20/11/11

«Yo mismo apacentaré a mis ovejas...»

Meditación con motivo de la Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo
Ciclo /A/

Textos:
Ezequiel 34,11-12.15-17
Salmo 22,1-2a.2b-3.5.6
Corintios 15,20-26.28
San Mateo 25,31-46

Cuando se habla de la palabra rey, inmediatamente viene a nuestra mente la idea de gobierno y con ello de corrupción, robo, opresión, etcétera. Porque de alguna manera el rey representa al morca que gobierna, que está encima de todos, y que en más de una ocasión se aprovecha de los demás para el beneficio propio o de los más allegados. Lamentablemente la figura de la realeza, y con ello, la figura del gobierno se ve muchas veces como algo negativo, por ello al hablar de Cristo rey, puede venir a nuestra mente la idea de Jesús como un soberano inalcanzable, la idea de un soberano que rige todo desde las alturas y que no tiene nada que ver con nosotros.
Sin embrago, esta no debería ser la imagen que debe trasmitirnos el reinado de Cristo, al contrario deberíamos ver la otra cara de la moneda y descubrir lo que realmente implica ser Rey, y desde esta perspectiva descubrir cómo es que Jesús es rey. La misma liturgia de la Palabra año tras año nos va colocando diversas imágenes de lo que implica el reinado de Cristo. Y hoy de manera especial nos presenta la figura del Rey unido a otra imagen: el pastor. A primera vista esto podría parecer contradictorio. ¿Cómo es posible que el rey sea semejante a un pastor? Un pastor es una imagen de pobreza, no de realeza; es una imagen de humildad y no de poder; es la imagen del miserable, no del poderoso; es la imagen del que vive a campo abierto, y no en un palacio. Sin embargo aunque parecen chocar las imágenes en cuanto a su concepto, esta imagen permite descubrir el sentido de la auténtica realeza y de su misión de cara al mundo, y sobre todo nos ayuda a acercarnos al misterio de Cristo como rey.
Para entender qué significa ser pastor, contemplemos la primera lectura en donde el profeta Ezequiel lanza una fuerte amenaza en contra de los dirigentes del pueblo judío por no haber sido fieles en su encargo, ellos han abusado del pueblo, y por ello no ha sabido pastorearlos, no han sido auténticamente pastores. Por ello ahora las cosas serán distintas y será Dios mismo el pastor. Y por ello va colocando una serie de acciones que Dios realizará ahora a favor del pueblo, colocando de esa manera los elementos constitutivos del pastoreo: «Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y curaré a la enferma, pero exterminaré a la que está gorda y robusta. Yo las apacentaré con justicia.» Adentrémonos en este texto para comprender los signos del ser pastor.
En primer lugar dice: «Buscaré a la oveja perdida.» Lo primero que hará Dios para apacentar a su pueblo será buscar a aquel que se ha perdido, aquel que no está cerca, que se ha alejado de la vida del rebaño. Por tanto, para Dios es importante buscar al que se ha perdido, al que se ha extraviado. Cuántas veces el hombre se pierde, porque se aleja de la experiencia de Dios, porque su pecado lo lleva a estar lejos de él, porque su envidia es grande y hace que se extravíe, o bien su búsqueda de poder hace que se aleje de una experiencia de servicio y solidaridad. O bien se pierden porque son presas del desánimo, pueden creer que ya o vale la pena luchar, ya no vale la pena esforzarse, que todos los desilusionan, y entonces se van. Las ovejas se pierden y Dios las busca, porque no quiere que viva perdidos en su egoísmo y envidia, porque no quiere que estén extraviados, él quiere dar sentido a su vida desde nuevas categorías y con la experiencia del amor.
«Haré volver a la descarriada.» La descarriada se refiera a aquella que va en diversos caminos, quiere seguir adelante pero se desvía constantemente por otros caminos. La oveja descarriada es aquella que quiere estar con el rebaño pero se deja distraer y se va hacia otros caminos que le presentan alguna situación que les debía del camino que llevan. Muchas veces nos divisamos porque buscamos alguna cosa que nos de cierta seguridad como la fama, el prestigio, y vamos descarriándonos, buscando caminos alternos, creyendo que ahí está la seguridad, sin embargo eso nos va distanciando poco a poco de la experiencia de Dios. Dios la va hacer volver, pues no debe dejarse cegar por esos falsos caminos, al contrario, debe dejarse guiar por lo que realmente vale la pena, y lo hace ser mejor persona.
En tercer lugar dice: «Vendaré a la herida.» Por tanto habla también de ovejas que están heridas, ovejas que ha sido lastimada, que han sido dañadas en su vida. Cuantas ovejas son heridas porque se aprovechan de ellas, porque se burlan de ellas, porque las desilusionan o son traicionadas ye so las debilita, le imposibilita seguir adelante en el camino. Pero Dios nos e queda impávido ante esta situación, al contrario va en su búsqueda y la venda, es decir, las toma con cariño y las venda, trata de que la herida no se haga más grande y se vaya cicatrizando. Es una imagen muy plástica, y al mismo tiempo muy hermosa. Dios que se acerca a la oveja herida y la va vendado para cuidar su herida, y dejar que así inicie el proceso de cicatrización. Dios busca al herido, y quiere vendarle su herida, que esa traición no se haga más grande, que esa burla no sea enorme, que ese abuso no lo sea todo, que no crezca la herida, que no piense que todo es así, que no hay remedio. Dios se acerca y cura con la venda de la esperanza, de la paciencia, de la confianza, para que esas heridas no crezcan y vayan dañando más a la oveja.
