que los pone en marcha, que los impulsa para seguir adelante. La Palabra es la que se vuelve en esa energía para transformar todas las estructuras del mundo y del hombre mismo, da fuerza, discernimiento, renovación, da aquello que el hombre necesita para salir adelante.
El problema es que en un mundo tan bombardeado de palabras, la verdadera Palabra no tiene lugar en nuestra historia. Y por tanto nuestra fe se desgasta porque en realidad la queremos alimentar con paliativos, la queremos sostener con cositas sueltas por la vida, pero en realidad no la queremos sostener con fuerza que viene de Dios. La dejamos a medias, sin comprometernos, sin tomarla en serio y por tanto sin dejarnos renovar por ella.
La fe se vuelve entonces en una realidad que debe transformar y hacer cada día al hombre más comprometido y siempre nuevo. Porque si sólo hacemos lo de siempre, si sólo aceptamos a Dios de repente, si sólo reducimos nuestra fe a algunas ‘cositas’, y no escuchamos a dios, si su Palabra no nos modela totalmente entonces nuestra fe es frágil y sin sentido, por eso deberíamos decir con el centurión: «No soy digno de que entres en mi casa, una Palabra tuya bastará para que mi siervo quede curado.»
De hecho esas palabras las decimos antes de comulgar en cada Eucaristía porque en realidad queremos que su Palabra y su sacramento nos renueven cada día y hagan de nosotros personas totalmente nuevas. Por eso las repetimos para recordar que necesitamos siempre de Dios y de su Palabra transformante y sobre todo del compromiso que no consiste simplemente en ponerse en frente y comulgar, sino en permitir que su Palabra entre y me haga distinto, de lo contario es una fe estéril, incapaz de escuchar, o peor aún, es una vida que realmente no tiene fe auténticamente cristina.

12/9/09

Las obras en la vida de fe

Meditación del Domingo XXIV de tiempo ordinario
Ciclo /B/

Textos:
Isaías 50,4-9
Santiago 2,14-18
San Marcos 8,27-35


Una de las realidades fundamentales, y al mismo tiempo controvertida dentro del cristianismo es la vida de fe. Es fundamental porque es la fe la que da sentido al caminar cristiano, por medio de la fe el creyente es capaz de entrar en el ámbito trascendental, es capaz de arrojarse al encuentro de Dios, es la fe quien capacita para tener la certeza de que Dios está en nuestra historia. Sin embargo es contradictoria porque muchas veces esa fe es complicada pues no se entiende muy bien, e incluso se ve como un móvil mágico en donde por decir que se “cree”, se hacen ciertas prácticas y ritos un tanto absurdos, convirtiendo la fe en algo ritualista, o mágico que en realidad no lleva con Dios, sino una especie de autosatisfacción sugestiva que me da cierta paz, pero no hace que me encuentre realmente con Dios. Tenemos a aquellos que se sugestionan con el agua bendita viendo en ella un poder milagroso, o en una vela. Eso sería reducir la fe porque en realidad no se encuentran con Dios, no entran en el misterio de salvación, sólo se quedan con lo externo. Pero también aquellos que asisten a misa por costumbre podría ser que en realidad no tengan fe, porque van por costumbre u obligación, dejando todo en un absurdo y vacío ritualismo sin que realmente haya una auténtica fe.
¿Pero cómo podría marcarse el sentido de la fe? ¿Cuál sería el parámetro para marcar la fe cristiana? Las lecturas del día de hoy parecen ofrecernos una breve respuesta a esta enorme realidad. LA segunda lectura nos da un parámetro vital para entender la vida de fe, en donde el apóstol Santiago coloca un tema vital dentro de su comunidad para aclarar el sentido de la vida de su comunidad, marcando la diferencia entre fe y obras, marcando que son dos realidades intrínsecamente unidas y por ello aduce al final de la lectura de hoy: «Alguien puede objetar: "Uno tiene la fe y otro, las obras". A ese habría que responderle: "Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe."»
Santiago pone el dedo en la llaga y muestra cual es el sentido de la fe: No bastan nuestras palabras extraordinarias, no basta decir que creemos o dar discursos extraordinarios sobre Jesús, ni siquiera bastan los actos de culto. La fe trasciende todo ello, la fe requiere de las obras, obras que demuestren la vida de fe, que profesen delante de los demás quién es Dios para nosotros, que estamos tocados por su experiencia. La fe por tanto consiste en demostrar que creemos, que estamos cerca de Dios. Eso es precisamente la vida de fe. La fe no puede estar al margen de la vida cotidiana, la fe no es para algunos momentitos piadosos. Cuántos dicen tener fe, pero sólo lo manifiestan en el templo, o cuando dedican un momentito para hacer oración, o cuando deben hablar de su fe con otros. Pero al terminar esto tiempos -que por cierto son contados-, somos otras personas muy distintas a nuestra fe que profesamos.
Somos los mismos rufianes, los mismos groseros, los mismos ladrones, los mismos destructores, los mismos infieles, los mismos mentirosos. Por tanto, la fe no ha sido capaz de lograr un cambio en nosotros, ni nosotros hemos sido capaces de contagiar a los demás de nuestra fe.
Quién va a ser capaz de creer si cada uno de nosotros ponemos “carita de santo” en misa y al salir estamos humillando al que me cae mal. Quien va a creer en nuestros rezos, si le soy infiel a mi mujer y muchos lo saben; quién va a creerme si hablo de Dios y saben que soy un corrupto de primera; quién va a creerme cuando voy a misa y me la vivo peleando con mi familia y mis vecinos hasta el punto de hacerles el mal. ¿Realmente tenemos fe? ¿Realmente conozco al Dios-Amor? ¿O soy un verdadero hipócrita, una grotesca caricatura de creyente que ha reducido todo a unos pocos momentos de la vida, sin dejar permear la vida de fe en mi historia cotidiana?
La fe por tanto no es algo meramente exterior, no es algo de ocasión, no es como una ropa que sólo me pongo para ciertas ocasiones, sino que debe de estar puesta en todo. La fe debe de estar en la vida laboral, la vida de familia, en mi trato personal con los demás, en mis pensamientos, en mis relaciones. La fe debe iluminarlo todo. En otras palabras, si una persona dice tener fe implica que entones se fe interpelar por Dios en todo momento, se pregunta qué diría Dios ante tal situación en mi trabajo o en mi familia. La Fe debe de convertirse en una lámpara que ilumine toda nuestra vida.
Pero podríamos preguntarnos ¿Cuál es el acto fundamental que expresa plenamente el cristianismo? Por qué si la fe va ligada a las obras desde luego que implica portarse bien, pero eso es algo que se supone que todos deberíamos hacer, por tanto, el ser cristiano tendría otra exigencia que nos caracterice, para que así demostremos totalmente nuestra vida de fe, y es precisamente sobre ello de lo que nos habla el evangelio del día de hoy.
Jesús viene de camino con sus discípulos y les pregunta sobre su identidad, y eso lo hace precisamente para saber que se imaginan de él. El que contesta acertadamente es Pedro diciendo que es el Mesías. Sin embargo Jesús ordena que callen, que no hablen sobre nada, porque en el fondo no han entendido lo que quiere Jesús. Ellos han encerrado a Jesús en categorías pasadas, triunfalistas y nacionalistas, sin llegar a descubrir precisamente cual es el sentido del Reino de Dios. Para ellos el Reino de los cielos ha de asemejarse al Reino de los romanos, lleno de poder y honor. Por eso Jesús tiene que demostrar que así no piensa así y por ello les presenta el proyecto del Reino que consiste precisamente en dar la vida: «El Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días.»
El proyecto de Jesús no culmina en los honores, los premios, las porras; sino que, termina en la destrucción, la muerte y el fracaso, a los ojos del mundo. Eso lo hace para dar la salvación plena porque el camino para lograr el veredero Reino se da en la entrega, en el servicio, en la donación, dando la propia vida. Ese es el camino de Dios y del mismo Reino de Dios. Por tanto, las obras que han de acompañar el caminar del cristiano son las obras del amor sin límites, de la entrega a favor de los demás. Esas son las obras de la fe cristiana. Sin amor, sin entrega, sin verdadero servicio no se puede hablar del verdadero creyente.
A Pedro no le parece ese proyecto, por eso se aparta con Jesús para disuadirlo. Y muchos de nosotros tal vez también lo hagamos hoy al escuchar este Evangelio. Tal vez le digamos “maestro, Cómo dices eso, mejor sólo que vayan a misa”; “Maestro mejor confórmate con unas cuantas oraciones”, “Maestro eso no conviene en medio de este mundo tan materialista donde todos son corruptos y quieren subir puesto a expensas de otros, mejor diles que traten de ser buenos”, “Maestro, el amor es algo pasajero, es un mero sentimiento; no lo confundas con un estilo de vida con que sólo nos soportemos está bien”, “Maestro, esa fe de entrega no concuerda con el utilitarismo y relativismo contemporáneo, mejor que estudien tantito o que les echen agua bendita y date por bien servido”, “Con que seamos productivos y solventes económicamente nos basta Señor, no pidas más.” La propuesta cristiana por supuesto que da miedo, pero si no la aceptamos no tenemos verdadera fe y pensaremos como Satanás, como se lo dijo Jesús a Pedro: «Apártate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres
A lo mejor somos Pedro, que sólo pensamos en lo que nos conviene, en una fe del confort, pero no del compromiso y vivencia radical de la fe en la vida, una fe con obras, y obras de entrega sin fin. Que el Señor nos haga ser realmente hombres y mujeres de fe, de una fe totalmente plena que se manifiesta por las obras del amor y la entrega como Cristo lo ha dicho, porque sólo así tomamos la cruz, y lo seguimos, sólo así demostramos que somos sus discípulos.

