23/10/11

DOMUND es contagiar...

Meditación con motivo del Domingo Mundial de las Misiones 2011

Textos:
Zacarías 8, 20-23
Salmo 66
Romanos 10, 9-18.
San Marcos 16, 15-20

Celebrar el Domingo Mundial de las Misiones implica recordar una de las notas características de la Iglesia, y es que cada vez que recitamos el credo decimos que la Iglesia es apostólica. La palabra apóstol quiere decir “enviado”, por tanto la Iglesia es apostólica porque es enviada, es llamada a anunciar el mensaje de Cristo. Y esto nos invita a recordar que la Iglesia tiene como parte de su identidad el anunciar, el hacer llegar el mensaje de Cristo, que es precisamente un mensaje que debe iluminar y debe llenar de esperanza a los hombres. No se trata simplemente de anunciar como si fuese una obligación, sino de llevar esperanza, de dar sentido a la vida, de dar un aliento a la humanidad a través del mensaje del evangelio, de modo que el evangelio sea esa luz en medio de las dificultades de la vida y anime a los hombres a seguir adelante.
Y esta misión de anunciar el evangelio es una realidad que nos concierne a todos, no es exclusivamente de unos cuantos, sino que todos debemos de ser misioneros. Pero debemos de meditar que implica ser misionero, y como anunciar esta Palabra. La evangelización no es simplemente dar una serie de temas, una mera instrucción religiosa, sino que debe de llevar al encuentro de la persona de Cristo. Evangelizar no equivale ir a la escuela, no equivale con aprender algunas lecciones, sino tener un encuentro con Dios. Y ese encuentro se nota en la medida en la que la vida se transforma.
Por ello, podemos decir que, evangelizar es el acto de contagiar. Si entendemos contagiar como el acto de trasmitir algo que poseo a otro, en el caso de la salud, un contagio es trasmitir mi enfermedad a otra persona. Esta palabra viene del latín, ‘cum’ que significa ‘con’ y ‘tangere’, es decir ‘tocar’, por tanto es el acto de tocar con lo que tengo a alguien o a algo. Y desde nuestra reflexión evangelizar es eso contagiar, es tocar al otro con la Palabra de Dios que tenemos en nuestra vida. Evangelizar es precisamente tocar al otro con eso que tengo. Muchas veces la evangelización deja mucho que desear, pues no cambia la vida de nadie, y es que nos e contagia al otro, no lo tocamos, ya sea porque no queremos hacerlo, o bien porque la Palabra no nos ha tocado a nosotros, y por ende es muy difícil tocar a alguien con una Palabra que no tenemos.
Evangelizar se convierte entonces en la capacidad de dejarnos tocar por Dios y así tocar a otros con esa Palabra, de “Con-tagiarlos”, de “tocarlos-con” la experiencia de Dios.
En la mediad en la que se contagia esa Palabra entonces la vida se renueva pues todo se ve desde un punto de vista distinto, pues soy capaz de ver las cosas desde un nuevo horizonte, soy capaz de ver las cosas desde una nueva óptica, pues se vive de manera distinta, y hay algo que genera una transformación.
Esta idea es expresada en la primera lectura del día de hoy, del texto de Zacarías: «Vamos a apaciguar el rostro del Señor y a buscar al Señor de los ejércitos; yo también quiero ir.» Nos muestra por medio de su última visión, como llegará un día en que todos los pueblos querrán ir a apaciguar el rostro de Dios, es decir, querrán reconciliarse con el Señor. Apaciguar la ira se refiere precisamente al acto de estar en paz con Dios, al acto de no querer estar distanciándose de él, y por tanto se refleja el anhelo de entrar en contacto con él. Y en segundo lugar dice que lo quieren buscar, es decir quieren estar en movimiento continuo para no separarse de él; es el acto de conseguir, ver o saber dónde está Dios y nunca separase de él, el no querer perderlo de vista. Con estas dos acciones: apaciguar el rostro de Dios y buscarlo, quieren mostrar su total adhesión a Dios. Llegará un día en que los pueblos entrarán el sentido de todo desde Dios.
Y curiosamente esta decisión que toman los pueblos, es algo que quieren extenderlo como invitación, al punto que al final dice: «Yo también quiero ir.» Su motivación, hace que otros los quieran acompañar. Y eso es la evangelización, es motivar a otros, que al ver mi vida, que al ver como cambio, que al ver que me he encontrado con Dios, los contagie y digan «Yo también quiero ir», “Yo también quiero encontrar el sentido de mi vida como tú lo haces”. Por ello el profeta Zacarías muestra que el haber encontrado a Dios lleva a que los demás también se motiven, pues la manera de expresarlo los motiva a seguir adelante.
Y esto se hace más explicito al final del texto cuando dice: «En aquellos días, diez hombres de todas las lenguas que hablan las naciones, tomarán a un judío por el borde de sus vestiduras y le dirán: “Queremos ir con ustedes, porque hemos oído que Dios está con ustedes.”» Se muestra como son los mismos judíos quienes deben de llevar a los hombres al encuentro de Dios. La gente al verlos querrán que los lleven a Dios, dice que los tomaran del borde de su túnica, es decir, que buscan una relación especial con la persona. Si ellos están con Dios, y ahora los pueblos tocan el borde del manto, quiere decir que quieren estar cerca de su persona pues así ellos se encuentran con Dios.
Por tanto podemos ver que evangelizar es precisamente eso, dejar que las personas se contagien de Dios, y se acerquen a él. Evangelizar es dejar que se tomen del borde de nuestro manto, de nuestra persona y que quieran que los llevemos al encuentro de Dios.
El problema está que a veces nosotros no estamos tocados por esa experiencia. A veces solamente vamos a misa porque es costumbre, porque es normal. A veces conocemos cursos porque nos llaman la atención, pero no dejamos que esa Palabra nos toque y nos transforme, de tal manera que a los ojos del mundo no contagiamos nada. Incluso a veces hay gente que evangeliza, pero todo lo ve como escuela, como un concepto, que a puede hacerse interesante, pero que no logra transformar nuestra vida, ni la vida de los demás.
Todos somos misioneros, y no porque salgamos a tierras lejanas sino porque debemos contagiar con nuestra vida a los demás, para que se acerquen a Dios y descubran un nuevo horizonte en la vida.
Pero en este Domingo Mundial de las Misiones, si bien, debemos recordar nuestra identidad misionera, también es cierto que debemos cuestionarnos hasta que punto experimentamos la Palabra transformadora de Dios, hasta que punto nos hemos dejado transformar y hasta qué punto somos capaces de contagiar a los demás de la gracia y presencia de Dios. Y si me falta algo, empezar a buscar y encontrar el verdadero sentido de la fe, que es ser postrador de la Palabra, que llena de esperanza y da sentido a la propia historia.

22/10/11

«Amarás al Señor, tu Dios...»

Meditación con motivo del XXX Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Éxodo 22,20-26
1Tesalonicenses 1,5-10
San Mateo 22,34-40


La vida de la fe implica sobre todo saber distinguir los parámetros meramente humanos y los parámetros de Dios, y ello implica tener una vida totalmente receptiva a lo que Dios propone. Por ello, a lo largo de la historia las culturas tratan de descubrir el camino que los lleva a la experiencia de Dios. Sin embargo a veces con el fin de encontrar el camino para llegar a esos criterios se van construyendo caminos que ¡sean de ayuda para encontrar a Dios, pero a veces esos caminos son tan complejos que el hombre no se encuentra con Dios. A veces hay tantas estructuras e instancias que lejos de permitir el acceso a Dios impiden el entrar en contacto con él. Sobre esta realidad parce centrarse el evangelio de hoy.
Vemos como el doctor de la ley se le acerca a Jesús a preguntarle sobre el mandamiento más importante. A primera vista podríamos decir que eso es un absurdo, pues todos los mandamientos son importantes, sin embargo en aquellos tiempos era una cosa compleja pues las reflexiones de los fariseos y doctores de la Ley había hecho sumamente compleja le experiencia d la Ley colocando muchos mandatos. En aquel tiempo eran 613 preceptos, lo que se requiere el israelita piadoso para observar la Ley. A partir de los diez mandatos entregados a Moisés, las autoridades religiosas habían llegado a este complejo grupo de leyes. Y estas a su vez se dividían en dos grupos, había 365 que eran prohibiciones, una para cada día del año; y las restantes (es decir, 248) eran preceptos positivos, uno para cada hueso del cuerpo humano, de acuerdo con la era del conocimiento. Desde luego que esto tenía complicaciones pues el pueblo no era capaz de recordar todos los mandamientos y las sutiles distinciones de la casuística moral que ciertos mandamientos, a fin de que los fariseos y doctores de la ley considera que los pecadores sin esperanza perdida. Podemos decir que estos mandatos se convierten en caminos que a veces hacían hacer al hombre cuidarse más de no romperlos que encontrarse realmente con Dios.
Por esta razón se discutía sobre el precepto principal. Jesús deja de lado toda aquellas reflexiones de los doctores y responde a la pregunta recurriendo a la Escritura: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente», manifestando de ese modo que lo más importante lo dice Dios y está encerrado en la experiencia del amor.
La experiencia del amor es lo fundamental, vivir desde ese dinamismo de amor hacia Dios lleva por tanto a esa experiencia de paz. Con esto Jesús da por descontado todos los preceptos que los fariseos ha ido construyendo, mostrando que la paz y el sentido de la propia historia de fe no se logra a partir de estructuras que se han ido consolidando por estructuras meramente humanas, no son sus 613 mandatos, no son ese listado inútil de preceptos lo que da forma a todo. Lo que da sentido a la vida del hombre, es Dios y su Palabra, y a partir de la experiencia del amor lo que coloca y da sentido a todo lo que se hace.
Por ello, el hombre debe reconocer que la cantidad de elementos que se construyen al rededor no pueden ser realmente sólidas si no están cimentadas en la experiencia del amor, y en un amor que me lleve a reconocer la grandeza de Dios.
El hombre es invitado a mar a Dios, y amarlo con toda su realidad, pues el mismo texto no limita simplemente a decir que se ame a Dios, sino que coloca las diversas dimensiones a partir de las cuales se debe amara Dios. Hay que amarlo con el corazón, el alma y la mente. Eso quiere decir que Jesús deja bien claro que el amor de Dios se da partir de ciertos elementos, no es una amor en lo abstracto, no es un amor en lo sentimental es un amor que conlleva una vida, es un camino de toda la vida. No es para unos momentos, no basta con una plegaria, no es de una misa, es toda una transformación de la propia historia.
Amar a Dios implica diversas dimensiones de la vida, y sólo a partir de ahí se pude demostrar el amor hacia Dios. Hay que demostrar el amor desde el corazón. Y el corazón nos remite al lugar de los grandes pensamientos, por tanto amar a Dios implica reconocer que Dios forma parte de mis pensamientos importantes, pero si Dios está al, margen, sólo me acuerdo de él de momentos, sólo cuando voy a misa, o cuando hay alguna emergencia, implica que no es un gran pensamiento, por tanto Dios es algo meramente marginal y por ende no existe ese amor.
En segundo lugar marca que hay que amarlo con toda el alma, y esto quiere decir que hay que amarlo con toda la vida, con toda nuestra realidad, en toda circunstancia, sea bueno que malo, ser capaz de descubrir que Dios está presente tanto en las buenas como en las malas. Amar a Dios siempre, en toda nuestra vida, pero si lo amo sólo cuando me va bien, sólo cuando me conviene, implica que Dios es un asteroide que flota sin sentido en la vida, y sólo algunas veces logra un pequeño contacto con nosotros.
Finalmente hay que amarlo con y toda la mente, y esta expresión en griego se refiere a estar en medio del entendimiento, a la actividad cognoscitiva, racional, indica la capacidad para entender las cosas. Amar a Dios con la mente es la capacidad de tener presente a Dios en cada momento y saber distinguir su acción en mi vida, se r capaz de entender las cosas como él, entiende las cosas desde el evangelio, desde el amor, desde el perdón, y dejar de lado todo tipo de criterio racional del mundo. Amar a Dios con la mente implica ser capaz de tenerlo como parámetro para entender la realidad, y la historia, para saber como actuar o como responder.
Por tanto Jesús deja en claro cuál es el camino para encontrarse con Dios, un camino que se define a través del amor a Dios y ello conllevará al amor al Prójimo donde se reflejara totalmente esa experiencia de amor que se le tiene a Dios. Pidamos en este domingo que nos de la capacidad de encontrarnos siempre con Dios, a partir de este criterio de amor y lo reflejemos hacia los demás, como signo de ese amor que empezamos a vivir desde la dinámica de Dios.

