12/10/09

«…No le será dado otro signo que el de Jonás»

Meditación para el lunes XXVIII Ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar

Textos:
Romanos 1,1-7
San Lucas 11,29-32

La semana pasada meditabamos sobre la persona de Jonás y hoy es el mismo Jesús quien lo hace, por lo que creo conveniente que retomemos esta idea para terminar bien nuestra reflexión sobre este personaje, pero ahora a la luz del Evangelio.
La problemática en la que nos sitúa el evangelio del día de hoy es la situación de los signos. La multitud pide signos para creer. De manera que no les ha bastado todo lo que han visto y aprendido de Jesús, no les basta todo lo que ha ido realizando a lo largo de su ministerio, sino que quieren algo más, como si la fe fuese algo que se sustenta con cosas meramente visibles y llamativas.
Por ello Jesús lanza una fuerte reprimenda: «No le será dado otro signo que el de Jonás.» A que se refiere Jesús con esta frase. A lo largo de la historia de la Iglesia se ha interpretado que el signo de Jonás es la resurrección, es decir, así como Jonás estuvo tres días en el vientre del monstruo marino, del mismo modo Jesús estuvo tres días en el vientre de la tierra y resucitó. De esta interpretación se deduce que el signo de Jonás es el anuncio de la resurrección de Cristo. Sin embargo, creo que debemos meternos más en el mismo texto y no quedarnos con esta interpretación typológica (es decir, una relectura del Antiguo Testamento, en donde se quiere ver un anticipo de la persona de Cristo.)
Si nos detenemos en el libro de Jonás, debemos preguntarnos cuál fue el signo de Jonás, podemos ver que no es el haber quedado en el vientre de un monstruo Marino, porque en realidad eso no es lo más importante del libro, eso es sólo parte del cliché literario que desemboca en la llegada a Nínive, pues al inicio es llamado para ir hacia allá y finalmente llega por boca de ese monstruo, para cumplir con su misión. Y ahí en Nínive hace el anuncio de la conversión y ellos inmediatamente se convierten, una cosa que no es fácil de creer, pues nadie es capaz de iniciar un cambio de vida sólo por una prédica. Por tanto el signo de Jonás es precisamente la conversión de los paganos. Cuando Jesús habla del signo de Jonás habla precisamente de la conversión de los paganos, y ese será el único signo que tendrá esta generación. Para creer no se requiere de cosas portentosas sino la vida de conversión.
Esto es la invitación a reconocer a reconocer que la persona de Jesús nos debe de llevar a una auténtica conversión, basada en su Palabra, basada en su amor, en su fuerza, en su ánimo, lo cual debe de provocar en nosotros una fuerza tal que haga de nosotros ser testigos de su amor. Jesús no viene a dar grandes signos de portentosos o cosas taquilleros, a Dios se le reconoce en lo sencillo, en la vida del amor, en la vida de la fe, en la vida de la sinceridad, ahí es donde podemos descubrir realmente la presencia de Dios. Eso es lo más grande, y eso es la más grande prueba de la presencia del Reino, pues esa fuerza que ha logrado que el hombre se renueve.
Con esto Jesús da una interpretación fundamental del ministerio de Jonás: la conversión. Y creo que con todo lo que hemos analizado sobre Jonás el día de hoy Jesús nos coloca delante de esta realidad para comprender la misión de Jonás que ha logrado el signo más importante en la vida del creyente. Quiere decir que la consecuencia que debiéramos de sacar de ese relato es tener la capacidad de convertirnos, de cambiar verdaderamente nuestra vida. A eso fue enviado Jonás y es el mensaje que quiere darnos. Y ese es el signo que el mundo necesita. No se requieren de discursos, o de signos maravillosos, sino que se requiere de conversión.
Por esa razón Jesús no dará otro signo que la conversión de los paganos, lo cual se hace realidad en la misma obra de san Lucas, dentro del libro de Hechos de los apóstoles en donde vemos como los judíos se cierran y los paganos se alegran convirtiéndose al mensaje del Evangelio.
Y eso es la exigencia de hoy, convertirnos y permitir que Dios nos transforme totalmente para iniciar totalmente nuestra vida con la gracia de Dios. No sólo aparentar, sino vivir desde esa dinámica de conversión y fe en medio del mundo. Y justamente sobre esta realidad el evangelio de Lucas proseguirá reflexionando en los días subsiguientes. Por el momento detengamos aquí nuestra reflexión y quedémonos con esta llamada a la verdadera conversión.

10/10/09

¿Vida de fe o vida de Ritos y preceptos?

Homilía para el XXVIII Domingo Ordinario
Ciclo /B/

Textos:
Sabiduría 7,7-11
Hebreos 4,12-13
San Marcos 10,17-30

La vida de la fe es sumamente amplia y muchas veces se corre el riesgo de disminuirla, de hacerla menos, de limitarla pues a ciertas prácticas. Ese es precisamente el riesgo hoy en día, creer que tener fe, creer que decirnos creyentes se limita única y exclusivamente a cumplir ciertos preceptos, algunas obligaciones y con eso decir que estamos bien, que somos verdaderos hombres de fe. Sin embargo la vida de fe no puede ser reducida sólo al ámbito cultual, que si bien forma parte de ello, no puede ser encerrado simplemente en ello.
Sin embargo la realidad nos marca eso. Muchos podrán decir que son hombres de fe porque van a bautizar a su hijo, porque hacen alguna oracioncita, porque celebran los XV años de la jovencita, o la presentación de 3 años para los pequeños, porque asistieron a alguna misa. Otros podrán decir que son verdaderos creyentes porque van a misa cada domingo, porque se confiesan de vez en cuando. Habrá incluso otros que superen esto y digan que asisten diariamente a misa, o bien que están trabajando dentro de un grupo determinado de pastoral. ¿Pero acaso esto es la vida de fe? Por supuesto que NO. La vida de fe va más allá de un compromiso, o de una obligación dominical o moral de confesión. La vida de fe implica que debe transformar toda la vida misma del hombre teniendo en la mira todo desde Dios, desde Dios que le transforma, le anima, le renueva y hace que toda su vida sea completamente de fe, sea totalmente una experiencia de Dios, sin reducirla solamente a unos momentos.
Ello quiere decir que no se puede ser verdaderamente un hombre de fe solo por ir a misa, ser hombre de fe implica algo más, implica ir más allá de algo meramente ritual. Sobre este tema nos adentra el día de hoy la liturgia.
Hoy el texto del evangelio nos coloca con un joven que se acerca a Jesús, con una pregunta un tanto curiosa:«Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?» Esta pregunta nos haría pensar varias cosas que son importantes. Este hombre quiere saber qué hacer para ganar la vida eterna, ello implica dos cosas o bien que es un buscador de Dios, que trata de encontrar el camino de Dios, o bien que simplemente busca que hacer por el momento, busca un mandato más. El mismo texto nos irá dando la respuesta.
La respuesta de Jesús es tajante: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios», es decir, ¿qué tanto crees, verdaderamente, que yo soy bueno para ti? Y por tanto es una invitación a considerar que tan buena cree su Palabra, su enseñanza, que tan buena puede ser para que realmente vengas conmigo. Con esto Jesús trata de poner las cosas en claro, y tratar de descubrir cuál es la intención de este hombre. Se trata de una confrontación que llega a lo más hondo del corazón y obliga a tomar postura, más allá de las manifestaciones externas se trata de descubrir ¿qué tan dispuesto está este joven a poner en práctica el mensaje de Jesús? Y por ello le pone en claro algo: Nadie es bueno sino sólo Dios”, está volviendo la mirada del hombre hacia el único horizonte de verdadera realización y plenitud. Es como si le dijera vienes a mí, pero el que es bueno es Dios, el que te pide lo necesario para alcanzar la vida eterna es sólo Él.
Y entonces Jesús le manifiesta qué es lo que se necesita para llegar a esa vida eterna, y por tanto para encontrarse con Dios: «Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.» La única manera de encontrarse con Dios es por medio del cumplimiento de los mandamientos y curiosamente Jesús no cita todos los mandamientos, sino que se limita a citar los mandamientos que se refieren al prójimo, mandamientos que nos invitan a descubrir el valor del otro. Y no cita los tres primeros que nos remiten a Dios, porque lo que Jesús trata de enseñar es que la única manera de encontrarnos con Dios es por medio de los demás, la única manera de encontrarnos con el Señor y tener la vida eterna se da sólo en el encuentro con los otros. Es imposible el encuentro con Dios, si vivimos al margen de los que nos rodean. Jesús pone en claro que el camino para alcanzar a Dios no es otro sino el del amor al prójimo, sólo a través de los demás llegaremos al encuentro de la vida entrena.
Y curiosamente este hombre resulta que todo lo ha cumplido cabalmente. Y entonces Jesús le asegura algo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.» Si el hombre ha vivido a la perfección todos los preceptos, si tiene una relación armoniosa con Jesús, es el momento decisivo, es el momento de ser un verdadero discípulo y dejarlo todo y encontrarse con él, dejar todo y permitir que sea Dios su absoluto en la vida. Pero curiosamente cuando se pide ese momento de liberación, este hombre da un paso atrás: «Al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.»
El joven piadoso no lo sigue, sino que se retira. ¿Por qué? La respuesta es sencilla, el hombre buscaba un precepto más, el ya cumplía todo desde su juventud, por tanto veía los mandamientos como un cumulo de actos, de acciones, pero que en el fondo no repercutían en su vida, ni en la relación con los demás, simple y sencillamente cumplía, y ahora esperaba de Jesús un nuevo mandato, que fuese novedoso, que llamase la atención, para seguir subiendo más peldaños en el camino de su perfección. Cumplir por cumplir. Pero Jesús no le da otro mandato, al contrario le da una orden que venda todo y lo reparta a los pobres.
Esta orden que da implica entonces algo más profundo. Jesús le quiere hacer entender que lo importante en su vida es precisamente vivir orientado hacia Dios, dejar todo tipo de atadura y encontrarse con Él. Sin embargo, él no lo quiere dejar, es feliz con sus ataduras, es feliz teniéndolo todo y cumpliendo externamente leyes. Para él las leyes, los actos externos son la vida de fe; sin embargo para Jesús la vida de fe se garantiza, no por lo exterior, sino por el interior, por el verdadero encuentro con Dios que desliga y hace de Dios el único absoluto de la vida.
De nada sirve decir que se cumplen las leyes, si en mi corazón hay ciertos intereses que no son necesariamente los de Dios. Cuantos creemos que por ir a misa, comulgar o confesarse, ya tiene vida de fe. Pero por dentro tiene un corazón atado a la riqueza, al poder, a la belleza, al honor. Cuantos van a misa y en su vida son las personas más déspotas que pueden existir; o cuantos hacen grandes rezos, pero su corazón está atado a la riqueza y la injusticia; Cuántos tienen un corazón orientado al tener, o al envidiar las cosas, aunque estén en algún grupo de pastoral. La fe no se mide con actos cultuales, con leyes externas, con mandamientos sosos, con cumplimientos momentáneos. La vida de fe se mide sólo y únicamente con la vivencia de Dios en la vida. Descubriendo realmente que Él y sólo Él debe de reinar el corazón.
Sería bueno que hoy a la luz de esta Palabra descubriéramos realmente que reina en nuestro corazón. Siendo capaces de ver que realmente no podemos llamarnos hombres de fe sólo por algunos actos, como ir a misa, o ir al catecismo, más bien deberíamos ver si realmente Dios gobierna en nuestra vida, en nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestras relaciones. Porque si dejamos que el poder, la ambición, el rencor, la manipulación, la injusticia vaya dejando que guíe nuestros pasos, pues muy difícilmente podemos llamarnos cristianos y hombres de fe.