11/9/09

Frutos buenos y malos

Meditación con motivo del Sábado XXIII de tiempo ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar

Textos:
1 Carta a Timoteo 1,15-17
San Lucas 6,43-49

Hay muchas cosas que a primera vista parecen buenas, porque lo anuncian mucho en TV, porque prometen una vida genial y extraordinaria. Si embargo muchas veces nos dejamos embaucar por estas cosas y no descubrimos que son puras mentiras, pues sólo son apariencia pero no son una realidad. Y esto nos hace frustrarnos e incluso enojarnos.
Muchas veces también sucede con las personas con las cuales nos rodeamos. Y descubrimos que no son tan buenas, ni tan santas, e incluso que son hipócritas. Eso lleve a decepcionarnos fuertemente, pues descubrimos de lo que están hechos, descubrimos sus intenciones que son totalmente falsas. Lo peor puede suceder cuando en nuestra vida de fe nos descubrimos como falsos, en donde nos presentamos con una fachada de hombres de bien, pero estamos lejos de ello. Ante esto Jesús nos pone alerta: «No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto
De ahí que deberíamos ver nuestros frutos. No lo que aparentan nuestros frutos, no que parezcan buenos, sino que realmente sean buenos. Porque cada uno de nosotros podemos aparentar ser buenos frutos pero al probarlos podrían ser frutos secos, sin sabor. A lo mejor pueden decir “que buen fruto, mira como hace oración, como explica y ayuda”, pero a lo mejor vamos a descubrir que ni es una verdadera oración; ni explica lleno del mensaje de Dios, sino de su soberbia; o bien ayudan pero para sacar un provecho o un privilegio.
Si somos malos nunca sacaremos un buen fruto; si somos buenos nuestras obras serán buenas. Deberíamos de meditar que tan buenos son nuestros frutos. Porque lo que importa no es como se ven, sino lo que llevan. Si hoy el Señor viniera y cortara uno de tus frutos cómo lo encontraría, sería un fruto sabroso, lleno de jugo; o sólo sería un fruto seco, vacío, sin que sea apetitoso. Lo que vale la pena es que seamos buenos frutos, de ahí que mejoremos siendo de mejor calidad y realmente seamos testimonio para los demás. Porque de apariencias no vamos a vivir, pues como dice Jesús: «¿Por qué ustedes me llaman: 'Señor, Señor', y no hacen lo que les digo?» Porque no bastan las palabras, lo externo, las apariencias, sino los verdaderos frutos que dan vida a los demás.
Así como cuando nos desilusionamos porque un producto sale defectuoso, también Dios se desilusiona, pues si la casa se cae con la tormenta, no es para alegrarse, sino para lamentarse porque Dios es lo que menos quiere, pues quiere hombres bien sólidos en su vida. De este modo la liturgia nos invita a descubrir qué tipo de frutos tenemos y si no son los convenientes comencemos a cambiarlos y ser verdaderos testigos del amor de Dios.

10/9/09

Problemas de ceguera

Meditación con motivo del Viernes XXIII de tiempo ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar

Textos:
1 Carta a Timoteo 1,1-2.12-14
San Lucas 6,39-42


Hay una diferencia entre ser pastor y ser oveja, mientras que esta ultima vive de la escucha, pues las ovejas son ciegas y se guían por el sonido del bastón del pastor; el pastor por su lado vive de la visión, y no me refiero a echarle un mero vistazo a la situación, sino la capacidad que se tiene para ahondar en la realidad tratando de descubrir lo que hay y sucede detrás de todo. Por tanto la tarea del pastor consiste básicamente en ver. Incluso en las primitivas comunidades al pastor de la comunidad se le denominaba “episcopós”, es decir, el vigilante. Así la terea de este epíscopo, de este obispo era vigilar el rebaño a él encomendado. Así el órgano que debe estar abierto en todos los sentidos es el de los ojos para tener la capacidad de interpretar la realidad y de estar atento a lo que les sucede y necesitan las ovejas. Todos tenemos algo de obispos en nuestra vida porque en el fondo debemos de ser buenos vigilantes de lo que se nos ha encomendado, ya sea nuestra familia, nuestros amigos, nuestro trabajo, nuestras responsabilidades, nuestras labores pastorales, etc.
Sobre los problemas de visión nos habla hoy el Señor: «Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?» La cuestión que Jesús se plantea es que dos ciegos están imposibilitados para guiarse mutuamente pues ambos podrían caminar a la muerte, porque en realidad ninguno de los dos está capacitado para guiar a nadie. Nosotros somos pastores en ciertas situaciones pero puede ser que estemos ciegos. Y si estamos ciegos como podríamos guiar a nuestra familia, o cómo podríamos dar una buena lección, cómo seríamos buenos maestros, o como guiar una comunidad, o hacer bien nuestro trabajo. ¿No será que a lo mejor nuestra ceguera nos lleva directo al hoyo? Marcando que es un camino hacia el suicidio.
Pero yo creo que lo más importante para descubrir si estamos ciegos o no es contestar una pregunta: ¿Por qué estamos ciegos? ¿Cuál es la causa de nuestra ceguera? Veamos brevemente algunas de ellas:
1. Una de las causas de nuestra ceguera es seguramente la falta de interés en nuestros quehaceres. Muchas veces somos incapaces de ver y de descubrir muchas cosas porque no nos interesan. Cuantos no se dan cuenta de lo que se requiere en su trabajo precisamente porque no lo hacen bien, no lo hacen con ganas, dígase lo mismo de nuestra familia, muchas veces estamos tan acostumbrados a vivir con ellos y a veces tan desganados y desinteresados que somos incapaces de ver que le sucede a nuestros hijos o a nuestros padres.
2. Otra de las causas de nuestra ceguera es nuestra soberbia. Pues nos creemos superior a los demás y por tanto no nos interesa que le pueda pasar a otro, o que piense. La soberbia hace que no veamos a los demás, sino que sólo nos veamos a nosotros mismos en el espejo de la grandeza, sin descubrir que realmente que hay otros que le necesitan, y que son tan importantes como nosotros mismos.
3. La envidia también provoca esta ceguera, pues estamos tan encerrados en lo que queremos, en lo que buscamos y anhelamos que no somos capaces de descubrir lo que el otro requiere.
4. Los rencores también provocan ceguera porque no somos capaces de vislumbrar lo que realmente lo que hay en el entorno pues sólo dejamos que vaya creciendo en nosotros un sentimiento corrosivo que nos quita la paz, y que sólo anhela la destrucción y desquite de alguien. Y ese sentimiento puede hacernos perder el piso y descubrir lo que el otro necesita de mí.
5. Muchas veces lo que hacemos y opinamos está simplemente movido por nuestros intereses, pero no es movido por un espíritu de ayuda o de servicio. Eso nos hace ciegos pues sólo vemos lo que nos conviene, o vemos que hacer para que consigamos lo que queremos, pero no vemos realmente lo que el otro necesita o requiere, faltando de ese modo a la caridad.
En una palabra podríamos decir que la ceguera está provocada por nuestro egoísmo que me lleva a pensar sólo en mí sin descubrir lo que el otro requiere realmente.
Yo creo que ante estas razones que pudieran ocasionar nuestra ceguera impidiendo ser buenos pastores y vigilantes de los cuales notros estamos a cargo, deberíamos de pensar qué hacer ante esto. Si lo pensamos un poco cuando alguien se está quedando medio ciego se recuren a varios medios: Se pone uno lentes, o va a que le hagan una operación con rayo laser, o nos echamos unas gotas, o nos quitamos lo que nos impide ver, o ya de plano vamos a adquirir un lazarillo que nos vaya guiando. A lo mejor también nosotros deberíamos ir a ponernos los lentes de la humildad para ver que no somos los únicos en la vida, y que así como yo tengo preocupaciones ser capaces de ver que los demás también y que les puedo ayudar a lo mejor. O vamos que nos hagan una operación y permitimos que nos extirpen esa envidia o ese rencor que sólo nos hace encerrarnos en nosotros mismos, y ser capaces de ver que la vida no es sólo lo que yo quiero o anhelo, ni el buscar como desquitarme del otro, y así ser capaces de ver lo que los demás significan en mi vida y valore lo que vale la pena. O vamos a echarnos unas gotas de caridad y descubrimos que los demás también nos necesitan y que no puedo faltar a la caridad moviendo todo a mi manera y moviendo todo para que se haga mi voluntad, yo creo que lo mejor es descubrir que otros necesitan de mi y que no todo se puede hacer siempre a mi conveniencia, pues hay otras urgencias que también son importantes en la vida. Y si de plano tenemos una ceguera recalcitrante que ni lentes, ni gotas, ni operaciones pueden sanarme, pues vayamos y busquemos a alguien que nos guíe, que nos sepa orientar para ser los pastores y encargados que los que están a nuestro alrededor necesitan, puyes hasta el mejor pastor puede ser que necesite su lazarillo para que su ego y su egoísmo sean vencido poco a poco con la dirección de otra realidad.
Todo esto nos lo dice Jesús claramente con otras palabras: «Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.» Pues que nuestras cegueras se curen y hagan de nosotros mejores personas capaces de ver todo y guiar a todos por caminos de amor y de paz.

¿Cómo ser hombres nuevos?

Meditación con motivo del Jueves XXIII de tiempo ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar

Textos:
Colosenses 3,12-17
San Lucas 6,27-38

El día de ayer san Pablo nos exhortaba a buscar las cosas de cielo y así tener las bases para cambiar nuestro estilo de vida y a revestirnos de Cristo, hoy continúa ese tema y parece darnos algunas pistas para poder revestirnos de Cristo en nuestra vida. Analicemos algunas de ellas para entenderlo mejor:

1. Revestirse de Cristo es la invitación como dice san Pablo a revestirse «de sentimientos de profunda compasión.» Es fundamental para iniciar una vida totalmente cristiana estar revestido de la compasión, entendiendo la compasión como aquella virtud que nos hace padecer con el otro, que tratamos de vivir y de sentir lo que el otro siente y vive. Yo creo que muchos de los problemas en nuestra vida se podrían solucionar si tuviéramos compasión de unos con otros. Cuantos problemas se quitarían si la mamá sufriera con su hijo lo que le atormenta y desde ahí lo ayudara, en lugar de marginarlo o castigarlo; o cuántos hijos deberían ponerse en los zapatos de sus papás y desde ahí entender lo que le dicen. La compasión es necesaria para una mejor relación con los demás. Es el camino para evitar los conflictos y para establecer una mejor fraternidad. Tener compasión, es revestirse de Cristo pues efectivamente nos identificamos con sus sentimientos, que en su compasión nos ha amado y salvado.
2. «Sopórtense los unos a los otros.» San Pablo invita a la solidaridad al interno de la vida cristiana y para ello hay que sostener a los miembros de la misma comunidad, de ahí que diga “sopórtense”, que quiere decir ‘aguántense’, ‘cárguenlos’, ‘no dejes que el otro se tambalee’,’ ser el soporte del otro’. Para San Pablo es fundamental que la vida al interno de la comunidad sea efectivamente una vida de solidaridad, quedando excluida la zancadilla, el chisme, el complot, de aplastar al insignificante. La comunidad está para ayudar y levantar al que está cayendo, el que se ha vuelto vulnerable, el que está fallando o perdiendo la fe. La única manera de revestirse de Cristo implica hacerse solidario con los demás, tenderle la mano a cada uno de ellos y levantarlos.
3. Esa solidaridad, ese ser soporte para los demás implica conlleva la capacidad del perdón, de ahí que el mismo san Pablo nos dice: «Perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.» El perdón es parte de la vestidura nueva en Cristo resucitado. El cristiano está llamado a vivir ese perdón pleno y total en la vida. A lo mejor con dificultad, con esfuerzo, con tiempo, pero que es posible para vivir la vida del cristiano. Y ese perdón no se debe a los esfuerzos meramente humanos, sino que parte fundamentalmente de Dios, pues san Pablo agrega que si estamos llamados al perdón se debe precisamente a que hemos sido perdonados en Cristo. Es su perdón la gracia y fuerza que nos da la capacidad de levantarnos y transformar nuestra vida y la de los demás.
4. Y finalmente llega la cúspide de este revestimiento: «Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.» El amor es el sentido real que ilumina la vida del hombre, si estamos llamados a revestirnos del hombre nuevo implica que debemos de revestirnos de la experiencia del amor. Sin el amor no es posible vivir esa experiencia de fe. Seríamos un absurdo lanzado al vacío. De ahí la insistencia de Pablo “sobre todo, revístanse de amor”, y ese “sobre todo” marcando que sin eso no es posible vivir la experiencia de Cristo. De ahí que un hombre de fe que no se reviste del amor, no tiene fe Cristo. Sin amor no es posible vivir la experiencia del resucitado, ni comunicar a los demás nuestra fe, porque la fe no se anuncia con palabras o discursos bien elaborados, o con un estudio arduo; la fe sólo se trasmite con amor, con la vivencia radical del amor. La vivencia del amor demuestra al mundo que estamos revestidos de una nueva realidad, que Cristo está en nuestras vidas. Sólo con el amor podemos caminar hacia esa perfección a la cual estamos llamados.
5. «Vivan en la acción de gracias.» Revestirse implica vivir en el espíritu del agradecimiento. No es posible ser un hombre nuevo si no vivimos inmersos en la dinámica del agradecimiento. Cuántas veces hemos creído que nos lo merecemos todo y no somos capaces de elevar nuestra voz y reconocer lo que los demás hacen por nosotros. El hombre nuevo es el que dice continuamente gracias, por la vida y por todo lo que los demás hacen por nosotros, porque en realidad lo que hemos llegado a hacer y lo que seguimos haciendo se debe a lo que todos hacen por nosotros, voluntaria o involuntariamente, pero que son necesarios en nuestra historia.
6. «Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza.» Revestirse de Cristo conlleva a dejar que su Palabra habite en nosotros. No es posible ser hombre nuevo y no ser portador de su Palabra. Es ilógico iniciar una vida nueva y no permitir que Cristo siga instruyéndonos con su Palabra. El hombre que se deja transformar por Cristo descubre que su Palabra tiene algo nuevo que decirle, que transformar en todo su ser. Podemos ver un ejemplo, cuántos después de regresar de un retiro vienen con ánimo, empiezan a ser distintos, pero con el paso de los días o de las semanas vuelve a ser el mismo que antes. Podríamos creer que el retiro fue inútil, pero no es así, lo que sucede es que el retiro Dios le hablo y lo transformo, pero con el paso de los días no se dio la oportunidad de que la Palabra lo fuese transformando y por supuesto que regresará a ser el mismo hombre viejo de antes, porque revestirse es un acto continuo lo cual se logra con la escucha atenta y perseverante de su Palabra.
7. «Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros.» Revestirse de hombre nuevo es formar comunidad y así como hay que ser solidario, según lo explicábamos más arriba, también es importante edificar y quitar vicios, de ahí que san Pablo pida la corrección y la instrucción. La instrucción se refiere a dar elementos nuevos que ayuden a conocer mejor las cosas y la vida a la luz de Dios, ayudando a una mejor comprensión de la realidad; así como la corrección que deberá ayudar a un mejor estilo de vida. El hombre nuevo se deja instruir y corregir para cambiar su percepción y conducta en la vida. Así como hacerlo llenos de caridad hacia los demás, teniendo como base la verdadera Sabiduría, es decir, el verdadero conocimiento de la vida desde Dios, lo cual implica que en nosotros al instruir y corregir deberíamos ver si lo hacemos desde Dios, o bien lo hacemos desde nuestros sueños, nuestros intereses, nuestras conveniencias; pero no desde Dios. A veces uno de los errores en la vida de la comunidad cristiana es querer instruir y corregir para nuestra propia conveniencia o nuestros ideologías, pero no muy cristianas. Cuántos en una comunidad pueden sacar a ciertas personas que por la edad, que porque hay disque otros más preparados, pero que en realidad se mueve sólo en nuestras ideas e influencias, pero no por el bien de la Iglesia, ni de Dios.
8. Finalmente: «Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús.» El hombre nuevo lo hace todo por Cristo, creo que esta frase sintetiza extraordinariamente todo lo que hemos dicho y descubrir que tanto hacemos las cosas por Dios o sin Él.

Buen día a todos…

9/9/09

Buscador de Dios

Meditación con motivo del Miércoles XXIII de tiempo ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar


Textos:
Colosenses 3,1-11
San Lucas 6,20-26

El día de hoy san Pablo nos hace una invitación para reconocer nuestra identidad cristiana, la cual implica una transformación en nuestra vida, orientándola totalmente, para encontrarse con Dios desde nuestra realidad, de ahí que haga la siguiente exhortación: «Busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.» Con esta frase san Pablo pone de manifiesto que nuestra vida es una continua búsqueda de los bienes del cielo, ¿Pero qué quiere decir esto? Quiere decir dos cosas.
En primer lugar buscar implica estar en movimiento, no quedarse con lo que ya se tiene, muchas veces caemos en una rutina o en un conformismo y decimos que tenemos fe, que ya creemos, que ya lo tenemos todo, y no buscamos más, creemos que hemos llegado hasta nuestro limite. Y así la vida de fe se vuele algo estancado, se detiene en medio de la historia. El cristiano, el hombre de fe, es un buscador por antonomasia, siempre está en movimiento, siempre sabe que hay algo más que no se puede conformar con lo que tiene, siempre requiere estar descubriendo que es lo que Dios le pide. Un cristiano no puede ser un conformista, no puede decir que conoce de Dios, que lo que le tiene le basta, es necesario siempre buscar y buscar a Dios. Debemos de ponernos en movimiento, de lo contrario la fe se estanca.
El cristiano debe identificarse con el movimiento y eso lo podemos constatar en la misma espiritualidad bíblica. Ya desde sus inicios el inicio de pueblo comienza con la llamada a Abraham y ello es una puesta en marcha, debe de dejarlo todo, es la búsqueda no sólo de una promesa, sino la búsqueda por conocer a Dios. El mismo Jacob que debe huir de su hermano Esaú debe ponerse en marcha, tal vez para salvar su vida, pero también para encontrase con Dios y la bendición que se le dará, pero que sólo se capta y se recibe desde la dinámica del movimiento. Con José, “el soñador”, que es vendido por sus hermanos, y sin embargo esa puesta en marcha por la envidia le lleva a salvar a los poblados vecinos y a sus mismos hermanos posibilitando la Salvación y el encuentro con Dios. Si no hubiese sido vendido no se hubiera dado ese proceso de salvación. Incluso con el Pueblo de Israel cautivo en Egipto para lograr la salvación y le encuentro con Dios deben ponerse en marcha, deben salir de Egipto y conquistar lo que realmente es la libertad. Si se quedasen en Egipto difícilmente percibirían la novedad que Dios trae, es necesario caminar, hacer éxodo, romper con la esclavitud y dirigir el rumbo de la historia, permitiendo que Dios los guíe, y así conocerle. Cuando llegan a la tierra prometida, no es cosa de establecerse, es cosa de ponerse en marcha nuevamente para conquistar la tierra prometida, para conquistar el encuentro profundo con Dios en el corazón y vivir con él, como lo muestra el libro de Josué. Y podríamos continuar paso a paso hasta llegar a Jesús que siempre estaba en camino, e incluso la misma iglesia que debe dejar Jerusalén y expandir su mensaje por toda la creación, porque la fe es movimiento, es búsqueda constante. Deberíamos de preguntarnos ¿Qué tanto nuestra vida de fe nos lleva a ser buscadores y ponernos en marcha para encontrarnos con Dios, con un movimiento renovado de nuestro ser?
El ser buscador es parte de nuestra identidad y el mismo Jesús nos lo aclaró en la célebre parábola de la perla preciosa o el tesoro escondido en donde se habla de vender todo para alcanzar esa perla o el terreno. Pero si nos damos cuenta para llegar a encontrar ese tesoro o esa perla implica que detrás había un buscador, existía alguien que quería algo más. Si es capaz de venderlo todo, no es simplemente por el valor monetario de las cosas, sino por el valor de la búsqueda, de su esfuerzo, para alcanzarlo. Por supuesto que ha de venderlo todo pues es lo que ha anhelado toda su vida, y lo ha buscado.
En segundo lugar se nos exhorta a buscar las cosas del cielo, ello quiere decir que debemos de buscar lo que es de Dios. Esto es muy importante, pues en nuestro mundo somos muy dados a buscar lo que no nos conviene, a buscar lo que no es de Dios. Buscamos dinero, placer, poder, fama, belleza, y no porque esas cosas sean malas, la problemática surge cuando esas cosas se convierten en el motor del movimiento, cuando el mapa que guía nuestros pasos es precisamente las cosas de la tierra y no del cielo. Por supuesto que se requieren cosas terrenas, pero que tanto mi vida, mis pensamientos, mi actuar lo hacen movido por encontrarme con Dios, con las cosas del cielo, y que tanto por la fama, el poder o el dinero. El creyente por tanto es invitado a reconocer que debe esforzarse a buscar lo del cielo, de lo contrario nuestra vida será marcado por lo meramente pasajero pero no por la experiencia de Dios, de una realidad trascendente que hace capaz al hombre de una transformación plena, pues no se basa, ni se cimienta en lo terreno y pasajero.
Si nos damos cuenta al hablar de los bienes de los cielos el mismo san Pablo hace una pequeña referencia: «Los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.» San Pablo se detiene a marcar de entrada que los bienes del cielo están en Cristo. Con esto trata de marcar que cuando buscamos lo del cielo debemos de buscarlo en Cristo, de lo contrario es una farsa. Cuantos pueden decir que evangelizan para dar a conocer a Cristo y su mensaje de salvación, y sin embargo lo hacemos para quedar bien, para que nos aplaudan, para que tenga un mejor puesto en la estructura eclesial u otro lugar. Ser buscador implica coherencia y testimonio que brotan totalmente del corazón sincero para encontrarse con Cristo en donde se encuentran los verdaderos bienes del cielo, el verdadero encuentro con lo divino. Por tanto, el cristiano es buscador, pero buscador de Dios y no de sí mismo, no es el que aparenta buscar a Dios, pero en lo secreto de su corazón se tiene a sí mismo y sus secretos objetos de devoción, en donde, por supuesto Dios está excluido de antemano.
Y si están en Cristo porque está a la derecha de Dios, marcando así su dignidad, su poder y autoridad. Si lo busco en otro lugar seguramente no lo encontrare de manera plena y concreta y será con toda seguridad un ídolo más en nuestra vida.
Si uno busca esos bienes del cielo entonces si podemos iniciar un cambio en nuestra vida que el mismo san Pablo lo coloca como revestirse de hombre nuevo. Y cuando dice revestirse implica lo que esa palabra quiere decir, que el hombre se reviste, se pone un nuevo vestido, una nueva identidad, que el hombre es tal cual con sus dones y virtudes, sus defectos y fragilidades, pero con la capacidad de transformarse y ser un hombre nuevo. Pero esto es una tarea que tendrá como punto de arranque precisamente el ser buscador de las verdaderas coas del cielo y así tener esa nueva identidad que le hace ser un auténtico hombre de fe, y que por supuesto, como o dice el evangelio, es capaz de vivir en la auténtica alegría de la que nos hablan las bienaventuranzas. Que el Señor nos haga capaces de iniciar una vida nueva, iluminada siempre por Dios, saliendo esos buscadores que en movimiento son capaces de encontrarse con Dios.

8/9/09

Maravillarnos ante el don de la vida

Meditación con motivo de la fiesta de la natividad de la Santísima Virgen María

Textos:
Miqueas 5,1-4
San Mateo 1,1-16.18-23


La vida es una de las realidades más grandes y extraordinarias que le pueden suceder en el hombre pues ahí se ve la grandeza de estar en medio del mundo de relacionarse con él y con su entorno de entra en contacto con las demás personas, de experimentar, sentir. La vida es un regalo por el cual podemos existir, por el cual estamos llamados a ir creciendo, aprendiendo, relacionarse, madurar. Por tanto ver nuestra vida implicaría ver lo grande que es este don, lo grande que es al descubrirse capaz de tantas cosas. Y ello debería de llevarnos a tratar de encontrarnos con nosotros mismos de valorar lo que tenemos, lo que nos rodea, lo que hemos madurado. Y así como deberíamos de admirarnos de nuestra vida, debemos fascinarnos de la vida en sí misma, y ello debería de hacernos estremecer por este don que está en nosotros y en los demás.
Sin embargo hoy en día podemos encontrarnos con una terrible dificultad que es precisamente el desprecio a la vida, y esto se da en todo sentido. Puede haber un desprecio por nuestra propia vida, así como por la vida de los demás. Esto implica una fuerte ideología que va atentando contra nuestra realidad, contra nuestra historia, contra los derechos de los demás. Esto lo podemos constatar cuando vemos el desprecio por las personas discapacitadas, por los ancianos, los enfermos, y elevan la voz por una ley a favor de la denominada “Eutanasia”, aduciendo a un buen morir cuando en realidad solo es una voz que se eleva a favor del egoísmo para no atender a los demás, para no tener cargas pesadas en la vida, para tener una existencia “light”, para disfrazar el sufrimiento; pero todo esto no es sino la muestra de un egoísmo terrible por no quiere descubrirle al otro el maravilloso don de la vida, y prefieran quitarle la vida misma.
El don de la vida es una maravilla y lo podemos contemplar cuando un niño nace, pues en él se ve la esperanza, el gozo, la ternura, y sin embargo, hoy en día parece que ni esta imagen parece hacernos sensibles al don de la vida pues hoy en día se eleva una voz a favor del aborto en donde el don de la vida parece desaparecer, donde se ve como un estorbo, un “producto”, algo que no vale la pena. Y es preferible abortar y con ello no sólo se atenta contra la vida del otro, sino se hace partícipe de la irresponsabilidad, pues es más fácil abortar, destruir, matar; que hacerse responsable de los actos, tomar la vida en serio y afrontarla. Con esto vemos una ley que sólo promueve muerte e irresponsabilidad, egoísmo y superficialidad. Así la vida queda reducida a nada, quedando encima de ella la destrucción, la irresponsabilidad, el egoísmo, la irresponsabilidad, que en el fondo tienen como cimiento la muerte. Algunos dirán es parte de la sexualidad responsable, yo diría más bien es parte de una sexualidad irresponsable y libertina, que sólo busca su propio bienestar y el desinterés por los demás, y de la misma vida. Olvidando así, la maravilla de la vida que se hace presente ahí, una vida fragiil, que inicia y que va cargada de esperanza y de gozo. El aborto es una expresión que hace que olvidemos precisamente esa maravilla del don la vida y de lo que estamos llamados a hacer y a valorar.
Y la vida de la misma persona lamentablemente también pierde sentido en medio de esta cultura. Esto se corrobora en el creciente número de ideologías existencialistas nihilista, es decir que consideran que su vida no vale la pena y de ahí que se suiciden, que pierdan la esperanza y sentido de su vida. Ello lleva a suicidarse, a drogarse, a pertenecer a grupos que invitan a la tristeza por la vida, la frustración.
Hoy la Iglesia celebra la festividad del nacimiento de la Virgen María una festividad que nos invita a levantar la mirada y reconocer el valioso don de la vida. Si nos detenemos y celebramos esta festividad quiere decir que entonces que la Iglesia celebra el don de la vida, de una vida que inicia y que según el proyecto de salvación, inicia la vida de la que será portadora de la gracia de Dios, de la salvación que Dios dará a la humanidad, es la Aurora de la salvación. Pero no sólo celebramos el nacimiento de la madre del Salvador, sino que debemos de orientar al misterio de la vida, lo valioso que es la vida en sí miso, tanto que el mismo Dios prefiere iniciar el proyecto de salvación por medio del don de la vida de la Virgen María.
Esta festividad por tanto nos ayuda a elevar la vista y descubrir que la vida es lo más valioso que existe pues ahí se manifiesta la acción de Dios en nosotros. A lo mejor este don parece insignificante en nuestro mundo hedonista, que busca sólo el placer, que se encierra en su egoísmo o su fatalismo, sin embargo es lo más valioso que hay siempre ha de defenderse. Efectivamente parece pequeña, una vida mínima, pero es ahí donde se ve la grandeza de Dios como parece marcarlo el texto de la primera lectura de hoy: «Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel
El texto del profeta Miqueas nos presenta una realidad fundamental, la salvación viene de Belén; y al hablar de Belén estamos hablando de una pequeña aldea, una aldea insignificante. Uno pensaría que vendría de una ciudad portentosa, poderosa, pero nunca de una aldea insignificante; pero Dios no lo ve así, en lo pequeño aparece su poder. Efectivamente en lo sencillo, en lo cotidiano de la vida Dios se hace presente, ahí es donde se manifiesta. Por tanto, en don de la vida parece pequeño, parece insignificante, pero ahí se manifiesta el poder de Dios, la fuerza del Señor. A lo mejor muchos lo minusvaloran, no se dan cuenta del gran regalo que Dios otra, pero el cristiano está llamado a anunciar y valorar esta vida que Dios nos regala de continuo.
La Virgen María fue modelo de esto, pues a ella misma le propusieron aceptar en su seno al Salvador del mundo y sin despreciarlo, sin cuestionarlo permitió que la salvación de Dios viniera a su vida, permitió que el designio de la vida se hiciera presente en ella, dando así arranque al amor de Dios salvando a la humanidad mediante su Hijo. Si bien era un poco riesgoso lo cierto es que acepto este don de la vida abriendo su ser y persona a este acto de Dios, así como el mismo san José lo acepta como nos percatemos en Evangelio. Ellos descubrieron que Dios actúa a través de la vida y se abrieron a esta gracia, arrojándose al don de la vida. Permitamos que en este día en el que celebramos la natividad de Nuestra Madre valoremos el gran don de la vida que Dios nos da, lo defendamos y contagiemos a los demás la alegría por vivir.

