14/5/10

«... desde el bautismo hasta el día de la ascensión...»

Meditación con motivo de la fiesta de san Matías

Textos:
Hechos 1,15-17.20-26
San Juan 15,9-17

Hoy celebramos la fiesta de san Matías. La primera lectura nos habla acerca de la elección de este apóstol como sustituto de Judas, que había traicionado. Este acto es simbólicamente importante, puesto que dentro del pensamiento de san Lucas, trata de manifestar sobre todo que es importante que se complete el número doce, puesto que este número juega un papel importante dentro del simbolismo bíblico.
El doce representa el pueblo de Dios. Recordemos como en el Antiguo Testamento se elige simbólicamente doce tribus. De este modo el doce comienza a ser un signo del pueblo de Dios. Cada vez que encontremos el número doce, nos habla de esta realidad, nos habla de la importancia de ser elegidos por Dios, de ser una comunidad, de pertenecer a una Alianza. Jesús de modo simbólico al iniciar su ministerio escogió doce apóstoles para indicar que inicia un nuevo pueblo, una nueva comunidad mesiánica.
Sin embargo en esta comunidad hay uno que ha muerto como consecuencia de su traición. No quiere decir que uno sea el traidor, pues como hemos meditado en otras ocasiones, todos en un momento determinado traicionaron a Jesús. Sin embargo, hay uno que se encontró al borde de la angustia y al captar realmente lo que había hecho se suicido. Ahora deciden completar el número y volver a colocar el número doce, para mostrar que son la nueva comunidad.
Pero detengámonos en una cosa muy singular. Se colocan una serie de condiciones para marcar quien puede pertenecer al grupo de los Doce: «Es necesario que uno de los que han estado en nuestra compañía durante todo el tiempo que el Señor Jesús permaneció con nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día de la ascensión, sea constituido junto con nosotros testigo de su resurrección.» Se habla que el sucesor debe haber estado con ellos, en cuanto que estuvo en contacto con Jesús.
San Matías seguramente era conocido por los apóstoles, incluso seguramente tenía un trato de amistad con ellos, sin embargo no dicen que lo elijan porque era su amigo. No dicen “elijamos a uno que estuvo con nosotros”, o “a uno con el que nos llevemos bien”. Ese no es el criterio para ser apóstoles, sino que el criterio, es sobre todo que estuviesen con Jesús desde el misterio de Juan bautista hasta su ascensión. Manifestando así que ha vivido el misterio de Jesucristo. Si es elegido apóstol no es por su amistado con Pedro u otro de los apóstoles, sino por su amistad con Jesús, por la cercanía que tuvo con él.
Este pasaje nos da una lección muy importante: Ser apóstol no es de conveniencias o de influencias, sino de cercanía y amistad con Jesús. Lamentablemente en varios rubros de la vida eclesiástica estamos marcados por las influencias, los compadrazgos, las amistades, y muchas veces dejamos de lado la amistad con Jesús al escoger un cargo de servicio dentro de la comunidad. Cuantas veces se elige a un coordinador, sólo porque es el que tiene dinero, o bien porque se lleva bien con un padre, o tiene influencias con alguna autoridad o es amigo de algún coordinador. Y curiosamente lo eligen así, pero puede ser que no tenga ninguna relación de amistad con Jesús.
Cuantas veces creemos precisamente que ser apóstol se reduce a una situación de influencia o de poder, pero muy raramente pensamos en la relación con Jesús. Y ante eso podemos decir que son coordinadores, líderes, pertenecientes a un grupo; pero no son realmente apóstoles, no son enviados por Dios. Y no lo son precisamente porque no son amigos de Jesús.
Matías no es apóstol por un tráfico de influencias, o porque era el consentido de los apóstoles, o muy simpático. Sino que es un hombre que conoció a Jesús, es un hombre que se encontró con él y por lo tanto podía trasmitirlo.
Ser apóstol es precisamente ser amigo de Jesús, para darlo a conocer. No basta con dar dinero, o comparar materiales, hacer donativos sustanciosos, quedar bien con alguna autoridad, meterse en políticas sucias. Ser apóstol es cosa de experiencia, lo demás es sólo parte de una burocracia eclesiástica que no sirve para nada.
Cada domingo hacemos nuestra profesión de fe, por medio del rezo del Credo, y en él reconocemos que la Iglesia es apostólica, es decir que somos llamados a ser apóstoles, es decir enviados. El ser apóstoles es una misión para cada uno de nosotros desde nuestro bautismo. Y si somos enviados por Jesús, implica que siempre somos invitados a reconocer que debemos estar cerca de Jesús y tener una relación de amistad con él. De parte de Jesús siempre somos sus amigos como lo dice hoy en el evangelio, sin embargo deberíamos preguntarnos que tan en serio nos tomamos nosotros esa amistad con él. Porque en la medida en la que tengamos esa amistad, es encuentro personal con él y estemos llenos de su fuerza, seremos realmente sus apóstoles. No basta con venir cada domingo a misa, no basta hacer una oración, no basta tener un cargo eclesiástico, no basta decir que tengo un servicio en la parroquia, no basta decir que voy a un curso de biblia o de doctrina cristiana. Ser apóstol requiere el encuentro con él, el conocerlo más, no sólo intelectualmente, sino vivencialmente, reconocer su actuar, y llenarnos de una experiencia de fe. Sólo con una verdadera experiencia de Jesús podemos llamarnos apóstoles.
Que en esta fiesta de San Matías reconozcamos que cosas hacemos y que debemos dejar de hacer para ser realmente apóstoles, no de palabra, sino de corazón.

10/5/10

Día de las Madres

Meditación con motivo del lunes VI de Pascua

Textos:
Hechos de los Apóstoles 16,11-15
San Juan 15,26-27.16,1-4


El día de hoy el texto del evangelio nos coloca en medio de los discursos de la última cena, en donde Jesús se despide. Durante estos discursos Jesús deja una gran herencia espiritual dando diversos puntos a la reflexión. Entre los diversos temas que podemos encontrar es el anuncio del Paráclito, del Espíritu Santo sobre la comunidad creyente. El día de hoy escuchamos la tercera vez que Jesús habla acerca de este tema.
«Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio.» Podemos descubrir como Jesús promete la presencia del Espíritu como motor y fuerza que capacita para ser Testigo. El Espíritu es enviado a los discípulos, para que den testimonio de Jesús en sus corazones. De ahí viene el testimonio de los discípulos, que va dirigido hacia el mundo, para que tanto ellos como el mundo, acojan la Palabra y afiancen la fe.
Con esta idea podemos muy bien descubrir que todos nosotros estamos llamados a dar testimonio de Jesús en medio de nuestros ambientes, y no lo hacemos sólo con nuestras fuerzas, sino con la fuerza del Espíritu.
Y justo este evangelio parece iluminar uno de los testimonios más extraordinarios que se pueden hacer sobre Cristo en la tierra: La maternidad.
Las mamás son precisamente un testimonio del amor de Dios en medio de nosotros, pues todas sus atenciones, sus consejos, sus desvelos, sus ayudas, no son otra cosa, sino un testimonio de Cristo, del amor de Dios en medio el mundo. Y desde luego que ese testimonio no se hace sólo por la fuerza humana, sino que seguramente es el Espíritu Santo que las capacita para darse a sí mismas, y ser ese testimonio de amor en medio del mundo. La felicitamos porque de un modo u otro permiten que la fuerza del Espíritu entre para que les de esa fuerza para ser testimonio de amor en medio de los suyos.
Ese testimonio de amor lo demuestran con su paciencia de todos los días, enseñando algo nuevo a sus hijos, tendiéndoles la mano para que aprendan a caminar o a escribir, ese testimonio de amor que las hace estar despiertas esperando que los hijos regrese en la noche, ese testimonio que les hace estar tantas a todo lo necesario en la casa. Esa presencia del Espíritu que las hace intuir lo que anda mal cono uno de sus hijos, y tratan de ayudarlos: Esa fuerza del Espíritu que les hace levantarse y hacer cantidad de cosas para seguir adelante, y poner en orden todo. Esa fuerza que les hace ser más sensibles y perceptibles a la vida, que son capaces de tener un bebe en su vientre por más de nueve meses, y continuar con su vida.
Son tantas y tantas cosas por las que hoy le agradecemos a nuestras mamás, y las felicitamos, y les damos gracias por todo. Gracias por ser como son, gracias por ser presencia de Dios en medio de la familia. Gracias por ser receptáculo del Espíritu que las llena, las ilumina y las fortalece para ser verdadero testimonio de amor.
Gracias por ese testimonio tan grande de amor y vida. Y Por qué no también decirles hoy perdón por todas las veces que les fallamos, que no las comprendemos, que no les tenemos paciencia, que no las tomamos en cuenta, perdón.
Que el Señor Jesús Siga fortaleciendo a nuestras mamás, y a nosotros nos de la capacidad de amarlas y respetarlas siempre, no sólo en este día, sino siempre.


FELICIDADES A TODAS LAS MAMÁS!!!!

8/5/10

«Mi paz les dejo, mi les doy»

