29/6/10

Somos Apóstoles

Meditación con motivo de la solemnidad de San Pedro y San Pablo

Textos:
Hechos 12,1-11
2Timoteo 4,6-8.17-18
San Mateo 16,13-19


Hoy celebramos la festividad de san Pedro y san Pablo, pilares de la Iglesia, una festividad para corroborar la apostolicidad de la Iglesia. Todos notros por ser miembros de la Iglesia somos apóstoles. Las lecturas del día de hoy nos pueden enseñar precisamente en que consiste el ser apóstoles.
La primera lectura nos enseña que el apóstol es alguien que es perseguido, podemos ver como san Pedro está en medio de la cárcel, esperando su muerte. El apóstol es alguien que anuncia el evangelio, pero ello implica necesariamente la persecución, puesto que el anuncio del evangelio va en contra de las conveniencias de la sociedad, contra el mundo imperante.
Una señal de que el mensaje del evangelio es claro en medio de la historia es precisamente la persecución. Cuando el mundo s feliz con lo que se anuncia de parte del apóstol, quiere decir que no se anuncia con fidelidad el evangelio, o bien que el mundo vive plena y radicalmente el evangelio. Pero lamentablemente no es así, e mundo no ha enraizado en su vida los criterios evangélicos. Si no hay persecución, quiere decir que las estructuras eclesiásticas están casadas con el poder.
A lo mejor ante la idea de la persecución pudiera suscitarse el miedo, puesto que ves natural que ante este tipo de situaciones, uno teme se retrae. Sin embargo, el texto nos muestra como Dios no deja sólo a Pedro y lo libera. Podemos ver como Pedro es liberado por el ángel, y como este lo lleva por un camino de liberación. Ser apóstol implica estar protegido y guiado por Dios, puesto que su mensaje no son palabras al aire, al contario son Palabras que brotan de la experiencia de Dios. Si parte de Dios quiere decir entonces que están cargadas de la fuerza divina, y Dios nunca deja al apóstol.
Si no hay persecución quiere decir entonces que no son palabras de Dios, pero sobre todo, si no son de Dios quiere decir que no hay sentid alguno en su vida y en su historia como evangelizador, pues el apóstol es ante todo alguien que se sabe tocado por Dios.
La segunda lectura complementa esta idea pues nos presenta a san pablo a punto de dar totalmente su vida, y en medio de eso tiene una convicción: «He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe.» San Pablo tiene la certeza de que ha actuado de la mejor manera, nada le falta, lo ha hecho bien hasta ese momento, su fe no se ha tambaleado. El apóstol sabe que al final de su vida hay una convicción y que todo lo ha hecho de la mejor manera. Cierto que este texto se refiere al final de la vida de san Pablo, pero podría servir como una especie de examen de conciencia de todo apóstol al final de su día y preguntarse si realmente al final del día ha anunciado con su vida el evangelio, si ha peleado bien el combate, si realmente dejo que la experiencia de la vivencia evangélica marcaran su historia, o bien se dejo seducir por otros principios. Si he al final de mi jornada mi fe sigue estable o deje que la duda u otras situaciones carcomieran el sentido de mi vida de fe. Incluso si al final de mi jornada he llevado a cabo una labor apostólica como la he llevado, la he combatido bien, di todo lo necesario, o sólo di lo que me sobraba, sólo di las cosas como salieron, no las preparé. Ser apóstol implica dar siempre todo, de la mejor manera, para lograr implica que también hagamos diariamente un examen de conciencia y descubramos que tanto lo hemos llevado a cabo.
Esta festividad debe recordarnos nuestro papel apostólico como miembros de la Iglesia un papel que implica testimonio, ser veraz con lo que anunciamos, reconocer que no estamos exentos de persecución, pero sobre todo sabernos protegidos por la presencia de Dios. Pidamos al Señor esta realidad en nuestras vidas, y sobre todo la sabiduría para hacer nuestro examen de conciencia cada día y descubrir que tanto hemos dejado que la palabra evangélica se encarne en nosotros para anunciar su palabra, dando siempre lo mejor de nosotros mismos, siendo testigos que luchan bien la carrera del evangelio.

27/6/10

«Endureció el rostro...»

Meditación con motivo del XIII Domingo Ordinario
Ciclo /C/

Textos:
1 Reyes 19,16.19-21
Gálatas 5,1.13-18
San Lucas 9,51-62

El camino del cristianismo es totalmente exigente, no podemos hablar simplemente de ser cristianos, si o somos capaces de vivir según las directrices de nuestra fe. Muchas veces vamos por la vida anunciando que somos católicos, que somos cristianos, pero finalmente el camino de nuestra historia es muy distante a lo que realmente significa nuestra experiencia de fe. Ser cristiano significa tener un camino bien trazado desde la dinámica y experiencia de la fe. Ser cristiano significa sobre todo que el camino que uno lleva en la vida va estrechamente unido a la vida de la fe. El problema realmente es que siempre llevamos dos o más caminos paralelos y tomamos el que más nos gusta y el de la fe sólo lo cruzamos cuando nos conviene, lo necesitamos o incluso cuando es rutina, u obligación. Cuántas personas sólo recuerdan que son católicas y tienen fe cuando les sucede una desgracia o bien cada domingo, pero el resto de sus días caminan por otro sendero que finalmente no es el de la fe.
Aclaremos que caminar en el sendero de la fe implique desentenderse de las responsabilidades cotidianas, al contrario, van íntimamente unidas, pues la vida cotidiana siempre es iluminada por la fe. Sólo que la viuda cotidiana no tenga nada que ver con la fe, resulta entonces contradictorio decir que existe esa fe.
El día de hoy en el evangelio escuchamos el inicio de la segunda parte del evangelio de san Lucas que se le llega a titular el camino hacia Jerusalén, puesto que a lo largo de esta sección que va de 9,51 a 19,28 se repite en tres ocasiones este camino hacia Jerusalén. Todo esto marca para el evangelista una teología muy particular de esta obra del caminar hacia Jerusalén, puesto que el evangelio según san Lucas comienza en Jerusalén y ahí concluye, de ahí la importancia de marcar el camino hacia esta ciudad. Ciertamente cabe aclarar que no es fácil seguir el itinerario del viaje que hace Jesús, pues las coordenadas geográficas no coinciden o incluso son inexistentes, de ahí que lo importante no es simplemente la trayectoria, sino el destino, pues Jerusalén es la ciudad en donde el destino de Jesús va a llegar a cumplimiento.
El texto nos dice: «Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén.» Literalmente el texto nos dice: «Jesús endureció el rostro para ir a Jerusalén.» ¿Por qué endurecer el rostro? Esta expresión indica la decisión firme de Jesús, la dirección precisa de su camino, una decisión irrevocable, dando así un paso más a fondo de su propuesta radical. Jesús que a lo largo de su camino había ido mostrando un cierto encanto ahora endurece el rostro y los discípulos han de conocer las condiciones para ese seguimiento. Es una expresión semítica que marca dirigir el rostro hacia una dirección, y que no se cambia de orientación. Esta expresión se adquiere mayor luz partir del contexto del Antiguo testamento en donde pasajes como Isaías 50,6-7; Ezequiel 3,8-9; 6,2 y Jeremías 1,18; 21,20 indican la intención de algo o bien oponerse a alguien, sabiendo hacia donde quieren ir, teniendo la convicción de una realidad y del destino definitivo que se aspira.
De esta manera el texto nos quiere decir que Jesús está totalmente determinado para ir a Jerusalén, todo adquiere sentido a partir de esta realidad, su meta, su horizonte en la vida es sólo Jerusalén, pues ahí se consumará el proyecto de salvación. Podemos descubrir en esto precisamente que Jesús es fiel a sus convicciones, si el texto nos dice que endurece su rostro es porque tiene una convicción bien clara y camina directamente hacia ese objetivo. No vemos a un Jesús que busque caminos alternos, no vemos a un Jesús que busque evadirse de la realidad, al contario, sabe hacia dónde va y con ello se pone en marcha totalmente decidido.
Sin embargo este camino no es totalmente aceptado por todos, pues es el camino de la entrega, el camino del amor, de la fidelidad. Y esto no es bien aceptado por todos, pues esto implica la renuncia a muchas cosas, es un camino contradictorio. Por ello podemos descubrir como inmediatamente de esto se topa Jesús con el rechazo: «Entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.» Este rechazo se debe en primer lugar porque hay una riña constante entre judíos y samaritanos, pero si san Lucas colca justamente este acontecimiento después de esta decisión, se debe a que quiere mostrar gráficamente como este camino causa el rechazo, pues Jerusalén es Amor, entrega, pero con ello muerte y entrega. Eso no le gusta a nadie, pues la sociedad busca el confort, la vida fácil, light, pero no que requiere esfuerzo, y con ello donación.
Podemos ver con esta presentación que San Lucas nos presenta a Jesús rechazado, Jesús que no es aceptado. Sin embargo Jesús no cambia sus planes, si su camino es de entrega y de amor debe seguir adelante, aunque esto cause escándalo y rechazo, el continua su camino. Sus discípulos no entienden nada y solicitan hacer caer fuego sobre ellos, a lo que Jesús niega contundentemente. El tiene un camino, y nos va a desistir. Arrojar fuego implicaría caer en provocación y violencia y él no es así. El continúa su camino de entrega y de donación, no busca caminos alaternos, dará testimonio con su propia vida.
Con este pasaje se nos enseña a cada uno de nosotros que Jesús es fiel a su camino, es fiel a su misión, a su modo de pensar, no hay ningún cambio, ha orientado el rostro hacia una dirección, la dirección del amor, de la entrega, de la salvación y hacia allá debe de caminar. Esto es el modelo que se nos propone a cada uno de nosotros en nuestra vida de fe, debemos tomar neutra vida descubrir que sólo tenemos un solo camino en la vida de nuestra fe. El problema es que nosotros no tenemos un solo camino en nuestra vida, sino que tenemos varios, tenemos caminos para nuestra vida familiar, nuestra vida laboral, nuestra vida de amistad, nuestra vida de fe. Y caminamos de distintas maneras, somos de una manera cuando estamos con nuestra familia, cuando estamos con nuestros amigos, en la Iglesia, somos diversos en nuestra manera de comportamos. Desde luego que nuestra forma de ser cambia psicológicamente según el ambiente y las personas, pero el problema es que nuestra vida de fe no ilumina ninguna de esas situaciones, y podemos parecer buenos, devotos, hombres de oración, pero eso no cambia nuestra vida, ni nuestro comportamiento, pareciera que la fe no nos cambia, ni ilumina nuestras decisiones, y hasta pueden parecer contrarias. Podemos decir que creemos en Dios y al mismo tiempo apoyar la muerte, podemos decir que Dios es la verdad y al mismo tiempo mentir, podemos poner cara de bueno y ser terrible como persona.
Jesús tomó un solo camino en su vida, y fue fiel, y ese camino fue el que iluminó todo su caminar, no es que cambiara de opiniones, no es que los samaritanos se portaron mal y el echara fuego sobre ellos, sino que el amor fue la directriz de toda su vida. Creo que ese es nuestro compromiso dentro de la vida de fe, deberíamos ir endureciendo el rostro y llevar una vida bien dirigida, dejando que el evangelio sea quien ilumine nuestra manera de pensar y nuestros criterios. Debemos seguir con nuestra vida común, con nuestro trabajo, nuestra familia, pero dejando que sea nuestra vivencia de la fe la que ilumine nuestra vida, nuestras decisiones.

