13/3/11

Pecado: Problema de escucha

Meditación con motivo del I Domingo de Cuaresma
Ciclo /A/

Textos:
Génesis 2,7-9.3,1-7
Salmo 50
Romanos 5,12-19
San Mateo 4,1-11

Una de la preguntas fundamentales que se van haciendo a lo largo de la historia de la humanidad de frente a una realidad que es tangible en la vida y que le rebaza en muchos casos, la pregunta gira en torno al mal. Qué es el mal, por qué si el hombre busca la felicidad, busca la paz, la armonía en su vida existe el mal, por qué si Dios lo ha creado como signo de su amor, ahora existe la experiencia del mal que lo destruye y que de entrada parece contradictorio al amor de Dios.
Esta pregunta es vital en la realidad humana, por ello la Escritura profundiza desde sus primeras páginas sobre esta realidad tratando de descubrir el sentido del mal, tratando de ver el origen de esta realidad. Ya en el libro del Génesis que hoy hemos escuchado como primera lectura podemos descubrir la respuesta que la escritura propone a través de este relato lleno de mitología y simbolismo.
La escena que contemplamos hoy se adentra en dos personajes: La mujer y la serpiente. En el diálogo que se lleva a cabo entre los dos, podemos descubrir el problema del pecado, el problema de la entrada del mal en la historia, se da a partir de una sencilla pregunta: «¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?» Esta pregunta encierra todo un misterio, pues por un lado remite a Dios y por otra remite a un engaño. Esta frase remite a Dios, porque al crear Dios el Paraíso efectivamente da la orden de no comer el fruto del árbol del centro, de tal manera que la pregunta de la serpiente es tendenciosa, pues parte de una realidad ya establecida, parte de algo que conoce el hombre, de algo que Dios ha dicho. No es que la serpiente llegue a innovar y a dar nuevas teorías, una nueva propuesta delante de Idos y la creación. No es una cosa nueva, sino que parte de un dato del todo conocido por la mujer.
Pero al mismo tiempo que habla del mandato del árbol, no lo recita textualmente, sino que lo desvirtúa un poco, pues añade una palabra curiosa que desfigura el mandato de Dios y con ello da inicio a la duda en el corazón de la mujer. La palabra que añade es “ninguno”, “es cierto que no pueden comer de ningún árbol”. El mandato de Dios se ve desfigurado totalmente aquí, pues Dios prohibió comer de un árbol, y ahora la serpiente cambia el diálogo diciendo que no se puede comer de ningún árbol. Con esta frase la serpiente deja entrar una duda y una oportunidad para que la mujer hable acerca del suceso.
La mujer de inmediato, en lugar de evitar la pregunta, en lugar de seguir su camino se detiene para aclararle a la serpiente que está mal, que así no es el mandato de Dios. Y le dría que no es así, que sólo no deben comer del árbol del centro. Pero si nos detenemos un poco, ¿para qué le aclara a la serpiente estas cosas? ¿A poco la serpiente necesita saber sobre esto? Qué necesidad tiene una serpiente de conocer esta realidad, pues la serpiente es un animal inferior al hombre, y no le corresponde saber en lo absoluto que debe hacer el hombre y que no debe de hacer, pues ese mandato no le incumbe para su vida.
Pero la mujer empieza un dialogo contesta serpiente, comienza a querer convencerla de lo que ha dicho Dios. El hombre está llamado a dominar a los animales, está llamado a dirigir sus pasos, está llamado a estar encima de ellos. Pero en este relato vemos lo contrario, pues la serpiente se pone sobre la mujer, se coloca en un puesto que no debe pues se cree dominador de ella, es quien le pide cuentas, quién le quiere dirigir sus pasos, quien le quiere dar los criterios de la realidad y de pedirle explicaciones. Pareciera que se cambian los papeles, que se intercambian los roles, pues la mujer está llamada a gobernar sobre las creaturas, y aquí parece que la serpiente quiere gobernar encima de ella.
Una vez que la mujer explica las cosas, la serpiente muestra su soberanía pues ella hace un análisis de la realidad y le muestra lo que debe de hacer. Hace que olvide lo que Dios le ha dicho, lo que Dios le ha demostrado y con ello le muestra una nueva realidad que es la que ahora debe de seguir. Dios da un mandato, pero ahora ella le da una interpretación de ese mandato mostrando en el fondo un nuevo mandato: «No, no morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal
Podemos descubrir precisamente como ha cambiado el sentido de la conversación, comenzó haciendo una pregunta inocente, una duda que tenía una cierta referencia con lo que Dios decía y al final sale la verdadera intención: Tergiversar el sentido del mandato de Dios. Con ello presenta una identidad diferente de Dios, se muestra que Dios es alguien que busca limitarlo, pero no amarlo.
Por tanto, el mal entre por dos razones. La primera es que escucha a alguien inferior que ella. La serpiente es un animal más de la creación, por lo tanto, el pecado inicia cuando ella escucha a una realidad que está debajo de ella, que ella debe dominar y con ello implica que olvida la voz de Dios pues presta más atención a lo que ella le dice que a lo que Dios ha dicho. Ha olvidado ella lo que Dios ha mandado, y lo que ha mandado son dos cosas. Ha mandado que domine la creación y ha mandado que no coma del árbol. Pero cuando ella escucha la voz de la serpiente olvida que ella debe dominar a la creación y comienza a hacerle caso, y en segundo lugar por escuchar esa voz olvida a Dios, y hace que sea más importante lo que ella le dice a la voz de Dios.
Ante esta consideración debemos de detenernos y meditar ¿Qué voz escuchamos en nuestra vida? Porque muchas veces somos muy dados a escuchar la voz de nuestros intereses, de nuestros impulsos, de nuestros escrúpulos, de nuestra vanidad, de nuestro rencor. Ello implica que no escuchamos la voz de Dios que nos manda a vencer esos escrúpulos y esos intereses, esas envidias y rivalidades, esa voz que nos invita a vivir desde la dinámica del amor. El pecado sucede cuando dejamos de escuchar lo que Dios nos dice y empezamos a escuchar cosas que en realidad no vienen de él, sino que son inferiores a nosotros y le damos más importancia, pues es más importante ese orgullo o ese afán de poder, ese querer dominar al otro, en lugar de ayudarlo.
La segunda, es consecuencia de esto, pues por no saber reconocer a Dios y con ello lo que realmente le conviene al hombre, pues se le presentan falsa propuestas que llevan a desconocer lo que realmente le conviene al hombre. El mal entra cuando el hombre desvirtúa la realidad y comienza a ver como bueno lo que no es. Cuando se presentan las cosas buenas, adecuadas, pero a la raíz no son así. La serpiente cambia la imagen de Dios y ella lo cree, no recuerda nada de lo que Dios ha hecho por ella, no recuerda que él la ha creado, no recuerda ninguna acción de Dios, sino que todo lo olvida por lo que este ser le dice. Se hace más importante esta propuesta que lo que ella misma ha vivido y visto.
Cuántas veces dejamos que otras realidades parezcan mejor que lo que Dios nos presenta, pues es más llamativo, es la moda, es una promesa de algo mejor, en fin, se nos presentan realidades tan maravillosas que nos hacen olvidar lo que realmente vale la pena. Por ejemplo, cuántas veces hoy en día se nos anuncia vivir una infidelidad como algo normal o un reto para la vida. O cuantas veces los vicios se presentan como la posibilidad para ser mejor, o para nadar en “onda”, o como el mejor escape de la realidad. O cuando la venganza parece el mejor camino para lograr la felicidad. En el fondo a veces pecamos, dejamos que el mal entre y nos dañe o dañe a otros porque dejamos que entren otras realidades que no son buenas, pero dejamos que se nos presente como buenas, que nos deslumbren. Así es como entra el mal, porque Dios nos ha dado esa libertad y desde esa libertad podemos escuchar otras realidades que no sean lo que realmente da plenitud al hombre y escoger situaciones de la vida que en realidad tergiversan la realidad.
El tiempo de cuaresma es un tiempo para detenernos, para meditar, para descubrir hasta que punto hemos dejado que la Palabra de Dios entre en la vida y la hemos escuchado. Es un tiempo para detenernos y dejar que esa Palabra vuelva a resonar en nuestras vidas, pues sólo así podemos empezar a caminar desde el proyecto de Dios. Así como en el evangelio del día de hoy en donde se nos presenta a Jesús que entra en el desierto y al final vence al tentador, y lo vence no con elocuentes palabras, o con discursos bien estructurados, o a fuerza de penitencias, sino que lo vence con la Palabra de Dios. Todas las respuestas que Jesús le dirige al demonio son tomadas de la Escritura. Jesús vence al demonio con la Palabra de Dios. Quiere decir que cuando se acoge la Palabra entonces el hombre se renueva y es capaz de transformar su vida, pues vence la tentación, vence el mal, pues la voz que escucha es la voz de Dios, y no la de otras realidades. Que el tiempo de cuaresma sea el tiempo para que recordemos que siempre escuchemos la Palabra, pues sólo de esa escucha se puede ser auténticamente discípulo.

