20/12/10

«No temas...»

Meditación con motivo del 20 de Diciembre

Textos:
Isaías 7,10-14
San Lucas 1,26-38

El día de hoy se nos presenta un tema que es parte del ser humano: El temor. El hombre de alguna manera al verse ante una situación se topa con el miedo, tiene temor ante las situaciones que va viviendo, con las que se va encontrando. Se puede temer ante una responsabilidad que se tiene, por ejemplo si se encomienda una misión, puede llegar el temor de no hacerlo bien. Puede llegar el temor cuando uno es padre o madre de algún niño, pues hay temor de no educarlo bien, de no acompañarlo bien. Hay temor cuando estamos ante una nueva empresa, que supera nuestras expectativas. Hay temor cuando lo que estamos haciendo no está quedando como debería y podemos defraudar a las personas. Hay temor cuando nuestros errores van afectando la vida del hombre. El temor es parte del ser humanos ante alguna situación, y es un temor, que tiene a la basa la duda, la incertidumbre, el querer hacer bien las cosas. Ese temor surge, al reconocer que ante la novedad, ante la responsabilidad, debemos hacer lo mejor posible las cosas. Es un temor que invita al reto, a la expectativa, al querer y esperar hacer bien las cosas.
El temor es natural, sin embargo a veces ese temor puede paralizar y evitar que llevemos a cabo las cosas. Hay temores que paralizan, temores que no dejan trabajar, que nos impiden realmente hacer las cosas, pues al ver la empresa que tenemos enfrente podemos decir “Es imposible", "mejor desisto.” O bien, puede presentarse lo contrario, hay veces que ese temor no aparece, porque el hombre se cree autosuficiente, cree que no hay nada que temer, y que él lo puede todo.
Ciertamente esta ultima actitud es lo ideal, pues el hombre se sabe capaza de hacer las cosas, sin embargo a veces este tipo de situaciones se pueden desvirtuar, cayendo en una soberbia y auto suficiencia absoluta, en donde uno comienza a creerse indispensable, comienza a sentirse que lo puede todo, incluso, sin saber que va a hacer, comienza diciendo que él lo puede todo, sin medir sus fuerzas. Comienza a pensar que todo lo que él hace está bien y que los demás están mal, y se hace de tal manera autosuficiente que deja de prescindir de los demás, cosa que no siempre es posible, pues el eje de sus acciones es la soberbia, que lo lleva sólo a ver lo corto que llega su vista. Esto es una actitud peligrosa, pues no sólo es que no tenga temor, sino que llega la soberbia o el desinterés por hacer bien las cosas, pues sabe que saldrá ¡de una manera, y que no hay nada de que preocuparse.
La primera lectura de hoy nos presenta el lado negativo del temor. Nos encontramos con el rey Acaz, que está en medio de una guerra, que seguramente perderá, pues es un minúsculo pueblo, ante dos frentes enemigos enormes. Por un lado, se encuentra el imperio Asirio, que en ese tiempo tiene dominado todo, y por el otro lado, se encuentra un conjunto de pueblos, entre ellos el reino del norte, que quieren hacer la guerra contra Asiria y así ganar su libertad. Acaz está perdido, puesto que enfrentar a Asiria lo llevará a la destrucción, pero si no se une a estos pueblos lo destruirá. La situación es difícil, pero Dios no deja solo a su Pueblo y le dice al Rey que pida un signo, para que vea que no está solo, para que no se deje invadir por el temor.
Sin embargo, ante esta prueba que Dios le promete darle él niega totalmente su ayuda. Marcando así, no sólo una falta de fe, sino que denota ante todo su soberbia, el pensar que él puede ganar la guerra, que no es necesario ningún signo de Dios. Cree que él podrá salir adelante por sí mismo, sin requerir la ayuda de nada, ni de nadie, incluso prescindir de Dios. Acaz es un hombre con miedos, pero no los absolutiza, simplemente cree que todo se solucionará, cree que todo pasará que él hará algo en su momento, creyendo que no es necesario Dios, ni nadie más.
En cambio, en el evangelio encontramos a María, que recibe un anuncio, ella será la Madre del Hijo de Dios. Esto sin lugar a dudas, debe de llenar de temor a cualquiera. Ser madre, de cualquier niño, llena de temor a cualquiera, surgen dudas, surgen preguntas, ¿Qué voy hacer con él? ¿Cómo lo voy a educar? ¿Si se va por el mal camino? ¿Si no tengo los medios para darle lo necesario? ¿Si lo dejo solo con el paso del tiempo? ¿Cómo ser una buena madre? ¿Cómo ayudarlo y responder a sus inquietudes? Estás y otras preguntas que seguramente las que son madres y padres se han hecho y se siguen haciendo a lo largo de su vida. En fin, Si esas preguntas surgen a cualquiera, qué preguntas, qué temores no llegarían a la Virgen María, puesto que sería la Madre del Hijo de Dios. Una empresa grande, inmensa, con una responsabilidad que no tiene medida. Sin embargo, ella no dice “No quiero”, o “Haber que pasa”, ni es una negación rotunda, ni una respuesta conformista. Sino que acepta, a partir de la palabra que ha recibido de parte de Dios.
Por ello ante esa grande responsabilidad que en ese momento iniciará el ángel le dice: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.» Esas palabras le indican que no hay razón para temer, cierto que hay incertidumbre, que hay dudas y vacilaciones, pero no debe temer, pues esta empresa no la hace el hombre por sí mismo, no es María quien carga con toda esta responsabilidad: Pues Dios está con ella, ella ha encontrado gracia en Dios, es decir, esta empresa no la carga María por sí misma, sino que es Dios quien la carga. Hallar gracia se refiere a que tiene la fuerza de Dios junto a ella. Por tanto, hay temor, pero está el arrojo y saber de que ella no carga todo, sino que hay una fuerza que la sostiene. Finalmente, ella da su aceptación, pues se adentra en esta misión, que ciertamente va con la gracia de Dios, pero también va con su esfuerzo, a lo largo de su vida ella aprenderá cosas nuevas, comprenderá como ir guiando a Jesús desde su cultura, sus conocimientos, su vida. Así, María, con “temor y temblor”, se lanza al vacío para cumplir esta misión, pero sabiendo que así como ella pone de de su parte, también Dios le irá ayudando para sostenerse en este caminar.
Ciertamente ante las situaciones que se nos presenta, debemos ver que hay temores, pero que no son absolutos, sino que siempre hay medios, desde nuestras capacidades, la ayuda de los demás y la fuerza de Dios que nos iluminan, nos ayudan, nos sostienen para seguir adelante con las diversas responsabilidades que tenemos, pero poniendo lo mejor de nosotros para que eso salga adelante. Hay temor, pero no por ello desesperación, pues si uno saber abrirse a los demás, es temor desparecerá y todo llegará a buen término.

19/12/10

Signos de Dios

Meditación con motivo del IV Domingo de Adviento
Ciclo /A/


Textos:
Isaías 7,10-14
Romanos 1,1-7
San Mateo 1,18-24

Una de las situaciones más comunes en la vida de fe, es el anhelo de algún signo que demuestra que vamos por un buen camino. Siempre tratamos por todos los medios de ver una expresión de Dios que nos demuestre si efectivamente vamos por el camino adecuado. El hombre se siente tentado a pedir a Dios un signo, una forma visible y plástica que le demuestre que va por el camino indicado.
Queremos señales, signos, pruebas de que no hemos equivocado en el camino de la fe. Sin embargo, debemos ¡entender cuál es el sentido auténtico de los signos. Los signos son consecuencia de la confianza y fe en Dios. Es decir, el hombre que tiene fe, es capaz de vislumbrar o de pedir un signo que muestre su fe. Por tanto no es posible pedir signos para que se suscite la fe, de lo contrario, implicaría que el hombre se está adhiriendo a una signo, o se vio obligado a aceptar la alianza con Dios debido a lo que se le mostró, pero no una fe auténtica, que se da en el hombre a partir de su libertad.
Por lo tanto, Dios da los signos para el hombre que es creyente y pone su plena confianza en Dios, no al revés, no es que Dios de signos para que le tengan confianza. Un ejemplo de esto se puede ver en la primera lectura del día de hoy. En este pasaje se muestra como es el mismo Dios, quien por medio del profeta dice al rey Ajaz que le pida una señal. Dios dice estas palabras, porque se supone que el rey, es aquel que dirige al pueblo y por tanto es una persona llena de fe, que confianza en Dios, que sabe que Dios es fiel a su alianza, y por tanto, Dios les dice que se le pida una señal, un signo por el cual el mismo Señor les librará de la fuerza del enemigo. Sin embargo, nos topamos con una figura absurda del rey que carece de fe y disfraza su incredulidad con palabras vacías: «No lo pediré ni tentaré al Señor.» Esto demuestra que este hombre no tiene fe, puesto, que al decir que no quiere tentar al Señor, uno pudiera pensar que es un hombre que no requiere de pedir signos a Dios para sustentar su fe, el problema es que Dios es quien le dice que pida el signo, no es una iniciativa de él, no es una iniciativa de alguna persona, sino de Dios. Dios quiere dar signos y le dice “Pide lo que quieras”. Pero Acaz no entiende nada, y creyéndose muy devoto renuncia a pedir un signo, marcando que no tiene fe.
Sin embargo, Dios no dejará a su pueblo a la deriva, no lo dejará en manos de los enemigos, Dios los salvará y para ello les dará un signo, a pesar de la ineptitud de este rey. El signo, será dado, pero curiosamente Dios no se distingue por signos portentosos tipo ‘Hollywood’, Dios da signos nuevos, pequeños, pero generadores de una transformación y de liberación del hombre: «Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel
El signo en medio del peligro resulta ser un niño. Nacerá un niño que será llamado Emanuel. Un niño que es señal de futuro. Quiere decir que Dios da una promesa de futuro, el pueblo no está perdido, no se ha acabado nada, viene un niño, un futuro, hay un porvenir por delante y eso es garantía de plenitud en medio de la historia. Uno podría pensar, que en medio de una guerra como la que se estaba involucrando al pueblo judaico, sería absurdo que Dios de cómo señal un niño, pero lo que Dios les está mostrando es precisamente es una promesa de futuro, no estarán acabados, no será su fin en medio de esta guerra que están viviendo. Este signo por lo tanto es un signo de futuro, pero también es un signo que se hace con el paso del tiempo visible y ese niño que nace en la corte del rey será el rey Ezequías, y será él quien de la armonía al pueblo.
Dios da signos para demostrar que está con ellos, que es fiel a su alianza y que no se apartara de su historia. Se puede ver entonces que Dios ofrece señales, pero, como respuesta al hombre creyente, en este caso el pueblo que confía en Dios (aunque no así, el rey).
Otro ejemplo de esto lo encontramos en el evangelio del día de hoy. Encontramos a san José que está en medio de una de las crisis más complejas que alguien puede enfrentar, pues María su prometida está embarazada y él no lo entiende. Sin embargo, trata de entender, pues como dice el texto él es “un hombre justo.” Dice que planea repudiarla en secreto. Esto lo hace para que él sea quien a los ojos de los demás la abandone y no sea María la que parezca que está embarazada por serle infiel a su esposo, pues ello le causaría la muerte, al ser infiel, al estar embarazada antes de vivir con su esposo.
Seguramente José estaba en medio de una situación compleja, no entendía porque María estaba embarazada, no lograba entender todo esto, pero él al no lograr entender todo, decide alejarse. No forzar nada, no trata de indagar más, puesto que esto le rebaza. El intuye que está ocurriendo algo diferente en la vida de María, pero decide mejor no tratar de entenderlo, y decide cortar por lo sano, decide apartarse. Por tanto podemos ver dos dimensiones de san José aquí. Podemos ver primeramente que es un hombre que intuye algo, pero que ante el misterio decide alejarse. Y también ver que es un hombre justo, que decide alejarse con amor, haciendo parecer que él es quien decide repudiarla, dejando bien a María.
Sin embargo ante esta situación Dios interviene y lo introduce en sus planes: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo […] Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros”.» Dios entra en la vida de José, un hombre con fe, un hombre que no alcanza a vislumbrar el misterio que tiene delante, pero que finalmente, está presente, ante eso, Dios actúa y viene a darle un signo, que casualmente es el mismo que se le dio a Acaz: Un niño. San Mateo retoma la misma profecía para hacer entender que Dios sigue manifestándose, y que así como en antiguo la salvación se dio con la promesa de un niño, ahora la salvación está presente con otro niño, una promesa de vida, y de vida eterna, pues salvará de los pecados. José es invitado de ese modo a descubrir que Dios se manifiesta con signos, que deben fortalecer su fe totalmente.
Podemos pedir signos a Dios cuando parten de la fe, y no del chantaje y conveniencia personal, puesto que muchas veces queremos que Dios nos dé signos de poder, de magia, de conveniencias personales, par que se arreglen las cosas súbitamente. Pero eso no son los signos que Dios da, sino que los signos deben partir de una vida de fe, y deben servir para que la fe se fortalezca, de lo contrario de nada sirven esos signos huecos y vacíos. La fe no es para que ahora si podamos creer, sino que, porque creemos ahora nos vemos fortalecidos e iluminados por Dios.
La navidad se acerca, y si lo vemos bien la navidad no es otra cosa sino ver que Dios está presente en medio de nosotros, que él es el Emanuel. Un signo sencillo, insignificante a los ojos mercantilistas de los hombres, pero un signo que debe ayudar a fortalecer nuestra fe. La navidad se vuelve así, un recordatorio, para ver hacia el pesebre, para ver al niño, ver la fragilidad de este Dios que se hace hombre por nosotros; y con ello voltear, abrir bien los ojos desde la perspectiva de la fe y entender cuáles son los diversos signos que Dios nos va dando a lo largo de nuestra vida, pero que gracias a ellos nuestra fe tiene un nuevo sentido en la historia.