24/6/10

«No hay nadie que lleve ese nombre»

Meditación con motivo de la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista
Textos:
Isaías 49,1-6
Hechos 13,22-26
San Lucas 1,57-66.80


Muchas veces pensamos que la fe es algo estático, que no requiere ya ningún cambio, sólo basta creer en algo y ya. Podemos creer que es suficiente con decir lo creo y es suficiente. Pero no es así, al contrario, la fe debe de ser algo dinámico, que día a día fluye. Porque cuando nos encerramos en una idea estática, y sobre todo que no dice nada a nadie, que no se entiende la fe pierde todo sentido y orientación en la vida. La fe aparece como muerta y ya no dice nada a nadie.
La festividad que hoy celebramos nos lleva a reconocer como Dios da nuevas directrices, y nuevas maneras de entender la historia, reconociendo como la fe va avanzando, va fluyendo en medio de la vida. Y eso lo podemos descubrir en el texto extraordinario que nos presenta el evangelista san Lucas el día de hoy. En el centro del relato podemos descubrir el sentido de la fiesta de hoy, que es el nacimiento de Juan Bautista, y entorno a este acontecimiento podemos ver la discusión acerca del nombre que se le debe poner al niño.
El nombre dentro de la Escritura no denota simplemente una designación convencional, una mera manera de identificar a alguien, expresa el papel de la persona en medio de la historia, es su misión, su identidad. Podemos decir que el nombre es la persona misma, no es sólo un agregado en la vida de la persona, el nombre es su vida misma. De ahí que colocar el nombre a este niño que ha nacido no es simplemente algo casual, no es una simple discusión familiar, es un diálogo en donde se trata de descubrir la vida, misión e identidad de este niño que ha nacido.
La discusión se centra en dos nombres: Zacarías y Juan. Todos los ahí presentes desean que se llama Zacarías como el padre, sin embargo Isabel no quiere. Si el nombre indica la misión y la identidad de la persona quiere decir que desean para este niño que sea como su Padre, que sea Zacarías, sea sacerdote y recuerde el memorial de Dios. Porque Zacarías quiere decir precisamente eso, memorial, es un nombre que indica que hace palpable el recuerdo de Dios, él es el Sacerdote que por medio de los sacrificios hace presente el actuar de Dios, y espera la salvación definitiva de parte de Dios. Pero el problema de fondo es que este niño ha nacido porque Dios se ha acordado del pueblo y ha actuado, ha dado una nueva señal de salvación con este niño.
Por lo tanto no se puede llamar Zacarías, no es posible, porque no está en la línea de las antiguas cosas, sino que va en línea de lo nuevo y debe tener un nombre nuevo, pues hay una novedad en el fondo. Esta novedad está marcada implícitamente cuando en el texto la gente dice: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.» Con esto se manifiesta que ese nombre no tiene nada que ver con ellos, no les dice nada, es un nombre, y por ende una identidad nula, sin sentido alguno para su vida, sus tradiciones. A la luz de todos es un absurdo todo esto que se llame así pues va en contra de sus tradiciones, de su cultura, de sus prácticas. No es posible que haya una nueva misión, ni que exista una nueva realidad.
Con estas palabras nos trata de dar a entender el evangelista que la vida de la fe muchas veces la vamos encapsulando en lo mismo, en nuestros ritos, nuestras verdades, y creemos que ya se ha dicho todo, que no se puede ir más allá, que no se puede cambiar nada. No somos capaces de descubrir el mensaje de Dios, el mensaje de salvación que Dios nos trasmite de manera nueva, creemos que siempre debemos seguir siendo los mimos, con nuestras mismas ideas, las mismas situaciones, sin ver que Dios siempre es novedad, que siempre hay una nueva respuesta, una nueva propuesta en la historia e salvación. Y podemos caer en condenar, destruir, juzgar, cerrarnos en una opinión y no ser capaces de ver que hay siempre algo nuevo, algo diferente, una novedad que viene de Dios.
La novedad se ve aquí claramente: «Su nombre es Juan.» Juan significa Yahveh ha hecho misericordia, y por lo tanto es una invitación a descubrir que Dios hace constantemente misericordia, Dios no nos deja, Dios actúa en un momento determinado y muestra su misericordia. Ya no puede ser Zacarías, ya no es que Dios se acuerda, sino que ahora se hace presente y hace misericordia.
Sin embargo es necesario romper con las antiguas tradiciones, y abrirse a lo nuevo, abrirse a un nuevo proyecto de Dios. Muchas veces podemos caer en esto y creer que no estamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios, no ver su novedad y quedar anquilosados en nuestras costumbres y ritualismos, sin ver nunca la novedad que viene de Dios. Sin embargo Zacarías, el padre del niño, se da cuenta de eso, cae en la cuenta después de haber recibido un anuncio del ángel y quedar mudo por su incredulidad, se da cuenta de que todo cambia, ya no escomo antes, Dios actúa siempre de modo distinto y aunque al principio no lo acepta y por ello es mudo, lo cierto es que ahora sabe que lo antiguo, como su sacerdocio debe pasar, y ha llegado un nuevo tiempo, y por ello escribe que el nombre del niño es Juan. Bssat de quedarse encerrado en sus criterios y sus costumbres, hay una npovedad que se acerca y este niño es la pieza necesaria para recibir esta novedad.
Muchas veces en nuestra vida de fe podemos estar totalmente estancados y creer que no podemos seguir adelante, que no podemos continuar en nuestra vida. Pero es que Dios en es estancamiento así como presenta cosas nuevas dentro de la Escritura, siempre habrá cosas nuevas dentro de nuestra fe de hoy en día, siempre hay una respuesta, una actualización, una nueva manera de ver las cosas desde Dios. El problema es cuando creemos que todo es un cubo cerrado incapaz de ser penetrado y por ello, no somos capaces de descubrir las cosas nuevas, y esto más que una ayuda causa tanto daño a la Iglesia y al hombre mismo. Cuando creemos que ciertas personas están condenadas, cuando creemos que otros no merecen la salvación, cuando creemos que no se puede explicar algo de diferente manera, cuando creemos que no se pueden usar nuevos métodos para la evangelización, cuando no nos actualizamos y no vemos la novedad que nos trae. Cuando todo esto sucede detenemos el flujo del Espíritu y nos somos capaces de ver la novedad.
Que esta fiesta de san Juan Bautista nos ayude a comprender que siempre hay algo nuevo, y que las cosas no son como antes, no se explican cómo se solían hacer, ni que siempre son los mismos criterios. Abrámonos a la novedad, no seamos como esa multitud que no aceptaban la novedad, negando el nuevo nombre, al contario, seamos como Zacarías e Isabel que se abren a lo nuevo, y son capaces de percibir la misericordia de Dios en su vida, una misericordia que se manifiesta de un modo siempre nuevo.

16/6/10

Tiempo Ordinario

Meditación del XII Domingo de Tiempo Ordinario
Ciclo /C/


Textos:
Zacarías 12,10-11.13,1
Gálatas 3,26-29
San Lucas 9,18-24

Hemos comenzado desde hace más de dos semanas el denominado tiempo ordinario , y al escuchar este nombre podríamos pensar que es un tiempo sin sentido alguno, pues su nombre lo indican es ordinario, es algo común. Sin embrago esto no es así, es un tiempo de gran importancia y una muestra de ello es precisamente que dura 34 semanas. El día de hoy el texto del evangelio puede ayudarnos a comprender un poco el sentido de este tiempo.
Encontramos a Jesús en medio de su camino y se detiene para hacer una pregunta fundamental: «¿Quién dice la gente que soy yo?» una pregunta un tanto interesante, pues está cargada de un gran sentido, de una gran realidad, puesto que Jesús ha iniciado su caminar, ha predicado, ha realizado diversos milagros, y todo ello debe suscitar estupor, admiración, y por supuesto debe de crear fe. Sin embargo parece ser que la visión de la gente al descubrir todo esto implica que tiene una visión un tanto limitada: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.» Son respuestas que demuestran una cierta fe, pero no es una fe plena, no es una fe completa, pues limitan todo a una visión del Antiguo Testamento, sólo descubren en Jesús un profeta, pero no ven más allá de esto, no ven en sus signos un Reino de Dios, un cumplimento de las promesas, no alcanzan a atisbar, un ápice de novedad y plenitud de los tiempos.
Sin embargo, en medio de todo Pedro logra reconocer algo nuevo en parte, descubre que Jesús no es sólo un profeta, sino que es más que un profeta: «Tú eres el Mesías de Dios.» Con esto Pedro demuestra que ha superando expectativas antiguas y se lana a captar una novedad. Sin embrago Jesús les ordena no decir nada a nadie, ¿Por qué dice eso? ¿Cuál es la razón? Porque Pedro ha descubierto algo nuevo, pero esto nuevo lo ve desde sus categorías humanas, pues en ese tiempo se esperaba un Mesías glorioso y triunfante que traería una guerra y con ello la destrucción de todos los enemigos del pueblo Israelita. Podemos decir que Pedro ha vislumbrado algo nuevo, que no se queda en el pasado, pero no ve la novedad desde los criterios humanos y no desde los criterios de Dios, no se da cuenta que ciertamente Jesús es el Mesías, pero un Mesías de paz y amor. Y por ello inmediatamente antes de que ellos lo encasillen en ese Mesías victorioso y triunfalista les dice que debe sufrir, que debe dar la vida. Pues ese es su Mesianismo, un Mesianismo cargado de amor y entrega por los demás.
Si nos damos cuenta conocer a Jesús no es algo fácil, no es sencillo, no es posible conocerlo de golpe, de un solo vistazo. La misma gente que convivió con él y veía sus prodigios no alcanzaron a comprender, ni los mismos discípulos alcanzaron a captar el sentido de la persona y Mesianismo de Jesús. Sólo con el tiempo alcanzaron a descubrir algo. Esto quiere decir que no por qué hayamos conocido algo de Jesús lo sabemos todo, o porque fuimos al catecismo, o porque vamos a Misa, o porque nos sabemos el evangelio de memoria. Eso no es conocer a Jesús, se requiere de un contacto permanente y con ello la capacidad de dejarse sorprender para reconocer en cada momento una nueva característica de Jesús.
El Conocimiento y encuentro con Jesús es permanente, no se puede creer que por una vez ya se sepa todo. Los discípulos que vivían con él, comían con él, veían y escuchaban todo lo que él hacia tuvieron que seguir un proceso para reconocer quién era realmente. Nosotros requerimos de esto, puesto que cada día hay una sorpresa novedosa de él. De hecho cuando una persona le dice alguna cosa nueva de Jesús se sorprende y descubre que no lo sabe todo, de ahí que es siempre debemos nadar en este camino de conocimiento. La fe no es sólo una preguntas y unas respuestas, es sobre todo entrega, constancia, entendiendo, intimidad con Jesús.
El tiempo ordinario es precisamente esto, es un tiempo donde no hay un misterio especifico para la reflexión, por ejemplo en adviento se centra en la espera del Mesías, en navidad se nos invita a contemplar el misterio del nacimiento de Jesús, en Pascua su resurrección, pero en tiempo ordinario no se centra en ningún misterio en particular, pero se centra en la persona de Jesús, es un largo tiempo par escuchar y conocer a Jesús, pues si celebramos su muerte y resurrección, su espera y nacimiento, implica que hay un legado que nos da y que es necesario el conocerlo. Por eso el tiempo ordinario dura 34 semanas cada año, porque es importante ir profundizando anualmente en su vida, en su persona, sus enseñanzas, y sus acciones a fin de conocerlo un poco más, pues siempre hay algo nuevo, siempre hay una luz nueva en nuestro camino de fe. De ahí la importancia de este tiempo.
Si bien es llamado ordinario implica precisamente que en lo ordinario conozcamos a Jesús, descubramos como es y vive Jesús en lo ordinario, y que en lo ordinario de nuestra vida seamos capaces de verlo.
Que este tiempo ordinario que hemos reemprendido sea esta oportunidad para descubrir algo nuevo de Jesús. Y nuca digamos que lo conocemos, porque puede ser que equivoquemos y erremos el camino para encontrarlo en medio de nuestra vida, para que al final de nuestras vidas realmente contestemos a la pregunta de Jesús: “¿Quién soy yo?” no sólo con algún concepto que hayamos aprendido, sino con una vida llena de su presencia.