Meditación con motivo del VI Domingo de pascua
Ciclo /C/


Textos:
Hechos 15,1-2.22-29
Apocalipsis 21,10-14.22-23
San Juan 14,23-29

Hoy en día vemos que todos los campos de la sociedad están fuertemente afectados, de manera que pareciera que se sumerge en una sombra de desamparo y desánimo. Y muchas veces podríamos decir: ‘¿Para qué seguir si todo es un problema?’, ‘Todo está perdido’. Hoy en día vemos como la Iglesia es perseguida a causa de diversas acusaciones de pederastia, vemos una Iglesia frágil y débil, vemos como atacan a los altos jerarcas de la Iglesia. Podemos contemplar impávidos como a figura del Papa que en algún otro momento era intocable y admirada, hoy está siendo causa de ataques, de violencia, de críticas, de juicios. Cierto que hay fallas, hay errores, pero pareciera que hay una fuerte campaña a nivel global para desacreditar a la Iglesia, pues señala cantidad de cosas, pero cuando sale a la luz tantas verdades, las olvidan y buscan nuevas maneras de confortar y desacreditar. Pareciera que la fe es hoy día un absurdo, no vale la pena creer, pues todo está sumergido en una corrupción terrible. ¿Cuál fe? ¿Cuál Iglesia? ¿Cuál Dios? La fe parece el gran absurdo, pues todo está descalificado.
Pero si volteamos a ver a la sociedad, a los gobiernos, descubrimos igualmente una gran desilusión. Partidos políticos que prometen cambios, pero finalmente los resultados son nulos, son deprimentes y mediocres. Descubrimos una clase política falsa, que roba, que no tiene ningún argumento veraz. Vemos una serie de abusos y de aprovecharse de los demás, para saciar sólo sus intereses. Vemos clases políticas que no se preocupan por nada ni por nadie, sólo les interesa estar en el poder, les interesa hacer cosas que llamen la tención, que mantengan a la gente asombrada sin abordar los verdaderos problemas de fondo y ayudar a quien lo necesita. Vemos abusos hacia los pequeños, a los necesitados, para que ellos sacien a sí mismos. Descubrimos una sociedad inmersa en la violencia, y un gobierno incapaz de enfrentarla. No hay en quien confiar, no hay un verdadero gobierno que ayude. Pareciera que estamos arrojados a nuestra suerte, no hay un verdadero gobierno que pueda dirigir y cobijar a la ciudadanía.
Si volteamos la mirada y contemplamos la economía podemos ver un sistema totalmente colapsado, países al borde de una guerra civil debido a esto. Vemos una economía precaria donde países enteros se van hacia una ruina definitiva y donde, como siempre los pobres son los más afectados por el incremento de precios. Vemos economías mundiales totalmente decrepitas, y como con un efecto dominó caen una tras de otra. Qué podríamos esperar de la economía que finalmente se va derrumbando y no da respuesta del camino para salir, a pesar de que los poderosos no se inmutan ante esas caídas brutales.
Si vemos la vida de la sociedad, descubrimos una sociedad totalmente desleal, envidiosa, egoísta, que sólo ve por sí misma ante las grandes desgracias que acontecen sobre ella y no se ve por donde salir. Vemos una sociedad que todo lo reduce al consumismo o a los vicios porque es la única salida para fugarse por un momento del dolor en el cual se vive. Una sociedad en algunos campos triste, dolidas por los golpes que viven. Qué esperar de la sociedad, que se siente adolorida, fugaz y golpeada. Pareciera que la vida en sociedad está fuertemente herida y no vale la pena seguir en ella, es mejor fugarse, es mejor desaparecer y no seguir adelante.
Ante toda esta panorámica uno podría caer en una gran desilusión, en una grande desesperanza. Pareciera que ya nada tiene sentido, ni la vida de fe, ni la sociedad, ni la economía, ni nada. Sin embargo, si realmente tuviésemos fe, podrían resonar fuertemente las palabra que Jesús ha dicho hoy: «Mi paz les dejo la paz, mi paz les doy, pero no como la da el mundo.» Este es un anuncio cargado de esperanza en un mundo necesitado de paz.
La paz para el pensamiento bíblico, es sumamente profundo, pues no se refiere simplemente a una mera ausencia de problemas. Muchas veces al hablar de paz pensamos inmediatamente en un mundo sin dificultades, donde se arreglen nuestros problemas familiares, económicos, sociales. Pensamos en un momento de vacaciones, sin problemas, lejos d la ciudad. Pero la paz Bíblica no es eso. Pues esa paz sería simplemente una tranquilidad pasajera. Un momento de escape, de descanso. Pero la paz es un don que perdura siempre, es un don distinto, no solo es un momento de descanso, o de “relax”, es algo más que eso.
La paz antes que nada no se limita sólo a un momento determinado, sino que refiere a un acto permanente. La paz remite al estado primigenio al cual fue llamado el hombre, y que la experiencia del pecado rompió fuertemente lacerando los cuatro ejes fundamentales de su vida. Recibir la paz es recibir los elementos de ese estado primigenio. La paz es la armonía con los cuatro ejes fundamentales: Dios, el hombre, la creación y uno mismo.
La paz, por tanto, es un estado de armonía con Dios, es la capacidad de descubrir que Dios está con nosotros que Dios vive unido íntimamente a nuestro ser, y por tanto no caminamos solos por la vida. Tener la paz es sentir siempre la experiencia del Dios que no nos deja, es tener la capacidad de descubrir sus signos en medio de nuestra vida, viendo su amor en medio de nosotros.
En segundo lugar la armonía con los demás. Es la capacidad de descubrir que el otro es parte de mi vida, y que no es ajeno a mí, no es ajeno a mi realidad. Es la capacidad de descubrir lo valioso del otro, sin quererlo cambiar, sin quererlo destruir, al contrario aceptándolo y comprendiéndolo y descubriendo que es posible encontrar en el otro un complemento para mi propia y frágil humanidad. La armonía con el otro implica tener una buena relación con el otro, sin atacarlo, sin crear lazos de enemistades, creando, lazos de convivencia o bien de estabilidad mutua. Teniendo como base el valor y la dignidad de la persona.
En tercer lugar la paz conlleva una armonía conmigo mismo, y ello implica la capacidad de conocerme y aceptarme. La capacidad de comprender quien soy, saber en qué fallo, y en que soy bueno, y poner todas mis capacidades para alcanzar todo aquello que se puede desde mis dones. Ser capaz de descubrir lo que me daña y daña a los demás, y así evitar esa sensación de culpabilidad, debido a que yo mismo me daño y daño a otros. La armonía con migo mismo es valorarme y valorar a otros, y siendo como soy, a fin de construir algo bueno en pro de los demás.
Finalmente la paz me lleva a tener la armonía con la creación misma, reconociendo que estamos llamados a conservarla, a cuidar nuestro entorno, a no dañarlo.
Una vez que hemos explicado el concepto de paz, descubrimos que estamos llamados a este estado de armonía. Y es que la paz es un fruto de la Resurrección. El mismo san Juan nos relata en su evangelio que el día de la resurrección por la tarde Jesús se pareció en medio de sus discípulos y les dijo: «La paz a ustedes», manifestando de se modo que la resurrección trae consigo esa paz, ese estado que da la armonía y ayuda a superar el escándalo de la cruz.
Ciertamente nuestro mundo está plagado de problemas, apareciera que ningún campo se escapa de las diversas dificultades de la vida, sin embargo creo que estamos llamados a reconocer que nuestra fe no está cimentado sobre algo efímero, sino en un acontecimiento capital que da sentido a todo nuestro caminar por la historia. Está cimentado sobre el acontecimiento de la resurrección, y por ello el don de la paz es posible si nosotros se lo permitimos. Finalmente pude ser que todo sea endeble, que la economía, el ataque a la fe, los gobiernos sean corruptos, pero finalmente nuestra vida no está basada en los hombres, sino en Dios, y el acontecimiento fundacional es precisamente la resurrección, el acontecimiento que anuncia la derrota de la muerte y con ello da el anuncio de la destrucción de las estructuras de muerte.
Cierto que lo que enfrentamos es complejo, pues afecta todos los ámbitos de nuestra vida, cierto que nos vemos fuertemente golpeados por las estructuras corruptas del mundo en todos los niveles, sin embargo no podemos tener una visión nihilista de la historia, una visión llena de pesimismo, una visión que nos hunda en el ‘sin sentido’ de la vida; sino que estamos llamados a levantarnos y descubrir que no podemos tener esa visión, sino que necesitamos de esa armonía, de esa capacidad de descubrir la presencia de Dios.
La armonía es un estado que nos permite segur afrontado las situaciones difíciles, llenas de complejidades, pero capaces de seguir caminado. Porque ante la dificultad lo peor que pude suceder es precisamente detenernos, decir que todo está perdido, que se acaba la esperanza, que estamos rumbo a nuestra destrucción. Eso es lo peor que puede sucedernos. El hombre de fe no se debe dejar amedrentar por esto, al contrario debe levantar la vista, debe poner su confianza en Dios y debe empezar a tener una nueva visión de la vida; siendo capaz de seguir caminado, y no por inercia, sino porque sabe que es posible una transformación, y que no todo está perdido.
Pude ser que alguno diga que esta es una visión un tanto utópica, soñadora; pero no es así, esta es la visión de la fe, es la visión que se da a partir del fruto de la paz. Es la visión de esa armonía que capacita al hombre a seguir adelante en la vida, que sabe que Dios está con él, y le da sus signos, y es capaz de descubrirlos; es alguien capaz de estar bien consigo, capaz de emprender cosas, de no rendirse de no detenerse, porque ante todo nada lo tumba ni lo detiene, pues la paz lo levante y le da la fuerza necesaria para seguir adelante. Es alguien capaz de establecer lazos y puentes entre los demás, para apoyar, y dejarse apoyar. En otras palabras es alguien que ante las dificultades no se deja amedrentar, sino que deja que la fuerza del resucitado lo levante y lo haga transformar todo, que le da la fuerza y el coraje para no desistir.
Ciertamente esa paz es compleja, pero el mismo Jesús lo ha dicho: "No doy la paz del mundo", porque esa es una paz meramente aparente, pero que no toca el corazón del hombre y no le da la transformación verdadera. Pidamos en este domingo que la auténtica paz toque nuestro corazón y nos de la fuerza para no desanimarnos y seguir adelante, teniendo la armonía que nuestro débil y fragmentado corazón necesita, pues sólo Dios puede darnos esto.

3/5/10

Contemplar la Cruz

Meditacón con motivo de la fiesta de la Santa Cruz

Textos:
Filipenses 2,6-11
San Juan 3, 13-17

Hoy celebramos la fiesta de la Santa Cruz. Una fiesta que nos invita a contemplar el misterio de la cruz. Muchas veces al contemplar la cruz podemos detenernos y contemplar el dolor, la violencia, el ultraje… Y lamentablemente quedarnos en ese nivel. Ciertamente que en la cruz se pude contemplar todo eso, sin embargo, va más allá de eso, pues no podemos quedarnos sólo con lo llamativo de la violencia, sino que debemos ser capaces de descubrir un misterio de salvación.
La cruz es un símbolo de salvación, no es de violencia, ni de destrucción, pues en la cruz precisamente somos invitados a descubrir que si bien Jesús llegó a la cruz por la violencia de los hombres, él lo hizo por amor. Entregó su vida porque nos ama.
La cruz se convierte precisamente en un signo de amor y de salvación. Para algunos podría ser absurdo, dado que no puede ser que esa entrega de la vida se convierta precisamente en un momento de donación y salvación. Pero con ese signo nos enseña precisamente a descubrir que el amor implica donación de la propia vida. No basta con ser simpático, con ayudar en algo, con dar algún premio, sino que se debe vivir en la entrega absoluta.
Por ejemplo, en un matrimonio no basta que se vivan juntos para decir que se experimenta el amor, o que vayan a reuniones, o que se lleven bien. El amor es más que eso, es donarse plenamente al otro, darse totalmente al otro, entregarse sin medida, no sólo cuando me convenga o porque voy a obtener algo, o porque debo de ser correspondido. Al contrario darse sin media, sin esperar nada. El mismo Jesús se entregó de esa manera, sin esperar nada, sólo `por amor. O bien en la amistad el amor no sólo es pasarla bien, pasear, echar relajo, sino realmente darse, ayudar al otro, corregirlo, apoyarlo, y sin esperar nada, de lo contario sólo se queda en complicidad, en juego, en conveniencia, pero no en un compromiso de amor.
Contemplar la cruz por lo tanto no se pude quedar sólo en decir: ‘Que horror, cuánta sangre’, o bien decir: ‘Qué bella cruz’. Eso no es objetivo de contemplar la cruz, ni de tenerla colgada, sino de un confrontarse con ella. Ver la cruz, implica decirse a uno mismo “Qué tanto amo yo a los demás”, “hasta que punto amo yo dando mi vida”, o bien “Qué tan mezquino he sido en mi amor por los demás”, “Mi amor sólo es de conveniencias, porque espero algo”, “¿Cuándo amo realmente me preocupo por el otro, y me doy sin medida sin esperar nada a cambio?”
Muchas veces nos quedamos con una cruz devocional. Colgarla por todos lados, tener una de recuerdo, tenerla como collar, pero ese no es el objetivo. No sirve sólo para adornar mi casa, sino para confrontar mi vida, y ver qué medida del amor llevo día a día con los demás. Que esta fiesta de la santa Cruz sea para cada uno de nosotros el replantear el valor del amor y ser capaces de cambiar la orientación de mi vida para entregarme a favor de los demás.