18/12/10

«...se le apareció en sueños»

Meditación con motivo del 18 de Diciembre

Textos:
Jeremías 23,5-8
San Mateo 1,18-24

El día de hoy se nos presenta este texto en donde se presenta una situación peculiar para san José, pues llega el momento de la crisis, al no comprender lo que sucede con María. Y el autor coloca una realidad en medio de esta situación: «Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños
Tenemos aquí dos elementos para la reflexión, que nos sirven de guía y luz para entender el sentido de la preparación a la navidad. En primer lugar, se nos habla de la aparición del ángel. El ángel dentro de la Escritura nos habla de la intervención de Dios, en la historia. Siempre que parece un ángel en la Escritura nos habla de Dios que interviene en un momento crucial, en un momento determinada en el cuál se va a dar la transformación de una etapa en la historia. Dios viene para dar un anuncio, para dar una esperanza, pero una esperanza, que se ve desde la dimensión de un cambio profundo en la vida del hombre.
En este caso, viene el ángel porque va a iniciar un momento nuevo en la historia, pues Jesús se va a encarnar, va iniciar la plenitud de los tiempos, el sentido final de la historia, del que ayer meditábamos. Eso quiere decir que Dios siempre viene para hablar al hombre, para explicar los momentos de tensión y de dudas, y para inaugurar una nueva etapa en la vida del hombre.
Celebrar la navidad quiere decir que está por iniciar algo nuevo, y ese anuncio se le hace a José, porque él representa a la comunidad justa que espera la intervención de Dios, y ahora esa intervención viene, pero de una manera inhóspita, donde menos e lo imaginan. Es momento de ver, que la salvación se dará por medio de la encarnación, un Dios que se hace cercano.
Por otro lado, se habla del sueño. Los sueños en la Biblia suceden cuando hay una confusión, y Dios habla por medio de ellos. Así, se nos habla que Dios ahora va a cambiar la etapa de la historia, se inaugura una nueva era, pero es necesario captar bien esta realidad y no vivir en la total confusión. Si lugar a Dudas, este mensaje en medio de los sueños es necesario hoy, para calificar las dudas, a la interrogantes del hombre, que liberas de todo dogmatismos, se anuncio un Dios vivo, un Dios que da realmente respuestas, que es cercano, que se hace hombre, que conoce nuestra fragilidad.
Nosotros podemos ser esos mensajeros, que hablen en sueños, bíblicamente hablando, es decir, ser capaces de anunciar, una noticia que transforme la vida de los hombres. Preparar la navidad, es anunciar a Dios que se encarna, que da la salvación, que da la transformación del hombre. Anunciar y disipar las dudas, disipa las crisis, y dar a conocer una realidad que hace que la vida del hombre sea profundamente nueva y renovadora en su vida. De lo contrario, la navidad será sólo una fiesta más, pero no un acontecimiento que hace mella en la vida del hombre y le puede transformar.

16/12/10

Cristo: Centro y sentido de la historia

Meditación con motivo del 17 de Diciembre

Textos:
Génesis 49,2.8-10
San Mateo 1,1-17

Hoy comienza lo que en la liturgia se denomina “ferias privilegiadas”, es decir, días en los cuales no se pueden interrumpir por ninguna celebración, y por tanto se debe dirigir todo hacia la meditación del adviento, centrándose de manera especial en la preparación para conmemorar la primera venida de Jesús, es decir, la Navidad. Y precisamente para entender y prepáranos a esta festividad, la liturgia de estos días nos presenta, los llamados evangelios de la infancia, que han sido escritos para presentarnos anticipadamente, quién es Jesús, y cuál es la misión que tiene de frente.
Sin lugar a dudas, ya el evangelio de hoy nos presenta un elemento fundamental para entender quién es Jesús. El día de hoy se nos presenta esta larga lista de nombres, las denominadas genealogías. A primera vista esto puede parecer engorroso, pues vemos una cantidad considerable de nombres, que para nosotros no dice nada, sin embargo, apara los antiguos es muy importante estas genealogías que ya se encuentran en el libro del Génesis, de éxodo, crónicas, entre otros. Estas genealogías hablan de la historia de un pueblo, de la historia de alguna persona, pues están anclados a la historia, tienen una identidad a partir de ellos. Una genealogía muestra sus raíces históricas, pero de cara a Dios nos muestra su providencia, la providencia de un Dios que actúa en la historia, reflejando la realización del plan creador de Dios en una historia de salvación.
Centrémonos hoy en las últimas palabras del texto: «El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.» Aquí nos presenta un conteo de las generaciones. Este conteo es un artificio simbólico que nos presenta una enseñanza, pues hace coincidir el número catorce, en tres bloques. El número catorce es un múltiplo de siete, por lo tanto, si describe, tres generaciones de catorce, son seis generaciones de siete. Por otro lado, san mateo ha colocado tres bloques. El número tres es símbolo de la perfección, quiere decir que hay una etapa que ha culminado perfectamente, que en este caso es la historia de Israel, del Antiguo Testamento.
Ahora bien, si bien ha culminado esa historia, no ha terminado en plenitud, pues esa etapa está formada por seis generaciones. Jesús es quien inicia la séptima generación, y el siete es símbolo de la plenitud, por lo tanto, con Cristo inicia la plenitud de la historia, Si bien ha terminado una etapa perfecta en la historia, ahora debe llegar a plenitud con Cristo, quien da sentido a la historia, pues Abraham, David, los profetas, los exiliados, en el fondo esperaban la promesa de una plenitud, y esa plenitud se da en Cristo.
Celebrar la Navidad, no es sólo celebrar una fiesta más, sino celebrar que Cristo viene a darle sentido y plenitud a la historia. La pregunta sería: hasta qué punto hemos encontrado sentido a esta historia en Cristo, hasta dónde realmente mi vida tiene sentido desde Cristo. Porque al parecer sólo hablamos de creencias, de ritos, de devociones, pero no de una verdadera adhesión personal, a un estilo de vida que manifieste que en Cristo está el sentido de la vida, la respuesta a toda mi vida. Que esta Navidad sea realmente el inicio de una transformación de mi vida de fe, como una adhesión a un proyecto que transforma y da plenitud a mi vida. Un reto que exige esfuerzo, pero que da razón de ser a la vida.

12/12/10

Proyecto de liberación

Meditación con motivo de la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe

Textos:
Eclesiástico 24, 23-31
Gálatas 4, 4-7
San Lucas 1, 39-48

El tiempo del adviento, como sabemos es un tiempo de espera, un tiempo para recordar que estamos llamados a la esperanza. Estamos en espera del tiempo de navidad, un tiempo en donde descubrimos, si, la venida del salvador, y por lo tanto de nuestra liberación. Todo hombre es llamado a vivir esta dinámica de libertad, y Cristo ha venido para que en la salvación que nos trae, nos redima y nos rescate, llamándonos a la libertad. Navidad se vuelve así, un tiempo en donde descubrimos al Dios cercano, para que experimentemos la libertad, de manera que el adviento, en una de sus dimensiones, es justamente eso, la espera de la libertad.
El evangelio de hoy nos propone de manifiesto este elemento, con la narración del episodio de la visitación de la Virgen María a Isabel, en donde se ve el anuncio de esta liberación, que se hace patente con dos expresiones que Isabel pronuncia.
La primera de ellas: «Bendita tú entre las mujeres.» Estas palabras reflejan que existe la bendición porque hay presencia de Dios, debido a que María ha aceptado el proyecto de Dios, ha acogido su Palabra. Por lo tanto la liberación comienza con esto, con la aceptación de la Palabra. Sólo es posible vivir en la dinámica de la liberación, en la medida en la que se acoge la Palabra de Dios. Sólo se puede vivir el proyecto de la liberación, si uno acepta la Palabra que libera. Esa Palabra que desde el principio genero la vida y la creación, esa Palabra que es fecunda y le prometió vida y descendencia a Abraham, esa Palabra que finalmente promete y libera al pueblo de la esclavitud, esa Palabra que constantemente les recuerda su alianza y la fidelidad que han de observar por medio de los profetas, esa palabra que finalmente se hace carne.
Cuando esa Palabra es acogida, se acoge todo un proyecto de salvación, cuando la Palabra se acoge no es sólo el acoger el mensaje, es acoger toda una historia que constantemente remite a Dios y por consiguiente, remite al proyecto de libertad, a lo que hace realmente libre al hombre, pues finalmente es una Palabra que anuncia justamente el camino para ser libres.
Decir: «Bendita tú entre las mujeres», implica decir, has recibido la bendición, porque tienes la palabra de dios en ti, porque has hecho que esa Palabra diga el bien en ti. Y es bendita entre todas, porque alguien acogido esa Palabra plenamente en su vida. Quiere decir que realmente hay un proyecto de libertad en el hombre, que el proyecto de Idos sigue adelante, quiere que su Palabra siempre es cercana, quiere indicar que esa Palabra entre, y sigue ofreciendo esa dinámica de liberación en el hombre.
Pero esta acogida de la Palabra, implica la bendición, la entrada de un camino que dice bien a lo largo de la historia, y que lleva a una segunda expresión, que refleja, no sólo la acogida de una Palabra, sino la plenitud de un proyecto, la plenitud de una salvación que Dios quiere para el hombre: «Apenas llegó tu saludo el niño saltó en mi seno», dice en un segundo momento Isabel. ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente es una expresión de Jubilo, de gozo, pero sobre todo es una expresión de cumplimento de las promesas, pues según las tradiciones rabínicas los profetas saltarían de gozo en el seno de la tierra cuando legará el Mesías. Entonces tenemos ahí a Juan el Bautista, el último de los profetas, símbolo de la comunidad profética, que salta de gozo, pues el Mesías ha llegado y todo se cumple ahora. Esto produce un gozo, pues Dios cumple sus promesas. Vivir en el gozo es el segundo elemento de la liberación, si bien la liberación se da en la acogida de la Palabra, esa liberación produce el gozo y sólo se puede comprobar esto, si existe el gozo.
La experiencia de liberación, requiere esta experiencia del gozo, pues el gozo renueva profundamente al hombre, es el gozo hace que la vida tenga sentido, sin ello no es posible que realmente sea uno libre, pues alguien triste, en realidad no es libre, pues está atado a su tristeza; o alguien angustiado, está atado a sus miedos; o alguien inseguro, está atado sus frustraciones y complejos. Por lo tanto no hay libertad, pues el gozo no existe. Por tanto, es necesario acoger la Palabra, y por ende, debemos acogerla con gozo, pues la liberación comienza. «Apenas llegó tu saludo el niño saltó en mi seno», son palabras que halan de alegría, hablan de entusiasmo, pues ahora la liberación ha llegado.
El adviento es un tiempo que nos invita a esto, nos invita a ser capaces de acoger esa Palabra que libera, y por ende, es una Palabra que nos lleva al gozo. Estas palabras que aquí se dirigen a María, no se quedan sólo en ella, sino que nos remite a todos nosotros, pues María en el evangelio de san Lucas, es el símbolo de la nueva comunidad a la cual estamos todos insertos.
Pero detengámonos un poco en María, ella acepto esa Palabra, y por ende trajo alegría, pues seguramente ella fue la primera que lande gozo empezó una transformación en su vida. Y si ella es portadora de estos sentimientos, entonces, es portadora de un mensaje de liberación, un mensaje que se hace visible de un modo particular en la fiesta que hoy celebramos: Nuestra Señora de Guadalupe.
María de Guadalupe se pareció para traer un mensaje de liberación, ella misma pidió al aparecerse a Juan Diego, una casa, y en el pensamiento Náhuatl remite a una nación, ella viene a dar cimentos a una nación, que se siente derruida, que se siente derrotada y fracasada, es ella que viene a dar sentido a sus vidas, viene ella dar un mensaje de liberación, de dignidad y de transformación a una nación. A eso vino la Virgen, y eso es lo que hoy deberíamos celebrar, no vino a que se construyeran simplemente templos, o plazas, ¡No! Vino a construir una nación donde se puede vivir la unidad, la paz, y sobre todo empezar a vivir ese mensaje de liberación.
Celebrarla, implica por lo tanto reconocer que ella trae ese mensaje de salvación que libera, de nada sirven templos, basílicas, plazas, si no somos capaces de vivir ese sentido de libertad a la cual estamos llamados. Todo se queda en lo material, todo se queda en el absurdo de una vida externa, en un mensaje meramente materialista, en una devoción frágil, en una celebración de comida, misas, y cohetes, pero sin el verdadero fundamento de esta celebración: Sr libres, desde la acogida de la Palabra y el gozo que ella trae.

10/12/10

¡Gaudete!

Meditación con motivo del III Domingo de adviento
Ciclo/A/


Textos:
Isaías 35,1-6.10
Santiago 5,7-10
San Mateo 11,2-11

Hoy la Iglesia celebra este tercer domingo de adviento, denominado domingo de Gaudete, el domingo del gozo. Es un gozo, que sucede en medio del tiempo del adviento, un gozo que inunda el corazón del creyente en medio de la espera, porque Dios viene a su encuentro. Dios viene, y eso es señal de alegría pues la luz se hace cada vez más cercana a nuestra historia, a nuestra realidad, la luz de la navidad está ya cerca.
Y justo sobre eso nos habla el evangelio de hoy, nos retrata de una manera magistral la razón y sentido del gozo: «Los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.» Nos habla de las señales mesiánicas, signos que deben suscitar precisamente el gozo, pues Dios viene a salvar al hombre, viene a darle plenitud a su historia y para ello debe salir adelante, regenerando todo tipo de enfermedades que lo alejan de su presencia salvadora.
Estos signo de Jesús deben suscitar la alegría, pues es posible la transformación del hombre, es posible una nueva historia en su realidad. Jesús viene a transformar las estructuras, Dios viene a hacerse cercano a nuestras vidas. La pregunta que se impone hoy, por lo tanto, no es si Dios viene a nosotros, sino meditar y ver, si nosotros dejamos que Dios entre en nuestras vidas, pues a veces dejamos que nuestro corazón se vea invadido por el materialismo, por la indiferencia, la desconfianza, el desamparo, pero no dejamos que Dios venga entre en la vida y le de una nueva perspectiva.
Este tercer domingo se convierte por lo tanto, en un momento para meditar y ver hasta donde nosotros dejamos que Dios entre en nuestra vida, hasta donde somos capaces de ser sensibles a descubrir sus signos mesiánicos que están en medio de nosotros, caminando esos sentimientos que nos destruyen, en unos que regeneren nuestro corazón, sean capaces de suscitar la alegría en nuestro ser.Cierto que a lo mejor las dificultades de esta vida son tan arduas que no podemos seguir adelante, que nos desaniman, que nos hunden en la más terrible de las tristezas, pero es momento de alzar los ojos y ver que Dios está en medio de nosotros, a lo mejor no lo vemos como quisiéramos, a lo mejor parece que nos ha dejado, que no está aquí, y ante eso recordemos lo que nos dice la segunda lectura: «Tengan paciencia y anímense, porque la Venida del Señor está próxima.» Y entendamos la paciencia no como algo meramente pasivo, como si no hiciéramos nada, pero no, ser pacientes significa sobre todo, esperar, pero trabajando, desde la dinámica del esfuerzo, haciendo lo que toca, lo que corresponde para seguir adelante, y en medio de so ser capaces de ir reconociendo los signos de Dios, los signos de vida que nos alientan y animan a seguir adelante, a no perder la alegría, pues ese es la característica del cristiano, y que se pelnifica a la luz de la navidad.

8/12/10

«¿Dónde estás?»

Meditación con motivo de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Textos:
Génesis 3,9-15.20
Efesios 1,3-6.11-12
San Lucas 1,26-38

De las nociones que se tiene de Dios dentro del ámbito religioso es precisamente el de su Trascendencia y por lo tanto, de su total lejanía, una distancia inexpugnable, que se realiza entre Dios y los hombres. Sin embargo, al hablar del Dios cristiano, se topa con la novedad de que no es un Dios distante, sino alguien cercano, una cercanía que ya se puede visualizar desde el Antiguo Testamento. Podemos ver a un Dios que Baja, un Dios que está cerca de su pueblo, que lo escoge y hace una alianza con él. Y La gran novedad se da en el nuevo Testamento en donde Dios se hace de tal manera cercano que se hace él mismo hombre, para acercarse y redimirlo.
Esta cercanía marca una diferencia con las otras religiones, y por lo tanto una gracia especial, sin embrago esto podría ser causa de alegría y de gozo, pues Dios está cerca de nosotros. Pero esto más bien provoca un shock en el ámbito humano, pues parece ser algo que no agrada, pues el hombre se aleja. Esta idea de la cercanía de Dios y la lejanía del hombre parece ser una de las pautas de la fiesta que celebramos hoy: La Inmaculada Concepción de María.
Sobre esta cerrazón y apertura del hombre hacia Dios nos hablan las lecturas. En la primera lectura encontramos a ese Dios que busca al hombre, baja para verlo, para entablar contacto con él. No lo deja en ningún momento. Y casualmente baja justo después de que ellos han desobedecido y han escuchado la voz de la serpiente. Y ahí justo después del pecado los llama. Dios es cercano, y busca a toda costa encontrase con el hombre. «¿Dónde estás?» Es la pregunta fundamental, una pregunta dirigida para él, dirigida para ellos que han pecado. Meditemos algunas cosas sobre la pregunta.
En primer lugar dice: Lo dice en singular «¿Dónde estás?», y no dice ‘Donde están’, y no lo hace porque cuando crea a la mujer el texto nos dice que los dos serán una sola carne. Marcando su unidad, uno se entiende a partir del otro, son una sola realidad, son uno sólo. Por lo tanto la pregunta «¿Dónde estás?» en el fondo nos remite a esta realidad, a su unidad, en el fondo está preguntando por los dos y les está recordando que están llamados a vivir en la unidad.
En segundo lugar, pregunta por la ubicación. Les hace una pregunta que los invita a reflexionar. Que descubran en donde están, pero no sólo en el ámbito espacial, sino en su estado emocional. Dónde están desde el pecado, dónde están desde su fragilidad. Es la invitación a ver que hacen de su vida, en donde se encuentran, que hay ahora en su vida a partir del pecado.
Tercer lugar Dios se quiere acercar a ellos, pero ellos están escondidos no ve en Dios al amigo, al cercano, sino al enemigo, a alguien que los castiga, no ha comprendido el gran amor que les tiene. «¿Dónde estás?» Es la pregunta de la cercanía, es la pregunta del querer estar al lado del otro, no para regañarle, sino para perdonar. Si ellos se ubican pueden encontrase nuevamente, quiere estar con ello. De esta manera: «¿Dónde estás?» es una pregunta que busca la cercanía, la reconciliación, el amor.
Como consecuencia de esto podemos ver un cuatro aspecto, pues «¿Dónde estás?» en el fondo es “Quiero encontrarte”, es una pregunta para que se dejen localizar por Dios y su amor.
El Problema no es de Dios, sino de ellos, pues inmediatamente salen de su escondite, y en lugar de situarse y dejarse encontrar por el amor, comienzan a echarse la culpa entre ellos mismos, rompiendo la unidad que Dios les había asignado, y no sólo eso, sino que rompen el amor, y se alejan de Dios, no se dejan encontrar por él. Esta lejanía se da en el momento en el que ellos rechazan su unidad, que es signo de amor, cerrados e así a la posibilidad del amor, y por lo tanto al encuentro con Dios y su perdón.
Esto nos enseña que el hombre se cierra a Dios, y por tanto, se cierra al amor, a descubrir al otro como importante, como espacio para unirse y ayudar. Dios es cercando, pero el hombre se cierra, cerrándose al amor.
Sin embargo, esto no es algo definitivo, no es que deba de ser así, el hombre puede dejarse encontrar si así lo desea, si el hombre se abre y se da la oportunidad, pues con la gracia, es posible que el hombre encuentre su cercanía con Dios. Esto lo muestra el evangelio, marcando lo contrario a la primera lectura: «El Ángel entró en su casa y la saludó.»El ángel entra, no dice que toca la puerta, o que forcejea, o que le pregunta «¿Dónde estás?», no al contrario, sino que entra directamente y la saluda. Esto quiere decir que con Cristo las cosas cambian, él viene a darnos la cercanía, por medio de su gracia para que el hombre rompa sus esclavitudes y se acerque a él.
Justo eso es el sentido de esta fiesta. Pues, cuando hablamos de la Inmaculada concepción de María nos referimos a que ella, en el seno de su madre fue concebida sin pecado. Hoy celebramos por lo tanto que María fue concebida sin mancha en el seno de su Madre.
¿Qué significa ser inmaculada? Ciertamente significa no tener mancha de pecado alguno en su vida, pero lo más importante es que al no tener pecado, entonces está cerca de Dios, no hay nada que la distancie de Él. Si No hay barreras que lo separen de Dios quiere decir que está totalmente abierta al mensaje de Dios, está abierta a su Palabra y en consecuencia está dispuesta para Dios, se deja encontrar. Dios es cercano al hombre como lo decía, sin embargo hay barreras que impiden que el hombre se encuentre con Dios, o bien que hagan que él desee encontrarse con Dios. Esa Barrera es el pecado, pero cuando esa barrera desaparece, entonces es posible acercarse plenamente a él. Si María es Inmaculada quiere decir que ella está totalmente cerca de Dios y se deja encontrar por Dios.
Eso es lo importante de esta celebración. Que ahora uno puede estar cerca de Dios, pues es posible vencer el pecado. La Inmaculada Concepción, es el anuncio de que el mal será vencido, y que ahora todos podemos vencer nuestro pecado para estar cerca de Dios y dejarnos encontrar por él, para responderle a su cuestionante: «¿Dónde estás?»
Esta fiesta nos hace responder el «¿Dónde estás?» de Dios, nos hace responder a su mensaje de amor, y hoy podemos decirle “aquí estoy”, “Aquí estoy con mi pecado, con mi miseria”, “Aquí ando y quiero que me encuentres y me ayudes a salir de este mal que me consume.”
Que esta fiesta nos sirva para ubicarnos y responder a la llamada del Señor, dejándonos encontrar, pues finalmente, Dios nos busca, y con la gracia que nos da podemos empezar a vencer el pecado que nos separa de él y comenzar a vivir una vida junto a Dios.