7/9/09

Tipos de fariseos

Hemos visto diferentes caracteristicas de los Fariseos, desde el domingo ante pasado donde se presentaban como aquellos que buscaban una aparente pureza, hasta ayer en donde preferían la Ley a dar la vida. Hoy para terminar con la reflexión sobre los fariseos quisiera colocar la clasificación que curiosamente el Talmud (que es una obra que recoge las discusiones de los rabinos sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, leyendas e historias), ha hecho acerca de los fariseos. en donde los primeros son negativos y sólo el último es totalmente positivo. Será bueno que viéramos esta clasificación y si nos identificamos cambiemos nuestra vida. Porque de Fariseos todos tenemos algo, y lo importante es iniciar el cambio para ser verdaderos hombres de fe y no meros legalistas.

1. El fariseo del hombro:
lleva la Ley como una carga; por eso va encorvado, bajo el peso de los mandamientos, como si llevara siempre un fardo sobre los hombres. Es un fariseo hipócrita: quiere que todos vean la carga que lleva, el peso de ser “bueno”. Que todos los vean, que todos le admiren, que todos sepan lo que cuesta ser bueno.
2. El fariseo del cálculo: El que obra por interés. Ciertamente, está dispuesto a hacer “obras de caridad”, pero sólo para que le vean. Por eso anda espiando y mirando el momento en que puede venir a la plaza y hacer una obra buena, con bombo y platillo… calculando el provecho que ella puede darle. Lleva una contabilidad espiritual, pero más ante los hombres que ante Dios.
3. El fariseo ciego: Un fariseo siempre triste y cabizbajo. Se dice que anda siempre cabizbajo y triste, para evitar las malas obras. Se dice también que cierra los ojos, para no caer en la tentación. Por eso cuando pasa cerca de una mujer hermosa no la mira… no mira nada, de manera que cae en el hoyo o se da contra la pared. Éste es el fariseo que no disfruta, ni deja disfrutar a los demás, que convierte la religión es un pesar constante, en una represión y ceguera. Dios nos ha dado los ojos para cerrarlos cuando algo bueno pasa ante nosotros.
4. El fariseo campanilla: Quien obra por ostentación religiosa y social. Se viste con vestiduras de religión (filacterias, mantos, capas….) para que le vean… Reza en las plazas en los momentos de más aglomeración, se pone siempre en el centro de las calles, en el centro del templo…. Tiene necesidad de decir a los demás que es religioso y que ellos deben serlo. Van dando siempre buen ejemplo, como si fuera responsable de que los demás vean a través de él la necesidad de la religión. Va tocando siempre a “misa” o a oración.
5. El fariseo contador: el especialista en renta per cápita de tipo religiosa. Va preguntando siempre las obras que le quedan por hacer para llegar a ser muy bueno. Calcula sin cesar el haber y el debe de su cuenta religiosa. Lleva un cuaderno de contabilidad, es un capitalista religioso y puede saber los méritos que tiene, el capital espiritual del que dispone.
6. El fariseo temeroso. Se le ha comparado a veces con Job, aunque esta comparación no es del todo buena, pues Job no es hombre de temor sino de protesta ante la injusticia del mundo. Sea como fuere, este tipo de fariseo se deja llevar por el temor de Dios. No es malo, es mejor que los anteriores, pero todavía no ama a Dios por sí mismo, sino que le obedece porque tiene miedo al castigo. Es un fariseo pequeño, pues cree que Dios es pequeño y que nos quiere tener sometidos. Así se somete por miedo al castigo
7. El fariseo amador: Se le suele compararse con Abrahán. Es el que ama a Dios por el gozo de amarle, es el cumple los mandamientos por el gozo de cumplirlos, es el que puede amar a todos los hombres. Éste es el único fariseo bueno, según el Talmud.

6/9/09

«¿Está permitido en sábado, salvar una vida o perderla?»