9/3/11

Reconocer nuestro pecado, reconociendo el amor de Dios

Meditación con motivo del Miércoles de ceniza

Textos:
Joel 2,12-18
Salmo 51(50)
2Corintios 5,20-21.6,1-2
San Mateo 6,1-6.16-18

Hoy comienza el tiempo de Cuaresma y para ello se lleva a cabo el signo de la ceniza. Y esto nos debe llevar a preguntarnos ¿qué significa este signo? ¿Cómo es que este signo nos introduce a la cuaresma? ¿Qué sentido tiene tomar ceniza?
Me parece que el salmo del día de hoy puede ofrecernos por lo menos dos pistas para comprender este signo y el inicio de la cuaresma. Comencemos diciendo que este Salmo tiene un tono penitencial, está escrito para demostrar el arrepentimiento del hombre que ha pecado. Y comienza apelando a Dios y su misericordia: «Señor, apiádate de mí por tu inmensa compasión y misericordia, y olvida mis ofensas.» Con esto se muestra que el primer punto para iniciar el perdón es precisamente el reconocer la misericordia de Dios. Si podemos iniciar una oración en donde pidamos perdón a Dios, es sólo porque sabemos de antemano tres cosas que Dios es aquel que tiene piedad, y por ello es compasivo y que tiene misericordia.
La primera característica es la piedad de Dios, el Salmo abre precisamente con esta súplica: “Apiádate de mí”, marcando que Dios es aquel que tiene piedad, que Dios se apiada del hombre. Esta palabra nos remite a la acción que un soberano tiene con su súbdito de abajarse porque le interesa. Por tanto Dios tiene piedad del hombre, porque no hay nada más valioso que el hombre y baja para levantarlo en medio de su miseria. Si el salmista implora la piedad es porque efectivamente, porque sabe que Dios no deja solo al hombre, y al verlo en el pecado lo levanta, lo anima para trasformar su vida.
En segundo lugar nos dice que Dios es compasivo, que en este caso el texto remite a la expresión que habla de la fidelidad amorosa de Dios. Esta compasión en los Salmos generalmente remite a Dios que es fiel en la alianza y no se aleja del hombre, sino que lo llama continuamente para renovar la alianza, para que viva en su amor. La compasión se vuelve así en la actitud que Dios toma ante el hombre que se arrepiente y quiere estar con él. Es la actitud de Dios que responde con bondad y gracia a la fragilidad del hombre para que este vuelva a su lado, para que inicie un camino nuevo y se renueve totalmente en su relación con él. Lo que Dios quiere es precisamente esto, que el hombre no se aparte de él.
Y la tercera característica que el texto litúrgico traduce como misericordia, nos remite al vocablo que se usa para hablar de las viseras, y por tanto de la pasión, del amor instintivo, de la entrega absoluta a favor del otro. Es el amor gratuito, no es una mor de merito, no es que se ame al otro porque se lo merezca, sino que se ama porque existe, se le ama porque es una exigencia del corazón. Esta palabra incluso se llega a comparar con el amor de una madre a sus hijos, un amor que se dona sin medida y acompaña siempre a pesar de lo que pase.
Por tanto, el Salmista reconoce tres cosas fundamentales al pedir perdón: Que Dios tiene piedad, que Dios desea siempre que se esté en unión con él que se viva en alianza. Si pide perdón es porque sabe que Dios no lo quiere lejos de él. En segundo lugar porque Dios es compasivo, es decir sabe que Dios siempre sale al encuentro del que lo busca, pues le ama. Y finalmente porque sabe que Dios lo ama, no por lo que haga, no hay medida de ese amor, Dios lo ama gratuitamente, y ese amor es lo que lo renueva y le ayuda a transformar su vida totalmente.
Y una vez que se reconoce la bondad de Dios e implora su acción redentora, viene una acción fundamental, que es reconocer la culpa. Si bien se implora al amor de Dios, se debe hacer siendo consciente de que uno es el que ha fallado: «Reconozco mis culpas, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti sólo peque…» Con esta frase podemos ver que el hombre vive totalmente arrepentido, pues dice reconocer su culpa. Y cuando habla de reconocer, se habla de dos realidades, por un lado, se da cuenta de su maldad, de su pecado, pero al mismo tiempo este verbo re-conocer, me lleva a ver que está en sintonía del verbo conocer, que en la Biblia nos remite a intimar con una realidad. Si el Salmista dice que reconoce su pecado, quiere decir que experimenta ese mal, que intima con esa maldad, es como si dijese que experimenta la culpa.
Esto nos lleva a contemplar una cosa vital, si uno apela a la misericordia de Dios, implica que debe saberse culpable, y conocer, experimentar su mal, que siente dolor, pues se da cuenta de lo que ha realizado. No es posible pedir a Dios perdón, y pedir experimentar el amor, si uno no se descubre pecador, si piensa que no hace nada malo, o si culpa a otros de sus acciones.
Y hay que ver un detalle más, que al declararse culpable, no simplemente es alguien que pide piedad, sino que también hace una profesión de fe. Pues pide piedad a quien sabe que tiene esa piedad y que le ama. Hace una súplica a aquel que sabe que es amor, y ello implica que con su suplica anuncia que cree en el Dios que le ama y se dona gratuitamente a él. De esta manera esta oración de perdón se convierte en una oración de fe, de fe en el Dios que ama y renueva su alianza con el hombre.
Podemos decir que el signo de la ceniza es justamente esto. Es un signo con el cual reconocemos que somos pecadores, reconocemos nuestras culpas. Sería absurdo que alguien tomara la ceniza y no se supera pecador, sería tan solo una caricatura de rito vacío y sin sentido alguno. De tal modo que la ceniza debe ser esa toma de conciencia que nos lleve a reconocer quienes somos, nuestros errores, y faltas. Pero al mismo tiempo, debe llevarnos a reconocer que Dios nos ama, se nos impone la ceniza porque nos sabemos frágiles, pero nos sabemos amados por Dios. La Ceniza debe de ser el signo por el cual nosotros sabemos que Dios nos ama, y que por ese amor todo es posible. Muchos podrían tener este signo sólo como una señal de su pecado, pero eso es una visión incompleta, pues debemos de ver que estamos llamados a un cambio por el amor, por la gracia de Dios y no por nuestras fuerzas o nuestros actos. Si el mismo Salmo habla primero de ese amor de Dios es porque experimentando eso, se puede iniciar la conversión. Si la cuaresma es un tiempo para meditar en nuestras vidas e iniciar un camino nuevo, sólo posible porque durante este tiempo nos descubrimos amados por Dios, y sin esta realidad, no es posible ni vivir la cuaresma y mucho menos la Pascua a la cual estamos llamados cada uno de nosotros.

6/3/11

Cimientos...

Meditación con motivo del IX Domingo de tiempo ordinario
Ciclo /A/


Textos:
Deuteronomio11,18.26-28.32
Romanos 3,21-25.28
San Mateo 7,21-27

En nuestra vida y en nuestra propia realidad podemos constatar que en muchas ocasiones estamos rodeados o hemos sido causa de situaciones que son efímeras. Podemos constatar como en la realidad no hay coas muy sustentables, presenciamos cantidad de contradicciones y falta de promesas en los ámbitos político-sociales, vemos como hay una falta de sustento en lo que se denomina modas, ya sea en el vestir, la música o en infinidad de cosas, donde todo pasa rápidamente, y no hay algo que las sustente. Donde no hay un valor de las cosas, sino sólo lo inmediato, y lo que antes era algo bueno hoy es un absurdo. Somos espectadores de un mundo que es en muchas posiciones superficiales, donde no hay promesas, donde lo que hoy se dice mañana desparece o se olvida, donde no hay un espacio para generar auténticamente una historia sólida anclada en la experiencia del pasado, que alienta y ayuda al progreso de la historia, sino que simplemente se queda en el olvido, sin formar un verdadero desarrollo histórico.
Ante esta situación debemos de preguntarnos cuales son los cimentos en los cuales se ha fundamentado la cultura, las promesas, los valores, y las propias vivencias de nuestra historia. Porque finalmente, si las cosas pasan de moda, lo que antes era un valor hoy es algo retrograda, lo que se promete nunca se cumple, implica en el fondo que no hay una buena cimentación de la realidad, o es un cimiento sumamente efímero.
Esta es la realidad que el evangelio de san Mateo nos presenta hoy, en esta parábola que Jesús cuenta a su discípulos, a modo de cerrar el sermón de la montaña que desde hace cinco semanas comenzamos a leer y el día de hoy finaliza justamente contesta parábola invitando a los discípulos a descubrir cuáles son los cimentos de su vida. Esta parábola que Jesús cuenta es fundamental pues cierra este largo discurso y les recuerda el sentido de todo este itinerario que les ha ido presentando. Si bien les ha hablado de la bienaventuranzas, les ha propuesto la misión de ser luz y sal en medio del mundo, de llevar a plenitud la ley, incluso al extremo de amar al enemigo, y de confiarse totalmente en el Padre, siendo capaces de disfrutar la vida, el día de hoy Jesús cierra magistralmente este discurso, recordando que todo lo que deben hacer no es sólo para memorizarlo y anunciarlo, sino que deben hacerlo, deben vivirlo, no vale decir “Señor, Señor”, ni anunciarlo en medio de las plazas, sino que deben vivirlo radicalmente. Todo el Sermón, no se reduce a un conjunto de doctrinas para aprenderlas de memoria, sino para hacerlas vida, sólo así esa enseñanza da vida y adquiere un cimiento sólido.
Y ello lleva a reconocer que en la vida debemos de ir construyendo nuestra vida con auténticos cimentos en medio de la historia. El problema es que nosotros muchas veces no hacemos cimientos en la vida, o bien lo hacemos de manera muy superficial, como diría el evangelio, lo hacemos solamente en la arena, y ante cualquier situación codo cae, todo viene para abajo, pues todo es tan frágil y tan endeble que no tiene una subsistencia realmente en la vida.
De ahí que, debemos pensar cuales son los cimientos sobre los cuáles se fundan tantas cosas, que no dan sentido a las cosas. Si lo pensamos bien, muchas veces se hacen promesas que no se cumplen, y es porque el cimento de esas promesas, no están en la realidad, no están en un espíritu de de servicio, de ayuda, sino que simplemente están en la propia conveniencia, están resumidas en un solo interés, y por supuesto que cuando ese interés se logra, la promesa cae, pues es arena, es fugaz el cimiento. O bien, vamos cimentando la vida con cosas de momento, con lo llamativo, con lo que brilla y llama la tención, pero no en algo que realmente sea sólido, así cuando esto pierde su brillo, se derrumba, o cuando hay otra cosa que tiene su brillo más intenso, todo cae. Lo podemos ver en la moda, en la música, que no tienen un fundamento sólido, sino que simplemente, es lo que llama la atención, el cimiento de es lo es que sea llamativo y cuando surge algo más llamativo, eso desparece, pues el cimento es vender, es consumir, pero no es algo sólido.
Finalmente si los valores ya no existen o van en decadencia, o se ven como algo retrograda, es finalmente porque hoy en día no son llamativos, no tienen los fundamentos con los que fundan la realidad que es efímera y pasajera que en un momento ya no son importantes, sino que se generan otros valores o bien, otros estilos de vida, o bien, los tomamos tan a la ligera que o incluso podemos ver que es la moda deshacerse de lo antiguo. Todo debe evolucionar, todo debe cambiar, el problema es cuando esa evolución se da sin tomar en cuenta el bagaje histórico-cultural y se quiere hacer una nueva historia. Ese es el problema, pues no hay algo sólido, no hay experiencia, sólo es momentáneo, se puede destruir y no haber realmente una memoria del suceso, algo que fundamente, que enseñe, que de experiencia.
El problema de los cimentos es que están sobre arena, sobre el interés de alguno, sobre el propio beneficio, sobre una ganancia, sobre cosas momentáneas, pero no sobre algo que realmente de sentido a nuestras vidas, no sobre un valor que enseñe el sentido del caminar en la historia, sino solo sobre algo aparatoso.
Con esta parábola Jesús pone en claro que debemos de revisar cuales son los cimientos de nuestras actividades, y sobre todo ver cuáles son los cimentos de nuestra fe, porque si nuestra fe se cimienta sobre el poder, la mera piedad, la mera superficialidad religiosa, en una mera oración, en un mero devocionalismo, en un mero conocer cosas, en conservar ritos y estructuras, pues no servirá de nada, sólo será un cimento sobre arena que al final terminará por caerse y ser destruido.

27/2/11

«No se inquieten por su vida…»

Meditación con motivo del VIII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 49,14-15
1 Corintios 4,1-5
San Mateo 6,24-34