5/12/10

Modos de esperar

Meditación con motivo del II Domingo de Adviento
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 11,1-10
Romanos 15,4-9
San Mateo 3,1-12


En la vida hay diversos modos para esperar. Podemos esperar de pie, sentados, acostados, en fin podemos esperar con cantidad de posiciones. Pero lo importante es la actitud que tomamos al esperar, y bien do que esperamos. Si esperamos un objeto, un regalo, lo haceos con alegría, con inocencia porque sabemos que pronto llegará. Si esperamos un día es algo genial porque en ese día es tan especial que lo anhelo, por lo que celebró, por lo que significa, en fin. Podemos esperar a una persona, alguno esperan aburridos, porque ya se tardaron mucho a quienes esperan, otros esperan con emoción, porque quien va a llegar es alguien especial, o que tienen mucho tiempo sin ver, podemos esperar n disgusto porque la otra persona ya se tardo, o bien con y preocupación, porque no tenemos noticias del otro. Incluso podemos esperar con sentimientos encontrados porque no sabemos qué sucederá al ver a cierta persona que hemos dejado, y que actualmente no terminamos en buenos términos.
Pero también podemos esperar a alguien con dobles intenciones, pues podemos esperar a alguien que a lo mejor no nos cae bien, no nos simpatiza pero que nos puede dar algún privilegio en la vida. O esperamos a alguien con cierta incertidumbre porque no sabemos realmente que sucederá después de su visita, si nos favorecerá o nos afectará.
Esperamos, con cantidad de situaciones en nuestro corazón.
Esto lo expongo porque el tiempo del adviento es precisamente un tiempo de espera y habría de meditar con qué actitud vamos esperando al Señor en nuestras vidas. A lo mejor esperamos la navidad pero sólo lo hacemos porque esperamos la comida, los regalos, las bebidas, pero no realmente porque sea un tiempo de renovación en mi vida. O bien espero la navidad, sólo para con quién me voy a encontrar, o a quién no voy a invitar, o a quién voy a hacer sentir mal, o quien voy a criticar, pero no espero precisamente porque sea algo importante para mí y porque Dios toque mi corazón.
Muchos podemos esperar algo de Dios, podemos orar, podemos ir a alguna peregrinación, estar en jornadas de oración, adoración nocturna, pero a lo mejor sólo lo hacemos por rutina, o porque esperamos que Dios nos favorezca con algún premio, o bien porque queremos algo especial en nuestra vida, en donde Dios nos favorece, pero no porque busquemos un encuentro profundo y personal con el Señor.
El día de hoy en el evangelio se nos coloca tres modos de esperar y que se convierten en paradigma para el modelo de espera en este adviento.
El primero de ellos es Juan el Bautista el cual predica la conversión: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.» Un mensaje en el cuál pide el arrepentimiento en la vida, un cambio total en nuestra historia para entrar a formar parte del reino. Por tanto, Juan espera al Señor anunciando que está cercano a nuestras vidas y pidiendo una conversión, pero este no es sólo un discurso de bellas palabras, sino que va unido a los actos, él se ha retirado al desierto para tener un determinado modo de vida y con ello hacer visible su anuncio. De esta manera encontramos que para vivir realmente una espera del Señor debemos anunciar un cambio, comenzando con nosotros mismos.
Esperar a Jesús quiere decir que debemos realizar un cambio nosotros mismos, anunciarlo con nuestra vida. Esperarlo significa ser capaz de vivir de un modo distinto. Si lo pensamos bien cuando viene alguien importante con nosotros comenzamos a arreglar las cosas, comenzamos a limpiar todo, a portarnos bien. Ese es un signo de que alguien importante va a venir. Nosotros debemos de hacer ese cambio, y por lo tanto cambiar totalmente en la vida. Pues El Señor viene siempre, y por lo tanto tenemos que estar ¡listos siempre. El cambio de vida de Juan Bautista fue permanente, no sólo fue de unos cuantos días, sino que siempre se mantuvo en ese Espíritu de vigilancia, y eso fue precisamente lo que hizo creíble su predicación. Esperar al Señor es anunciar constantemente a Jesús que viene con nuestra vida.
En segundo lugar encontramos al pueblo que espera: «La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.» Encontramos a los que esperan la venida del Señor con un corazón arrepentido, y listos para el cambio. Esta gente sale de la ciudad y va al desierto para encontrase con Juan y comenzar la conversión, el arrepentirse de sus pecados. Ellos esperan al Señor con una propuesta de cambio de vida. A lo mejor podemos hoy esperar a Jesús haciendo un cambio de vida, un propósito, salir de nuestra ciudad del rencor y entra al desierto del perdón; salir de nuestra ciudad de la enviada y entrar al desierto del compartir; Salir de nuestra ciudad de ambición y entrar en el desierto de la generosidad; salir de la ciudad de la injusticia y entrar en el desierto de la vida justa; salir del desierto de la mentira y el chisme y entrar en l desierto de la sinceridad y la verdad. En otras palabras, salir de la ciudad del pecado y entrar en el Desierto de la gracia, del encuentro con Dios y recibir ese bautizo de agua, es inicio de una vida nueva arrepintiéndonos y cambiando totalmente algún aspecto de nuestra vida.
Finalmente encontramos un tercer grupo, que a diferencia de los dos anteriores, es completamente adverso a una autentica espera: «Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión.» Aparece el grupo de Saduceos y Fariseos, las dos alas del movimiento religioso de aquel tiempo. Aparecen ahí, donde un hombre habla de Dios y de salvación, para que ellos que representan y ostentan el poder religioso entren en contacto con él. Pero ¿Realmente a qué iban? No iban porque quisieran cambiar, sino porque esperaban seguramente un trato especial al ser ellos del ámbito religioso, o bien para dar una apariencia delante del pueblo y vieran que ellos también están ahí, en todo momento religioso ellos se encuentran, incluso en éste.
Pero ellos no esperan a Jesús, esperan el aplauso y el reconocimiento tanto de Juan como del pueblo, están ahí porque esperan una ganancia en sus vidas, esperan algo que los aliente y les de poder, pero realmente no esperan al Señor; podríamos decir que ellos prostituyen el valor de la esperanza pues sólo hacen presencia para esperar algo meramente mundano, pero no algo que realmente los transforme y los haga encontrase con Dios.
Cuántas veces, sólo nos acercamos a Dios como estos fariseos y saduceos, sólo para esperar algo a cambio, pero no porque realmente lo busquemos a {el, busquemos una transformación en su vida, sino porque queremos sacar algún provecho. Cuántas tiendas comerciales sacan provecho de la Navidad para vender productos, sólo esperan sus ganancias; cuántos esperan sólo estos días para que se les de algo, sin dar nada a cambio. Nos acercamos para ver que ganamos.
Pero Juan Bautista los conoce y les dice que si no dan fruto, de nada sirve que se preparen a la ira de Dios, es decir, que su vida, su comportamiento, no ganan nada delante de Dios y por lo tanto, están condenados a desaparecer, pues no tienen nada que presentar delante de Dios, sino sólo su avaricia, su injusticia y sobre todo su ambición de poder religioso. Son una “Raza de víboras”, pues cambian de piel, cambian según la circunstancia, cambian según la conveniencia, pero no dan frutos auténticos en su vida.
El Adviento está con nosotros, y de nosotros depende que actitud tomamos delante del Señor, si como Juan que con un cambio profundo vamos anunciando la conversión y la cercanía de Dios; o como el pueblo que inicia un cambio de algún aspecto en su vida, pero así va permitiendo que el Señor vaya entrando y vaya transformando su historia; o bien como estos Fariseos y Saduceos que sólo esperan por conveniencia, pero realmente no esperan con ánimo, no con un autentico sentido religioso en la vida, sino con una visión material y vacía en medio de su historia.

28/11/10

«Vistámonos con la armadura de la luz...»

