13/9/10

Extraviados dentro y fuera de casa

Meditación con motivo del Domingo XXIV de tiempo ordinario
Ciclo /C/


Textos:
Éxodo 32,7-11.13-14
1Timoteo 1,12-17
Lucas 15,1-32

En este domingo se nos presenta a la reflexión el capítulo 15 del evangelio de san Lucas un capítulo que nos presenta una idea en común: El perderse. Primeramente se nos presenta a la reflexión dos parábolas sobre una oveja perdida y una moneda perdida, y posteriormente para afianzar estas ideas se nos presenta la parábola de los dos hijos que se pierden. Centrémonos en las dos primeras parábolas y saquemos consecuencia de la tercera.
A primera vista parece ser la misma idea, pues se pierde una oveja y una moneda, pero no es así, hay una diferencia muy importante.
La primera parábola nos dice que una oveja se pierde, indicando con ello no sólo la desgracia para el pastor, sino para el animal porque vive en soledad y abandono. Ante esto el pastor decide abandonar su rebaño para ocuparse de algo urgente y lo hará hasta lograr su objetivo. Desde el momento que se pierde decide buscarla. El pastor no está quieto. Lo absorbe la preocupación. Para algunos estaría muerta, así como lo pensarían los fariseos, abandonadla a su propia suerte. Pero el pastor no es así, pues el texto nos dice que la busca hasta que la encuentra. Este verbo indica que no cesa de buscarla, va por todos lados, quiere encontrarla, quiere estar con ella mostrándonos que el amor de Dios es tenaz y perseverante.
Al final se muestra que termina todo en éxito: «Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido."» Sin describir lo que el pastor vive para encontrarla, sólo se marca la emoción y la alegría de haberla encontrado, pues lo importante es encontrar a la oveja, no hay que dejarla en el abandono. Algo verdaderamente hermoso es que la pone sobre sus hombros, no la empuja o la obliga a caminar, marcando la importancia de la misericordia de parte de Dios. Al final anuncia esto con gozo, en donde se celebra un amor que no se rinde ni se da por vencido, un a mor que busca constantemente.
En segundo lugar nos presenta otra parábola: «¿Qué mujer que tiene diez monedas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra?» Esta parábola parece ser semejante a la anterior, pero no es así, pues tiene algunas variantes interesantes. Pues a diferencia de la oveja que se aleja del redil, y se va a otro lugar aquí la moneda se pierde en la misma casa. Por tanto, se habla de alguien que estando en la misma casa se pierde en ella.
La primera parábola habla de aquel que se aparta del rebaño, se aparta de la vida de comunidad, que su pecado lo hace distanciarse de Dios y de sus hermanos. Es el hombre que pelea y se va, no hace comunidad, se aleja; es la persona que no tiene fe y se aparta; es aquel que con su vida no da testimonio y prefiera estar fuera pues cree que Dios y la comunidad no es para él.
En cambio la segunda parábola, nos presenta algo más dramático, pues lo que se pierde no está afuera, sino adentro, está en la comunidad, es un miembro de la misma comunidad quien se ha perdido. Se ha apartado de la comunidad, está dentro, pero está perdido, cree que está bien pero no vive desde los principios de la comunidad, puede creerse q es bueno, que está bien con Dios, pero no es así. Está perdido, dentro, pero extraviado. Quiere decir entonces que todos nosotros podemos alejarnos con nuestro pecado como la oveja o bien que podemos efectivamente estar dentro de la comunidad, orar, hacer algún trabajo apostólico y estar perdidos pues no vivimos según los parámetros de la experiencia de Dios en nuestras vidas, pues estamos viviendo con criterios que dividen, que hacen enemistades, que atentan contra el perdón y la unidad, muy adentro de la casa-comunidad, pero muy extraviados en los criterios del evangelio.
Ante esto podemos ver que Dios viene a buscarlo, pues aunque sea una pequeña moneda todo vale para Dios, todos tenemos un precio. Además las monedas no se pierden, es alguien quien las pierde, por tanto es importante ver si yo pierdo a alguien, y entonces salir a buscarlo.
Estas dos ideas de la oveja y la moneda, se refirman con la parábola de los dos hijos. El primer hijo, se asemeja a la oveja, que se sale de la casa, se aparta de ella, pide la herencia, desconociendo así al Padre y se aleja, no le interesa más la vivencia con el Padre, no conoce su amor, no sabe en qué consiste ese amor que da, y se aleja. Mientras tanto el hijo mayor es como la moneda que se pierde, está en la casa, pero cuando regresa el hermano menor se enoja y no quiere entrar, quiere decir que aunque ha vivido con el padre, no ha sido capaz de conocer el significado del amor, y sólo lo vive al margen.
Sin embargo, el padre sale al encuentro de estos dos, pues cuando ve que regresa el hijo menor sale a su encuentro y no deja ni siquiera que hable, sino que le devuelve su dignidad, con vestidos nuevos, anillo y sandalias, es decir con su dignidad de hijo, la capacidad de ser rey y de ser libre. Del mismo modo cuando se enoja el hijo mayor y no entra vuelve a salir el Padre y trata de que entienda que su amor no es limitado, no es insignificante y hacerle ver que no requería de pedir nada, pues todo es suyo, y que u egoísmo hace que todo sea desde esa perspectiva, pero no ha comprendido que era el amor gratuito.
Esto nos debe llevar a meditar hasta que punto nosotros nos hemos extraviado en la vida, si nuestro pecado nos ha alejado de Dios, o bien creemos que somos buenos, pero finalmente ni conocemos a Dos y estamos extraviados en su casa. Dejemos que el Padre salga a encontrarnos, lo único que debemos hacer es darnos cuenta de nuestro estado y suplicar que venga en nuestro auxilio.

9/9/10

«A quienes predestina, los llama...»

Meditación con motivo de la fiesta de la natividad de la Santísima Virgen María

Textos:
Romanos 8,28-30
San Mateo 1,1-16.18-23

El día 8 de septiembre, ocho meses después de la festividad de la Inmaculada Concepción (8 de Diciembre) celebramos esta festividad del nacimiento de la Virgen María. Esta festividad nos ayuda a reconocer el papel de la Virgen María, que es madre de Jesús y con ello nos trae la salvación.
Pero esta fiesta no es simplemente recordar que nació la Virgen María, sino que es una fiesta que nos invita a contemplar como Dios va actuando en la historia y como Dios nunca nos deja solos, al contrario va actuando para traer la salvación, de tal manera que Dios va interviniendo para alcanzar la salvación, tal y como se ve al inicio del evangelio en donde se leen la genealogía de Jesús, que lejos de ser un mero listado de nombres, es la presencia de la historia. Todas esas personas son parte de la historia que Dios ha formad y ha dado la salvación. Dios no deja solo al hombre, sino que lo acompaña, y al marcar todos esos nombres está manifestando que ha o constituyendo una historia. Lo importante es descubrir hasta qué punto nosotros aceptamos esta salvación.
Sobre esta aceptación de Dios en nuestras vidas nos habla la primera lectura en donde el apóstol san Pablo dice al final: «A quienes predestina, los llama; a quienes llama, los justifica; y a quienes justifica, los glorifica.» Con este enunciado deja bien claro como Dios busca la salvación de los hombres, pero también marca la respuesta del hombre respecto a este plan de salvación. Analicemos un poco esta frase y sus diversos elementos.
En primer lugar habla de los predestinados, que no se refiere a que algunos ya tienen su destino en cuanto salvados y otros que está condenados. Ser predestinados nos remite a que Dios ha dado la salvación a todos. De este modo cuando san Pablo habla de los predestinados está hablando de toda la humanidad que ha sido llamada a la salvación, mostrando así la misericordia de Dios.
Sin embargo esta salvación que Dios nos ofrece, requiere de nuestra respuesta, de nuestra aceptación. Por ello dice san Pablo a quienes predestina, los llama. Esto quiere decir que si bien Dios quiere la salvación y la ofrece a los hombres es necesario que ellos acepten esa llamada a la plenitud de la vida. Por eso marca que los llama, es decir les dirige su llamada para poder acoger el mensaje de salvación, de ahí que Dios nos llame para aceptar este proyecto, nos llama para poder seguirle, para aceptar la salvación. Seguirle implica dejarse transformar por Dios, cambiar de vida y de pensamiento para empezar a estar en esta dinámica de salvación.
Si el hombre acepta esta llamada entonces es justificado, es decir entra a la justicia de Dios, entra a la gracia de Dios que le capacita a vivir en la dinámica de salvación y por lo tanto con la fuerza, la gracia que viene de Dios para transformar su vida, y vivir en una relación de amistad con Dios. Estar justificado es estar en la justicia de Dios, en esa capacidad de vencer el mal, por el seguimiento que ha hecho y con ello ser capaz de entrar en la salvación que Dios ofrece.
Finalmente el hombre que es justificado, es capaz de vencer su pecado en trae en una dinámica de dar auténticos frutos, y por lo tanto de pertenecer plenamente a Dios y ello quiere decir que es glorificado, es decir es capaz de dar Gloria da Dios por medio de sus frutos y sobre todo mostrar que Dios está en su vida.
Este es el proceso que Dios propone al hombre para entrar en la salvación y sobre todo para reconocerlo en su historia. La Virgen María recibió este proyecto, el cual lo acepto dio su sí, y por ello inicio la salvación; ahora esta salvación está al alcance de nuestra mano, pero debemos aceptarla y decir sí, la decisión es nuestra.
Si hoy celebramos esta fiesta es p para reconocer como Dios va colocando los medios para llegar a la salvación, pero lo importante es reconocer si nosotros estamos dispuestos a aceptarlos o no.

7/9/10

«Se retiró a una montaña...»