Seguimos leyendo el denominado Sermón de la montaña, en donde Jesús va colocando los fundamentos para la vida espiritual del discípulo, es decir lo que el discípulo debe de hacer para conformar su vida interior. Hemos escuchado a través de estos domingos los diversos elementos que Jesús va presentando a sus discípulos. En primer lugar las bienaventuranzas, donde presenta una serie de parámetros, para la vida del discípulo, las directrices que deben tenerse para ser auténticamente discípulo de Cristo. Posteriormente escuchamos la consecuencia de estos parámetros, que lo deben de llevar a ser sal de la tierra y luz del mundo, mostrando que el discípulo tiene en la mira la fecundidad e iluminación del mundo. De la historia del hombre, son basta con escuchar a Cristo y transformar la vida, sino que debe de trasmitir esto a los demás, transformando totalmente las estructuras de la historia. Posteriormente escuchamos que Jesús coloca la plenitud de la ley, y tomado lo que dice la ley antigua, la corrige y le da un sentido más amplio, teniendo como medida la vivencia del amor, este amor que desemboca como decía el evangelio del domingo pasado, en el amor a los enemigos, invitándolo a descubrir que el hombre no puede vivir atrapado en su ira y rencor, sino que está llamado a liberarse de esos sentimientos y vivir desde la dinámica del amor.
Hoy Jesús da un paso más profundo y enseña algo fundamental en la vida del creyente: El saber disfrutar la vida, reconociéndola como un don. Esto es un elemento vital, pues de nada serviría una trasformación, si uno no es capaz de disfrutar la propia vida, pues todo lo que se hace, se piensa, se renueva se hace por el hecho de disfrutar la vida, de alegrarse con la vida misma. Por esto Jesús dice al comenzar este tema: «No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir», y para finalizarlo lo remarca diciendo: «el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción
En una primera lectura esto podría causar una cierta incertidumbre, pues pareciera que Jesús nos dice que no nos preocupemos por nada, pareciera que dijera que no importara que nos esforzáramos por hacer nada porque todo vendrá por añadidura, o bien podría parecer que es una discurso un tanto irreal, desencarnado de la realidad, puesto que uno se preocupa por comer, o por darle de comer a los seres queridos, ¿Cómo viene Jesús a decirnos que no nos preocupemos por esto? Sin embargo, no es así, este discurso no propone ni el desentendimiento del trabajo, ni la banalización de lo necesario. Propone en primer lugar el descubrir el valor de la vida, y en segundo lugar, descubrir que el autor de esta vida es Dios.
Si nos fijamos Jesús dice: «No se inquieten por su vida…» Y el verbo “inquietar”, que utiliza el evangelio, se refiere no simplemente a una preocupación, sino que refleja la idea de afanarse, de darle vueltas a una cosa, de pensar siempre lo mismo, de tener una fijación en una realidad. Lo que Jesús está pidiendo es que el discípulo no se afane por la vida. El problema no es buscar las cosas, el problema no es si uno debe buscar su alimento, sino que el problema se centra precisamente en el que sólo se piensa en eso, en que la vida gira en torno a la comida, al vestido, y vive tan afanado y preocupado por eso que descuida lo que realmente vale la pena.
Los que Jesús trata de mostrar con esta frase es que el hombre no debe de vivir aferrado a las cosas materiales, dando sólo vueltas a esas realidades, puesto que puede descuidar las cosas que realmente son importantes. Pude uno estar tan atareado con la comida, con el vestido, o con tantas cosas y olvidar vivir su propia vida. Ese es el problema, ese es el riesgo que uno se enfrenta, y que Jesús quiere evitar. Coloca el ejemplo de las aves del cielo y de las flores del campo, tratan de hacer entender que ellas tienen lo necesario, pero no por ello andan dando vueltas a las cosas, viven su propia vida, su propia realidad.
EL discípulo debe saber vivir su vida, debe reconocer que ciertamente hay cosas importantes que hacer, que buscar, pero que debe disfrutar su vida, que debe descubrir lo que su vida es. La vida no puede encerrarse a una comida, a un vestido, a un dinero. La vida es más que eso. Cuántos padres de familia a veces por el trabajo descuidan a sus hijos, ciertamente le dan vestido, comida, y cantidad de cosas, pero también es necesario un momento de escucha, de conocerlos, de compartir su vida. EL discípulo debe ser aquel que es capaz de disfrutar su vida, de descubrir lo valioso que es la vida.
Por un lado, Jesús invita a ver esa depreciación, en el sentido de no vivir afanados, no cerrar la vida sólo a lo material. Pero por otro lado, invita a descubrir la providencia de Dios, que mantiene la vida. La idea que Jesús trasmite es que las aves reciben el alimento de Dios. Marcando que finalmente Dios está detrás de todo, ello implica que el discípulo de Jesús es aquel que por un lado, sabe disfrutar la vida, pero también descubre a dios en su vida. Muchas veces Dios pasa desapercibido en la vida, porque imaginamos que Dios debe hacerse presente en cosas extraordinarias y llamativas, pero no es así, Dios se hace presente en lo sencillo de la vida, Dios se hace presente en lo cotidiano de nuestro caminar. Si nosotros abrimos bien los ojos podemos ser capaces de descubrir que Dios está cerca de nosotros, que se hace presente en pequeñas coas, como la sonrisa de alguien, el encuentro con el amado, con el amigo, en algo bueno que me sucede, en una situación que me ayuda a mejorar, en esos y otros lugares encontramos a Dios.
El discípulo por lo tanto es aquel que debe saber disfrutar la vida y darse los espacios para descubrir todo lo que es la vida y le rodea, y ser capaza de percibir que Dios nunca nos deja, Dios está cerca de nosotros y se va haciendo presente en las pequeñas cosas de la vida, pues nos ayuda y nos va mostrando así su amor por nosotros. Esto es la providencia divina, que no se limita sólo a pensar que Dios nos debe de dar casa, sustento y vestido, sino que la providencia de Dios, es la capacidad que el hombre tiene para encontrase con Dios en su vida, descubrir que la vida es un don de amor, y que por ello debe valorarla, por un lado trabajando y esforzándose por alcanzar lo necesario para la vida, pero también disfrutado de ella, y con aquellos con los que se convive cotidianamente.

13/2/11

Ley...

Meditación con motivo del VI Domingo de tiempo ordinario
Ciclo /A/


Textos:
Eclesiástico 15,15-20
1Corintios 2,6-10
San Mateo 5,17-37

Hoy en día el hombre busca una identidad, algo que lo identifique plenamente y le dé así razón de su ser en medio del mundo. De esta manera van surgiendo ideologías que otros proponen, o surgen modas, surgen grupos, surgen un sinfín de situaciones que permiten al hombre tener un lugar en la historia y por lo tanto, tener una razón de ser en la historia. Desde luego que estas ideologías, estas modas son parte del comportamiento de una sociedad, son medios por los cuales el hombre se expresa y se identifica. Esta identificación se logra en la medida en la que los intereses se van conjuntando y se va adquiriendo cierto perfil. Pero finalmente todas las ideologías, todas las posturas y grupos se unen por uno o varios elementos en común que los identifican, pero finalmente esos elementos no conforman a todo el hombre, no abarcan toda su humanidad en sí misma. La grande pregunta sería ¿Qué es lo que puede dar identidad al hombre en su plenitud? Una identidad independientemente de ciertos modos de pensar y ciertas maneras de vivir.
El día de hoy la liturgia ofrece la identidad del hombre que le muestra cuál es su misión en el mundo, cuál es la razón definitiva de su historia, de su caminar por el mundo. Esto se puede expresar desde la categoría bíblica de la Ley.
La Ley es uno de los temas centrales de la Escritura, un tema central dentro de su espiritualidad, pues a partir de esta Ley comienzan atener una personalidad, comienzan a tener una identidad delante de los pueblos y delante de Dios que le ha dado esta Ley. Pero esta ley no es simplemente un conjunto de normas sociales que deben ser admitidas como obligatorias y cuyo rompimiento implica una sanción, no es simplemente un elenco de acciones que se deben hacer o que se deben evitar. Considerar así la Ley es quedarse a un nivel meramente jurídico.
La Ley para un judío es mucho más que eso, no son simplemente normas preestablecidas de lo que se debe hacer o no, para obtener una buena convivencia en medio de la sociedad. La ley para un judío es toda una forma de entender la vida, es aquello que da sentido a la identidad judaica, el, conjunto de enseñanzas de Dios. La Ley debe servir para conocer a Dios, y para conocerse a sí mismo, la Ley le debe de dar un sentido de identidad y de identificación como parte del pueblo de Dios. De tal modo que estas enseñanzas no se refiere a simples prácticas sociales, no sólo a convivencia social, no sólo del derecho y justicia; sino de lo que es el hombre es y está llamado a ser, hablan de la libertad al nivel más profundo, hablan de la relación del hombre con el cosmos, con los demás seres humanos, consigo mismo, con el mundo de lo divino. La ley es todo, da sentido al hombre, traza un rumbo, permite explicar el pasado.
Podemos entender así que la ley es un don extraordinario con el cual Dios le ha dado al pueblo un camino para que llegar a la liberación. La ley se convierte así, en una pedagogía de la fe, que les abre al misterio de Dios y a comprender su identidad, descubrir su vocación delante dl mundo y de su propia historia.
De esta manera la ley se convierte en el medio con el cual el hombre puede conocer cuál es su identidad. Sin embargo, esta ley del Antiguo Testamento que daba los lineamientos para alcanzar la libertad y por ende la esencia y vocación del hombre, debía perfeccionarse y llegar a plenitud. Y es precisamente lo que Jesús manifiesta: «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.» Este dar plenitud, significa darle un cavado final, tener la capacidad de darle un sentido final a la historia. Dar cumplimiento, significa en griego la idea de llenar un vaso, por lo tanto indica la capacidad de a completar las cosas, no porque aquella Ley del Antiguo Testamento esté mal, sino porque es necesario llenar algunos huecos, que permitan conocer el sentido profundo de la Ley, y de la vocación al hombre que tiene como fin último la experiencia del amor. Ese mayor que en la Antigua Ley se limitaba a ciertos aspectos que llevan a la vivencia de la libertad ahora con Jesús adquiere un nuevo sentido, mostrando cuál es el alcance del amor.
Estos alcances los s describe aquí Jesús de manea muy sintética. Nos dice que no matemos, pero ello no implica simplemente un acto externo, sino nos lleva a profundizar en nuestras palabras que muchas veces asesinan a los otros, invitando a superar todo tipo de ira y de violencia. Jesús habla del divorcio y del adulterio, marcando que no son sólo aspectos externos, sino que invita a una fidelidad profunda, que debe partir de la interioridad del creyente. Invita a no jurar, con el fin de reconocer que el hombre en sí mismo debe de ser veraz, debe de ser fidedigno, de una pieza, no simplemente porque hay un juramento de fondo, sino porque él desde su vida de fe, desde su testimonio es capaz de dar juicios auténticos, sin verse obligado a nada, pues su vida es una veracidad total. De este modo Jesús marca los elementos que dan la pauta para profundizar en la ley, sin embargo se irán profundizando a lo largo del evangelio con la predicación de Jesús y su propia vida.
Con esto Jesús nos enseña que aquella Ley del Antiguo Testamento no es algo anquilosado, caduco, sino que hoy en día tiene su actualidad, esa palabra es siempre nueva, y cobra vigencia. Es una Ley vigente y actual, no en la minuciosidad de sus detalles condicionados por la historia, sino en la riqueza salvífica que nos proporciona. No es que Jesús venga a traer algo novedoso, sacado de la nada, sino que toma lo que tiene y desde ahí construye la plenitud de la vida.
Hoy deberíamos de descubrir este mensaje, comenzar a vivir desde esta dinámica del amor. A lo mejor al ver las exigencias de Jesús podríamos tener miedo y creer que es muy difícil, que no podemos, pero debemos de partir como Jesús. Jesús no partió de cero, sino que vio lo que había, había una Ley y desde allí la llevó a plenitud. Hoy nosotros a escuchar el evangelio debemos de ver que hemos hecho, que cosas he realizado, descubrir las cosas buenas que tengo en mi vida, no es para ver los vacios o las fallas, sino es momento de ver los aciertos y desde esas cosas buenas irlas perfeccionando, perfeccionar esa paciencia que ya he ejercitado, esos consejos que he dado, esas amistades que me hacen crecer, ese diálogo que he llegado a tener, y partiendo de eso que hemos hecho, vayamos perfeccionándolo y llevándolo a plenitud, teniendo siempre el evangelio que va marcando las pautas para seguir caminando en medio de nuestra vida de fe.