Meditación con motivo del I Domingo de Adviento
Ciclo /A/


Textos:
Isaías 2,1-5
Romanos 13,11-14
San Mateo 24,37-44

El día de hoy comenzamos un nuevo tiempo litúrgico, el tiempo del adviento, una expresión latina que quiere decir “venida”. Es el tiempo litúrgico que nos prepara para la venida del Señor, desde una doble dimensión. Por un lado, se habla de la venida escatológica, es decir, nos recuerda y nos invita a preparamos para la segunda venida de Jesús. La segunda dimensión, nos indica que nos preparamos para conmemorar la primera venida de Jesús que se celebra en el misterio de la Navidad. Al mismo tiempo con este domingo la Iglesia celebra el inicio de un nuevo año litúrgico.
Ya desde este primer Domingo las lecturas parecen indicar cuál es el camino espiritual que el creyente debe de tener a lo largo de este tiempo litúrgico, para preparase al encuentro del Señor. Las lecturas nos presentan dos categorías fundamentales, dos ideas que nos hacen entender el camino del adviento, pero son dos ideas que se entrelazan una con otra.
La primera de ellas a claramente expresada en el texto del evangelio de san Mateo -evangelista que será nuestro guía a lo largo de este ciclo litúrgico que comienza-, una expresión que ciertamente encierra el sentido del adviento: «Velen y estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.» La actitud de la vigilancia, es lo que pide Jesús. Y esta actitud es fundamental pues Jesús lo marca como una orden, no es una mera recomendación, no les dice “a ver si pueden velar”, “espero que tengan un rato y velen”. No es así, sino que es exigente, les dice “¡Velen!”, marcando una orden, pues la vida cristiana no se entiende sin esta dimensión de velar. Y precisamente el tiempo del adviento es un tiempo que nos recuerda que se debe de velar, por si lo olvidamos, por si nos hemos llenado de muchas actividades, el tiempo del adviento es un tiempo que me recuerda que debo de velar.
Este velar, significa estar atento a la intervención de Dios, ser capaz de descubrir, de vislumbrar el sentido de la historia haciendo una lectura desde Dios, descubrir como Dios camina entre nosotros, cómo Dios se va manifestando aún cuando el mundo dice que no existe y que no tienen nada que ver con al problemática actual del hombre. Dios está presente, sin embargo, muchas veces no somos capaces de verlo y entenderlo porque no estamos vigilantes.
Esta imagen del velar está estrechamente unida con la segunda imagen del día de hoy que los textos de la primera y segunda lectura nos presentan: La Luz. Ciertamente están estrechados porque estar vigilantes nos recuerda una actitud de estar atentos, pero sobre todo, estar atentos en la noche, un vigía, un vigilante que en la noche está atento para descubrir que sucede. De esta manera el tema de la vigilancia se relaciona con el tema de la noche, por ende de la luz, puesto que el vigilante debe tener su lámpara encendida para poder vigilar, de lo contario sería engullido por las tinieblas.
De este modo la luz es importante en las lecturas y una imagen que parece en las lecturas, mostrando dos elementos fundamentales para permanecer con esa luz encendida en nuestras vidas, y así andar vigilantes en la historia.
Podemos ver que tener la luz encendida y por lo tanto, mantener una actitud de vigilancia. La segunda lectura nos presenta una pauta para esta vigilancia: «La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz.» San pablo nos presenta una realidad latente: la noche está avanzada, y al hablar de la noche se refiere a la tiniebla, a todas aquellas situaciones y actitudes de la vida que nos cierran a Dios, que nos cierran a su presencia amorosa. Si la noche avanza quiere decir que todo aquello que nos cierra al amor, que nos cierra a la misericordia. San pablo pone alerta a la comunidad cristiana: La noche está avanzada, es densa, la tiniebla los cubre. Cuántos de nosotros somos cubiertos por esa tiniebla de indiferencia ante el sufrimiento de los demás, cuántos somos sumergidos en la tiniebla del odio, y del rencor; o bien por la noche de la desolación y la frustración. La noche se hace cercana, la noche está presente en nuestras vidas, cuando el hombre titubea, cuando el hombre se siete solo, cuando el hombre se siente ignorado, la noche se acerca, el pecado, la maldad inunda su corazón, y por ende no es capaz de vigilar, no es capaz de ver a Dios, sino que se cierra en sí mismo y todo acaba.
Por ello san Pablo invita al creyente a abandonar esas obras, a descubrir que esos nos llenan el corazón y nos envenena. Y el remedio es vestirse de las obras de la luz, y curiosamente utiliza el verbo “vestirse”, de tal manera que esto nos lleva a la imagen del vestido, de las ropas. Y en el mundo bíblico la ropa tiene una connotación muy importante, pues ponerse un vestido, implica que uno se identifica con esa vestimenta. El vestido refleja la identidad de la persona, por ello, decirles “vistamos la armadura de la luz”, quiere decir que somos invitados a tener una nueva identidad, una identidad entendida desde la luz.
Cuando se habla de la luz, nos está hablando de una realidad que da sentido a la historia, pues la luz nos indica precisamente la capacidad de observar las cosas, de delimitarlas, de darles un contenido. La luz se convierte en un símbolo de la vida, de la claridad, que al contrario de la tiniebla sumerge en la muerte, y en lo bizarro, pues no da la oportunidad de conocer las cosas, de ver mi vida, de ver a los demás, de descubrir que puedo hacer por el otro, ni de ver como Dios está presente en mi vida, ni descubrir lo valioso que soy en la historia. Las tinieblas aprisionan, las tinieblas nos encierran, no nos dejan ver, no descubrimos la vida, no vemos nutra vida, no nos vemos a nosotros mismos, ni vemos los límites. Las tinieblas no permiten que nuestra vida se diferente, sino que nos encapsulamos en la cerrazón de una oscuridad sin fin que no da sentido a la vida, ni la felicidad.
Vestirse de la luz, quiere decir tener una nueva identidad desde la perspectiva de la luz. Ahora la identidad del creyente se entiende desde la luz. Cierto que la noche es cercana, que la noche amenaza con ahogarnos, pero también es cierto que podemos vestirnos de una identidad de luz, una luz que nos haga capaces de ver las cosas buenas de la vida y no encerrarnos en cosas malas y destructivas, una mentalidad que nos haga capaces de ver el valor de las amistades, y no centrarnos solamente en la traición del otro. Revestirse de la luz implica, ver a Dios, que está cerca de nosotros, está en el don de la vida, está en la felicidad que tenemos, está en las pequeñas cosas que a veces pasan desapercibidas pero que finalmente dan el verdadero sentido a la vida, llenándonos de satisfacción, llenándonos de luz.
Este revestirse de la luz, tener una identidad desde el ánimo, siendo capaz de ver a Dios y no encerrarse en la tiniebla, es la luz que nos permite estar atentos a la intervención de Dios en la historia y por lo tanto, nos hace capaces de estar vigilantes. Finalmente este ropaje, dice el texto es una armadura, nos pide vestirnos de esa armadura de luz, por lo tanto la Luz da sentido a nuetras vidas, y la da para protegernos de las adversidades, puesto que ese es el sentido y función de una armadura, el no permitir el embate de los enemigos, en este caso de las tinieblas.
Ser vigilante, es vestirse de la luz, una luz que nos da una identidad nueva, una identidad capaz de transformar nuestra vida, y que nos saca de la tiniebla, dándonos la oportunidad de descubrir quiénes somos y quién es Dios en nuestra vida, viendo como Dios está cerca de nosotros y actúa, desde las cosas pequeñas, pero que llenan de sentido nuestra vida. Las tinieblas llegan tarde que temprano con cualquier situación desesperada, pero si nos revestimos con la luz, podemos estar vigilantes y ver como aún en medio de la noche, aún medio de la dificultad Dios se hace presente, y no desfallecer, y caminar desde l está dinámica de salvación, haciendo posible lo que decía la primera lectura al final: «¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!» Que este tiempo de adviento que hoy comienza nos haga caminar por el camino de la luz, en una sintonía de vigilancia, pues así vernos al Señor que viene, al Señor que esta navidad quiere entrar en nuestros corazones.

21/11/10

El Reino de Jesús

Meditación con motivo de la Solemnidad de Cristo Rey
Ciclo /C/

Textos:
2Samuel 5,1-3
Colosenses 1,12-20
San Lucas 23,35-43

Vivimos en un mundo en donde los medios de comunicación dirigen su mirada hacia los poderosos de este mundo, vemos a los diversos gobernantes y representantes del mundo reunidos en diversos escenarios y foros mundiales, donde supuestamente están reunidos para dirigir y planear de la mejor manera el gobierno de los diversos países en ámbito global. Del mismo modo cada país centra su mirada sobre los diferentes gobernadores, sobre lo que hacen y opinan, para tratar de entender el rumbo que recorre el país. Y eso nos muestra el poder, la centralidad que tienen esos personajes a nivel mundial, independientemente de lo que hagan o dejen de hacer, finalmente están al centro porque gobierna, dirigen y están al mando de una nación. Independientemente de lo eficaces o pusilánimes que sean, son los signos de poder y autoridad del momento.
Y ante esa visón que los medios nos presenta de esos personajes contrasta radicalmente con la fiesta que hoy la Iglesia celebra: Cristo rey del universo. Un titulo que afirma la realeza de Jesús y una realeza universal. Sin embargo una realeza totalmente contratante, con lo que podemos ver en los medios, pues hoy vemos a Cristo rey pendido de una cruz, vemos A Jesús como un fracasado, en medio de su agonía, en medio de su dolor. No lo vemos asistiendo a grandes reuniones universales como el G-7, o dando grandes discursos a la ciudadanía, o rindiendo extraordinarios discursos sobres sus logros y obras que se han ido realizando a lo largo de su gobierno o inaugurando alguna obra pública, siendo aplaudidos por los asistentes. ¡No! Lo vemos sangrando desnudo en una cruz, rodeado de de una multitud que lo vitupera, un Cristo que está a punto de expirar.
Hoy celebramos a Cristo Rey, pero es un rey que contradice todo lo que los reyes, o bien, los gobernantes y presidentes son hoy en día. Y es que Cristo es rey, pero no como lo hacen los poderosos de hoy en día, su reinado no es de obras públicas, de combates contra el crimen organizado, de pistas de hielo, de grandes cumbres mundiales para hablar de ecología o demás temas, es e no es el camino de la realeza de Cristo. Así como los gobiernos se entienden desde estas perspectivas, la realeza de Jesús se entiende desde el episodio del evangelio de hoy: La cruz.
No es un reinado de construcciones, o de imagen, de lucha política, es un Reinado de entrega, de amor, de salvación. Al contrario de los demás gobiernos que buscan obras externas para ser reconocidos y por lo tanto, para demostrar su trabajo; Jesús muestra su reinado desde otras categorías, muestra su reinado desde criterios y situaciones que no son visibles del todo, que no se pueden poner por escrito en un informe de gobierno, que no entra en las estadísticas de las obras estatales, que no son visibles a los ojos de los demás, sino que son experiencias personales y percibidos por unos cuantos, ya sea para bien o para mal.
Y precisamente porque no es visible, y sus efectos no son de un alcance pleno, parece ir a contracorriente de los logros materiales del mundo, del poder adquisitivo a costa de los demás, y ello provoca irritación de parte de los poderosos, puesto que a nadie le gusta ni le conviene un reino donde se anuncie la paz y la liberación a los hombres, donde el amor, el perdón y la reconciliación es el camino a seguir, suena repulsivo, puesto que el mundo busca aparecer, busca ser el mejor, estar encima de los demás, aparentar ser el mejor entre todos, aún si se pisa a alguien, si se le denigra, si se le ignora, lo importante es estar arriba. Jesús no es así, Jesús no busca humillar, busca dignificar y traer una experiencia de amor. No bastan las obras materiales para decir que trabaja por el bien de los demás pero que en el fondo oculta intereses financieros y de explotación, de nada sirven discursos elaborados con un listado de logros, si son palabrería barata que no manifiesta el alcance de de la obra, sino la fama del que lo pronuncia.
El reinado de Cristo no es como el de los poderosos de este mundo, pues es mucho más sutil, y transforma la vida del hombre, renovándola interiormente. Sin embargo cuando el hombre no es capaz de reconocer esto puede ver en Cristo un fracasado, puede ver en él a un perdedor, un utópico, un soñador, pero no es capaz de ver el verdadero proyecto que trae. Porque si espera el bienestar político, espera grandes obras públicas y discursos sin fin, se quedará sentado, pues eso sólo son cosas externas que no necesariamente transforma el hombre.
Esa cerrazón la podemos vivir nosotros y decir “Cristo no está aquí, pues no hay mejoría en nada, no hay soluciones”, y creer que Cristo es el que trae un reinado netamente materiales indo que viene a renovar el corazón de los hombres. Pero ciertamente el hombre es así se cierra a esto, busca lo inmediato lo visible, lo que puede tocar y dominar, tal y como los jefes religiosos de aquella época, los soldados e incluso uno de los ladrones, que sólo esperan poderes materiales, visibles, llamativos, pero no de renovaciones interiores, sólo se limitan a decir: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!» En el fondo buscan un poder pasajero, que se baje de la cruz, que se vea un portento físico, visible, material. Son hombres que no han entendido el reinado de Dios.
Sin embargo hay un hombre que parece captar en medio del suplicio el sentido del reinado de Jesús: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino.» Este ladrón es capaz de descubrir que el reinado de Jesús no está en lo portentosos, ni está en lo meramente llamativo, sino que está en otro sentido. Ha logrado entender que si este hombre estando en la agonía ha pedido perdón por sus verdugos, ha estado en silencio, no ha l, y en medio de su dolor y agonía hay cierta paz, significa que en él hay algo nuevo, algo distinto, que no se reduce a lo meramente material, hay algo espiritual, que los otros no han logrado ver, pero que está en él, y sabe que ese hombre es rey, y es portador de un reinado mucho más superior que los materiales, que tienen la capacidad de dar un sentido y paz en la vida como nadie lo puede lograr. Inmediatamente le dice que le deje estar en su Reino, pues en medio de su suplicio este ladrón reconoce que hay un reinado nuevo y él quiere forma parte.
De esta manera vemos que el Reinado de Dios no es como el del mundo, sino que va hacia el interior del hombre, y todo aquel que celebre esta fiesta debe abrir su espíritu a esta gracia que el Señor le da, dejando que lo renueve y viva la experiencia del amor, no para esperar meros benéficos materiales, sino la renovación interior, la paz que hace al hombre nuevo y totalmente transformado.