7/10/09

Jonás: Invitación a vencer el materialismo

Meditación del Miercoles XXVII de Tiempo Ordinario
Ciclo Ferial /I/
Año impar


Textos:
Jonás 4,1-11
San Lucas 11,1-4

El día de hoy contemplamos el final del libro de Jonás. Hemos visto dos características de este gran texto, por un lado la huída de la llamada de Dios, el no querer ser corresponsable con lo que Dios nos pide en medio de la vida; y por otro hemos meditado el porqué la llamad de Dios deja una huella en nosotros, que nos hace no dejarla tan desapercibida, lo cual toca al hombre, aunque éste no permita la total acción de la Palabra.
El día de hoy lo contemplamos haciendo un berrinche porque Dios no ha cumplido su sentencia de destruirlos, y para ello aduce a un argumento fundamental: «Yo sabía que tú eres un Dios bondadoso y compasivo, lento para enojarte y de gran misericordia, y que te arrepientes del mal con que amenazas.» Descubrimos el enojo de Jonás causado porque Dios no cumple su amenaza destructora. Si él había huido era porque sabía que Dios no cumplía y salvaba a los demás, y él no quiere que se salvaran, por ello hizo una predicación escasa de un día para que no se convirtieran y se condenaran. Se puede ver que Jonás es aquel que no quiere el bien del otro y se enoja, se suscita en él la envidia porque Dios no ha cumplido con la destrucción.
Podemos contemplar aquí un deseo malsano por el mal que le puede suceder al otro, y a veces existen creyentes que piden y desean el mal para los demás. Hay veces que pedimos por la destrucción de los demás, que pedimos para que le vaya mal a alguien, parece absurdo, pero así sucede. Esto es generado por la envidia, por el coraje de que al otro de va bien, o incluso obtiene el favor de Dios.
La problemática de esto va en aumento cuando descubrimos que somos más interesados por lo meramente material, que por lo que realmente vale pena. Por qué si lo pensamos la envidia que surge en nuestro corazón se da por lo material, lo pasajero, envidiamos un coche, una ropa, un don personal, un circulo de personas que rodean a otro, la fama, la belleza, etc. Son en el fondo cosas que rodean a la persona, y hacen que al envidiarla le deseemos lo peor, deseamos que le suceda algo. Pero en realidad la envidia nos ciega al punto de no descubrir que lo importante es la persona, y sólo vemos lo que le rodea; es más poderoso lo externo que el valor de la persona, su dignidad. Esto mismo se ve reflejado en el pasaje de Jonás, por un lado porque Dios no cumple su antojo de destruir al pueblo de Nínive, pero por otro lado, porque el árbol de ricino que crece se seca. Este dato refleja su total materialismo. Así como se preocupa por una planta, se preocupa sólo por lo exterior por sus antojos
El coraje por ese acontecimiento de perder la sombra hace que pida la muerte. Con esto vemos que su vida se valúa sólo en lo material: “He perdidó mi planta de Ricino, mejor me muero”. Con esto vemos el total desprecio de la vida, al enfocar todo en lo material. Así como deseaba la muerte de ese pueblo por puro capricho, por creer que no son dignos de la salvación, ahora él prefiere la muerte por otro capricho: perder una planta que no le da la sombra y le calor. ¿A caso el calor, o una planta son más fuertes y valiosos que un hombre, que la vida de alguien? Al parecer si en muchos contextos, pues pareciera que si no se cuenta con lo material, es mejor morir. Cuantos no sufren y se apenan si no lucen bien su belleza, o si no están a la moda, o si no compran lo último en tecnología. A veces disminuimos lo más grande que puede existir, –la vida del hombre- en lo más mediocre e insignificante –lo material-. Jonás es un claro ejemplo de esto, no le importó la vida de un pueblo y ahora ni su vida le importa, en primer lugar porque Dios no cumplió sus caprichos y en segundo porque le quitó el árbol. Dios debe ponerlo en su lugar: «Tú te conmueves por ese ricino que no te ha costado ningún trabajo y que tú no has hecho crecer, que ha brotado en una noche y en una noche se secó, y yo, ¿no me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del mal.» Con esta expresión Dios trata de hacerlo entender que hay cosas más valioso que lo material, que es la misma vida del hombre. Es más valioso la salvación del pueblo que su condenación, por consecuencia ha de descubrir que es más valiosa su vida que su árbol con sombra.
Además el gusano llega a representar dentro del mundo bíblico la pequeñez y fragilidad del hombre (cfr. Isaías 41,14; 66,24; Job 25:4-6), de ahí que en realidad quien destruye el árbol es la pequeñez, la precariedad del hombre. El gusano en el fondo refleja la pequeñez y pecado del profeta Jonás, que al quedarse en el límite de lo material destruye la vida misma. Con esto Dios le quiere dar a entender que cuando uno se queda en lo meramente material, uno destruye la vida y no se sabe capaz de reconocer lo grande en la vida encerrándolo todo en nuestros deseos egoístas, que llevan a destruirlo todo.
Creo que este texto nos ilumina fuertemente en nuestro contexto mundial, en donde todo es tan relativo y materialista, pues vamos por la vida sólo juzgando, valorando y envidiando, sólo por lo externo, lo material sin llegar a descubrir lo que realmente es valioso, sin ver lo grande de nuestra vida, de nuestras facultades, de nuestro ingenio, de mi persona que es única y que es grande, y no hay nada que pedirle a los demás.
Y me surge una pregunta más: ¿Por qué no se fue?!!! Si ya se había enojado, porque Dios los perdonó, por qué no decidió irse, por qué no se regreso a su casa, sino que sólo se va al este de la ciudad. El texto, como lo encontramos hoy, parece sugerir algo: «…allí levantó una choza y se sentó a la sombra de ella, para ver qué iba a suceder en la ciudad.» De alguna manera Jonás todavía quiere que algo le suceda a la ciudad, tiene una esperanza de que la conversión sea aparente y Dios los castigue. Marcando así su deseo de cumplir su gusto, no se conforma con el perdón de Dios, quiere que algo le pase. Eso sin duda es parte de materialismo exacerbado que se vive, pues buscamos medios para conseguir todo, buscamos medios, colocamos planes, con tal de alcanzar o quitarle algo a alguien. Por eso Dios manda ese gusano, para que todo cambie, para que caiga en la cuenta de que él no cambiará su postura de amor y misericordia por un deseo mezquino que no brota de la experiencia de Dios.
Con este texto se nos invita reflexionar y pensar que tan materialistas y egoístas somos, con el fin de iniciar un cambio. Un camino para lograr esto se da por medio de la interiorización, la capacidad de dejar lo material y entrar en el ámbito espiritual, ya analizar lo grande de mi existencia, y más aún, lo grande del don de la vida. Curiosamente junto con el texto de Jonás aparece el texto del evangelio que propone un camino para esta interiorización: La oración. Hoy Jesús deja una gran enseñanza: la oración del Padre Nuestro. Y con esta oración se ve la importancia no por lo material, sino por la vida, reconociendo que nos viene de lo alto, que viene de Dios. Que mi vida se convierte en medio para testimoniar a Dios, a mi creador y santificarlo; Que es posible un Reino donde los valores no es la apariencia y lo material, sino valores más altos; Un Dios que me da lo necesario para la vida, que no necesariamente es lo material, pues el pan del que habla, no es lo material simplemente es el pan de la vida, el pan de la fuerza, del amor, de la sabiduría, de la paciencia todo aquello que necesitamos en nuestra jornada y que es básico para seguir adelante; finalmente es la capacidad de experimentar su misericordia, su perdón y darlo a los demás, mostrando lo valioso de la vida que no se encierra en lo meramente, material, sino que hay cosas más trascendentes. Así, el Padre Nuestro se convierte en una oración para comprender el misterio de Dios en nuestra vida, valorando y descubriendo lo que realmente es importante.
Y hoy además celebramos la fiesta de Nuestra Señor del Rosario, una invitación más para la oración, que no consiste en repetir rezos, sino en contemplar a Cristo y con ello descubrir otros valores vitales en nuestra vida. Con esto podemos decir que un medio para vencer el materialismo es la oración el encuentro con Dios que me abre el horizonte para valorar otras realidades vitales en mi vida. No por ello quiere decir que caigamos en un espiritualismo o una fuga del mundo, pues como dice el Santo Padre Benedicto XVI: «Para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor» (4 de marzo de 2007).