6/2/11

Testimonio: Sal y luz

Meditación del V Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/


Textos:
Isaías 58,7-10
1Corintios 2,1-5
San Mateo 5,13-16

Siempre que se habla de la vida cristiana y de sus múltiples conceptos, la principal característica que se aborda al respecto es sobre la importancia de dar testimonio. Incluso el mismo Papa Pablo VI decía: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros», marcando de ese modo que, la base del cristianismo no está simplemente en dar anuncios o bellos discursos, sino en la importancia de dar testimonio.
Y ciertamente esto es un punto vital, sin embargo ¿Cómo es posible dar testimonio de la vida de fe? Se habla tanto de esto, pero cuál es el parámetro para dar este testimonio, de dónde surge esa capacidad para dar testimonio. Me parece que ese parámetro se nos presenta de una manera extraordinaria en el texto del evangelio del día de hoy. Jesús ha comenzado la predicación del sermón de la montaña, ha presentado las bienaventuranzas como el pórtico que manifiesta la identidad cristiana e inmediatamente habla del dar testimonio de la vida cristiana y para ello utiliza dos imágenes: Sal y luz.
«Ustedes son la sal de la tierra.» ¿Qué significa ser sal? Dentro de la tradición bíblica podemos encontrar diversos pasajes que hablan de la sal, con significados muy precisos, que nos pueden ayudar a comprender estas palabras de Jesús.
La sal tiene diversos significados a lo largo de la Escritura, conocerlos un poco implica acercarse al significado de estas palabras. Meditemos en dos aspectos. En el libro de los números, por ejemplo, se habla de poner sal como signo de la alianza (Nm 18,19), una práctica que después del exilo se seguirá haciendo, pues se coloca la sal en las ofrendas como signo de ese vinculación con Dios. Por otro lado, la sal dentro de la vida común es un signo de conservación. Pero también la sal sirve pata que los alimentos no se corrompan.
A la luz de esto, Si Jesús dice que somos la sal, quiere decir que somos llamados a ser signos de alianza. Debemos llevar a los hombres hacia el encuentro con Dios. Debemos mostrar que Dios no nos deja, sino que está cercano a nosotros. Nuestra vida, debe ayudar a los demás a encontrase con Dios. Jesús nos está llamando a ser sal de la tierra, nos está llamando a ser signos de unión con Dios, de llevar a los hombres al encuentro con Dios, no se puede ser auténtico discípulo, sino se lleva al encuentro con Dios. Si yo analizo mi vida, mis palabras, mis acciones, mi modo de ser, hasta que punto soy realmente signo de unión, hasta que punto soy un signo de que Dios está conmigo y lo puedo acercar a los demás.
Por otro lado, la sal evita la corrupción, por lo tanto si el discípulo está llamado a ser sal, implica que debe de quitar la corrupción. Así como la sal evita que los alimentos no se corrompan, también el creyente debe evitar que la humanidad se corrompa. Ser sal se convierte entonces en una misión en donde todos estamos llamados a quitar la corrupción del mundo. Es decir, estamos llamados a quitar todo aquello que va haciendo de la sociedad algo descompuesto.
De esta manera ser sal implica comenzar a ser honesto, a vivir en la verdad, en el encuentro con los otros. Ser sal es ayudar a descubrir a los demás, a partir de mi propia experiencia que se puede verificar, lo que hace daño, lo que perjudica a la vida, lo que acaba con los verdaderos sentimientos.
Dar testimonio por lo tanto es comenzar a ser sal en medio del mundo, es comenzar a ser un signo de Dios, a mostrar que Dios está cerca de mi vida, y para ello debo de ser capaz de descubrir que Dios está realmente en mi vida. Y por ende quitar todo aquello que me corrompe y no me ayuda a superarme.
Cuando nosotros somos sal, somos capaces de hacer fecunda la vida de los demás, somos capaces de acercarle a Dios y de evitar la corrupción en medio del mundo. Entonces podemos vivir la segunda imagen que Jesús nos presenta: Ser luz, ser signo de la presencia de Dios en medio de la historia. La luz es un signo de salvación, si estamos llamados a ser luz quiere decir que estamos llamados a partir de nuestra cercanía con Dios y quitando todo elemento de corrupción, podemos iluminar la vida de los demás, podemos mostrar que Dios está en notros y por tanto, podemos ser mensajeros de salvación para el mundo.
Estamos llamados a ser es luz del mundo, que sólo es posible en la medida en la que soy sal. Esto es así, pues no es posible ser luz e iluminar la vida de los demás, si no me doy cuenta y ayudo a otros a descubrir a Dios en medio de la vida. Sería absurdo querer iluminar a los demás, cuando ni siquiera me siento cerca de Dios, si no soy capaz de verlo, ni de entender su Palabra. No es posible iluminar a otros, si no quito los elementos de corrupción. ¿Cómo iluminar a otros si vivo en la mentira, si estoy chantajeando a los demás, si busco el poder y estar bien con mi fama? Eso es imposible, realmente estamos apagados, no somos auténticamente luz.
Claro que ese acercar a Dios, y por tanto quitar la corrupción, que es la luz auténtica, no es una luz muy llamativa para el hombre de nuestros tiempos, puesto que muchas veces esa corrupción, esa mentira, esa destrucción, esos engaños son parte de su ‘modus vivendi’, y no le conviene anunciar esto, incluso parecería un absurdo querer quitar la corrupción del hombre a partir de la verdad y la misericordia, de la solidaridad y la humildad. Estas cosas no son llamativas, sin embargo esos son los criterios del evangelio, esas son las características vitales, esas son finalmente la verdadera sabiduría de la que habla san Pablo en la segunda lectura, cuando invita a la comunidad de Corinto: «No basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.» Y esa sabiduría finalmente es la de la cruz, al de la entrega, la del amor, que en el fondo es la sal que fecunda la tierra, que nos acerca a Dios redimiéndonos de todo pecado y que es la fuerza para vencer toda corrupción que tiene a la raíz el odio y el egoísmo.
Dejemos que esta Sabiduría de Dios, que es la vivencia del amor sea quien sacuda nuestra vida y haga de nosotros ser conscientes de que estamos llamados a ser sal y así ser esa luz que Jesús necesita en medio del mundo. Pues sólo así se puede ser ese testigo, sólo así se puede dar testimonio de la vida de la fe, sin esto, lejos de ser un testimonio, sólo será una prédica más, un concepto más, pero no una fuerza capaz de transformarlo todo.

30/1/11

«Subió al monte y se sentó...»

Meditación con motivo del IV Domingo de tiempo Ordinario
Ciclo /C/

Textos:
Sofonías 2,3.3,12-13
1 Corintios 1,26-31
San Mateo 5,1-12

El día de hoy el Evangelio nos presenta el inicio del Sermón de la montaña, en donde Jesús presenta a sus discípulos el camino que deben de seguir dentro de su vida interior. Muestra el camino espiritual que deben seguir cada uno de ellos. Con este discurso se abre el primero de cinco discursos donde Jesús, irá colocando los elementos de una nueva ley para la comunidad de los creyentes. Centrémonos hoy en el marco narrativo en donde se dan las bienaventuranzas, pues este marco nos da los elementos para entender cuál es la esencia y el espíritu de las bienaventuranzas.
Este discurso se sitúa en medio de la necesidad de la comunidad, pues dice el texto la razón por la cual Jesús pronuncia este discurso: «Cuando Jesús vio a la muchedumbre.» Por tanto, este discurso es consecuencia de una necesidad, pues Jesús ve, y al decir “ver ” no se refiere a echar un mero vistazo, sino que Jesús “ve” a la muchedumbre, y ello implica que se trata de un verbo con una fuerte connotación teológica, que se puede encontrar en otros pasajes bíblicos. El verbo “ver” hace referencia a un texto fundamental de la tradición israelita, concretamente, del libro del Éxodo, cuando Dios se aparece en la zarza a Moisés y le dice: «bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto y he oído el clamor de los israelitas bajo sus opresores». Este verbo “ver”, cuando se refiere a Dios, no alude al conocimiento o descubrimiento por parte del ser divino de algo que antes le era desconocido. Para nosotros sí es así: el ver nos inicia en la experiencia del conocer; cuando vemos algo por primera vez empezamos a conocerle, en cambio en Dios “el ver” significa una acción divina que implica su intervención; el “ver” de Dios significa actuar, intervenir en la historia; ver a su pueblo significa relacionarse con él; ver el sufrimiento significa intervenir para que ese sufrimiento cese; siempre se alude a una intervención salvífica de Dios en la historia. No es, pues, una mera contemplación, sino una decisiva intervención divina para transformar la realidad. Por eso san Mateo utiliza esta expresión para remarcar que Jesús comienza a actuar en la historia, ha contemplado al pueblo, contempla su necesidad y ante ello debe actuar, debe dar el inicio de su liberación. De esta manera las bienaventuranzas que serán proclamadas serán ese mensaje que trae liberación.
«Subió al monte y se sentó.» El “monte” en la Biblia, es un símbolo dentro de la Biblia, cuando se habla de monte en singular, se hace referencia al ámbito de Dios (mientras los montes o las montañas, en plural, aluden a los falsos dioses), y el ámbito de Dios en cuanto accesible al hombre, porque “el cielo” también es un término que alude al ámbito de Dios, pero en cuanto trascendente, inalcanzable, incomprensible e inaccesible para el hombre. El “monte”, pues, es el ámbito de Dios que queda abierto para el hombre; por ello, quedan englobadas por el simbolismo del monte aquellas realidades que Dios ha ofrecido como mediadoras de su presencia entre los hombres: la revelación, en primer lugar, la alianza, la gracia, etc. En última instancia, el monte hace referencia a la “historicidad” de Dios, es decir, a su contacto con la historia, a su caminar con los hombres, a su compartir con ellos su vida y su destino. Ahora bien, al decir que el monte es el ámbito de Dios en cuanto accesible al hombre no queremos decir que el hombre, por sí mismo, pueda tener acceso a dicho mundo; siendo de Dios, ese mundo está siempre por encima de las capacidades humanas. Sin embargo, el monte representa la irrupción gratuita de Dios en el mundo humano, de donde la accesibilidad a dicho mundo es donación de gracia. Con esto somos invitados a subir al monte, somos invitados a reconocer que debemos dejar de lado las situación caducas de la vida y encontrarnos con Dios, ser capaces de descubrir dónde está Dios en medio de la historia, dónde se manifiesta Dios. No es posible vivir en la dinámica del evangelio si no subimos al monte, si no somos capaces de descubrir que Dios está en la vida. Subir al monte es subir al encuentro con Dios, y ello implica ya un esfuerzo. Esta será la vida del discípulo, subir siempre al monte, ser capaces de descubrir como siempre Dios está en medio de todo, aunque a veces es borroso y difícil de verlo, pero hay que subir hay que esforzarse.
Algunos podrían decir ¿Por qué subir al monte? Hay que subir al monte, porque Jesús nos introduce en esta vida desde su autoridad, sólo él es capaz de hacernos subir. Por ello, san Mateo nos narra que Jesús hace algo que es imposible para el hombre, pues no sólo “sube” al monte sino que, además, “se sentó”. Sentarse implica un símbolo de dominio, de autoridad que el gesto de sentarse trae consigo. Si podemos subir es porque Jesús domina el ámbito divino. Así, san Mateo nos presenta a Jesús no sólo como uno que logra penetrar en el ámbito de lo divino, sino como alguien que se encuentra en ese ámbito como en su propio terreno, a sus anchas, dominándole, gestionándolo y haciéndolo, además, verdaderamente accesible para sus discípulos. De esta manera Jesús domina este ámbito y lo acerca a los hombres, que viven empequeñecidos por la historia, que viven cabizbajos por el mundo, Jesús trae un mensaje, que en el fondo les hace penetrar en lo divino y eso les capacita para entrar en la plenitud de la liberación, una liberación que se hace con el contacto con lo divino. Jesús se sienta, domina ese ámbito, y sus palabras son de ese ámbito, las bienaventuranzas se convierten de esta manera en una palabra de liberación que al hacerlas nuestras nos hace entrar en contacto con Dios.
Si tenemos por Jesús la capacidad para vivir en ámbito de Dios eso nos lleva a ser responsables y descubrir nuestro papel en la vida de fe, por ello inmediatamente después se dice: «Entonces se le acercaron sus discípulos.» Con esta descripción de la cercanía de los discípulos el evangelista está perfilando su propia imagen de la comunidad cristiana. La comunidad debe vivir permanentemente en un solo esfuerzo: acercarse a Jesús. No es posible entrar en el ámbito de lo divino y recibir el mensaje liberador, si uno no se acerca a Jesús, si uno no hace que Jesús sea el parámetro y la fuerza para transformar la propia historia. Ese acercarse es escuchar su Palabra, es esforzarse por vivir el evangelio. No es posible escuchar el sermón de la montaña, no es posible escuchar estas bienaventuranzas, si no tenemos esta capacidad de esfuerzo, por estar junto a Jesús. El hombre que dice escuchar a Jesús, conocer su mensaje, que incluso lo anuncia debe de estar junto al maestro, de lo contrario es un farsante, es un conocedor de conceptos, pero no es discípulo, ni ha entrado en la montaña, en el ámbito auténtico de Idos, pues sólo ve las cosas desde sus conceptos, pero no desde Dios.
De esta manera cada una de las bienaventuranzas será la explicitación de este entrar en contacto con Dios y la invitación a vivir el espíritu de las bienaventuranzas. Somos invitados a subir al monte y eso implica: asumir la pobreza, llorar, ser manso, pasar hambre y sed de justicia, practicar la misericordia, vivir con un corazón limpio, trabajar por la paz, ser perseguidos por la justicia. Sólo así podemos vivir en la dinámica de Dios, reconociendo qué el está en medio de nuestra vida, y así vivir cerca de Jesús, vivir cerca del maestro que da la capacidad para que esa vida junto a Dios sea posible en cada uno de nosotros, pues estar junto al maestro no será otra cosa, sino experimentar su gracia, que es fruto de nuestro testimonio en medio de la historia , que en las bienaventuranzas se expresan con fórmulas de gozo y plenitud, que son la muestra de que efectivamente vivimos junto a Jesús:
“de ellos es el reino de Dios”,
“serán consolados”,
“heredarán la tierra”,
“serán saciados”,
“obtendrán misericordia”,
“verán a Dios”,
“se les llamará hijos de Dios”
Cada uno debe leer cada bienaventuranza para que sea el Espíritu quien le mueva a introducirse en la vida en Dios, y recibir la gracia que viene de él, pues finalmente las bienaventuranzas sólo se pueden vivir desde esta dimensión de entrar en la vida de Dios (Subir el monte), ser capaces de descubrir que Jesús tiene la autoridad para mostrarnos a Dios (sentarse en el monte) y darnos su gracia, y así acércanos a él como los discípulos para recibir la herencia que la vida en Dios nos da.