16/10/11

Una fe en medio de la dificultad...

Meditación con motivo del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 45,1.4-6
1 Tesalonicenses 1,1-5
San Mateo 22,15-21

La vida de fe, está íntimamente enraizada con la experiencia humana, no es posible hablar de fe, sin referirnos al elemento humano. No es posible la fe, si el hombre no vive desde sus propias categorías y coordenadas humanas. De ahí que desenraizar nuestra fe de la historia, el querer comprender y vivir la dinámica de la fe, sin la experiencia de nuestra historia, no es posible, debemos dejar que nuestra vida ilumine nuestra fe y que nuestra fe al mismo tiempo ilumine nuestra vida, nuestra historia. Sin embargo esta relación se torna un tanto difícil cuando en nuestra vida se encuentran dificultades y pareciera que esa relación con Dios no se ve tan claramente como quisiéramos. Nos topamos con desilusiones, situaciones que parecen acabarnos y que frustra todo un proyecto, sin embargo, estamos llamados a levantarnos y a descubrir que no vamos solos por la vida, sino que Dios está ahí, por ello el reto es precisamente permitir que la fe ilumine esa situación.
El día de hoy en la primera lectura nos encontramos con esta situación. Encontramos al profeta Isaías que dirige unas palabras de ánimo al pueblo, palabras en las cuales quiere manifestar la salvación que viene de Dios. Pero para entender estas palabras es necesario entender la situación del pueblo. Estamos en medio del destierro de Babilonia, el pueblo ha perdido todo, ha perdido su tierra, ha pedido su pueblo y parece que su fe se ve amenazada, pues en medio de esta situación que viven, parece contradecir su fe. ¿Cómo es posible que Dios haya permitido este destierro? ¿Cómo es posible que Dios permitiera la destrucción de su templo? ¿No se supone que Dios es más fuerte que todo, por qué los abandona? Todo parece estar perdido. Y justo ante esa situación parece vislumbrarse la salvación del pueblo, y es justo lo que manifiesta el profeta Isaías.
Esta salvación se muestra con la elección de una persona: «Así habla el Señor a su ungido, a Ciro, a quien tomé de la mano derecha.» EL profeta dirige sus palabras hacia Ciro, que incluso recibe el título de Ungido, es decir el elegido de Dios. Pero ¿Quién es Ciro? Ciro, es el rey de los persas. En el momento en el que el profeta escribe, la potencia que dominaba todo el oriente era el imperio Babilonio, sin embargo debido a los malos manejos y estrategias político-religiosas, el imperio Babilónico parce venirse abajo, y justo en ese momento comienza a tomar fuerza el imperio persa, capitaneado por Ciro. Y el profeta vislumbra que ese imperio que está floreciendo, el imperio del los persas, es precisamente el signo que Dios da para traer la salvación, ese rey, es el elegido de parte de Dios.
Esto al inicio parece un absurdo, pues el elegido de Dios debería ser parte del pueblo judío, o Dios mismo. Pero resulta que el elegido es un rey extranjero, y será él quien llevara al pueblo a la salvación. Y efectivamente será el rey Ciro una vez que conquista Babilonia, quien regresará a los judíos a su tierra y comenzará las obras para construir un nuevo templo. Pero, ante este anuncio que podría sonar absurdo, podemos ver que Dios se vale de muchas maneras para dar la salvación al pueblo. Y muchas veces es el camino más ridículo que puede existir. ¿Quién imaginaria que sería otro rey extranjero quien liberaría al pueblo? Nadie. Por tanto, el texto nos marca que aún en la situación más complicada Dos saca una solución aún en medio de lo más inimaginable posible. Muchas veces creemos que nuestros problemas, que nuestras dificultades se resolverán por ciertos caminos, pero no es así a veces Dios responde por el camino menos pensado e imaginado. Lo importante es tener la disposición y dejarnos sorprender por él.
Inmediatamente después de la declaración de la salvación que se acerca el profeta recuerda la identidad del pueblo: «Yo te llamé por tu nombre, te di un título insigne, sin que tú me conocieras.» Recuerda al Pueblo que él nunca se olvida de ellos, y por ello dice que lo ha llamado por su nombre. El nombre representa la identidad de alguien, por tanto, este pueblo no es anónimo, ni es alguien desconocido para Dios, este pueblo es conocido y tiene una identidad, y por ello nunca ha estado sólo. Si Dios lo va a salvar es porque nunca se ha olvidado de ellos, siempre ha estado junto con ellos.
Por tanto, en medio de las dificultades el pueblo nunca ha estado sólo, Dios lo conoce, Dios le dio su identidad, nunca lo ha dejado solo y a su suerte. Ello implica algo mucho más profundo entonces, quiere decir que ciertamente a veces nuestra fe parece dejarnos, parece desilusionarnos ante ciertas situaciones que vamos viviendo. Sin embargo conviene recordar que Dios nos conoce, sabe lo que sucede en nuestra vida, nos llama por nuestro nombre, y busca como ayudarnos, tal vez no del modo que quisiéramos, pero lo hace del mejor modo para alcanzar el sentido de nuestra vida.
Y finalmente Dios hace una aseveración importante, ya que se anuncia la salvación por un nuevo camino, ya que ha recordado al pueblo que nunca lo olvida y le ha dado identidad entonces Dios les recuerda quién es él: «Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí. Yo hice empuñar las armas, sin que tú me conocieras, para que se conozca, desde el Oriente y el Occidente, que no hay nada fuera de mí.» Les recuerda su propia identidad para que sepan en quien debe confiar. No hay más Dios fuera de él. Con ello les marca que no deben dejarse deslumbrar por los falos dioses de Babilonia, él es el único, no hay más. ¡Ah! Cuántas veces los judíos se dejaron deslumbrar por la extraordinarias liturgias de los babilónicos, al punto de querer estar con ese ‘dios’ que parecía más fuerte que el mismo Yahveh, pero no debe ser así, porque el único, el que da salvación, el que los constituyo como pueblo es Dios y no hay nada fuera de él.
Ante estas palabras debería resonar en nuestro corazón cada vez que quisiéramos buscar alguna solución fuera de él. A veces cuando la enfermedad golpea, creemos que la brujería puede ayudarnos, o cuando nos va mal queremos utilizar un amuleto para tener buenas vibras, o confiar en una vela o ropa de cierto color para que todo vaya bien, o bien leer algún horóscopo para no dar pasos inciertos: «No hay nada fuera de mí
La fe a veces es complicada, pues las situaciones áridas de la vida parecen contradecir todo, sin embargo hoy somos invitados a elevar la vista y descubrir que Dios está con nosotros, nos conoce, nos da identidad y es el único Dios. Y a pesar de esas debilidades, de sus fracasos que se presenta el hombre debe elevar la vista hacia Dios, confiando y sabiendo que su salvación siempre viene en camino. Esto que marca el profeta Isaías es justamente la verdadera fe, que confía y espera, que se desilusiona y sabe que el consuelo viene en camino. Sin embargo a veces las cosas de fe las podemos reducir a cosas muy superficiales, como los fariseos, que limitan el creer en Dios en rendirle cierto culto, y el día de hoy lo presentan preguntado si hay que pagar el impuesto o no. En el fondo ellos y trata de mostrar su fidelidad ha ido haciendo creer que el impuesto es una imposición que en cierta medida traiciona estar con Dios, sin embargo preguntan esto para hacer caer a Jesús. Pero Jesús nos e deja engañar y soluciona todo marcando que es la veredera fe: «Den al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.» Es decir, hay que dejar de ver las cosas secundarias, ver lo que es de Dios, y eso es lo que debemos entregarle, pues la fe se muestra encontrándonos con Dios, sabiendo que él esta presente, sabiendo que el da siempre caminos nuevos de salvación. Debemos darle a Dios nuestra confianza, nuestra capacidad de descubrirlo y ver cuál es el camino de salvación que me propone, y saber que él es el único. El impuesto es algo que es parte de la situación histórica y eso depende al césar, pero no al verdadero sendero de la fe, pues si bien es parte de la historia el tributo al césar, no por ello garantiza o no la autentica fidelidad a Dios.

9/10/11

Aceptar la alianza

Meditación con motivo del domingo XXVIII del tiempo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 25, 6-10
Sal 22
Filipenses 4, 12-14. 19-20
San Mateo 22, 1-14