2/5/10

Amar...

Meditación con motivo del V Domingo de Pascua
Ciclo /C/


Textos:
Hechos 14,21-27
Apocalipsis 21,1-5
San Juan 13,31-33.34-35

El evangelio de san Juan gira en torno a un término muy importante dentro de la espiritualidad bíblica: La gloria. El término “gloria”, traduce el griego “doxa”, a su vez traducción del hebreo “kabod”. Esta palabra incluye un triple significado de riqueza, de esplendor, de peso. Son características de la experiencia de la experiencia de Dios.
En cuanto riqueza, denota algo que es valioso y referido a Dios denota el amor leal, lo que vale la pena y es valioso. En cuanto esplendor, denota la capacidad de verse, denota la capacidad de demostrarse, Dios que demuestra su amor, que es visible. En cuanto a peso denota el poder, decir que es pesado implica precisamente su poder; en cuanto a Dios denota el poder de Dios que ama, y amando crea y redime.
Ya al inicio del Evangelio, Juan ha dicho que la gloria de Jesús es la de Dios: «La gloria que un hijo único recibe de su padre». Con esto Jesús remite que le es participe de esta gloria, de sete poder, de este amor, que se ve y se vive. Y la novedad que aquí se puede denotar es que la gloria que la comunidad contempla no es ya, como en el Antigua Testamento, un fenómeno físico, como la nube o la columna de fuego, que lejanamente simbolizaban la presencia de Dios; ahora se ve la plenitud de esa gloria, la plenitud personal de Dios presente en Jesús. Ahora la Gloria es algo realmente visible y personal. Y una Gloria que se demuestra con toda la vida y persona de Jesús, dando su plenitud que se va a manifestar, sobre todo, en la entrega de Cristo a la muerte por amor al hombre. Él como hijo que posee todos los bienes del Padre y, por lo tanto, entregándose a la muerte por amor al hombre manifiesta la identidad misma del Padre.
Esta gloria que brilla en Jesús es exactamente la misma que posee el Padre. Por eso su presencia equivale a la del Padre, él es Dios entre los hombres, manifestado en una “carne” humana. Es la revelación completa de Dios, quien realizando su proyecto de hombre igual a él se pronuncia a sí mismo en su palabra. Anunciando así a Dios y al hombre en plenitud. Con esta idea se nos invita a “ver” la gloria de Jesús y ello implica no sólo abrir los ojos y contemplar un rostro, o una figura de devoción, sino que nos invita precisamente a contemplar a Jesús en su totalidad, a contemplarlo en su gloria plena. Esta gloria plena se ve no sólo en su misterio, sino sobre todo en su misterio pascual pues es precisamente ahí donde se desvela el misterio del amor, es el amor que es leal, es el amor que ilumina, y muestra el veredero poder redentor de Dios: Ver la gloria es contemplar su muerte y resurrección, es contemplar la grandeza del amor y con ello comprometernos.
Ver la grandeza de la gloria de Cristo no se puede limitar solamente a contemplar el amor, sino a comprometernos e insertarnos en la dinámica de ese amor. Y ante eso todo tiende hacia la gran afirmación: «Les doy un manda­miento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis dis­cípulos…» Aquí está todo. Esto es lo único que nos pide. Y esto es lo único que no hemos querido concederle. Es el dar testimonio del amor, la vivencia del amor. Este mandato sirve precisamente para adentrase en la gloria de Jesús. No es posible experimentar esta gloria si no hay vivencia real de la experiencia del amor. Este es el distintivo de la comunidad cristiana.
Si la vivencia del amor, y por lo tanto de este mandato nos hace acercarnos más a la experiencia de la Gloria, detengámonos y analicemos un poco más este mandato. Comencemos diciendo que Jesús denomina a esta realidad como “mandamiento”, y utiliza este término para hacer una contraposición con los mandatos de la antigua ley. Ahora va más allá de una mera obligación, pues el contenido de este es el amor. Y cuando se habla de la vivencia del amor, no se pude hablar de obligación, no se puede hablar de un mandato. A nadie se le pude obligar vivir la experiencia del amor. El nombre de mandamiento sólo se da para contraponerlo a la antigua, ley, pero en su contenido y esencia no es un mandato, es sólo una exhortación, un camino hacia la gloria.
Este mandato no es dirigido hacia Dios, ni hacia Jesús. No pide nada para el mismo Jesús, ni para Dios, este mandato sólo está dirigido hacia el hombre. El es el contenido, el receptor y el destinatario del mismo. Toda una exhortación hacia el hombre. Sólo el hombre es el beneficiario de este mandato, pues vivir el amor, le hace pleno a él. Vivir el amor le da una buena relación para con los demás. Viviendo el amor tiene una nueva perspectiva de la vida Amar: Es todo para el creyente, es lo único necesario para entrar en la vida de Dios.
Ahora todo debe entenderse desde la dinámica del amor. No es posible vivir la fe sin esta dinámica, sin tener presente esta realidad. Y curiosamente este mandato de amor tiene como fuente que lo alimenta a Dios mismo. Dios es la fuente de todo amor. Quiere decir que es un mandamiento que si bien va dirigido al hombre, no debe hacerlo con sus propias fuerzas, sino desde la fuerza de Dios. Sólo Dios es capaz de transformar todo y hacer que el hombre viva esto. Quiere decir que la capacidad de entrar en esa gloria de Dios no parte de nuestras propias fuerzas, sino que parte desde la propia fuerza de Dios. Es él quien nos anima, quien nos sostiene.
Esta misma idea se ve fuertemente reforzada con la expresión «… Como yo los he amado.» Quiere decir que el modo de amar es el de él, Jesús es la meta parta amar, ser como Jesús, pues en él está la plenitud del hombre. Quiere decir que la capacidad de vivir este mandato del amor, no se limita simplemente a amar como nosotros pensemos, sino a amar como Jesús lo dice, como lo ha hecho, con una donación plena, sin importar la respuesta, sino entregarse total y plenamente. Pues es su entrega es el acontecimiento fundente del amor, desde ahí se entiende lo que quiere decir amar.
Este los “los he amado”, denota una acción puntual. En griego este es un verbo que denota una acción determinada en el tiempo que se ha hecho en un momento determinado y por lo tanto decisiva. Es sólo Jesús quien nos ha amado, y ese amor es total, es un amor pleno. Quiere decir que es un amor donde no hay reciprocidad, sino que Jesús da su amor, nos ama para que nosotros amemos, para que nosotros sintiendo esa fuerza de amor, esa experiencia de amor, seamos capaces de vivirla ahora y ponerla en práctica teniéndolo como ejemplo. Es un acto de amor que en un momento determinado de la historia ha transformando todo.
Entra en la gloria de Dios es posible por un acto puntual en la historia: El amor de Cristo que ha transformando toda la historia. Ese amor como Cristo es la norma para la vida, es lo que nos hace discípulos y testigos de la fe. Pidamos en este domingo que ese amor sea realmente la norma de neutra vida. Que amemos con Cristo ha amado. Ese amor desinteresado, ese amor de donación plena sin esperar respuesta, sólo amar, sólo donarse desinteresadamente. Eso es lo importante, eso es lo que da sentido y plenitud a todo. Y cuando amemos de ese modo, cundo empecemos a vencer nuestro egoísmo, y vivamos esa donación comenzaremos a vivir en la Gloria de Jesús, pues amaremos y viviremos como él mismo.