23/1/11

«El pueblo que caminaba en las sombras ha visto una gran luz...»

Meditación con motivo del III Domingo de tiempo Ordinario
Ciclo /A/


Textos:
Isaías 8,23.9,1-3
1Corintios 1,10-13.17
San Mateo 4,12-23


Hoy en día el hombre vive atrapado entre tantas realidades, que a veces sufre una crisis de personalidad y no logra descubrir quién es él, y hasta dónde puede llegar, pues hay tantos caminos tantas ofertas, tantas propuestas que el hombre se pierde en este mar de informaciones y propuestas. Sin embargo el hombre debe abrirse camino entre estas y ser capaz de descubrir su identidad.
Sobre esta situación nos habla la liturgia del día de hoy, y de manera específica la primera lectura: «El pueblo que caminaba en las sombras ha visto una gran luz.»El texto nos alude a una situación de tiniebla que vive el pueblo, un mundo de sombras, y eso nos remite a una realidad incompleta del hombre. Ser sombra implica que el hombre que es incompleto, si lo pensamos bien, la sombra es una especie de reflejo de alguien, es su persona, pero un tanto distorsionada, pues tiene su figura, pero no una especificidad más profunda, de ahí que estar en medio de las sombras implica que vive en medio de una situación desvirtuada, con una identidad incompleta, no alcanza el mismo a percibirse, no alcanza él mismo a reconocerse. Tiene una identidad, pero no es una identidad total, está desfigurado.
El profeta Isaías remite aquí a la situación del pueblo, que debido a sus fraudes, a su pecado, se han ensombrecido, han perdido su identidad de pueblo. Su injusticia lo ha hecho incapaces de ver su realidad y sobre todo los ha hecho perder la razón lo que son, su esencia, ahora ´solo queda una sombra, son ellos, pero totalmente desvirtuados, son ellos, pero incapaces de descubrirse en medio de las sombras, solo ven su oscuridad, y sólo se entienden desde esa oscuridad, desde su mal, pareciera que no hay solución, caminan en medio de la tiniebla. Con estas sombras, el autor quiere marcar que el pecado hace que el hombre camine sin su plena identidad, sin ser capaz de reconocer quién es él, sin ser capaz de descubrir su misión en la vida, de descubrir quién es él medio del mundo.
Esta situación que nos narra el profeta Isaías, esta vida en medio de las sombras, es una situación que también se vive hoy en día. Cuántas personas viven hoy inmersas en la sombra, en esa desvirtuación que produce el pecado, pero una desvirtuación que se va desarrollando en varios niveles. Esas sombras pueden verse hoy en las personas que saben que existen, pero sin llegar a identificarse, porque están sumergidos en medio de la cultura, de los medios de comunicación, de la moda, de las desilusiones, de las imágenes, pero nos son capaces de descubrir quienes son realmente. Puede ser que no logren captar quienes son por el exceso de información que finalmente nos desinforma, y no nos hace capaces de descubrir cuál es la realidad. O bien vamos viviendo creando una imagen de nosotros, para parecer buenos, para tener éxito, hasta el punto de perder de vista quienes somos. Incluso ante las diversas puestas en escena de lo que se nos presenta como moda, para tener una figura ideal, o comer ciertas cosas, perdemos nuestra identidad de lo que realmente somos, sin llegar a percibir quienes somos y sólo nos quedamos anhelando eso, o pareciéndonos a un prototipo sin ser realmente nosotros. O incluso ante la desilusión de la vida, por los problemas, las crisis olvidamos nuestra identidad, y nos perdemos en nuestras sombras. El hombre de hoy vive de sombras, porque no alcanza a ver en medio del bombardeo de información, de propuestas y de desilusiones, quién es realmente.
Podríamos ver ante esto un panorama tétrico, sin embrago el profeta no se limita sólo a marcar la situación del pueblo que está sumido en medio de las tinieblas, sino que anuncia la esperanza: «El pueblo que caminaba en las sombras ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.» Ese pueblo camina en las sombras pero ven la luz, hay una esperanza.
Meditemos sobre el símbolo de la luz en la Biblia. La luz hace referencia a la inteligencia, es decir, a la manera como el hombre es capaz de ver y juzgar la realidad. En cierto modo, el pecado comienza siempre por una distorsionada percepción de la realidad, propia y ajena, y por un planteamiento erróneo de lo que es la vida. De tal manera que la luz es un elemento que tiene que ver con la comprensión de la realidad: es ella la que nos permite captar el mundo, nos da la capacidad de percibirlo. Si nosotros viviéramos en tinieblas no veríamos nada, no veríamos las formas, los contornos, la realidad misma, todo sería sin sentido, vacío, incapaces de alcanzar a captar y entender el entorno, pero gracias a la luz, podemos ver y captar todo, somos capaces de entender nuestra realidad. Así, la luz es un símbolo que nos lleva a la comprensión de la realidad, que nos permite captar el mundo, percibirlo, ubicarnos en medio el mundo.
Por tanto, si el pueblo camina en sombras, y es capaz de recibir la luz puede descubrir la historia, puede entender las cosas, puede captar lo que es bueno y lo que le daña. El pueblo debe dejarse llenar de la luz para ser capaz de conocerse y conocer los que sucede a su alrededor. Llenarse de la luz implica así, ver sus injusticias, ver el dolor del otro, ver que el hombre sufre, y que uno es responsable cantidad de veces de ese sufrimiento. El pueblo de Israel es invitado a ver ahora sus obras y reconocer su identidad, de lo que está llamado a ser y de descubrirse parte de un pueblo, con el que debe de caminar.
Hoy más que nunca se necesita de esa luz, para ver más allá del bombardeo publicitario, ver más allá de la saturación de los medios, se r capaces de ser críticos y no tragarse cualquier noticia, o cualquier cosa que se presenta. Ver más allá de lo que se necesita y no reducir todo a una moda, o a una estética. Se necesita la luz para ver que las cosas no son sólo como yo pensó, sino que hay más opciones. Se necesita la luz, para no permitir que las desilusiones de la vida nos tumben y nos dejen por tierra. Se necesita la luz para descubrir que no todo está perdido, que siempre hay una esperanza, que siempre hay un nuevo sendero para entender la realidad. Una luz para encontrar nuestra identidad, y ver que debemos ser originales, como somos, sin aparentar nada en la vida. Se necesita de esa luz.
Y esa luz implica que nos hace descubarnos y descubrir nuestra realidad, impidiendo que todo se ensombrezca, nos debe de llevar a tener una visión desde Dios. La luz debe de darnos la capacidad de ver más allá de lo aparente, ver desde Dios, desde la mayor profundidad, nosotros la vemos desde su portada exterior, desde su apariencia desde lo que nos resulta evidente y escapa a nuestra comprensión desde su última implicación que tiene que ver desde la salvación. La luz debe llevarnos finalmente a ver la realidad del hombre desde su portada más trascendente, ser capaces de descubrirlo a la luz de Dios, para actuar a partir de esto, desde nuestra vida de fe, desde los criterios y parámetros de Dios y su evangelio.
Esta es la luz que el hombre está llamado a vivir, y es la luz que trae Jesús pues según san Mateo, esa profecía de Isaías se hace realidad en Cristo, finalmente él es la luz que da sentido a la historia. Él es la luz que deja ver el sentido de la humanidad, de su dignidad, de su valor en el mundo, es la luz que brilla a partir de su misterio pascual, el resplandor de la cruz que demuestra su gran amor por nosotros y por ello nos salva, porque somos valiosos a los ojos de Dios; es la luz que destella en la resurrección anunciando que la vida es la última palabra, y que a partir de ahora es la luz que nos dice que la muerte no tiene cabida en la historia.
Cristo es la luz que disipa nuestra sombría vida, el problema es que muchas veces nosotros no somos capaces de descubrir esto. Preferimos vivir en la sombra del egoísmo, de la avaricia, de nuestra injusticia, sin pensar, ni descubrir realmente quien somos en medio de esta masa informe de cultura y publicidad que nos bombardea, y nos enseña a ser egoístas y un producto más de la mercadotecnia y el poder. Hoy podríamos abrir nuestros ojos, y ver que hay algo más, ver de lo que soy capaz y ver que yo puede ser más crítico, y ser capaz de hacer más justicia, para demostrar que en este mundo de sombras hay una luz que puede cambiar todo, una luz que yo transporto, una luz que viene de Dios, y da una nueva clave de lectura a la fe, a la sociedad y a la historia misma.

16/1/11

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo...»

Meditación con motivo del II Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 49,3.5-6
1Corintios 1,1-3
San Juan 1,29-34