El hombre por naturaleza es sociable, por un lado porque se desarrolla en medio de una sociedad y por otro porque se necesita del encuentro con el otro. De ahí que en el desarrollo del hombre, se vayan creando vínculos de amistad, vínculos de camaradería, y es que al relacionarse con los demás unos vínculos se van haciendo más especiales, de tal manera que las personas se vuelven más profundas y con ello se establece una relación con elementos superiores. Y en el fondo esas relaciones son las que nos ayudan a seguir adelante, pues esas son las personas que nos sostienen, que nos ayudan, y nos impulsan a seguir adelante, pues con ellos se comparte la vida y propia historia. Pero estas relaciones no se basan sólo en cosas superficiales, sino que hay detalles que van ganando la confianza, y hacen q la misa m vida se comparta y día a día se valore esta relación y descubrir el grande tesoro que se tiene y el nivel de confianza que se tiene.
Y este tipo de relaciones basadas en la confianza y en las que se comparte la misma vida, implica que también la relación con Dios. Por ello deberías de preguntarnos cuál es el nivel de relación que tenemos delante de Dios. Si realmente hemos dejado que nuestra relación con él sea auténtica, y compartamos nuestra vida, nuestra fe, con él.
El día de hoy la liturgia nos muestra cómo Dios busca esta relación duradera en nuestras vidas y para ello utiliza una imagen que aparece frecuentemente en la Biblia, la imagen del banquete. EL banquete representa en la Escritura la relación de Dios con el hombre, es la imagen que indica la relación que se establece entre la humanidad y Dios. El banquete es el símbolo de la alianza que Dios hace con el hombre.
La primera lectura de hoy nos hace un acercamiento de esta alianza, nos muestra de manera plástica en qué consiste esta alianza que Dios hace con nosotros y por tanto la relación n que se establece entre Dios y los hombres. Analicemos algunos elementos de lo que significa vivir la alianza con Dios y descubrir en que consiste relacionarnos con él.
En primer lugar nos indica que Dios «preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera.» Dios es quien ha preparado el banquete, es Dios quien prepara esta alianza que quiere realizar, y algo fundamental es que es preparado para todos los pueblos, es decir, es un banquete universal. La alianza que Dios hace, está abierta a todos, nadie queda excluido de ella, nadie puede vivir al margen de esta invitación. Si Dios quiere iniciar una alianza lo hará abriéndose a todos, no debe quedar nadie excluido de esto. Por tanto si el hombre quiere tener un vínculo sólido con Dios puede acercarse y saber que no está fuera de esta invitación amorosa que Dios hace.
En segundo lugar «Aniquilará la muerte para siempre.» Esta alianza es una alianza de vida. Dios quiere hacer esta alianza para destruir la muerte. Por tanto se vislumbra ya desde este momento que el hombre está llamado a la vida, su destino no es la muerte. EL que vive unido a Dios, el que hace amistad con Dios recibe una promesa de vida, más aún vive desde la dinámica de la vida, todo es vida. La alianza me capacita no simplemente para vencer la muerte futura, sino que me da las herramientas para vencer la estructuras de muerte, para vencer aquello que amenaza con destruirme, que amenaza con acabarme, que puede debilitar la experiencia del amor. La alianza me hace ser portador de la vida, y capaz de vencer las situaciones de muerte.
Y como consecuencia de esa promesa de vida nos marca el texto: «El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros.» Si la experiencia de muerte es vencida por esta alianza que Dios hace, implica que esto va acompañado de una experiencia de consuelo. Por eso enjuga las lagrimas, es señal de consuelo, en señal de la transformación que Dios hace en la vida. Estar en la alianza con Dios, implica que el hombre es capaz de descubrir la esperanza, es decir, es capaz de descubrir que está llamado a no dejarse abatir por las situaciones de dolor y de tristeza, si bien estas situaciones llegan, también es cierto que no es una situación definitiva y por tanto descubre que Dios está en su vida y no se arroja al sin sentido de la vida, al contrario, se arroja a los brazos de la esperanza, de la capacidad de superar esas situaciones, de no perder el ánimo, no dejar que algo lo derrote, sino de levantarse y seguir caminando con alegría para encontrarse con Dios en su historia. Por tanto, tener es amistad con Dios me lleva a descubrir la esperanza que viene de Dios, finalmente es lo mismo que expresa la segunda lectura de hoy: «Todo lo puedo en aquel que me conforta.» Finalmente como san Pablo lo dice, vendrán situaciones de problemas o de carestía, pero ello no implica que todo esté dicho, Dios es mi fortaleza, él es mi compañero, y por tanto el me da la fuerza para levantarme y seguir adelante.
Y entonces esa alianza lleva al hombre a exclamar una verdad profunda: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.» Descubre que Dios no los deja, que Dios los acompaña, que Dios es el compañero que guía a la comunidad y ello conlleva la alegría. La alianza con Dios da un signo de alegría a los hombres. No es posible vivir la alianza con Dios si la alegría. La alianza me debe llevar a tener este aspecto, el don de ser feliz, porque descubrir a Dios cercano, implica la felicidad que da sentido al caminar en la historia.
Por lo tanto tenemos aquí estas dimensiones de la alianza que Dios nos propone, representada por ese banquete: Universalidad, capacidad de vida, ele encuentro con la fortaleza y el consuelo, y la capacidad d ser feliz. Esto es lo que Dios propone para vivir la alianza. Y esto es en el fondo la experiencia de salvación, y es lo que buscamos en lo más profundo de nuestro corazón, sin embargo a veces el hombre no acepta eso, y por eso el evangelio del día de hoy nos presenta dos elementos que llevan al hombre a rechazar esa alianza.
La primera de ellas lo vemos en la primera parte de la parábola, los invitados rechazan la invitación, y esto lo hacen para seguir su actividades. Quiere decir que a veces rechazamos esa alianza porque va en contra de nuestra , va en contra de nuestra vida, de nuestros proyectos y es que lo que Dios ofrece en su alianza muchas veces nosotros lo buscamos de otra manera, muchas veces la propuesta de Dios parece absurda, pues Dios en su alianza nos promete que nadie queda excluido, pero muchas veces somos nosotros los que no queremos esa apertura, vivimos solos en nuestro individualismo, en nuestro autoplacer, pero no somos caces de abrirnos a los demás, a veces ni a nuestra familia, vivimos encerrados en nosotros. O bien queremos vencer la muerte, pero no creemos que sea necesaria la ayuda de Dios creemos que eso se resuelve de otras formas, con la ciencia, con supersticiones y ante eso damos la espalda al proyecto de Dios. O bien creemos que el consuelo nos lo dan ciertas estructuras, o ciertos elementos y ya no necesitamos más, basta con nuestra vida, o bien creemos que esa manera de vivir, es lo que da la felicidad. De esta manera lo que Dios nos propone parece ajeno, pues pareciera que interfiere o es algo secundario con lo que nosotros buscamos o vivimos, por eso el texto dice: «No hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios…» Es decir ellos ignoraron esta llamada y siguieron con su vida cotidiana, no les importo realmente, ellos encuentran lo que buscan desde sus categorías y no creen que Dios sea capaz de ayudarlos, es algo innecesario, pues han reducido su búsqueda de consuelo, de vida, de felicidad a lo que ellos hacen y producen.
Sin embargo, hay otra manera de rechazar, y es peor que la anterior, pues estos hombres simplemente lo rechazan, no aceptan esta propuesta y se van. Pero hay otro que dicen si aceptar este proyecto, pero sólo lo hace superficialmente, y es justo lo que presenta el final de la parábola: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?» Este hombre ha entrado en el banquete, a dicho que si a la alianza, pero sólo con sus palabras, pues su vida lo contradice todo. Los vestidos, las vestiduras en la Biblia representan la personalidad de alguien, si este hombre no trae el traje de boda, quiere decir que su personalidad no refleja su vida dentro del banquete. No parece estar en la fiesta, parecer estar en el banquete, está dentro, pero no lo refleja.
Cuantos podríamos decir que si estamos interesados en Dios y su proyecto, pero sólo lo hacemos exteriormente, sólo lo hablamos, o sólo hacemos un ministerio, sólo vamos a misa, o damos una plática de evangelización, pero al final no portamos el vestido de fiesta, no somos capaces de mostrar al mundo que creemos en Dios, sólo entramos pero no nos dejamos transformar, no dejamos que se impregne de Dios nuestra personalidad, todo es al margen, sin dejar que Dios nos transforme. De este modo rechazamos el proyecto volviendo nuestra vida mera apariencia.
Si bien estamos invitados a dejar que Dios fundar una amistad sólida con Dios, lo debemos hacer no sólo de palabra, o con una buena intención, sino realmente entrar y dejar que su vida, su consuelo, su felicidad nos trasforme y demostremos al mundo que Dios existe y que él vive en nosotros, y nos dejamos transformar por él, mostrando al mundo que estamos viviendo en la dinámica de su alianza no sólo por apariencias, sino porque somos portadores de la vestidura de la alianza.

2/10/11

Dios también fracasa

Meditación con motivo del XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 5,1-7
Salmo 79
Filipenses 4,6-9
San Mateo 21,33-43

El tema del amor sin duda es apasionante cuando se aborda, pues tiene diversas vertientes, diversos modos de vivirlo y de irlo comprendiendo y por esta razón, cuando decimos que “Dios es amor”, tal y como lo describe san Juan en su primera carta (cfr. 1Jn 4,8), implica entonces que penetrar en el misterio de lo divino requiere una gran novedad, diversos modos para entender y adentrarse en ese misterio. No basta sólo decir que Dios es amor, sino tratar de entender las diversas vertientes del amor y entonces ver las diversas facetas de Dios. Por lo tanto querer acercarse al misterio de Dios es querer acercarse al misterio del amor, y ello nos desborda.
El día de hoy en el evangelio continúan narrándose estas parábola sobre la viña, que como lo hemos dicho en otra ocasión, nos presenta la historia del pueblo de Israel, y al mismo tiempo nos presenta un rostro de Dios y por lo tanto un rostro del amor, y en consecuencia del amor de Dios. El día de hoy vemos esta parábola en de nuevo encontramos a estos viñadores y al dueño de la viña, que el fondo representa la historia de Israel que ha rechazado a Dios y sus mensajeros y que al final de los tiempos han rechazado al Hijo, a Jesús y lo han matado. Pero detengámonos como los domingos pasados en el dueño de la viña con el fin de descubrir una faceta más de Dios, y al mismo tiempo de lo que significa el amor.
En primer lugar vemos que este dueño de la viña va construyéndola, no es que el adquiera la viña ya conformada, sino que él mismo la va arreglando, él mismo la va conformando: «Poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia.» Este hombre posee una tierra, él tiene un terreno, y descubre que ese terreno no vale la pena tenerlo así, sino que debe tener vida y entonces decide plantar la viña, y la viña es el símbolo del pueblo de Israel. Quiere decir que Dios quiere un pueblo, quiere una comunidad donde manifestar su amor. Con esto ya nos muestra una característica vital del amor, amar no es encerrarse en sí mismo, sino salir al encuentro de los demás, ser capaz de formar comunidad. Si lo pensamos bien, una pareja ama cuando es capaz de salir hacia el otro, pero cuando se encierra en sí mismo y sólo piensa es ser satisfecho, y no ve por el otro, el amor se rompe, el amor se agria, y no sirve para más. Lo mismo sucede en la amistad, cuando sólo se busca al otro por compromiso o para recibir lo que necesita, el amor de esa amistad se acaba, pues no es capaz de salir al otro, sino que simplemente busca su propio beneficio, y ese amor se frustra. Por tanto, el amor es salida, es búsqueda del otro, es constructor de comunidad, de armonía, es capacidad de engendrar vínculos de unión, de salir al encuentro del otro y ayudarlo y no simplemente autosatisfacción.
Y esta constitución del pueblo la hace de un modo totalmente delicado: «… la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia.» Finalmente esta viña le coloca todo lo necesario para que sea completa, no sólo son las viñas, sino que coloca todo lo necesario. Pone el lagar para que las uvas sean procesadas y den el vino, coloca la cerca en señal de protección y construye la torre de vigilancia pues se debe estar atento de los peligros. Por tanto Dios ha constituido un pueblo y ha colocado todo lo necesario para que se desarrolle del mejor modo, está protegido por Dios, simbolizado por la cerca, es un pueblo que debe dar su fruto, representado por el lagar y es un pueblo que no puede quedarse adormilado, sino que debe de estar siempre atento a la llamada de Dios, y así sean capaces de dar frutos. Es un pueblo que es capaz de vivir en plenitud dando frutos, estando atentos y viviendo desde la protección de Dios. Por tanto, es un amor que se da en totalidad, que da lo necesario para que se responda a la llamada del amor.
Sin embargo sucede algo increíble, teniéndolo todo no dan frutos, y comienzan a asesinar a los enviados del dueño. Pero esto parece un absurdo. Porque permite eso el dueño, más aún cómo se le ocurre mandar a su hijo si ve que todos están muriendo, si está viendo que esos viñadores son unos desalmados.
Pero detengámonos en el dueño de la viña, y veamos que piensa y así descubriéremos una característica más de Dios, y una característica totalmente desconcertante. Por qué sigue mandando servidores si ve que a los primeros los han matado. Seguramente porque Dios cree en el hombre, sabe que debe dar su fruto pero a veces su misma testarudez. Es como si el dueño dijera “no me pudieron dar los frutos, a lo mejor no les fue bien, estaban cansados, tuvieron un problema y por eso se desquitaron”, y ante eso vuelve a mandar a otros. Y en el culmen de todo envía a su hijo: «Respetarán a mi hijo.» En el fondo piensa que a lo mejor no han dado frutos porque no ha ido él en persona, y entonces manda al más cercano a él, que es justamente su hijo, y piensa que lo respetaran, piensa que a él i le harán caso, y así darán sus frutos. Pero resulta ser que no es así.
Podríamos decir que este relato refleja un absurdo, pues pareciera que ese hombre no se da cuenta de la calidad de hombres que son esos viñadores, ese hombre es un fracasado. Y efectivamente Dios es un fracasado, ante el hombre, Dios fracasa, y curiosamente le gusta ser así. Esto aparecería algo totalmente absurdo, algo que no cuadra en nuestros esquemas ¿Cómo Dios va a fracasar si Dios lo puede todo? Pero así es: Dios fracasa. Porque si Dios es amor, el amor se topa con el fracaso en algún momento de la vida. El verdadero amor siempre se topará con el fracaso, o no es amor, es una ilusión, un arreglo, una conveniencia, y por ello no fracasa, pero es amor. El amor verdadero experimenta tarde que temprano el fracaso. No porque ese sea su estado permanentemente, pero si es una de las fases del amor. Para que el amor se auténticamente amor fracasa en un momento determinado, pues así se madura, y se acepta ese fracaso con dolor, como seguramente lo sentía el amo de la viña, pero sigue adelante, por amor.
Decir esto, sin lugar a dudas parece absurdo, es contradictorio decir que el amor es fracaso en un momento de sus etapas, pero así es. Pensémoslo bien, una madre que ama a su hijos, los ve crecer, les da todo lo necesario para su desarrollo, incluso muchas veces se quita el alimento para dárselos a ellos, se priva de cosas, y va viendo con felicidad que crecen, que la quieren, pero no siempre es así, de vez en cuando reniegan de su madre, de vez en cuando no valoran los sacrificios que ha hecho por ellos, incluso le reclaman, le exigen, le dicen que ha hecho mal las cosas. No sucede diario, pero en algunos momentos lo hacen o a veces lo hacen constantemente, y sin embargo las mamás siguen ahí, no dicen nada, y esperan que un día sus hijos den fruto agradezcan y valoren lo que tienen, y ellas siguen igual de sacrificadas y abnegadas. De algún modo en esos momentos ellas están tristes, se hace trizas su corazón al escuchar lo que sus hijos dicen, pero siguen adelante. Las mamás muchas veces se topan con el fracaso en su tarea del amor y siguen caminado, dando oportunidades, por la sencilla razón de que aman. El amor de vez en cuando se topa con fracasos. Y no por esos fracasos las mamás dejan de amar.
Igualmente en el matrimonio hay momentos en el que la entrega se topa con el fracaso, cuando el otro no responde como debería, cuando aparece una dificultad, cuando de repente se lastiman los sentimientos del otro, cuando no se valora lo que el otro hace, su sacrificio, que simplemente lo hace por amor, sin importar nada. Y cuando la pareja está cimentad por el verdadero amor siguen adelante, siguen sacrificándose por el otro, siguen mostrándose muestras de amor y cariño, incluso buscan nuevas formas para seguir adelante en la relación, y no por un fracaso momentáneo, no por una dificultad dejan de amarse y de seguir fuertemente unidos. Sólo cuando la unión es con fines egoístas, el fracaso acaba por apagar todo, sin esforzarse y alimentar el amor.
Por tanto, el amor experimenta en ocasiones el fracaso, y no por ello uno deja de amar, al contrario sigue adelante mostrando su vida de amor, sin detenerse porque la otra persona es importante y se le ama.
Dios nos ama, y en su amor se topa con el fracaso, es tan grande y tan puro su amor que experimenta el fracaso. Ese es el Dios de la Biblia, un Dios que fracasa en su amor por el hombre, que sigue cerrado en su pecado, y se niega a dar sus frutos. Y eso es lo extraordinario de Dios, que fracasa ante nosotros y a pesar de ello sigue adelante, con paciencia porque nos ama, porque cree en nosotros y sabe que un día daremos nuestros frutos.
Ante esta parábola podemos tener dos cosas fundamentales a nuestra reflexión. En primer lugar que el mor experimenta el fracaso, pero no es una barrera que impide el flujo del amor, pues el amor verdadero no se deja vencer por ello. Y en segundo lugar que Dios, que es amor, también fracasa y acepta ese fracaso porque nos ama. Ante esto podríamos muy bien pensar nuestra relación con Dios y decirle “Gracias por el amor que me tienes, y perdón por todas las veces que he frustrado ese amor por no dar mi fruto, por no dar respuesta a tu llama”, es momento de reconocer que fallamos y así hacemos que el amor de Dios se tope con el fracaso, pero si reconocemos esto y vemos que no hay frutos en nuestra vida podremos elevar a Dios nuestra oración y con el propósito de responder a su llamada de amor y decirle quiero dar frutos y así como el Salmo canta en este día suplicarle y decirle:«¡Restáuranos, Señor de los ejércitos, que brille tu rostro y seremos salvados!»