18/4/10

«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

Meditación con motivo del III domingo de Pascua
Ciclo /C/


Textos:
Hechos 5,27-32.40-41
Apocalipsis 5,11-14
San Juan 21,1-19


Los verdaderos lazos entre los hombres y mujeres deben tener bases muy sólidas en medio de la historia, no es posible, establecer una amistad o una relación, si en esta misma relación no se va madurando, si en esta misma relación no se va creciendo. Una de las problemáticas más grandes es precisamente cuando uno se queda en la superficialidad de las relaciones. Por ejemplo en una amistad en donde creemos que somos amigos, pero sólo lo limitamos a saludarnos o hacer relajo, pues esa no es una verdadera amistad se requiere de algo más, se requiere de un crecimiento y una madurez, de una mayor comprensión, responsabilidad y confianza. Del mismo modo cuando una pareja de novios o de esposos se quedan en lo superficial de una relación, sucede que no pueden avanzar, sucede que se quedan estancados en su relación. Por ejemplo si la relación sólo se queda a nivel físico, resulta ser que se rompe, porque un noviazgo o un matrimonio no puede estar sustentado sólo en lo físico, pues la persona es más que un mero físico. Es necesario una madurez, un conocimiento más pleno del otro, una relación de confianza, de comprensión, de entrega a favor del otro. Sin este tipo de crecimiento, una relación queda en lo superficial, e incluso puede perderse.
En la vida de fe esto debe suceder de la misma manera, no es posible que uno diga tener la misma fe desde que conocimos a Dios, es necesario un crecimiento en la vida del hombre, es necesario un crecimiento en la vida de fe, en la relación de Dios. Si alguien dice que tiene fe y sólo se queda en lo superficial. Es necesario un crecimiento. Celebrar año con año el acontecimiento pascual debe ser para nosotros ese conocimiento a mayor profundidad del misterio de Cristo y con ello madurar en nuestra vida de fe, y no quedarnos en lo meramente superficial.
El evangelio del día de hoy es una invitación a reconocer como el misterio pascual nos debe llevar a una mayor profundización y madurez en la vida de fe.
El capítulo 21 que hemos escuchado en este día es un complemento al evangelio de Juan, que la misma comunidad ha colocado para reconocer bien la identidad eclesial. Y podemos descubrir como Jesús sale al encuentro de la iglesia representada por la barca con estos siete discípulos que están sobre de ella, pero centremos nuestra reflexión en la figura de Pedro. Dice el texto: «El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica a la cintura, pues estaba desnudo, y se tiró al agua.» Podemos descubrir que Pedro en cuanto escucha que es Jesús se arroja al mar para salir a su encuentro, para ser el primero en encontrarse con él. Pero curiosamente da un dato que puede llamarnos la atención: Si se lanza al agua ¿Por qué se ciñe la túnica a la cintura? Si se va a lanzar al agua es lógico que la dejara en la barca, para que amarrase la túnica a la cintura y lanzarse, puesto que se le mojará. Sin embargo el texto se detiene en esta particularidad porque lo que le interesa es el signo que representa esta acción.
Para entender esto debemos recordar que el mismo Jesús hizo una acción parecida en la última cena, pues según el evangelio de Juan cuando Jesús termino la cena se ciñó una toalla en la cintura y se pone a lavar los pies a los discípulos. Y justamente es Pedro el que no acepta esta acción, es quien no quiere reconocer este don de servicio y de donación de la vida. Ahora después de la resurrección, Pedro se amarra su túnica en semejanza con el signo de Jesús para demostrar que al igual que Jesús está listo al servicio. Va al encuentro de Jesús con esa actitud de servicio. Sin embrago eso es sólo algo externo, no bastan los signos, implica la verdadera donación de vida y es precisamente lo que debe de hacerse con el encuentro personal entre Pedro y Jesús. Sin un encuentro personal en donde Pedro capte el significado de la acción de Jesús se quedaría en algo superficial en algo de momento, de una mera momentaneidad.
No basta tener sólo buenas intenciones, se requiere de una relación con Jesús. Cuantas veces hoy gente que dice que quiere evangelizar, o dar catecismo o prestar un servicio al interno de la Iglesia y curiosamente no conoce a Jesús, y no se quiere instruir, ni hacer oración. Sólo dice es que tengo ganas de hacer algo, pero no se preocupa realmente de encontrase con Jesús, y no sólo a nivel intelectual, sino a nivel personal, a nivel interior.
Por esta razón al final del episodio donde se narra el encuentro de Jesús con los discípulos nos encontramos con el particular encuentro entre Pedro y Jesús. Y descubrimos tres preguntas de Jesús que ciertamente pueden recordarnos las tres veces que lo negó. Sin embargo estas preguntas tienen por objeto hacer que Pedro reconozca su actuar y su relación con Jesús. Pues su actuar debe de estar estar fuertemente ligado a su relación con Jesús. No es posible que se quiera realizar un misnterio en el nombre de Jesús y que no se tenga una relación con él. No es psible que alguien quiera evangelizar y no sepa quien es Jesús. No es posible que se quiera dar un taller de oración, y no se haga oración. No es poisble que quiera dar una enseñanza catequética, y yo mismo no he tenido tiempo para conocer a Jesús.
Las preguntas de Jesús a Pedro son precisamente para aclararle su relación con respecto a él. Ciertamente ya ha entendido algo, pues al lanzarse con la túnica amarrada en la cintura representa que hay una disposición al servicio. Pero debe ser un servicio que está en relación con Jesús, que se está en intima relación con él. Analicemos las preguntas que a primera visa pueden ser semejantes, pero en realidad van en distintas intensidades.
La primera pregunta versa sobre su amor con respecto a los demás: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» Con esto Jesús trata de situarlo de frente a la comunidad de discípulos. Le pregunta sobre su amor respecto a todos. ‘Me amas más que estos’, le pregunta si su amor supera al de los demás. Esta pregunta le va muy bien a Pedro, puesto que él es muy impulsivo, siempre ha hablado en nombre de todos, se quiere arriesgar por todos, así que se supone que debe manifestar un amor superior al de los demás. Sin embargo, Pedro no contesta con él ímpetu de siempre, más aún da un matiz: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» El matiz es sumamente fuerte, pues no responde a la pregunta de Jesús. No le responde diciendo que le ama, sólo dice “Te quiero”. Esto es sin duda una cosa compleja porque no es lo mismo decir amar, que querer. Amar implica un compromiso con el otro, mientras que querer es una mera simpatía, un cariño muy matizado, sin compromiso alguno.
Pero ¿Por qué Pedro ha dicho esto? Porque en el fondo después de las negaciones no es el mismo, él ha traicionado al maestro, no lo ama, sabe que hay un gran afecto por Jesús, pero no al grado del amor. Ha entendido la misión de Jesús, pero se sabe que no es capaz de eso, sabe que Jesús ha vencido a la muerte, pero no se sabe capaz de de vivir bien esa misión. El signo de atarse a la cintura la túnica implica un paso, pero es solo algo a medias, le falta algo más, le falta un verdadero compromiso con el Señor, pues el servicio se vive desde el amor, y no sólo de compromiso.
Ante esta pregunta Jesús hace otra pregunta un poco más general, sin ser tan concreta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» En esta segunda pregunta ya no hace referencia de su papel respecto a los demás, no dice si lo ama más que todos los discípulos. La pregunta es más sencilla, es más general: “Tu me amas.” Pude ser que a lo mejor no lo ame más que los demás, que no se siente capaz de esta realidad, pero finalmente lo que le interesa a Jesús es descubrir a Jesús es saber si existe el amor en el corazón de Pedro. Pero Pedro contesta lo mismo: Sólo lo quiere. No cabe duda el amor no está en Pedro.
Ante esta situación Jesús hace una pregunta más para que él identifique el problema: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Ahora Jesús le pregunta lo mismo que ha afirmado Pedro: “¿Sólo me quieres?” y curiosamente antes de responder el texto marca algo muy particular: «Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero".» Ahora Pedro se da cuenta de sus respuestas, `pues no ama al Señor, se entristece pues sabe que no hay amor para con Jesús, no está ese ímpetu de los inicios. Ahora sólo lo quiere, y Jesús se da cuenta. Eso lo entristece, pues ha fallado, pero no es que haya fallado al negarlo, sino que el fracaso está en el amor. El amor ha fracaso. Él lo ha negado, pero ese no es el problema, cuantas veces antes le había fallado, cuantas veces lo había reprendido Jesús y a pesar d eso lo amaba, seguía adelante, pero ahora ya no está ese amor, no está ese compromiso total. Eso causa su tristeza, no es que Jesús le reclame, no es que Jesús lo regañe, sino que el mismo cae en la cuenta de que su relación con Jesús se ha deteriorado, su amor ha fallado. Eso es la razón de su tristeza.
Hoy se nos dirige la misma pregunta: «¿Me amas?», y nosotros tendríamos que descubrir si realmente lo amamos o sólo lo queremos. Porqué finalmente podemos decir: no practico la misericordia, Señor tú sabes que te quiero. No practico la experiencia del Perdón, tú sabes que te quiero, no practico la comprensión, tú sabes que te quiero;, no me interesa tu Palabra, tú sabes que te quiero; no me acuerdo de ti, sólo cuando me conviene, tú sabes que te quiero. ¿Realmente amamos a Jesús? O Sólo lo queremos, sólo nos acusa cierta simpatía. En el fondo podemos decir que sólo lo queremos porque no hemos madurado nuestra vida de fe, porque sólo hacemos las cosas por obligación, porque sólo hacemos las cosas porque se nos ocurre, pero no porque realmente amemos a Jesús y nos adentremos en su relación. Esta pregunta debe de confrontarnos, día a día, para descubrir si realmente vamos creciendo en nuestra relación con él, o somos farsantes, o meros simpatizantes de la doctrina de Jesús. Pues así, como una relación debe crecer por medio de la plática, del encuentro de la madurez de los sentimientos de la misma manera, debe crecer esta relación con Jesús para tener una auténtica fe madura.
Puede ser que ese amor hacia Jesús esté demasiado débil, sin embargo él no nos deja, inmediatamente que Pedro le responde que sólo lo quiere, le encomienda su misión, porque sigue confiando en él, sabe que es capaz de responderle. De la misma manera Jesús sigue confiando en nosotros, él siempre está atento a lo que necesitamos.
Esto no es para escandalizarse y decir “¿Cómo es posible que Pedro no haya amado a Jesús?” Al contrario nos invita a ver la pequeñez y fragilidad del hombre, pero que es capaz de transformarse y hacerlo capaz de ser distinto. Finalmente después de esto podemos ver como Pedro deja que ese amor regrese, lo inflame y lo haga dar un verdadero testimonio del Señor. Como lo vemos en la primera lectura, un hombre que junto con los demás apóstoles dan su testimonio llenos de alegría. Ese amor ha regresado con un nuevo ímpetu y es capaz de transformar los corazones de estos discípulos. Pidamos al Señor que nos de ese amor para ser verdaderos testigos, y no ser sólo creyentes de paso, sino de verdaderos testigos de su amor.

11/4/10

La Pascua de Cristo es la Pascua de la comunidad

Meditación con motivo del II Domingo de Pascua
Ciclo /C/


Textos:
Hechos 5,12-16
Apocalipsis 1,9-19
San Juan 20,19-31


El domingo pasado hemos iniciado el tiempo de la Pascua, y esto debe de tener connotaciones que deben repercutir dentro de la Iglesia. No es simplemente que festejemos la resurrección, sino que debe existir un compromiso dentro de la vida eclesial, pues la resurrección da frutos dentro de la vida de la Iglesia. La segunda lectura del día de hoy parece dar una pista la respecto.
Durante el ciclo C la Iglesia nos presenta como segunda lectura el texto del Apocalipsis durante el tiempo de pascua. El día de hoy comenzamos con una parte de la introducción de libro de manera más explícita con la visión introductoria. Sin embargo la liturgia no presenta todo el texto completo, pues le interesa enfocar sólo la idea del domingo en relación al texto evangélico, sin embargo me gustaría comentar hoy esta visión introductoria colocando los versículos 14-16 que la liturgia ha quitado, para entender en su conjunto esta bella visión donde se anuncia el sentido del misterio pascual en la vida de la Iglesia, meditando en las caracteristicas simbolicas que el texto le atribuye. Leamos primeramente en su conjunto el texto:
Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba exiliado en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús.
El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: "Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias: a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea".
Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro.
Su cabeza y sus cabellos tenían la blancura de la lana y de la nieve; sus ojos parecían llamas de fuego; sus pies, bronce fundido en el crisol; y su voz era como el estruendo de grandes cataratas. En su mano derecha tenía siete estrellas; de su boca salía una espada de doble filo; y su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza.
Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: "No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo. Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro."