6/10/09

Jonás: Una Palabra que llega y no se va

Meditación del Martes XXVII de Tiempo Ordinario
Ciclo Ferial /I/
Año impar

Textos:
Jonás 3,1-10
San Lucas 10,38-42

Continuamos con la lectura del libro de Jonás. El día de ayer contemplábamos como este profeta está renuente para ir a Nínive, pues no quiere la salvación para los paganos, mostrando así la total cerrazón, no sólo de este hombre, sino el pueblo de Israel. Ante esta negativa decide escaparse, y cuando Dios lo encuentra decide que lo arrojen al mar y así morir, pues prefiere su destrucción a la salvación de los ninivitas, y así con esta instrucción puede evitar cumplir su encargo. Pero resulta que un monstruo marino se lo traga y es arrojado en las orillas de Nínive para cumplir con el encargo del Señor.
Me hace pensar en algo muy peculiar. Si Jonás no quería ir, ¿Por qué simplemente no fue? Es decir, porque no ignoró la voz de Dios y se quedaba en su vida como si nada hubiese sucedido; o incluso pudo darle la dirección de otra persona o esperar que dios le dijera a alguien más para que las cosas no las hiciera él. Eso hubiese sido lo más lógico, para que ir a un barco, para que pedir que lo arrojen al mar y arriesgar su vida, pudiendo vivir en la ignorancia del mensaje. Creo que se debe a la fuerza de la Palabra de Dios, que en el fondo nos marca y no podemos dejar de hacer lo que nos pide, por eso decide huir, porque en el fondo sabe que lo tiene que hacer, y al escaparse trata no sólo de escaparse de Dios, sino de sí mismo, de esa palabra que lo ha tocado totalmente en su ser, de su misión y obligación en la vida. La Palabra de Dios es tan grande que cuando toca el corazón del hombre no es posible escaparse de ella, no es posible olvidarla tan fácilmente, deja una huella profunda en la vida. Lo mejor es tratar de olvidarla, de escaparse de ella, de hacerse a la idea de que nunca me ha hablado, uno trata de huir de eso. Jonás lo hizo, porque esa Palabra en un momento determinado lo dejó totalmente marcado. Tan marcado que en lugar de ignorarla, se escapa, y por eso Dios lo busca, porque la Palabra ha llegado a lo más profundo de su ser, que no la puede ignorar, el hubiera querido que Dios lo olvidara, y así no sentirse tan mal. Se escapa a ver si Dios se le olvida y de paso él se distrae pero no fue así: Dios lo busca, sabe lo que hay en su corazón, sabe que su Palabra está cavando hondo. Y esto se puede corroborar con la lectura del día de hoy.
Hoy encontramos a este profeta en la tierra de Nínive, y ahí en lugar de irse, de no hacer nada, de regresarse a su casa, comienza a predicar, comienza a hacer el anuncio de conversión. Y lo hace porque es precisamente la Palabra de Dios quien le mueve a realizarlo, es una fuerza tan grande que puede hacer precisamente del hombre un motor para iniciar un cambio. Encontramos entonces al profeta que al ver que no pudo escapar entonces decide hacer lo que esa Palabra le decía, por un lado porque así se quita ese remordimiento y misión de encima; y por otro porque esa Palabra taladra su corazón y le pide hacerlo, debe hacerlo.
Pero a pesar de que siente la necesidad de hacerlo nos topamos con la libertad del hombre que en su ser no le gusta su misión, y si bien la hace porque Dios lo pide, lo hace a su modo, para manifestar su descontento al respecto. Esto lo descubrimos cuando hace el anuncio de conversión n un solo día, siendo que se necesitaba de tres para recorrer la ciudad según nos marca el texto. Esto quiere decir que en realidad sólo hizo el anuncio en 1/3 parte de la ciudad, para que no se enteraran todos y así no se salvaran. Por un lado, cumple lo que le pide la Palabra, y por otro lo hace según lo dicta su corazón egoísta. Podemos ver por tanto la ambivalencia del corazón del hombre, que por un lado es tocado y cuestionado por Dios; y por otro, su pecado, que le impide seguir adelante en ese proyecto o hacerlo a medias.
Por otro lado, podemos ver la capacidad que tienen los Ninivitas para recibir la Palabra de Dios y hacerse dóciles a ella, pues en cuanto oyen el mensaje se pasan la voz y se inicia el proceso de conversión. Ellos a diferencia de Jonás permiten que la Palabra entre y la ponen en práctica iniciando ese camino de conversión.
Si hiciéramos un balance cabría preguntarnos ¿Qué tanto permito que la Palabra de Dios entre en mí? ¿Qué tanto soy como Jonás cerrándome a esa Palabra? ¿O qué tanto como los ninivitas que ponen en práctica el mensaje de Dios? Cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios y vamos por la vida huyendo de ella, tratando de que no nos alcance, de que no se cumpla algún proyecto de Dios en nuestra vida. Cuantas veces Dios te pide algo en tu vida, que tu sabes que es necesario, algo que debes cambiar, y sin embargo dices que a ti no te toca, que cambien otros, que hay personas más capacitadas, y así vamos por la vida sin dejar que esa Palabra vaya siendo fecunda en cada uno de nosotros. Cuantos años llevamos huyendo de esa Palabra, que pide el cambio de nuestro ser y con los demás. O bien cuántas veces se huye de una misión o vocación determinada, porque no nos favorece, o simplemente porque no queremos. Lo cierto es que la Palabra está en mí. Si analizáramos nuestra vida podríamos descubrir que es lo que dios nos pide, y veríamos como esa Palabra toca constantemente nuestras vidas para transformarla, porque no dejamos que hoy entre esa Palabra y a ejemplo de los Ninivitas dejemos que nos renueve y haga de nosotros mejores personas, porque finalmente eso es lo que hace que el hombre de fe vaya siendo mejor y vaya transformándose, pues el evangelio nos lo ha dicho hoy al colocar a María escuchando la Palabra, y el mismo Jesús lo rectifica diciendo: «Una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada.» Porque es ahí en la escucha de la Palabra y la docilidad a ella en donde se inicia una verdadera y auténtica transformación.

5/10/09

Jonás: Huída de la llamada de Dios

Meditación del lunes XXVII de tiempo Ordinario
Ciclo ferial /I/
Año impar

Textos:
Jonás 1,1-17.2,1.11
San Lucas 10,25-37

Hoy iniciamos el teto del profeta Jonás con el cual se nos propone un tema fundamental del pueblo de Israel: la salvación universal. Este texto fu escrito después del Destierro para demostrar que todos pueden ser destinatarios de la salvación que Dios nos da. De ahí que Dios mande a Jonás a anunciar la salvación a los ninivitas, a anunciar la salvación a aquellos que no pertenecen al pueblo de Dios, y como respuesta encontramos la cerrazón del profeta, que representa al pueblo de Israel que no quiere que esto se cumpla, que no quiere que la salvación sea para todos, porque ello incluye a los pueblos que en algún momento de la historia los ha esclavizado, y por supuesto que ellos no deben tener la salvación.
Encontramos así un deseo de Dios, una misión que le encomienda al profeta; y una cerrazón de su parte. Por esta razón decide huir, no quiere aceptar este proyecto de Dios. Muchas veces así somos, huimos de lo que Dios quiere. Huimos porque nos da miedo el proyecto de Dios, porque a veces es exigente o bien porque nonos conviene. Podemos así vislumbrar que el hombre huye ante los proyectos de Dios.
Podemos encontrar a una sociedad que huye de la propuesta de la vida, de la justicia, del amor; y huye porque eso implica dejar el confort, los placeres, las responsabilidades, los lujos. Es más fácil cerrarse a la vida, vivir a la ligera, vivir oprimiendo para que sólo unos se beneficien.
Nosotros mismos huimos cuando no queremos dejar nuestros rencores, o nuestros intereses; cuando preferimos seguir siendo los mismos a costa de lo que le suceda a los demás para no afectar nuestras vidas o nuestra economía; e incluso para que no se favorezca a más, y levantamos chismes para que otros no se levanten porque no lo merecen o porque no queremos que nos hagan competencia, simplemente porque nos caen mal y creemos que no lo merecen.
Y justamente en medio de su huída aparece la tormenta símbolo del actuar de Dios y un dato teológico que nos coloca ante la tormenta que el profeta vive por dentro al tratar de huir de Dios. Creo que también deberíamos de tener esta tormenta en nuestra vida de vez en cuando y cuestionarnos realmente que tanto somos testigos del amor de Dios para con los demás, que tanto escuchamos a Dios y lo dejamos actuar en nuestra vida, o bien que tanto tratamos de escapar, de darle vueltas y de no asumir responsablemente la misión que día a día nos encomienda para ser mejores. Si Dios le dijo a Jonás que fuera a Nínive se lo dijo para que ellos fueran mejores y él mismo se hiciera más sensible a las necesidades de los demás, en el fondo trataba de hacer de él una buena persona y un mejor mundo. Pero huyó. También nosotros podríamos empezar a cambiar y dejar de criticar y de escuchar a los demás, abrirme al evangelio del amor, de la vida, de la justicia y ser el mensajero que el mundo necesita anunciándolo con la propia vida, y siendo cercanos a los demás, haciendonos prójimos de los que nos rodean como lo pide hoy Jesús en el Evangelio de hoy. Es momento de dejar nuestros temores y dejar que Dios nos sacuda con una tormenta para que iniciemos un buen cambio en nuestra vida.