Meditación con motivo del Lunes XXIII de tiempo ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar

Textos:
Colosenses 1,24-29. 2,1-3
San Lucas 6,6-11

Continuamos reflexionando sobre los fariseos y su vida de fe. Hoy se nos pone de manifiesto una realidad fundamental que Jesús expresa con una pregunta: «¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?» Jesús tara de aclara cuál es el último sentido del Sábado: Dar vida. El hombre que se ha topado con Dios tiene vida. Cómo es posible que por salvaguardar una mera ley de precepto se muera alguien. El texto por tanto no habla simplemente de una mera curación, habla de dar la vida, de la salvación de alguien. El hombre, su salvación es lo que da total sentido a la vida de fe. De nada sirve una fe que no salva la vida del hombre.
Cuántas veces nosotros por tener ciertas ideas matamos a alguna persona, porque preferimos juzgar o condenar antes de ayudar. Muchas veces se puede marginar a alguien por su condición social o su estado de vida y decir que no entra en nuestra casa o nuestro grupo. O bien a veces decimos que ciertas personas no están cerca de Dios porque no concuerda con ciertos parámetros que creemos superiores o únicos.
Yo creo que muchas de las situaciones de este tipo se deben a prejuicios y juicios que tenemos y vamos haciendo sin darnos la oportunidad de transformar nuestra vida y la de los demás.
La vida de fe no es para excluir, para formar grupitos gregarios, sino para ayudar y salvar a todos. Es ahí precisamente en donde se manifiesta la fe. Para los fariseos todo se reducía a prácticas y acciones, sin tomar en cuenta la acción más importante que era precisamente la salvación de los demás. Cuántas veces nosotros discriminamos a alguien, no le damos oportunidad de cambio, de que sea mejor, simplemente vamos reduciendo todo a lo que creemos y lo que se debe de hacer, siendo que deberíamos llegar a descubrir lo que se necesita hacer. Sólo así se puede lograr la salvación del hombre.
Todos estamos llamados a la vida de la fe y por consecuencia todos estamos llamados a anunciar y a compartir la salvación de lo contrario no habremos comprendido lo que significa realmente el compromiso de la fe en nuestra vida.
Hemos ido meditando lo que los fariseos hacían con un solo objetivo: ver nuestro fariseo interno y cambiar nuestra historia, ve lo esquemático y limitado de nuestra vida de fe, e iniciar realmente un camino único y auténtico de salvación, de lo contrario nos quedaremos en una estructura de muerte, tal y como el texto lo asegura al final: «Ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.» Ellos en lugar de descubrir el sentido liberador y lleno de vida que Jesús traía, sólo vieron una violentación a sus tradiciones, sin descubrir que ellas no daban la salvación y ahora sólo piensan en dar muerte, en destruir, y nuevamente cerrarse y cerrar a los demás a la salvación.
Que nosotros realmente seamos capaces de iniciar el camino de salvación con nuestros hermanos, no nos cerremos aciertos criterios que lejos de dar vida descriminan, matan y destruyen la dignidad de la otra persona.

5/9/09

«Effetá»

Meditación del XXIII Domingo ordinario
Ciclo /B/

Textos:
Isaías 35,4-7
Santiago 2,1-5
San Marcos 7,31-37

Una de las problemáticas más grandes de nuestros tiempos son precisamente la falta de comunicación, pues el hombre muchas veces no logra darse a entender o dar a conocer lo que quiere decir, pero sobre todo hay una ruptura grave que se da al interno del hombre. El hombre no es capaz de darse a entender entre los suyos, o no le interesa conocer a los demás limitándose simplemente a una vida tranquila y sin preocupaciones. Pero la problemática va creciendo en la medida en la que se va generando un terrible vacio entre las personas imposibilitando el conocer al otro. De esta manera el otro se convierte en alguien ajeno a mí, en donde no tiene nada que decirme, coloca una terrible barrera que no da la posibilidad de encontrarme con el otro.Sobre esto nos marca el evangelio. Se aparece con Jesús un sordomudo.
Este enfermo que aquí aparece es sin lugar a dudas el prototipo de la total incomunicación, por un lado es sordo, es decir está imposibilitado para escuchar a los demás, los otros no le dicen nada, no puede conocer que piensa el otro, quién es el otro. En segundo lugar es mudo, por tanto no tiene palabrea que ofrecer, no tiene nada que decirles a los demás, es alguien que no se da a conocer.
¿Cuántas veces somos sordo mudos en la vida? Somos sordos porque la palabra de los demás es vacía para mí, no me importa lo que el otro opine, piense, sueñe, yo sólo vivo para mí, y no me importan los demás. Cuantos papás son sordos con sus hijos, porque no saben que piensan, que anhelan, por qué hacen ciertas cosas, y sólo se encierran en sí mismos. O bien cuantas veces somos mudos porque no comunicamos nada a los demás, no somos capaces de encontrarnos con los que nos rodean y darnos a ellos.
¿Pero por qué ser sordomudos? Tal vez por miedo a que el otro me conozca y me domine, o porque el otro puede aprovecharse de mí, o porque puede conocer mi debilidad o incluso porque me he vuelto tan egoísta que no soy capaz de abrirme a los demás porque no me interesan. La sordomudez es algo muy actual que va afectando nuestra vida, es algo que va destruyendo lentamente a nuestra sociedad, a nuestra familia, a nuestra persona, porque el egoísmo, la autoridad o el miedo son más fuerte que nosotros y somos incapaces de ser solidarios, de ser amigos, de ser compartidos, de sentirnos necesitados de otros.
Ante esto Jesús no permite que pase inadvertido este hombre, va directamente a curarlo y para ello emplea un signo extraordinario lo toca con sus dedos y su saliva, hace la total cercanía con él. La única manera de romper con la sordera, con el ensimismamiento es la cercanía, el descubrir que el otro es importante, que el otro no necesariamente es amenaza, que no soy el único en la vida, que el otro es parte esencial de la vida y le dice: «Effetá», ábrete. Es momento de abrirse a los otros y conocerlos, es momento de abrirse y dejar los miedos y los egoísmos e iniciar una construcción nueva, una nueva familia, una nueva sociedad capaz de comunicarse y transformarlo todo.
Un detalle curioso del evangelio es que cuando Jesús hace esto, lo aparta de la multitud, es decir, lo quita de las ideas del mundo, no es posible curar al hombre de su sordera si vive imbuido por los criterios del mundo, por los criterios materialistas, hedonistas (puro placer), egoístas, es necesario romper con esto e iniciar una transformación total partiendo del evangelio, de criterios que no pertenecen a este mundo y entonces se puede comenzar a hablar y a comunicarse.
El día de hoy también el Señor nos grita “effetá”, ábrete al amor, a la comprensión, a la solidaridad, a la comprensión; ábrete a tu familia, a tus hijos, a tu esposo, a tus compañeros, y descubrirás una nueva manera de vivir, en donde rompes con el individualismo y comienzas a formar parte de una comunidad y no de un exacerbado individualismo. “Effetá” es la invitación en donde descubres que el otro es valioso e importante, donde el otro es un complemento de tu vida, donde descubres que no puedes hacerlo todo por ti mismo y necesitas de los demás. “Effetá” es un llamado de Dios para que te des la oportunidad de escuchar lo que los demás te dicen, para que conozcas las problemáticas de tus hijos, de tu familia, para que comprendas la serie de situaciones, problemas, traumas y dificultades que el otro vive; para que compartas y te alegres con los gozos y los logros de los demás.
Es momento de escuchar ese “effetá” que te pide una transformación total en tu vida, una apertura a la acción de Dios con los tuyos. Porque la fe sólo se vive en la, medida en la que estás abierto a la acción de Dios manifestada en los demás.
Que este domingo sea efectivamente un domingo del “effetá”, porque escuchamos a Dios, lo conocemos, nos dejemos interpelar y dejemos que los demás sean parte vital de nuestra vida.

4/9/09

Sábado: ¿Encuentro o muro?