Esta visión nos presenta a Jesús resucitado en medio de la Iglesia. Los siete candelabros representan a las siete comunidades. Jesús se encuentra en el centro, es decir la realidad fundamental para la comunidad. Cristo resucitado es el sentido de toda la comunidad y ello implica que la identidad de la Iglesia se entiende desde Cristo. Y para entender el sentido que debe tener la comunidad de de Cristo es necesario entender los diferentes elementos simbólicos que le acompañan, pues cada uno de estos elementos indican la identidad de Cristo y la identidad de la Iglesia en sí misma, pues Cristo es nuestro modelo.
En primer lugar se nos dice que está «Revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro.» La túnica hace referencia a los ropajes del sumo sacerdote. Esta idea refleja que Jesús tiene una condición sacerdotal de Cristo en especial como aquel que se ofrece por toda la humanidad. Esta idea que toca a toda la humanidad se puede complementar pues dice que la túnica es larga, y en el texto original da la idea de que la túnica roza la tierra, de manera que es un sacerdocio que toca al hombre. Junto con la idea de esta túnica se nos dice que Lleva un cinturón de oro. Es un símbolo que complementa la función sacerdotal.
Esto quiere decir que la vida de la Iglesia se entiende desde el sacrificio de Cristo. No es posible entender la vida en comunidad sin esta perspectiva. Muchas veces se puede ver el papel de la Iglesia desde nuestras categorías, desde nuestros esfuerzos, pero no como un fruto que sale de la fuerza de Cristo, del sacerdocio de Cristo. Es su sacrificio el que nos santifica y es su sacrificio lo que nos da identidad. Si hay proyectos, obras, y demás actividades, tiene como base la experiencia de Cristo. La experiencia de pascua se vuelve así, una consecuencia de una vida nueva desde el sacrificio de Cristo a favor de todos.
En segundo lugar nos dice el texto que «su cabeza y sus cabellos son blancos.» La cabeza es símbolo de la autoridad y los cabellos podrían hacer una alusión a la fuerza. Esto aunado al color blanco, que simboliza el color de Dios se puede descubrir varias realidades. Por un lado, que la autoridad y fuerza de Jesús son divinas, no son meras especulaciones humanas, sino que parten de la esfera de Dios. Si Cristo es el centro se debe a que pertenece al mundo divino. Por otro lado los cabellos blancos en sí son signo de su eternidad y sabiduría dando así un realce más al a identidad divina y sabia que tiene Jesús.
Quiere decir que la comunidad cristiana tiene como autoridad a Cristo, no son otros criterios los que rigen a la comunidades sino Cristo, sólo él. La problemática se da cuando queremos gobernar con nuestras ideas, con nuestras conveniencias, nuestro juego de poderes, y dejamos de lado a Cristo. Ese es el verdadero problema. Cuando dejamos que tantas ideas, y proyectos sean las que lleven el cauce de la comunidad, con la bandera de buenas gentes, de buenos proyectos, de buenas intenciones, pero sólo son apariencias, y nos olvidamos de Cristo y su evangelio. Deberíamos de plantarnos si realmente Cristo es cabeza en medio de la comunidad, o si bien sólo dejamos que la cabeza sean otros proyectos y otras conveniencias que finalmente traiciona el evangelio.
Continúa la visión y nos dice que sus «ojos como llama de fuego.» Que los ojos sean como fuego, implica una imagen de luz, de una luz que no se apaga y que carcome todo. El fuego es aquello que va consumiendo todo. En este caso se refiere a los ojos como fuego, es decir, una visión que penetra todo, que nada se le esconde, que puede llegar a lo más profundo posible. Los ojos son el símbolo del juicio. Jesús tiene una mirada penetrante, que juzga a la comunidad iluminándola, dándole sentido de su caminar, no es una mirada cualquiera, sino que es una mirada que trasmite luz, salvación, y a la cual no se le puede esconder nada.
Así los criterios de la comunidad han de ser los de Cristo, dejando que todo se evalúe desde la mirada de Cristo.
No es posible una verdadera vida en comunidad cristiana, si no es evaluado, desde Cristo. Los ojos de fuego nos remiten a esta realidad. Cristo es quien juzga, nuestros juicios deben de ser los de Cristo, y al evaluar nuestra actividad debe de hacerse desde Cristo, no desde algo superficial, sino desde la vivencia del evangelio. Qué tanto nuestras actividades son con la dimensión de Cristo. Si nuestras opiniones, nuestras acciones, nuestras palabras, fuesen puestas desde el juicio de Cristo ¿Cómo saldríamos? ¿Todo lo que hacemos y decimos lo hacemos por Cristo, desde Cristo? Cuando educo a mis hijos lo hago por Cristo, cuando corrijo a una persona es desde la perspectiva cristiana. O sólo lo hago desde mi parámetro, desde mi juicio. Cuando evalúo algo pasa por la visión de Cristo, o sólo valoro las cosas desde mi conveniencia. Es muy dado que en los proyectos pastorales digamos que todo va muy bien, que no hay errores, pero en el fondo no tiene la visión de Cristo. La comunidad Cristiana se debe entender dese el juicio, la evaluación de Cristo, el actuar de Cristo, y no solo algo personal.
La pascua debe ser el móvil de nuestros juicios. La pascua es vida, es triunfo, es luz. Quiere decir que todos nuestros criterios deben de ser de vida, de luz, de paz, capaces de genera vida. Cuando nuestros juicios provocan divisiones, malentendidos, discrepancias. Quiere decir que no hay vida, quiere decir que estamos buscando otras cosas que no son la verdadera vida, ni frutos de pascua.
El texto continúa y nos dice que los pies son «como bronce fundido en el crisol.» La comparación de los pies que el autor hace nos remite no precisamente al bronce, sino a una palabra griega difícil de traducir y puede ser que remita a una especie bronce de oro de gran valor. Lo cierto es que el autor ha escogido este metal porque en sí el metal es costoso, valioso y apreciado. Este metal remite a los pies, por tanto se manifiesta una solidez en los pies de Jesús, dando una imagen de estabilidad. Por otro lado este metal está como fundido en el crisol, dando una imagen de luz. Quiere decir que el camino de Cristo es iluminador. Da luz a los demás.
Con esto se marca que la comunidad cristiana es aquella que debe ponerse en marcha, dispuesta a emprender el camino, pero un camino con solidez y estabilidad que nada le tira. La comunidad cristiana debe ser aquella que siempre esté en camino. La pascua debe poder en marcha a la Iglesia, para romper con sus esclavitudes, debe ponernos en marcha para romper nuestros pecados. Si Cristo está en el centro implica que como nuestro modelo nos lleva siempre a caminar, a no apoltronarnos en nuestro estado, son que siempre debemos caminar. Además la comunidad cristiana ilumina a los demás, su caminar en la historia debe ser luz que guíe a otros. Esa luz adquiere fuerza desde el acontecimiento pascual, pues finalmente la resurrección es la luz de esperanza para la humanidad, para la libertad plena. La lamentablemente a veces la falta de testimonio hace que ese camino de vida cristiana se mal entienda y se convierta en tiniebla en vez de una luz que trasmita un nuevo sendero.
Continúa diciendo que su «voz como estruendo de aguas.» La voz es el medio por el cual se puede acceder a conocer a alguien, en este caso a Dios por medio de Jesús. Aquí la voz remite a una idea de la majestad de su voz. Se marca su potencia, la autoridad que Jesús tiene. Así la comunidad es aquella que está atenta a lo que Dios le trasmite, pues es una voz que continuamente da un mensaje. La comunidad cristiana vive de la escucha de la Palabra, de esa voz que guía a la Iglesia. Esta voz no es sólo un mensaje esporádico, sino que es de manera periódica, pues el texto dice que es como las aguas, es un fluir constante de la Palabra.
La Pascua da un valor a la Palabra, pues es una palabra veraz, una palabra que de antemano promete vida. Y la comunidad debe estar siempre atenta a esa Palabra que se manifiesta de diversas formas. Ya sea por la escritura, o bien por los acontecimientos. Jesús habla, para iluminar la vida comunitaria, y es nuestro deber estar atentos a lo que nos pide. Es necesario ver nuestra vida y descubrir que es lo que nos dice, que nos pide Dios que cambiemos, a lo mejor dejar nuestras mentiras, dejar nuestras envidias. Es momento de analizarlo, así como escuchar su Palabra en la comunidad, reflexionarla y sacar consecuencias para nuestra historia.
«En su mano derecha siete astros.» La mano remite a la idea de poseer todo el cosmos y lo hace con autoridad, tal y como lo indica al reforzar la idea de mano derecha. Estas estrellas si bien puede remitir al cosmos también lo pueden hacer respecto a los dirigentes de las siete iglesias, pues el mismo autor indica que esas estrellas son las autoridades. Cristo por su resurrección es dueño del Cosmos, y al mismo tiempo es quien ilumina a los dirigentes de la Iglesia para que la sepan guiar y acompañar realmente, y esa es la meta.
Pero detengámonos más en este símbolo de la estrellas. Estas están relacionadas con los candelabros. Ambos, candelabros y estrella, son símbolos luminosos; pero uno pertenece al cielo (estrellas) y otro a lo terreno (candelabro). Pero ambos nos llevan a la iglesia en su ministerio. Se puede decir que esta iglesia terrena hace visible en la tierra la acción de Dios y participa de su luz estelar, convirtiéndose así en una iglesia que quiere y aspira ser estrella, participar plenamente la vida en Dios, desea ser estrella en las manos de Cristo.
La imagen se complementa diciendo que de «su sale boca sale espada aguda de doble filo.» La palabra es equiparada aquí a una espada, cosa que ya se había visto en el Antiguo Testamento. La Palabra es la que ha de destruir el mal, es una Palabra creadora de bien y destructora del mal. Es de doble filo y aguda. De doble filo implica que siempre cortara y penetrará en la vida de la comunidad a fin de quitar todo lo que le impide crecer y aguda marca la idea de afilada, dispuesta para cortar.
La comunidad cristiana tiene la fuerza de esa Palabra para transformar la realidad, para dar un nuevo sentido a la historia. Es la Palabra la que rompe los engaños, y las falsas seducciones que enrollan a la comunidad. Cuando queremos desenmascara algo que no va bien, algo que no es testimonio no se necesita de otras cosas, sino de la fuerza de la Palabra.
Finalmente la descripción de Cristo culmina diciendo que «su rostro como el sol que brilla en su apogeo.» El rostro es símbolo de la identidad, y aquí se equipara con el sol marcando la intensidad de la luz, es luna luz irresistible. El brillo es signo de su fuerza según Sal 80,4. No es cualquier brillo, sino que brilla en su apogeo, en su fuerza, marcando así que hay un pleno dominio de Dios en la historia que trasmite su salvación. Jesús trasmite que su identidad es divina y que domina todo, con una fuerza irresistible incapaz de ser detenida. Esta fuerza es la fuerza de la pascua, la fuerza de la resurrección, que le hace tener dominio sobre todo, no hay ninguna otra fuerza capaz de dominar el mundo. No es el poder, ni la mentira, ni la muerte, ni la destrucción, los parámetros que rigen el mundo, ahora e Cristo que con la fuerza de la resurrección ilumina el mundo.
La comunidad cristiana debe dejarse siempre iluminar por esa fuerza e irradiar a Cristo, pues ese es su sentido. Las primeras comunidades anunciaban precisamente eso, anunciaban el amor, anunciaban la vida, anunciaban la fuerza de la resurrección, y es nuestra misión. Anunciar la verdadera identidad de Cristo, no sólo una parte, no sólo un sentimiento, no sólo una devoción, sino dar el anuncio de una fuerza que es capaz de genera un mundo nuevo, una vida distinta, la fuerza de Cristo resucitado.
La pascua se convierte de este modo en una fuerza capaz de dar sentido a toda la comunidad, porque es un sacrificio a favor de la humanidad, dando así una apertura de salvación (vestidura larga), la comunidad como fruto de la pascua debe dejarse guiar por la sabiduría de Cristo, pues sólo él es parámetro de la comunidad (cabeza y cabellos blancos), a fin de dejar que todo sea enjuiciado desde los parámetros del evangelio, y de la fuerza de la resurrección (ojos de fuego). Una comunidad que por el acontecimiento pascual debe estar dispuesta al camino (pies de bronce), un caminar sólido y cimentado por la fuerza de la pascua. Viviendo de la escucha de la Palabra que se anuncia continuamente y orienta la vida de la Iglesia (voz como estruendo de aguas), con el fin de desenmascara todo aquello que no viene de Dios, pues la palabra es su arma (de su boca sale una espada), y anunciar que la resurrección es el acontecimiento pascual que lleva a dar sentido a la vida humana pues es la fuerza que ilumina la historia (rostro resplandeciente) y así ser luces en medio de la historia. Esto es un reto, sin embargo implica esfuerza, pero sobre todo abrirse al donde Cristo día a día, pues eso es lo que nos da fuerza para seguir adelante. Al ver esta visión el vidente cae por suelo al reconocer la divinidad y tal vez nosotros también a reconocer la grandeza de Jesús y al mismo tiempo la grandeza del proyecto, pero así como invita al vidente a no temer, también hoy nos dice «No temas», pues finalmente es un proyecto grande, pero posible porque es gracias a la fuerza del resucitado. Que la fuerza de la resurrección de verdaderos frutos en medio de nuestra vida y de nuestras comunidades.