29/9/11

El Dios respeta la libertad

Meditación con motivo del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Ezequiel 18,25-28
Filipenses 2,1-11
San Mateo 21,28-32

Una de las características principales del ser humano que lo hacen único delante de los demás seres, y que le da la capacidad de orientar su vida hacia ciertas cosas o acciones, que le dan la capacidad de elegir, de acercarse o alejarse es la libertad. El hombre por naturaleza es libre, Dios desde que lo crea le da esta capacidad: Ser libre. Sin embrago esta característica es una realidad efímera en ciertos momentos, pues se puede perder con facilidad, y por un acto de libertad puede alejarse de ella y ser esclavo de alguna cosa. Si bien la libertad nos da la capacidad de elección, también es cierro que la libertad puede orillarnos a perderla, pues una mala elección puede hacernos esclavos y con ello dejar de ser libres.
Cuando se pierde la libertad el hombre se esclaviza a alguna realidad. Puede esclavizarse a algún vicio, a laguna persona, a alguna cosa, a alguna realidad. Hacerse eslavo conlleva por lo tanto, a depender de algo o alguien y no ser capaz de vivir sin ello. Y todo comienza a girar en torno a esto, sin ser capaz de dejarlo, o de vivir sin ello. Y entonces ya no se es libre, pues la vida vive desde un apego, pero no desde nuestras opciones, sino desde una poción, la cual se ha hecho necesaria y fundamental en la vida. Y esto se hace por una mala opción.
Esta manera de perder la libertad sin lugar a dudas se hace cuando no somos capaces de reconocer que es la libertad, muchas veces se mal entiende la libertad, y creemos que la libertad es simplemente hacer lo que queremos. Y la libertad no es simplemente hacer lo que uno quiere, sino saber lo que uno quiere, ser capaz de dirigir la vida y ello conlleva tener la capacidad de pensar y saber lo que se quiere, de lo contrario se puede equivocar el camino y con esto, perder el don de la libertad. En el fondo la libertad es una poción de vida, es la capacidad de saber dirigir la vida, sin ataduras, y dirigirla hacia lo que se busca, para encontrar el sentido de la historia, in limitarla a una realidad, sino encaminarla hacia una realización de la propia vida, siendo siempre capaz de orientase y de caminar, sin detenerse por algo superficial.
De este modo, hablamos del hombre como un ser libre. Un ser que ha sido creado por Dios y ante eso podemos descubrir en la libertad del hombre una característica más de Idos, una característica que desborda nuestros pensamientos y nuestra manera de comprender a Dios. Si bien la semana pasada con la primera de las parábolas de la viña veíamos a Dios como aquel que nos necesita, ahora vemos a Dios como aquel que nos ama y respeta nuestra libertad.
“Dios que respeta la libertad del hombre” Es una afirmación un tanto compleja, pues al escuchar hablar de Dios pensamos inmediatamente en aquel que domina todo y aquel que manda y exige que se hagan ciertas cosas, que está por encima del hombre y es quien manda para que el hombre le sirva, sin embargo el Dios de la biblia es aquel que respeta al hombre, que respeta su libertad, no es que obligue a los hombres a hacer ciertas cosas, o que los incline a realizar ciertas actividades, sino que el Dios de la Biblia es aquel que respeta la libertad del hombre. Y esta libertad es extraordinaria, pues es una libertad que puede hacer al hombre acercarse a Dios o bien alejarse de él, y rechazarlo, anunciar públicamente que no tiene fe. Y Dios lo respeta. Que don tan grande nos da Dios, que incluso se le puede rechazar, y así lo respeta Dios.
Y es justo lo que nos presenta la parábola. En primer lugar nos dice que Dios es padre, y pide que vayan a su viña a sus hijos. Por tanto, el dinamismo de la relación con Dios es una relación entre un hijo y su Padre, Dios no ha creado como hijos, y como hijos que aman al Padre, pide un favor: «Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.» Como hemos dicho la viña es el símbolo del pueblo de Dios, ir a la viña significa sobre todo ir a formar parte del pueblo, ir a formar parte de la construcción de una civilización del amor, ir a construir un mundo más justo, donde seas capaz de iniciar el perdón, donde ayudes y venzas tu egoísmo, donde des un mensaje de esperanza a los demás. Ir a la viña es lo que quiere Dios, y ante eso sólo espera que respondamos y hagamos lo que debemos.
Podemos descubrir como Dios respeta la libertad del hombre, pues no dice que el Padre obligue al hijo, no le dice “ve o te castigo”, sino que solamente les pide ir. Ellos dan su respuesta y toman una acción. Y curiosamente sus respuestas no coinciden con sus obras, pues uno dice que si, sólo lo habla, sólo lo dice, pero al final decide no ir, sólo quiso darle por su parte al padre; en cambio el otro decididamente le dice que no quiere ir, pero finalmente se arrepiente y decide ir, decide cambiar su rumbo. Y el Padre no aparece más en la parábola, él sólo ha hecho la invitación, y será el hombre con su libertad el que decida ir.
Lo importante son dos cosas. En primer lugar Dios hace la invitación, nadie queda excluido de esta realidad, y esperando que el hombre haga un buen uso de su libertad y responda al llamado. Y en segundo lugar no se deja llevar por las apariencias, no se deja guiar por las respuestas, sino que es capaz de esperar, no se queda con la respuesta que se da de inmediato, sino que confía que el hombre puede cambiar y puede decidir ir a la viña, puede cambiar y puede iniciar un cambio en su vida, por ello la parábola concluye diciendo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.» Mostrando que todos pueden cambiar de vida y decidir entrar al dinamismo de Dios, todos pueden entrar a la viña y cambiar su vida. Incluso aquellos que de primera instancia dijeron que no, pueden cambiar su vida, siempre hay tiempo para encaminar la propia historia y enderezar nuestros rumbos.
Él nos ama como somos, nos ama con nuestra libertad, y porque nos sabe libres, sabe esperar y confía que cambiaremos nuestra vida y entremos a la viña. Y al entra nuestra viña mejoremos nuestro carácter, mejoremos nuestros pensamientos, mejoremos nuestra relación con los demás, y así vayamos dando auténticamente frutos en la viña del Señor.Dios nos ha creado libres, lo importante es saber conservar esa libertad y dirigir nuestros pasos, hacia un rumbo donde esa libertad crezca, donde esa libertad sea autentica, donde nuestra vida no quede atada a un resentimiento, a un objeto material, a un odio desmedido, a una hipocresía de la vida, a un vicio que corroe nuestra vida y nuestro corazón. Entrar a la viña es optar por Dios y empezar a ser libres dejando de lado aquello que nos daña y transformando nuestra vida y la de los demás. Puede ser que a veces nos que equivoquemos, y no queramos ir, pero podemos corregir el camino, ver que nos hemos hechos esclavos de tantas cosas, hoy es el momento de ir a la viña e iniciar así una transformación, y ser auténticamente libres. Siempre hay tiempo, y siempre lo hay pues Dios me ama como mi libertad y confía que algún día vaya a la viña.