3/10/09

« No es bueno que el hombre esté solo...»

Homilia para el XXVII Domingo ordinario
Ciclo /B/

Textos:
Génesis 2,18-24
Hebreos 2,9-11
San Marcos 10,2-16

El hombre por Naturaleza necesita del otro, no puede entenderse a sí mismo sin los demás, no puede captar su identidad sin el encuentro con el otro. Uno de las dificultades que existen y dañan al hombre es que se encierre en sí mismo, que por sus propias fuerzas trate de salir delante de todo, creyendo que todo se concentra en sí. Sin embargo llegue el momento en la que el hombre sabe y reconoce que no puede hacerlo todo sin la fuerza de los demás. Y cuando no cae en la cuenta de ello, entonces el hombre vive una situación tan terrible que todo se pierde, que todo pierde un horizonte que puede llevarlo incluso a perder el sentido de su realidad y de su existencia.
La primera lectura que hemos escuchado n este día nos presenta una base fundamental para entender esta realidad fundante del hombre. El Relato del libro comienza diciendo que Dios reconoce que «No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» Eso quiere decir que en el plan original de Dios, no contempla al hombre como un ente solitario, sin nadie que esté cerca de él.
La soledad es algo para lo cual no fue creado el hombre, el hombre necesita de los demás. Aclaremos que al decir “hombre” no nos referimos simplemente al hombre en sentido masculino, sino que remitimos a hombre en sentido de humanidad. Decir hombre dentro de la escritura es decir “humanidad”. Por tanto lo que Dios nos está diciendo es que no es bueno que la humanidad sea solitaria, todo ser humano necesita de los demás.
Por ello el texto de modo pedagógico nos va diciendo la ayuda que requiere el hombre. En primer lugar nos dice que forma a los seres vivos y los trae ante el hombre para que les de un nombre, marcando con esto un símbolo de dominio. Poner nombre quiere decir que los domina. Con esto el texto del Genes nos coloca ante una realidad, el hombre que entra en contacto con su entorno, el hombre que entra en contacto con la naturaleza, con la ciencia, con la técnica. Sin embargo el texto termina diciendo una vez que termina esto: «pero entre ellos no encontró la ayuda adecuada», manifestando que el entorno no es suficiente para el hombre, pues requiere de algo más.
El texto da un paso más: «Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío.» El hombre entra en un sueño y ello quiere decir que se aproxima una experiencia de Dios, pues el sueño es un símbolo de la desaparición del hombre, para que Dios sea el protagonista, para que Dios actúe. En el fondo la creación del otro es acción de Dios, es un acto divino, es un acto que viene de Dios, y sólo de él; no viene de la fuerza del hombre y de su inteligencia, viene sólo de Dios.
Y curiosamente viene de la costilla, lo cual es un símbolo de la igualdad, pero sobre todo hay que considerar que la costilla es una especie de caja que resguarda y protege tres órganos fundamentales: El corazón, los pulmones y los riñones. Con ello el texto nos pone de manifiesto diversas cosas que pone de manifiesto el encuentro con el otro.
El corazón es el símbolo de la sabiduría, por tanto quiere decir que la auténtica sabiduría se da cuando me encuentro con el otro. Los pensamientos que valen la pena, la sabiduría en la vida se da únicamente cuando me topo con el otro, pues es el otro quien me reta, quien me da la capacidad para meditar y vivir esa sabiduría.
Los pulmones son el símbolo del encuentro con Dios. Por tanto el camino para encontrarnos con Dios no es la sola superación, el encerrarse en sí mismo, sino es por medio del encuentro con el otro. A Dios se le encuentra en el otro, por medio de los demás.
Los riñones son el lugar de las pasiones, de ímpetu. El otro es quien hace que tenga las más grandes experiencias, mis más grandes pasiones, mis logros más importantes, el querer caminar y seguir adelante, se debe únicamente por el otro, que me da la fuerza para seguir adelante.
El hombre ha entrado en un sueño profundo y con ello ha llegado aquel que es la ayuda adecuado, que le llena y le complemente, aquel que puede hacerle tener auténtica y verdadera sabiduría, que se vuelve camino para el encuentro con Dios, que le hace vivir las experiencias más profundas de la vida.
Con este fuerte simbolismo el texto del Génesis nos coloca de frente a una realidad fundamental en la vida del hombre, necesitamos de los demás, pues son parte esencial de la historia de la salvación. De ahí que en el evangelio Jesús se oponga al divorcio, pues no es simplemente una separación; sino que es una ruptura, equivale a decir “tú no eres importante para mi”, lo que interesa del divorcio es precisamente hacer del otro algo insoportable, una carga terrible que debemos de desechar, y eso no es así, pues eso no sería considerar al otro como camino de salvación.
Creo que cuando un se opone al divorcio no debe de ser simplemente por salvaguardar la institución matrimonial, sino que más bien se debe salvaguardar la identidad del hombre que está llamado a encontrarse con el otro, a unirse a los demás, y no simplemente a separar, a dividir o alejarse, pues ello contradice nuestra vida, nuestra costilla, que no es otra cosa sino nuestra esencia. Y que finalmente esa identidad es la base y motor de matrimonio.

2/10/09

Ángeles custodios: Presencia de Dios

Meditación con motivo de la memoria de los ángeles custodios

Texto:
San Mateo 18,1-5.10

El Día de hoy celebramos a los Santos ángeles custodios y al igual que lo marcaba en la reflexión de los arcángeles, lo ángeles son mensajeros de Dios. Su nombre se deriva del hebreo “Malak Yahveh”, son los enviados por Dios para ayudar a la vida del hombre y mantenerla. Esta fiesta de hoy nos invita a reconocer que no vamos solos por la vida, sino a descubrirnos acompañados y protegidos por Dios.
El hombre por tanto no camina solo en medio de la historia sino que lo hace acompañado por Dios y se va haciendo presente para cuidarnos y ayudarnos a seguir adelante en medio de nuestra historia. Esto debe de ayudarnos a reconocer que ciertamente en nuestras vidas existen crisis, tristezas, soledad, pero ello no quiere decir que todo esté perdido, al contrario Dios camina junto a nosotros. Al festejar los ángeles estamos celebrando que Dios coloca y pone todos los medios para alcanzar nuestra salvación, para hacerse presente y ayudarnos a salir adelante, para que no nos demos por vencidos, sino que estemos caminando con la fuerza del Señor.
En el evangelio del día de hoy Jesús dice: «Les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.» Con ello se puede ver que Dios tiene sus mensajeros, pero también nos muestra que Dios nos protege y da lo necesario para seguir adelante en la vida.

1/10/09

Santa Teresita y la vocación al amor

Meditación sobre Santa Teresita de Lisieux

El día de hoy celebramos a Santa Teresa del Niño de Jesús y ello es de gran importancia para la vida de la Iglesia pues es la doctora de la iglesia más joven que hay dentro de la historia de la Iglesia. Acemas es patrona de las misiones y justamente hoy al inicio del mes de las misiones considero fundamental meditar en su persona y enseñanza; y sobre todo en lo que marcaba al terminar la meditación del día de Hoy del Jueves XXVI Ordinario donde decía que todos tenemos la vocación al amor.

Comencemos diciendo que María Francisca Teresa Martin nace el jueves 2 de enero de 1873. Nace en el seno de una familia religiosa, tiene cuatro hermanas y a los cuatro años muere su madre la Beata Celia Guierin, lo que sin duda marcará su vida, será tímida y obsesiva. Ante este deceso, su hermana María Paulina se hace cargo, una mujer fuerte que impulsa a sus hermanas, dándoles valores, con una educación dura que los forja en la austeridad y pobreza para que tengan entereza en su vida. Todas sus hermanas entraron a la vida religiosa por y ella no era la excepción, sin embargo por su corta edad no se le permitía hacerlo, por esta razón su padre le ayudo para llevándola hasta Roma, en donde hablará con el mismo Papa León XIII para que le conceda entrar, el cual le dice ue espere la voluntad de Dios. Sin embargo, logra entrar, pese a las contrariedades que se le presentan el 9 de abril de 1888, en donde adoptará el nombre de Teresa del niño Jesús y de la santa Faz. Aquí es en donde comenzará un ascenso en su vida espiritual, se hará sensible al dolor del Señor y descubrirá que su caminar es de Dios, como ella misma lo marca «¡Que misericordioso es el camino por donde me ha llevado siempre Dios! Nunca me ha hecho desear nada que luego no me haya concedido» (Manuscrito A. En: Obras completas, 220).
Siete años después de su entrada al Carmelo comienza una nueva etapa dentro de la vida espiritual de Teresa, comienza a experimentar un amor que es difícil de explicar porque marca por un lado el misterio de Dios, un misterio que oprime ante el Dios implacable y por otro el sentirse amada, por un amor que le abrazaba y ella sabía que no podía seguir sino con la ayuda de Dios. Dentro del Carmelo su hermana mayor Sor Inés de Jesús, que era la superiora, le obligó a escribir su vida denominado hoy día Manuscrito A, y posteriormente escribo otro manuscrito pequeño a otra de sus hermanas, a Sor María del Sagrado Corazón, denominado Manuscrito B.
El viernes santo 3 de abril de 1896 Teresa cae enferma, teniendo su primera hemoptisis, las cuales irán en crecimiento y la llevarán a reflexionar sobre su muerte cercana tal y como lo refleja en sus escritos. Su estado de salud va en detrimento y para abril de 1897, se desploma, abatida por la fiebre y la debilidad corporal por lo que sus actividades son cada vez en menor grado hasta quedar completamente encamada y sor Inés de Jesús comienza a escribir sus últimas palabras en el denominado cuaderno amarillo. Y así otras hermanas hacen lo mismo. Durante este periodo desarrolla su doctrina sobre el llamado “caminito”, al escribir el manuscrito C y que es entregado a la superiora de ese momento la Madre María de Gonzaga (Estos tres manuscritos el A, el B y el C forman el llamado libro “historia de un alma”). Finalmente Teresa muere el 30 de septiembre de 1897 a las 7:20 p.m. ante la comunidad reunida y su muerte es un total ofrecimiento a Dios, una vida totalmente consagrada a él, tal y como lo demuestran sus últimas palabras: «…¡Lo amo…! ¡ !Dios mío…, te amo…!» (Últimas conversaciones. En: Obras completas, 947, 968).