10/4/10

«… les reprochó su incredulidad y su obstinación»

Meditación con motivo del Sábado de Pascua

Textos:
Hechos 4,13-21
San Marcos 16,9-15

Hoy Sábado de Pascua la liturgia nos presenta el texto de san Marcos, un sumario que se escribió posteriormente al evangelio. La primera parte nos coloca es el testimonio de la comunidad cristiana respecto a estos acontecimientos, y que a nosotros nos puede servir como una especie de resumen de lo que hemos escuchado durante estos días.
La segunda parte parece ser la raíz de este sumario, y es que ante el acontecimiento de la Pascua pueden surgir dudas e incredulidades. Dice el texto que: «en seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación.» Jesús viene a los discípulos pero debido a su incredulidad, a su dureza de corazón. No es que venga porque quiera saludarlos, sino quiere hacerlos entender, que capten y entiendan todo.
Nosotros podemos vivir esta incredulidad y obstinación, cuando no queremos aceptar nuestra fe. Porque podemos decir que rezamos, que cumplimos, que vamos a misa. Pero la resurrección es un reto, implica un cambio de vida, una manera nueva de desarrollar todo. Eso es la resurrección.
Cuando celebramos la pascua y no cabíamos nada. Podemos tener un cirio pascual nuevo, cantar aleluya, pero si no repercute en nuestra vida de nada sirve. La resurrección no es sólo un festejo más en la vida de la Iglesia sino que es un compromiso que debe hacernos madurar, y ser mejores creyentes, de lo contrario seríamos farsantes. Estamos a punto de terminar la octava de pascua donde hemos meditado diversos elementos del acontecimiento pascual, sin embargo hoy nos confronta con el más importante que es reconocer si realmente la pascua nos hace cambiar, o simplemente somos como los apóstoles, incrédulos y obstinados.
Que esta pascua no pase desapercibida en nuestras vidas y realmente haga en nosotros el cambio que se necesita, para ser testigos de la resurrección, y no meros espectadores, que celebran, pero que no permiten que la Pascua se encarne en uno mismo. Pues la pascua no es sólo de palabras, sino de renovación de la propia vida.

9/4/10

Pascua: Escuchar a Jesús

Meditación con motivo del Viernes de Pascua

Textos:
Hechos 4,1-12
San Juan 21,1-14

Hoy se nos presenta este texto bello del evangelio de san Juan en donde se habla acerca de los frutos del apostolado. Pedro y los discípulos van a pescar y justamente en medio de su labor un tanto complicada, aparece Jesús para guiarlos en este camino.
«Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Con esta orden Jesús indica lo que deben de hacer los discípulos para comenzar a pescar, y con ello dar frutos en su labor apostólica. Lo importante es que los frutos de esta pesca no se logran sólo por los esfuerzos de los apóstoles, sino por la voz de Jesús, es él quien los instruye, es él quien les dice por donde deben echar las redes. No basta creer que el trabajo apostólico es de nosotros, que son nuestros dones, nuestros carismas, nuestro modo de ser lo que hace todo, sino que es importante reconocer que todo está en manos de Jesús. Finalmente la fuerza para pescar, para dar frutos es consecuencia de la resurrección.
El principal problema de una pastoral se da cuando creemos que somos nosotros los que hacemos todo, cuando creemos que son nuestras fuerzas, nuestros proyectos, nuestro carisma, pero nos olvidamos de Dios. Entonces no hay pesca, no ha fruto, no hay nada. Puede ser que nos subamos a la braca, que nos creamos mucho, pero no hay nada porque no escuchamos la voz de Jesús que guía nuestro camino eclesial.
Los discípulos después de su esfuerzo, se percatan que deben escuchar a Jesús, se dan cuenta de que es necesario descubrir la voz del pastor que les duce por donde. Muchas veces nosotros hacemos muchas cosas, organizamos, pero sin la voz de Jesús no sabremos hacia dónde ir. Hoy la Iglesia pasa por persecuciones, y lo importante es escuchar a Jesús, no sólo nuestras ideas, nuestros planes, sino descubrir que quiere Jesús, hacia donde movernos y percatarnos realmente de lo que debemos hacer, en favor de todos, a favor de todos los miembros.
Escuchemos la voz de Jesús, eso es lo importante, y sepamos descubrir que todos los frutos que podamos sacra serán finalmente obra d él, no de nosotros, y si nos topamos con dificultades, con momentos difíciles, no perdamos la fe, al contrario sigamos adelante ajustemos nuestros oídos y descubramos por donde debemos de pescar y dar esos frutos, con la fuerza de la resurrección, que nos da esa energía para seguir adelante.

8/4/10

La resurrección no es fantasmal

Meditación con motiovo del Jueves de Pascua

Textos:
Hechos 3,11-26
San Lucas 24,35-48

El día de hoy la liturgia nos presenta este episodio donde Jesús se presenta en medio de sus discípulos. El problema es que ellos creen que es un fantasma. La palabra fantasma en griego no se refiere a espíritus malignos, o del más allá. Fantasma hace referencia sobre todo a algo que se genera en la mente, algo que no existe, una idea que brota. Podemos decir que Los discípulos no creen en Jesús, en su resurrección.
Muchas veces podríamos creer que la resurrección es un fantasma, que es algo ilusorio, una mera idea, pero no una realidad. Cuando vemos la violencia, la corrupción, la venganza, la envidia, el mal, podríamos pensar que todo esto es más fuerte que Dios, más fuerte que la resurrección. Las mismas noticias nos presentan siempre un caudal de información negativa, que sin lugar a duda nos llena de inseguridad y no nos hace tener una verdadera confianza. No creemos en la fuerza de la resurrección.
Pero Jesús, sale a su encuentro para anunciar que es posible la vida, que es posible la resurrección: «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean.» La manos son el símbolo del trabajo del hombre, en este caso es una invitación para descubrir el trabajo, el obrar de Dios en nuestra historia. Ver el don de la vida, nuestros sentimientos, nuestras relaciones, los logros que tenemos, las amistades, todo lo que vamos teniendo a lo largo de nuestra jornada, que no es malo. La problemática sucede entonces cuando no somos capaces de ver todo lo que Dios hace en nosotros.
Los pies son el símbolo del camino, del romper con las esclavitudes. Ver sus pies consiste en reconocer que hemos sido capaces de cambiar nuestro carácter, nuestros pensamientos, que hemos estado mejorando en la vida. Que vencemos nuestro pecado, liberándonos de tantas esclavitudes. Si hemos sido capaces de perdonar, capaces de amar, de dejar un vicio, de cambiar nuestra forma negativa de ser. Implica que la fuerza del resucitado está con nosotros.
El mal puede ser apantallante, y hacernos creer que la resurrección es un fantasma, que es una mera idea, un sueño, algo que no existe, sin embargo no es así. Si vemos las manos, el obrar de Dios en nuestra historia nos percataremos de que aquí está Dios, y que la fuerza de la resurrección es visible. Si vemos los pies, veremos que hemos vencido el mal, y que es por la fuerza de la resurrección. No dejemos que el mal sea tan impresionante que no nos percatemos de que Dios actúa en medio de nosotros, de que la resurrección vive con notros y hace que se transforme la historia.

7/4/10

Emaus: El camino de la desilusión

Meditación con motivo del Miércoles de Pascua

Textos:
Hechos 3,1-10
San Lucas 24,13-35

El día de hoy podemos contemplar a estos dos discípulos que van a Emaús. Regresar a Emaus, implica que regresan a la cotidianidad de sus labores, quiere decir que no esperan más de la vida, sino que se ilusionaron con Jesús pero que todo ha terminado. Ahora viven en la desilusión.
Esto nos invita a contemplar una realidad humana: La desilusión, la tristeza, la crisis, que se puede dar en un momento determinado de la vida. No estamos exentos de esta situación, sin embargo el problema no es que tengamos esto en nuestra historia, esto es algo que forma parte de la realidad. En algún momento pueden llegar las crisis, la incertidumbre, la tristeza, son cosas de la vida. Cuántas veces alguien nos puede defraudar, cuantas veces los amigos, los hijos, los padres, pudiesen hacer algo que no nos guste y nos desilusionen.
EL problema inicia cuando estas desilusiones se hacen más grandes y van encerrándolo todo en nuestra vida. Cuántas veces la tristeza o desilusión nos deja sin fuerzas, sin querer seguir adelante, sin querer esforzarnos para continuar, creyendo que ya nada es posible. La desilusión puede crecer y hacernos pensar que no vale la pena seguir, podemos decaer, ya no esforzarnos, no creer que hay otras cosas menores, no querer dar otra oportunidad, e irnos hundiendo lentamente.
Estos dos discípulos de Emaús sienten eso, ya no se han quedo en Jerusalén precisamente porque ya se acabo todo, no hay solución, Jesús murió y todo está dicho. Ahora es mejor regresar a lo cotidiano y llenos de frustración. Esto lo reflejan sus palabras: «Nosotros esperábamos…», marcando que había expectativas, pero ahora todo está muerto, todo está perdido. Jesús murió, ahora se han destrozado todas las ilusiones, y sueños que tenían. No esperan nada, ni siquiera porque las mujeres les dijeron que estaba vivo creían. Es tan grande su desilusión y su tristeza que no quieren creer nada, no aceptan ninguna palabra, creen que todo está perdido.
Sin embargo Jesús no los deja así, sino que a su encuentro y tarta de iluminar ese camino de la desesperanza, dando sentido a todo lo sucedido, dando sentido a todo lo que han vivido. Les da a entender que esa muerte no es el fin, sino el cumplimento de las promesas, el cumplimento de los planes de Dios, que no pueden encerrarse sólo en lo que ellos quieren.
La pascua debe ser esto, una experiencia para reconocer que no estamos exentos de momentos tristes, de momentos difíciles, de crisis; pero lo importante es reconocer que no son los mementos definitivos, que siempre hay una solución, una oportunidad, que hay una fuerza de vida que nos ayuda para salir adelante y no hundirnos por esas situaciones. Jesús viene para que esos momentos no sean más fuertes que cualquier esperanza. Celebrar la pascua es reconocer que por más difícil que parezca podemos salir adelante, con la fuerza de la resurrección, reconociendo a Jesús que viene a nuestro encuentro.