Como Sabemos bien hemos comenzado el tiempo ordinario, un tiempo en donde la liturgia nos invita a colocar nuestra mirada en Jesús, y ser capaces de descubrir que es lo que nos quiere dar a conocer, percibir sobre todo quién es Jesús. Por esta razón La Iglesia nos presenta en el segundo domingo de tiempo ordinario, un pasaje que genearlemnte sirve para reconocer la grandeza de Jesús, que de algún modo se vio presente en la festividad de la Epifanía, y en este domingo se intenta marcar otra manifestación que dé el punto de inicio para conocer quién es Jesús y así desde la identidad que se revela seamos capaces de introducirnos en la espiritualidad del año litúrgico.
El día de hoy encontramos este pasaje del evangelio de Juan que nos hace la presentación de Jesús. Nada mejor que iniciar el tiempo ordinario, por así decirlo, que con una presentación de Jesús, es una manera de mostrarnos quién es Jesús, y con ello prepáranos, disponer nuestro corazón para acoger lo que él nos va a decir.
Las Palabras con las que se presenta a Jesús son: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Con esto se nos invita a reconocer quién es él y así permitir que nuestro recorrido espiritual a lo largo de este año litúrgico tengamos en la mente que el objetivo es la salvación. Pero detengámonos un poco en estas palabras, comprendamos el sentido de ellas y partir de eso conozcamos el plan que salvación que Jesús nos ofrece.
Jesús es llamado “Cordero”, y esto nos recuerda una idea fundamental en la historia de la salvación, nos recuerda la salida de Egipto del pueblo de Israel. En este libro se relata la institución de la Pascua en donde se habla de comer el cordero como preparación para la salida de Egipto y con ello, la preparación para su libertad, y a al mismo tiempo se habla que al colocar la sangre del cordero en las puertas será un signo de protección para que no mueran los primogénitos de la casa de Israel. Por lo tanto el Cordero es una imagen de sacrificio que lleva a la libertad y da la salvación. Jesús ahora es presentado como el codero, pues él será quién nos dará la libertad y nos entregará la salvación definitiva. Así como la sangre del cordero en Antiguo Testamento sirvió para protegerlos de la muerte, Jesús es el cordero cuya sangre nos protegerá de la muerte, y con su sacrificio que nos llevará a la libertad plena.
Incluso, esta presentación de Jesús como Cordero, desde el inicio del evangelio, será fundamental dentro del evangelio de san juna, pues a lo largo de su evangelio y sobre todo durante su pasión, irá colocando paralelismos entre el cordero de pascua de los judíos, con Jesús nuevo cordero pascual. De este modo, san Juan trata de demostrar que la antigua pascua cae, es obsoleta, pues Jesús es el nuevo cordero pascual que dará la salvación definitiva de una manera contundente de una vez para siempre, y nos liberará de la muerte por medio de su resurrección, inaugurando una nueva pascua, por medio de una nueva creación. Con esta presentación el evangelio nos muestra una línea teológica que seguirá el evangelista, y muestra que Jesús es quien trae una nueva pascua como nuevo cordero pascual.
Esta salvación que trae Jesús es anunciada con la expresión: “qué quita el pecado del mundo.” Jesús nos libera del pecado, y es importante hacer notar que el texto nos dice que Jesús viene a quitar el “pecado”, no dice “los pecados”. Cuando hablamos de “pecados”, en plural, se hace referencia a los actos concretos que un individuo o una colectividad. Son unas actos determinados de una o más personas, pero el evangelista habla de “el Pecado”, en singular, y por lo tanto habla de la raíz del pecado, fuente del mal en cuanto tal, es decir el tener la actitud fundamental de desapego a la Palabra que conduce o apunta hacia Dios, que me lleva a la experiencia del amor. Y sobre todo “el Pecado” en el evangelio de san Juan se refiere a la cerrazón del hombre a Dios y su amor. El pecado es la actitud de aliarse con la injusticia y el egoísmo, dañando al hombre, e impidiendo que el hombre sea capaz de realizarse. El Pecado en singular se refiere a la actitud de de cerrarse a Dios y su gracia. Esto es lo que Jesús viene a quitar, viene a mostrar que el hombre no puede vivir en el sistema injusto, que le aliena y le autodestruye, y por ello debe de empezar una vida nueva desde las categorías de la salvación que él da.
Otro elemento es el verbo, pues dice que Quita el pecado, no dice que lo perdona, sino que lo erradica. Jesús es el Cordero que destruye el pecado, que destruye lo que enemista con Dios, que destruye la injusticia que se anida en el corazón del hombre. Es el Cordero que viene a acabar con toda distancia entre Dios y el hombre, cavando con aquello que realmente hiere y envenena el corazón humano: El pecado, la injusticia, la cerrazón a la gracia y amor de Dios. Si el hombre es capaz de abrirse a esta gracia, puede efectivamente acercarse a Dios y vencer todo tipo de destrucción en su vida, y acercarse a Dios, peros e requiere la decisión de hacerlo.
El tiempo ordinario nos presenta de este modo a Jesús que trae esta salvación nueva, que trae esta salvación definitiva. Esta presentación nos indica que Jesús es aquel que ha abierto el camino para acercarnos a Dios de una manera distinta, pues ahora es Jesús el cordero inmolado que dará su vida para mostrar que el odio puede ser vencido, y la injusticia destruida por medio de la entrega. Esto desde luego es el proyecto, es un proyecto que debe ir tomando forma lentamente en nuestras vidas. La presentación que hace Juan Bautista desde luego que nos indica la persona y el quehacer de Jesús, pero para ir descubriendo en nuestra vida esa salvación, esa liberación, ese proyecto de salvación no basta con escuchar la presentación del bautista, sino que hay que profundizarla, y el evangelio es precisamente el medio para conocer como nos salva, como da su vida, y sobre todo como podemos acoger y hacer presente en nosotros esa salvación. Los diferentes domingos del tiempo ordinario sirven precisamente para esto, para escuchar la para que me muestra el itinerario a seguir para alcanzar esta salvación que se da en el cordero. Lo que nos se nos presenta, es una tarea en la cual debemos de proseguir día a día para conocer bien el proyecto, asimilarlo y hacerlo nuestro.
Sin embrago, ya con esta presentación que hace Juan Bautista nos coloca la base para invitarnos a profundizar en el evangelio. Pues si bien estamos llamados a meditar en el evangelio, no es simplemente por simpatía, o por curiosidad, sino porque en el evangelio encontramos el camino que nos lleva al padre, en el evangelio conocemos los elementos para abrirnos a la nueva pascua que nos da Jesús-Cordero pascual. Finalmente esta es la aseveración fundamental, todo tiene sentido dentro de la fe cristiana, porque Jesús nos da una nueva vida, una nueva pascua, pero que es necesario abrirse a esto acogiendo la vivencia del evangelio.
Sin embargo a veces podríamos olvidar esta realidad, olvidar que en el fondo acoger su proyecto de amor, el proyecto del reino es acoger la salvación que bien de Jesús. Por eso, cada vez que celebramos la eucaristía, nos lo recuerda la misma liturgia pues antes de comulgar se nos dice eso: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor…”
Comulgar es acercarse al Cordero, para acogerlo, para hacer mía su entrega en la cruz, pues en la celebración Eucarística, se vive el sacrificio del Cordero, la entrega de su vida por nosotros. Y por ello antes de comulgar se nos recuerda que lo que vamos a comulgar, lo que vamos a hacer nuestro, de lo que vamos a participar es de la salvación plena, de la entrega al extremo, del sacrificio que nos hace capaces de destruir nuestro pecado y ser auténticamente libres. Comulgar por lo tanto es estar en comunión, con el Cordero, con su sacrificio, haciendo mía su liberación, sería por tanto inútil pasar a comulgar si realmente uno no vive ese misterio de salvación en la propia vida. Por ello siempre se nos recuerda antes de comulgar para que seamos consientes de que estamos a punto de entrar en el misterio de salvación, que nos hace capaces de vencer el pecado. Y esto lo hacemos al final de la misa, iluminados por su Palabra que nos da los lineamientos para que esa comunión sea plena y participemos de los frutos de la salvación que nos da el Cordero.
De esta manera la invitación a la comunión nos pone alerta de lo que ese momento debe significar para nosotros, y por otros nos recuerda que estamos llamados a vivir en comunión con él, que debemos recordar siempre que debemos ponernos en marcha, escuchar su Palabra, conocerlo y erradicar definitivamente lo que nos aparta del verdadero amor que viene de Dios.

9/1/11

«... porque conviene cumplir toda justicia»

Meditación con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor
Ciclo /A/

Textos:
Isaías 42,1-4.6-7
Hechos 10,34-38
San Mateo 3,13-17

Todos los que han recibido el bautismo, se han incorporado a la Iglesia, pero finalmente qué significa eso, es a caso un mero rito de iniciación par entrar en una congregación, o bien un rito cultual vacío o sin sentido, o una mera formalidad social para hacer una fiesta. No puede ser así, pues es un sacramento que nos llena de la presencia de Idos en nuestras vidas, y por tanto el bautismo es el medio para que el creyente entre en la vida de la Iglesia, y con ello se comprometa a transformar la realidad con la vivencia de la fe que aceptó en ese día
Hoy celebramos la festividad del bautismo del Señor. Con esta fiesta se termina el tiempo de Navidad, y se abre la puerta del tiempo ordinario. Y nos invita a reflexionar y a colocarnos delante de este sacramento y descubrir el sentido de nuestro bautismo, profundizando en el bautismo de Jesús.
El texto del Bautismo de Jesús en la versión de san Mateo que hoy escuchamos presenta una peculiaridad que los otros evangelios de Marcos y Lucas, no nos presentan. Nos habla de un diálogo entre Jesús y Juan el Bautista. Este diálogo es por un lado una novedad con respecto a los otros dos evangelios, pero el miso tiempo tiene una fuerte cargar, pus en este diálogo encontramos las primeras palabras de Jesús en el evangelio, y ello son significativas, pues nos hablan del ministerio de Jesús a lo largo de todo el evangelio. Y al mismo tiempo, nos da a conocer el sentido de e este episodio, y así nos lleva a entender todo el ministerio de Jesús por medio de esta escena paradigmática.
Primeramente, digamos porque existe este discurso sólo en el evangelio de Mateo. Parece ser que en la comunidad de Mateo, surgía una corriente, que después tomará más fuerza, donde se decía que Juan bautista era superior a Jesús, y una prueba de ello es precisamente es él bautiza a Jesús, marcando su superioridad. Mateo coloca este discurso introductorio para demostrar la superioridad de Jesús frente al movimiento del bautista. Y aprovecha esto, para colocar un elemento teológico para el relato y el resto de su evangelio, pues, por un lado Juan Bautista reconoce la grandeza de Jesús, y por otro Jesús contesta de manera que sirve para entender todo el misterio de Jesús en la obra. En conclusión, se forma una extraordinaria escena teológica.
Ante la llegada de Jesús al Jordán Juan se sorprende y simplemente dice: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» Con estas palabras Juan reconoce la grandeza de Jesús, pero al mismo tiempo se sorprende de una realidad, ¿Por qué Jesús viene a bautizarse? Porque el bautizo de Juan era un bautizo de conversión, un bautizo que implica reconocerse pecador, y al sumergirse en las aguas el que recibe el bautizo, se compromete a morir a su vida pasada comenzando una vida distinta, transformando su vida. Esta idea con concuerda con Jesús, pues él no debe reconocerse pecador, no debe sumergirse en esas aguas donde el hombre renuncia a su mal. Eso es una reducción de la persona de Jesús, Jesús niega su papel. Si él es el Mesías, él viene a dar un castigo de fuego al pecador, cómo es posible que ahora venga a sumergirse en las aguas del pecado.
Este sumergirse implicaría que Jesús se hace solidario con el pecado del hombre, en lugar de castigarlo, de separarlo, de llevarlo a su destrucción. Eso es incomprensible para Juan, no es posible que ahora resulte que él se haga solidario con el hombre. Lo que Juan no ha logrado entender es que el bautismo de Jesús complementa el bautizo del pueblo, pues aquellos (el pueblo) se bautizaban para manifestar que renunciaban al mal en sus vidas. Pero para que el Reino llegue, no basta que uno renuncie al mal, no basta renunciar a la injusticia, como lo pretende el bautizo de Juan, sino que se debe dar un paso más. Si el hombre renuncia al mal, ahora debe de optar por la justicia, por la entrega hacia los demás. Al bautizarse Jesús, implica que él viene a dar su vida, a entregarse a favor de los demás. Juan los invita a la renuncia de lo injusto, pero con Jesús es a renuncia se vuele entrega a favor de los demás, dar la vida por los demás.
Si nos detenemos un poco, en esta consideración, implicaría que el sacramento del bautismo, es un renunciar al mal para vivir en el bien, para vivir como Jesús, tal y como lo expresa la segunda lectura del día de hoy: «… pasó haciendo el bien…» Eso quiere decir que el bautizado no es aquel que un día lo llevaron al templo, le echaron agua, y le sacaron una foto. Sino que el bautizado demuestra a los demás que es bautizado porque vive haciendo el bien. Es aquel que renuncia al mal, renuncia todo tipo de injusticia, de opresión, y entonces entrega su vida a favor de los demás, haciendo el bien a sus hermanos. Incluso el mismo rito del bautismo lo manifiesta, primero se hacen las renuncias al mal (como el bautismo de Juan), y después se hace la profesión de fe, y ello implica entonces adherirse al Dios del amor, a Jesús que se entrega. Hacer la profesión, implica una aceptación del proyecto de Jesús, haciendo suyo el proyecto de la entrega, de la cruz.
Ante la incomprensión del bautista Jesús inmediatamente le contesta. La traducción del texto litúrgico dice: «Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere.», sin embargo, el texto original dice: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene cumplir toda justicia.» Con esta frase Jesús quiere remarcar el camino de salvación que se debe de llevar a cabo a través de este acto. Tratemos de entender esta frase analizado dos palabras fundamentales: Cumplir y justicia.
Jesús dice que se debe cumplir. Cuando se habla de cumplir, el verbo en griego que se usa aquí es pleroo, y no se refiere simplemente a una mera obediencia, sino remite a la idea de que algo está lleno, lo que está lleno hasta los bordes, indica la idea de completar las cosas, de cubrir una necesidad lo más posible, incluso en el lenguaje de los navíos indicaba la idea de que todo estaba dentro del barco para poder zarpar. Esto quiere decir que, no es simplemente cumplir las cosas, sino que se refiere a llevar a plenitud una realidad. El bautismo de Jesús es un acto decisivo que lleva todo a plenitud, que pone todo los elementos necesarios para que se lleve a cabo la salvación. Por lo que, al decir “conviene cumplir”, no quiere decir simplemente, “conviene obedecer a Dios en lo que quiere”, sino que Jesús le manifiesta que este acto lleva a plenitud todo. Así como, se pone todo lo necesario en el barco y pueda zarpar, así el bautizo es el elemento fundamental para que la salvación pueda zarpar, para que la salvación pueda seguir adelante. La entrega que Jesús viene a hacer por la humanidad, su acto de amor es decisivo para la salvación, el tomar el pecado, el sumergirse en él es vital para que se coloque los elementos necesarios para seguir haciendo en la salvación. No es sólo cumplir la voluntad de Dios, es permitir que se coloquen los elementos de salvación, en este caso la entrega, simbolizada en el bautismo. Con esto se cumple todo el sentido de la historia de salvación y de las Escrituras mismas.
Por otro lado, el tiempo verbal de cumplir, nos remite a una acción que se lleva a cabo en un momento determinado, en un momento contundente, es una acción puntual. Eso quiere decir que el bautismo de Jesús, y por consiguiente su entrega es un acto decisivo, es un acto puntual, que se da en un momento de la historia, y con ello marcará la vida de la humanidad.
En segundo lugar, la justicia que dentro del pensamiento bíblico refiere a dos realidades. Por un lado, dar a cada uno lo que requiere. Dar justicia por ejemplo implica darle a cada uno lo que requiere en su vida. Muchas veces creemos que justicia es dar a cada uno lo que se merece, pero no es así. La justicia en la Biblia, implica dar a cada uno lo que necesita, lo que requiere en su vida para ser mejor. En segundo lugar la justicia (como consecuencia de lo anterior) es vivir desde la Ley de Dios. La justicia implica se capaz de vivir según los lineamentos de Dios. Pero van correlacionados los dos elementos, pues vivir la justicia implica estar atento a la Ley de Idos, estar atento a lo que Dice con su Palabra y vivir desde la dinámica de esa Palabra. Y si uno vive con la dinámica de la Palabra de Dios entonces el hombre es capaz de darle a cada uno lo que necesita, dar amor para el que vive en la miseria del odio, darle libertad al que vive en la esclavitud, dar el perdón para aquel que vive encerrado en el rencor.
Si Jesús dice que se debe cumplir toda justicia, quiere decir que se debe dar plenitud a la justicia. El bautizo de Jesús es la plenitud de a la justicia. Dar plenitud a la Palabra de Dios, a su Ley. Dar plenitud dando a la miseria del hombre una salvación definitiva. Con estas palabras se entiende que el Bautizo de Jesús es el signo con el cual él se sumerge en las aguas del pecado para hacerlo suyo y salvar al hombre por medio de la entrega, dándole así a cada uno lo que requiere, dando salvación, amor, redención al pecador que camina una vida nueva. El bautizo de Jesús es esa plenitud de la justicia de Dios en el mundo caído por el pecado. Al mismo tiempo estas palabras revelan el programa que Jesús debe de seguir a lo largo del evangelio. En el fondo todo el evangelio de san Mateo coloca esta realidad, Jesús que con sus palabras y sus milagros va dando plenitud a la justicia, va dando la plenitud a las Escrituras.
Nuestro bautismo es la participación en esta salvación que Jesús nos da, y nos invita a nosotros a vivir esa plenitud de justicia. Ser bautizado no significa simplemente tener una boleta de bautizo, sino que es la capacidad que tenemos de vivir en la justicia, voltear y ver a nuestro hermano y descubrir que necesita. Llevar la plenitud de justicia al que se siente solo, al que vive abandonado, al que vive deprimido, al que está angustiado, al que se ha equivocado, al que está desconsolado, al que perdió el sentido de su vida, al que ha sido traicionado, al que se ha equivocado. Descubrir esa miseria y darle justicia, darle lo que necesita compañía, solidaridad, perdón, compasión, presencia, paciencia, cercanía, alegría, consuelo, ayuda, amor. Sólo así el bautizo que hemos recibido tiene un verdadero y auténtico sentido en nuestras vidas.