18/9/11

El Dios que nos necesita

Meditación con motivo del XXV Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/


Textos:
Isaías 55,6-9
Filipenses 1,20-24.27
San Mateo 20,1-16

El hombre busca constantemente encontrarse con Dios, trata de entender quien es Dios. Y ante ello podemos ver cantidad de intentos a lo largo de la humanidad por entender quién es Dios, por entender a la divinidad. De ahí surgen las ideas animistas, las ideas politeístas, las posturas filosóficas. Todo ello es para adentrarse en el conocimiento de Dios. Pues acercarse a Dios es un misterio, Dios es en sí mismo un misterio. Y al decir misterio nos referimos sobre todo a la capacidad de no termina de conocer una realidad. EL misterio no es algo que no se puede conocer, al contrario, el misterio es algo que se puede conocer, pero que no es posible agotarlo, que nunca se acaba de conocer, siempre hay algo nuevo. Por tanto, Dios es un misterio, nunca acabamos de conocerlo, nunca acabamos de entenderlo, siempre hay algo nuevo.
Incluso nosotros mismos recordamos este misterio en la misma celebración Eucarística. Justo antes de la consagración, cuando estamos a punto de tener presente el cuerpo y la sangre de Cristo hacemos reconocimiento del misterio, y lo hacemos cantando el Santo. Decimos juntos “Santo, santo, santo…” Y la palabra ‘santo’ quiere decir “otro”, por tanto decimos tres veces santo, para mostrar que Dios es tres veces otro, totalmente distinto, fuera de nuestros esquemas. Justo lo decimos antes de la consagración, antes de que se haga totalmente cercano, reconocemos que es totalmente otro, que aunque esta cerca se nos escapa, se nos va. Eso es un misterio, que es inabarcable.
Y justo por ello, el día de hoy las lecturas parecen acercarnos al conocimiento de Dios. Encontramos en el evangelio las llamadas parábolas de la viña. La viña en la Biblia nos muestra un símbolo del Pueblo de Dios, por tanto nos hace presenciar el comportamiento del Pueblo de cara a Dios, pero al mismo tiempo nos hace ver al dueño de la viña, y nos muestra características extraordinarias para conocer quién es Dios y con ello acercarnos al misterio.
Pero antes de acercarnos a la Parábola detengámonos en la primera lectura, que nos ofrece una pauta y una clave interpretativa del misterio de Dios. Dice el texto del profeta Isaías: «Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos.» Con esta frase el Profeta les hace entender a los Israelitas que ellos no deben creer que Dios los ha olvidado, simplemente que deben abrirse y ver que el camino que Dios les propone no es el que ellos quieren, sino que es un camino diverso.
Cuántas veces a nosotros nos sucede esto, pues creemos saber quién es Dios, qué debe de hacer, y queremos que él se relacione con nuestros proyectos, y no siempre es así, pues el toma caminos nuevos siempre, proyectos que notros ni siquiera nos imaginamos. Por ello entrar a conocer a Dios implica renunciar a lo que creemos de él y renunciar a nuestros caminos, y dejar que él nos conduzca.
Y precisamente porque sus pensamientos no son lo que uno piensa, debemos de conocer bien a Dios, por ello el texto del evangelio nos presenta una característica fundamental: Dios nos necesita. El texto nos dice que el propietario busca trabajadores para la viña, eso quiere decir que necesita ayuda. Dios nos necesita a nosotros para alcanzar sus proyectos. Para construir el reino, una comunidad, un pueblo (Simbolizado por la viña), necesita de nosotros. Muchas veces creemos que dios no nos necesita, que podemos estar al margen de Dios, pues pensamos que Dios lo puede todo, que él lo hace todo, pero no es así, él nos necesita para la construcción de la comunidad.
Él me necesita así como soy, con mi carácter, con mis límites, con mi modo de ser, él me necesita así, no requiero de otra cosa, él me necesita así como soy, con mi modo de ser para construir el Reino.
Tan me necesita, que como dice la parábola, sale a cada hora en busca de nuevos trabajadores. A veces tenemos miedo, flojera o apatía para ayudarle. Nos escondemos, pero él sale en nuestra búsqueda, siempre sale para seguirnos invitando, pues nos necesita. Si él sale, es precisamente por eso, porque no quiere que nos quedemos afuera, incluso cuando falta una hora para que todo acaba, él de inmediato sale pues no quiere que nadie quede fuera.
Y el fruto de ese trabajo es un denario. El denario en aquellos tiempos representaba el salario mínimo de un día, lo necesario para sobrevivir. Por tanto les da lo necesario para la vida, ni más ni menos. Y por ello a todos les paga lo mismo, pues los que trabajaron al final, si se llevan menos de un denario, no podrán sobrevivir ese da, sus hijos no tendrán que comer ese día, y por ello, les da todos por igual, pues todos deben tener lo básico para vivir.
Y ese denario en el fondo es la salvación, eso es lo que el hombre necesita para vivir. La salvación es el sentido de la vida del hombre, su felicidad, su amor, su entrega, su plenitud. Y eso es lo que se requiere para vivir, para encontrar sentido a todo., trabajamos para encontrar ese sentido de vida, dejándonos transformar por él, y dejando que todo nos renueve en nuestra vida, dándole sentido a toda nuestra historia.
Dios nos necesita, pues así ayudamos al cambio de la sociedad, así cabíamos nosotros y así vamos renovando nuestra historia. Él me ama como soy y no debo poner pretextos que así entro a trabajar en la viña, y así voy cambiando mi propia vida.

29/8/11

Miedo al fracaso

Meditación con motivo del XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Jeremías 20,7-9
Romanos 12,1-2
San Mateo 16,21-27

Una de las realidades más complejas de todas, pero que es profundamente humana es la situación e fracaso. De algún modo el hombre se topa en algún momento con esta triste situación, se encuentra con una realidad que le hace verse pequeño. EL fracaso nos hace comprender que no somos perfectos, que tenemos limitaciones, que no tenemos en su totalidad el poder y la capacidad de controlar todas las cosas.
Sobre esta realidad nos hablan las lecturas del día de hoy. En la primera lectura podemos apreciar ese sentimiento de fracaso. Contemplamos al profeta Jeremías en medio de su dolor, pues ha sido llamado por Dios, para anunciar la Palabra y denunciar las injusticias con el fin de que se conviertan, pero resulta ser que no hay nada, todos siguen igual, sin cambio alguno, incluso se burlan de él y hasta se confabulan para matarlo. La oración que dirige a Dios es una oración de un hombre doliente, de un hombre profundamente adolorido, un fracaso, pues no ha logrado nada, y reconoce que él se dejó engañar por Dios, y de ahí sale esta frase: «Me sedujiste Señor, y yo me dejé seducir.» Una frase que a veces se interpreta desde un tono un poco romántico, si embrago refleja el dolor del hombre fracasado y dolido.
Esta palabra: “Seducir”, no es propiamente lo que quiere indicar, más bien se refiere a una violencia que recibe el profeta, la podríamos traducir como “Me violentaste Señor y me deje violentar”, se refiere a un acto de violencia, un acto de violación. El profeta se siente ultrajado por la misión que Dios le ha dado. En el fondo el profeta reconoce que la misión que dios le da, es una violación, una violencia en su contra. Un dolor indescriptible. No tiene sentido el seguir adelante.
Y termina diciendo: «Entonces dije: "No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre"» mostrando con esto que el profeta ha pensado que ya no quiere hablar de Idos, ya no quiere seguir con este proyecto. Cuántas veces nosotros pensamos así. Cuando algo no nos sale como queríamos, y decimos “ya ni opino nada, ni hago más proyectos, porque no sirve”; o cuando en la familia todo va mal, y creemos que no vale la pena esforzarse y decimos “ya mejor no digo nada, ni opino porque nadie entiende”; o cuando somos traicionados por alguien y pensamos que ya no vale la pena confiar en nadie.
Y justo en medio de esa lamentación el profeta termina con una frase extraordinaria, una frase que surge en medio de su derrota, y que contiene una luz de esperanza: «Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía.» Con esta frase se puede ver una realidad en medio del fracaso. Habla de un fuego abrazador, un fuego que está dentro de él, que no se paga, y que aunque él quiere apagarlo, no puede. Es decir, aún en medio de su fracaso sabe que hay algo que le dice que no se rinda, hay una luz que le lleva a descubrir que no todo está perdido, y ese fuego nos dice, que no puede contenerlo. Y si lo pensamos bien siempre en medio del fracaso hay una luz en nuestro interior, hay una cierta esperanza. Cuántas veces, después de un fracaso, hay en el fondo un pequeño anhelo de querer intentarlo de nuevo, de darse una oportunidad, de querer salir adelante, de no rendirse, de tener confianza otra vez. Sin embargo, a veces es tan grande la desilusión, el fracaso, que muchas veces ese fracaso apaga esa voz y nos sumimos en una depresión total, creyendo que no vale la pena seguir.
Curiosamente, ante el fracaso siempre está ese fuego, como dice el profeta Jeremías, que anima a seguir adelante aún en el fracaso. Y mientras eso exista el hombre puede adelante. Y esta idea se ve de modo más clara en el texto del evangelio. Jesús se encamina a Jerusalén y da una nueva instrucción a los apóstoles, unas palabras que son de entrada desconcertantes, pues nunca se había hablado de eso: «Comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día
Estas palabras son de desconcierto pues hablan de fracaso. Jesús va a Jerusalén a Morir, es un absurdo. Por eso Pedro trata de disuadirlo, de impedir que eso suceda, sin embargo Jesús va más allá. Después de su crisis que hemos visto hace dos domingo, descubre que la única manera de anunciar el reino es dando su vida, es asemejándose al siervo doliente del profeta Isaías. En el dar la vida está el nuevo modo de anunciar el reino. Ahora todo toma un nuevo rumbo, y ahora se encamina para dar su vida, convirtiéndose en esa entrega en el anuncio del Reino y de la salvación.
Y si lo vemos con ojos meramente humanos parece ser que la cruz se convierte en un signo de fracaso. Vemos a Jesús muriendo, y sin ninguno de sus discípulos, en medio de una total soledad. A simple vista se ve el fracaso. Sin embargo Jesús va más allá de esto, no sólo se ve el fracaso, sino que hay algo más. No sólo es la muerte, sino que ahí comienza un germen de vida y con ello una esperanza par que no todo termine en fracaso. Pues el mismo Jesús habla en su anuncio de la resurrección. Finalmente la cruz, el fracaso, no es el final, sino que se levanta la esperanza de la vida.
Por tanto, podemos ver que el fracaso existe, lo importante es no dejar llevarse sólo por ello, si bien al inicio es complicado asimilarlo también es cierto que el fracaso no tiene la última palabra. No debemos dejar que el fracaso sea tan fuerte que nos destruya, que nos abrume, al contrario saber que podemos salir adelante, y que finalmente siempre hay una oportunidad de vida detrás de esa amenaza de destrucción que se hace cercana con el fracaso. Es complicado, sin embargo, no hay que dejar que esto nos acabe, sino levantarnos y saber que se puede mejorar y transformar nuestra vida.