13/6/10

Nuestros errores

Meditación con motivo del XI Domingo de tiempo Ordinario
Ciclo /C/


Textos:
2 Samuel 12,7-10.13
Gálatas 2,16.19-21
San Lucas 7,36-8,3


Dentro de la psicología del hombre está la resistencia a aceptar sus errores, puesto que generalmente nos gusta alardear y contar cosas que son buenas y favorables, pero casualmente cuando se equivoca, sabe que no siempre hace las cosas bien y es mejor disculparse para pasar como alguien que es perfecto delante de los demás. Puesto que eso nos da una buena imagen, nos ayuda a que los demás nos acepten e incluso a tener una autoridad, cosa que viene en detrimento si fuéramos capaces de aceptarlos seriamos vulnerables y un blanco fácil para los demás. Podríamos decir incluso que es un mecanismo de defensa para no ser atacados y en cierta forma no dejarnos manipular y estar bien delante de los demás.
Sin embargo el no aceptar nuestros errores implica que no somos capaces de aprender de ellos, pues los olvidamos o incluso culpamos a otros; y ello implica que truncamos el crecimiento de nuestra historia. A veces preferimos no reconocerlo, aún en detrimento de otra persona o nuestra relación con ella. Reconocer nuestros errores ciertamente no es fácil, puesto que eso nos hace débiles delante de los demás y de nosotros mismos. Pero todo ello puede llevarnos a una soberbia sin medida. Pero si somos capaces de reconocerlos nos ayuda a mejorar y a comprender que somos limitados y que no es posible hacerlo todo. Sobre esta dificultad parece hablarnos la liturgia del día de hoy.
En la primera lectura podemos observar a David que siendo Rey se ha dado la libertad de tomar a la mujer de Urías y con el fin de no aparecer como culpable, de no hacer público su error ha preferido mandar matar a Urías. Se puede ver presiente como él quiere estar bien con los demás, el no reconocer las faltas, no solo lleva a negar los errores, sino a esconderlos aún asesinando al otro. Pero esto no puede quedar así, por ello Dios que conoce todo le hace ver a David, no simplemente su pecado, no simplemente el haber matado a Urías, sino la Raíz de todo, su soberbia, de no querer reconocer su culpa.
Vemos un poco este pasaje: «Yo te ungí rey de Israel y te libré de las manos de Saúl; te entregué la casa de tu señor y puse a sus mujeres en tus brazos…» Antes que nada Dios le recuerda quien es él, de donde ha venido, sus orígenes, pues si ahora es Rey, si ahora es capaz de gobernar no es porque él sea perfecto, es porque todo es un don de Dios, es Dios quien lo puso ahí, no son sus méritos, no son sus dones, no son sus logros, no es él, es Dios. Y si todo es un don de Dios, entonces todo lo que se hace se debe de vivir desde la dinámica de Dios, pensando qué es lo que Dios haría.
A continuación, una vez que le recuerda que todo tiene por origen la fuerza de Dios, le hace ver su culpa: «¿Por qué entonces has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que es malo a sus ojos? ¡Tú has matado al filo de la espada a Urías, el hitita! Has tomado por esposa a su mujer, y a él lo has hecho morir bajo la espada de los amonitas.» De un modo dramático Dios le hace ver su culpa. No es sólo una sentencia acusadora, no sólo es un regaño, sino que es un lamento de Dios al ver la montuosidad que ha hecho David, es el lamento al ver que no se ha valorado adecuadamente lo que Dos le da, y descubrir como lo ha despilfarrado. El problema de David es que ha olvidado que su realeza es un don de Dios y se cree con la capacidad de hacer todo, sin tomar en cuenta a los demás, e incluso abusar de los demás, cuando es el mismo Dios quien le ayudo y lo salvó de los abusos de los demás.
Podemos descubrir en este texto como el hombre puede ser tan soberbio y por lo tanto no reconocer sus fallas que puede incluso destruir la vida de lo demás. David en su afán de ser el bueno, dejo que el poder lo llenara al punto de abusar del pequeño, y de destruirlo con el fin de no demostrar que él se equivoco y seguir aparentando que es bueno, e incluso tener una buena imagen delante de todos aunque sea un asesino. Con tal de no perder su imagen, de no perder su poder, es capaz de todo. Pero eso provoca el lamento de Dios, pues olvido sus orígenes, olvido su vida, olvido su historia, se olvido de Dios; sólo se ha colocado en el centro sin importar que pueda sucederle a otros, mientras que su reputación no sea manchada.
Cuantas veces nosotros somos así, preferimos hacer cantidad de cosas para que nuestra reputación no quede manchada. Cuantas veces podemos mentir, culpar a otros para que parezcamos los buenos, incluso podemos dañar la reputación de los demás para que yo no quede destruido. Se puede incluso ver como destruimos nuestras relaciones con los demás para demostrar que somos nosotros los que y tenemos siempre la razón. Cuantos noviazgos, amistades, matrimonios se han roto por la soberbia, por no querer aceptar un error, o no querer decirle al otro que lo necesitamos. Este es el problema de fondo. No queremos mostrar que fallamos, y queremos ser superiores a todos.
El camino más adecuado sería precisamente el arrepentirse y cambiar de vida, ser humilde para reconocer la falla y comenzar a enmendar todo de nuevo, sin pretender creerse bueno. Sobre esto nos habla el texto del evangelio de hoy, profundizando esta idea a la luz del mensaje de Cristo. Podemos contemplar a esta mujer que es pecadora, pero que al reconocer a Jesús, va hacia su encuentro y llena de contrición comienza este extraordinario ritual de arrepentimiento. El problema no es la mujer, pues finalmente ella reconoce su vida, reconoce su culpa, el problema está en el otro personaje que aparece en este relato que es el fariseo, que al ver la escena simplemente piensa entre sí: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!»
Este fariseo no es capaz de entender a la mujer, no ve en ella un signo de arrepentimiento, sólo se limita a enjuiciarla viendo su condición. El problema es que él se cree muy bueno y no es capaz de descubrir que él también tiene pecado, que él también falla. Sólo se dedica a ver que todos son malos, que todos son pecadores, pero no se ve a sí mismo. Este es un problema enorme de soberbia, pes no sólo no quiere reconocer sus fallas, sino que ve las fallas de los demás y las hace enormes, los enjuicia y hasta los condena. En cambio la mujer sí que ve sus errores, sin decir nada, sólo llora a los pies del maestro, sólo llora su pecado, y llora con dolor. Podemos ver así retratados en el evangelio dos actitudes contrapuestas: u n hombre que se cree bueno y capaz de juzgar, y una mujer que ve sus errores, y pide perdón en medio de sus lágrimas.
Reconocer los errores implica humildad, y sobre todo actitud de cambios, no sólo implica decir que nos equivocamos, sino ver por qué lo hicimos y sacra una lección de ello para no repetirlo, pues finalmente somos humanos, somos frágiles, nos equivocamos, pero lo importante es precisamente que podemos cambiar y corregir las situaciones de la vida iniciando un cambio nuevo, así como esta mujer, siendo sinceros y transformando nuestra vida, dejando de lado esa soberbia que nos limita. Y pi otro lado dejemos de estar viendo sólo nuestra imagen, y no seamos como David, ni como el fariseo, que es sólo juez de los demás, sin ver su propia realidad.
Así como Dios ha llamado la atención a David, así también a nosotros nos llama la atención hoy, nos invita a recordar que nuestra vida es por Él, no por nosotros y esto debe de ayudarnos para cambiar y ser mejores personas. Veamos quienes somos, por qué fallamos y comencemos una nueva vida, que es posible por el Perdón que nos da Jesús, y salir en medio del mundo confortados por las palabras que recibió aquella mujer y que nostros recibimos también: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»

6/6/10

«Su único Hijo»