Meditación con motivo del Martes XXIII Ordinario

Textos:
1 Corintios 6,1-11
San Lucas 6,12-19

El día de hoy podemos ver en el evangelio como Jesús escoge a los Doce apóstoles, pero podríamos detenernos hoy precisamente en un dato previo a esta elección: «se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios.»
Vemos dos elementos importantes en primer lugar la oración, antes de escoger a los apóstoles Jesús ora, hace un diálogo con el Padre. Quiere decir que la elección de los discípulos no es mera casualidad sino que es fruto de la oración. El texto nos pone de relieve precisamente que antes de una elección importante hay una oración.
Cuántas veces nosotros tenemos alguna situación difícil, o una decisión importante en donde requerimos ayuda y discernimiento, y casualmente nos olvidamos de Dios en lugar de platicar con él, de contarle nuestra situación, dejando que él nos ilumine. De esta manera el evangelio nos invita a recordar la importancia de la oración.
Pero hay otro aspecto importante y es el de la montaña, Jesús hace oración en ella. La montaña e la Biblia es el símbolo de la presencia de Dios, por tanto quiere decir que Jesús entra en contacto con su Padre. Pero este símbolo es vital dentro de nuestra vida espiritual, puesto que todos estamos invitados a subir a la montaña.
Si la montaña es la presencia de Dios quiere decir que todos estamos invitados a encontrarnos con la presencia de Dios, todos debemos subir a la montaña y entrar en la presencia de Dios. Cuando nosotros ayudamos a los demás, y tramos de vivir en un espíritu de caridad, y de auxilio, comenzamos a vivir en la montaña, pues nuestros actos hacen que la presencia de Dios viva con nosotros. Cuando estamos en paz en nuestra familia, buscamos el diálogo, la amistad, la capacidad de escucha, vamos viviendo en la montaña y demostramos que Dios está en medio de nosotros. Cuando vivo en la honestidad, soy justo y honrado, la experiencia de la montaña se hace presente en mi vida.
De esta manera la montaña no es un lugar sino un estado de vida, una vida estrechamente ligada a Dios. Aunque al descubrir esto podríamos pensar que es difícil vivir precisamente en esa montaña, puesto que la exigencia del evangelio es radical, pero si lo pensamos bien el símbolo de la montaña es ideal, puesto que subir una montaña no es fácil, implica esfuerzo, empeño, cansancio; y encontrarse con Dios es justamente eso, un caminar constante, empeñado, pero que al final de cuentas se conquista como la cumbre de la montaña descubriendo un nuevo horizonte, y una nueva perspectiva de la vida.

De esta manera el Señor nos invita hoy a subir a la montaña, a vivir con él, con esfuerzo ciertamente, pero con la capacidad de vivir la experiencia de Dios en n nuestras vidas.

6/9/10

Tomar en serio la fe

Meditación con motivo del XXIII Domingo Ordinario
Ciclo /C/


Sabiduría 9,13-18
Filemón 1,9-10.12-17
San Lucas 14,25-33

Todos nosotros tenemos en la vida diversos planes o metas que realizar, y por lo general no lanzamos a la suerte esos planes, sino que generalmente vamos haciéndolo con un proyecto, colocando los elementos que son necesarios para alcanzar la meta deseada. Así por ejemplo si queremos preparar una fiesta debemos de ir viendo lo necesario para ello, comida, lugar, invitados; o bien si se quiere estudiar para un examen debemos ver que se requiere, que apuntes, que cosas si se deben tomar en cuenta y que cosas deben omitirse.
Si en nuestra vida ordinaria nosotros vamos planeando una serie de cosas, del mismo modo debe planearse y proyectarse la vida de la fe. La fe no sólo es para un momento determinado, no basta decir tengo fe y ya, sino que debe de irse proyectando, debe de seguir avanzando en la vida, debe de irse fortificando y madurando. Es importante ver que se requiere para alcanzar la madurez en la vida de la fe, así como descubrir que cosas son las que no nos ayudan en la vida de la fe.
Sobre de esto nos habla la primera lectura: «¿Qué hombre puede conocer los designios de Dios o hacerse una idea de lo que quiere el Señor?» La vida de fe nos debe llevar precisamente a conocer los designios de Dios, si yo sólo me limito a una misa, o a una oración difícilmente madurará la fe, y por consiguiente de manera difícil se conocerá los designios de Dios. El hombre está llamado a conocer estos designios que son precisamente lo que le da al hombre un sentido de plenitud, pero solo se logra si se avanza en el camino de la fe.
El texto dice al final: «¿Y quién habría conocido tu voluntad si tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu? Así se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y, por la Sabiduría, fueron salvados.» nos dice que es posible conocer los designios de Dios por medio de la Sabiduría. Pero esta Sabiduría se alcanza cuando se madura en la fe. Y al hablar de Sabiduría nos referimos no al mero cúmulo de conocimientos, eso no es la Sabiduría, sino que la Sabiduría dentro de la Biblia no nos remite a un acto cognitivo-intelectual, sino que nos refiere al modo de vivir. El sabio es el que sabe vivir, el que sabe reconocer qué es lo mejor para tener vida, y por lo tanto, sabe distinguir a Dios en su propia vida. Sólo así se conoce a Dos, pues no se encasilla la vida a lo meramente material, a lo instantáneo, a lo del momento, sino que es capaz de descubrir que la vida es más que lo que aparece y vislumbra el sentido auténtico de vivir, de estar vivo, y es capaz de ver el sentido autentico de la vida.
De este modo la fe es algo progresivo, no se limita simplemente a decir que cree, sino que avanza y crece siendo capaz de encontrarle sentido a su propia vida, descubriendo el sentido más profundo de ella.
Y ese camino de crecimiento de la vida de fe se refuerza de un modo más radical en el texto del evangelio. Jesús va caminando a Jerusalén, va caminado acompañado de una muchedumbre que quizás lo siguen porque les simpatiza, les gusta su modo de hablar, porque hace milagros, etc. Pero no basta seguirlo por eso, y por eso se detiene y deja las cosas en claro y entre esas cosas aclara lago muy importante: «El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.» Deja en claro que para seguirlo implica cargar la cruz. Pero cargar la cruz no es simplemente buscar el sufrimiento. Muchas veces creemos que la cruz son los dolores y fatigas de la vida, creemos que la vida con el esposo o la esposa es la cruz, o que alguna enfermedad es la cruz. Pero no es así, eso es limitar la cruz al mero sufrimiento. La cruz si lo pensamos bien no la anduvo buscando Jesús, sino que le llegó como consecuencia de su predicación. Jesús predicaba el Reino, predicaba el amor, la justicia, la verdad, y ello incomodo a las autoridades y lo mandaron crucificar. Por lo tanto la cruz es consecuencia de su testimonio de fe, de su testimonio en cuanto que se vive el evangelio.
Tomar la cruz, por tanto, es tomar en serio el evangelio y vivirlo aún cuando haya criticas y burlas. Tomar la cruz es tomar la verdad y vivirla, empezar a ser justos y honestos, vivir desde la dinámica del perdón y la misericordia. Ahí se comienza a tomar la cruz y por ende a vivir la fe. La fe no sólo se limita a una serie de prácticas rituales y cultuales, la fe es tomar la cruz, es dejar de ser injustos, dejar de ser corruptos, dejar de decir mentiras.
La vida de fe crece en la medida en la que uno toma la cruz, y ahí es donde se adquiere la verdadera sabiduría, pues no nos dejamos guiar por lo que anuncia el mundo, sino que nos dejamos guiar por la experiencia de Dios, por el testimonio autentico y veraz del evangelio. Sin esto nuestra fe es una farsa.
Esto puede sonar duro, sin embargo por eso es necesario considerarlo, por ello Jesús narra esas dos parábolas, marcando precisamente la importancia de planear y considerar el seguimiento. Así como alguien que quiere construir una torre debe de planear, o bien el rey que va a la guerra debe considerar el resultado; del mismo modo nosotros debemos de considerar nuestra vida de fe y nuestro seguimiento.
Es momento de planear y ver que nos hace falta para camina en la fe auténtica, en la fe que se requiere para seguir adelante en nuestra vida. Es momento de tomar en serio nuestro camino y de verdad ser consientes de forma valerosa de lo que debemos cambiar y de vivir a partir de ahora según la dinámica de la fe, para crecer en ella e ir madurando.