Una vez hecha esta pequeña reflexión sobre su vida centrémonos en el tema que quisiera meditar hoy: La vocación al amor. Pido disculpas de antemano pues el tema requiere múltiples citas de la obra de Teresita que ha plasmado y por ello los cite teniendo como base el texto de: TERESA DE LISIEUX, Obras completas. Manuscritos, cartas, poesías, ultimas conversaciones, escritos diversos, Monte Carmelo, Burgos, 1992.
Iniciemos diciendo que el amor es uno de los temas más impactantes de santa Teresa, que van conformando el itinerario de su espiritualidad. Su ardiente necesidad por Dios, la lleva a experimentar una manera de amar con una verdadera pasión, descubriendo en esto su única vocación pues el amor es la realidad esencial de la que Teresa da testimonio y en la que es maestra.
El amor es una experiencia fundamental dentro de la vida del hombre que inicia un proceso espiritual, porque cuando Dios ama, uno se descubre cautivado por eso. El amor lo es todo, consiste en llenar el vacío, es la fuerza que invita al hombre a abrirse, a deshacerse uno de las naderías que uno tiene en el corazón. Este amor torrencial de Dios es un amor que no permite diques, cuando Dios quiere llegar destruye los obstáculos que existen y a partir de esto comienza la espiritualidad.
«La caridad me dio la clave de mi vocación» (Manuscrito B. En: Obras completas, 261) es una frase contundente, que no sólo designa una opción en la vida, sino la opción fundamental. Finalmente, en el fondo la experiencia espiritual de la comunidad cristiana brota de un acto de amor: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo» (Jn 3,16) y es esta experiencia la que cimienta toda actividad eclesial, es ese es el gran mandato que Jesús dejo a la pequeña comunidad de discípulos: «amaos los unos a los otros, como yo les he amado» (Jn 13,34). En el fondo todo tipo de vocación brota como consecuencia del sentirse amado, como consecuencia de donación hacia los demás. Así santa Teresa no escoge una determinada vocación, sino que opta por la Vocación por antonomasia. Su vida de religiosa, de hermana, de escritora, de maestra de novicias, no son sino el reflejo de la gran vocación que tiene todo el hombre: Amar.
Este sentido de la caridad, como el sentido de todo lo que el hombre está llamado a ser, lo marca la misma Teresa: «Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia […] Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones» (Manuscrito B. En: Obras completas, 261). Así podemos observar que da dos puntos de partida: Es el amor la fuerza viva que guía, y da vida a la Iglesia, porque finalmente si la Iglesia se preocupa por el necesitado, el pequeño, el abandonado, se debe a que lo mueve el amor. El problema comienza cuando el amor no es el centro de la Iglesia, entonces abandona al solitario, olvida al desconsolado y hasta pisa al pequeño, de modo que, la Iglesia ya no está en movimiento, sino que está en un estado pasivo, limitándose a observar. Esto debe de aplicarse a todo cristiano, y cuando en la vida espiritual, el hombre olvida que su fuerza, el motivo de su vida, el motor que le mueve es Dios, se pierde todo el camino que ha avanzado, cayendo en una pesadez espiritual, en un conformismo. Por otro lado, el amor encierra todo tipo de vocación, es así que la vocación a ser cristiano es una vocación al amor. El que siente el llamado a la vida sacerdotal está invitado a amar y lo mismo el que vive en matrimonio, es un llamado constante al amor.
«He encontrado mi puesto en la Iglesia […] yo seré el amor… Así lo seré todo… Así mis sueño se verá hecho realidad» (Ibid). Así Teresa tiene un punto de partida extraordinario, ser amor, no es ser cualquier cosa, ser amor es ser hombre en plenitud, es dejar que Dios este en ella, entonces para con los demás será caridad infinita, misericordia, paciencia, fidelidad constante, porque es amor y efectivamente, lo es todo, porque fuera del amor ¿Qué podemos encontrar? ¿Qué dimensión no es alcanzada por el amor? ¡Ninguna! Teresa ha optado por el auténtico amor, la auténtica vida. Algo extraordinario es su última frase al decir que su sueño se hace realidad. Y es que, el sueño de todo hombre en el fondo es amar, el problema es que al toparse con los límites uno se queja, odia, destruye y se convierte en alguien infeliz, porque ha perdido el horizonte de la vida: el amor.
Para Teresa encontrarse con Jesús es el nivel máximo, en él está el amor, es en su persona en donde se da un «verdadero intercambio de amor» (Manuscrito A. En: Obras completas, 167), en el se cumple su gran anhelo: «Yo quería amar, amar apasionadamente a Jesús y darle mil muestras de amor» (Manuscrito A. En: Obras completas, 169-170). «El amor se demuestra con obras» (Manuscrito B. En: Obras completas, 262), puesto que amar a Dios requiere de amar a los demás, sólo así se puede uno auto designar cristiano. Amar al prójimo, perdonarle, dar la otra mejilla, caminar dos mil pasos al que pide mil, tal y como lo marca el Evangelio parece una tarea dura, es hasta contradictorio, sin embrago este mandamiento dice santa Teresa no es imposible «Tú no mandas nada imposible. Tu conoces mejor que yo mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo nunca podré amar a mis hermanas como tú las amas, si, tú mismo, Jesús mío, no las amarás también en mí. Porque querías concederme esta gracia, por eso diste el mandamiento nuevo» (Manuscrito C. En: Obras completas, 288.) De modo que el amor de Dios es un reflejo del amor para con el hermano, y si bien uno no puede realizarlo, no ha de temer en ningún momento, puesto que no es uno el que le ama, sino Dios el que ama a través de nuestra persona. Esto sólo se puede dar en la medida en la que el hombre se abre a la acción de Dios.
Con esto podemos sentirnos interpeladas para que realmente empecemos a vivir claramente esta vocación al amor, buena tarde a todos.

«…y los envió de dos en dos»

Meditación del Jueves XXVI de tiempo Ordinario
Ciclo Ferial / I /
Año impar

Textos:
Nehemías 8,1-4.5-6.7-12
San Lucas 10,1-12

El evangelio del día de hoy nos presenta una de las características fundamentales de la vida de la Iglesia: Ser misionero. Ser misionero concretamente consiste en ir y anunciar a todo el mundo el evangelio, darlo a conocer plenamente a los demás.
Detengámonos en una característica que es fundamental: ir de dos en dos. Esto nos indica algo de la época, pues el numero dos indica el número del testimonio. Cuando alguien atestiguaba en un juicio era necesario hacerlo con dos personas, pues así se corroboraba que el testimonio fuese veraz y no existiera contradicción.
Jesús, los envía de dos en dos, en primer lugar si el número dos es símbolo del testimonio, quiere decir que son enviados para dar testimonio del evangelio. Ser misionero implica por tanto tener la capacidad de dar testimonio de lo que se anuncia. Ello quiere decir que el anunciar el evangelio no se limita simplemente a dar hermosos discursos, ni diálogos teológicos bien estructurados, ni dinámicas sentimentales que hagan llorar a los demás. El evangelio exige testimonio. Al enviarlos, Jesús estaba pensando justamente en ello, que fuesen capaces de reconocer que la misión es ese dar testimonio, que ellos son testimonio vivo del Evangelio y del Reino.
Esto nos invita a reflexionar que tanto somos testigo de lo que anunciamos, que tan testigos somos de nuestra vida de fe. No basta con ir a misa, no basta con hacer una oración unos momentitos, no basta con ir de vez en cuando a una plática; sino que se debe de dar testimonio. No basta tampoco con dar un servicio eclesial o tener un ministerio, lo importante es tener la capacidad de ser testigo. De qué me sirve que sea ministro de la Eucaristía si no encarno y llevo a Cristo a la vida de mi familia o de mi trabajo. De que me sirve ser catequista, si mi vida contradice todo lo que estoy anunciando. De qué me sirven tantas oraciones si no las vivo en mis realidades concretas.
Según la usanza legal de la Escritura son enviados de dos en dos para que no se contradigan entre ellos y así su mensaje sea veraz. Ser evangelizador implica precisamente tener la capacidad de no crear polémicas, divisiones sino que se sea capaz de dar a conocer el mensaje de Cristo, pero no contradicciones, no divisiones al interno de la vida. Deberíamos de meditar que tan veraz es nuestro mensaje o que tan contradictorio lo vamos volviendo con nuestras actitudes.
Ir de dos en dos nos lleva a considerar otra realidad muy importante que es precisamente la capacidad de la ayuda. Si son enviados de dos en dos, implica que se ayuden mutuamente, que se vayan auxiliando en el camino y en la predicación misma. Esto quiere decir que anunciar el evangelio implica que necesitamos de la ayuda de los demás. No creer que todo lo podemos por nosotros mismos, no creer que todo lo debemos hacer notros. El anuncio del evangelio lleva reconocernos necesitados de los demás, reconocer que por la vida no podemos ser tan soberbio de querer hacerlo todo y de solucionar todo. En segundo lugar reconocer que también los demás tienen algo que ofrecer y por ello darles la oportunidad que les permita hacer algo a favor de la comunidad y del anuncio del evangelio.
Finalmente el anuncio de dos en dos lleva precisamente a reconocer que no se va solo por la vida que se debe de hacer comunidad. Es imposible que se anuncie el evangelio sin hacer comunidad, de lo contrario anunciaríamos nuestro evangelio pero no el de la comunidad el de la iglesia, y así todo sería un mero subjetivismo. Dese luego que todos pensamos distinto, cada quien lo hace con su experiencia, pero ello no quiere decir que lo haga sin tomar en cuenta a la comunidad. Cuando alguien lo anuncia solo, por sí mismo, que tiene miedo que otro escuche implica que no está del todo bien. O cuando nada más se tata de contradecir por capricho personal, tampoco sirve. O si sólo se hace para desprestigiar a alguien o para sacar un provecho personal tampoco sirve. Anunciar el evangelio es cosa de dos, es de una vida en comunidad, que consiste precisamente en construir una comunidad y dejar todo individualismo.
Todos tenemos esta misión en la vida como creyentes: Ser misioneros, habríamos de preguntarnos qué tan fieles hemos sido a este llamado. Y que finalmente la misma Santa Teresita a quien celebramos el día de hoy los invitaba a serlo comenzando con la experiencia del amor.
Creo que sería interesante meditar un poco en Santa Teresita y así comprender mejor nuestra vocación al amor, y lo haré posteriormente...