Meditación con Motivo del Domingo X del Tiempo Ordinario
Ciclo /C/

Textos:
1Reyes 17,17-24
Gálatas 1,11-19
San Lucas 7,11-17

Uno de los problemas más complejos de nuestros tiempos es la falta de ilusiones, de expectativas, de metas en la vida. Esto se debe a que en la vida del hombre todo se va acabando, hasta el punto de perder el sentido de la misma.
Sobre esta realidad parece iluminarnos la Palabra de Dios. San Lucas nos presenta esta terrible panorama de un funeral, en donde cada poblador de esta aldea de Naín, acompañando este cortejo fúnebre. Naín quiere decir consuelo, y ello nos un tema que se ve en el texto del profeta deutero-Isaías. Este consolación evoca aquella consolación del Pueblo que se sentía solo, saliendo a flote el tema de la soledad y desamparo del pueblo, así como, la amorosa iniciativa de Dios para rescatar a su pueblo, para “consolarle”, haciéndole vislumbrar el inminente surgimiento de una nueva realidad. En este contexto vemos a una mujer que está en desamparo, pero la acción de Jesús que viene a ayudarle en su vida.
Analicemos el texto: «Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba.» Sacan al muerto, pero no es cualquier muerto, y por eso san Lucas se detiene a describir esta extraordinaria escena. Se trata de la muerte de un hijo, una situación tan triste y tan compleja. Podemos observar a una madre que va a enterrar a su hijo, una situación triste, pero en este caso es totalmente desoladora pues el texto nos dice que es su “hijo único”, por lo tanto, es una pérdida total; no tiene otro hijo con quien consolarse, no tiene otra ilusión que le aliente y le de fuerza a su vida. Ha perdido todo y aunado a esto se dice que es viuda, y por ello, totalmente desprotegida. No tiene nadie que ahora le ayude, que le cuide y le consuele. Es la figura del total desamparo. Es importante que consideremos que en ese tiempo una mujer sin marido y sin hijos, está totalmente abandonada, sin que nadie le ayude y mantenga, dado que no podían trabajar.
Esta mujer representa al pueblo de Israel, que ha perdido bodoque se ha alejado de Dios, su marido. Ahora pierde su futuro, su esperanza y expectativas, representado por el hijo. Contemplamos ahora un pueblo desolado, sin futuro y sin camino por la vida. Se ha muerto su hijo, su futuro,, ya no hay mas sentido en la vida todo está acabado.
Cuántas veces nosotros podemos ser precisamente esta mujer, este pueblo que ha perdido toda esperanza. Y al igual que el relato, hemos perdido todo futuro porque nos hemos alejado de Dios, porque Dios no cuenta en nuestra vida, pero sobre todo porque perdemos al hijo único, a esa esperanza que nos alienta, que nos anima y nos ayuda a continuar en medio del camino arduo de la vida.
Cuántas personas no hay, que han perdido esta esperanza: Porque se han desilusionado de una persona que creía conocer, pero que ahora le ha traicionado; Porque han perdido a un ser querido, por su fallecimiento y toda su vida se vuelve gris y pierden el sentido de su vida; Porque están cansados de su vida, de seguir luchando, porque parecen que no llegan a nada. Ni les agradecen, ni los animan ¿Para qué seguir luchando?; o bien porque nos esforzamos para que el otro crezca, para que no caiga y no hay resultados. Cuántos padres se esfuerzan para que sus hijos cambien, para que sobre salgan , pero a veces ¡Nada! Sin resultados; Incluso algunos se esfuerzan, estudian, trabajan y al final todo es estéril, si frutos que animen; En la vida del matrimonio cuántos no se esfuerzan en su matrimonio y no logran nada.
¡Si! efectivamente Vivimos tristes, desconsolados, sin hallar una esperanza en la vida y ahí vamos en medio de nuestra vida, saliendo de la ciudad con un cortejo fúnebre a enterrar nuestro hijo único, a enterrar nuestras esperanzas, nuestro ánimo, nuestra fuerza, nuestra ilusión. Caminamos tristes, apesadumbrados, porque parece que todo esta perdido.
Pero esto no es así. Jesús se topa con esta caravana de la muerte, no soporta que todo este perdido, uno se sumerja en la total desesperación y desconsuelo. Ante esta escena una palabra: “No llores”, No te rindas, no todo está perdido, tu vida no se puede reducir a esto, tu esperanza y desilusión no puede desaparecer, ni reducirse a ciertas circunstancias.
Toca el féretro y ordena: “Joven, a ti te lo digo, Levántate”. ¡Levántate! y ten esperanza. Hay traiciones, pero éstas no tienen la última palabra. Hay perdida de amigos, pero hay otras personas que te valoran y te van a seguir ayudando. Te sientes solo pero esto no es decisivo, aún puedes ver a aquellos que en algún momento te dijeron ¡Adiós!, puedes encontrarlo.
Te esfuerzas y parece que no hay frutos, no hay recompensas, no hay alicientes. Calma lo que tu ahora construyes, ya tiene en si su recompensa, descúbrelo, descúbrete y no te desanimes.
Tu vida matrimonial es difícil, pero no te rindas. Abre tus ojos y descubre que todo está basado en el amor.
¡Levántate! ¡Ánimo! No te rindas que el Señor Jesús viene el día de hoy a levantarnos, a que no nos sintamos decaídos o defraudados, derrotados o agobiados. Sólo dejemos que el Señor salga en medio de nuestro camino y se detenga para que nuestra situación de muerte se vuelva vida.
Ciertamente en nuestra vida vendrá la desilusión, el fastidio, la tristeza, el abandono. Pero si dejamos que el Señor venga y nos transforme todo será diferente. Pidamos al Señor que en esos momentos de crisis venga y nos transforme.
Seamos capaces de ver cuál es esta esperanza que va muriendo, que se está amargando, que se está extinguiendo y dejemos que Dios venga a nuestras vidas y nos transforme. Esto es lo único que debemos hacer: Permitir que venga a nuestras vidas, que se acerque, que detengamos esta vertiginosa caravana que culmina en la muerte, y nos mande levantar, que nos mande resucitar.

3/6/10

Eucaristía: Ritualismo o vida

Meditación con motivo de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo
Ciclo /C/


Textos:
Génesis 14,18-20
1 Corintios 11,23-26
San Lucas 9,11-17


Una manera como los hombres a lo largo de la historia van demostrando su fe y buscando ele encuentro con la divinidad se da por medio del culto, el cual les permite por medio de signos y ritos hacer un momento sagrado para encontrarse con la divinidad. El cristianismo no está exento de esta realidad, y podemos contemplar una diversidad de ritos al interno de la comunidad, ritos que le permite clarificar su existencia, y con ello entender lo sargado que hay en su vida, a fin de alimentar su fe. Sin embargo el problema que se puede dar no sólo en el cristianismo, sino en toda cultura y religión, es la pérdida del sentido del rito, en otras palabras, que el rito no diga nada, ni haga que se encuentre en un ámbito sagrado.
Dentro de estos ritos podemos encontrar la celebración de la Eucaristía. Un Sacramento por excelencia que nos lleva al encuentro con Cristo, a identificarnos con él. Sin embargo el problema sucede cuando la Eucaristía no significa nada, cuando se participa en ella sin decirnos nada, más aún, no tiene nada de divino.
Este es uno de los riesgos más altos que hoy en día. Cuantas gentes va a misa y no celebra nada, sólo va por costumbre, porque cree que le va a ir bien; incluso cuantos en este censo que se aproxima se dirán católicos, pero ni siquiera celebran la Eucaristía, no les dice nada. Más aún, cuantos jóvenes no la celebran porque es un rito vacío, sin sentido, que no se conecta en nada en sus vidas, que no les dice nada y mucho menos los hace encontrarse con lo sagrado.
Hoy celebramos la fiesta de este sacramento, pero finalmente que significa para nosotros, ¿Cómo podemos acercarnos a este misterio? ¿Qué es para nosotros esto? ¿Cómo podemos hacer esto algo sagrado? Y sobre todo ¿Cómo repercute en nuestra vida?
Los textos de este día parecen iluminar el veredero sentido en nuestra vida con respecto al sacramento de la Eucaristía y sobre todo lo que debemos de replantear para que esto sea un verdadero encuentro con Dios.
La segunda lectura da el planteamiento de este misterio. Nos presenta el relato de la institución Eucarística donde se coloca el motivo y razón de ser de este misterio. Leamos con atención un trozo de este bello pasaje y descubramos una pista de interpretación: «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes.”» Si leemos bien podemos ver que todo este texto se encuentra en un contexto de entrega. Dice “Cuando iba a ser entregado” y posteriormente “mi cuerpo que se entrega.” La Eucaristía se da en un ambiente de entrega. Pero, ¿Quién entrega a Jesús? Podríamos pensar que Judas, pero no es así, es el Padre quien lo entrega, es el Padre quien lo da y el mismo evangelio de san Juan lo afirma cuando dice: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo.» (Jn 3,16). EL Padre lo entrega por amor, para llevar a cabo el misterio de salvación, para dar la plenitud de una vida nueva, finalmente es una entrega de amor. Y El miso Jesús lo dice: “Es mi cuerpo que se entrega.” Cristo se da se entrega.
La Eucaristía es un sacramento de entrega. No es posible hablar de sacramento cuando no hay entrega, cuando no hay donación de vida. Es algo inútil, hueco y vacío. De nada sirve y nada dice al mundo si no hay entrega, si no hay donación de la vida. La Eucaristía no sólo es algo cultual, o algo que se adore, es entrega es donación, es vivencia del amor, es testimonio, es generosidad del hombre.
Podemos decir que sin entrega no hay Eucaristía, pues es parte de la esencia de este sacramento. Se instituyó en un contexto de entrega y desde ese contexto debe vivirse y repercutir en nuestra vida. Cuando no somos capaces de dar testimonio, y vivir esa entrega, dando nuestra vida y esforzándonos por ser verdaderos testigos del amor, de la misericordia, la Eucaristía se vuelve sólo en algo piadosos, pero muy lejano a la vida del hombre, y sobre todo es algo vacío y sin sentido, que no dirá a nada a nadie, pues es algo estático que no transforma, ni renueva al hombre.
El evangelio por su parte nos ofrece la consecuencia de este misterio: Vida en comunión. Podemos ver como se narra el pasaje de la multiplicación de los panes, que es prefigura de la Eucaristía. Pero lo importante es precisamente es que Jesús multiplica los panes en contexto de comunidad, pues los sienta, hace grupos de cincuenta, que dentro de la teología de san Lucas recuerda la comunidad del Espíritu, son la comunidad que nace de la experiencia de Dios (recordemos que el Espiritu Santo viene en Pentecostés, es decir a los cincuenta días). De este modo el pan los une, para estar juntos compartir su fe, y sobre todo compartir sus vidas.
La Eucaristía debe traer como consecuencia la comunión, debe traer como efecto una vida de unidad, de diálogo, de verdadera fraternidad. Lo sagrado se puede percibir en el ambiente de comunión. Pero cuando sólo hay divisiones al interior de la Iglesia, sólo hay búsquedas de poder, sólo hay intereses mundanos, nunca habrá un verdadero contacto con lo divino, con Dios. Sólo se reduce todo a la destrucción, y nada con lo sargado. Cuando en la vida cristiana sólo hay juegos políticos, envidias, búsquedas d poder y beneficios, todo queda reducido a nada. A nadie le dice nada la Eucaristía, es algo vacío sin forma. Equivale a pararse en una fila donde uno comulga, a estar sentado e hincando en una celebración vacía y amorfa, donde no hay nada. Pero si realmente se viera la comunidad, donde todos se ayudan, donde todos somos importantes, donde lo importante es el servicio, ahí veríamos algo nuevo, una alternativa a la sociedad consumista e individualista, ahí habría una respuesta existencial a la soledad del hombre, habría un ambiente que tanto necesita el mundo, pues finalmente en el seno de esa vivencia comunitaria descubriríamos a Dios, que une, que consuela y fortalece. La Eucaristía sería ese ámbito sagrado en nuestra historia.
Podemos ver que la eucaristía es central dentro de la vida de fe del cristianismo, pero no puede quedarse como un mero acto de culto, sino que debe de repercutir sobre todo en la ida, debe ser entrega y vida de comunión. Sólo así la Eucaristía será una respuesta a la vida del creyente y del mundo. De lo contrario estará condenada a ser un rito más en la historia de las religiones, digan de estudio, pero no de vivirla.
Meditemos hoy hasta qué punto la Eucaristía significa entrega, donación a los demás y ser capaz de formar comunidad. Cómo me entrego y ayudo a mi familia, a mis amigos, hasta qué punto doy mi vida por ellos. Si doy de mi tiempo a mis seres queridos, si realmente doy valores, doy de mis ser a favor de los demás, si soy dispuesto a hablar y comenzar un dialogo. O bien soy una persona cerrada en mis criterios y no salgo de mi mismo. La Eucaristía nos da la gracia de vivir esta realidad, lo importante es que nosotros lo dejemos, y así podamos vivir la Eucaristía en nuestra vida, de lo contrario estaremos inmerso en u rito estéril y sin vida.