Humildad

Meditación con motivo del XXII Domingo Ordinario
Ciclo /C/


Eclesiástico 3,17-18.20.28-29
Hebreos 12,18-19.22-24
San Lucas 14,1.7-14


Todos nosotros buscamos por lo general en nuestra vida la unidad, buscamos ser unidos en nuestra familia, buscamos la unidad con nuestros amigos, con los compañeros de trabajo, en los ámbitos donde nos desarrollamos, vivimos o trabajamos. Sin embargo, a veces esto no es posible, y muchas veces lo que fractura esta unidad es precisamente la incapacidad para reconocer lo que el otro es capaz y cerrándonos en nuestras opiniones. La liturgia del día de hoy nos presenta uno de los elementos para vivir en esa dinámica de unidad, que si bien se requieren de diversos elementos para vivir en esa unidad con los demás, uno que es fundamental y que permite justamente vivirla es el tema de la humildad, una virtud un poco olvidad por nuestra sociedad que busca criterios de supremacía, y de poder sobre los demás, pero que casualmente da sentido de unidad.
La liturgia os presenta la capacidad de vivir esta virtud. El problema se da en primer lugar porque no entendemos el significado de esta virtud. Creemos que la humildad es rebajarse, es decir “No soy nada”, “Yo no hago nada”, “soy polvo”. Eso no es la humildad, es una falsa adulación que reduce la vida y las capacidades de lo que podemos hacer. Digamos primeramente que la `palabra humildad viene del latín “humus”, que quiere decir tierra, pero tierra no en el sentido de polvo o de ser pisoteada, sino tierra en sentido de fecundidad, tierra en canto que es capaz de dar frutos. La humildad por lo tanto es tener bien puestos los pies sobre la tierra, para dar auténticos frutos.
La humildad por lo tanto implica reconocer lo que somos, lo que podemos hacer, así como nuestros límites. Ser humilde es reconocer que soy bueno en tal cosa, y reconocerlo no para presumir o para creerme superior a otros, sino que lo reconozco porque tengo esa capacidad y con ella soy capaz de prestar un servicio, que ayude a los demás.
Ser humilde cosiste en no creerse superior a los demás, en el evangelio Jesús critica a los fariseos que buscan los primeros puestos, como si ellos fuesen los únicos importantes. Ser humilde consiste en reconocer nuestro papel en la vida, pero no por ello creerse más que los demás, como si fuésemos superiores a todos y dignos de todos los honores. Cuántas veces creemos que por tener ciertos estudios podemos denigrar a los demás e incluso omitir las opiniones de otros porque según nuestro parecer carecen de total valor, puesto que somos notros los que sabemos. O porque dominamos alguna cosa nos creemos con la autoridad de no escuchar a los otros, y creer que sólo nosotros podemos realizarlo bien. O cuando teneos un puesto y creemos que mandamos y todos deben obedecer sin dar oportunidad del diálogo, siendo impositivos y dictatoriales, mandando sin ver lo que el otro necesita y puede aportar.
O bien nos creemos imprescindibles, y estamos en todo porque creemos que sin nosotros nada sale bien. Ciertamente todos somos necesarios, pero ninguno es imprescindible. Pero si somos soberbios no seremos capaces de excluir precisamente que todos tienen algo que aportar y que no somos imprescindibles, como si fuésemos los únicos en la vida.
Ser humilde implica por lo tanto la capacidad de ver en el otro que me puede ayudar y que yo lo ayudo, dándose así un complemento en la vida, un complemento mutuo. Humildad es ese servicio, en donde aporto lo que soy y tengo para dar frutos, y reconociendo lo que el otro desde su vida y capacidades puede aportar para recolectar mayores frutos.
Jesús dice al final del evangelio una parábola que se puede leer desde esta perspectiva de la humildad, cuando dice al final: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.» Con esto marca que debemos invitar a aquellos que son pobres, lisiados, paralíticos, y ciegos, que según la mentalidad de esa época son los marginados de la historia, los que no valen nada, los que no tienen nada que decir al mundo. Jesús pide que sean invitados porque todos tienen algo que decir y aportar en el Reino, pero sobre todo porque todos tienen la misma dignidad.
Ser humilde implica reconocer que todos somos iguales y que todos tenemos la misma dignidad en la vida, que nade es más que el otro, sino que todos somos iguales.
Si bien buscamos la unidad en nuestras vidas, quiere decir que debemos vivir esa humildad, debemos de vivir desde esa dimensión que es fundamental en nuestras vidas. Cuando somos soberbio y nos creemos de más, se rompe la unidad, cuando se es autoritario en la familia se rompe la confianza y por consecuencia la unidad; cuando somos impositivos en el trabajo se rompe esa unidad. Si realmente buscamos la unidad debemos de buscar precisamente el ser humilde, poniendo al servicio de los demás lo que somos, tomando en cuenta lo que los otros tienen que decir y tienen que ofrecer, sólo así se trabaja en la varadera unidad de vida.

22/8/10

«Forcejen...»

Meditación del XXI Domingo Ordinario
Ciclo /C/


Textos:
Isaías 66,18-21
Hebreos 12,5-7.11-13
San Lucas 13,22-30

Una de las situaciones más profundas en el corazón del hombre que causan cierta inquietud, es la situación de la salvación. Todos anhelan salvarse, todos en el fondo deseamos la salvación. Por esta razón las mismas sectas y diversos grupos religiosos presentan la idea de salvación de su grupo.
Esta inquietud se presenta del mismo modo en los tiempos de Jesús, tal y como se ve en el evangelio del día de hoy: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?» En el fondo se busca saber hasta qué punto es posible alcanzar la salvación, si son muchos o pocos, con el fin de saber hasta qué punto vale la pena esforzarse o no. Ante esto Jesús responde con una sentencia, que se escapa de cálculos aritméticos y estadísticos: «Forcejen para la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.» Jesús presenta la salvación como una puerta angosta, estrecha en donde no es posible entrar.
Para logar entrar por esta puerta es necesario forcejear. Pero ¿Qué quiere decir forcejear? Aquí el texto del evangelio utiliza un vocablo griego que se utilizaba en aquellos tiempos en el ambiente deportivo, cuando un corredor en medio de la competencia vislumbraba la meta, lo que se hace es esforzarse, forcejear, impulsarse, sacar todas sus fuerzas, sacar todo su coraje para salir adelante, para alcanzar la meta. Por ello hay que forcejear para alcanzar la salvación, forcejear para vivir la salvación, dar todo lo que hay en la vida para donarse, para entregarse, implica darse totalmente a favor de los demás. La salvación se da cuando nosotros forcejeamos, cuando nos damos totalmente a favor de los demás, dándonos totalmente a los demás, dando todo lo que hay en mi vida a favor de los demás, dando todo lo que hay en mí, y no sólo lo que me sobra.
Este forcejeo, este dar toda nuestro ser es algo continuo en nuestra vida, sin embargo a veces lo olvidamos, y por ello es necesario que Dios nos lo recuerde continuamente y nos corrija para enderezar el camino, y sobre ello nos habla la segunda lectura: «Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, y cuando te reprenda, no te desalientes.» Dios continuamente nos va corrigiendo para recordarnos que debemos guiar nuestra vida, enderezando nuestra historia, y nuestro actuar. Gracias a estas correcciones somos capaces de recordar que debemos dar todo en nuestra vida, porque nos ama y espera la salvación en nuestra vida.
Si nosotros dejamos que esa corrección toque nuestro corazón entonces podemos dar fruto ´pues nuestra vida se endereza, y esos frutos como dice el autor de la carta a los Hebreos son dos: «Paz y santidad.» La paz no es otra cosa sin o la armonía con nuestra vida, la armonio con nuestra realidad. Dejarnos corregir por el Señor logramos obtener la armonía en nuestro ser, pues sabemos que damos todo de nuestra parte y que no es necesario más, que vamos bien y que Dios no nos abandona. Y por otro lado, obtenemos la santidad. La palabra ‘santo’ quiere decir ‘otro’, ‘distinto’, por lo tanto la santidad implica ser otro, implica ser distinto, tener otros parámetros en la vida, dejarnos guiar por Dios, dejarnos iluminar por él, vivir cerca de él.
Por eso –dice el texto- «robustezcan sus manos cansadas y sus rodillas vacilantes.» Las manos en la Biblia son el símbolo del trabajo, de la capacidad creativa del hombre, si el texto nos dice que debemos robustecer las manos cansadas implica que somos invitados a segur laborando a continuar con nuestro trabajo, a no detenernos. A lo mejor a veces nuestro trabajo no es bien visto, o no lo agradecen y podemos decir para que seguir si no logro cambiar, si no hay nada bueno en esto, si no existe el agradecimiento para que seguir así. Sin embargo forcejear, implica robustecer las manos cansadas, es seguir trabajando y creando cosas nuevas, es la invitación a continuar adelante en la vida, seguir haciendo el bien, seguir controlando el carácter, seguir esforzándose por vivir unidos y en solidaridad. Parece cansado, parece que no hay frutos, pero ese es el forcejear de Dios en la historia.
Las rodillas vacilantes nos remiten a unas rodillas que tiemblan y por lo tanto es imposible caminar. Robustecer esas rodillas implica sobre todo la capacidad de continuar caminando. Se nos invita a segur caminando, a no quedar apoltronados y estáticos en la vida. Es la invitación a caminar, a ponerse en marcha, a seguir adelante y seguir caminando por la justicia, la libertad, el perdón, el amor, pues eso es forcejear, es dejar que el Reino se haga presente en nuestras vidas.
Pidamos al Señor que nos de la capacidad de robustecer nuestras manos y pies, para seguir adelante en la vida, para continuar con fuerza a lo largo de nuestra historia, en otras palabras forcejeando para llegar a la salvación esperada

15/8/10

«Apareció un gran Dragón …»