13/11/10

«No quedará piedra sobre piedra»

Meditación con motivo del XXXIII Domingo Ordinario
Ciclo /C/


Textos:
Malaquías 3,19-20
Tesalonicenses 3,7-12
San Lucas 21,5-19

Muchas veces el hombre va colocando su seguridad, sus ideales, su supervivencia y seguridad en una serie de cosas materiales o ideológicas, que parecen estar a la vanguardia, o bien que permiten una mejor subsistencia en los diversos estratos de la vida. Sin embargo a veces esas seguridades son meramente superficiales, son meramente montaneas, pero no están bien cimentadas. Cuántos gobiernos ponen sus cientos en supuestas reformas modernas, en donde sólo buscan ganarse adeptos para su partido, pero que finalmente no tienen un buen cimiento desde la humanidad, la caridad y el verdadero desarrollo de la sociedad, sino meros intereses partidistas, sin considerara a largo del tiempo, las consecuencias que eso puede causar. Así se promulgan leyes que el argumento de que se va creciendo en la ciudad, que vamos siendo más civilizados, que vamos siendo más modernizados, pero ¿A cuál modernidad se refieren? Así, una ley pro-aborto, hasta qué punto puede ser modernidad, ¿Es modernidad el asesinato? ¿Es civilización la irresponsabilidad? Finalmente son leyes que se fundan sobre principios endebles.
Pero, esto se da también en diversos ambientes de la vida personal, cuantas veces apostamos nuestra felicidad y tranquilidad a partir de principios meramente superfluos, creemos que nuestra seguridad está simplemente en una ropa de moda, en algún tipo de poder que podemos adquirir en ese momento, en una amistad determinada, o en un prestigio que nos esforzamos obtener con nuestra imagen, o incluso en un tipo de sentimiento meramente pasajero o destructivo. Pero si lo analizamos bien, al final no queda absolutamente nada de esas construcciones que hemos ido realizando a lo largo de nuestra vida, pues en algún momento ese poder que tanto ostentamos se termina, no existe más, o bien esa moda o prestigio que hemos tenido, se acaba y no puedo presumirla más, o incluso ese sentimiento que he ido gestando y hasta incluso he ido poniendo en él mi vida un día termina o bien termina por destruirme a mí mismo.
En el fondo a veces vamos generando situaciones de destrucción, vamos generando mecanismos de una especie de auto seguridad y autosuficiencia, que al final no son consistentes en sí mismos, que son efímeros y terminan por acabarse.
Sobre esto nos habla el evangelio del día de hoy, en donde san Lucas nos presenta el inicio del denominado discurso escatológico de Jesús, este discurso que abarca el capítulo 21. Un discurso en donde podemos ver reflejado las penalidades, la perplejidad y la esperanza que confluyen en la vida cristiana. Este discurso se abre ante una situación: «Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas.» El discurso parte de una realidad, la gente que se queda admirada por el templo, ciertamente, el templo en una cosa majestuosa en la época de Jesús, sin embargo esto da pie para que Jesús reflexione, no sobre el arte, sino sobre las apariencias, y como el hombre mucha veces se queda sólo contemplando lo externo y se comienza a afianzar en lo meramente terrenal, olvidando otras cosas. Se puede quedar en la majestuosidad del templo, en lo hermoso de sus decorados, pero no descubrir que la experiencia d efe se limita a esos decorados, a esas construcciones bellas y extraordinarias, sino que van más allá, pero si lo hacen desde esa expectativa material, es porque no son capaces de ver más allá de esto, quedándose en la superficie, en lo material.
Por ello Jesús lanza una fuerte advertencia: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra.» Palabras fuertes que remiten a una idea: Lo material es perecedero, no se puede sustentar la realidad sólo en esto. Ciertamente se podría ver aquí un acto profético, pues en el año 70 el templo será destruido, sin embargo Jesús va más allá de una mera profecía, Jesús trata de hacer entender que lo material nos resiste, que no tiene cimentos firmes, sino que son endebles, frágiles.
En el fono la gente se queda viendo sólo el exterior del templo, como si eso fuese garante de la vida de fe, como si eso garantizara que se puede seguir adelante. Pero Jesús les marca que las cosas no son así, ese templo se caerá, se desplomará. Porque es algo meramente material, no es algo sólido. Muchas veces nosotros nos quedamos asombrados por cosas meramente materiales, nos asombramos de cierta ropa que está de moda, de cierta música, de cierto comportamiento o influencia que tenemos con otros, pero no nos percatamos de algo más, no nos damos cuenta que esa moda se acaba, que el mando que podemos tener con la gente se nos termina, que somos finitos.
Y esa finitud se ve reflejada por las diversas situaciones que la humanidad vive: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes.» Estos signos que Jesús remite, no son del fin del mundo, sino son signos de la finitud del hombre, pues todo lo material está condicionado a desplomarse a acabarse. Estos signos no indican el final del mundo, sino que nos indica el final de lo terreno, de los diversos cimientos que el hombre va colocando a lo largo de la historia. Jesús nos dice que eso tiene que suceder, manifestando que no debe de haber temor, eso es parte de la vida, de las frágiles estructuras, lo impórtate es descubrir los cimentos que valen la pena. No es para temer, sino para ver en donde estamos parados y sobre que estamos construyendo, sin dejarnos engañar por falsas ideologías o falsos líderes.
Por tanto, no queda piedra sobre piedra de todo lo que construimos, pues finalmente nos quedamos en lo material, en lo pasajero, lo meramente contingente. La moda se desploma, mi poder se acaba, todo sistema ideológico caduca en un momento determinado, nuestra misma vida se acaba.
Con esta idea Jesús trata de invitarnos a descubrir en que ponemos nuestros cimentos, y a partir de esto ver hasta qué punto somos sólidos en nuestra vida. De manera que empecemos a poner cimentos desde lo que realmente perdura y no se acaba, tener nuestros cimentos en el amor, en el respeto, en la justicia, en la autentica amistad, en la fidelidad. Esto es una invitación a descubrir cuáles son los cimentos que perduran, que dan un verdadero sentido a nuestra vida, a nuestra sociedad.
Desde luego que estos cimentos no son bien aceptados por la sociedad, pues los cimentos que el mundo propone son otros: la envidia, el poder, lo superficial, y ante ello desde luego que uno se ve fuertemente confrontado, por ello Jesús lo advierte: «Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.» Esas persecuciones son un fruto de los verdaderos cimientos. Cuando el hombre le apuesta a la honestidad, a la justicia, a la honradez, al amor, al perdón, desde luego que viene la persecución, pues se suscita la crítica, se suscita el desacuerdo, pues no son principios que agraden, pues generan armonía, unión, fraternidad, y sobre todo perdurabilidad, ante eso se suscita la persecución.
Con este discurso Jesús no trata de incitar al miedo, sino a despertar en nosotros un ánimo a ir construyendo nuestras vidas sobre cimientos auténticos, sobre cimentos que realmente nos haga personas de fe, cimentándonos en cosas que valen la pena. No dejar que el odio, la superficialidad, el poder, la moda, sean los cimentos de nuestra vida, sino que la vayamos cimentando en el amor, la misericordia, la paciencia, que van dando sentido a nuestro caminar. Una cimentación un tanto ambiciosa y compleja, que implica en varios ambientes la incomprensión y la persecución, pero finalmente, una cimentación que da razón a nuestra fe.

2/11/10

«Cuando lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.»