24/8/11

Identidad de la Iglesia

Meditación con motivo del XXI Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 22,19-23
Romanos 11,33-36
San Mateo 16,13-20

Al escuchar hablar de la Iglesia pueden surgir cantidad de opiniones, ya sea en contra de la Iglesia, o bien a favor de ella. Se le puede acusar de cantidad de situaciones, a veces debido a situaciones que en una determinada comunidad se vive, o bien porque las noticias amarillistas lo hacen publico a nivel nacional o mundial, sin embrago, son solo unas situaciones especificas, no son de toda la generalidad, y algunas veces son meros puntos de vistas. Por otro lado, también se puede hablar extraordinariamente de ella, pero también a veces con elementos que no son llevados a profundidad, y que no se reflexionan más a fondo, a veces sólo se habla de la Iglesia a nivel meramente apologético, de mera defensa, pero no sin ser sinceros de lo que se hace y se vive.
Sin embargo, esto se mueve sólo en el nivel de la opinión. Pero qué es la Iglesia, cuál es su papel en medio del mundo. Primeramente clarifiquemos que la Iglesia es una comunidad e personas, y que no debe confundirse con el templo. La Iglesia somos nosotros, la forman las personas, y no un edificio, ni una jerarquía, sino que la forma todo aquel que ha sido bautizado. Y sabiendo que todos formamos esta Iglesia adentrarnos en la misión e identidad de esta Iglesia.
El texto del evangelio de hoy nos da el acercamiento para comprender cuál es la misión y la identidad de la Iglesia. En primer lugar nos encontramos con Jesús que hace una pregunta fundamental: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Con esto podemos descubrir que Jesús debe cambiar de táctica para anunciar el Reino de Dios. La semana pasada lo veíamos en crisis, y ahora trata de aclarar su misión, y para ello debe ver que visión tiene la gente de él. Y por ello, pregunta sobre la identidad. Y las respuestas reflejan una visión corta y limitante de Jesús: Juan Bautista, Elías, Jeremías. Jesús es visto sólo como un profeta, es una visión, si no errónea, si es incompleta, puyes la gente sólo lo ve como profeta, como un enviado de Dios, no ven más allá de esto.
Y entonces Pedro da una respuesta fundamental: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Encontramos una respuesta asombrosa, que refleja la personalidad de Jesús. En primer lugar lo reconoce como el Mesías, es decir, aquel que lleva a plenitud todas las promesas, el que da sentido a la historia. Y en el evangelio de san mateo, Jesús es el Mesías que lleva a plenitud toda la historia de salvación, quien inicia la nueva generación de la plenitud abriendo a todos la salvación (Cfr. Mt 1,1-17). EN segundo lugar le llama “Hijo de Dios vivo”, por tanto viendo de Dios, y del Dios que da la vida, del Dios que hace fecunda las situaciones difíciles de la historia.
Y esa respuesta de Pedro nos hace céntranos en el primer elemento central de la identidad de la Iglesia. La Iglesia es aquella que tuene como centro a Jesús, aquel que es Mesías, que da sentido a la historia, aquel que puede dar a mi vida el sentido de plenitud, el sentido de trascendencia, aquel que puede plenificar mi historia. Es Jesús, el Hijo de Dios vivo, aquel que me puede llevar al encuentro con Dios y dar vida a todas mis situaciones marchitas en mi corazón, que pude darme vida y darme la oportunidad de ser fecundo con mi vida, mis comentarios, mis opciones de vida. Por tanto la Iglesia, e la que tiene como centro a Cristo, que da sentido a todo y es capaz de vivificarme; y cuando Cristo no es su centro entonces se engaña, y no vive auténticamente su misión.
Inmediatamente después de esta respuesta Jesús lanza una felicitación a Pedro: «Dichoso de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en el cielo.» Jesús reconoce que esto que Pedro ha dicho no es sólo la iniciativa de él, no es una ocurrencia o una ideología que se ha formado, sino que es fruto de Dios, es fruto de la fe en Dios. Por tanto la Iglesia es aquella que vive centrada en Jesús y es capaz de reconocer a Jesús como centro, por su experiencia de fe, una fe que surge como don de Dios. Por ello la Iglesia es una comunidad de fe, una fe que debe crecer y madurar, pero surge de la fe. Y por ello sin una visión de fe, sin descubrir el don de Dios, dentro de esa fe, no es posible estar dentro de la comunidad.
Así es como se conforma la Iglesia: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia.» Le llama Pedro, que si bien hoy en día Pedro nos remite a un nombre, en aquel tiempo no era así, Pedro significa “piedra”, por tanto, Jesús le dice que él es Piedra, y por ello él es la primera piedra, sobre la que se funda la comunidad, él es la piedra, y sobre la roca de la fe en Jesús se funda la Iglesia. Nos e funda sobre una ideología, no se funda sobre una labor social, sino que se funda sobre la fe en Cristo, esa es la roca solida que da cimento a la comunidad. Eso que le dice a Pedro nos lo dice a nosotros, debemos de ser piedras, debemos ser sólidos en nuestras opciones para cimentarnos en la fe que brota de experiencia pascual de Cristo. Por ello la Iglesia tiene como cimento esa roca, y así nos convertimos en piedra que da sentido a la vida en comunidad, somos piedras que construyen comunidad.
Y entonces comienza haciendo una serie de promesas, que siguen dando identidad a la Iglesia: «El poder de los infiernos no prevalecerá contra ella.» Antes de explicar esto debemos hacer una aclaración. No es lo mismo el infierno que los infiernos. A veces se traduce este texto diciendo los podres del infierno no prevalecerán, peno no es así, no dice el infierno, que es el lugar de castigo y condenación. El texto habla de los infiernos, es decir el lugar de los muertos, lo que en griego se le llama “Hades”. Por tanto está hablando de lugar de la muerte. Jesús dice que “los poderes de la muerte no prevalecerán”. Quiere decir que la Iglesia es capaz de vencer los poderes de la muerte, es decir aquello que destruye el corazón del hombre. Es la exhortación a reconocer que la muerte, la destrucción, el desanimo, la depresión, la desilusión, no prevalecerá, esas situaciones que matan la esperanza y el ánimo por vivir no prevalecerán, pues la Iglesia es una comunidad e esperanza, de coraje, de esfuerzo por seguir adelante.
«Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.» Ahora Jesús marca el donde dar las llaves, que es un símbolo del poder, de la soberanía. Las llaves sirven para dar acceso, y en este caso dar acceso, dar entrada al reino de los cielos. La Iglesia es la comunidad que da acceso a Dios, que hace que los hombres entren en contacto con Dios. El problema sería si nosotros con nuestra vida hacemos que otros entren en contacto con Dios, si hacemos que otros puedan entrar en relación con Dios, si soy capaz de dirigir y de inspirar los deseos de los demás para que se encuentren con Dios. Con mi vida, soy signo de Dios, de contagiar a los demás con el ánimo generosos par que entren con Dios. O sólo los alejo. Las llaves las tenemos todos, todos con nuestra vida, con nuestro encuentro con Dios podemos hacer que se encuentren con Dios. La grande pregunta sería si somos capaces de hacer esto o no. Porque es la misión de la Iglesia: Hacer que otros entren en relación con Dios.
Y finalmente Jesús le dice: «Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Esta expresión de atar y desatar es propia de aquellos tiempos entre los rabinos judíos. Es una expresión que se refiere al permitir o prohibir realizar una ley. Con ello exhorta a la comunidad a descubrir que es lo que le conviene y que es lo que le daña. Dejar que entre en la vida de la Iglesia lo que le ayude a ser mejor y al mismo tiempo impedir que se realice aquello que le hace daño y le hace perder su visión como comunidad universal.
De esta manera Jesús marca la identidad de la Iglesia, una comunidad que se reúne en torno a Cristo que es el sentido de la historia y da la vida, como aquella que se funda en la fe, una fe que es sólida, la comunidad que debe ser esperanza para los hombres sin dejarse abatir por situaciones de muerte, que tiene como misión dejar que el hombre entre en contacto con Dios, y capaz de discernir sus acciones viendo lo que conviene y lo que no. Que a la luz de esta página renovemos nuestro sentido como iglesia y recuperemos el sentido de nuestra vocación.

14/8/11

«La mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!”»

Meditación con motivo del XX Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 56,1.6-7
Romanos 11,13-15.29-32
San Mateo 15,21-28