Meditación con motivo de la Asunción de la Virgen María

Textos:
Apocalipsis 11,19;12,1.3-6.10
Corintios 15,20-27
Lucas 1,39-56

La fiesta de la asunción de la Virgen María es una oportunidad para recordar que estamos llamada a encontrarnos con Dios, que nuestra meta definitiva es precisamente, es la invitación a recordar que nuestra vida no se reduce sólo a lo material, sino que debemos buscar la trascendencia y llegar a la experiencia de Dios en nuestras vidas. Sin embargo llegar a la presencia de Dios no es una cosa sencilla, no es sólo de desearlo, no es una simple escapada de la realidad, sino que debemos encontrarnos con nuestra realidad.
El camino para llegar al Cielo consiste precisamente en tomar contacto con nuestra historia, no es posible que veamos el cielo como un escape de nuestra vida, de nuestras responsabilidades. Verlo de este modo es totalmente contrario a nuestro compromiso como cristianos. Si la virgen sube a los cielos, no es simplemente porque es la madre de Jesús, sino porque tomo en ser su responsabilidad como Madre y dese esa situación se esforzó por cumplir lo mejor posible su misión para alcanzar lo que debía hacer. La asunción no es pensar en ángeles que nos llevan nos escapa de nuestra realidad, la asunción es la fiesta que nos recuerda que nuestra meta es el cielo pero que para ello debemos tomar en cuenta nuestra misión, tomando conciencia de lo que debemos hacer.
Y tomar conciencia de ello nos debe recordar que debemos vencer el mal en nuestra vida, no es simplemente decir tengo los ojos puestos en el cielo, sino que debo de ver mi historia y vencer el mal que hay en ella. Sobre eso nos habla la primera lectura del día de hoy, pues nos presenta a la mujer, símbolo de la comunidad cristiana y frente a ella aparece un dragón, símbolo de aquellas fuerzas malignas que persiguiendo a la comunidad cristiana.
El texto nos dice que: «Apareció un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz.» Nos hace una descripción de lo que es el dragón. En primer lugar nos habla de su violencia, el color rojo es el color de la violencia, por lo tanto este dragón representa toda aquella violencia que existe, la comunidad cristiana es perseguida por una fuerza violenta, que genera división, separación y agresión en los diversos ámbitos de la vida. Tiene siete cabezas, las cabezas representan el poder, y si tiene siete, símbolo de la totalidad, quiere decir que tiene todo el dominio posible, no es una simple persecución, sino que tiene dominio total para hacerlo, se vale de cantidad de artimañas para lograr su objetivo. Cada cabeza tiene una diadema., símbolo del poder, de modo que se trata de un poder absoluto, pleno. Este dragón tiene el poder para perseguir a los cristianos.
El texto continúa hablando de sus acciones que son básicamente dos. En primer lugar dice que barre una tercera parte de las estrellas eso quiere decir que viene a traer oscuridad, viene a traer tiniebla, duda, incertidumbre. Esta bestia trae la duda, a la comunidad cristiana. Implica que la persecución hace sembrar dudas, desconfianza en Dios, para que se echen para atrás y no puedan seguir adelante. Enfrentar al dragón implica no dejarse imbuir por la oscuridad, no dejar que la duda y la crisis sea más fuerte.
En segundo lugar nos dice que es un agente que acaba con la vida, que vine a destruir la vida, pues quiere devorar al niño. Indica que es un perseguidor que acaba con la vida y con la esperanza, pues el nacimiento de un niño dentro de la Biblia es la esperanza. Este dragón vine a cavar con la comunidad cristiana minando sus bases, pues lo pone en oscuridad, en tiniebla y lo coloca en un ámbito sin esperanza.
Ese dragón representa todo aquello que intenta acabar y destruir. Ese dragón representa aquellas ideologías que buscan acabar con la vida como las ideas del aborto, de la envidia, al ambición, la mentira, que a la larga destruyen nuestra vida y nuestras relaciones con los demás. Son aquellas ideologías que van acabando con nuestro espíritu cristiano, con nuestra fe, y sobre todo que van impidiendo que llevemos a cabo nuestra misión en la tierra, pues la desvirtuamos.
Tomar conciencia de nuestra misión, es tomar conciencia de que el mal existe, que trata de confundirnos, que intenta acabar con nuestras esperanzas, pero que podemos vencerlo, pues como dice el texto más adelante: «La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono.» Marcando que la última palabra la tiene la vida, la esperanza, que Cristo triunfa sobre todo y que el dragón, el mal será destruido.
La Asunción de María nos recuerda que nuestra meta es el cielo, el encuentro pleno con Dios, pero que esto se gana esforzándose día a día, cumpliendo con nuestra labor, con nuestra obligaciones, y no abstrayéndose de la realidad, y sobre todo reconociendo que existe el mal, que nos paraliza, que intenta acabarnos pero que estamos llamados a vencerlo con la gracia y poder de Cristo.

14/8/10

Escucha y Vida...

Meditación con motivo de la Misa Vespertina de la Vigilia de la Asunción de la Virgen María

Textos:
1 Cronicas 15,3-4.15-16;16,1-2
1 Corintios 15,54-57
San Lucas 11,27-28

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de María y esta fiesta nos ayuda a contemplar el sentido de nuestra vida. La Virgen María se eleva al Cielo, el fin último de nuestra vida. Estamos llamados a encontrarnos con Dios y eso es la vida eterna. Esta vida eterna nos es ganada por la fuerza de la resurrección como dice la segunda lectura: «¿Dónde está muerte tu victoria? … Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo.»
Jesús da la victoria por medio de la resurrección, y esto nos invita a elevar nuestra mirada a esta realidad, la muerte ha sido vencida, la muerte no tiene efectos. Si María sube al Cielo, nos invita a reconocer que todos vamos hacia allá, y es posible porque Jesús ha vencido la muerte, y esa vida nueva está al alcance de la mano, está cerca de nuestra vida.
Sin embargo, cuál es el medio para alcanzar esa vida, puesto que no es simplemente anhelarlo, debemos de descubrir el camino y el evangelio nos marca: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.»
Con esta idea se nos presenta el camino hacia la vida definitiva, que consiste en escuchar la Palabra y ponerla en práctica. Cuando se habla de escuchar la Palabra, no consiste simplemente en oír, sino es ser un receptáculo de la Palabra, permitir que la Palabra llegue, nos toque, nos anime, y convertirnos en portadores de la Palabra. Ser portador de la Palabra consiste en permitir que esa Palabra esté en medio de nosotros, meditándolo, que vaya penetrando con el fin de iluminar nuestro camino y nos vaya transformando, que vaya dando directrices en nuestra vida.
Y si esa Palabra reside en nosotros entonces implica que debe transformar nuestra vida y eso se lleva a la práctica, lo comienza a vivirla, y con ella deja que su vida se renueva, lo hace nuevo. La Palabra se renueva la vida del hombre, al ser portador de esa Palabra se hace nuevo el hombre pues lo renueva.
Cuando uno practica esa Palabra entonces comienza a vivir una vida nueva, comienza a vivir desde Dios, comienza a tener una vida nueva. Esta vida nueva y se encamina hacia la eternidad, se encamina hacia la plenitud, y entonces se encamina hacia la presencia de Dios. La Virgen María escucho y vivió esta Palabra y ello la llevó al culmen de encontrarse con Dios. Nosotros somos invitados a esto, y a vivir esa Palabra para subir desde ahora al Cielo, a la presencia de Dios y al final al encuentro con Dios en la plenitud, pues la gloria de María es la promesa de nuestra gloria en la medida en la que escuchamos y vivimos esa Palabra.

8/8/10

«Túnica ceñida y lámparas encendidas...»

Meditación del XIX Domingo Ordinario
Ciclo /C/


Textos:
Sabiduría 18,6-9
Hebreos 11,1-2.8-19
San Lucas 12,32-48

La noche es uno de los temas bíblicos más importantes dentro de la Escritura. La noche representa dos realidades que en el fondo están íntimamente unidas. Por un lado, la noche nos lleva a encontrarnos con la situación de oscuridad, de opresión, de limitación que vive el hombre. Por otro lado, la noche es también el momento en el que actúa Dios, basta recordar solamente la salida del mar rojo, que nos recuerda la primera lectura, que se lleva precisamente en medio de la noche, en medio de la tiniebla. Con esto se puede descubrir que Dios actúa precisamente ahí, en donde la duda, la incertidumbre, la desesperación comienza a surgir en la vida del hombre. Por lo tanto la noche si viene s el símbolo de la opresión y duda que vive el hombre también es cierto que es el momento en donde Dios actúa y le ayuda para salir adelante, para liberarlo y hacerlo un hombre nuevo.
La noche es el momento donde Dios interviene, donde Dios actúa para disipa todo tipo de situación llena de duda e incertidumbre en nuestra vida. Si lo pensamos bien en nuestras vidas las tinieblas se hacen presentes, la noche se cierne sobre nosotros, sobre nuestras vidas muchas veces cuando no sabemos qué decisión tomar ante una situación importante de nuestra vida, cuántas veces llega la noche cuando la enfermedad nos golpea, cuando hay algún ser querido que sufre, cuando la traición arremete en nuestra vida de parte de alguien que amamos, cuando muere un ser querido. La vida se llena de situaciones complicadas, la noche aparece. Todo parece sombrío, oscuro, sin un rumbo fijo en medio del caminar por la historia.
Sin embargo, es ahí en la noche donde Dios aparece, donde Dios se hace presente para salvar y rescatarnos y continuar con nuestro camino por la historia. La dificultad se presenta justamente cuando en medio de la noche no vemos el actuar de Dios, pues las tinieblas son tan arduas, tan espesas que no somos capaces de descubrir a Dios.
Jesús en el evangelio de hoy, nos da un parámetro vital para descubrir a Dios en medio de la noche y así alcanzar a vislumbrar su acción salvadora en nuestras vidas: «Estén preparados, con la túnica ceñida y con las lámparas encendidas.» Son dos instrucciones fundamentales para descubrir el actuar de Dios en nuestras vidas.
En primer lugar la tener la túnica ceñida. Esta acción es importante para iniciar un camino, puesto que la túnica es una vestidura larga, como un largo vestido; cuando uno se dispone a realizar un gran camino, es necesario levantarse la vestidura, ceñírsela y así caminar con plena libertad, caminar con mayor facilidad. Ceñirse la túnica representa la posición para caminar, la disposición para hacer camino, para romper las ataduras del pasado e iniciar un camino en la vida, un camino que lleva hacia libertad.
En medio de la noche es necesario ceñirse la túnica, es decir, no quedarse paralizado como si nada sucediera, como si no se pudiese hacer más. Cuando llega la noche de la duda, no es posible quedarse con la duda, no es posible quedarse en esa duda hundiéndose sólo en eso, como si la duda fuera lo último en la historia y no es así, siempre es posible salir de esa duda, hay que ponerse en el camino de la verdad, es posible salir de esa duda. Del mismo modo si llega la noche de la tristeza, no es posible quedarse suida en ella, hay que ceñirse la túnica, levantarse y caminar a la esperanza, a la alegría, al gozo, no es posible detenerse sólo en la tristeza. Dios viene, Dios actúa en nuestras vidas, pero es necesario ceñirse, ponerse en camino, porque ahí en el camino Dios actúa, Dios salva, podemos ver que Dios está con nosotros, pero si nos quedamos sumidos en el dolor, sumidos en la tristeza, y nos negamos a querer salir, nos negamos a querer caminar, a ponernos en camino estamos condenados a no descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas.
Ceñirse la túnica es precisamente no quedarnos estancados, no darnos por vencidos en la vida, sino levantarnos y caminar, descubrir que aunque tengamos una enfermedad podemos seguir adelante, que a pesar de nuestra tristeza nuestra vida puede seguir adelante. Ceñirse es la disposición caminar y a proseguir en nuestra vida.
En segundo lugar nos dice que debemos encender nuestras lámparas. Esto quiere decir que en medio de nuestra oscuridad debemos de prender nuestra lámparas, debemos ver lo que hay a nuestro alrededor. Muchas veces la oscuridad es tan profunda que olvidamos descubrir lo que hay a nuestro alrededor, no vemos lo que tenemos, creemos que todo es malo y no nos damos la oportunidad de ver las cosas buenas que hay a nuestro alrededor. No descubrimos que hay gente que nos apoya, que está con nosotros, que nos necesita, debemos abrir nuestras vidas y ver a nuestro alrededor, descubrir que nos ayudan y apoya. Encender nuestras lámparas y vislumbrar a estas personas que nos apoyan.
También debemos encender nuestras lámparas y ver los momentos felices de nuestras vidas que muchas veces quedan opacados por la tristeza o la desesperación. Debemos encender nuestra vida y ver que no todo es triste, que hay alegrías, que hay gozo, que Dios está con nosotros, que siempre hay buenos momentos, y que ahí se manifiesta Dios.
Si notros nos ceñimos y caminamos, no nos quedamos en una actitud de conformismo, de parálisis, Y si encendemos nuestras lámparas para ver más allá de nuestra oscuridad entonces podremos transformar nuestra vida y descubriremos que en medio de la oscuridad, llena de dudas, desesperanza y desilusión, no estamos solos, Dios está de nuestro lado y nos acompaña para seguir adelante.