Meditación con motivo de la conmemoración de los fieles difuntos

Textos:
Sabiduría 3,1-9
Romanos 6,3-9
San Mateo 25,31-46

Hoy la liturgia nos invita a contemplar el misterio de los fieles difuntos, pero cuál es el sentido de esta celebración. Creo que podríamos tener tres elementos a la reflexión con respecto esta festividad.
En primer lugar la oración por los difuntos, hoy somos invitados a hacer oración por todos aquellos que ha fallecido para que entren en la dinámica del amor de Dios, a su presencia. Todos nosotros somos invitados a esta realidad: orar por esos hermano nuestros para que entren a la presencia de Dios.
En segundo lugar es el momento propicio para recordar que todos estamos llamados a la muerte, de una u otra manera todos en algún momento habremos de morir. Podemos tener sueños de eternidad, de que nunca nos alcanzara esa realidad, o creer que somos invencibles y tenernos, pero no es así, este día os hace reconocer nuestra finitud, somos finitos, tendemos a ser frágiles, y esta festividad nos lo recuerda, y así como muchos han fallecidos, en algún momento eso nos sucederá nosotros.
Esto nos lleva a una tercera consideración: ¿Cómo nos preparamos para ese encuentro con la muerte y por lo tanto el encuentro definitivo con Dios? El texto del evangelio nos lo marca claramente estamos llamados a una vida en la caridad. La mejor manera de encontrarnos con Jesús es viviendo la caridad y siendo capaces de descubrir la presencia de Jesús en nuestros hermanos: «Cuando lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo
Quiere decir que el encuentro con Dios no se vale de parámetros pietistas, no es que Dios nos juzgue por las misas que asistimos, o por la cantidad de oraciones que hagamos; no porque eso no sea importante, sino porque el nivel de oración, de la Eucaristía celebrada, se mide en relación a la vivencia de la caridad con los hermanos. La auténtica espiritualidad está precisamente en función de mi vida y testimonio con el hermano. La verdadera oración me lleva a ser mejor con mi hermano, me lleva a descubrir en él la presencia de Jesús. La celebración de la eucaristía, la escucha de la Palabra, la comunión, no se basa sólo en saber cosas o en decir amén de frente a la forma consagrada (pan eucarístico), sino que se mide en la medida en la que esa Palabra me interpela para ser mejor de frente al hermano, así como la Eucaristía me da la fortaleza para dar testimonio fehaciente delante del hermano pequeño que requiere mi ayuda, haciendo con mi testimonio con el otro un signo del auténtico vinculo y comunión que tengo con Jesús.
Celebrar a los fieles difuntos, es recordar nuestra realidad, estamos llamados a morir, y no una muerte vacía y sin sentido, pues como dice la segunda lectura, estos llamados a vivir una vida nueva en Cristo resucitado, iniciada por nuestro bautismo: «Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.» Pero esta vida debe de prepararse a vivir desde ahora en sintonía de caridad con el hermano. De manera que hoy si bien somos invitados a orar por nuestros hermanos difuntos, también somos invitados a meditar sobre nuestra vida y ver hasta qué punto he vivido la caridad con los demás, puyes son ellos el parámetro para encontrarme con Jesús y por ende el camino para una vida eterna unida a él.

1/11/10

Santidad: Tensión entre la vida cristiana y la derrota del mal

Meditación con motivo de la solemnidad de todos los Santos

Textos:
Apocalipsis 7,2-4.9-14
1ª San Juan 3,1-3
San Mateo 5,1-12

El día de hoy celebramos la solemnidad de todos los santos, un día en donde la Iglesia nos invita a elevar nuestra mirada y descubrir dos cosas: En primer lugar nuestra patria definitiva, contemplar a todos los santos implica contemplar un estado de vida definitiva, una vida íntimamente unida a Dios, y que estas personas están en Dios, están en su presencia y que ahí en donde ellos se encuentran estamos llamados todos a compartir. En segundo nuestra vocación en la vida, a contemplar una vocación a la cual estamos llamados a estar con Dios quiere decir que debemos comenzar a vivir desde ahora esta vida de santidad, no es que seamos santos cuando lleguemos con Dios, sino que esa santidad debe de empezar a vivirse desde ahora, para que en Dios sea plena.
Si estamos llamados a la santidad y esa santidad debe vivirse desde ahora, podemos corroborar en nuestra vida, nuestro mundo, nuestra sociedad que está muy lejos de esa situación. Al contemplar las destrucciones, las guerras, las ansias de poder que conllevan una destrucción; cuando vemos nuestra vida tan llena de mentiras, de rencores, de venganzas, de violencia, podríamos decir ¿Dónde está esa santidad? Incluso ¿Yo puedo ser santo?
¿A caso será posible la Santidad? Ciertamente parece imposible vivir esta experiencia de santidad, sin embargo muchos santos a lo largo de la historia lo han logrado, se han esforzado por vivir esa dimensión de santidad, lo cual implica que es posible. Sin embargo esta vocación a las santidad implica reconocer que el mal existe en nuestra historia y la santidad precisamente consiste en ir venciendo ese mal a fuerza de bien, comenzando con nuestra propia vida, y es aquí donde parecen resonar unas palabras de san Pablo: «No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.» (Romanos 8,19)
Esto nos lleva sin lugar a dudas a considerar que nuestro llamado a la santidad exige un esfuerzo por combatir el mal, causando una tensión entre esa tendencia hacia Dios, hacia esa santidad; y por el otro lado considerar que vivimos inmersos en la maldad, en una tendencia hacia el mal. Quiere decir que, la santidad es un reto, un camino hacia el cal debemos de caminar, hacia el cual debemos de dirigirnos para encontrar la presencia de Dios.
La santidad por tanto es un llamado, que implica vencer esa tendencia hacia la maldad. ¿Pero cómo será posible esto? Ciertamente es difícil pues san Pablo lo marca “hago el mal que no quiero.” Pero el primer paso para iniciar este proceso de santidad lo dice Pablo al reconocer que hace el mal que no quiere, por lo tanto ser santo, vivir desde la dinámica de Dios, implica reconocer ese mal, el problema sucede cuando nosotros no nos damos cuenta de que hacemos el mal, de que dañamos a otros o nos dañamos a nosotros mismos. Es imposible caminar hacia la santidad si no somos capaces de descubrir ese mal que hacemos y daña a otros. Muchas veces vamos haciendo cosas que a primera vista parecen normales, parece como si no estuviese mal, porque todos lo hacen o bien porque tenemos adormentada nuestra conciencia, de modo que no percibimos el mal que hacemos, o lo excusamos porque creemos que es normal. Ser santo implica descubrir el camino de Dios y el camino que debemos vencer, descubrir el mal que hay en nuestra vida. Si no identificamos esto muy difícilmente vamos a iniciar un camino hacia la santidad, es decir, un camino hacia Dios.
En segundo lugar el mismo San Pablo lo dice “El mal que no quiere”, manifestando que se da cuenta de su mal, y es un mal que no quiere hacerlo. Esto es importante porque a veces nos damos cuenta que lo que hacemos es malo, pero nos gusta hacerlo, nos deleitamos en hacerlo, en planearlo, por lo tanto nos damos cuenta del mal, y buscamos hacerlo, o incluso hasta pedir permiso, para que nos sintamos un con cobijo de protección ante el mal que hago. Sabemos que la venganza es mala, y buscamos hacerla; sabemos que la infidelidad no es correcta y la planeamos y seguimos delante con ello; sabemos que la injusticia es destructiva y disfrutamos haciéndola. No es posible un camino de santidad si nos deleitamos en el mal.
Con esto se causa una tensión entre nuestro camino hacia la santidad y el mal que debemos de vencer. Y lo primero que debemos hacer es justamente vencer el mal, vencer aquello que nos aqueja y daña los demás, y que nos daña a nosotros mismos. Y después de darnos cuenta de nuestro mal, de descubrir que no debemos dañar a nadie, entonces tomamos el impulso para seguirá delante en ese camino de santidad, que finalmente no la hacemos nosotros, sino que es Dios quien interviene y nos ayuda a caminar por ese camino, es Dios que nos fortalece para caminar junto con él para alcanzar, pues finalmente sin Dios ese camino sería absurdo, sería un terrible e infatigable camino lleno de zozobra y irresoluto, pues ería un camino de mero esfuerzo humano, y no es así, pues la santidad es un camino que se hace tomado de la mano de Dios, y es Dios que con su gracia nos fortalece para andar en ese camino.
Lo único que debemos hacer es precisamente descubrir que el mal que hacemos y después evitarlo, es decir no querer hacerlo y poner todo lo que tenemos a nuestro alcance para vencerlo. Cierto, es Dios que nos ayuda, pero somos humanos, y nos toparemos una y otra vez con ese mal que nos daña y nos hace tropezar, lo importante es nunca dejarnos amedrentar por ese mal, no ser conformistas, descubrirlo y tratar de evadirlo, pues eso es parte de nuestro esfuerzo, lo demás, la gracia para vencerlo, la gracia para caminar en la santidad es un don de Dios. A nosotros nos toca examinar nuestra vida y ver que no debemos hacer el mal, esforzarnos por vencerlo, Dios nos dará la fuerza para que efectivamente lo vayamos venciendo, al inicio es difícil, es complejo, es arduo, pero si seguimos firmes, si seguimos detectando ese mal que nos aqueja, y vamos delimitándolo y dejamos que Dios actúe efectivamente podremos vencerlo día a día, haciéndolo cada vez más pequeño.
Eso es la santidad y a esto nos invita esta fiesta a descubrir nuestra vocación, descubrir que podemos vencer el mal con la gracia de Dios, y que a través de este pequeño camino llegaremos siempre acercarnos más a y más a Dios, viendo la de experiencia santidad en nuestra historia.

31/10/10

«...era de baja estatura...»

Meditación con motivo del Domingo XXXI de tiempo ordinario
Ciclo /C/


Textos:
Sabiduría 11,22-26.12,1-2
Salmo 145
2Tesalonicenses 1,11-12.2,1-2
San Lucas 19,1-10