Al escuchar este pasaje del día de hoy puede llenarnos de asombro, pues parece ser totalmente distinto a los demás relatos de milagro, que Jesús realiza, pes podemos ver como Jesús en primera instancia rechaza ayudar a esta mujer. Sin embargo es importante conocer el contexto de este relato para comprender este extraordinario texto.
Este pasaje se encuentra justamente después de una controversia que tiene Jesús con los fariseos, ellos defiendes sus leyes de pureza y por esa razón dicen que Jesús está equivocado. Por otro lado, la gente no ha comprendido la actuación de Jesús, se quedan maravillados con lo que dice y hace, pero finalmente no cambian de vida, incuso los mismos apóstoles, que están cerca de Jesús no han sido capaces de entender lo que Jesús les dice, por ello dice el texto: «Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.» El texto dice que partió, y con ello implica una ruptura, Jesús se parata de su ambiente, rompe con ellos, está en crisis, está frustrado, pues no ha sido capaz de anunciar el Reino como él quisiera. Él esperaba la conversión, esperaba la vivencia del amor, pero no lo han comprendido, siguen iguales y han cerrado su corazón, por ello Jesús no aguanta y se va, se retira. Y Dice que se va a una región de Tiro y Sidón, es decir un lugar extranjero, es la única vez que Jesús deja su tierra y se va a un lugar extranjero.
Y ahí se aparece esta mujer cananea. Es denominada cananea, porque pertenece al grupo étnico que el pueblo de Israel conquisto cuando llegaron a la tierra prometida, por tanto pertenece a un grupo marginal. Sin embrago ella se aventura pues tiene una dificultad: «Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio.» Dos elementos parecen aquí, en primer lugar la hija. Los hijos en aquellos tiempos son símbolo del futuro, los hijos son la única posibilidad de garantizar un futuro, ya que no se ve con mucha claridad una vida después de la muerte. Sólo los hijos permiten que la propia semilla continúe más allá de nuestra propia subsistencia dentro de la historia, sin ellos no hay posibilidad de esa descendencia. Por tanto esta mujer tiene como riesgo perder su futuro, su futuro se ve amenazado.
Y entonces vemos el segundo elemento: un demonio es quien amenaza este futuro. Y al hablar de dominio se refiere a una ideología que amenaza con perder ese futuro. Cuántas veces nuestro futuro se ve amenazado por una ideología, por una realidad externa que amenaza ese proyecto. Por ejemplo un proyecto a que deseamos que se prolongue en el futuro es la unidad de la familia, y aparecen ideologías q impiden ese desarrollo, que impiden que se lleve a cabo ese proyecto. Cuantas veces aparece la envidia, el egoísmo, la avaricia en la familia, una serie de ideologías q impiden precisamente que ese proyecto se lleve a futuro. Pues esas ideas hacen que el hombre no alcance la unidad en su familia. Cuantas veces la familia vive unida, vive contenta, pero súbitamente se mueren los papás y entonces los hermanos que antes se querían, se amaban dejan de hacerlo y entra el odio, el rencor, se comienzan a pelar, y ese proyecto a futuro, ese proyecto de unidad y concordia se pierde totalmente ese proyecto a futuro porque ha entrado una ideología extraña que amenaza la unidad. O bien cuando tengo presente que mi proyecto a futuro sea el trabajo, sea que siga todo bien, pero dejo que entre la idea de la pereza o de la corrupción, es sin duda hace tambalear el proyecto a futuro.
Esta mujer tiene un futuro incierto pues ha permitido que entren ideas que lo amenazan. Incluso en ella misma se ve reflejado el mismo Jesús, pues su proyecto del Reino también se ve amenazado por la cerrazón de los demás por la incomprensión de la gente, la testarudez de los apóstoles y la cerrazón de corazón de los fariseos. Es un futuro en riesgo. El proyecto del Reino se ve amenazado.
Y justo ante esa situación, Jesús calla sólo piensa y por eso aunque aquella mujer grita, no le hace caso, Jesús está en una profunda crisis, no sabe qué hacer. Sin embargo por insistencia de los apóstoles, se detiene y aquella mujer presenta los cuatro pasos elementales para la vida de fe, y una fe auténticamente madura.
En primer lugar dice que esta mujer se «acercó entonces a Jesús», y acercarse a Jesús implica distanciarse de todo otro criterio de salvación, de cualquier otra idea de salvación. Muchas veces nosotros decimos tener fe pero también tenemos amuletos, supersticiones, brujerías, etc. Por tanto, el tener fe nos invita en primer lugar a acercarnos a Jesús y tomar distancia de otras realidades que no son verdaderamente de salvación. Y por tanto es reconocer que yo no tengo la salvación en mis manos, que no puedo garantizar por mi mismo mi futuro. Sólo lo puede hacer aquel que porta la verdadera salvación.
Su segunda acción en que ella una vez delante de Jesús está «postrada ante él.» La postración expresa reconocimiento de la propia pequeñez, se reconoce pequeña delante de los retos que se le presenta, delante de lo que debe de ir viviendo. Su futuro corre riesgos y por tanto no es capaz de salir por si misma adelante, sabe sus límites, sus fragilidades. De esta manera postrase se convierte en el reconocimiento de la insuficiencia de sus propios esfuerzos. Finalmente postrarse es verse pequeño y ver al otro grande, capaz de ayudarlo, capaz de poder sacarme adelante. Postrase es reconocer que Dios lo puede todo, que sólo él me puede dar un futuro, que yo con mis limites, con mi pecado, con mi rencor, mi envidia, mi dureza, no soy capaz de salir adelante.
En su tercera acción, la mujer habla: «¡Señor, ayúdame!» Es la oración. Es el acto de comunicarse con Dios, no es posible la fe, sin está la confianza y la capacidad de hablar y abandonarse en sus manos. Sin la capacidad de levantarnos y reconocer que necesitamos su ayuda. Finalmente orar es saber que debemos abandonarnos en Dios, pues ´le sabe que lo necesitamos.
Y entonces viene el cuarto paso, que es fundamental en la madurez de la fe, pero que es el paso más riesgoso de la vida: El silencio de Dios. Pus muchas veces parece que hablamos con Dios, imploramos su ayuda pero sólo nos topamos con el silencio. Y esta mujer se topa con un muro, con la cerrazón de Jesús: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los perritos.» Esta expresión es un tanto dura en labios de Jesús. Se dirige a ella con expresión “perritos”, pues los judíos llamaban a los extranjeros “perros” y aquí Jesús utiliza la expresión par referirse a los perros domésticos, por eso se traduce como perritos. En el fondo Jesús está tan triste, tan frustrado que no sabe qué hacer y por eso contesta así. En el fondo Jesús le dice a la mujer “no te puedo ayudar, nadie me entiende, nadie tiene fe, para qué quieres que te ayude si no vas a comprender los signos, todo está perdido, si los judíos no entienden menos tú…”
Y ante esa negativa, uno podría decir que la mujer se desapasionaría y se iría, pero no es así ella contesta llena de fe: «Y sin embargo, Señor, los perritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños.» Esta respuesta es asombrosa, pues esta mujer reconoce su condición, no le dice a Jesús que todos tienen los mismo derechos, o cosas por el estilo, ella es cananea y se sabe así, no espera nada más, ella es feliz así, y sabe que aún así, Dios le escucha y le ayudará a salir adelante. Y aunque se topo con la negativa de Dios sabe que la escucha y que le ayudará. Este es el paso decisivo de la fe, es decir, que cuando llega el silencio de Idos, el creyente sabe reconocer que Dios lo la abandona ni la deja, Dios está con ella. Dios tiene sus medios para hacer llegar su gracia a cada uno, representado aquí por las migajas.
Y ante eso Jesús queda impactado: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!» Ha encontrado en esta mujer lo que en el pueblo judío nunca encontró, encontró la verdadera fe, encontró el verdadero sentido de todo. Ahora Jesús se da cuenta que existen hombres y mujeres capaz de abrirse a la fe verdadera, este episodio calma la misma fe de Jesús, la fe es posible, y a partir de ahora cambiará su estrategia para anunciar el Reino y hacer la salvación cercana al hombre como lo escucharemos en los próximos dos domingos.
Esta mujer tiene futuro porque realmente confía en Dios y el mismo Jesús y el proyecto del Reino tendrá un futuro pues hay una luz que esta mujer ha dado. Todos podemos ver nuestro futuro amenazado por ideas contrarias pero si dejamos que Dios entre, podemos vencerla y seguir adelante con nuestro proyecto.

24/7/11

Buscar el auténtico tesoro

Meditación con motivo del XVII Domingo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
1Reyes 3,5.7-12
Romanos 8,28-30
San Mateo 13,44-52

El hombre es un buscador por naturaleza, siempre busca algo nuevo, algo que le satisfaga, que le dé sentido a su vida. Siempre busca algo diferente, que le transforme, que le anime. Y cuando este espíritu de búsqueda se trunca, cuando el hombre se apoltrona en un estado y renuncia a buscar, porque ya no quiere, porque está cansado, o bien porque se ha acomodado lo suficiente como para querer buscar, su vida se destruye, no hay más horizontes que buscar en la vida. Por ello el hombre debe de seguir buscando constantemente en su vida, nunca creer que todo está acabado, nunca creer q todo se ha definido, siempre hay algo nuevo.
Muchas veces las relaciones con la pareja se vuelven monótonas, y dicen que ya nos e puede hacer nada, que el amor se acaba, pero no es así, falta buscadores, falta buscar siempre el amor, con nuevas categorías, con nuevas formas de expresarse. Lo importante es no rendirse, sino ponerse en el camino de la búsqueda. O bien cuando creemos que nuestra vida perdió el sentido, que nuestra vida no tiene nada que decir, que todo lo hemos hecho, que ya no podemos hacer nada; es el momento para levantarse y seguir adelante, y buscar, siempre hay algo nuevo, siempre desde la sencillez de nuestra vida hay una nueva expectativa, un nuevo horizonte que puede dar sentido a nuestras vidas. Siempre debemos levantarnos y seguir adelante en nuestras vidas.
Sobre esta idea de ser buscadores y de cómo serlo nos hablan las lecturas del día de hoy. En primer lugar el texto del evangelio nos pone de relieve esta idea. Nos habla de la búsqueda del tesoro enterado y de la perla, y podemos ver claramente como estos hombres dejan todo, pues han encontrado lo más preciado en su vida. Y vemos como se desgastan por ese tesoro, porque ese es el tesoro, la perla valiosa que le da sentido a su vida.
Esa Peral y ese tesoro son la imagen del Reino, que es lo que da la felicidad en su vida, que da sentido a todo. Son capaces de desprenderse para salir al encuentro de lo que realmente da sentido a su vida, se han topado con Dios y han dejado todo para encontrase con él. Y eso implica seguir buscando, no es que el tesoro lo encontró por casualidad, sino que busco y busco para poder dar con ese tesoro. Cuántas veces nosotros necesitamos encontrar ese tesoro en nuestras vidas, ese tesoro que le dé sentido, ese tesoro que a la base es Dios.
Cuantos deberían de escarbar y buscar el tesoro del amor en su relación, salir y ver como estar bien con su pareja. No basta con decir que siempre es así, o que nada se puede hacer, ni vale decir pues ahora me aguanto o le doy por su lado. Hoy más que nunca se necesitan gentes que busquen la experiencia del amor, que reanime su matrimonio, que renueve su relación. Encontrar ese tesoro que puede ser el dialogo, la convivencia, o de ponerle atención a la pareja que por diversas situaciones se olvidan, pero lo importante es que el hombre se proponga buscarlo. Lo importante es ponerse en movimiento y ver que se necesita para encontrar ese tesoro, un tesoro que une, que anima, un tesoro que finalmente tiene a la base la experiencia del amor que transforma y renueva todo.
O bien cuantas veces deberíamos buscar el tesoro de la felicidad en nuestra vida, cuántas veces por algún problema, alguna traición, alguna dificultad, creemos que nuestra vida no vale nada, que todo está perdido. Cuantas veces al experimentar la traición creemos que ya no vale la pena seguir confiando, o bien que no hay que seguir adelante para no ser nuevamente traicionados. O bien ante un problema, creemos que todo nuestro mundo se nos viene abajo, y así la desilusión, la tristeza, la soledad van haciendo que nuestra vida se vaya debilitando y perdiendo el sentido de todo. Es momento de ser buscadores de no creer que todo está perdido, salir y buscar nuevas oportunidades, salir y buscar nueva situaciones, nuevas amistades, nuevas confianzas, buscar el tesoro que está enterrado. Desde luego que esto no es sencillo, no es de golpe, sino que implica una búsqueda constante. No es fácil tener esa confianza de nuevo, no es fácil encontrar una nueva oportunidad, no es sencillo, pues el tesoro está enterrado, implica búsqueda, implica esfuerzo, implica paciencia, pero finalmente si somos atrevidos podremos encontrarlo, podremos ver ese tesoro que da sentido a nuestra vida. Siempre ser buscadores, nunca rendirse y haciendo lo mejor posible las cosas, con ánimo y generosidad
Sin embargo, al contemplar esta idea de los buscadores, hay que saber distinguir y ver qué hay de buscadores a buscadores. No todas las búsquedas son buenas, no todas nuestras empresas son lo más adecuado. Muchas veces para salir adelante buscamos por caminos equivocados, no buscamos lo que realmente deberíamos. Alguna persona podría decir que como en su matrimonio no le va bien va a buscar una amante, y ciertamente busca, pero no busca el verdadero tesoro, sólo busca falsos tesoros, busca cosas que surgen de la nada y que en realidad no están tan escondidos. Dice el dicho que no todo lo que brilla es oro, y es cierto, a lo mejor buscando algo de felicidad no vemos el verdadero tesoro, y sólo nos dejamos llevar por apariencias.
El evangelio de hoy nos invita a buscar a el tesoro, el autentico tesoro que es valioso, pero muchas veces no somos capaces de ver esto y sólo buscamos tesoros superficiales, que no valen la pena, sólo buscamos poder, lujos, influencias, mentiras, etc. No sabes a veces buscar, y ante eso, si bien el evangelio nos invita a ser buscadores, es también cierto que hay que saber buscar y sobre esa idea nos orienta la primera lectura del día de hoy.
El libro de los reyes nos sitúa en la época de transición del poder, el rey David a ha muerto y el heredero es Salomón, que era un jovencito en ese tiempo. Tendría alrededor de 13 o 14 años, y tiene la empresa de gobernar ese país. Seguramente esto debió causarle un gran temor, pues qué podría hacer un pobre jovencito con todo el imperio. Y justo en ese contexto podemos ver la hermosa oración que dirige hacia Dios: «Concede entonces a tu servidor un corazón que escuche.» Salomón pide un corazón que escuche, que sea capaz de discernir lo que Dios quiere, que escuche su voluntad, y capaz de escuchar al pueblo y sus necesidades; sólo así podrá guíar al Pueblo. Cabe aclarar que este texto generalmente está mal traducido, y se pone “Sabiduría de corazón”, “un corazón que discierna entre el bien y el mal”, “un corazón comprensivo”, pero esas traducciones son equivocadas, lo exacto es “un corazón que escuche”. Esa es la base de todo: escuchar.
En el fondo, el motor que mueve a alguien a buscar el verdadero tesoro es la escucha. Escuchando primero lo que nos dice nuestra propia historia, que puedo ver de mí vida, que puedo ver de mis éxitos, de mis fracasos, por qué suceden estas cosas, para aprender de esas situaciones. Por otro lado escuchar a Dios, descubrir que es lo que Dios nos quiere decir, que me pide, cómo ilumina nuestra vida. Y finalmente se necesita un corazón que escuche a los demás, escuchar que dicen los demás, qué dicen, qué opinan. Muchas veces podemos creer que sólo son quejas y podemos decir que siempre es lo mismo, pero no debe ser así, debemos escuchar y ver que hay en el fondo de eso, y así descubrir tal vez una pista, para ver hacia donde debo de moverme, hacia donde debo de caminar, y finalmente hacia dónde está ese tesoro escondido.
Oremos a Dios para que nunca decaigamos, y siempre tengamos ese espíritu de búsqueda, y sobre todo ese corazón que escucha, para saber guiar nuestros pasos hacia la felicidad, hacia el verdadero tesoro y la auténtica perla valiosa.