1/8/10

Buscar los bienes del cielo

Meditación del XVIII Domingo Ordinario
Ciclo /C/

Textos:
Eclesiasiastés 1,2.2,21-23
Colosenses 3,1-5.9-11
San Lucas 12,13-21

El ser humano está conformado por dos realidades fundamentales en su vida, por un lado es un ser corporal, y por ende es material, sin embargo también es un ser espiritual. El riesgo está en que el hombre puede olvidares de su esencia espiritual en cuanto que sólo se enfoque en lo material, y esto debido a que es algo tangible, algo que se puede observar. En cambio la parte espiritual es imperceptible de manera física, pero finalmente visible en nuestras vidas, puesto que pensamos, tenemos deseos y sentimientos, son realidades que materialmente no las podemos poseer, pero que pertenecen a nuestra realidad.
Este exacerbado interés por lo material es un tema vital y lo abordan los texto de hoy. El texto del evangelio nos marca esta realidad cuando un joven que se encuentra entre la multitud: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.» sin embargo Jesús no le responde para solucionar el problema. Generalmente Jesús ayuda a todos aquellos que piden su ayuda, pero ahora Jesús no lo hace, sino que responde tajantemente: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?». ¿Por qué hace esto? Porque en el fondo el problema no es simplemente la herencia, sino la avaricia dice estos hermanos. Si Jesús se pusiera de juez debería favorecer a uno y ello implicaría que favorecería la avaricia y egoísmo del otro. Estas cosas no las puede resolver Jesús poniéndose del lado de uno o del otro, sino que eso lo deben ver ellos, deben escrutar su corazón y descubrir que tienen dentro, para evitar esa actitud.
Como respuesta Jesús sólo se limita a colocar una parábola que tiene por objeto concientizar a esos hermanos y descubran que la raíz de todo esto es la avaricia. La Parábola nos narra a un hombre rico, pero lo interesante es que es un hombre sólo, el único protagonista es él, no hay más, si nos fijamos detenidamente todos el diálogo es en realidad un monólogo, habla para sí mismo, en primera persona del singular: «¿Qué voy a hacer? …No tengo… Ya sé que voy a hacer… derribaré…construiré… guardaré… descansa, come, bebe y date buena vida.» Lo único que interesa es él, no hay más. Las riquezas lo han cegado, le han hecho creer que él es el único que no hay más, que él lo puede todo. Él es quien hace todo, quién mueve todo.
Pero abruptamente Dios interrumpe su monólogo egocéntrico: «Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?» Dios le hace caer en la cuenta que en realidad está sólo, y que ha optado por lo material y ha descuidado lo espiritual y la relación con los demás, está sólo y al morir lo material se queda y eso no será para nadie.
Cuantas veces las personas son así, se fijan en lo material y dejan de lado lo espiritual. Cuantos papás le dan cantidad de cosas a sus hijos pero no les dan su tiempo para hablar con ellos, para escucharlos, para ver que tienen, o por qué han cambiado, simplemente se quedan con lo material pero descuidan otra área afectiva y espiritual que el niño necesita. O bien en los matrimonios, cuando se limitan solo a lo exterior, pero ya no platican sobre lo que sienten, lo que piensan, lo que viven, los cambios que hay en la pareja, todo lo dejan de lado. Sólo se quedan con lo meramente material.
Por esa razón san Pablo nos recuerda en esta misma línea que no descuidemos lo espiritual y llama a la comunidad cristiana a buscar los bienes del cielo. A no vivir sólo encerrados en lo meramente material sino a ver más allá de esto, ver que hay otros valores importantes, hay valores espirituales, y para ello debemos de desprendernos de realidades que son realmente nocivas e impiden el crecimiento de lo espiritual y que en el fondo se vive desde el egoísmo material: «Hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la fornicación, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría.» Analicemos estos términos para captar el significado de cómo llegar a los bienes del cielo.
La fornicación se refiere a la utilización del otro para el propio placer y por lo tanto implica que se rebaja al otro a nivel de objeto, no se le ve al otro como persona, con sentimientos y pensamientos, sino que sólo se le ve como algo material, se le rebaja sólo a objeto de mero placer. Quitarse de esto implica que el hombre debe reconocer en los demás la dignidad y verlos como personas, y no como meros medios.
La impureza nos remita a aquello que hace que una persona no esté en condiciones de acercarse a Dios, aquello que nos separa de Dios, aquellas injusticias que dañan la vida de los demás, alejándose así de la presencia de Dios. Es una invitación a ser puro, bíblicamente hablando, es decir, a vivir cera de la experiencia de Dios, desde los criterios de Dios y del evangelio, criterios se justicia.
Las pasiones desordenas, indica la tendencia hacia algo por lo que se siente simpatía, sin embargo aquí remite hacia las cosas que no son buenas, que son desordenadas, un deseo que no es debido. Ello implica la tendencia hacia la mentira, hacia la destrucción, hacia el robo. Ahora el creyente debe tender hacia las cosas buenas y nobles
Los malos deseos, remite a un pensamiento malo, cuando elucubramos como lastimar a otros o levantamos falsos, como destruir al otro. La mente que sólo se utiliza para pensar cosas malas, o tener malos pensamientos, debe de ser erradicado.
Finalmente la avaricia, que literalmente querría decir en griego “el deseo de tener más”, el deseo insaciable de acumular cosas o de envidiarlas. Es el deseo desmedido por acumular, sin importar lo que a otros les suceda, un egoísmo despiadado, pues sólo interesa la propia satisfacción. El creyente debe de vivir abierto a la solidaridad y no sólo a una actitud de envidia
Ante esto podemos ver que no podemos ser egoístas y sólo ver por nuestros intereses materiales, sino abrirnos a los espirituales y quitarnos aquellas tendencias que nos impiden la realización plena. Pues abriendonos a lo espiritual, podemos conocernos mejor y ser mejores con los demás.