Muchas veces el hombre en medio de su historia se topa con una realidad difícil, y es que se siente lejos de la presencia de Dios, siente que Dios no está en su vida, y es capaz de descubrir diversas causas que lo han llevado precisamente a esa situación, a esa situación de lejanía y distanciamiento con Dios, debido a su vida, su actuar y su pensar. Ante esa situación es importante recordar las extraordinarias palabras que hemos escuchado en el Salmo: «El Señor es bondadoso y compasivo, lento para la ira y lleno de gran misericordia;el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas
El Salmo nos presenta el tema de la misericordia y bondad de Idos que nos ama, y esto es el fundamento de toda nuestra historia, de toda nuestra vida. Recordar que a la base de todo está la experiencia del amor, está la experiencia de la gracia de Dios. Que si bien nos sentimos distantes de Dios, somos nosotros los que nos hemos apartado de él, pero él está cerca de nosotros, está cercano a nuestra vida porque él nos ama, está atento a nuestras necesidades, y sobre esto nos hace una reflexión más profunda el texto del evangelio.
Nos presenta a este hombre llamado Zaqueo, pero nos lo presenta con una serie de características que nos lo describe como alguien totalmente alejado de Dios: «Era un hombre muy rico, jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura.» Tenemos cuatro características, de las cuales tres nos lo hacen distante de Dios. En primer lugar nos dice que es rico. Ser rico en el evangelio de Lucas implica a alguien que ha puesto su seguridad en las riquezas y no en Dios por lo tanto es alguien totalmente alejado de su presencia. Recordemos al rico insensato, al joven rico, al rico que olvido de Lázaro. Por tanto al decir que era muy rico, de ante mano nos hace recuerdo de esos personajes que nos lleva a reconocer que esas riquezas lo hacen totalmente ajeno y separado de Dios.
En segundo lugar nos dice que era jefe de publicanos. Recordemos que un publicano es alguien que trabaja para los romanos, y cobra los impuestos para el imperio, de ahí que sean considerados como traidores a la patria, y totalmente excluidos de la experiencia de Dios. El caso de Zaqueo es más profundo, pues él es jefe de los publicanos, por tanto más alejado aún.
Sin embargo tiene una inquietud, quiere ver a Jesús, ello implica un reto, implica el querer cambiar. Si leemos el evangelio Herodes también tiene esa curiosidad por ver a Jesús (Lucas 9,9), pero sólo se queda hasta ahí, no da un paso más, ni lo busca, sin embargo Zaqueo si lo da, busca los medios para verlo. Esto pudiese quedarse en mera curiosidad, sin embargo no es así, pues él busca, el tarta de verlo, ello implica ya una acción, que pude traer una consecuencia buena en su vida, pues no se queda estático como Herodes.
Finalmente encontramos una cuarta característica, que quisiera detenerme un poco más, nos dice que es bajo de estatura. Y esto no significa que sea chaparrito, sea bajito. Si el texto bíblico se detiene en esta simpática descripción, se debe a que estamos ante algo que debe de contener una mayor profundidad.
Ser bajo de estatura, y no ver a Jesús significa que no tiene la estatura, el nivel para encontrarse con Jesús. No está al mismo nivel para ver a Jesús, pues para ver a Jesús no basta la curiosidad, sino debemos de tener una rectitud de vida, una sinceridad para verlo, de lo contrario estamos cortos de nivel, tenemos una estatura baja. Si lo meditamos bien muchos de nosotros podemos ser como Zaqueo, podemos ser de baja estura, bajos en nuestro amor, en nuestra compasión, en nuestra veracidad, en nuestro compromiso con los demás, en nuestra honestidad, en nuestra justicia. Estamos bajos de estatura, estamos bajos en estatura. Esta pequeña estatura implica sobre todo estar ‘cortos’ en la gracia de Dios.
¿Pero por qué somos bajos de estatura? Porque a veces vamos recortando y rebajando nuestro amor con los demás, dejamos de ser pacientes con aquellas personas con las que convivimos. Dejamos de ser pacientes con nuestros padres o con nuestros hijos. Dejamos de ser cumplidos con nuestras tareas o nuestro trabajo, vamos haciendo las cosas como caigan, sin ser capaces de hacer las cosas bien hechas. Vamos rebajándole a la honestidad, so pretexto de que todos son así. Le rebajamos a la justicia y tratamos a los demás de manera aprovechada, sin darles lo que necesitan o quitándoles lo que merecen, y reduciendo todo a miserias.
Este ser bajo de estatura, no es de nacimiento, sino que vamos rebajando en nuestra vida las cosas que valen la pena, porque ya no queremos hacerlas, porque nos da pesadez o flojera, o bien porque no nos interesa o nos dejamos llevar por lo que los demás hacen y dicen, sin darnos la oportunidad. Somos cortos de estatura, descuidando lo que vale la pena en la vida y hace de nosotros personas que realmente valen la pena.
Cuántos padres van rebajando su atención con sus hijos o con su pareja, siendo que esa es la base de su vida la razón de ser en su relación en la vida. Rebajan la atención, el amor el cariño, las palabras, y lo que en un momento fue la base de su vida se convierte en secundario, haciendo que sólo se vuelva en un mero compartir la vida viviendo juntos., pero sin mostrar un veredero cariño como lo fue en un momento en el núcleo de su vida de su enamoramiento, de su sorpresa en la vida, de su relación, o de recibir a sus hijos. Todo es monotonía y descuido de lo valioso de la vida.
La curiosidad de Zaqueo no se limita a quedarse con las ganas, no dice “ni modo soy bajito y así me quedo”, al contrario, busca el modo de verlo, de ponerse a su estatura, a su nivel. Y para ello va y se sube a un árbol.
Si nosotros detectamos que somos bajos en muchas cosas deberíamos de buscar el árbol al cual debemos de subirnos. Tal vez es momento de subirnos en el árbol del amor, y ponernos a una altura en donde seamos capaces de dar nuestra vida plenamente, no sólo por obligación, sino porque le da sentido a en nuestra vida. O bien al árbol de la paciencia, donde le demos la oportunidad al otro para comprenderlo. O el árbol del perdón para recomenzar las cosas e iniciar una vida plenamente nueva.
Subir al árbol significa decir voy a cambiar, voy a tratar de no enojarme, voy a tratar de ser más cariñosos, de demostrar que el otro es valioso para mi, voy a ser más sensible a escuchar las necesidades de los demás. Eso es subir al árbol, eso es empezar a tener una altura adecuada. Es difícil subir al árbol, pero curiosamente después todo cambia. Pues el texto nos enseña que después de que Zaqueo sube, Jesús lo ve y se hospeda en su casa. Quiere decir que cuando queremos cambiar, queremos dejar la pequeña estatura causada por nuestra miseria y nuestro pecado, y empezamos a subir, empezamos un cambio descubrimos que Dios nos e aleja que nos ama, que está atento a nuestra vida, y por lo tanto, podemos ver que nos ama, y que quiere estar con notros quiere ser huésped en nuestra vida. Y que el cambio es posible porque él nos ama y está con nosotros, por eso al final Zaqueo inicia un cambio de vida, pes se ha descubierto que Jesús le ama, y que puede estar a su altura, lo único que debía hacer es descubrir a Jesús y dejarlo que entrará en su vida.
Con este relato san Lucas nos coloca a Jesús en Jericó, a punto de entrar a Jerusalén donde ha de morir, ha de entregar su vida, pero marcando finalmente que hay un hombre que es rico y que se transforma, que se convierte, que deja de confiar en su dinero, en su riqueza, se ha roto el paradigma. Un rico se puede salvar si intenta ponerse a la altura de Jesús, a la altura del amor, de la honestidad, de la justicia, de la honradez, la verdad. Si ha de morir en la cruz, lo hará, con la seguridad de que aquellos que dejan de lado sus riquezas, sus egoísmos, sus hipocresías pueden entrar en la salvación y en la nueva vida que tendrán por su misterio pascual.
En el fondo todos somos pequeños por nuestro pecado, pero no por ello debemos sentirnos alejados de Dios, y sentir que no podemos estar cerca de él, al contrario, subamos al árbol y ver que ahí está Jesús viéndonos, amándonos. Que ese amor del que habla el Salmo se haga presente siempre en nuestra vida, confiando que él nunca nos deja y sobre todo que es posible el cambio puyes todo está en sus manos, en la fuerza que viene de él, pues quiere ser nuestro huésped.

29/10/10

«…había un hombre enfermo de hidropesía…»

Meditación con motivo del Viernes XXX de tiempo ordinario

Textos:
Filipenses 1,1-11
San Lucas 14,1-6

El hombre por naturaleza busca ser reconocido, busca que le den su lugar, que le reconozcan sus actos, a nadie le gusta pasar desapercibido en sus actos, a nadie le gusta que le hagan a un lado y no le digan gracias, que le agradezcan lo que hace, pues con eso el hombre se siente aceptado, se siente acogido en una determinada comunidad. Si en una familia los padres de familia no reconocen a los hijos lo valiosos que son, no se percatan de lo que son sus hijos, ellos se desilusionan, y no porque sólo lo hagan para que se les reconozcan, sino que al reconocer el papel de los hijos ellos se sienten amados, se reconocen valiosos en el entorno. De hecho cuando ellos no siente ese cariño buscan por todos lados y formas, el llamar la atención, para que sientan al menos la importancia en la familia, cuando les llaman la atención u otra cosa.
Si bien todos necesitamos el ser acogidos, el problema que se puede presentar es precisamente el de querer sobresalir a toda costa, el buscar recibir recompensa o ser reconocido, sólo porque nos creemos merecedores de ella. Ye entonces ya no hacemos las cosas porque sean necesarias, sino porque sólo interesa el reconocimiento, no se hacen las cosas lo mejor posible, sino se hace sólo lo necesario para recibir el aplauso y todo se pierde de vista pues se queda en mera apariencia, sólo en un medio que es el reconocimiento y la fama.
Sobre esto nos habla el día de hoy el texto evangélico. Nos presenta a este hombre hidrópico. Es una figura un tanto grotesca, pues se presenta a este hombre que está hinchado por el agua debido a que retiene los líquidos. Lo interesante es que se presenta en medio de una comida con los fariseos, que al encuadrarlo en esto y el siguiente episodio, donde se hablará de la importancia de ser humilde y de no estar buscando en los banquetes los primeros lugares, podremos comprender que representa ese hombre en este pasaje.
Es un hombre enfermo, un hombre que a causa de su enfermedad está hinchado, por tanto es figura de los fariseos que están hinchados, llenos de una búsqueda desmedida de fama, de poder, de autoridad, de privilegios. Su búsqueda ávida de protagonismo, de querer ser los mejores ha hecho que se hinchen, que se sumerjan en u n sin fin de situaciones.
De este modo el hidrópico representa a todo aquel que deja que el poder, el protagonismo, la fama, el aplauso sea el único motivo desmedido por el cual se vive. Si bien es cierto que, que el hombre busca el reconocimiento para sentirse importante y querido en medio de los suyos, es también totalmente enfermizo vivir sólo par esto, porque entonces se pierde sentido de la realidad y creemos que somos lo único importante en la vida, creemos que somos los únicos que podemos hacer las cosas bien, creemos que somos los únicos capaces de reconocimiento, los únicos valiosos.
Esto lo nos lleva a un egoísmo, puyes no somos capaces por u n lado, de reconocer lo que los otros hacen, pues creemos que somos únicos y los vemos hasta como rivales y enemigos. Por otro lado, dejamos de hacer las cosas, con cariño, con ganas, de hacerlas porque nos gusta, o porque nos corresponden, porque así ayudamos; pues ahora sólo las hacemos porque queremos el aplauso, el reconocimiento. Y podemos hacerlas incluso mal, sólo con una superficie, con una coraza que permite justamente ser reconocidos, sin que los efectos sean bien claros.
Todo estos e ve claramente representada por esta figura del hidrópico. Sin embargo está ahí en medio de esta escena buscando salir de esta superficialidad e la vida, en la cual se ha sumergido y que por lo tanto lo ha hinchado. Y para ello se acerca a Jesús que lo salva, sin embargo los fariseos se oponen inmediatamente pues para ellos no es posible que sea sanado en Sábado. Esto demuestra su cerrazón, su incapacidad para salir de su superficialidad, se creen los únicos intérpretes de la Ley y por lo tanto, los únicos dignos de ser tomados en cuenta, una soberbia teológico-intelectual que van demostrando.
Pero Jesús les hace entender su soberbia, y pone un sencillo ejemplo: «Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su hijo o su buey, ¿acaso no lo saca en seguida, aunque sea sábado?» Con esto Jesús aclara una idea fundamental, este hombre ha caído en un pozo de agua y está lleno de ella, debe salir de esa situación; si ellos sacan del agua a un niño o a un buey, cuánto más a este, que está hundido en el agua de su soberbia, de su superficialidad. El problema es que ellos no quieren reconocer esto, ellos no quieren salir de ese pozo, y siguen hundiéndose.
Este pasaje nos invita a reconocer que pudiera ser que hemos perdido de vista la capacidad de servir, de amar, de hacer las cosas porque es parte de nuestra vida, pero no porque buscamos un aplauso o porque pensamos que somos los únicos en hacerlo; y si estamos en esa situación acerquemos nos a Jesús que nos libera realmente.