26/9/09

Ser Arcángeles...

Meditación con motivo de la fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Miguel

Textos:
Daniel 7,9-10.13-14
San Juan 1,47-51

Hoy la Iglesia se alegra con la festividad de estos santos ángeles, que dentro del pensamiento bíblico son los enviados de Dios. Y cada uno con una misión especifica que va clarificada en el mismo significado de su nombre:
Miguel: ¿Quién como Dios? Marcando la cuestionante y la admiración al descubrir la fuerza de Dios, que vence al mal.
Rafael: Medicina de Dios. Es quien lleva la curación al Padre de Tobías y quien le quita la maldición a su esposa, poniendo de relieve que Dios trae la total sanación física y su plenitud en la salvación.
Gabriel: Anuncio de Dios. Es aquel que trae un nuncio de parte de Dios, quien da una buena noticia en el libro del profeta Daniel, quien da el anuncio a Zacarías y a la Virgen María, poniendo de relieve que Dios quiere darnos buenas noticias cargadas de esperanza.
Esta fiesta sin embargo no puede concretarse a contemplar la misión de estos seres angelicales, a maravillarnos por sus intervenciones en la historia de salvación, ni a reducirlos a objeto de superstición; al contrario esta festividad debe de ayudarnos a ponernos en marcha y ser a imitación de ellos mensajeros de Dios.
Podemos a imitación de san Miguel comenzar a vencer el mal en nuestras vidas, vencer nuestras inclinaciones a la destrucción, renunciando a la venganza, renunciando al odio, dejar la corrupción y búsqueda de poder; comenzando a tener un nuevo corazón, con nuevos pensamientos, nuevas actitudes que vayan demostrando realmente que podemos acabar con la situación de pecado y mal en nuestra historia.
O bien imitar a Rafael dando salud a los demás y no necesariamente pasándole un medicamento, pero podría ser una buena obra de caridad si yo ayudara a alguna persona enferma con sus medicinas si es que puedo, o bien visitarlo, hacerlo sentir mejor, que no viva encerrado en la soledad, dando así una salud, que en fondo lleva a encontrarnos con la presencia de Dios.
O ser otro Gabriel dando buenas noticias ocupando nuestra lengua o nuestros labios para dar buenas noticias, dejando los comentarios venenosos, los chismes, las mentiras y siendo más veraces, más sinceros, más amables y por tanto con palabras que edifiquen y transformen al hombre mismo y mi propia vida.
Con esto podemos descubrir que esta fiesta nos invita a ser enviados de Dios como estos arcángeles y anunciar la presencia de Dios con nuestras actitudes bien concretas.
Hoy en el Evangelio Jesús nos dice que los ángeles suben y bajan sobre el Hijo del hombre, poniendo de manifiesto el contacto de Dios con la humanidad, y esto es obviamente una consecuencia del ser enviados de Dios, pues cuando somos capaces de transformar la vida de los demás los acercamos a ellos a Dios y nuestra vida es mejor porque vamos siendo más divinos y más humanos pues el enviado de Dios no sólo anuncia a Dios sino que Dios vive en él. Que el Señor nos dé esa oportunidad de ser sus mensajeros y tener más cerca a Dios y así vivir con mayor plenitud la experiencia del Reino de Dios.

«¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!»

Homilía para el Domingo XXVI Domingo de Tiempo Ordinario
Ciclo /B/


Textos:
Números 11,25-29
Santiago 5,1-6
San Marcos 9,38-43.45.47-48

Uno de los problemas más complejos en el mundo es el protagonismo que lleva a cerrar a los demás alguna oportunidad en la vida. Esto se debe a un terrible individualismo en donde se cree que el único que puede realizar ciertas cosas es uno solo, sin la ayuda de los demás. Se cae en una terrible soberbia en donde se cree que sólo nosotros podemos hacer las cosas, siendo los únicos capaces de hacerlos, al punto de creernos indispensables.
Sobre esta realidad nos habla el día de hoy las lecturas. En primer lugar contemplemos el extraordinario texto del libro de los números en donde podemos descubrir como Dios entrega el espíritu de Moisés para ayudarlo a guiar a los demás. Sin embargo parece ser que hay dos personajes que o se encontraban en ese momento, y cualquiera podría decir que ellos han quedado fuera, que se perdieron la oportunidad de tener un cargo y un carisma al interno de la comunidad, pero no es así para Dios nadie está excluido.
Por esta razón les entrega el Espíritu. Curiosamente esto causa una terrible crisis, una gran conmoción y piden que Moisés los calle, pero Moisés que lo ve todo desde la perspectiva de Dios aclara: «¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!» Con esto se pone en claro que hablar con la fuerza de Dios no es algo exclusivo de algunos cuantos, sino que es de todos. Es una misión que Dios da a todos.
La fe no es para un grupo selecto, un grupo elitista, un grupo minúsculo de elegidos; es para todos. Cuantas personas creen que tiene ciertos privilegios porque pertenecen a un grupo determinado y discriminan a los demás, los miran por debajo del hombro. La vida de fe no puede quedarse sólo con eso, sino que requieren más; es decir, deben de estar abiertos a todos.
Recuerdo en alguna ocasión que en una celebración una persona no dejaba que nadie leyera la lectura porque ella era de un grupo parroquial y sólo le correspondía a ella, y no permitía que nadie se acercaba, creyéndose totalmente independiente e indispensable, impidiendo que otros se acercaran y participaran de ese ministerio. O bien cuantas veces por pertenecer a un cierto grupo denigran a los demás y les hablan con aires de superioridad, creyendo que ellos pueden mandar, meterse en todo y opinar sobre todo. Creo que eso es una manera de cerrar la oportunidad a otras oportunidades, impidiendo reconocer que todos pueden participar y todos tienen los mismos derechos a participar y a demostrar la acción de Dios en su vida. A veces por creer que uno sabe más, que porque tiene estudios, porque sabe más puede hacerlo todo, o mandar a todos o quitar o poner a ciertas personas. Con ello cierra la oportunidad que los demás desde su sencillez, su experiencia de fe guíen y enriquezcan a la comunidad. Siendo que por saber más se debería ser más sencillo y capaz de captar lo que los demás pueden aportar.
Por esta razón ante el escándalo del Josué, Moisés le responde que deje detrás el escándalo y más bien tenga la capacidad para descubrir que Dios se va manifestando de muchas maneras. Y su deseo es que todos profetizaran de ese modo, pues eso es lo importante, no puede limitarse todo a un grupo selecto, sino que debe abrirse a todos.
Y así como sucedió en el Antiguo Testamento, vuelve a suceder en el Nuevo, con la escena del evangelio en donde le hablan a Jesús acerca de un grupo que expulsa demonios en nombre de Jesús. Esto sin duda es el reflejo de una problemática de la comunidad de san Marcos en donde seguramente existían grupos que nos estaban totalmente vinculados a ellos y querían prohibir que ellos hablaran de Jesús, como si sólo fuese una exclusiva de ellos. Pero Jesús los pone en su lugar: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.» Con esto Jesús quiere marcar que la vida de fe no se encierra en un grupito determinado o en un club, sino que es superior y que siempre hay diferentes formas de expresarlo y de vivirlo. Pero si se quiere sobresalir, ser exclusivo, creer que todo lo hace una persona y la soberbia nos gana entonces si podemos destruirlo todo, pues alejamos a todos aquellos que pueden ayudarnos y ser mejores con nosotros.
El problema de fondo es la soberbia de quiere sobre salir querer ser los mejores, excluyendo a los demás. Si Josué se enoja es porque tiene miedo que otros le quiten el poder. SI los apóstoles van y acusan es porque temen que otro grupo les haga competencia, pues son ellos los que deben hablar en nombre de Cristo y no ellos.
Muchas veces queremos ser únicos, para que todos nos vean y todos se admiren de nosotros, pero no somos capaces de descubrir lo valiosos que son los demás y la riqueza que pueden traer. Una cosa es que yo ayude y otra tener el monopolio. Creo que la frase de Moisés es muy clara: «¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!» Ojalá todos fuésemos capaces de descubrir que no somos únicos y así asumiéramos nuestro papel de testigos en la vida de la comunidad, y extendiéramos con responsabilidad y firmeza el Reino de Dios en nuestra sociedad. Qué distinta sería nuestra ciudad, nuestro país, nuestra comunidad si en lugar de buscar rivalidades, buscáramos la unidad y la complementariedad.
Sería bueno que meditáramos que tan soberbios o protagonistas nos creemos a veces en la vida. Y para hacerlo deberíamos de ver en nosotros mismos, y no en los demás, porque muchas veces pensaos que los demás son así, que a los demás les queda bien el saco, siendo que en realidad somos nosotros los que nos volvemos jueces de ellos y en el fondo superiores, cayendo en la soberbia, pero cubriéndola creyendo que son los demás y no nosotros mismos.
Que este domingo el Señor nos de la capacidad de ser más sencillos y capaces de descubrir que somos parte de una comunidad y evitemos excluir a los demás y busquemos ayudarlos para que vaya creciendo todo a favor del evangelio y no de nuestra soberbia y protagonismo que en nada ayuda.