24/7/10

Padrenuestro: Entre la oración y la vida

Meditación con notivo del XVII Domingo Ordinario
Ciclo /C/

Textos:
Génesis 18,20-32
Colosenses 2,12-14
San Lucas 11,1-13

El Creyente debe de estar continuamente en relación con su creador, debe estar en contacto constantemente con él. Y el medio más eficaz es precisamente el de la oración, pues por medio de ella el hombre se comunica con Dios, habla con el Señor. Hay que entender que la oración no es otra cosa sino precisamente un diálogo con Dios, si bien existen diversos subsidios para hacer oración, también es cierto que son sólo una ayuda para dialogar con Dios, pues finalmente la verdadera oración no es otra cosa sino hablar con nuestras propias palabras con Dios. Esta oración debe de ser llena de confianza, y no se debe limitar sólo a pedir, sino también a interceder o agradecer.
Lo cierto es que Dios siempre está atento a nuestras palabras, así lo demuestra la primera lectura de hoy, cuando Abraham eleva su oración a favor del pueblo de Sodoma y Gomorra, apelando a la misericordia de Dios, y vemos como Dios está atento a las palabras de Abraham, y vemos como Abraham da un sentido de la misericordia de Dios. Vemos como intercede ante Dios, para que se salve el pueblo, sin embargo llega hasta los diez justos, esto podría parecer una sorpresa puesto que implica que hay un límite para la salvación, sin embrago no es así, si Abraham se detienen en el diez, se debe a su fuerte carga simbólica, pues el diez en la Biblia representa todo lo posible, en otras palabras, diez justos significa todos los justos posibles. Con estos e ve que Dios escucha y está atento a las necesidades del hombre.
Sin embrago la oración no puede detenerse simplemente es el diálogo, sino que se debe de vivir y esto lo podemos ver claramente en el texto del evangelio en donde Jesús enseña a orar con la oración del Padre Nuestro. Esta oración nos enseña no sólo como dirigirnos hacia el Padre, sino sobre todo el camino espiritual que el hombre debe de vivir, un camino que se hace oración, pues cada vez que se recita esta oración, implica un recordatorio sobre las pautas ¡necesarias que todo hombree debe vivir. EL padre nuestro por lo tanto no es sólo para repetirse, sino para vivirse, en sí mismo presenta un itinerario espiritual para todo cristiano. Será conveniente que meditemos en las palabras de este texto que se nos presenta hoy en la versión de san Lucas y reconozcamos cual es el camino espiritual que todo cristiano debe seguir, y que esta oración nos recuerda.
Esta oración comienza dirigiéndose a Dios y llamándole «Padre», esto es muy importante pues al llamarle Padre indica que lo reconocemos como creador de la vida, fuente de vida. Dios es Padre porque nos ha llamado a la vida, nos mantiene en la existencia. Pero también Padre nos recuerda la protección, Dios es Padre pues nos protege, está atento cada uno de nosotros, nos cuida y nos custodia. Le llamamos Padre pues formamos parte de su familia, todos somos sus hijos, y ello implica que Dios es generador de familia, de lazos de fraternidad. De este modo la oración de entrada, nos invita a reconocer a Dios como origen de vida, protector y generador de familia, en una palabra, es Padre.
Ya que lo reconocemos como Padre nuestra primera súplica es sencilla: «Santificado sea tu nombre.» Pero qué quiere decir esto, pues muchas veces nosotros pensamos que para santificar el nombre de Dios basta que digamos que es santo, pero eso no es así, Dios es Santo y no lo santificamos diciendo cosas bellas acerca de él. Esta parte de la oración es mucho más profunda es una petición, no una declaración. No es que con el Padre Nuestro demos santidad al nombre de Dios. ¡No! Esta es una petición que nos recuerda nuestro compromiso de cara a Dios. Santificar el nombre de Dios se refiere a nuestro estilo de vida. Que nuestro testimonio sea de tal manera que los demás santifiquen el nombre de Dios. Qué con nuestra vida los demás se cuestionen por qué amamos, perdonamos, somos veraces. Santificar su nombre es dar testimonio para que los demás hablen bien de Dios, no basta simplemente con decir que creemos en Dios, sino que debemos demostrarlo, debemos mostrar al mundo con nuestra vida nuestra fe, y eso provocará entonces la transformación de los demás, pues nuestro testimonio hará que otros crean realmente en Dios. De este modo, cada vez que recitamos esta oración deberíamos de reflexionar hasta qué punto doy testimonio de la experiencia de Dios en mi vida.
Si nosotros damos testimonio de Dios podemos dar otro paso, y podemos hacer que Dios reine en medio de nosotros: «Venga a nosotros tu Reino», es lo que suplicamos a Dios. El mismo Jesús ya ha anunciado que el Reino de Dios se ha hecho presente en medio de nosotros, sin embargo para que esto se haga realidad es necesario que nuestra vida cambie y que se haga vivo el mensaje del evangelio. Para lograr esto implica que Jesús se convierta en el Rey de nuestra vida, dejemos que sea él y los criterios del evangelio los que nos guíen y nos conduzcan en medio de nuestra vida. Que no permitamos que la moda, la vanidad, el dinero, el poder se conviertan en reyes de nuestra vida, en los criterios ordenadores de la Realidad, sino que se Dios quien rija nuestra vida e ilumine nuestro actuar en medio de la historia. Pedirle que venga su Reino, implica pedir que nuestra vida lo tenga como Rey, como único criterio de nuestra vida, que sea él quien ilumine nuestras actividades y nuestras empresas, sólo él, sólo Dios. Que seamos capaces de desterrar todo aquello que no da la verdadera felicidad en nuestra vida.
«Danos hoy el Pan de cada día.» Con esta petición oramos para que Dios nos conceda lo necesario para cada día, pero no sólo en lo material, sino en todos los niveles. Los mismos judíos llaman pan a la Ley, puesto que es importante para su vida. De este modo el pan si bien se refiere a lo material, lo que se necesita materialmente hablando para subsistir en la vida. Puesto que a veces no encontramos tranquilidad en nuestra vida es necesario el pan de la paz, cuando estamos rodeados de mentiras requerimos el pan de la verdad, cuando estamos llenos de corrupciones, necesitamos el pan de la honestidad, cuando el mundo está lleno de injusticias y desigualdades, se requiere el pan de la justicia, cuando el hombre es esclavo de una droga u otra situación requerimos el pan de la libertad, cuando la tristeza ha invadido nuestro corazón necesitamos el pan de la felicidad. De ahí que siempre requerimos un pan para sobrevivir, para subsistir, cada día es necesario ese pan para seguir adelante por el camino de la vida. Recitamos eso para que Dios nos de ese Pan que vamos necesitando en cada momento de nuestra vida.
Unido al pan que se requiere cada día, debemos reconocer que somos pecadores, que fallamos en nuestra vida y por lo tanto requerimos su perdón: «Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.» Esta oración pide el perdón. Pero es interesante ver que este perdón va en dos dimensiones, pues se habla del perdón que pedimos a Dios, pero esto debe descender al perdón que debemos dar a los demás. Son dos caras de una misma realidad. En primer lugar pedimos la gracia de ser perdonados, pedimos que Dios en su gran amor de su perdón a nuestra vida, que está llena de faltas. Pero ese perdón es para compartirse para darse a los demás. Dios nos perdona y nosotros debemos perdonar, lo interesante es que primero debemos recibir el perdón de Dios, debemos sentirnos perdonados, y una vez que hemos recibido esa gracia entonces sí, podemos perdonar. Esto debe de ser así, pues sólo es posible perdonar cuando nosotros experimentamos el perdón de Dios, cuando nosotros sabemos que Dios está en nuestras vidas. Si sentimos ese perdón, entonces podeos compartir esa gracia que hemos recibido, la damos a los demás. No es que el perdón surja de nuestro limitado corazón, sino que viene de la acción de Dios. Si yo veo como Dios me ama y me perdona, y me maravillo, entonces porque no hacer sentir al otro ese perdón, entonces con el tiempo puedo compartir esa gracia y darle un signo de amor a los demás. Vivo el perdón, para hacerlo vivir a los demás.
Finalmente en la versión de san Lucas termina esta oración con la última petición: «No nos dejes caer en tentación.» La palabra tentación que en griego se dice “peirasmos” remite a un vocablo que se llegaba a utilizar en el ámbito comercial cuando se compraban telas, pues al hacer la compra era importante darles un tirón para comprobar si eran fuertes, si se rompían indicaba que eran de baja calidad y por lo tanto no lo compraban. Utilizando esa idea podemos decir que pedir en la oración pedimos que cauno llegue el momento de la prueba no nos rasguemos, no nos rompamos e inclinemos nuestros pasos al mal, o bien hagamos cosas de las cuales nos podemos arrepentir. No nos dejes caer en la tentación, que no desgarremos nuestra vida ante las dificultades que se nos presentan, ante las situaciones complicadas, ante la inclinación al mal.
De esta manera el Padre Nuestro se convierte en un camino espiritual para acercarnos a Dios y vivir desde la dinámica de la santidad, reconociéndolo como Padre y viendo nuestra responsabilidad de cara la mundo, dejando que reine en nuestra vida, nuestra familia, y reconociendo que él da lo necesario para la vida, que da su perdón que se vuelve en fuerza reconciliadora para todos y que finalmente nos recuerda que hay tentación pero que podemos salir adelante en medio del mundo.

18/7/10

Ser Hospitalarios

Meditación con motivo del XVI Domingo ordinario
Ciclo /C/


Textos:
Génesis 18,1-10
Colosenses 1,24-28
San Lucas 10,38-42

Una de las características fundamentales del pueblo Israelita y de las culturas circundantes es el de la hospitalidad. Era muy común en aquellos tiempos la idea de ser hospitalario y de recibir a los forasteros en la casa. Podemos recordar incluso aquel pasaje del libro del Génesis en el capítulo 19 donde se habla de la destrucción de Sodoma y Gomorra, y en el fondo su pecado es justamente la falta de hospitalidad , pues cuando llegan los tres hombres quieren abusar de ellos en lugar de recibirlos bien. Esta idea de la hospitalidad era común pues se creía que las divinidades bajaban de vez en cuando y caminaban entre los hombres, de ahí que al hospedar a un forastero incluía la idea de que fiera un ser sobrenatural.
La primera lectura del día de hoy, nos presenta el gesto de Abraham de hospitalidad que hace al ver a estos forasteros que aparecen en frente de él. Podemos ver la descripción del autor sagrado para descubrirnos precisamente el valor e importancia que tiene este gesto.
Al final podemos ver que hay una promesa de parte de estos visitantes: «Volveré a verte sin falta en el año entrante, y para ese entonces Sara habrá tenido un hijo.» Estas palabras están cargadas de un gran significado pues la historia de Abraham comienza precisamente con esa promesa. Él era un hombre que no tenía descendencia pues su esposa era estéril, y al no tener descendencia era considerado como maldito, pues no tenía una proyección de futuro. Pero un día Dios le hace la promesa de una descendencia enorme, y que tendría un hijo, pero nunca le había dicho cuando, ni en donde, pero ahora aparece una promesa bien concreta en donde se le señala una fecha exacta: “el próximo año.”
Pero ¿Por qué aparece esta promesa en este episodio? Sin lugar a dudas nos enseña el valor de la hospitalidad, la promesa del hijo, la promesa de la vida surge después de una actitud de hospitalidad, y esto quiere decir precisamente que el ser hospitalario da como consecuencia la vida, el ser fecundo. El ser hospitalario, el acoger a los demás es un signo de vida, me hace ser fecundo en mi vida, así como hace fecunda la vida de Abraham y le promete un hijo.
Esto debe servirnos a cada uno de nosotros para ser hospitalarios y recibir a los demás en nuestra vida. No sólo en el sentido de recibirlos en la casa, sino de acogerlos en e nuestra vida, dando tiempo a los demás. Pero para ser hospitalarios debemos reconocer que hay una actitud fundamental que la tiene Abraham, pero se puede apreciar con mayor claridad en el texto del evangelio de hoy.
El evangelio nos presenta esta escena en donde Jesús recibe la hospitalidad de dos mujeres: Marta y María. Pero con dos actitudes totalmente distintas, mientras que María se sienta y escucha a Jesús Marta está en un completo movimiento haciendo cantidad de cosas. Al final termina enojándose y diciendo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo?» Quiere que María le ayude, pero Jesús desenmascara la situación, pues no es que María esté de ociosa y no quiera hacer nada: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada.»
Pero, ¿por qué María escogió la mejor parte? ¿En qué consiste esa ‘mejor parte’? La clave para captar esta expresión está más arriba, está al entender la actividad de Marta, pues el texto nos dice que: «Se afanaba en diversos quehaceres.» Esta expresión: “afanarse” se refiere al quehacer desmedido, en el hacer por hacer, en la actividad sin ningún sentido. Marta cree que es necesario hacer cosas, pero sólo por hacer, no hay un sentido profundo, ni un sentido de amor en su actividad, sólo lo hace porque cree que debe hacerlo. En cambio María decidió hacer sólo una osa, escuchar a Jesús y lo hizo por amor. No es que María dijese “ya llegó Jesús pues ni modo hay que escucharlo”, a contrario llena de amor se sentó para escucharlo, en cambio Marta se puso a hacer quehaceres sin hacerlo por amor, quiso hacer todo, pero porque se sintió obligada pero no por amor.
Si Marta lo hiciese por amor también hubiera escogido la mejor parte, así como lo hizo María, o como lo hizo Abraham, pues recibió a estos hombres con amor, con espíritu de servicio y de donación.
Cuántas veces nosotros somos así, y no hospedamos a los demás en nuestro corazón, pues sólo hacemos las cosas porque no nos queda de otra. Los papás ven a sus hijos pero no les dedican tiempo, sólo lo mínimo pues lo ven como obligación, o no se dan la oportunidad de escucharlos. O bien los hijos sólo les dan por su lado a los papás pero no los escuchan, no están con ellos, sólo lo hacen porque deben hacerlos. Lo mejor es hacer las cosas con amor, si debo hacer ciertas cosas es mejor poner buena cara y hacerlo lo mejor posible, haciéndolo con amor.
Esa es la clave para ser hospitalario con los demás, ser como María y como Abraham, que ha escogido la mejor parte, pues han hecho todo desde la dimensión del amor, y la donación, no lo hacen obligados, sino que lo hacen por amor, por ayudar, por demostrar que hay una amor actitud de amar y no sólo de obligación. Esto es el sentido de acoger al oro en nuestro corazón.