29/5/10

«Mi delicia es estar con los hijos de los hombres...»

Meditación con motivo de la Solemnidad de la Santísima Trinidad
Ciclo /C/

Textos:
Proverbios 8,22-31
Salmo 8,4-5.6-7.8-9
Romanos 5,1-5
San Juan 16,12-15


El misterio de la Trinidad es uno de los grandes fundamentos de nuestra fe. Esta verdad de fe es fundamental y es única dentro de la historia de la Religiones, e incluso de las monoteísticas pues siempre se ha hablado de un Dios, pero no de un Dios Trino. Es una verdad que se ha ido desvelando desde los primeros siglos del cristianismo, en donde se reflexiona sobre la divinidad de Cristo, y a su vez del Espíritu develándonos e este misterio Trinitario de un solo Dios en tres personas.
Sin embargo este misterio Trinitario parece pertenecer al mundo de lo intelectual, del proponer cosas nuevas a nivel intelectual, y muy raramente tendría algo que ver con el hombre. Sin embargo no es así, el misterio Trinitario está en estrecha relación con el hombre y la primera lectura parece llevarnos a una dirección fundamental del misterio trinitario, nos dice que la Sabiduría ya existía desde los inicios, ya existía desde los cimentos de la historia. Marcando así una tipología del Hijo, marcando que Dios no es solitario, ha estado esa Sabiduría desde los inicios. Ya hay una idea de esta presencia de un Dios Trino con la Sabiduría, que está junto a Dios como asistente, como "arquitecto" y que se interrelaciona con esta creación. Esto demuestra que la creación no es obra de una sola mente, no es algo individual, sino es parte de un misterio comunitario que hoy en día podemos llamar “Trinidad”.
Esto puede acercarnos al valor de la vida Trinitaria en nuestra historia, en nuestra vida. Parece que este texto no sólo da el anuncio del Misterio Trinitario, sino que da una enseñanza acerca del misterio Trinitario e nuestra vida. Y podemos ver dos aspectos de este misterio Trinitario en nosotros.
En primer lugar, él sabe todo. Él es quien nos conoce. Misterio Trinitario es un misterio de amor y todo lo ha creado por amor. Pero nos conoce, y lo marca el texto diciendo que él está cuando dice: «Antes que fueran cimentadas las montañas, antes que las colinas, yo nací, cuando él no había hecho aún la tierra ni los espacios ni los primeros elementos del mundo. Cuando él afianzaba el cielo, yo estaba allí; cuando trazaba el horizonte sobre el océano, cuando condensaba las nubes en lo alto, cuando infundía poder a las fuentes del océano, cuando fijaba su límite al mar para que las aguas no transgredieran sus bordes, cuando afirmaba los cimientos de la tierra
Con esto manifiesta que conoce todo, que no hay nada que no lo conozca. Conoce los cimientos de la creación, conoce el fundamento de la realidad. Todo tiene un sentido, y Dios lo sabe, pues conoce la razón de todo. No oculta nada, todo lo conoce y sabe cómo funciona. Si él conoce el origen y fin de la creación, conoce aún más el sentido y fundamento de nuestra vida.
Dios está ante de todo, el nos conoce, sabe la razón de nuestros sufrimientos, nuestras caídas, nuestras debilidades, nuestros dones y carismas. Él nos creo sabe de lo que somos capaces, conoce de nuestros límites. Él nos creo y nos conoce profundamente. Podemos engañar a muchos, podemos decir que no fallamos, podemos decir que no somos buenos, pero finalmente hay alguien que lo sabe todo, porque sabe cómo hemos sido creados.
De esta manera el misterio de la Trinidad nos lleva al misterio de la creación, y sobre todo al misterio de nuestra creación. Es la invitación a contemplar la grandeza de Dios en mi vida. Reconocer que soy grande, que soy una creación perfecta a los ojos de Dios. El misterio Trinitario me lleva a reconocer que Dios lo creo todo con su fuerza, pero lo creo en un sentido de amor, y en su sentido de comunión. Nosotros somos ese misterio de comunión, pues somos su imagen. Somos una imagen de amor, y él nos conoce plenamente.
La Trinidad nos lleva a descubrir que no estamos solos en el camino e la vida, sino que Dios está siempre con nosotros, pues nos conoce, y sabe todo de nosotros. Es como si dijese- parafraseando un poco el texto de Proverbios- : “Antes de que fueras creado yo te conozco, antes de que pisaras y fueras cimentado en la historia ya sabía quién eras, sabía cómo estarías cimentado en la vida; no existía nada cuando ya te tenía proyectado con una misión en la vida, un llamado al amor; No había ni dificultades, ni problemas y sabía tus límites, que te ayudarían acrecer y saber quién eres, que te ayudarían a saber qué camino abráis de seguir en la vida; No había cosas grandes, ni buenas, pero ya sabía quién eras tú, sabía de lo que serías capaz, de los retos que podrías afrontar y salir adelante, de tus dones y carismas.” En otras palabras así como Dios conoce los fundamentos del universo entero, conoce nuestros fundamentos.
En segundo lugar nos demuestra que es un Dios que le gusta interrelacionares con nosotros. No es él arquitecto “teísta” que crea y nos tira a nuestra suerte, sino es el arquitecto que nos ama y quiere relacionarse con nosotros. Nos dice el texto de Proverbios «Recreándome sobre la faz de la tierra, y mi delicia era estar con los hijos de los hombres.» Con esta frase nos habla de cómo le complace habitar en medio de los seres humanos. Es un Dios que nos ama y quiere interrelacionarse con nosotros. Se recrea en la tierra, en otras palabras ama su creación, le maravilla contemplarla. Cuando uno se recrea con algo implica que a la visita es algo hermoso. Nos ama, Dios nos ama nos ha creado con amor, y no hay cosa mejor que recrearse con nosotros. Pero recrearse implica también interactuar, pus le gusta estar en medio de esta creación, complementando, salvando, redimiendo. Y así surge una historia de salvación en donde Dios camina con el hombre para mostrar la grandeza de su amor. Por ello aclara que su delicia es estar en medio de los hijos de los hombres. Hablar de Trinidad es hablar de cercanía de Dios. La Trinidad no es sólo lejanía o abstracción de lo real, al contrario, es cercanía con Dios.
Y esto se ve reforzado por el mismo Salmo 8: «¿Qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?» En donde el Salmista manifiesta con una pregunta dos realidades, por un lado busca la respuesta al ver lo valioso que es el hombre, se pregunta quién pude ser el hombre para que Dios esté atento a sus necesidades; pero al mismo tiempo lo dice en todo de admiración, marcando la realidad, somos tan especiales que Dios se fija en nosotros, no sabemos cómo es posible, pero así es. Con esta frase parece quedar especificado lo que la primera lectura ya nos marcaba, Dios está maravillado con nosotros. Y así como el Salmista lo marca, hoy debemos hacer estas palabras como nuestra oración, al ver que él nos conoce y nos busca para estar con nosotros, pues somos lo más grande a sus ojos.
Este texto nos enseña que el misterio Trinitario no es sólo una cosa que implica divagar con proposiciones y tesis teológicas de latos vuelos. La Trinidad no puede quedar sólo en puras hipótesis mentales, puesto que eso no sirve en realidad. El misterio Trinitario debe descender a la vida del hombre, debe remitir necesariamente a la historia del hombre. Si el misterio de Dios no desciende a la realidad del hombre e un misterio inútil, pues no dice nada a nuestra realidad.
El misterio Trinitario debe llevar a confrontarnos y a entendernos más profundamente. Y la misma Liturgia nos lo indica, pues al escuchar esta primera lectura descubrimos que ya desde el Antiguo Testamento hay luces del misterio Trinitario, pero en relación a la creación, en relación al hombre, puesto que desde esta relación es posible hablar del misterio Trinitario.
El misterio del Dios uno y Trino, nos lleva a reconocer que es un misterio de amor, que desciende en una creación, que tiende en nuestra creación. Un Dios que nos crea con limites, y grandezas, pero que finalmente la mayor grandeza es que le pertenecemos a él, que él es quien nos ha dado todo, nos conoce y nunca nos deja solos, pues interviene y le gusta intervenir con nosotros para salvarnos y ser compañero de nuestro camino.
Qué al contemplar el misterio de la Trinidad nos contemplemos y veamos que somos imagen de este Dios que nos da todo, y que él nos ha creado, nos conoce y que no vamos solos en medio de la historia.