20/9/09

«Él se levantó y lo siguió»

Meditación en la fiesta de san Mateo Apóstol

Textos:
Carta a los Efesios 4,1-7.11-13
San Mateo 9,9-13

Muchas veces al escuchar que Dios constantemente llama a los hombres nos preguntamos “¿Quién será digno de su llamado?” y sacamos nuestra lista de nombres y según cualidades y capacidades vamos diciendo quien es capaz de ser llamado por Dios. Generalmente escogemos a los más buenos, los más inteligentes, los más santos. Casi siempre el que hace el listado no aparece y dice “hay gente más buena que yo.”
El Día de hoy la Iglesia celebra a san Mateo, Apóstol y curiosamente la liturgia nos invita a contemplar que en realidad todos somos llamados a esta vocación, todos somos dignos de ser alcanzados por la llamada de Dios. El ejemplo lo vemos en el texto del Evangelio, donde Mateo, un publicano, un cobrador de impuestos del imperio romano, que era tenido como traidor a la patria y por consiguiente pecador e indigno de Dios, es llamado precisamente por Jesús. De ahí que entonces el problema no consiste en ver quién es el que puede ser llamado por Dios, sino quién es el quién no se deja llamar por Dios, quién es el que no acepta esta llamada que le dirige.
La problemática por tanto es precisamente descubrir si nosotros realmente aceptamos el llamado, si realmente estamos dispuestos a reconocer que Jesús nos convoca a una misión específica en nuestra vida. Sería importante que descubriéramos realmente cuál es la razón por la cual nosotros vamos por la vida sin aceptar la llamada del Señor. A lo mejor porque vivimos muy ocupados, tenemos tantos quehaceres que no nos damos abasto para escuchar lo que el Señor nos pide, y para que nos echamos otra situación más en la vida.
O lo mejor vivimos muy tristes como para que Dios nos pida algo más, si apenas podemos con nuestra vida, si sufrimos tanto, como para que Dios nos pida algo, es mejor tratar de vivir un consuelo y dejar de comprometernos de esa manera.
O vivimos en pecado, y decimos que somos indignos que Dios no se puede fijar en nosotros, que no lo merecemos, aunque en realidad somos nosotros los que no queremos, los que no deseamos precisamente eso. Porque tal vez tenemos, miedo a dejar nuestro pecado, nuestros vicios, nuestra manera de comportarnos. Ciertamente que el pecado no es obstáculo para que Jesús nos llame, pues él nos llama siempre, y si nos llama es para una misión, y al mismo tiempo alejarnos del pecado. De ahí que alguien diga que es tan malo que mejor ni se acerca a Dios, es un argumento erróneo, pues uno puede acercarse a Dios para dejar el mal camino y convertirse, pero muchas veces tenemos miedo de dejar ese camino.
A lo mejor puede ser por miedo, es decir, porque no queremos realmente comprometernos con Jesús, porque sabemos que es exigente en la vida, porque sabemos que pide mucho. Mejor nos quedamos con lo que somos y tenemos, sin comprometernos realmente a una transformación total en nuestro ser. Porque el evangelio es radical y exige mucho de nosotros.
O por nuestra indecisión en la vida. Sólo lo dejamos como propósito, pensando que algún día lo cambiaremos. Y ahí estamos a medias, con un proyecto y una buena intención de darle un espacio a Jesús sin abrir nunca un espacio en nuestra vida.
O por nuestro conformismo pues llegamos a decirle que ya lo seguimos, que ya hemos dado un paso. Pero lo que sucede es que Jesús llama continuamente. Si lo hemos seguido, debemos continuar detrás de él, debemos continuar a su lado. Siempre nos hace un nuevo llamado para continuar, y no echarnos para atrás. El llamado de Jesús no es sólo d un día, es un llamado permanente, continuo, pues siempre hay algo nuevo que hacer, y siempre hay algo distinto que hacer, que cambiar.
San Mateo se dio la oportunidad de levantarse y seguir a Jesús. De no permitir que su mesa de impuestos lo atara, sino de iniciar un nuevo camino, rompiendo sus esclavitudes y dejando que Jesús lo transformara con su gracia. Ciertamente que le costo trabajo, pero lo logró porque se arriesgó para salir adelante e iniciar algo nuevo que le daba el sentido de su vida. Que el Señor permita que este día, nos demos la oportunidad de descubrir realmente qué es lo que nos imposibilita para seguirlo realmente, demos el paso decisivo como lo ha dado san Mateo.

19/9/09

«¿De qué iban hablando por el camino?»

Meditación del Domingo XXV de Tiempo Ordinario
Ciclo /B/


Textos:
Sabiduría 2,12.17-20
Santiago 3,16-18.4,1-3
San Marcos 9,30-37


El hombre por naturaleza es un caminante constante, siempre anda caminado, camina para alcanzar sus metas, camina para alcanzar su deseos, camina para alcanzar su realización, camina y formula sueños, camina y ve cómo se van cumpliendo sus anhelos, como va alcanzando muchas de sus situaciones, camina y se topa con sus errores, camina y se descubre amado, camina y se descubre necesitado de los demás, camina y busca a Dios. El hombre es ese caminante constante, en donde va formando su vida, va madurando, aprovechando y desaprovechando muchas cosas, valorando y destruyendo ciertas situaciones. El hombre, generalmente camina, pero el problema es hacia dónde camina, y si es capaz de caminar por el camino adecuado. Sobre esta realidad nos habla el evangelio del día de hoy.
Hoy se nos presenta a Jesús dando una enseñanza fundamental: Por segunda vez enseña los discípulos que va a padecer a manos de los hombres. Sin embargo ellos van platicando de otras cosas, a saber, habían «estado discutiendo sobre quién era el más grande.» Jesús dándose cuenta de ello les hace un pregunta: «¿De qué hablaban en el camino?» y es que ese es el problema fundamental, por qué si Jesús va enseñando algo tan importante ellos se distraen y no ponen atención a lo que se les está diciendo. No vale la pena caminar con Jesús si no se le escucha.
Lo mismo nos puede suceder a nosotros caminar hacia Jesús y hablar de otras cosas, caminar por la vida, pero hablar de otras cosas, tener un camino bien puesto y desviar nuestras palabras y pensamientos hacia otras realidades. Deberíamos responderle hoy a Jesús de que venimos hablando en el camino, cuál es el sentido de nuestras platicas en nuestras vidas. Pero ¿De qué venimos platicando por la vida?
Venimos platicando sólo de cosas superficiales, como por ejemplo si nos dejó la sirvienta, si vamos comprar un carro un último modelo, o si vamos a irnos de viaje a tal lado, o si ya nos enteramos de las últimas novedades para comprarlas, o si ya nos dimos cuenta de la nueva ropa otoño-invierno que acaba de salir. ¿De qué vamos platicando por la vida? ¿Qué tenemos en el corazón?
A lo mejor nuestras conversaciones versan sobre los últimos chismes que nos han dicho o nos hemos enterado. O vamos platicando de cómo vamos a hacerle una maldad a alguna persona y lo vamos a acabar. O nuestros discursos versan sobre lo bueno que somos a comparación de los demás, que no hay nadie mejor que yo, que nadie se compara conmigo, ni con mis conocimientos, ni mis dones.
A lo mejor presumimos nuestros vicios y contamos lo buenos que somos para engañar a las mujeres, o para contar que tenemos varias novios o novias y nos hacen los mandados. O las trampas que hacemos por la escuela, de cómo nos escapamos y nos salimos de pinta, o incluso que copiamos las tareas o en los exámenes y salimos adelante.
O todo se centra en críticas a los demás diciendo que no valen la pena, envidiando todo lo que hacen, y tratando de crear una imagen nada favorable, dando así a conocer todo nuestro egoísmo y resentimiento hacia esas personas. Vamos por la vida sacando todo lo malo de las demás personas, viendo sólo los defectos. Hacemos distinciones impidiendo que realmente que se forme la unidad y la comunidad y todo se quede a nivel de meros sectarismos.
O comentamos lo mucho que nos hacen daño los demás creyendo que somos las únicas víctimas en la vida, y creemos que nuestro sufrimiento es lo único; y sobre todo nos gusta que nos digan constantemente que ya ni modo, que luego pasará, y así haciendo que todos nos tengan lastima para que se centren únicamente en nosotros.
En el fondo todas esas pláticas tienen como centro una realidad: Mi ego. Porque en realidad nos creemos con el derecho de juzgar, de lastimar, de herir, de juzgar, de compararnos, de sobajar, de creernos indispensables, de creer que nadie más tiene ningún derecho en la vida, que soy el único importante, que los problemas de los demás son secundarios y que no se comparan en nada con lo que yo tengo. Así, mis presunciones, mis lamentos, mis burlas tienen como un único eje temático: “a mi mismo y mis superficialidades.”
A lo mejor si somos como esos apóstoles de Jesús que van discutiendo por el camino quien es el mayor, pues vamos par la vida, no sólo diciendo que somos el mayor, sino creyendo que somos lo únicos y los mayores en la vida. Po eso Jesús inmediatamente los pone en si sitio y coloca a un niño en el centro, es decir, lo pone para que todos lo vean y descubran que es lo más importante en la vida, y curiosamente lo único que importa es ser niño.
Un niño en aquellos tiempos no tenían ningún privilegio, ningún valor, ningún derecho. Por ello Jesús los toma en cuenta y les dice que deben ser como ellos, es decir no creerse superiores, no creer que el mundo está a sus pies, sino a comprender que si bien es importante muchas cosas también lo es el servicio y velar por lo que necesitan los demás.
Con esto no quiero decir que comentemos nuestros problemas o nuestros logros, sino descubrir hasta que punto lo único que nos interesa en realidad sólo somos nosotros mismos y en realidad somos indiferentes a lo que los demás lo sientan. Lo importante es ver si lo que domina nuestras conversaciones por el camino somos nosotros mismos o tenemos la capacidad de ser sensibles y abrirnos a los demás. Descubrir se vamos por la vida hablando banalidades, egocentrismos, o una visión cristiana y solidaria de la vida descubriendo el rol y el papel de todos y mi espíritu de servicio, pues nos hemos hecho niños y con ello podemos iniciar una nueva construcción del Reino, dando la vida en favor de los demás como Jesús lo hizo, y no que todos den su vida para favorecernos.