11/7/10

¿Quién es el prójimo?

Meditación del Domingo XV Ordinario
Ciclo /C/


Textos:
Deuteronomio 30,10-14
Colosenses 1,15-20
San Lucas 10,25-37

En medio de un mundo lleno de ideologías, de posturas, filosofías, políticas, surge una interrogante fundamental: Cuál es la diferencia entre estas posturas y el cristianismo, Cuál es la esencia del cristianismo, Qué es lo que nos da una identidad en cuanto tal.
La lectura del evangelio de hoy parece darnos una pista acerca de esto. Encontramos a este doctor de la Ley que busca tenderle una trampa a Jesús con una pregunta: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» una pregunta que busca la trascendencia del hombre, en el fondo pregunta sobre el sentido de la vida, pues quiere saber cuál es el camino para alcanzar la plenitud de la vida, cómo tener la vida en plenitud. Pero Jesús sabe que no es una pregunta sincera, y le responde con otra pregunta: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Marcando de este modo que este hombre conoce la Escritura y por lo tanto el camino para alcanzar la plenitud: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo.» Y curiosamente el camino es sólo uno: El amor.
Todo el camino de plenitud del hombre se reduce a eso: amar. Pero ese amor brota precisamente del amor de Dios, si analizamos bien, el mandato nos marca que todo brota del amor de Dios. Hay que amar a Dios primero, con el corazón, con el alma, con las fuerzas, con todo el ser. Esa es la calve, el amar a Dios con toda nuestra realidad, con todos nuestros pensamientos (corazón), con toda nuestra vida (alma), con todas nuestras actividades (fuerzas) y con toda nuestra realidad, en medio de todos nuestros ambientes (nuestro ser). Este mandato implica entonces amar a Dios, pues él es la fuente del amor, sólo el da sentido a la experiencia del amor. Si nosotros somos llamados a amar no lo hacemos desde nuestra experiencia de amor, sino desde la experiencia de Dios. Si amamos a Dios desde las diversas dimensiones de nuestra vida, entonces somos capaces de llenarnos de ese amor y transmitirlo a los demás, y entonces amar desde el amor de Dios. Ese amor de Dios, esa experiencia tan grande nos lleva a amar a los demás, como dice el texto, a amar al prójimo.
Finalmente quién es el prójimo, y esa es la pregunta que el doctor de la ley hace a Jesús. Esta pregunta es importante pues en aquellos tiempos el prójimo era aquel con el que uno se llevaba bien, el familiar, el amigo, el de la misma raza y nación. Por lo tanto los extranjeros no entraban el la categoría de prójimo.
Para responder a esta cuestionante Jesús narra la parábola del Samaritano. Nos presenta a u n hombre que es asaltado en el camino, y una vez despojado de todo yace ahí inconsciente. La problemática es que pasan dos personajes que sólo se limitan a darle la vuelta. Primero un sacerdote, y después un levita, son dos hombres que y trabajan en el templo que están entregados a Dios totalmente pero deciden pasarse de largo, seguramente porque van al templo y si tocaran un cadáver quedarían impuros y con ello incapacitados para celebrar los oficios del templo. De esta manera sobreponen sus ritos a la caridad. Pero finalmente pasa un tercer personaje que resulta ser un samaritano, una persona que es totalmente ajena al pueblo, incluso es odiado por los judíos, de tal manera que, que cualquiera podría esperar el desprecio del Samaritano ante aquel judío herido, sin embargo sorprende la actitud de este hombre que se detiene a ayudarlo, deja atrás todo tipo de diferencias étnicas y políticas, religiosas y sociales, y se detiene pues sobre cualquier diferencia primero está la caridad, en medio de la necesidad todos somos iguales y debemos ayudar.
Una vez que termina la parábola se descubre quién es el prójimo: «¿Cuál de los tres te parece que se porto como prójimo del hombre asaltado por los bandidos?» Fijémonos bien que Jesús marca que uno de esos tres hombres se portó como prójimo del herido, no dice que el asaltado sea el prójimo, sino que el prójimo es el que ayuda en este caso el samaritano. Jesús da un vuelco al concepto de prójimo. El prójimo no es que nos rodea, el prójimo es el que se hace próximo al necesitado (-prójimo significa próximo-), el que se acerca al que requiere ayuda. Muchas veces pensamos que prójimo es el que está cerca de nosotros (y así se utiliza en el lenguaje), sin embargo Jesús nos pide e n esta parábola descubrir que nosotros somos prójimos en la medida en la que nos acercamos al necesitado. El prójimo no son los otros, soy yo si tengo la compasión de ayudar a mi hermano.
La esencia del cristiano es esa, el ser prójimo del otro que requiere de mi ayuda. No es posible que se hable de fe, sin esta capacidad de hacerse prójimo de los demás, si no ayudo a los demás. Así como en la parábola hay un hombre que es golpeado, es ultrajado, hoy también hay muchas personas asaltadas en la vida, tumbadas en la historia mal heridas, y no sólo físicamente, sino espiritualmente. Cuántas personas le roban su dignidad porque se burlan de ellos y los sobajan, cuántos les roban la confianza y la amistad. Nosotros debemos de ser prójimos de aquellos que se burlan y les roban u dignidad devolviéndoselas y dándoles a conocer que no están solos que confiamos en ellos. Cuántos han sido traicionados y nosotros podemos ayudarlos para salir adelante, para que no se sientan solos. Cuántas esposas o esposos viven con traumas en la vida y requieren que su pareja se haga su prójimo y la comprenda. Cuantos niños viven con la indiferencia de sus padres y sólo ven TV porque sus padres no tienen ni un minuto para ellos, los padres deberían hacerse prójimos y darles algunos minutos de su tiempo.
Lo más importante es el detenerse y hay comienza el hacerse prójimo. El detenerse y descubrir que la otra persona es importante, saber que ahí hay alguien que requiere nuestra ayuda. Después acercarse, que el otro sienta que no está sólo, que hay alguien que le da su apoyo, su tiempo, su consejo, cercanía que rompe todo tipo de indiferencia. Posteriormente la curación, con aceite, para calmar el dolor, con vivo para desinfectar las heridas, y con vendajes para cubrir el daño. Cuantas veces debemos hacer esto, detenernos y calmar el dolor del los demás escuchando, desinfectar con consejos que quiten toda destrucción, y colocando el vendaje del amor y la paciencia para que se sientan reconfortados. Finalmente lo sube a su cabalgadura y lo lleva a un mesón, lo hace parte de su vida, se involucra con él, lo deja ahí porque debe seguir con su vida, pero ahora ese hombre es parte de su historia, no es sólo el herido del camino, sino alguien a que ha ayudado y es parte de su vida.
Esa parábola nos habla justamente del amor, que se manifiesta en aproximarse a los demás, de hacernos prójimos de aquel que requiere nuestra ayuda. Sólo así podemos hablar de cristianismo, y de testimonio que marca la vida del hombre, anunciando al mundo la fe en Jesucristo.

4/7/10

«No lleven dinero, ni alforja, ni sandalias»

