17/7/11

«…apareció la cizaña »

Meditación con motivo del XVI del tiempo ordinario
Ciclo /A/

Textos:
Sabiduría 12,13.16-19
Romanos 8,26-27
San Mateo 13,24-43

Una de las realidades más complejas que se vive el hombre es la experiencia del mal, pues de alguna manera constantemente se ve afectado por esta realidad, y ante eso se eleva la súplica pues pareciera que todo pierde su sentido, pues pareciera que el mal contradice la experiencia del amor de Dios. Sin embargo, lo que sucede es que a veces no somos capaces de descubrir que no es el mal algo superior, sino que el mal es una realidad pequeña, pero sumamente llamativa que hace que nos olvidemos del bien. De esta manera si nosotros analizáramos bien nuestra jornada podríamos descubrir una enorme cantidad de cosas buenas que suceden en nuestra jornada diaria, pero basta que suceda alguna calamidad para que todo lo bueno que hemos vivido se arruine y pongamos nuestra mirada sólo en lo negativo.
EL mal es una realidad que existe pero es llamativa, vende, y es capaz de arruinar la vida de una persona. Por ello debemos abrir bien los ojos y descubrir que hay en nuestra vida, ver todo lo bueno que sucede en nuestra vida que a veces pasa desapercibido porque es normal, y nos acostumbramos a ello, pero el bien siempre es mayor.
Sin embargo, como es que aparece el mal en nuestra vida, cómo es q podemos ser capaces de hacer el mal en un momento determinado. EL evangelio del día de hoy parece ofrecer una respuesta a esta situación. Nos presenta el sembradío, pero de repente llega la cizaña. Pero la cizaña no es algo que aparece de la nada, no es que ya esté en el terreno, sino que es un factor externo. Alguien la siembra, pero ¿Por qué? Porque se han dormido todos. Cuando duermen aparece la cizaña.
En el fondo lo que el autor nos quiere mostrar es que el mal parece cuando nos dormimos, cuando no somos capaces de estar en vela. Cuántas veces nos dormimos y dejamos que entre la cizaña. Cuantas veces dejamos que un resentimiento vaya creciendo y se convierta en odio. Nos dormimos y no nos damos cuenta que eso va creciendo y se va haciendo cizaña en nuestra vida. Nos dormimos y dejamos que la envidia vaya creciendo. El mal va creciendo en nosotros porque vamos adormeciendo nuestra vida, dejamos que se adormezca nuestra conciencia.
Con esta parábola se relaciona con la que escuchábamos el domingo pasado. Mientras que el domingo anterior veíamos que el hombre debe ser un buen terreno y recibir la Palabra, venciendo de esa manera a los pájaros, a la superficialidad y las espinas, y así dar fruto, el día de hoy se nos coloca otra realidad, pues en ese terreno que va dando fruto hay otro peligro que puede ir creciendo junto con él: El mal, la cizaña. Que surge cuando nos dormimos, y aún dando fruto podemos dejar q ese fruto se pudra con experiencia de la cizaña.
Y al ver la cizaña inmediatamente nosotros podríamos pensar que Dios lo destruyera, tal y como los trabajadores lo dicen al amo: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero el amo no quiere. Y Dios no quiere destruir la cizaña, porque en el fondo todos tenemos algo de cizaña. Esta parábola nos enseña algo vital, no se trata de ver si soy trigo o soy cizaña, pues ambos crecen juntos, por lo tanto quiere decir que somos las dos cosas, nadie puede decir que sólo es trigo, o que sólo es cizaña. Somos una mezcla de los dos.
Si se eliminara el mal de tajo, seguramente nosotros seríamos eliminados a la par, pues siempre hacemos el mal, siempre dejamos que ese mal crezca en nosotros y lo hacemos en contra de los demás. Pero Dios lo deja, es paciente pues sabe que nosotros tenemos la capacidad de vencer nuestra cizaña, nuestro mal.
De aquí podemos ver entonces que Dios es paciente, pues espera de nosotros una renovación. Y justo sobre esto el Papa Benedicto XVI ha hablado, justo el día en el que iniciaba su pontificado: «No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores
Con esta expresión el Papa habla de la paciencia de Dios, una paciencia que ciertamente nos hace sufrir, pues Dios espera que el mal desparezca del corazón del hombre, pero al mismo tiempo es una paciencia que necesitamos para que cambiemos nuestro frágil corazón. Y sobre todo habla del camino de salvación, del camino que destruye el mal: «El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.» El mundo se salva por el crucificado, es decir, sin hacer violencia. No se trata de arrancar la cizaña, eso es violencia, el mundo se salva con el amor, Cristo murió en la cruz por amor, y es el amor lo que vence la cizaña, lo que acaba con el mal en el corazón del hombre, lo que hace desaparecer la cizaña. Cuando el hombre deje que el amor trasforme su corazón y vea que es más valioso compartir, decir la verdad, ayudar y ser servicial, la cizaña cae, no puede ahogar el trigo. Sólo así la cizaña pierde su fuerza. Pidamos a Dios que nos de la capacidad de vencer nuestra cizaña, dejando que el amor crezca en nuestra vida.

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