22/5/10

«…Tú sígueme»

Meditación con motivo del Sábado VII del tiempo de Pascua

Textos:
Hechos 28,16-20.30-31
San Juan 21,20-25

El acontecimiento de la resurrección ha marcado fuertemente a los discípulos, y ello conlleva a anunciar a todos este mensaje. El libro de los hechos de los apóstoles tiene como objeto mostrar este acontecimiento, demostrar cómo se va expandiendo el mensaje pascual una vez que Jesús ha resucitado y al mismo tiempo demuestra las características de todo misionero. Este mensaje debe darse a conocer a todo el mundo. De hecho el texto de la primera lectura nos coloca ante esto pues descubrimos precisamente al final del texto que todos son recibidos en casa de Pablo en medio de su arresto, poniendo de manifiesto que todos son invitados a recibir este mensaje de salvación, sin excluir a ninguno.
Por lo tanto, hablar de Pascua es hablar de misión. La Pascua debe de ser esa capacidad de ir a anunciar a todos este mensaje de salvación a todos, para que sean capaces de conocer este gran mensaje. Quiere decir que la pascua no se puede entender sin misión. De nada sirve saber que Jesús ha resucitado, si ese mensaje no se trasmite y se vuelve en generador de esperanza en medio de los hombres. No se puede entender la Pascua sin este anuncio, sin la capacidad de ser misionero en medio de la historia.
Una de las dificultades es precisamente no tomar en cuenta este objetivo del acontecimiento pascual. Generalmente al hablar de misión, de envío, de dar a conocer el acontecimiento pascual, lo solemos delegar a unos cuantos. Por ejemplo uno puede decir eso le toca a los padres y religiosas, pero a su tiempo pueden decir esto, eso es una misión de los laicos. Y así comenzamos a delegar esta responsabilidad entre unos y otros, nos interesa saber que va a pasar con tal persona, o ver si ella lo puede hacer, pero no vemos realmente lo que nos compete.
El problema es que delegamos y esperamos que otros hagan lo que nos corresponde, y no vemos lo que realmente debemos hacer nosotros, podemos decir que el otro no ayuda, que no apoya, que no dice; pero que hago yo, además de criticar y de juzgar a los demás. Si realmente estoy de lleno en lo que hago no queda tiempo para elucubrar y conocer qué cosa sucede con otros. Pero precisamente el problema es que no hacemos lo que nos toca, nos preocupamos por otros y finalmente no seguimos el proyecto que Jesús nos delega.
El evangelio de hoy parece colocarnos en esta realidad de frente a la resurrección, pues una vez que Jesús se ha aparecido y encomienda la misión a Pedro, curiosamente él se enfoca en otra cosa. El texto nos dice: «Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: "Señor, ¿y qué será de este?". Jesús le respondió: "Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿A ti qué? Tú sígueme."» Podemos detenernos en una línea de interpretación y ver aquí como Pedro se centra n la figura del discípulo amado, sólo le interesa su misión, y justo hace esa pregunta después de que Jesús le ha encomendado pastorear a las ovejas, como lo escuchábamos ayer. Pero Jesús lo reprende fuertemente, y le manifiesta que lo que le suceda al discípulo no es de su incumbencia, sino que él debe de centrarse en lo que le toca, por ello termina diciendo “Tú sígueme”, en otras palabras ‘haz lo que te toca, tu misión, no te metas en otras cosas’.
Este evangelio nos enseña entonces que efectivamente no debemos de ver que hacen otros, sino que es lo que yo hago, cómo cumplo mi misión, y si me meto en lo que no me corresponde, cambiar la dirección y ver como respondo al proyecto del Señor, ver qué cosas hago para hacerlo presente en los diversos ambientes en los cuales me desenvuelvo.
Muchos de los problemas en la Iglesia se dan precisamente por eso, porque queremos saber qué o como hacen los demás, en lugar de ver qué cosas hago yo y cómo llevo mi vida. Lo importante es escuchar a Jesús “Tú sígueme.” Dejemos de ver otras cosas y sigamos el proyecto y la misión que él nos dejó, de lo contario, ni ayudamos y sólo vamos entorpeciendo el caminar de la comunidad
Estamos por terminar el tiempo de Pascua, mañana celebraremos Pentecostés, el don del Espíritu, es decir la fuerza que da todo lo necesario para vivir la misión de anunciar este acontecimiento. Pero deberíamos de reconocer hasta que punto realmente nosotros somos portadores de este mensaje, con nuestra vida, con nuestra forma de ser. Al terminar este tiempo debemos evaluar y reconocer hasta que punto realmente hemos dejado que el acontecimiento pascual permeé nuestra historia, y hasta qué punto somos heraldos y portadores de este mensaje. No es posible vivir la pascua si no tomemos en serio, sin delegar a los demás nuestra misión evangelizadora en medio de la historia, dando a conocer que Cristo resucitó.

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