Meditación con motivo del XIV Domingo de tipo Ordinario
Ciclo /C/

Textos:
Isaías 66,10-14
Gálatas 6,14-18
San Lucas 10,1-12.17-20

Hoy en día podemos ver cómo va creciendo la tristeza por la vida, la soledad, el desamparo, cuántas personas viven rodeadas de tristezas y amarguras, de desesperaciones. Podemos ver como en varios ambientes los problemas van creciendo, ya sea de índole afectiva, social o económica. Se puede constatar como hay un miedo por la inseguridad que propician las instituciones. En fin, podemos ser testigos que hay un desencanto por la vida, pues vivimos, porque no nos queda de otra, pareciera que uno debe seguir en medio del trajín de la vida, sin saber qué hacer, sin saber hacia dónde caminar. Puede ser que nosotros a veces nos sintamos así, o bien alguien cercano a ostros, sienta lo mismo. Pero ¿qué hacer ante eso?
El evangelio del día de hoy nos da una respuesta. Encontramos a Jesús que realiza una misión con 72 discípulos, y antes en el capitulo nueve Jesús había enviado a los Doce, ahora manda a los 72. Pero ¿Por qué 72? ¿Qué representa este número? Dentro del pensamiento judío creían que existían alrededor de 70/72 culturas además de las suyas, de ahí que los 72 representen a los países extranjeros. La misión de los 72, hala de una misión anticipada a todas las culturas, de una misión universal, pues a todos debe llegar el mensaje del evangelio. Mientras que la misión de los Doce ejemplificaba la misión al Pueblo de Israel (pues los Doce recuerdan las Doce tribus de Israel), los 72 representan a la humanidad entera y con ello, el llamado a crear una humanidad nueva.
El texto nos habla de esta manera a cada uno de nosotros a reconocer que hay u n mensaje que debe escucharse por todo el mundo. Un mensaje que debe ser escuchado, pues da la renovación al mundo entero, y por ello la urgencia de Jesús por mandarlos, para que todos conozcan este mensaje de salvación. La urgencia se debe a que Dios quiere entrar en nuestras vidas, Dios quiere estar presente en nuestra historia y con ello quiere darnos un mensaje esperanza.
En medio de un mundo que pierde la esperanza, el sentido de la vida, que vive cargada de desilusión, pareciera que anunciar este mensaje evangélico es la respuesta, anunciar que Dios está en medio de nosotros, anunciar que no todo está perdido, que Dios nos guía, nos acompaña. Pero ¿Quién debe hacer este anuncio? EL texto habla de 72, y por l tanto refiere que es un mensaje para la humanidad, pero es la misma humanidad quien debe hacerlo, es una misión de todos. Cada uno de notros está llamado a hacer esta misión.
Quizá a escuchar esto podríamos llenarnos de temor, de miedo, puesto que no sabríamos como hacer esta misión. ¿Cómo poder anunciar el evangelio? El mismo texto parece darnos algunas pistas: «No lleven dinero, ni alforja, ni sandalias.» Qué quiere decir esto, ¿por qué Jesús da estas instrucciones? Cada una de estas cosas simboliza una realidad profunda en el evangelio de san Lucas.
El dinero representa el poder económico, quiere decir que para anunciar el Reino no es necesario lo económico. Anunciar el Reino de Dios no implica la capacidad de tenerse atado al dinero, no es de comprar, ni de vender, el Evangelio se anuncia con la propia vida, no depende de lo que se tenga, no depende de lo que se gane a nivel económico. Además Si se llevara dinero entonces nuestra confianza estaría puesta sólo en él, y no en Dios. Se podría creer que con nuestras riquezas solucionaríamos y consolaríamos a todos, pero no con el mensaje del Evangelio. N>o llevar dinero implica reconocer que nuestra única riqueza es Jesús, no hay más, no hay otra cosa que nos haga felices sino sólo él, y esa es la riqueza que portamos y compartimos, esa es la riqueza que nos levanta y nos ayuda, esa es la riqueza que efectivamente da sentido a la historia. No es dinero lo que se requiere para sustentar el sentido de la vida del hombre, sino la experiencia de Jesús, lo que contagia, alegra, y da sentido al caminar del hombre y esa es la riqueza que se debe anunciar. Es la riqueza del amor, del perdón, de la paz, de la concordia, que habita en cada uno de nosotros.
En segundo lugar dice que no se lleve la alforja, que servía para guardar cosas, el reino se anuncia sin guardarse nada, sin retenerse cosas para sí mismo, eso es la alforja. No es posible compartir el Evangelio si nosotros nos guardamos cosas, si no compartimos todo lo que somos. Guardar cosas no se refiere simplemente a lo material, sino a nuestra vida, a nuestro ser, nuestra interioridad, eso es lo que importa. Anunciar el Reino es demostrar quienes somos, dará conocer nuestra vida, nuestra historia, todo lo que vamos viviendo eso es lo que importa, eso es lo que debe de ayudarnos. El anuncio del evangelio consiste en compartir nuestra vida, todo lo que somos, y eso da sentido a la historia del hombre. Mostar quienes somos con nuestras fragilidades y grandezas, y mostrando lo grande que Dios ha hecho en nuestra vida, eso es lo que compartimos. Además de compartir nuestro tiempo, nuestra amistad, nuestra escucha, nuestra vida para ayudar y dar sentido a aquel que lo ha perdido todo.
Finalmente dice que no se lleve sandalias, las sandalias en esas tierras n necesarias, pues es un lugar cálido y desértico, de ahí que no es posible emprender el camino sin ellas. Si Jesús manifiesta que no se debe llevar sandalias significa que no debe de ser sus pasos lo que guíen estos caminos., sino Jesús. No son nuestras seguridades las que llevan a cabo el caminar por la vida, sino Dios y sólo él. A veces creemos que son nuestros caminos los que debemos seguir y no vemos lo que Dios nos muestra, no descubrimos el camino que nos trae. Anunciar el Reino es dejar que él vaya mostrándonos lo que requiere de nuestra vida, caminar por las sendas que él propone, sabiendo que sólo él es nuestra fortaleza para seguir adelante.
Con estas instrucciones Jesús trata de dar a entender cuáles son los parámetros de la misión, pues la misión no se basa en lo que tenemos, sino en la actitud de desprendimiento, confiando sólo en él, que es nuestra riqueza y camino, dando sentido a nuestra vida. Muchas veces creemos que debemos conocer cantidad de cosas para anunciar el evangelio, siendo que lo fundamental es la experiencia de Dios en nuestra vida. Dese luego que hay que preparase, pero lo fundamental es nuestra experiencia de Dios, no se basa simplemente en lo meramente intelectual, sino en la sencillez de nuestra vida unida a Dios, nosotros debemos trasmitir eso, nuestra cercanía con Dios. No se basa simplemente tener grandes equipos, sino partir de la sencillez de nuestra vida, de nuestra cercanía con él.
Ciertamente pude darnos miedo anunciar el evangelio, pero no es otra cosa sino anunciarlo en donde estamos con nuestra familia, con nuestras amistades, y no sólo de palabras, no sólo de doctrinas, sino principalmente con nuestro testimonio. Anunciar que Cristo es nuestra riqueza, demostrando que tenemos todo, que él es quien nos da la paz. No guardar nada y demostrar al mundo lo que somos, que vean nuestra sencillez, pero sobre todo nuestra alegría pues finalmente es fruto de nuestra experiencia de Dios, es fruto de nuestra vida en Dios. Y esa alegría es lo que el mundo necesita, esa alegría es lo que el mundo requiere, una alergia por la vida, por su historia, por todo lo que Dios puede hacer en su vida colmándola de esperanzas, ciertamente que hay tristezas y desilusiones en la vida, pero también es cierto que hay un mensaje que podemos anunciar para colmar de esperanzas al hombre de hoy, el mensaje de Dios que toca y transforma nuestro corazón. Esa alegría que ya anunciaba el profeta Isaías en la primera lectura: «¡Alégrense con Jerusalén y regocíjense a causa de ella, todos los que la aman!»
Esa alegría que transforma todo: «Yo haré correr hacia ella la prosperidad como un río, y la riqueza de las naciones como un torrente que se desborda. Sus niños de pecho serán llevados en brazos y acariciados sobre las rodillas.» Una alegría que nutre y da vida al hombre, un río de prosperidad, es decir un río de ánimo, de fuerza para seguir adelante, llegará la riqueza porque Dios está con ellos, porque Dios es el sentido de todo, y finalmente dice el texto que los niños serán acariciados en las rodillas, esto significa que es un pueblo que tiene hijos, y por lo tanto es una promesa de futuro. La alegría de Dios remite al futuro, a no ver que todo acaba, que todo se derrumba, sino que hay futuro, hay promesa de vida, hay capacidad para ponerse en marcha y seguir adelante, sin detenernos, sin claudicar, Dios está en nosotros y podemos anunciar este gozo para transformar nuestra vida, nuestra familia, nuestra sociedad, porque este mensaje ha de llegar a todos si permitimos que Dios toque nuestra historia.

3/7/10

Tomás: Fe que debe madurar

Meditación con motivo de la fiesta de Santo Tomás

Textos:
Efesios 2,19-22.
San Juan 20,24-29


El día de hoy estamos delante de la fiesta de un apóstol, que ciertamente ha sido mal entendido, pues generalmente lo recordamos por su falta de fe, incluso se llega a decir: “yo como santo Tomás hasta no ver, no creer.” Sin embargo hoy no celebramos una fiesta de un hombre incrédulo, de lo contrario no sería santo, al contrario estamos celebrando a un hombre lleno de fe.
Pero creo que es necesario meditar lo que significa tener fe, la fe no es algo de momento y estático, al contrario implica crecimiento, madurez, y por lo tanto movimiento. Santo Tomás es un hombre de fe, y el evangelio de san Juan nos muestra su crecimiento en la fe, es un hombre que busca encontrar sentido a toda su vida. Por ejemplo en san Juan 11,16 Santo Tomás una vez que Jesús dice que tiene que ir a ver a Lázaro a pesar de que lo quieren matar, sin dudarlo dice: «Vayamos también nosotros a morir con él.» Con esto se demuestra que es un hombre que ama a Jesús, y por ello quiere ir a pesar de que de su vida por su maestro, no es un hombre sin fe, es un hombre que quiere vivir su fe.
De esta manera podemos ver que Santo Tomás es un hombre de fe, y si llega a titubear en algún momento no es porque su fe no existe, sino que seguramente está triste, está acongojado pues Jesús ha muerto, y si repentinamente llegan a decirle que vive, sus sentimientos e encuentra, no es fácil aceptarlo así, el sabe que murió y que lo sepultaron, no pueden decirle nada más porque si que está vivo, y por ello titubea. Y ante eso Jesús se apare ce a sus discípulos y de manera especial a Tomás, para reforzar su fe. Si lo pensamos bien Jesús no se pareció a todos los que dudaban de su resurrección, pero sí que se aparece a este apóstol, porque sabe que él no es que no crea o no tenga fe, a contrario, su fe tiene sentimientos encontrados y es necesario aclararle las cosas y eso se realizará con su presencia.
Esto nos enseña que la fe debe ir creciendo y Jesús dará pruebas necesarias a lo largo de nuestras vidas para que esta fe se vaya cimentando. Y desde luego que en el caminar de la fe aparecen las dudas, aparecen las crisis, el escepticismo, pero es parte de la fe. Si alguien dijese que nunca ha dudado de su fe, seguramente quiere decir que nunca ha avanzado en el camino de la fe, seguramente nunca se ha planteado y pensado las cosas de la vida de fe. La fe exige camino, preguntas, y por lo tanto llegan las dudas. Así que hoy celebramos a un apóstol, que dudó, pero que creció en su vida de fe, hasta madurarla y dar su vida por Jesús.
Que nuestra fe sea efectivamente madura en nuestra vida, y si llega la duda, meditemos, investiguemos y dejemos que el Señor nos muestre el camino de la madurez de la fe.