23/5/10

«Una fuerte ráfaga de viento…»

Meditación con motivo de la solemnidad de Pentecostés
Ciclo /C/

Textos:
Hechos 2,1-11
1 Corintios 12,3-7.12-13
San Juan 20,19-23

El acontecimiento de la resurrección debe llevarnos a vivirlo contantemente en nuestra vida, sin embargo el problema es que ese acontecimiento difícilmente desciende a nuestra vida, pareciera que se queda en algo externo o festivo, o simplemente que debemos creer sin que repercuta necesariamente en nuestra vida. Pareciera que no es posible hacer nada con ese acontecimiento que se distancia totalmente de todo. Sin embargo no es así pues el acontecimiento pascual está llamado a actualizarse, y no se actualiza sólo porque el hombre se esfuerce, o sea él quien tenga que vivir de tal modo que se haga vivo y latente. No. No es así. El acontecimiento pascual es posible en la vida del hombre, porque sé hace actual y presente con el acontecimiento de Pentecostés.
Pentecostés no es una fiesta distinta a la pascua, sino que es parte de este tiempo, es la conclusión de este tiempo, precisamente para invitar al creyente a reconocer una vez que ha profundizado en el misterio de la resurrección, ha reconocer que ese misterio meditado durante estos cincuenta días es posible vivirlo y hacerlo realidad por la fuerza del Espíritu, por el acontecimiento de Pentecostés. De este modo lo meditado, es invitado a hacerlo vida en medio de nosotros.
¿Pero cómo actúa el Espíritu? El texto de la primera lectura puede darnos tres elementos vitales. El primero de ellos lo descubrimos al escuchar: «De pronto, vino del cielo…» Nos presenta la actuación de Dios de modo repentino, no nos dice que haya hecho una cita, o que estuvieran preparados para recibir a Dios. Simplemente Dios actúa de modo inesperado, lo importante es saber esto, que nunca podemos descartar la acción de Dios en nuestra vida, el viene constantemente a nosotros, y nunca nos deja. El acontecimiento de la resurrección por lo tanto es posible vivirlo pero desde la óptica de Dios, y saber que Dios llega de modo inesperado. Ante todo la fuerza de Dios en nuestra vida no tiene calendarización, sino que Dios viene y actúa repentinamente, él sabe cuándo es el momento preciso. Lo importante es saber que él actúa y sabe cómo y cuándo. De ahí que debemos permanecer vigilantes y descubrir su actuar en medio de nosotros.
En segundo lugar nos dice el texto: «… semejante a una fuerte ráfaga de viento…» La imagen que el texto nos presenta es de un fuerte viento, de un aire portentoso, una especie de viento huracanado. Quiere decir que el Espíritu Santo es una fuerza huracanada, que es capaz de abrir todo. Los discípulos estaban en oración, encerrados, pero la vivencia de la Pascua no es eso, no se puede limitar simplemente a eso, a estar encerrados como si nada sucediera. La Pascua es salida, encuentro, anuncio. Por esta razón Viene la presencia de Dios, viene el Espíritu y abre todo, comienza a llenar el cenáculo con la fuerza del Espíritu Santo.
La experiencia de Pentecostés abre los corazones de los hombres, los hace salir de sí mismos de su envidia, de su mentira, de su apatía, de su indiferencia, de su tristeza. Eso es Pentecostés, es Salida, apertura, es permitir que Dios entre en la vida del hombre. Si lo meditamos bien siempre vivimos encerrados en alguna situación, en algún vicio, en algún pecado. Cuantas veces estamos encerrados en nuestra indiferencia con los demás, no me importa ni me interesa lo que al otro le suceda. O bien vivimos encerrados en nuestra opinión y no creemos que los demás pueden decirnos algo, que podemos cambiar de parecer, al contrario nos encerramos y creemos que sólo nosotros tenemos la razón y la medida de todas las cosas. O simplemente vamos encerrándonos en nuestro pecado de envidia, de rencor y no permitimos precisamente que Dios nos saque de esta situación.
La Pascua es anuncio, es dar a conocer la experiencia del resucitado a todos, sin embargo esto no es posible con nuestras fuerzas, sólo es posible con la fuerza de Dios. Pero curiosamente debemos dejar que sea la fuerza de Dios la que entre e inicie un cambio en nosotros para que ese anuncio sea veraz, sea pleno. No es posible el anuncio del evangelio, y de la resurrección, si estamos totalmente encerrados en nuestra historia, con nuestra tristeza, con nuestra destrucción, con nuestro pecado. EL anuncio de Pascua se hace presente en la medida en la que dejamos que entre el Espíritu y nos haga salir de nuestras cerrazones.
Pentecostés es el recordatorio de que estamos llamados a anunciar el mensaje de la Pascua con la fuerza que viene de Dios. Pero es al mismo tiempo el compromiso que debemos hacer para dejar que Dios entre en nosotros, y para dejar que abra nuestras vidas, que nos saque de nuestros encierros. En el texto de la primera lectura escuchamos como después de que el Espíritu entra y se posa sobre ellos, salen para anunciar con fuerza y valentía el mensaje Pascual. Pero curiosamente es después de la entrada del Espíritu, es después de que ha entrado el Espíritu y ha abierto, no sólo las puertas del cenáculo, sino sus vidas, sus corazones, para que de este modo anuncien el mensaje de Cristo resucitado.
De igual manera somos hoy nosotros invitados a esta realidad, a permitir que se abran las puertas cerradas de nuestra vida y así comenzar a descubrir que el cambio es posible y que se puede iniciar una vida nueva, dando así un testimonio de vida, como fruto de la Pascua. Puesto que, el anuncio del misterio pascual no sólo se queda en las palabras, sino en la vida, y ello se logra con el testimonio, para lo cual se necesita que entre la fuerza del Espíritu y transforme nuestros corazones.
Una vez que Dios se aparece de improviso, y abre todo, deja su fuerza: «Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego…» Las lenguas de fuego son esa experiencia de Dios, su fuerza que da para hablar y dar testimonio del misterio pascual en todos los ambientes. Dios viene y nos da esa valentía para ser testimonio vivo de su evangelio y misterio Pascual. Ese fuego que invade nuestras vidas para transformar nuestro entorno, el fuego de la verdad, del amor, del perdón. El fuego del testimonio veraz en medio del mundo.
Hoy terminamos el tiempo pascual, pero no porque finalice y debamos esperar otro año para meditar más sobre esto, sino que finaliza con esta fiesta para lanzarnos ala misión, de ser testigos de Dios, testigos de la resurrección en un mundo tan lastimado y herido, tan abrumado y molestado, tan decaído y devaluado, anunciando una promesa, una vida, un amor que no acaba y que es capaz de dar sentido a las inquietudes más hondas del corazón humano. Termina para que el misterio que contemplamos por cincuenta días, sea la fuente que nos alimente y seamos capaces de anunciar que Cristo vive, una misión acompañada y guiada por la fuerza del Espíritu que quiere hoy abrir nuestros corazones.

22/5/10

«…Tú sígueme»

Meditación con motivo del Sábado VII del tiempo de Pascua

Textos:
Hechos 28,16-20.30-31
San Juan 21,20-25

El acontecimiento de la resurrección ha marcado fuertemente a los discípulos, y ello conlleva a anunciar a todos este mensaje. El libro de los hechos de los apóstoles tiene como objeto mostrar este acontecimiento, demostrar cómo se va expandiendo el mensaje pascual una vez que Jesús ha resucitado y al mismo tiempo demuestra las características de todo misionero. Este mensaje debe darse a conocer a todo el mundo. De hecho el texto de la primera lectura nos coloca ante esto pues descubrimos precisamente al final del texto que todos son recibidos en casa de Pablo en medio de su arresto, poniendo de manifiesto que todos son invitados a recibir este mensaje de salvación, sin excluir a ninguno.
Por lo tanto, hablar de Pascua es hablar de misión. La Pascua debe de ser esa capacidad de ir a anunciar a todos este mensaje de salvación a todos, para que sean capaces de conocer este gran mensaje. Quiere decir que la pascua no se puede entender sin misión. De nada sirve saber que Jesús ha resucitado, si ese mensaje no se trasmite y se vuelve en generador de esperanza en medio de los hombres. No se puede entender la Pascua sin este anuncio, sin la capacidad de ser misionero en medio de la historia.
Una de las dificultades es precisamente no tomar en cuenta este objetivo del acontecimiento pascual. Generalmente al hablar de misión, de envío, de dar a conocer el acontecimiento pascual, lo solemos delegar a unos cuantos. Por ejemplo uno puede decir eso le toca a los padres y religiosas, pero a su tiempo pueden decir esto, eso es una misión de los laicos. Y así comenzamos a delegar esta responsabilidad entre unos y otros, nos interesa saber que va a pasar con tal persona, o ver si ella lo puede hacer, pero no vemos realmente lo que nos compete.
El problema es que delegamos y esperamos que otros hagan lo que nos corresponde, y no vemos lo que realmente debemos hacer nosotros, podemos decir que el otro no ayuda, que no apoya, que no dice; pero que hago yo, además de criticar y de juzgar a los demás. Si realmente estoy de lleno en lo que hago no queda tiempo para elucubrar y conocer qué cosa sucede con otros. Pero precisamente el problema es que no hacemos lo que nos toca, nos preocupamos por otros y finalmente no seguimos el proyecto que Jesús nos delega.
El evangelio de hoy parece colocarnos en esta realidad de frente a la resurrección, pues una vez que Jesús se ha aparecido y encomienda la misión a Pedro, curiosamente él se enfoca en otra cosa. El texto nos dice: «Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: "Señor, ¿y qué será de este?". Jesús le respondió: "Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿A ti qué? Tú sígueme."» Podemos detenernos en una línea de interpretación y ver aquí como Pedro se centra n la figura del discípulo amado, sólo le interesa su misión, y justo hace esa pregunta después de que Jesús le ha encomendado pastorear a las ovejas, como lo escuchábamos ayer. Pero Jesús lo reprende fuertemente, y le manifiesta que lo que le suceda al discípulo no es de su incumbencia, sino que él debe de centrarse en lo que le toca, por ello termina diciendo “Tú sígueme”, en otras palabras ‘haz lo que te toca, tu misión, no te metas en otras cosas’.
Este evangelio nos enseña entonces que efectivamente no debemos de ver que hacen otros, sino que es lo que yo hago, cómo cumplo mi misión, y si me meto en lo que no me corresponde, cambiar la dirección y ver como respondo al proyecto del Señor, ver qué cosas hago para hacerlo presente en los diversos ambientes en los cuales me desenvuelvo.
Muchos de los problemas en la Iglesia se dan precisamente por eso, porque queremos saber qué o como hacen los demás, en lugar de ver qué cosas hago yo y cómo llevo mi vida. Lo importante es escuchar a Jesús “Tú sígueme.” Dejemos de ver otras cosas y sigamos el proyecto y la misión que él nos dejó, de lo contario, ni ayudamos y sólo vamos entorpeciendo el caminar de la comunidad
Estamos por terminar el tiempo de Pascua, mañana celebraremos Pentecostés, el don del Espíritu, es decir la fuerza que da todo lo necesario para vivir la misión de anunciar este acontecimiento. Pero deberíamos de reconocer hasta que punto realmente nosotros somos portadores de este mensaje, con nuestra vida, con nuestra forma de ser. Al terminar este tiempo debemos evaluar y reconocer hasta que punto realmente hemos dejado que el acontecimiento pascual permeé nuestra historia, y hasta qué punto somos heraldos y portadores de este mensaje. No es posible vivir la pascua si no tomemos en serio, sin delegar a los demás nuestra misión evangelizadora en medio de la historia, dando a conocer que Cristo resucitó.