6/4/10

Pascua: Rejuvenecer nuestra fe

Meditación del Martes de Pascua

Textos:
Hechos 2,36-41
San Juan 20,11-18

Hoy la liturgia nos presenta una realidad que sucede en la historia del hombre: Vive atrapado en las redes de la muerte. El episodio de María Magdalena nos hace ver esta situación. María representa en este episodio a la comunidad que cree que todo ha terminado con la muerte, que ya no hay más, sino que la muerte ha terminado todo. La prueba la podemos constatar cuando María repite incesantemente: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Son Palabras que reflejan la búsqueda de un cadáver, de un muerto; María no busca la vida. Para ella todo ha terminado con la muerte.
Es incapaz de descubrir en el sepulcro vacío una señal de vida, sólo ve que se roban el cuerpo, pero no descubre que el sepulcro está abierto porque la muerte ya no puede encerrar ha Jesús, él ha ganado. O bien no descubre en estos ángeles y su mensaje, el anuncio de la vida. No lo cree, la idea de la muerte es más fácil, que la misma promesa de la vida. Incuso cuando Jesús se le aparece no lo reconoce, porque para ella Jesús está muerto, de modo que como lo puede distinguir, si está muerto.
Esto nos lleva a pensar que la idea de la vida es difícil. Ayer contemplábamos como los guardias y las autoridades religiosas tratan de esconder el efecto de la resurrección, para su conveniencia manipuladora. El día de hoy nos percatamos que no sólo es lo que el mundo dice, sino lo que podemos creer, es decir que no somos capaces de creer en la vida, es más fácil pensar y buscar la muerte. Es más fácil conformarse con lo caduco, que esforzarse por la vida, por el triunfo de la resurrección. La resurrección incluye un compromiso. El compromiso de hacer el cambio, de hacer posible la vida, de vencer nuestro pecado, de transformar nuestra historia. Pero por lo general solemos ser conformistas y decir que no es posible, que nadie cambia, que todas las personas son así, que es imposible cambiar el mundo, etc. Respiramos de este modo un ambiente de conformismo, de búsqueda de un cadáver, de lo que ya conocemos, de lo que tenemos, pero sin comprometernos realmente. Es más fácil ir al sepulcro y adorar, que encontrarse con el resucitado y dejar que él nos transforme. Es más fácil quedarnos en adoración de cadáver, y que no repercuta en nuestras vidas.
Cuántas veces nosotros en nuestra vida de fe sólo nos limitamos a asistir a ciertos actos cultuales, pero no nos comprometemos, no cambiamos nada, no iniciamos una transformación. Seguramente porque la religión es algo muerto, es algo sin sentido, es algún tipo de costumbre, pero no porque realmente sea una invitación a renovarnos. Cuantas veces nuestra práctica religiosa queda convertida en la búsqueda de un cadáver, porque sólo contemplamos, pero no dejamos que repercuta en nuestra vida.
Sin embargo Jesús no quiere esto, por ello va al encuentro de María, y le dice: «María.» La llama por su nombre, es decir le devuelve la identidad, su ser persona, que de alguna Manera se ha perdido, pues su idea de muerte le hace olvidarse incluso quién es ella. Jesús la llama por su nombre, para recordarle quién es ella, quién es esa mujer que conoció a Jesús, que le amó, que seguramente enfrento muchas cosas y riesgos por el anuncio del evangelio, que conoció a Jesús y se dejó a cautivar por su mensaje. Decirle María es ayudarle a recordar quién es ella, cuál es su misión, cuál es su expectativa, ayudarle a descubrirse como una persona viva.
Inmediatamente ella reacciona, seguramente reconoce, si, su identidad, pero también reconoce su misión y la voz del pastor que la llama. Ahora puede iniciar un cambio, puede ser mejor, puede renovarse profundamente, y pude ser misionera.
Hoy Jesús nos llama por nuestro nombre, nos llama para recordarnos quienes somos, qué hemos hecho, recordar cuántas veces hemos arriesgado nuestra vida por tantos ideales, que hoy ya los dimos por perdidos; cuántas veces hemos dejado tanto por el evangelio y hoy es rutina; cuántas veces hemos dejado que el evangelio nos cautive, pero que hoy parece costumbre; cuantas veces hemos permitido que su evangelio ilumine nuestra fe haciéndola viva y eficaz, pero que hoy hemos dejado que la rutina la vuelva una fe muerta.
Jesús resucitado nos llama por nuestro nombre, nos devuelve esa identidad, esa fuerza, esa fortaleza, para que seamos capaces de comprometernos y vivamos la experiencia del resucitado, dando razón de nuestra fe.

5/4/10

Efectos de la resurrección

Meditación con motivo del Lunes de Pascua

Textos:
Hechos 2,14.22-33
San Mateo 28,8-15

La resurrección es el acontecimiento más importante de la historia humana pues ya o vivimos esclavizados a la muerte. Sin embargo, pareciera que no es del todo creíble esto, pues no repercute de igual modo den las distintas esferas de la sociedad. El Día de hoy hemos escuchado en la lectura del evangelio dos efectos distintos que produce la resurrección.
El primero de esos efectos lo encontramos en las mujeres que una vez que ha llegado al sepulcro y han recibido el anuncio del ángel, se retiran estupefactas, y con una cierta alegría por este anuncio. Una anuncio de vida, pro un nuncio que debe de asimilarse lentamente. Y para que esto se asimile y la alegría sea plena es necesario el encuentro con Jesús que una vez fuera del sepulcro, una vez fuera del ámbito de la muerte ellas pueden recibir este encuentro.
El encuentro de Jesús las llena de alegría, las llena de un gran entusiasmo. De manera que la resurrección hace precisamente que llegue la alegría, pues el hombre no está condenado a los confines de la muerte, su pecado puede ser vencido. Esto debe ser la gran alegría, puyes las estructuras de muerte que imperan en medio de la sociedad no son del todo definitivas, es posibles vencerlas con la fuerza de la resurrección.
Sin embargo esta categoría de liberación donde la muerte y las estructuras de corrupción que oprimen al hombre, al recibir el anuncio de vida y libertad, no les parecen, puesto que el poder imperante se basa en estas categorías para poder dominar, imponer el miedo y hacer lo que deseen. Por esta razón es mejor evitar todo tipo de anuncio de vida y de liberación. Así lo descubrimos con los sacerdotes, los soldados e incluso con Pilato que de alguna forma se dejará corromper por los mismos ancianos.
Si anuncian que no resucitó, quiere decir que todo es un sueño, que nada es real y por lo tanto que todo proyecto de liberación del sistema es imposible y terminará con la muerte. Sólo de esta manera es posible seguir dominando en medio de la sociedad, y que los poderosos de la historia sigan adelante en su dominio.Meditemos que efectos ha en nosotros, si preferimos ser instrumentos de alegría y esperanza, o bien sólo anunciamos lo que nos conviene y poder así dominar las cosas a nuestra conveniencia.

4/4/10

«Vio y creyó»