17/7/11

«…apareció la cizaña »

Meditación con motivo del XVI del tiempo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Sabiduría 12,13.16-19
Romanos 8,26-27
San Mateo 13,24-43

Una de las realidades más complejas que se vive el hombre es la experiencia del mal, pues de alguna manera constantemente se ve afectado por esta realidad, y ante eso se eleva la súplica pues pareciera que todo pierde su sentido, pues pareciera que el mal contradice la experiencia del amor de Dios. Sin embargo, lo que sucede es que a veces no somos capaces de descubrir que no es el mal algo superior, sino que el mal es una realidad pequeña, pero sumamente llamativa que hace que nos olvidemos del bien. De esta manera si nosotros analizáramos bien nuestra jornada podríamos descubrir una enorme cantidad de cosas buenas que suceden en nuestra jornada diaria, pero basta que suceda alguna calamidad para que todo lo bueno que hemos vivido se arruine y pongamos nuestra mirada sólo en lo negativo.
EL mal es una realidad que existe pero es llamativa, vende, y es capaz de arruinar la vida de una persona. Por ello debemos abrir bien los ojos y descubrir que hay en nuestra vida, ver todo lo bueno que sucede en nuestra vida que a veces pasa desapercibido porque es normal, y nos acostumbramos a ello, pero el bien siempre es mayor.
Sin embargo, como es que aparece el mal en nuestra vida, cómo es q podemos ser capaces de hacer el mal en un momento determinado. EL evangelio del día de hoy parece ofrecer una respuesta a esta situación. Nos presenta el sembradío, pero de repente llega la cizaña. Pero la cizaña no es algo que aparece de la nada, no es que ya esté en el terreno, sino que es un factor externo. Alguien la siembra, pero ¿Por qué? Porque se han dormido todos. Cuando duermen aparece la cizaña.
En el fondo lo que el autor nos quiere mostrar es que el mal parece cuando nos dormimos, cuando no somos capaces de estar en vela. Cuántas veces nos dormimos y dejamos que entre la cizaña. Cuantas veces dejamos que un resentimiento vaya creciendo y se convierta en odio. Nos dormimos y no nos damos cuenta que eso va creciendo y se va haciendo cizaña en nuestra vida. Nos dormimos y dejamos que la envidia vaya creciendo. El mal va creciendo en nosotros porque vamos adormeciendo nuestra vida, dejamos que se adormezca nuestra conciencia.
Con esta parábola se relaciona con la que escuchábamos el domingo pasado. Mientras que el domingo anterior veíamos que el hombre debe ser un buen terreno y recibir la Palabra, venciendo de esa manera a los pájaros, a la superficialidad y las espinas, y así dar fruto, el día de hoy se nos coloca otra realidad, pues en ese terreno que va dando fruto hay otro peligro que puede ir creciendo junto con él: El mal, la cizaña. Que surge cuando nos dormimos, y aún dando fruto podemos dejar q ese fruto se pudra con experiencia de la cizaña.
Y al ver la cizaña inmediatamente nosotros podríamos pensar que Dios lo destruyera, tal y como los trabajadores lo dicen al amo: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero el amo no quiere. Y Dios no quiere destruir la cizaña, porque en el fondo todos tenemos algo de cizaña. Esta parábola nos enseña algo vital, no se trata de ver si soy trigo o soy cizaña, pues ambos crecen juntos, por lo tanto quiere decir que somos las dos cosas, nadie puede decir que sólo es trigo, o que sólo es cizaña. Somos una mezcla de los dos.
Si se eliminara el mal de tajo, seguramente nosotros seríamos eliminados a la par, pues siempre hacemos el mal, siempre dejamos que ese mal crezca en nosotros y lo hacemos en contra de los demás. Pero Dios lo deja, es paciente pues sabe que nosotros tenemos la capacidad de vencer nuestra cizaña, nuestro mal.
De aquí podemos ver entonces que Dios es paciente, pues espera de nosotros una renovación. Y justo sobre esto el Papa Benedicto XVI ha hablado, justo el día en el que iniciaba su pontificado: «No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores
Con esta expresión el Papa habla de la paciencia de Dios, una paciencia que ciertamente nos hace sufrir, pues Dios espera que el mal desparezca del corazón del hombre, pero al mismo tiempo es una paciencia que necesitamos para que cambiemos nuestro frágil corazón. Y sobre todo habla del camino de salvación, del camino que destruye el mal: «El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.» El mundo se salva por el crucificado, es decir, sin hacer violencia. No se trata de arrancar la cizaña, eso es violencia, el mundo se salva con el amor, Cristo murió en la cruz por amor, y es el amor lo que vence la cizaña, lo que acaba con el mal en el corazón del hombre, lo que hace desaparecer la cizaña. Cuando el hombre deje que el amor trasforme su corazón y vea que es más valioso compartir, decir la verdad, ayudar y ser servicial, la cizaña cae, no puede ahogar el trigo. Sólo así la cizaña pierde su fuerza. Pidamos a Dios que nos de la capacidad de vencer nuestra cizaña, dejando que el amor crezca en nuestra vida.

10/7/11

La escucha de la Palabra

Meditación con motivo del XV Domingo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 55,10-11
Romanos 8,18-23
San Mateo 13,1-23

Una de las realidades fundamentales del pueblo de Israel, por medio de las cuales entran en contacto y en relación con Dios, es sin lugar a dudas la Palabra. Si bien, el pueblo de Israel no entra en contacto con Dios por medio de imágenes, lo hace por medio de la escucha. El Pueblo vive de la escucha de la Palabra, Dios es quien se comunica con su Pueblo por medio de la Palabra. De ahí que el pueblo debe de escuchar constantemente a Dios. De hecho cuando el Pueblo no escucha esa Palabra incurre en un pecado. Porque en el fondo el pecado es precisamente un problema de escucha, si recordamos el relato del génesis Adán y Eva pecan, precisamente porque no escuchan a Dios, sino que escuchan a la serpiente, escuchan a una creatura y no escuchan a Dios. Y siempre es así, el hombre peca porque no es capaz de escuchar a Dios y comienza a escuchar otras cosas, otras realidades, en vez de escuchar lo que Dios le propone.
Por ello debemos de meditar hasta que punto nosotros somos capaces de escuchar la Palabra de Dios en nuestra vida, pues en medio de tantas situaciones, muchas veces no somos capaces de escuchar esa Palabra. Un medio por el cual nosotros podemos recibir esa Palabra es la celebración Eucarística, domingo a domingo se nos proclama la Palabra de Dios, se nos da a conocer que nos quiere decir Dios, pero muchas veces no somos lo suficientemente atentos para escuchar esa Palabra, pues nos distraemos con facilidad y no escuchamos lo que Dios nos quiere decir.
El evangelio del día de hoy nos presenta esta parábola sobre la importancia de la escucha de la Palabra. Nos habla de esto terrenos donde se siembra la semilla. Pero antes de profundizar en estos elementos fijemos nuestra atención en el sembrador, que comienza a arrojar la semilla de manera indiscriminada, comienza a lanzar a hacia todos lados los granos de la semilla, no se pone a ver si es un terreno bueno o no, sólo lanza la semilla. Con esto nos quiere dar a entender que Dios lanza su Palabra donde sea, no discrimina a nadie, no hace a un lado a ninguno, sabe que todos nosotros somos capaces de recibir esa Palabra. No importa q tipo de terreno sea, Dios sabe que es posible dar fruto, todos son capaces de recibir esa Palabra.
Ahora bien el primer terreno donde cae la semilla nos dice el texto que es el borde del camino. El borde del camino hace referencia a aquello que está en el camino, aquellos que no conocen a Dios, no han hecho camino con él, no conocen su Ley, no conocen su amor, están al borde. Por tanto, este sembrador sabe que aún aquellos que dicen no conocer a Dios, que niegan su existencia son también receptáculo de esta Palabra. Y una vez que la semilla cae, e topa con una dificultad: los pájaros. Los pájaros son el símbolo de las ideas paganas, de la mentalidad pagana que arranca la presencia de Dios. Los pájaros simbolizan la corrupción, la mentira que no concuerdan con la mentalidad de Dios y por ello, roban la semilla, pues esa mentalidad es contraria al proyecto de Dios. Cuantas veces la Palabra nos enseña a ser honestos y nosotros decimos “pues ya ni modo, todos roban ni modo que yo no lo haga”. Son las aves que roban la semilla de la Palabra.
El segundo terreno nos habla de la superficialidad ante la recepción de la Palabra. Nos dice el texto que tenían raíces muy superficiales, muy endebles y por ello el sol en un momento determinado quema a las plantas. Con esto se nos muestra que a veces la Palabra efectivamente crece, pero de una manera muy superficial, sólo crece por un momento, sólo crece por una emoción momentánea. Muchas veces podemos decir que vamos a cambiar, que vamos a ser diferentes, que vamos a cambiar nuestro carácter, que vamos a ser más serviciales, que vamos a cambiar ciertas actitudes. Pero con el paso de los días o de unas semanas descubrimos que no podemos, y nos damos por vencidos. Podemos ver que recibimos de manera superficial esa Palabra, pues nos motivo por un momento, pero luego cae.
En tercer lugar se muestra el terreno con espinas. Las espinas dentro de la Biblia son el símbolo del dolor, por tanto, la parábola nos habla de una situación compleja al escuchar la Palabra. Y es que repentinamente puede suscitarse en nuestra vida el dolor y eso puede hacernos caer en nuestro encuentro con la Palabra. Podemos escuchar la Palabra pero a veces aparecen las espinas del sufrimiento, de la soledad, de la enfermedad y eso nos hace vacilar al escuchar la Palabra. Podemos dejar de escuchar la Palabra y decir que Dios nos abandona, pues este dolor nos destruye, esta enfermedad me acaba, y con ello no escuchar la Palabra y no darnos cuenta como Dios se va manifestando aún en medio de esa situación difícil de la vida, sólo que el dolor no nos deja ver esa fuerza que Dios nos da y los signos que nos rodean, sólo nos limitamos a ver nuestro dolor. De esta manera las espinas pueden hacer que el hombre no reciba la Palabra, que quede truncado su mensaje al verse envuelto en medio de un dolor determinado en la vida.
Finalmente se habla de un cuarto terreno que efectivamente da fruto, es decir, fue capaz de escuchar la Palabra y dar frutos. Al escuchar la parábola muchos podemos caer en la tentación y tratar de localizar en cual terreno estamos. Pero esto no es así, en el fondo estos cuatro terrenos somos nosotros, pues siempre nos toparemos con las aves, siempre seremos superficiales al escucharla, siempre nos toparemos con las espinas, con el dolor en nuestra vida y también en varias ocasiones somos capaces de dar frutos. En el fondo estos cuatro terrenos, son las diversas etapas por las cuales pasamos para dejar que la Palabra de fruto en nosotros, tal vez estemos atorados en algún tipo de terreno, pero debemos caminar y ahuyentar esas aves, debemos esforzarnos y cavar profundo para no ser superficiales, debemos ser fuertes y vencer las espinas que rodean mi vida, y así comenzar a dar fruto.