21/5/10

Pascua: «Extender tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras»

Meditación con motivo del Viernes VII de Pascua
Textos:
Hechos 25,13-21
San Juan 21,15-19

Antes de terminar con la fiesta de Pascua podría surgir una pregunta vital para la identidad de todo cristiano: ¿Cuál es el sentido de la resurrección? ¿Por qué Jesús resucita? Cierto, resucita porque así vence a la muerte, pero finalmente ¿por qué la vida de Jesús tiende a este acontecimiento? Podemos decir que la vida de Jesús es una total obediencia hacia el Padre, vive obedeciendo al Padre, toda su vida, su ministerio es precisamente un dirigirse hacia la voluntad del Padre. Si resucita implica que ha cumplido la voluntad del Padre, dentro de la mentalidad judía cuando un hombre muere de manera tan ignominiosa como Jesús, -puesto que la cruz sólo es un castigo para los auténticos bandidos y rebeldes-, quiere decir que es un hombre maldito, que está condenado que Dios le ha dado su escarmiento, pero si después de esto resucita, tiene la vida, quiere decir que Dios lo ha “premiado” que su estilo de vida, va de acuerdo a la voluntad de Dios, y que si ha muerto de ese modo se debe a que son los hombres los que no han entendido el proyecto de Dios, pero Jesús sí que lo ha entendido. La resurrección se vuelve entonces en la afirmación del Padre, hacia la misión de Jesús. Es una misión que va en consonancia con lo que Dios quiere. Es como si Dios dijese: ’Estoy de acuerdo con todo lo que Jesús hizo’.
Esto se vuelve en un modelo de obediencia hacia el Padre. Quiere decir que la Pascua debe de ser precisamente una invitación a cumplir la voluntad del Padre, como Jesús lo ha hecho. Sólo así es posible vivir la experiencia de la resurrección en plenitud, y al mismo tiempo es la experiencia de la resurrección la que nos capacita para vencer el mal y acercarnos a la voluntad de Dios.
Ser discípulos de Jesús implica ir madurando la experiencia de la resurrección en nuestra vida, es el ir asimilándolo gradualmente, permitir que la fuerza de la resurrección se haga presente en cada uno de nosotros. Sólo en la medida en la que maduramos esta experiencia nos vamos haciendo discípulos auténticos de Jesús. Sin embargo este camino de madurez no es sencillo, implica esfuerzo, superación, constancia, empeño. No es fácil vivir esta experiencia del discipulado, pues pecamos, somos frágiles, nos equivocamos, caemos. Pero lo importante es precisamente que seamos capaces de ser constantes y seguir adelante madurando y superando las vicisitudes de la vida.
Sobre esto nos habla el evangelio del día de hoy, vemos a un Pedro que se encuentra con el resucitado, y lo descubrimos en su fragilidad, reconociendo delante de Jesús que no lo ama, que él ha fallado, que lo traicionó, y sin embargo Jesús sigue teniendo confianza en él, lo perdona y el da una misión. Y sobre todo le augura que a partir de ahora será un hombre nuevo, donde la experiencia de la resurrección será la fuente de donde él se alimente, será la fuerza que lo empuje a seguir adelante en su vida: «Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras
Con estas palabras Jesús le habla a Pedro acerca de su identidad como discípulo, en un momento el hacía e iba a donde quería, pero llegará el momento en el que será n otros los criterios, ciertamente Pedro lo ha negado, ha dicho y hecho lo que quiso, es parte de su caminar vocacional, es parte de su propia identidad. Pero llega el momento en el que sus criterios sean otros, sean los de Cristo, los de su Palabra, los del evangelio. Lo llevará a donde no quiere, es decir, lo llevarán a hacer cosas que él no pensaba, porque finalmente es la fuerza de Dios la que lo lleva y ahora cosas que ni se imagina, pues su camino de discipulado le descubrirá nuevas cosas.
Celebrar cincuenta días de pascua es una invitación que la Iglesia nos hace para meditar y adentrarnos en el misterio de la resurrección, pero ello debe llevarnos a comprometernos a ser verdaderos discípulos de Jesús, testigos de la resurrección. Justo casi al finalizar este tiempo la Iglesia ¡nos coloca este texto para analizar si realmente hemos hecho que la Pascua sea un estilo de vida en nosotros , viendo y orientando todo hacia Jesús, o si realmente sólo nos quedamos haciendo lo que queremos, y caminando sólo a los que nos conviene, sin descubrir lo que la fuerza de la resurrección nos invita a cada uno de nosotros.

17/5/10

Dos años...

Meditacón con motivo del Lunes VII del tiempo de Pascua

Textos:
Hechos 19,1-8
San Juan 16,29-33


El día de hoy en el evangelio de san Juan se nos presenta el final de otro de los discursos de Jesús durante la última cena. Después de esto vendrá el capítulo 17 en donde se hablará de la llamad oración sacerdotal, donde pedirá por la comunidad creyente.
Pero el día de hoy nos topamos con este epílogo del discurso del capítulo 16 en donde los discípulos muy emocionados le dicen a Jesús: «Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios.» Con esto tratan de dar a entienden que ellos entienden de todo, saben quién es Jesús y ya nada los sorprende, pero inmediatamente Jesús les llama la atención: «¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo.» Jesús les da a entender que no saben nada, no conoce su misión, pues más adelante ellos que dicen creer todo, se van a escandalizar, se van a atemorizar y van a dejarlo solo.
Esto nos da una enseñanza, no basta con saber quién es Jesús, sino asimilar su mensaje y e entender que no es fácil de vivirlo.
Nosotros muchas veces somos como los apóstoles, decimos que ya lo conocemos, que entendemos el evangelio, que sabemos catecismo, pero no basta eso, pues de repente llegan las persecuciones, hay escándalos en la Iglesia, hay ataques contra el Papa, hay manifestaciones en la sociedad que atacan fuertemente la fe y a Dios mismo. Y ante eso nos escandalizamos, y decimos ‘¿Por qué lo per mite Dios?’ ‘¿Por qué a nosotros?’ Más aún cuando hacemos las cosas bien y vienen más ataques, porque nuestro trabajo bien hecho incomoda a los demás. No basta saber, no basta conocer, es necesario asimilarlo, y reconocer que exigencias hay con Jesús, y saber que vivir el evangelio trae persecuciones, así como serle infiel a ese mensaje.
Sin embargo Jesús dice al final una frase alentadora: «No tengan miedo, yo he vencido al mundo.» Y cuando habla del mundo se refiere a aquellas fuerzas del mal que destruyen al hombre, aquello que se opone al proyecto de Dios. Jesús les dice que no teman, que él ha vencido al mundo. Esto es cierto él lo ha vencido de una manera contundente por medio de la resurrección.
Esta frase debe de llenarnos de esperanza y de gozo, pues puede haber persecuciones, puede haber críticas, pero si realmente pongo lo que tengo de mi parte puedo vencer el mundo con la fuerza de la resurrección. Esta frase está cargada de esperanza, pero no en el sentido en el que nos sentemos a esperar haber si Jesús hace algo, sino que debe de motivarnos a cambiar, como dice el Papa Benedicto en su encíclica sobre la esperanza, que la esperanza no sólo es informativa, sino prefomativa, es decir, no sólo nos avisa o da el anuncia de que hay esperanza, no sólo es el informe, sino que es preformativa, nos debe de modelar para cambiar para hacer algo y cambiar las estructura imperantes.Que estas palabras haga caer en cuenta de que no es fácil ser discípulo e Jesús pero que es posible serlo, con la fuerza que él nos da, así comprometernos y ser verdaderamente sus discípulos files, signo y testimonio de su resurrección.

16/5/10

Problema de visión

Meditación con motivo de la Ascensión del Señor

Textos:
Hechos 1,1-11
Efesios 1,17-23
San Lucas 24,46-53

El día de hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor, esta fiesta nos presentan a Jesús subiendo a los cielos. Ante esta fiesta podrían surgir cantidad de incertidumbres, pues pareciera que Jesús sube a los cielos y deja solos a los discípulos, ya acabó su misión y se despide, pero no es así. Esta fiesta no es de despedida, es de Ascensión. Ascensión significa subir, asimilarla una nueva situación, no se limita simplemente a despedirse o estar en un nuevo lugar. Jesús no se va de viaje. Jesús entra en un nuevo estado, y eso es la Ascensión.
La ascensión no es otra cosa sino la capacidad de entrar en la medula del mundo del hombre de una nueva manera, es la capacidad de penetrar la vida del hombre en su raíz más profunda. Por lo tanto no es que Dios nos abandone, al contrario está sumamente cerca de nosotros desde una nueva perspectiva.
Esta idea es precisamente lo que nos presenta la primera lectura del día de hoy. Nos dice que Jesús una vez que da sus instrucciones a los discípulos se eleva y una nube lo cubre. ¿Por qué una nube? La nube dentro de la Escritura tiene un fuerte simbolismo. La nube es la presencia de Dios. Podemos recordar dos pasajes específicos. El primero de ellos lo vemos en el libro del Éxodo, en donde el pueblo que camina en medio del desierto es guiado por Dios que se hace presente con una nube. De este modo su caminar por el desierto es guiado por Dios. La nube de esta forma entra a formar parte de un símbolo de presencia. La nube es la presencia de Dios, es Dios que no deja solo a su pueblo y camina junto con él.
En segundo lugar tenemos el episodio en donde Salomón inaugura el Templo de Jerusalén. Y dice el texto que en ese momento una nube cubre todo el templo, marcando que en el templo está la presencia de Dios. Entrar al templo es entrar en contacto con Dios.
Podemos entender entonces que la nube es señal de esa presencia de Dios en medio de la historia. En este pasaje en concreto se dice que cubre a Jesús. ¿Por qué a Jesús? Porque con este acontecimiento Jesús no se ve, se queda, su presencia está en medio de nosotros, sólo que de una manera totalmente distinta.
La nube nos habla precisamente de su presencia, la ascensión es un nuevo estado en el que Jesús se queda con nosotros. Los discípulos al ver que se elevaba ven que la nube lo cubre. Pareciera que quieren verlo, que quieren buscarlo. Pero Jesús no se va, se queda de un modo distinto, el sigue presente en medio de nosotros, continúa activo. El problema es una situación de visión. Tenemos problemas de vita, pues queremos ver con nuestros ojos físicos a Jesús físicamente, pero para verlo, para descubrirlo hay que tener los ojos de la fe.
La fiesta de la ascensión es una llamada de atención para nosotros, pues Jesús ha resucitado, Jesús nos da la fuerza para vencer la muerte y el pecado, pero nosotros no lo vemos, no queremos ver precisamente sus efectos. Sólo nos limítanos a decir que no se puede, y queremos ver signos físicos, queremos ver físicamente a Jesús para creerle. Pero ahora Jesús sigue en medio de nosotros, y sólo lo podemos ver con los ojos de la fe, y descubrir que Jesús está en medio de nosotros.
Si abriéramos bien los ojos de la fe, veríamos que Jesús está en nuestra vida, y que es posible vencer nuestro pecado, descubriendo la cantidad de cosas que hay a nuestro alrededor que nos hacen posible esa realidad. Si abriéramos nuestros ojos descubriríamos que en el milagro de la vida está Jesús, que se hace presente en medio de nuestras dificultades con algún amigo o un consejo. Abrir los ojos significa descubrir que nos estamos solos. Que ahí está presente con la sonrisa de un niño, el abrazo de un amigo, el apoyo de tu pareja, basta de ver lo malo ve lo bueno en tu vida, abre los ojos.
El problema es que estamos ciegos, la nube nos impide ver a Jesús, y nos descubrimos que la nube es la manera por la cual él se hace presente. Dejamos que los problemas, de las crisis, de las incomprensiones, no cieguen y digamos que estamos solos que él no está. Nos encanta detenernos a ver solo lo malo de la vida y no ver las cosas buenas. Ese es el problema, un problema de visión.
La fiesta de la ascensión es precisamente eso, la capacidad de ver a Jesús en nuestra vida, de abrir nuestros ojos y descubrir todo lo bueno que hay en nuestra vida y no sólo lamentarnos, sino ver lo positivo en ella. Dios está en medio de nosotros. Así como esos dos hombres de blanco llaman la atención a los apóstoles, de igual modo hoy esta fiesta nos lanza está llamada de atención y descubrirnos “no estés sólo viendo al cielo, no te quedes con lo nebuloso, sino voltea Cristo vive y está en medio de ti”