6/1/11

De Magos y sacerdotes

Meditación con motivo de la solemnidad de la Epifanía del Señor

Textos:
Isaías 60,1-6
Efesios 3,2-3.5-6
San Mateo 2,1-12

Una de las dificultades más grandes dentro de la experiencia del creyente es la de reducir todo a meros enunciados dogmaticos, querer reducir todo a credos, a enunciados, a cosas que debemos creer aunque muchas veces ni se entiendan, y sean tan abstractas que sólo nos limitemos a decir “Es un misterio”, “Hay que creerlo”, “Es verdad de fe”, de tal manera que la experiencia de la fe se convierte en meraos enunciados y en la incapacidad de dar realmente una razón de la fe. Incluso se limita a un mero aspecto cultural, a una mera tradición. O bien, en algunos círculos se limita a tener una serie de doctrinas, de elementos de conocimientos extraordinarios, pero que en el fondo no da razón de ser la experiencia de fe, pues son puras teorías.
La fe no es eso, si bien hay enunciados y teologías son fruto de una realidad, viva, y no meramente especulativa. La fe implica adherirse a una persona, adherirse a Cristo, estar profundamente ligado a él. LA fe es una manera de vivir, una vida que se realiza junto con Cristo. La fe se vive, no es sólo de explicaciones, podríamos decir que la verdadera explicación parte de la vida misma, de nuestra propia experiencia, mientras que la teología y demás ciencias, que se derivan de ellas serían para profundizar y dar un sustento, pero partiendo de la experiencia, de una vivencia con Dios.
Y justo esto nos lo recuerda la festividad del día de hoy. En este día escuchamos el texto de la visita de los magos al niño Jesús. Pero antes de que se lleve a cabo el encuentro entre ellos, los magos se topan con Herodes y con los sacerdotes de Jerusalén. Podemos ver aquí una alusión a unos magos y a un sacerdocio que ya se veía en el Antiguo Testamento. Si recordamos en el libro del Éxodo en medio de la confrontación de Moisés y el faraón, lo cual da como resultado el relato de las plagas sobre Egipto, podemos ver como se da una confrontación con los magos del faraón y con Moisés y Aarón, el sacerdote.
En aquel relato podríamos ver como los magos del faraón tratan de demostrar su poder y supremacía mostrando que son ellos los controladores de la divinidad, pero finalmente son ellos derrotados, mostrando que Moisés y Aarón tienen la razón, y es Dios el que está con ellos. En cambio ahora en este relato, son los magos, los paganos, los que estudian las estrellas los que realmente conocen de Dios, los que realmente lo tienen de su parte, y sobre todo que son capaces de encontrarse con Dios. En cambio los sacerdotes, sólo se creen portadores de la verdad, se creen conocedores de Idos, creen que Dios está con ellos, pero no es así, sólo conocen cosas, son portadores de conocimientos, pero no de la experiencia de Dios en sus vidas.
Este relato por lo tanto, invierte los papeles. Pero si esto sucede es a causa de la soberbia que hay en el corazón del hombre que le hace creer que e poseedor de la realidad divina. En el libro del Éxodo, el faraón y por consiguiente los magos creían que tenían la fuera de Dios de su lado, puesto que ellos eran los poderosos de la historia, eran los que podían controlar a la humanidad, pues la divinidad estaba de su lado. Por eso su obstinación ante ese pueblo hebreo, que pretendía superioridad, hablando de un proyecto de salvación de parte de Dios, eso contradice su autoridad y su poder, por ello, inmediatamente mostrarán signos que demuestran su engaño, y así demostrar que la divinidad está de parte de ellos, y que ellos son superiores. Pero se topan contra pared al descubrir que ellos mismos están condenando su futuro al no darse cuenta que Dios está con ese pueblo, que al final es liberado.
Ahora en el texto de Mateo, nos topamos con esos magos, que no tienen ninguna pretensión de poder, sólo son buscadores, han vislumbrado una estrella, han visto algo distinto y descubren que en ese signo Dios se hace presente. Salen a su búsqueda, pues no puede permanecer como si nada, como si todo fuera normal. Ahora ah sucedido algo distinto y deben ponerse en marcha. Ellos tienen un signo de Dios, y deciden seguirlo. En cambio, son ahora la casta sacerdotal, se cree conocedora de Dios, son ellos los que conocen todo, no es posible que ahora unos extranjeros lleguen a decir que han descubierto el “hilo negro de la fe”, y por ello ante su noticia inmediatamente les hacen saber que no hay nada de estrellas, y que si hay algo sería en Belén. Con esto demuestran que no hay nada nuevo bajo el sol, que ellos conocen todo. Ciertamente conocen las Escrituras, pero no se ponen en camino, pues ellos creen que conociendo es suficiente. Para ellos su fe se encierra en su conocimiento, así como en los magos del faraón se encerraba en su poder y dominación. En cambio el hombre que es capaz de ver más allá de los meros conocimientos, del mero poder, es capaz de ver que hay un camino de liberación, de una vida diversa como Moisés y Aarón; es capaz de ver, como los Magos, que hay una estrella, un signo que revela la novedad de Dios.
Esto demuestra que los Magos han venido desde sus tierras dejando todo detrás porque hay una novedad, hay una presencia de Dios, ellos se ponen en camino, dejando atrás a los intelectuales de la fe. Lo mismo sucede con Moisés, Aarón y el pueblo hebreo, caminan y dejan de tras a los poderosos egipcios encerrados en sus afanes de poder y destrucción.
Si nos fijamos, ambos se ponen en camino delante de aquellos que sustentan un poder. En el fondo el único modo de encontrarse con Dios, es la puesta en camino. Eso implica movimiento, es implica experiencia, implica dejar que Dios entre en la vida y que me impulse a seguir adelante. La fe no solo es especulación, no conocer las cosas de memoria, ni elaborar sistemas teológicos extraordinarios, sino de caminar, tener un estilo de vida.
No es posible hablar de fe sólo a partir de discursos, de un cúmulo de conocimientos, es necesario hacer camino, ponerse en marcha. Eso implica que la fe es movimiento, que la fe exige necesariamente una relación con la vida. No hay fe sin camino, no hay fe sin mostrarla al mundo, que los demás vean que caminamos, que vean nuestra transformación, que los demás vean que vamos avanzando en medio de la historia. No bastan los discursos para decir que eso es la fe. No basta saberse las Escrituras. No basta decir que conocemos cosas. La fe es ese caminar, ese hacer historia, ese demostrar que se vive unido a Jesús. Hoy más que nunca se necesitan magos que caminen, que no sólo sepan decir cosas, que conozcan las Escrituras, si bien eso es necesario, pues gracias a eso, los Magos llegaron a Belén, es necesario ponerse en marcha, es necesario hacer historia junto con Jesús, sólo así es posible encontrarlo, es posible anunciar la fe, que no parte de extraordinarios discursos bien estructurados, sino de la vivencia que se tiene con el Señor. Que esta fiesta de la Epifanía nos recuerde nuestro papel en medio del mundo, y le verdadero sentido de vivir la fe, no porque conocer sea malo, sino porque debe de llevar a la puesta en camino, de lo contario sería una ideología más en medio del mundo.