18/9/09

Vida de fe: Experiencia del discipulado

Meditación del viernes XXIV de tiempo Ordinario
Ciclo Ferial / I /
Año impar

Textos:
1 Timoteo 6,2-12
San Lucas 8,1-3


El Evangelio del día de hoy parece darnos una pista más sobre la vida de fe, y es que hoy nos muestra las consecuencias de esa vida de fe, que no es otra sino el discipulado. No se puede ser verdaderamente hombre de fe, si no se es discípulo, si no se sigue a Jesús.
Podría surgir una pregunta ¿Cómo podemos hacernos discípulos? ¿Qué condiciones debemos tener en la vida para hacerlo? La respuesta es sencilla: Sólo debemos quererlo y así iniciar el caminar detrás del maestro. El día de hoy vemos como hay mujeres que siguen a Jesús y nos presenta la condición social de cada una de ellas. Primeramente María Magdalena que nos indica que le han sacado siete demonios, lo cual quiere decir que es una persona que ha estado llena totalmente (siete = totalidad), por todo tipo de ideologías violentas, destructivas. Con esto el evangelista pone de manifiesto que nadie puede quedarse al margen del encuentro con Jesús, si alguien decide acercarse a él y vivir el evangelio y tener la auténtica experiencia de fe seguramente que lo logrará. A veces hay personas que creen que por su estilo de vida en el pasado están imposibilitadas para encontrarse con Dios o para vivir su fe o comprometerse con ella. Esto es un error, si la persona realmente se ha encontrado con Dios por supuesto que puede acercarse y vivir de manera comprometida su fe, como lo hace María Magdalena y cientos de santos a lo largo de la historia. Así se hace discípulo, sin creer que el pasado afecta e imposibilita al hombre para transformarlo totalmente.
En segundo lugar nos presenta a Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes. Marcando que esta mujer está dentro del ámbito político de su tiempo. Eso quiere decir que la política no va en contra de su fe. Perfectamente se pueden armonizar y vivir la fe y la vida política, claro que ha de dejar que todo sea iluminado por Dios. Porque curiosamente se suelen separar las prácticas y por un lado se es injusto y por otro creyente bueno. Eso es una vida de fe a medias. El hombre de fe debe de tratar, de esforzarse continuamente para que esas dos realidades vayan siempre unidas. Esto lo podemos aplicar a todos los ámbitos -que de alguna forma ya lo hemos ido explicando en días pasados-, diciendo que mi vida cotidiana llámese familia, trabajo debe de estar iluminada por Dios según mi vida de fe. Cuando esto se logra se es un verdadero discípulo y no un mero fanático de la fe que va de paso.
Finalmente se habla de Susana que en realidad no sabemos nada de ella, sin embargo se ha colocado su nombre para aclarar dos cosas: Primeramente que este grupo está formado por mujeres bien concretas y en segundo lugar que en la comunidad todos tienen una identidad, pues la fe no hace masas sino que nos da personalidad, identidad delante de Dios.
Etas mujeres forman una grupo al interno de la comunidad y algo que es importante a considerar es que al final de todo el evangelista las coloca como servidoras, con esto os indica que ellas cubrían los gastos de toda la comitiva de Jesús, incluyéndolas a ellas y los doce apóstoles, mientras recorrían las ciudades y aldeas anunciando y evangelizando. Pero también nos marca la vida de fe exige servicio. Sin el servicio no hay discipulado y sin discipulado no hay verdadera fe. Ser hombre de fe es tener la capacidad de ser un verdadero y auténtico servidor de cara a los demás. Preguntémonos entonces si cada uno de nosotros somos realmente serviciales y si hemos sido capaces de dar el paso ser discípulos.

Me llama la atención como san Lucas nos habla del papel de las mujeres en la comunidad y creo que este evangelio da pie para reconocer el valor que la mujer tiene para nuestra vida de fe, pero creo que sobre ello meditaré después…

17/9/09

Vida de fe: Exprerincia de Dios y su perdón

Meditación del Jueves XXIV de tiempo Ordinario
Ciclo Ferial / I /
Año impar


Textos:
1 Timoteo 3,14-16
San Lucas 7,31-35

El día de hoy nos topamos en el texto evangélico con un texto extraordinario, pues descubrimos varios elementos. Por un lado vemos a un Jesús dispuesto a perdonar, por otro una mujer arrepentida, dispuesta al cambio en su vida, y finalmente a un Fariseo duro que no entiende a Dios desde la perspectiva de la misericordia y del perdón.
Esto nos lleva a considerar un poco más el tema de la vida de fe que en estos últimos días hemos estado reflexionando. Partamos del fariseo, en el fondo la vida de fe de este hombre se ha limitado simplemente al cumplimiento de la Ley, no hace nada más que cumplir y cumplir. Su fe se reduce a lo que está escrito, pero nunca a una experiencia viva. La vida de fe debe partir por tanto de una experiencia viva, no sólo de cosas escritas, de letra, de ritos, sino que todo debe de confluir al encuentro vivo con Dios. Cuando los hombres permiten que su vida de fe se limite simplemente a lo prescrito, a lo que todos hacen, pero no al encuentro personal con Dios, la fe es sosa, vacía, sin vida, porque en realidad no sabemos lo que hacemos, sólo nos dejamos llevar por la corriente. La fe no puede ser eso, porque en cuanto se saca dl esquema todo queda fuera de Dios, sin llegar a descubrir realmente quien es Dios.
En cambio la mujer pecadora se ha dado la oportunidad de tener un encuentro, no le ha bastado con lo que le habían dicho, no le satisface simplemente lo que la institución le marca, sino que se sabe pecadora, sabe lo que ha hecho, lo que ha vivido, y por tanto sabe lo que necesita: el perdón. Ciertamente la sociedad de esos tiempos la marginaba, la condenaba, sin embargo sabe que requiere del perdón, y por ello tiende a buscarlo.
Da un paso más y se dirige a buscar ese perdón, un perdón que si bien no se encontraba dentro de los estatutos de la institución imperante y del ámbito de la sociedad; sí que lo puede encontrar con por medio de un encuentro personal que rebaza todo estatuto escrito e impenetrable, todo escrito colocado y escrito. Va más allá.
Ahí es donde se puede hablar de vida de fe, cuando el hombre no se conforma sólo con lo que le dicen y vive, sino que busca encontrarse con Dios. Curiosamente este encuentro surge de la necesidad de perdón. Surge en medio de una situación complicada, cuando se sabe que uno no es perfecto (a diferencia del fariseo que se cree perfecto y no busca nada más, permaneciendo estático y estéril en su vida de fe) y va en busca del perdón. Pero el perdón se da sólo en el ámbito personal. El perdón no es algo que ya esté escrito, o dicho, se requiere buscarlo, así, al ir al sacramento de la penitencia es necesario el encuentro, hablar, ser escuchado, porque si sólo se escribiera “lo que hagas te perdono”, pues ciertamente pensaríamos que estamos perdonados, pero en el fondo necesitamos del encuentro.
La fe por tanto surge de un encuentro con Dios. –no basta que nos hallan enseñado un cate cismo u oraciones, sino que se requiere el encuentro, y generalmente ese encuentro en la vida de fe se da cuando experimentamos el perdón.
Munchas veces la fe no logra cuajar porque no hay un encuentro con Dios y ello implica que no hay verdeara experiencia de su amor y de su perdón. El perdón, la cercanía con Dios y su amor es lo que hace suscitar esa fe, ese encuentro con Dios. No es que me digan que crea y ya, sino que lo busco, busco constantemente a Dios, y curiosamente siento su amor, siento su misericordia, siento su perdón. Esta experiencia se vuelve de este, modo en el motor que logra transformar al hombre y suscitarle realmente la fe.
Si nosotros somos hombre de fe, deberíamos preguntarnos si realmente hemos tenido experiencia de Dios, o nos hemos quedado en lo que nos dijeron y enseñaron. Y si no por qué no vamos acercándonos a él, y sobre todo, por qué no vamos sintiendo su perdón, y a partir de ahí tener una auténtica vida de fe, que parte de ese encuentro de amor, y de ahí seguir creciendo y alimentando esta vida de fe.