Meditación con motivo del Sábado XXII de tiempo ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar

Textos:
Colosenses 1,21-23
San Lucas 6,1-5

Continuando con nuestra reflexión sobre los fariseos, con el fin de conocerlos y de descubrir que tanto tenemos de fariseos sigamos con nuestra meditación. Hoy nos topamos con el precepto del sábado. Un precepto que implicaba la libertad, el gozo, la experiencia del amor de Dios. El Sábado era un día de descanso, pero de descanso en Dios, un día para voltear y mirar a Dios, para acordarse de que todo se lo debemos a él, que todo viene de él. Si la Biblia insiste en guardar este día se debe a que el hombre debe de cuidar su relación con Dios, que sólo viva para Él.
De este modo el Sábado debe ser un día de alegría, pues se deja el trabajo habitual para encontrarse con Dios, se despeja la mente pues no hay trabajo, y se despeja el corazón, pues Dios entra en él.
La dificultad se da cuando el sábado en lugar de ser un momento de libertad y amor se convierte en un día de preceptos, en un día para cumplir una cantidad de cosas, que supuestamente deben llevar a descansar pero no lo logran, pues sólo cansan y atiborran a la mente de cosas y mandatos que se deben cumplir, desde trabajos hasta los pasos. Con esto los fariseos han equivocado el rumbo pues con el afán de consagrar el día para Dios sólo hicieron que el hombre guardara preceptos, pero no que se encontrara realmente con Dios.
Hoy la discusión versa sobre los trabajos, a lo cual Jesús les increpa diciéndoles: «El hijo del hombre es dueño del sábado.» Para remarcarles que el hombre no está hecho para ser dominado por ninguna institución, sino para dominarlo todo y acceder a Dios. El hombre es un llamado a la libertad (cfr. Gal 5,1).
Deberíamos de pensar hasta que punto muchas veces vamos cargando nuestra vida de preceptos que impiden realmente encontrarnos con Dios. A lo mejor ponemos de pretexto que debemos dormir, ver la TV, no hacer nada, o salir y dispersarse pero Dios no entra en nuestra vida, y alegamos diciendo que debemos distraernos y que Dios no es necesario, o que Él nos entiende, que otro día lo verem0ods. Con esto cargamos de actividad un descanso que si bien es merecido, pero olvidamos al centro y motor de ese descanso que es Dios.
O a la mejor hacemos rezos, vamos a misa, pero estamos tan cargados de prácticas que en realidad no me encuentro con Dios. Hay gente que reza el rosario pero curiosamente no vive en Dios. Lo reza por obligación, pero no por un encuentro de amor. Cuantos hacen sus rezos pero por obligación, y cuando terminan nunca se encontraron con Dios, ni saben lo que Él les pide. Las cosas no se deben hacer por hacer, sino para toparse con Dios, a lo mejor es una oración más sencilla pero lleno de su encuentro con él. Si vamos a misa que no sea a fuerza, a la carrera, sino consientes y dispuestos a toparnos con Él y dejarnos animar y fortalecer.
Leyes siempre van a existir, pero experiencias de vida no siempre las hay. Dios es esa experiencia que no debe atarse a leyes o preceptos, sino al amor y la plenitud en cada uno de nosotros. Los fariseos impidieron el encuentro con Dios. ¿Nosotros impedimos que este encuentro en nuestra vida o lo favorecemos? ¿Somos Fariseos que buscamos a Dios sin encontrarlo o creyentes que se topan y se dejan interpelar con el Señor? ¿Ponemos practicas que son murallas que impiden el acceso a Dios o constructores de puertas y puentes que ayudan a encontrase con Dios?

3/9/09

¿Una vida de fe o de ritos vacíos?

Meditación con motivo del Viernes XXII de tiempo ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar

Textos:
Colosenses 1,15-20
San Lucas 5,33-39

El domingo pasado se hablaba de la pureza y con ello del sentido erróneo de los fariseos para marcar reglas y situaciones que permiten o no permiten el acceso a Dios cayendo en normas equívocas. Y justamente el evangelio del día de hoy se presta para ahondar más en las prácticas farisaicas, y el día de hoy se centra en el ayuno.
El ayuno es una práctica judía que servía para mortificar el cuerpo y pasar hambre, pero el sentido va más allá de una hambruna o de una dieta. Es el privarse de algo para dominarse y ayudar a los demás, el mismo profeta Isaías lo aclara: «Este es el ayuno que yo amo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudoy no despreocuparte de tu propia carne» (Is 58,6-7) Con esto queda bien claro que para hacer ayuno es necesaria la vida en la misericordia. Sin embargo para los fariseos había quedado como una práctica meramente externa, una práctica de dolor, de mortificación, sin repercutir en un cambio de vida.
Con esto podemos constatar que los fariseos han reducido todo a prácticas, pero no a las acciones. Cree que este es un grande problema de nuestros tiempos, porque muchas veces tenemos ritos, costumbres, pero no cambiamos nuestra vida y la de los demás, simplemente vamos por la vida totalmente felices por hacer ciertas normas, sin estar convencidos que lo verdaderamente importante es transformar el entorno. Muchas veces pensamos en celebrar a alguien, pero rara vez le ayudamos a cambiar o cambiamos nosotros para su bien. Cuantos no celebran el día de las madres, pero no las ayudan ni respetan el resto del año.
Yo creo que el problema del ayuno es precisamente ese, que sólo se ha quedado en una práctica externa, pero no ha repercutido y llenado la vida del hombre. Sólo practican, pero no cambian. De nada sirve lo externo, si no toca lo profundo de nuestro corazón. Yo creo que si analizamos bien nuestra vida nos encanta hacer cantidad de cosas, pero rara vez dejamos que esas actividades o acciones nos dejen una moraleja que nos ayude a cambiar realmente nuestra historia.
El hombre piadoso por tanto, no es simplemente el que hace prácticas de piedad, sino es el que deja que la piedad haga de él un hombre nuevo. O somos fariseos hombres externos que se topan con Dios al margen de la vida con acciones externas, o bien somos hombres de fe que dejamos que Dios entre en nuestras vidas y nos cambie. La decisión es nuestra.

Los fariseos

El domingo pasado nos topamos con los fariseos y creo que sus apariciones en el evangelio son vitales para confrontar nuestra vida de fe que a veces es equivocada y la desviamos. De echo los proximos evangelios de entre semana nos coloca varias escenas de estos personajes por ello quisiera meditar en ellos y hacer en este espacio un breve paréntesis explicando brevemente quienes son los fariseos.
Podemos decir que este grupo aparece en la época de la revolución macabea, con el nombre de hassidim (es decir piadosos), tal y como lo marca 2Mac 14,6. Posteriormente hubo una disparidad de pensamientos ya que el grupo macabeo buscaba solamente una independencia política, mientras que los hassidim buscaban una libertad religiosa, debido a esto el grupo macabeo se apoyo en las familias aristócratas, por lo que el grupo hassidim –posteriormente denominado fariseo (que quiere decir separado)– se alejó y reprocho fuertemente al sacerdocio, por lo que fueron perseguidos, pero a pasar de todo esto lograron salir adelante e imponer su pensamiento, a tal grado que en tiempos de Herodes le hicieron frente sin represalias fuertes e incluso después de la caída de Jerusalén su pensamiento era el único imperante.
Su pensamiento está basado principalmente en la inmortalidad del alma, la resurrección de los muertos, la existencia de ángeles y espíritus y la intervención de Dios en el destino del hombre, sin privarle por ello de su libertad. Eran rigurosos en el cumplimiento de la ley, así como en su interpretación.
Ellos eran persona respetadas en la época de Jesús pues conocían la Ley y a ellos acudían para pedir consejo. Será Jesús quien de una nueva interpretación a sus enseñanzas y los oriente hacia otra realidad demostrando que a pesar de sus conocimientos ha errado el camino. Esto lo veremos un poco en las siguientes reflexiones, de los próximos días.