3/1/11

Hacerse historia

Meditación con motivo del domingo II después de Navidad

Textos:
Eclesiástico 24,1-4.12-16
Efesios 1,3-6.15-18
San Juan 1,1-18

El tiempo de Navidad nos invita a céntranos en un misterio que es fundamental: La palabra de Dios que se ha hecho carne por nosotros. Este es uno de los misterios fundamentales para la fe cristiana. Pero finalmente cómo repercute eso en nuestra vida. Si bien la encarnación nos da la salvación, lo celebramos anualmente, pero en el fondo parece una idea totalmente alejada, totalmente distante a nuestra realidad. La pregunta que hoy se eleva sería ¿Cómo hacer presente ese acontecimiento hoy?
Justo en este segundo domingo del tiempo de la Navidad parece darnos una pista, y para ello en primer lugar nos invita a reconocer que es esa Palabra, con el fin de descubrir como ese misterio de la navidad es un misterio totalmente cercano, y que el fondo repercute en nuestra vida y nos compromete dentro de la vivencia de la fe, no siendo sólo algo meramente distante o abstracto en la vida.
La primera lectura aborda el tema hablándonos de la identidad de la Palabra, que en el fondo es la Sabiduría de Dios, y es esa Sabiduría, esa Palabra que está en contacto con la historia. En primer lugar se presenta a sí misma como participe desde los orígenes y manifiesta su acción en la historia: «He servido ante él en la tienda santa y así fue que establecí en Sión, y así me he establecido en Sión; él me hizo reposar asimismo en la Ciudad predilecta, y en Jerusalén se ejerce mi autoridad.» Se nos muestra que esta Sabiduría-Palabra, no es solitaria, np vive en la soledad, sino que está en medio del pueblo, lo acompaña, lo va guiando día a día y momento a momento. La Sabiduría-Palabra va haciendo historia, se mete en la historia del Pueblo, lo va acompañando, lo va guiando en todo momento. De esta manera adoptemos comprender que la Palabra es aquella que hace historia porque está dentro de la historia del pueblo. Nadie puede decir que esta Palabra sea extraña o ajena a la realidad del Pueblo, pues va caminado con él y le habla desde sus circunstancias, va iluminando desde su situación histórica.
Y por qué lo va acompañando, el mismo texto lo dice utilizando una bella imagen plástica: «Yo eché raíces en un Pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su herencia.» Es una Palabra que igual que una planta (del cuál irá utilizando este simbolismo) va echando raíces en el pueblo. Echar raíces implica que se está estableciendo, echar raíces implica que ahí vive. Si esta Sabiduría-Palabra echa raíces en el pueblo, quiere decir que, su razón de vida es el pueblo; así como una planta vive gracias a sus raíces pues a través de ellas puede alimentase y vivir, esta Palabra echa raíces en el pueblo, quiere decir que ahí está, que está presente en el pueblo y que vive del Pueblo, su razón de ser es estar en medio de ellos, acompañándolos, guiándolos. Esto de entrada es ya una novedad, pues la Sabiduría echo raíces en el pueblo, vive por el Pueblo, el pueblo es importante para ella, vive por él, su razón de ser de vida es el pueblo. Esto se convierte así en una figura del amor de Dios, pues es tan importante el hombre, que es su razón de ser. La Sabiduría-Palabra no es que viva absorta en su ser, regodeándose en sí misma, sino que vive para amar, para acompañar a su pueblo.
De esta manera el texto de Eclesiástico ya nos coloca delante de una realidad fundamental, la Sabiduría-Palabra, es aquella que hace historia, no vive al margen de la realidad, y se mete en la historia, porque el hombre es necesario para ella, le ama y no se pude entender si el pueblo, en él están sus raíces. Es una Sabiduría-Palabra que hace historia.
El texto del evangelio, el llamado prólogo de san Juan, que es un himno primitivo que canta precisamente la identidad de esta Palabra y que seguramente está a la base de la composición de este himno del evangelio de Juan, nos muestra la misma idea que el Eclesiástico, sólo que no sólo nos dice que sea una Palabra que haga historia, sino que es historia, se mete en la historia, no sólo acompañándolo, no sólo guiándolo, sino haciéndose uno con la historia. La Palabra se hace carne, entre a formar parte de la misma historia. Ahora no sólo acompaña al pueblo, como se marcaba en la primera lectura, sino que ahora se hace parte del pueblo.
La navidad nos invita a ver que si bien la Sabiduría-Palabra acompañaba al pueblo, haciéndose parte de su historia, ahora en la plenitud de los tiempos, esta Sabiduría-Palabra, no sólo hace historia con el pueblo acompañándolo, sino que entra en la historia, y es parte del pueblo. Esta es la gran novedad, Dios que se hace hombre, que vive como hombre, que siente como hombre. Dios es hombre, verdadero Dios, pero verdadero hombre. Si bien ha echado raíces en el pueblo porque son la razón de su vida, ahora, da un giro más importante, él mismo se hace uno con el pueblo, quiere vivir lo del pueblo, para entenderlos, para ayudarlos, para salvarlos, levándolos así a la plenitud de la vida.
Navidad se convierte así en la expresión máxima del amor de Dios por su pueblo y por la humanidad al hacerse uno de ellos y desde ellos ver cuál es el camino que los lleve a esa plenitud que con él se ha iniciado.
Pero esto, no se queda simplemente ahí, no sólo es el Dios que ha hecho historia acompañando al pueblo, o que se hace historia entrando en ella, sino que ahora, por el misterio de la navidad, podemos hacernos historia en él, es decir, no basta que Dios entre en nuestra historia, sino que nosotros podemos entrar en su historia tal y como lo dice el texto del evangelio: «A todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.» Ahora todos nosotros podemos entrar en la historia de Dios, porque formamos parte de su familia, ahora somos hijos de Dios. Y este es la misión del creyente, esta es la consecuencia de celebrar la navidad: Ser hijos. Esto no es un mero título, un mero privilegio, sino una misión de cara al mundo.
Ser hijo implica un comportamiento que comienza con la aceptación de la Palabra en nuestra vida. Aceptar el proyecto del Reino, el proyecto del amor. No es posible celebrar la navidad si no recordamos nuestra identidad y misión de ser hijos de Dios llamados a vivir desde los parámetros del Padre, sin esto la navidad es sólo la grotesca caricatura de lo comercial y lo mercantil, pero nada que ver con el verdadero sentido de la navidad en la vida del creyente. Hoy más que nunca se necesita vivir en esta dinámica de la filiación. Sentirnos hijos y vivir como hijos de Dios. Ese el fruto de navidad, y que el mismo san Pablo recalca en la segunda lectura: «El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido.» Nuestra vida se entiende desde la dinámica de ser hijos de Dios, sólo desde esta dinámica podemos realmente celebrar la navidad, y celebrar nuestra identidad como cristianos: Ser Hijos de Dios.

1/1/11

Bendición...

Meditación con motivo de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Octava de Navidad

Textos:
Números 6,22-27
Gálatas 4,4-7
San Lucas 2,16-21

Hoy es un día en que iniciamos un nuevo año y en donde nos vamos llenando de propósitos, desenado que realmente nosotros tengamos una mejor vida a partir de hoy. Y justo ese es el sentido de la celebración del Día de hoy: Iniciar una vida nueva, y por ello, más que un propósito, necesitamos de la bendición, para ser capaces de renovar nuestra vida con la fuerza de Dios.
El texto de la primera lectura nos habla de la bendición, la bendición que Dios desea a su pueblo para que este viva fecundo, y viva desde esta dimensión. Hoy más que nunca esta palabra es vital, pues iniciar un nuevo año, implica empezar nuevas cosas, teniendo con uno la bendición, de parte de dios, que capacita para seguir adelante en la vida.
Pero, qué es la bendición. Muchas veces pensamos que la bendición es una especie de conjuro mágico con el cual Dios hará que todo cambie de manera espontanea, o dando una especie de fuerza para sostenerse en la vida. Pero una bendición no es eso, una bendición como lo dice lka misma palabra, significa “Bien decir”, decir buenas cosas, tener una buena palabra. Por tanto la expresión bendición nos lleva a una idea fundamental: Una buena palabra.
Reflexionemos un poco más, si la bendición la da el mismo Dios, y la bendición es una buena palabra. Esto nos lleva a ver la tradición del pueblo Judío y de las mismas Escrituras, quien nos enseñan que Dios se comunica por medio de la Palabra. Por tanto, si Dios, se da a conocer por la Palabra, y el pueblo es aquel que vive de la escucha de esa Palabra, quiere decir que dar la bendición, es Dios que da una buena Palabra para el pueblo.
Cuando referimos a buena Palabra, no es simplemente un deseo bueno, o una bella expresión, la palabra “buena”, se refiere sobre todo a la capacidad de de producir algo efectivo. Buena no va simplemente en el sentido de algo moral, o de algo estético. Bueno dentro del pensamiento bíblico va en el sentido de la perfección, de la plenitud de una realidad, que se cumple con una misión determinada. Algo bueno nos remite a una realidad que es hermosa, pero no sólo en un sentido de lo estético, sino en su función; algo es hermoso cuando cumple con su cometido, cuando refleja su misión, su esencia. Por ejemplo cuando Dios crea las cosas dice que son buenas, según Génesis 1. De manera que al decir “…y vio Dios que eran buenas”, se refiere a que son perfectas, a que cumplen con su funcionalidad, que responden a su misión.
Si Dios da una Palabra buena, quiere decir que pronuncia una Palabra que es capaz de generar una perfección, que es capaz de hacer que el pueblo camine por bunas sendas, que acompaña al pueblo para que se cumplan su misión. Una Palabra que haga que se cumpla la acción de Dios en mi vida, que sea capaz de cumplir con mi propia realidad.
Así, pedir la bendición, no sólo es para que Dios nos acompañe, para que nos vaya bien. Pedir la bendición es pedirle a Dios que nos ayude a vivir desde la dinámica por la cual hemos sido creados. Bendecir una familia, implicaría pedir que Dios pronuncie la palabra que los capacite para vivir en armonía, en amor, en fidelidad, que cumplan su misión. No es simplemente que no tengan problemas, o que no les vaya mal económicamente, pedir la bendición es el compromiso: “Dame tu palabra para que como familia vivamos según nuestra misión, independientemente de los problemas, seamos capaces de vivir los elementos que conforman nuestra identidad y nuestra misión.”
Cuando pedimos la bendición de algún objeto, en el fondo pedimos, para que Dios pronuncie una buena palabra, pero no sobre esa realidad, sino para quien va utilizar esa realidad. Si se bendice una casa se pide que Dios de esa Palabra para aquellos que habitan ahí, son ellos quienes deben de vivir desde la dinámica de la Palabra y no las paredes que la conforman. Si se pide bendecir una oficina, se pide por los que laboran ahí, para que trabajen eficazmente, en la honestidad, en la prontitud, en la sinceridad y respeto. Si se bendice un objeto religiosos, una vela o alguna imagen en el fondo estamos pidiendo para que quien encienda esa vela o porte esa imagen se capaz de vivir desde su misión y vocación cristiana. Al encender la vela, recuerde que está llamado a ser luz en medio del mundo y por lo tanto, pedir a Dios que le de la Palabra que le recuerde y le capacite para ser ese testimonio.
Empezamos a Dios implorando su bendición, es decir, no sólo pedirle para que nos vaya bien, para que se solucionen los problemas o aleje de nosotros los males, sino que pedimos su bendición para que nos transforme con su Palabra, nos hagamos siempre receptivos a su acción liberadora, y seamos testigos de la fuerza de Dios, aún en los problemas, las dificultades, reconociendo que podemos seguir adelante, pues una Palabra buena está sobre nosotros, una Palabra capaz de transformarnos y que nos hace capaces de cumplir con nuestra misión de hombres, y de hombres cristianos en medio del mundo. Sólo así la bendición cobra su verdadero sentido, dejando la magia y la superstición de lado y comprometiéndonos con la historia, trabajando en ella y esforzándonos para que sea mejor. Sólo así comenzamos un nuevo año. Finalmente la virgen María vivió desde esa dinámica, dejando que Dios la bendijera para poder responder a su misión de ser Madre de Dios. Hoy celebramos su fiesta recordando que ella es modelo de la acción de Dios en nuestra vida. Que la bendición de Dios llegue a nosotros y nos dejemos renovar por esa Buena Palabra de Dios en nuestra vida, iniciemos así este año haciendo nuestra esa bendición que ya hemos escuchado en la primera lectura:
Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.
Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.