14/5/10

«... desde el bautismo hasta el día de la ascensión...»

Meditación con motivo de la fiesta de san Matías

Textos:
Hechos 1,15-17.20-26
San Juan 15,9-17

Hoy celebramos la fiesta de san Matías. La primera lectura nos habla acerca de la elección de este apóstol como sustituto de Judas, que había traicionado. Este acto es simbólicamente importante, puesto que dentro del pensamiento de san Lucas, trata de manifestar sobre todo que es importante que se complete el número doce, puesto que este número juega un papel importante dentro del simbolismo bíblico.
El doce representa el pueblo de Dios. Recordemos como en el Antiguo Testamento se elige simbólicamente doce tribus. De este modo el doce comienza a ser un signo del pueblo de Dios. Cada vez que encontremos el número doce, nos habla de esta realidad, nos habla de la importancia de ser elegidos por Dios, de ser una comunidad, de pertenecer a una Alianza. Jesús de modo simbólico al iniciar su ministerio escogió doce apóstoles para indicar que inicia un nuevo pueblo, una nueva comunidad mesiánica.
Sin embargo en esta comunidad hay uno que ha muerto como consecuencia de su traición. No quiere decir que uno sea el traidor, pues como hemos meditado en otras ocasiones, todos en un momento determinado traicionaron a Jesús. Sin embargo, hay uno que se encontró al borde de la angustia y al captar realmente lo que había hecho se suicido. Ahora deciden completar el número y volver a colocar el número doce, para mostrar que son la nueva comunidad.
Pero detengámonos en una cosa muy singular. Se colocan una serie de condiciones para marcar quien puede pertenecer al grupo de los Doce: «Es necesario que uno de los que han estado en nuestra compañía durante todo el tiempo que el Señor Jesús permaneció con nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día de la ascensión, sea constituido junto con nosotros testigo de su resurrección.» Se habla que el sucesor debe haber estado con ellos, en cuanto que estuvo en contacto con Jesús.
San Matías seguramente era conocido por los apóstoles, incluso seguramente tenía un trato de amistad con ellos, sin embargo no dicen que lo elijan porque era su amigo. No dicen “elijamos a uno que estuvo con nosotros”, o “a uno con el que nos llevemos bien”. Ese no es el criterio para ser apóstoles, sino que el criterio, es sobre todo que estuviesen con Jesús desde el misterio de Juan bautista hasta su ascensión. Manifestando así que ha vivido el misterio de Jesucristo. Si es elegido apóstol no es por su amistado con Pedro u otro de los apóstoles, sino por su amistad con Jesús, por la cercanía que tuvo con él.
Este pasaje nos da una lección muy importante: Ser apóstol no es de conveniencias o de influencias, sino de cercanía y amistad con Jesús. Lamentablemente en varios rubros de la vida eclesiástica estamos marcados por las influencias, los compadrazgos, las amistades, y muchas veces dejamos de lado la amistad con Jesús al escoger un cargo de servicio dentro de la comunidad. Cuantas veces se elige a un coordinador, sólo porque es el que tiene dinero, o bien porque se lleva bien con un padre, o tiene influencias con alguna autoridad o es amigo de algún coordinador. Y curiosamente lo eligen así, pero puede ser que no tenga ninguna relación de amistad con Jesús.
Cuantas veces creemos precisamente que ser apóstol se reduce a una situación de influencia o de poder, pero muy raramente pensamos en la relación con Jesús. Y ante eso podemos decir que son coordinadores, líderes, pertenecientes a un grupo; pero no son realmente apóstoles, no son enviados por Dios. Y no lo son precisamente porque no son amigos de Jesús.
Matías no es apóstol por un tráfico de influencias, o porque era el consentido de los apóstoles, o muy simpático. Sino que es un hombre que conoció a Jesús, es un hombre que se encontró con él y por lo tanto podía trasmitirlo.
Ser apóstol es precisamente ser amigo de Jesús, para darlo a conocer. No basta con dar dinero, o comparar materiales, hacer donativos sustanciosos, quedar bien con alguna autoridad, meterse en políticas sucias. Ser apóstol es cosa de experiencia, lo demás es sólo parte de una burocracia eclesiástica que no sirve para nada.
Cada domingo hacemos nuestra profesión de fe, por medio del rezo del Credo, y en él reconocemos que la Iglesia es apostólica, es decir que somos llamados a ser apóstoles, es decir enviados. El ser apóstoles es una misión para cada uno de nosotros desde nuestro bautismo. Y si somos enviados por Jesús, implica que siempre somos invitados a reconocer que debemos estar cerca de Jesús y tener una relación de amistad con él. De parte de Jesús siempre somos sus amigos como lo dice hoy en el evangelio, sin embargo deberíamos preguntarnos que tan en serio nos tomamos nosotros esa amistad con él. Porque en la medida en la que tengamos esa amistad, es encuentro personal con él y estemos llenos de su fuerza, seremos realmente sus apóstoles. No basta con venir cada domingo a misa, no basta hacer una oración, no basta tener un cargo eclesiástico, no basta decir que tengo un servicio en la parroquia, no basta decir que voy a un curso de biblia o de doctrina cristiana. Ser apóstol requiere el encuentro con él, el conocerlo más, no sólo intelectualmente, sino vivencialmente, reconocer su actuar, y llenarnos de una experiencia de fe. Sólo con una verdadera experiencia de Jesús podemos llamarnos apóstoles.
Que en esta fiesta de San Matías reconozcamos que cosas hacemos y que debemos dejar de hacer para ser realmente apóstoles, no de palabra, sino de corazón.

10/5/10

Día de las Madres

Meditación con motivo del lunes VI de Pascua

Textos:
Hechos de los Apóstoles 16,11-15
San Juan 15,26-27.16,1-4


El día de hoy el texto del evangelio nos coloca en medio de los discursos de la última cena, en donde Jesús se despide. Durante estos discursos Jesús deja una gran herencia espiritual dando diversos puntos a la reflexión. Entre los diversos temas que podemos encontrar es el anuncio del Paráclito, del Espíritu Santo sobre la comunidad creyente. El día de hoy escuchamos la tercera vez que Jesús habla acerca de este tema.
«Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio.» Podemos descubrir como Jesús promete la presencia del Espíritu como motor y fuerza que capacita para ser Testigo. El Espíritu es enviado a los discípulos, para que den testimonio de Jesús en sus corazones. De ahí viene el testimonio de los discípulos, que va dirigido hacia el mundo, para que tanto ellos como el mundo, acojan la Palabra y afiancen la fe.
Con esta idea podemos muy bien descubrir que todos nosotros estamos llamados a dar testimonio de Jesús en medio de nuestros ambientes, y no lo hacemos sólo con nuestras fuerzas, sino con la fuerza del Espíritu.
Y justo este evangelio parece iluminar uno de los testimonios más extraordinarios que se pueden hacer sobre Cristo en la tierra: La maternidad.
Las mamás son precisamente un testimonio del amor de Dios en medio de nosotros, pues todas sus atenciones, sus consejos, sus desvelos, sus ayudas, no son otra cosa, sino un testimonio de Cristo, del amor de Dios en medio el mundo. Y desde luego que ese testimonio no se hace sólo por la fuerza humana, sino que seguramente es el Espíritu Santo que las capacita para darse a sí mismas, y ser ese testimonio de amor en medio del mundo. La felicitamos porque de un modo u otro permiten que la fuerza del Espíritu entre para que les de esa fuerza para ser testimonio de amor en medio de los suyos.
Ese testimonio de amor lo demuestran con su paciencia de todos los días, enseñando algo nuevo a sus hijos, tendiéndoles la mano para que aprendan a caminar o a escribir, ese testimonio de amor que las hace estar despiertas esperando que los hijos regrese en la noche, ese testimonio que les hace estar tantas a todo lo necesario en la casa. Esa presencia del Espíritu que las hace intuir lo que anda mal cono uno de sus hijos, y tratan de ayudarlos: Esa fuerza del Espíritu que les hace levantarse y hacer cantidad de cosas para seguir adelante, y poner en orden todo. Esa fuerza que les hace ser más sensibles y perceptibles a la vida, que son capaces de tener un bebe en su vientre por más de nueve meses, y continuar con su vida.
Son tantas y tantas cosas por las que hoy le agradecemos a nuestras mamás, y las felicitamos, y les damos gracias por todo. Gracias por ser como son, gracias por ser presencia de Dios en medio de la familia. Gracias por ser receptáculo del Espíritu que las llena, las ilumina y las fortalece para ser verdadero testimonio de amor.
Gracias por ese testimonio tan grande de amor y vida. Y Por qué no también decirles hoy perdón por todas las veces que les fallamos, que no las comprendemos, que no les tenemos paciencia, que no las tomamos en cuenta, perdón.
Que el Señor Jesús Siga fortaleciendo a nuestras mamás, y a nosotros nos de la capacidad de amarlas y respetarlas siempre, no sólo en este día, sino siempre.


FELICIDADES A TODAS LAS MAMÁS!!!!