Meditación con motivo del Domingo de Pascua
Ciclo /C/

Textos:
Hechos 10,34.37-43
Colosenses 3,1-4
San Juan 20,1-9

Hoy la Iglesia celebra con alegría el fundamento de su fe, celebra con grande gozo el acontecimiento de la resurrección. Es el gran acontecimiento que marca los corazones de todos los hombres, pues es la alegre noticia de que la muerte ha sido vencida, la muerte ya no es la última palabra en la historia. Aquellos que creen que por medio de la violencia, del terror, de la amenaza pueden guiar la historia, aquellos que creen que no hay otra salida sino la violencia, la humillación, la destrucción para salir adelante, el día de hoy surge una propuesta novedosa, el día de hoy se anuncia que ellos, se equivocan puesto que hay una fuerza que los desenmascara, la fuerza de la vida, y una vida en plenitud, la vida en la resurrección.
Esta resurrección no se limita simplemente al revivir de un cadáver, sino que es algo más profundo, es un nuevo estilo de vida, donde el dolor, la angustia la muerte ya no tienen razón de ser, ya no hay esclavitud, ya no hay amenaza que se cierna sobre ellos, hoy la vida ha triunfado, hay una nueva vida donde el amor es posible, y ya no se puede detener. Hay una fuerza que anuncia que el mal no tiene la última palabra a pesar de que es fuerte y amenaza, pues hay una fuerza que anuncia el fin del mal, y que sus efectos son pasajeros, puyes hay una vida en donde el mal y la muerte ya no pueden hacer estragos: La fuerza de la resurrección.
Este es fundamento de nuestra fe, sin embargo al hablar de resurrección, al hablar del triunfo de la vida, de triunfo del amor, de la derrota de la muerte, podrían surgirnos muchas dudas, podrían surgirnos un sinfín de incertidumbres, puesto que estamos rodeados de muerte, de ataques terroristas, narcotráfico, guerras, violencia, maldad; y ante todo eso podríamos dudar y decir ‘¿Qué mal se ha vencido, si el panorama mundial es de incertidumbre y terror?’, pero es que esta fuerza de la resurrección es posible, sólo que el hombre en su libertad no la deja crecer, no la deja actuar, más aún nosotros mismos, no lo creemos, no creemos que seamos capaces de vencer nuestro mal, de vencer nuestra envidia, de vencer la destrucción que provocamos. Y precisamente no lo creemos porque la situación es tan negra, tan oscura en estos y tiempos que nos defrauda, nos atemoriza, por lo tanto creemos que la fuerza de la resurrección no es posible.
Sin embargo es cierto, es un verdad irrefutable, pero ¿Cómo podemos hacerla realidad?, qué podemos hacer para que la fe crezca en nuestro corazón, qué debemos hacer para que la fe no se tambalee y efectivamente la resurrección sea desde hoy una realidad en nuestra vida. Finalmente la pregunta sería ¿Cómo podemos alimentar nuestra fe para seguir adelante? Parece ser que la liturgia del día de hoy nos coloca esta realidad, y da el instrumento para suscitar esa fe que hoy día puede estar tan endeble y apagada.
El texto del evangelio en primer lugar nos presenta en María Magdalena a la humanidad que ha `perdido la esperanza y que llora la muerte de Jesús, par ella, todo está dicho en la muerte, para ella la muerte ha ganado. Por esa razón va al sepulcro, va a rendir un póstumo al cadáver de Jesús, no espera más. Sin embargo en su camino se topa con una sorpresa el sepulcro está abierto. Ante esta noticia corre, a anunciarlo, cree que se lo robaron. Como respuesta salen corriendo el discípulo amado, y Pedro. Y una vez que entran dice el evangelista de manera magistral: «…entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó
Estas últimas palabras parecen dar la pista para encontrar sentido a nuestra fe: “vio y creyó”. El evangelista habla de este discípulo que tiene fe, pero antes de tener fe dice que vio. Por lo tanto su fe no surgió espontáneamente, sino que es consecuencia de ver, es consecuencia de la observación minuciosa de las cosas. De ahí sale la fe. La fe no es sólo decir que yo creo y ya, sino que la fe sale del ver. No se refiere a ver a Dios, porque el discípulo amado no vio a Dios en ese momento, sino que observo la situación, meditó lo que veía y surgió la fe.
Pero el primer paso es el ver, el estar atento a las cosas. La fe no surge nada más porque si, o porque me dijeron, si no que surge del ver, de la visión, de una mirada atenta, minuciosa, contemplativa. La primera lectura parece profundizar en esto. San Pedro está en medio de un discurso y habla de la experiencia de la fe, de manera implícita nos dice cómo es que surge la fe: «Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo… El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron… Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara…» Pedro habla de las razones de la fe, y curiosamente no hable de grandes cosas, sino de lo que el pueblo vio, vio su predicación, vio sus obras, vio su muerte. Por lo tanto la fe no surge de cosas ajenas a nosotros, la fe surge de la experiencia de lo que hemos visto. Sólo que el pueblo lo vio superficialmente, no profundizo, y por lo tanto no puede profundizar en su experiencia de fe.
La fe surge de lo que los apóstoles vieron, de lo que ellos vivieron, no de cosas fuera de ellos, parte de su propia experiencia personal., El problema es que a veces nosotros no vemos,, no somos capaces de descubrir todo lo que Dios nos da.
La fe necesita de nuestros ojos, necesita de nuestra visión, necesita de nuestra capacidad de contemplación, de reflexión. Si observamos bien nuestra vida descubriremos aun en lo más terrible el actuar de Dios. Podemos descubrir cómo ha cambiado nuestro carácter para quien, como hemos sido ya más pacientes; podemos contemplar como la vida se vuelve un regalo. Contemplar la maravilla de un niño que nace, la maravilla del funcionamiento de nuestro cuerpo, lo extraordinario y armonioso que hay en la naturaleza. Eso es contemplar y podemos descubrir ahí a Dios. Podemos ver como hay grandes sentimientos en nosotros que a veces no vemos, que veces pasan desapercibidos, pero que en realidad son virtudes en nosotros. Ver a los amigos, a la familia, ver que podemos ser mejores, que valoramos la amistad y tantas cosas. O cuando somos capaces de dar la vida por otro, cuando depositamos la amistad o la confianza en otra persona, cuando damos el perdón a alguien a pesar de que nos ha fallado. Eso es una fuerza que va más allá de la filantropía humana, es la huella del creador, es huella de que la resurrección y el triunfo de amor son posibles.
Hoy celebramos la resurrección, pero es necesario no ver sólo lo negativo de la vida, sino ver lo positivo, lo que anima, lo que renueve, lo que transforma, hay que ver esto, pues lo negativo, las tinieblas de la historia se pueden vencer cuando la fe crece, cuando creemos y somos capaces de anunciar y vivir de una manera nueva el amor. Eso es la Pascua, eso es la resurrección, una fe que constantemente crece, por nuestra observación, por neutras contemplación, que nos ayuda y nos da lo necesario para ser mejores y ser testigos del resucitado, anunciando y transformando las estructuras, pues nuestra fe es visible y patente en medio de nosotros. Que veamos y comencemos a creer. Que el Señor resucitado nos abra los ojos y contemplemos la fuerza de Dios, la fuerza de la resurrección, pero sobre todo que al contemplarla, nos fortalece y nos anime a renovar nuestra vida y nuestro mundo.

FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN!!!!

3/4/10

«Dios nuestro, que por medio de tu Hijo nos has comunicado el fuego de tu vida divina, bendice este fuego…»

Meditación con motivo de la Vigilia Pascual

Hoy estamos celebrando la Vigilia Pascual, pero ¿Qué significa esta celebración? Para entender esto es necesario reflexionar en lo que significa esta palabra. La vigilia como su nombre lo indica es una vigilia, es estar en vela. Cuando uno está en vela lo hace por razones importantes, por razones de peso, no se pone uno en vigilia nada más porque si. Una mamá por ejemplo no está en vela sólo porque no quiere dormir, está en vela porque está cuidando a su hijo, porque está esperando que llegue, en fin se pone en vela para realizar algún acontecimiento importante.
De esta manera podemos decir que la vigilia es una invitación para permanecer despiertos, para no dormirnos. Esta es la razón por la cual la vigilia debe hacerse al iniciar al anochecer, puesto que una actitud de vigilancia se hace en la noche.
Pero que características debe tener un vigilante. En primer lugar se debe tener disposición para velar, es decir, estar despierto, es decir, no debe dejarse dominar por el sueño, porque el sueño hace que el hombre no esté atento a sus responsabilidades. Cuando el hombre duerme y no vigila pueden suceder muchas cosas. La parábola del la cizaña, por ejemplo dice, que mientras dormían llegó el enemigo y cembro la cizaña en medio del campo. Ellos durmieron y entro el mal en medio del sembradío. De esta manera el hombre que duerme puede dejar que en el campo de su vida entre la cizaña, entre la enemistad, el odio, el rencor. Todos estamos llamados a estar vigilantes, a estar atentos a lo que pasa en nuestras vidas, con nuestros semejantes, con nuestras amistades, con nuestros sentimientos, nuestras emociones, porque finalmente en todas ellas puede entrar el mal, puede tergiversarse la amistad, el amor, la solidaridad, la familia, y con ello convertir nuestra vida en algo malo, equivocar el camino y dañarnos y dañar a los demás. Cuando el creyente no vigilia, se duerme y deja que el odio anide en su corazón, deja que los vicios alteren su vida, deja que la destrucción arruine sus relaciones, deja que la envidia rompa amistades, deja que la enemistad se vaya haciendo cada vez más fuerte.
Estar despiertos equivale no dormirnos en nuestra vida, analizarnos y descubrir que va mal en nosotros, que cosa nos lastima o lastima a los demás, por qué mi relación de pareja ha cambiado, por qué no entiendo a mis hijos, por qué me he alejado de los míos, por qué me va mal en el trabajo, por qué mi carácter es distinto. Pero es necesario detenernos y meditar por qué suceden las cosas. Pero si decimos, pues ya ni modo, que se aguanten, eso les toca a ellos, yo estoy bien; implica que nos dormimos y no estamos en vela. Velar quiere decir meditar sobre nosotros, hacer examen de conciencia y ver en qué cosas vamos fallando y en que podemos mejorar.
En segundo lugar en una vigilia necesitamos de la luz. No es posible estar despiertos en la noche y estar atentos a lo que sucede, si no lo hacemos con luz. Los guardias en las noches portan lámparas, porque sin ellas no podrían ver que pasa a su alrededor. El día de hoy tenemos un bello signo de vigilia: La bendición del fuego nuevo. Este fuego se bendice con el fin de marcar el inicio de una nueva luz que está por venir. Por esta razón una vez que el fuego nuevo se enciende podemos nosotros percatarnos que después se enciende el cirio, signo de Cristo y al mismo tiempo se enciende las candelas de toda la gente ahí presente.
¿Por qué se hace este signo? Si todos encendemos nuestras candelas, es precisamente en señal de vigilancia. Encendemos nuestras luces para estar atentos, para poder estar despiertos. Finalmente si podemos estar atentos a lo que viene es precisamente porque estamos vigilantes con la luz de Cristo. No son nuestras luces, no es un fuego cualquiera con el que se encienden nuestras candelas, sino con un fuego nuevo, y por lo tanto con un fuego distinto, con una luz diferente a las otras. Por esta razón se bendice el fuego, porque estamos invitados a vigilar, pero con una luz que no es de nosotros, con la luz de Dios, con una luz distinta.
¿Por qué ha de ser con una luz distinta? Porque si estuviéramos vigilantes con nuestras luces habituales, no podríamos vigilar bien, pues estaríamos atentos a nuestras conveniencias, con nuestros pretextos, con nuestras manías y vicios. Porque muchas veces esas son las luces que nos guían. Muchas veces el parámetro para guiar e iluminar nuestra historia es precisamente nuestros propios criterios. Pensamos que nosotros estamos bien y los demás mal. Cuántas veces al tener problemas con alguien nos ponemos a pensar la razón, y curiosamente no vemos nuestros errores, sino que decimos ‘me tiene envidia’, ‘es que es insoportable’, ‘es que me cae mal’, ‘yo estoy bien y no lo reconoce’, ‘se debería de ir’. Con ese tipo de criterios vamos por la vida haciendo nuestra evaluación de vida, y por supuesto que eso no es vigilancia sino pura soberbia, y nunca cambiamos. Con ese tipo de vigilancia jamás podernos esperar que la resurrección esté presente en medio de nosotros, jamás llegará a nuestra vida.
La resurrección es algo que se debe vivir hoy en día, que debe hacerse presente entre nosotros, que es posible hoy; pero curiosamente la liturgia de la vigilia pascual nos coloca como preámbulo para iniciar la Vigilia y con ello esperar la resurrección, este rito del fuego nuevo y las candelas vigilantes. Es como si la liturgia nos quisiera decir, estas a punto de vivir la resurrección, es más, la resurrección está a t alcance, hoy puedes vivir como un hombre nuevo; pero para acceder totalmente a ella, debes estar vigilante, pues la nueva vida no puede entrar a tu historia, si tu se lo permites, si no descubres de que cosas debes deshacerte, cuales son los obstáculos en tu historia, cales son los pecados que debes deshacerte. La resurrección e hoy, pero es necesario que tu le permitas actuar, y para ello debes ver que estás haciendo para eliminar todo eso que te daña y daña a los demás. Para poder iniciar ese cambio, y tener la nueva vida en Cristo debes vigilar, debes descubrir que hay ti, que te falta o que te sobra, y descubriendo esto dejar que Dios transforme tu vida.
Vigilar con el fuego nuevo, con la luz que viene de Dios, esa luz que deja ver tu soberbia, tu pecado, tu antipatía, tu egoísmo, tu mediocridad. Ese fuego nuevo que te invita a reconocer que has fallado, y ver tus debilidades, porque es con la luz de Dios. Todos los que participan hoy de la vigilia pascual han encendido su cirios, sus candelas, pero ese signo externo deben hacerlo interno, deben hacer que ese signo se convierta en realidad y sea él la luz que en medio de nuestras tinieblas, la luz que en medio de las angustias, la luz que en medio de nuestro pecado nos descubre y deja ver quiénes somos y que hemos dejado de hacer para nuestra salvación. Si permitimos que el fuego nuevo, la luz de Dios guie nuestra vida seremos vigilantes y haremos que en esta vigilia la resurrección esté en nosotros y nos renueve profundamente.
Si ese fuego nuevo nos guía seremos resucitados, con la fuerza de Dios y entonces si estaremos en la pascua del Señor. Qué el Señor sea ese fuego para que guíe sus vidas y Felices Pascuas de Resurrección