Y unido a este vendaje de las heridas: «Curaré a la enferma.» Finalmente hay algunas que también están enfermas, algunas a las cuales su corazón les ha golpeado la enfermedad, les ha golpeado la tristeza, la depresión, o bien las ha enfermado la soberbia. Son enfermedades diversas pero que lastiman fuertemente a las ovejas. Dios no puede permanecer sin hacer nada, debe curarlas, debe darles salvación, y dales así la capacidad de ver que la tristeza no lo es todo, que siempre hay un gozo que las puede levantar y curar. Descubrirles que la soberbia no es lo mejor, que se debe ser humilde. Sólo dando un anuncio de humildad, de gozo, incluso de esperanzas e pueden sanar tantas enfermedades que aquejan a la humanidad, y Dios quiere curarlas.
Inmediatamente viene una frase un poco extraña: «Pero exterminaré a la que está gorda y robusta.» Esto se debe entender desde dos perspectivas. Algunos manuscritos no dicen que las “exterminará”, sino usa la palabra “custodiaré”. Por tanto, hablaría de custodiar las ovejas gordas. Con esto se estaría hablando del Dios que no dejará que se abuse de aquellas que están fuertes, pues al verlas gordas son presa fácil para sacarles provecho. Pero también se puede sacar una interpretación con el verbo “exterminar”, y eso indicaría que si bien en el rebaño hay ovejas gordas es porque se han aprovechado de las débiles y por ello las exterminará, pues sólo han vivido a costillas de las otras, les han quitado lo necesario, y así ahora han engordado, y seguramente se referiría aquí a aquellas que en lugar de pastorear a las ovejas se han pastoreado a sí mismos. Y esto se complementa con lo siguiente: «Yo las apacentaré con justicia.» Finalmente este pastor viene a dar justicia, es decir a colocar lo necesario en la vida del pueblo, darle lo que necesita el pueblo y ello implica sacar fuera a los malos pastores.
Por tanto, si vemos la imagen del pastor equiparada con la del rey descubriremos que ser rey implica precisamente reconocer que es aquel que gobierna para salvar al pueblo, para salvar a las ovejas. Rey es aquel que busca las perdidas, y a las descarriadas les muestra el camino verdadero. Rey es aquel que no puede pasar de largo ante las heridas de los demás, sino que se detiene y las venda, y si alguien se enferma cuidará de ella para que se recupere. Ese es el reinado de Jesús y es precisamente lo que celebramos hoy. Y como respuesta ante este rey deberíamos hacer nuestra la oración del Salmo: «El Señor es mi pastor, nada me faltará
Efectivamente el Salmo nos lleva a reconocer que Dios es el pastor, que él es quien nos conoce y nos guía, que él es quién sabe por donde debemos caminar y no dejará que nada malo suceda, y si llegase a suceder alguna situación él no nos abandonará. Y sobre todo este Salmo comienza dando una bella profesión de fe: «Nada me faltará.» Reconocer de este modo, que con Dios no falta nada, que en él está todo lo que se necesita. Pero es necesario caminar con él, y descubrir como él nos guía y va dando todo lo necesario para que no falte nada. Tal vez sentiremos que nos faltan cosas, pero curiosamente, son cosas secundarias, en medio del camino vemos que efectivamente no nos falta nada.
Reconocer a Jesús como rey es reconocerlo como ese Pastor y que no nos faltará nada, y por tanto como Pastor, hay que verlo como aquel que nos da todo lo necesario, y sobre todo que lo seguimos. Y la grande pregunta sería: ¿Cómo demostramos que efectivamente vamos siguiendo a Jesús? El evangelio de hoy nos lo dice: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.» En otras palabras practicando la misericordia. Pues el reinado de Jesús es un reinado de amor, y por tanto es un reinado de vivencia del amor. No se puede decir que se tiene a Jesús como Rey o que lo seguimos como nuestro Pastor, si realmente no lo demostramos y eso se demuestra viviendo en la dinámica del amor, ayudando y dando lo necesario a nuestros hermanos, sobre todos a los más pequeños, que muchas veces son los de la misma casa, a los cales descuidamos.
Por tanto celebrar a Cristo Rey es celebrar que él es nuestro pastor, y sobre todo que nos esforzamos día a día por vivir en la dinámica del amor. De esta manera comenzamos la última semana del año litúrgico, recordando que hemos acabado un año más, pero que debemos iniciar otro año más reconociendo a Jesús como Pastor y demostrarlo al mundo con nuestro testimonio que se hace visible en las obras de misericordia.

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